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La anciana le abrió la puerta a un desconocido… y todo cambió

Tomás llegó al pueblo con una carreta torcida, una caja de herramientas amarrada con una cuerda y dos niños que parecían llevar más cansancio que equipaje. Había polvo en sus botas, tres días de camino pegados a la ropa y una vergüenza silenciosa que pesaba más que cualquier maleta. A su lado caminaba Aurora, su hija de diez años, con dos trenzas desiguales y las manos heladas aferradas a la manga de su camisa. Unos pasos detrás venía Nicolás, de quince, hijo de su hermano muerto, con los hombros tensos, la mirada dura y una vieja armónica oxidada escondida en el bolsillo.

No tenían a dónde ir.

Y cuando un hombre de cuarenta y un años, acostumbrado a ganarse la vida con sus propias manos, llega al punto de no saber dónde dormirá con dos menores esa misma noche, el cansancio deja de ser el peor problema. Lo peor es la sensación de haber fallado.

Tomás había sido carpintero.

De los buenos.

Durante años tuvo un taller pequeño en las afueras de otro pueblo, un lugar donde el aire siempre olía a pino cortado, cola caliente y viruta recién levantada. Hacía puertas, mesas, baúles, arreglaba ruedas de carreta y sabía devolverle firmeza a una silla que todos daban por perdida. Sus manos habían sido suficientes para sostener una casa.

También tenía a María del Carmen.

Ella esperaba sus pasos cada tarde.

Había una mesa puesta, dos platos, después tres cuando nació Aurora, y una vida que Tomás había llegado a creer que seguiría en línea recta simplemente porque nunca se había detenido a imaginar lo contrario.

Pero un invierno María del Carmen enfermó.

La fiebre llegó rápido.

Más rápido de lo que el pueblo pudo entender.

Tomás gastó lo que tenía en medicinas, visitas y remedios que le recomendaron personas con buena intención y poca certeza. Durante noches enteras se sentó junto a la cama de su esposa, humedeciendo paños, acercándole agua y diciéndole que todo iba a salir bien con una seguridad que no sentía.

No salió bien.

Una mañana fría, cuando el cielo apenas empezaba a aclarar, María del Carmen se fue.

Tomás no volvió a ser exactamente el mismo.

Durante semanas abrió el taller por costumbre. Cortaba madera, tomaba medidas, respondía a clientes. Pero llegaba a casa y encontraba un silencio que parecía haberse instalado en cada rincón.

Aurora, que entonces todavía era pequeña, empezó a observarlo con una atención que ningún niño debería necesitar. Aprendió cuándo su padre fingía estar bien y cuándo era mejor no hacer preguntas.

Tomás siguió porque tenía que seguir.

Hasta que otra desgracia cayó sobre él.

Una noche de viento seco, una chispa encontró madera acumulada detrás del taller.

Cuando Tomás despertó por los gritos de un vecino y llegó corriendo, el fuego ya había ganado demasiada ventaja. No pudo salvar las mesas, ni los encargos, ni las herramientas grandes. Solo alcanzó a recuperar una caja pequeña y algunos utensilios que estaban cerca de la entrada.

El taller desapareció en cuestión de horas.

Las deudas médicas no desaparecieron con él.

Vendió lo que pudo.

Después vendió lo que no quería vender.

La casa fue lo último.

Aquel fue el momento en que Nicolás llegó definitivamente a su cuidado.

Nicolás era hijo del hermano mayor de Tomás, un hombre inquieto que había pasado por oficios, pueblos y promesas sin lograr quedarse mucho tiempo en ninguno. Tocaba la armónica en ferias, tabernas y fiestas. Algunas noches regresaba con monedas; otras no regresaba hasta la madrugada.

Una noche, simplemente, no regresó.

Durante meses nadie supo bien qué había ocurrido.

Con el tiempo, Nicolás pasó de una casa familiar a otra hasta terminar con Tomás, quien ya tenía sus propios problemas pero no pudo dejar al muchacho a la deriva.

El joven había aprendido demasiado pronto una lección equivocada: que todas las personas terminan yéndose.

Y para no sufrir cada despedida, había decidido endurecerse antes.

De su padre solo conservaba una armónica.

La llevaba escondida en el bolsillo.

No la tocaba.

La apretaba.

Como si aquel pedazo de metal pudiera contener toda la rabia que todavía no sabía nombrar.

Cuando Tomás perdió la casa, reunió lo que quedaba, acomodó las herramientas en la carreta y emprendió camino hacia la sierra.

Alguien le había dicho que en aquellos pueblos todavía se necesitaban carpinteros.

Otro le habló de un molino detenido junto a una asequia casi seca.

Una mujer sola vivía allí.

Doña Remedios.

—Dicen que necesita manos —le dijeron.

—También dicen que no quiere ver a nadie —añadió otro.

Tomás prefirió quedarse con la primera parte.

Después de tres días de caminar, empujar la carreta y detenerse donde pudieran beber un poco de agua, divisó al fin la gran rueda del molino recortada contra el cerro.

Estaba inmóvil.

El sol de la tarde la cubría de un color cobrizo.

El camino terminaba en una propiedad vieja pero sólida, construida con piedra gruesa y vigas ennegrecidas por los años. Una parra seca se extendía sobre parte del corredor. Cerca de la puerta había un banco de piedra y, colgada de un clavo, una campana de bronce que parecía no haber sonado en mucho tiempo.

Tomás dejó la carreta.

Se quitó el sombrero.

Por un momento no avanzó.

Sintió vergüenza.

No por los niños.

Jamás por ellos.

Por tener que pedir.

Él, que siempre había pagado lo suyo.

Él, que había construido puertas para que otros protegieran sus casas.

Ahora estaba frente a la casa de una desconocida preguntándose si tendría que rogar por un rincón.

Aurora le apretó la mano.

Tomás respiró.

—Vamos.

Doña Remedios estaba echando maíz a las gallinas cuando escuchó el chirrido de la rueda torcida de la carreta entrando al patio.

Levantó la cabeza.

Primero vio al hombre.

Después a la niña.

Después al muchacho.

No dijo nada.

Tenía sesenta y dos años, aunque quien la viera de lejos podría haberle calculado muchos más. El cabello gris, recogido con severidad, enmarcaba un rostro que había aprendido a guardar casi todas las emociones.

El luto la había envejecido.

Años atrás había perdido al marido.

Tres años después, a Anselmo, su único hijo.

Anselmo había crecido dentro de aquel molino.

Sabía escuchar la piedra, regular el agua y reconocer un saco de buen trigo con solo olerlo.

También era terco.

El día que el río creció repentinamente, corrió hacia el almacén intentando recuperar parte de la harina antes de que entrara el agua.

No volvió.

Desde entonces, Remedios cerró el molino para casi todo el pueblo.

La rueda quedó quieta.

La campana dejó de sonar.

Las piedras de moler acumularon polvo.

Ella seguía viviendo allí porque no sabía vivir en otro sitio, pero lo hacía como quien cuida una casa abandonada incluso cuando todavía duerme dentro.

Hablaba con las gallinas.

Iba al mercado lo necesario.

Evitaba conversaciones.

No era cruel.

Solo estaba cansada de querer cosas que podían perderse.

Por eso, cuando vio a Tomás y a los dos niños, su primera reacción fue desconfiar.

Tomás se acercó hasta una distancia prudente.

—Buenas tardes.

Remedios esperó.

—Me llamo Tomás.

Ella siguió sin responder.

—Soy carpintero.

Eso sí llamó su atención.

Tomás señaló la rueda detenida.

—Escuché que el molino necesita reparaciones.

Remedios miró la carreta.

—¿Y tú qué necesitas?

La pregunta fue directa.

Tomás también decidió serlo.

—Trabajo.

—¿Y?

Tomás miró a Aurora.

Después a Nicolás.

—Un rincón donde puedan dormir los muchachos mientras trabajo.

Nicolás frunció el ceño al escuchar “muchachos”, pero no dijo nada.

Tomás continuó.

—No vengo a pedir limosna. Puedo arreglar la rueda, la compuerta, puertas, muebles, lo que haga falta. Si me permite trabajar, nos conformamos con techo y comida hasta que pueda encontrar otra cosa.

Remedios observó sus manos.

Callos.

Cortes viejos.

Uñas negras de polvo.

Manos de oficio.

Luego miró a Aurora.

La niña sostenía una pequeña bolsa de tela.

Tenía frío.

Finalmente miró a Nicolás.

El adolescente le devolvió la mirada con el mentón levantado, como si ya hubiera decidido que cualquier respuesta sería una ofensa.

Remedios conocía esa clase de mirada.

No porque la hubiera visto en otros.

Porque alguna vez la había tenido ella.

Se volvió hacia el molino.

La madera estaba deteriorada.

Parte de la rueda necesitaba reemplazo.

La compuerta estaba oxidada.

Ella llevaba meses diciéndose que algún día encontraría fuerzas para arreglarlo.

Ese día nunca llegaba.

Entonces Remedios entendió algo que no habría podido explicar todavía.

Aquel hombre necesitaba un techo.

Ella necesitaba manos.

Los niños necesitaban un lugar.

Y aquella casa necesitaba ruido.

Se cruzó de brazos.

—Quédate y trabaja.

Tomás levantó la cabeza.

Remedios evitó mirarlo directamente.

—Del techo y del pan respondo yo. Lo demás lo pone Dios.

Aurora sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, casi tímida.

Tomás sintió que algo dentro del pecho cedía.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía.

Remedios señaló el molino.

—Mañana veo si de verdad sabes trabajar.

Nicolás resopló.

—Yo no necesito que ninguna vieja me dé órdenes.

Tomás se volvió de golpe.

—Nicolás.

Remedios alzó una mano.

—Déjalo.

Se acercó al muchacho.

—Aquí nadie necesita quererme. Solo cumplir con lo que le toca.

Nicolás sostuvo la mirada.

—Eso sí puedo.

—Ya veremos.

La primera noche durmieron en dos cuartos pequeños detrás de la cocina.

Tomás y Nicolás compartieron uno.

Aurora ocupó otro donde todavía quedaba una cómoda antigua y una colcha bordada.

Remedios cenó con ellos sin conversación.

Sirvió frijoles, tortillas y un guiso sencillo.

Aurora comió despacio.

Nicolás demasiado rápido.

Tomás intentó agradecer de nuevo.

Remedios lo detuvo.

—Mañana trabaja. Con eso basta.

Esa noche, mientras todos dormían, Remedios permaneció despierta durante horas.

Había olvidado el sonido de otras respiraciones bajo su techo.

Por momentos le molestaba.

Después se sorprendía escuchándolo para asegurarse de que seguían allí.

Antes del amanecer, se levantó.

Pensó que sería la primera.

No lo fue.

Tomás ya estaba en el patio.

Tenía las mangas recogidas y parte de la rueda desmontada.

Remedios se quedó parada en la puerta.

—¿Dormiste?

Tomás ni siquiera levantó la cabeza.

—Lo suficiente.

Había retirado tres palas de madera podrida. Sobre el suelo ordenaba piezas, clavos y herramientas.

—La estructura todavía sirve.

Remedios se acercó.

—Anselmo decía lo mismo.

Tomás se detuvo por primera vez.

No sabía quién era Anselmo.

Remedios se dio cuenta.

—Mi hijo.

No añadió más.

Tomás tampoco preguntó.

Durante toda la mañana trabajó.

Quitó óxido.

Reforzó un eje.

Usó parte de la madera de su propia carreta para reemplazar secciones dañadas.

Nicolás cargó tablas de mala gana.

Aurora juntó tornillos y pequeñas piezas.

Remedios observaba desde el corredor.

A media mañana, Tomás abrió parcialmente la compuerta.

El agua de la acequia era escasa por la sequía, pero suficiente para probar la rueda.

Primero se escuchó un crujido.

Después otro.

La gran rueda se movió unos centímetros.

Se detuvo.

Tomás revisó el eje.

Ajustó una pieza.

Lo intentó otra vez.

La rueda comenzó a girar.

Lenta.

Pesada.

Como si despertara de un sueño demasiado largo.

Después tomó ritmo.

El sonido de la madera y el agua llenó el patio.

Remedios dejó caer la mano que llevaba al pecho.

Hacía tres años que no escuchaba aquello.

Tres años.

La misma rueda había girado mientras Anselmo vivía.

El mismo sonido acompañó miles de mañanas.

Durante un instante, Remedios sintió ganas de pedirle a Tomás que la detuviera.

Era demasiado.

Demasiados recuerdos entrando a la vez.

Pero no lo hizo.

Apretó los labios.

Tomás la miró.

—¿Está bien?

Remedios asintió.

—Ya era hora.

Y se dio la vuelta antes de que él pudiera ver sus ojos.

La rueda no fue lo único que empezó a moverse.

Con Aurora ocurrió primero.

La niña seguía a Remedios por la cocina.

No hablaba demasiado, pero preguntaba con los ojos.

Un día Remedios le mostró cómo distinguir el trigo limpio de uno dañado.

—Mete la mano.

Aurora obedeció.

—¿Qué sientes?

—Granos.

Remedios resopló.

—Eso ya lo veo. Cierra los ojos.

La niña cerró los ojos.

—Ahora.

Aurora movió los dedos dentro del saco.

—Algunos están más suaves.

—Esos no me sirven.

Después le enseñó a amasar.

—No pelees con la masa.

—¿Cómo?

—Si la aprietas demasiado, se pone dura. Si la abandonas, tampoco sirve. Hay que saber cuándo empujar y cuándo dejarla descansar.

Aurora sonrió.

—Como Nicolás.

Remedios se quedó mirándola.

La niña se tapó la boca para no reír.

Remedios no pudo evitarlo.

Sonrió.

Fue una sonrisa casi olvidada.

Días después abrió un arcón que llevaba años cerrado.

Dentro había ropa vieja, fotografías, unas cartas y una pequeña gallina de barro con parte de la pintura desprendida.

Había sido de Anselmo cuando niño.

Remedios sostuvo la figura durante largo rato.

Después se la llevó a Aurora.

—Toma.

—¿Para mí?

—Si la quieres.

Aurora recibió la gallinita con ambas manos.

—Es bonita.

—Está vieja.

—Igual es bonita.

Remedios iba a responder algo cuando Aurora la abrazó.

La mujer se quedó rígida.

No recordaba la última vez que una niña la había abrazado.

Poco a poco dejó caer las manos sobre la espalda pequeña.

No dijo nada.

Con Nicolás fue distinto.

Remedios lo puso a trabajar.

Costales.

Mecanismo.

Limpieza.

Revisión del agua.

El adolescente cumplía, pero cada tarea parecía una ofensa personal.

—Más despacio —le decía Remedios.

Él resoplaba.

—La piedra no se va a escapar.

Nicolás apretaba la mandíbula.

—Ya entendí.

—Entonces hazlo bien.

Tomás esperaba discusiones.

Pero Remedios casi nunca levantaba la voz.

No sermoneaba.

No repetía demasiado.

Si Nicolás hacía mal algo, lo obligaba a repetirlo.

Nada más.

Una tarde lo encontró detrás del granero.

Estaba sentado contra la pared.

Tenía la armónica en la mano.

Remedios se acercó.

—¿Sabes tocarla?

Nicolás cerró el puño.

—No.

—Entonces, ¿para qué la llevas?

—No es asunto suyo.

Remedios podría haberse marchado.

No lo hizo.

—Era de tu padre.

Nicolás la miró.

—¿Tomás le contó?

—No. La forma en que la miras lo contó.

El muchacho bajó la vista.

—Mi padre tocaba.

Remedios esperó.

—Tocaba en fiestas, ferias, cantinas. Para todo el mundo.

La voz empezó a endurecerse.

—Prometía volver. Siempre prometía. Una noche salió con esa armónica y nunca regresó.

Remedios se sentó en un cajón cercano.

Nicolás continuó.

—Después me mandaron de una casa a otra. A nadie le convenía tenerme mucho tiempo.

—Tomás te tiene.

—Tomás ya perdió todo.

—No te ha perdido a ti.

Nicolás se quedó callado.

Apretó la armónica.

—La odio.

—Entonces tírala.

El muchacho levantó la cabeza.

Remedios extendió la mano.

—Dámela. La tiro yo.

Nicolás escondió el instrumento contra el pecho.

Remedios levantó una ceja.

—Eso pensé.

—La guardo para acordarme.

—¿De qué?

—De que las palabras de un hombre no valen nada.

Remedios respiró despacio.

—No.

—¿No qué?

—Las palabras de tu padre tal vez no valieron lo que debían. Eso no significa que las tuyas tengan que valer lo mismo.

Nicolás endureció la expresión.

Remedios señaló la armónica.

—El instrumento no tiene la culpa de la canción que tocó tu padre.

El muchacho no respondió.

—Un mismo fierro puede servir para clavar o para sostener. La mano decide.

Se levantó.

—Cuando quieras saber quién eres, deja de mirar solo lo que hizo él.

Remedios se marchó.

Nicolás se quedó allí con la armónica entre los dedos.

Durante días fingió que aquella conversación no había importado.

Pero la recordaba.

Mientras tanto, el molino volvió lentamente a la vida.

Al principio llegaron dos vecinos.

Después cuatro.

Luego una carreta completa de trigo.

No había otro molino cercano y la gente necesitaba harina.

Tomás reparó una puerta.

Después una mesa.

Un hombre le encargó un banco.

Una viuda le pidió arreglar un baúl.

La caja de herramientas volvió a producir monedas.

Aurora comenzó a reír más.

Nicolás protestaba menos.

Remedios empezó a regresar del pueblo y encontrar la mesa puesta.

El fogón encendido.

Guiso caliente.

Una tarde se quedó quieta a mitad del patio.

Desde la cocina llegaba la risa de Aurora.

Tomás discutía con Nicolás sobre una tabla.

La rueda giraba.

Por primera vez en años, alguien la esperaba.

Aquella certeza le produjo un dolor extraño.

Dulce y triste al mismo tiempo.

No quiso ponerle nombre.

Fue precisamente entonces cuando apareció don Casimiro.

Llegó montado en un caballo demasiado elegante para el camino de tierra.

Vestía mejor que la mayoría del pueblo.

Llevaba una libreta de tapas negras.

Remedios lo vio entrar y supo para qué venía.

Tomás estaba junto al taller improvisado.

Nicolás descargaba trigo.

Aurora ayudaba dentro.

Casimiro desmontó.

—Doña Remedios.

—Casimiro.

—Veo que volvió a trabajar.

—Parece.

El hombre sonrió.

No era una sonrisa amable.

Sacó la libreta.

—Entonces quizá podamos hablar de cuentas.

Tomás levantó la cabeza.

Remedios no se movió.

Casimiro abrió una página.

Años atrás, después de la muerte de Anselmo, Remedios había pedido dinero para cubrir gastos que no podía pagar de inmediato. Firmó en uno de los peores momentos de su vida. Después dejó de trabajar, y la deuda siguió creciendo.

Intereses.

Plazos.

Cargos.

Remedios había pagado pequeñas cantidades, pero nunca suficiente.

Casimiro señaló una línea.

—La próxima luna llena vence el plazo final.

Tomás dejó las herramientas.

—¿Cuánto?

Remedios lo miró.

—No es asunto tuyo.

Casimiro sonrió.

—Tal vez sí. Vive bajo este techo.

Remedios endureció la voz.

—Habla conmigo.

Casimiro explicó la cantidad.

Era alta.

Más alta de lo que Tomás esperaba.

—Si no está completo para la luna llena —dijo—, el molino, la casa y el derecho sobre la acequia pasan a mis manos, según lo firmado.

Aurora apareció en la puerta.

Remedios notó su presencia.

—Entra.

La niña obedeció.

Casimiro miró a Tomás.

—Una mujer sola, un carpintero sin propiedad y dos muchachos no parecen precisamente una sociedad muy prometedora.

Nicolás dio un paso.

Tomás le puso una mano en el pecho.

Remedios no bajó la mirada.

—¿Terminaste?

Casimiro guardó la libreta.

—Por ahora.

Montó.

Cuando se marchó, nadie habló durante unos segundos.

Tomás miró a Remedios.

—¿Por qué no nos dijo?

—Porque era mi deuda.

—Ahora vivimos aquí.

—Eso no cambia quién firmó.

Tomás se acercó.

—No. Pero cambia quién puede ayudar.

Remedios lo miró largo rato.

Esa noche, por primera vez, puso las cuentas sobre la mesa frente a todos.

Había harina.

Clientes.

Pequeños encargos de carpintería.

Pero faltaba dinero.

No demasiado para resultar imposible.

Sí suficiente para obligarlos a trabajar sin descanso.

Tomás tomó un lápiz.

—Si aumentamos la molienda…

—La acequia no trae suficiente agua todo el día —dijo Remedios.

Nicolás intervino.

—Podemos empezar más temprano.

Remedios lo miró.

Era la primera vez que se incluía en un problema sin que nadie lo obligara.

Tomás hizo otra cuenta.

—También puedo aceptar dos encargos grandes del pueblo.

Aurora levantó la mano.

—Yo puedo ayudar con el pan.

Todos la miraron.

—¿Qué?

Remedios sonrió apenas.

—Puedes.

Así comenzó la carrera contra la luna.

Cada noche crecía un poco.

Cada día el molino trabajaba un poco más.

Tomás reforzó el mecanismo.

Nicolás cargaba sacos desde el amanecer.

Aurora ayudaba con pan y clasificación del grano.

Remedios llevaba cuentas.

Empezaron a acercarse.

No suficiente para respirar tranquilos.

Pero suficiente para creer.

Una semana antes del plazo, Remedios llamó a Nicolás.

—Mañana vas a la feria del pueblo vecino.

El muchacho dejó de limpiar una pieza.

—¿Yo?

—Tú.

—¿Para qué?

—Tres sacos de harina fina.

Nicolás se quedó quieto.

—¿Solo?

—Con la mula.

—Tomás puede ir.

—Tomás tiene trabajo aquí.

El muchacho entendió.

Remedios le estaba confiando algo importante.

—¿Y el dinero?

—Vuelve completo.

Nicolás asintió.

—Va a volver.

La feria estaba llena.

Vendedores.

Animales.

Niños corriendo.

Carretas.

Nicolás vendió el primer saco.

Después el segundo.

El tercero le tomó más tiempo, pero obtuvo buen precio.

Guardó las monedas.

Cuando estaba listo para regresar, escuchó risas.

Un grupo de jóvenes de la plaza había notado su ropa remendada y la mula vieja.

Uno de ellos lo llamó.

Nicolás ignoró.

El muchacho insistió.

—¿No eres el que vive en el molino de la vieja Remedios?

Nicolás siguió caminando.

—Dicen que recogió a un carpintero muerto de hambre y a dos huérfanos.

Nicolás se detuvo.

Otro rió.

—Mira la ropa.

—Bonita mula.

—¿Y tu padre? ¿También te dejó tirado?

Eso fue suficiente.

Nicolás se volvió.

Sintió calor en el rostro.

El puño se cerró.

Durante años esa había sido su respuesta.

Antes de que alguien pudiera herirlo más, él atacaba con palabras o con fuerza.

Dio un paso.

El muchacho de la plaza sonrió.

—¿Qué?

Nicolás sintió el corazón golpeando.

Entonces recordó.

Un mismo fierro sirve para clavar o para sostener.

La mano decide.

Miró su propio puño.

Poco a poco lo abrió.

Respiró.

El otro muchacho perdió parte de la sonrisa.

Nicolás levantó la cabeza.

—La mujer de la que te estás riendo me dio techo cuando nadie más lo hizo.

Silencio.

—Y el carpintero que llamas pobre trabaja desde antes de que tú te levantes.

El joven de la plaza intentó reír.

Nicolás continuó.

—Si necesitas hacer menos a otra persona para sentirte grande, entonces el problema no soy yo.

Tomó el cabestro de la mula.

Se dio la vuelta.

Se marchó.

No corrió.

No miró atrás.

Lo que no sabía era que varias personas habían escuchado.

Entre ellas estaba el padre Benito.

El sacerdote se acercó antes de que Nicolás abandonara la plaza.

—Muchacho.

Nicolás se detuvo.

—¿Sí?

El padre Benito puso una mano en su hombro.

—Hiciste bien.

Nicolás no supo qué contestar.

—Es más difícil gobernar el propio carácter que ganar una pelea.

La frase le recordó demasiado a Remedios.

Cuando volvió al molino, colocó todas las monedas sobre la mesa.

Remedios las contó.

Una por una.

Nicolás esperaba algo.

No sabía qué.

Quizá aprobación.

Quizá una pregunta.

Ella terminó.

—Está completo.

—Sí.

—Bien.

Nada más.

Nicolás apretó los labios.

Se marchó pensando que había esperado demasiado.

Esa tarde, Remedios lo observó desde la ventana mientras descargaba la mula.

Tomás la vio.

—Está orgullosa.

Remedios ni siquiera giró.

—Ocúpate de lo tuyo.

Tomás sonrió.

Aquella noche, Nicolás sacó la armónica.

Estaba solo en el granero.

La limpió con un trapo.

Durante varios minutos simplemente la sostuvo.

Después la acercó a los labios.

Sopló.

La primera nota salió mal.

La segunda también.

La tercera se sostuvo.

Nicolás cerró los ojos.

No era su padre tocando.

Era él.

Ese descubrimiento fue pequeño.

Pero cambió algo.

Faltaban tres días para la luna llena cuando el cielo empezó a transformarse.

La sequía había durado meses.

La tierra estaba dura.

La acequia baja.

Esa tarde, el viento llegó caliente desde el cerro.

Remedios salió al patio y miró los árboles.

Las hojas se habían volteado mostrando el lado pálido.

Tomás la encontró allí.

—¿Qué pasa?

—No me gusta.

—¿La tormenta?

Remedios asintió.

—Cuando la tierra está así de seca, mucha agua de golpe es peor que ninguna.

Después del anochecer llegaron las primeras nubes.

Taparon las estrellas.

Un trueno rodó lejos.

Aurora dejó de hablar.

Nicolás miró por la ventana.

Tomás aseguró puertas y ventanas.

Remedios revisó la compuerta antes de dormir.

Parecía firme.

La lluvia empezó cerca de medianoche.

Primero suave.

Después pesada.

En pocos minutos golpeaba el techo con tanta fuerza que era difícil escuchar otra cosa.

El agua bajaba del cerro.

La tierra seca no absorbía suficiente.

La acequia comenzó a llenarse.

Remedios despertó de golpe.

No sabía qué la había despertado.

Tal vez el sonido.

Tal vez años de conocer aquel molino.

Se sentó.

Entonces lo entendió.

La compuerta.

Si la presión aumentaba demasiado, el agua podía dañar la rueda y alcanzar el granero.

Allí estaba la harina.

Todo el trabajo.

La única posibilidad de pagar.

Se puso el rebozo.

Tomó un candil.

Salió.

No despertó a los demás.

Ese fue su error.

El camino hasta la compuerta estaba cubierto de lodo.

El agua ya corría con fuerza.

Remedios avanzó apoyándose en el muro.

Llegó hasta la palanca lateral.

Intentó abrir un desagüe que permitiría reducir la presión.

No cedió.

Volvió a intentarlo.

El terreno bajo uno de sus pies se deshizo.

Remedios cayó.

No cayó dentro de la corriente principal, pero quedó atrapada junto al muro de piedra con el tobillo lastimado y el agua subiendo alrededor.

Intentó ponerse de pie.

No pudo.

Durante un instante se quedó inmóvil.

La tormenta.

El agua.

El molino.

Todo se mezcló con el recuerdo de Anselmo.

No otra vez.

No podía soportar otra vez la sensación de que el río decidía quién se quedaba y quién no.

Dentro de la casa, Tomás se despertó al notar la puerta abierta.

—¿Remedios?

No hubo respuesta.

Nicolás apareció.

—¿Qué pasa?

Un relámpago iluminó el patio.

Tomás vio el candil caído cerca de la acequia.

Después vio a Remedios.

—¡Remedios!

Corrió.

Nicolás miró la campana.

—Aurora.

La niña apareció en la puerta.

—¿Qué?

—Toca la campana.

—¿Qué?

—¡La campana! ¡Hasta que venga alguien!

Aurora corrió.

Aquella campana llevaba tres años muda.

La golpeó.

El sonido atravesó la lluvia.

Una vez.

Otra.

Otra.

En casas cercanas, personas levantaron la cabeza.

Mientras tanto, Tomás y Nicolás bajaron hacia Remedios.

—No entren por ahí —gritó ella—. El suelo está flojo.

Tomás buscó otro ángulo.

Nicolás se movió por el costado.

Llegaron hasta ella.

—Mi tobillo —dijo Remedios.

—No importa ahora.

Tomás se colocó a su lado.

Nicolás tomó uno de sus brazos.

Entre los dos la levantaron.

El agua les llegaba alto, pero la parte cercana al muro todavía permitía avanzar.

Con esfuerzo lograron sacarla.

Aurora llegó corriendo con una manta.

—¿Está bien?

—Estoy viva —respondió Remedios.

—Eso no es lo mismo.

Remedios la miró.

Incluso en medio de la tormenta casi sonrió.

Tomás señaló la compuerta.

—Está cediendo.

Remedios intentó levantarse.

El tobillo no respondió.

Se quedó sentada.

Por primera vez desde que Tomás la conocía, pareció aceptar que no podía hacerlo ella.

Pero eso no significaba que no pudiera ayudar.

Miró el agua.

Después las herramientas.

—Escúchenme.

Tomás se acercó.

—El desagüe izquierdo.

—Sí.

—Hay que abrirlo.

—Está trabado.

—La palanca pequeña debajo del muro. Tira primero de esa.

Nicolás ya se movía.

—Después amarren la rueda.

Tomás miró el granero.

—¿Con qué?

—La soga gruesa.

—La de la viga.

—Esa.

Remedios señaló unos tablones.

—Apuntala la compuerta con los que dejaste detrás del taller.

Tomás asintió.

Nicolás llegó al desagüe.

La corriente salpicaba.

—¡No abre!

—Levanta antes de tirar —gritó Remedios.

Nicolás obedeció.

La palanca cedió.

El agua cambió de dirección.

Parte de la presión se liberó.

Tomás colocó los tablones.

Aurora seguía tocando la campana.

Minutos después aparecieron luces en el camino.

Vecinos.

Primero dos hombres.

Después cuatro.

Luego el padre Benito acompañado por otros.

—¿Qué necesitan?

Nicolás respondió antes que Tomás.

—Dos con la cuerda. Uno al desagüe. Los demás con los tablones.

Remedios lo escuchó.

No era el muchacho que había llegado al molino.

Daba instrucciones.

Escuchaba.

Pensaba antes de moverse.

Los vecinos trabajaron juntos.

La rueda quedó asegurada.

La compuerta resistió.

En un momento, Aurora resbaló cerca de una zona fangosa.

Nicolás soltó lo que llevaba y alcanzó a sujetarla del brazo antes de que cayera hacia la parte más profunda.

La llevó de regreso al alero.

—¿Estás bien?

Aurora asintió.

Nicolás la abrazó.

Fue un abrazo rápido.

Instintivo.

Aurora no dijo nada.

Tampoco él.

Pero desde aquella noche nunca volvieron a comportarse como dos niños unidos solo porque las circunstancias los habían puesto bajo el mismo techo.

Se convirtieron en hermanos de verdad.

La tormenta empezó a disminuir antes del amanecer.

La compuerta seguía en pie.

La rueda también.

El granero había recibido agua por una pared, pero la mayoría de la harina estaba intacta.

Cuando todos estuvieron seguros, Tomás y Nicolás ayudaron a Remedios a regresar a la casa.

Ella se apoyaba más en Nicolás que en Tomás.

No por necesidad.

Por confianza.

En el corredor se detuvo.

Miró el patio lleno de barro.

A los vecinos.

A Aurora con el cabello pegado al rostro.

A Tomás empapado.

A Nicolás sosteniéndola.

Los ojos se le llenaron.

No lloró.

Todavía no.

Pero estuvo cerca.

—Mira nada más —murmuró.

—¿Qué? —preguntó Nicolás.

Remedios lo miró.

—Resulta que sí servías para algo.

Nicolás soltó una risa.

—Vieja…

Tomás alzó una ceja.

Nicolás corrigió.

—Doña Remedios.

Ella sonrió.

A la mañana siguiente el mundo parecía otro.

El cielo estaba limpio.

El cerro brillaba bajo el sol.

La acequia, que durante meses había corrido débil, ahora llevaba agua abundante pero tranquila.

Tomás revisó la rueda.

—Está bien.

Remedios estaba sentada con el tobillo vendado.

—¿Seguro?

—Más firme que antes.

Nicolás abrió la compuerta con cuidado.

La rueda empezó a girar.

Esta vez con fuerza.

El molino entero vibró.

Aurora aplaudió.

Remedios cerró los ojos.

La noche anterior había parecido el final.

Ahora el agua que casi lo arruina todo se convertía en la energía que necesitaban para terminar el trabajo.

Durante los días siguientes, molieron sin descanso.

Los vecinos ayudaron.

Uno llevó trigo.

Otro prestó una mula.

Una familia compró harina por adelantado.

El padre Benito habló con comerciantes del pueblo.

La historia de la tormenta circuló.

También la de Nicolás en la feria.

Las personas que antes llamaban forasteros a Tomás y a los niños empezaron a decir “los del molino”.

Y luego simplemente sus nombres.

Tomás.

Aurora.

Nicolás.

Cuando llegó la luna llena, habían reunido el dinero.

No sobró casi nada.

Pero estaba completo.

Tomás y Nicolás fueron al pueblo.

Remedios quiso ir.

Tomás no se lo permitió.

—Todavía no caminas bien.

—Es mi deuda.

—Y nuestro molino.

Remedios se quedó callada.

Era la primera vez que alguien decía nuestro.

No discutió.

Don Casimiro estaba detrás de su mostrador cuando entraron.

Tomás colocó una bolsa.

Nicolás otra.

—¿Qué es esto?

—Lo que se debe.

Casimiro contó.

Una vez.

Después otra.

Quizá esperaba encontrar un error.

No lo encontró.

Abrió su libreta negra.

Buscó el nombre de Remedios.

Lo tachó.

—Pagado.

Nicolás miró la línea.

—Escriba que no debe nada.

Casimiro levantó los ojos.

Tomás casi sonrió.

—El muchacho tiene razón.

Casimiro escribió.

Firmó.

Tomás tomó el papel.

Cuando salieron, Nicolás respiró como si hubiera estado sosteniendo el aire desde semanas atrás.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¿No puede regresar por el molino?

—No.

Nicolás sonrió.

—Bien.

Esa tarde, al regresar, Remedios estaba esperando en el corredor.

Tomás le entregó el papel.

Ella lo leyó.

El nombre tachado.

La firma.

La palabra pagado.

Se sentó.

Durante años, aquel papel había sido otra puerta cerrada.

Ahora no.

Aurora se acercó.

—¿Qué dice?

Remedios levantó la vista.

—Que no le debemos nada a nadie.

Aurora sonrió.

—Entonces somos libres.

Remedios la miró.

—Sí.

Nicolás estaba en la puerta.

Aquella noche sacó la armónica frente a todos.

No se escondió en el granero.

Se sentó en el escalón.

La sostuvo.

Aurora se acomodó cerca.

—¿Vas a tocar?

—Voy a intentar.

—Eso significa que vas a tocar mal.

Nicolás la miró.

—Gracias por la confianza.

Sopló.

La melodía empezó torpe.

Después encontró forma.

Era una canción antigua.

Remedios dejó de barrer.

Tomás apoyó una mano en el marco.

Aurora sonrió.

Nicolás siguió.

Por primera vez, la armónica no parecía pertenecer a un hombre ausente.

Le pertenecía a él.

El pasado seguía allí.

Pero ya no mandaba.

Cuando terminó, hubo silencio.

Remedios fue la primera en hablar.

—Otra.

Nicolás la miró sorprendido.

—¿Le gustó?

—No exageres.

Tomás soltó una carcajada.

Nicolás volvió a tocar.

Y durante los meses siguientes, aquella música se volvió parte del molino.

Como el sonido del agua.

Como la piedra.

Como la voz de Aurora.

Como los pasos de Tomás entrando antes del amanecer.

Remedios descubrió algo que jamás habría esperado.

No solo le gustaba que estuvieran allí.

Los esperaba.

Si Tomás tardaba en volver del pueblo, miraba el camino.

Si Aurora no aparecía en la cocina, preguntaba.

Si Nicolás estaba demasiado callado, lo encontraba.

La mujer que había pasado tres años convencida de que no necesitaba a nadie empezó a vivir rodeada de rutinas compartidas.

Una mañana llamó a los tres.

Tomás estaba reparando una ventana.

Aurora amasaba.

Nicolás limpiaba una pieza del molino.

—Vengan.

El tono era serio.

Los tres obedecieron.

Se reunieron en el patio.

Remedios estaba junto al banco de piedra.

Tenía algo doblado en las manos.

Tomás frunció el ceño.

—¿Pasa algo?

—Sí.

Aurora se acercó.

—¿Algo malo?

—Déjenme hablar.

Nicolás cruzó los brazos.

Remedios respiró.

No estaba acostumbrada a discursos.

—El día que llegaron, yo pensé que estaba haciendo un trato.

Tomás no dijo nada.

—Trabajo por techo y comida.

Miró a Aurora.

—Después pensé que quizá estaba haciendo caridad.

Aurora frunció el ceño.

—No necesitábamos caridad.

Remedios sonrió.

—Ya lo sé.

Miró a Nicolás.

—También pensé que este me iba a sacar canas.

—Ya las tenía.

Tomás se tapó la boca para no reír.

Remedios lo fulminó con la mirada.

—¿Me dejan terminar?

Nicolás sonrió.

Remedios bajó la vista al papel.

—Me equivoqué en todo.

La voz se quebró apenas.

Tomás dejó de sonreír.

—Yo creía que les estaba dando un lugar.

Remedios miró el molino.

La rueda giraba detrás.

—Pero ustedes fueron los que me devolvieron el mío.

Silencio.

—Después de Anselmo, yo seguí respirando. Eso no significa que estuviera viviendo.

Aurora se acercó.

Remedios continuó.

—Esta casa se volvió una tumba porque yo la convertí en una. Ustedes entraron haciendo ruido, arreglando cosas, discutiendo, quemando pan…

Aurora abrió la boca.

—Solo una vez.

—Dos.

—La segunda no estaba quemado.

—Estaba negro.

Tomás sonrió.

Remedios también.

Después volvió a ponerse seria.

—Creí que yo los había salvado.

Miró uno por uno.

—Resulta que fue al revés.

Nicolás bajó los ojos.

Remedios extendió el papel hacia Tomás.

—Esto es para ustedes.

Tomás lo tomó.

Leyó.

—Remedios…

—No empieces.

Era un documento.

El molino.

La casa.

La acequia.

Remedios había dispuesto que, llegado el momento, todo pasara a Tomás y los muchachos como herencia compartida.

Tomás negó.

—No puedo aceptar esto.

—Ya lo aceptaste.

—No.

—Sí.

—Remedios…

—Tomás.

La manera en que pronunció su nombre terminó la discusión.

—No tengo otro hijo. No tengo otra familia. No quiero que cuando yo falte venga algún pariente que nunca apareció a decidir qué hacer con esto.

Tomás miró el papel.

—Pero es suyo.

Remedios negó.

—Era mío.

Señaló la rueda.

—Ahora es nuestro.

Aurora no necesitó más.

Corrió y la abrazó por la cintura.

Remedios dejó caer una mano sobre su cabeza.

Nicolás se quedó unos pasos atrás.

La mujer lo miró.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Te vas a quedar ahí parado?

Nicolás tragó saliva.

Dio un paso.

Después otro.

—Gracias.

Remedios negó.

—No es regalo. Te toca trabajar.

Nicolás sonrió.

—Sí, abuela.

La palabra salió sin aviso.

Remedios se quedó inmóvil.

Tomás levantó los ojos.

Aurora sonrió.

Nicolás pareció arrepentirse por un segundo.

—Yo…

Remedios caminó hasta él.

Lo abrazó.

Nicolás tardó en reaccionar.

Después la rodeó con los brazos.

Aquella fue la primera vez que llamó abuela a alguien desde que era pequeño.

Y la primera vez en años que Remedios permitió que alguien la llamara familia sin sentir que estaba traicionando a quienes había perdido.

El molino prosperó.

No se hizo rico.

Nunca fue eso.

Pero funcionó.

La rueda giraba desde el amanecer.

La gente llegaba con trigo.

Tomás abrió un pequeño taller junto al granero.

Volvió a hacer muebles.

Nicolás aprendió carpintería.

Aurora se convirtió en la mejor ayudante de Remedios en la cocina, aunque seguía discutiendo sobre cuánto tiempo debía descansar una masa.

Por las noches, Nicolás tocaba la armónica.

A veces tocaba bien.

A veces no.

Remedios siempre fingía que no estaba escuchando.

Pero si una noche no tocaba, preguntaba:

—¿Te tragaste la música?

Él sonreía y sacaba el instrumento.

Con el tiempo, Nicolás dejó de hablar de su padre con rabia.

No porque lo hubiera olvidado.

Porque aprendió a separarse de sus decisiones.

Una tarde, mientras reparaban una silla, Tomás le dijo:

—Te pareces a él en algunas cosas.

Nicolás se tensó.

Tomás continuó.

—Tenía buen oído.

Nicolás bajó la vista.

—¿Y en las malas?

—También.

—Entonces no quiero parecerme.

Tomás dejó el martillo.

—No puedes elegir de dónde vienes.

Nicolás lo miró.

—Pero sí qué haces con eso.

El muchacho sonrió.

—Remedios te está contagiando.

—Eso temo.

Desde la cocina llegó la voz de Remedios.

—¡Los estoy oyendo!

Ambos rieron.

Aurora también cambió.

La niña que había llegado con las manos frías y dos trenzas mal hechas empezó a correr por el molino como si hubiera nacido allí.

Aprendió el nombre de cada vecino.

Sabía calcular sacos.

Conocía la harina.

Guardó la gallinita de barro de Anselmo sobre una repisa en su cuarto.

Nunca jugó con ella.

La cuidaba.

Una noche preguntó:

—Abuela.

Remedios levantó la vista.

La palabra ya no sorprendía tanto.

—¿Qué?

—¿Anselmo era como Nicolás?

Remedios se quedó pensativa.

—No.

—¿Como papá?

—Tampoco.

—Entonces, ¿cómo era?

Remedios sonrió.

—Era Anselmo.

Aurora esperó.

—Terco. Bueno. Impaciente. Se creía más fuerte que el río.

—¿Lo extraña?

Remedios miró hacia la rueda.

—Todos los días.

Aurora apoyó la cabeza sobre su brazo.

—¿Y se pone triste?

—A veces.

—Pero ahora está feliz.

Remedios la miró.

—También.

Aurora sonrió.

Remedios entendió que durante mucho tiempo había creído que una emoción cancelaba la otra.

Que si volvía a sentirse feliz, estaba dejando atrás a su hijo.

No era así.

Podía extrañar a Anselmo y amar a Aurora.

Podía recordar a su esposo y reír con Tomás.

Podía guardar luto y abrir la puerta.

El corazón no era una habitación con espacio para una sola cosa.

Era más parecido al molino.

Necesitaba movimiento.

Años después, los viajeros que pasaban por aquel camino ya no veían una rueda detenida.

Escuchaban agua.

Veían humo.

Oían martillos.

Algunas tardes también una armónica.

Nadie habría imaginado que aquel lugar había estado mudo.

Y quien preguntaba cómo empezó todo recibía distintas versiones.

Aurora decía que empezó con una carreta chueca.

Tomás decía que empezó con una mujer que no hacía preguntas innecesarias.

Nicolás aseguraba que empezó cuando Remedios lo obligó a mover un saco que pesaba más que él.

Remedios decía otra cosa.

—Empezó cuando ellos llegaron creyendo que necesitaban algo de mí.

Y si alguien le preguntaba qué necesitaba ella, respondía:

—No lo sabía todavía.

En realidad, todos habían llegado rotos de alguna manera.

Tomás había perdido la casa que creía definitiva.

Aurora había perdido a su madre demasiado temprano.

Nicolás había perdido la confianza antes de aprender a construirla.

Remedios había perdido a su hijo y después había cerrado todas las ventanas de su vida.

Ninguno curó al otro por completo.

Eso no existe.

Lo que hicieron fue aprender a sostenerse.

Tomás arregló una rueda.

Remedios dio techo.

Aurora devolvió ternura.

Nicolás aprendió a quedarse.

Después vino el agua.

La deuda.

La tormenta.

El miedo.

La decisión de no abandonarse.

Y allí se convirtió en familia.

Una tarde, mucho tiempo después, Remedios estaba sentada en el banco de piedra cuando Nicolás llegó del pueblo.

Ya no parecía el muchacho encorvado de la primera vez.

Caminaba con la espalda recta.

—Abuela.

—¿Qué?

—El padre Benito pregunta si puedo tocar en la fiesta.

Remedios fingió pensar.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Seguro que no encontraron a nadie mejor?

Nicolás sonrió.

—Dijo que no.

—Entonces el pueblo está perdido.

Nicolás se sentó junto a ella.

—Voy a tocar la canción de mi padre.

Remedios lo miró.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Pensé que la odiabas.

—Ya no.

Sacó la armónica.

—La canción no hizo nada.

Remedios sonrió.

—Eso te lo dije hace años.

—Sí.

—Y tardaste bastante en entender.

—También.

Se quedaron en silencio.

La rueda giraba.

Aurora cantaba dentro.

Tomás golpeaba madera en el taller.

Nicolás miró el patio.

—¿Sabe qué?

—¿Qué?

—Yo pensé que usted era mala cuando llegamos.

Remedios soltó una risa.

—Y yo pensé que tú eras insoportable.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que eres insoportable.

Nicolás rió.

Después apoyó un hombro contra el de ella.

Remedios no se apartó.

Cuando cayó la tarde, la luz convirtió el agua de la acequia en una cinta dorada.

Durante unos minutos nadie trabajó.

Tomás cerró el taller.

Aurora llevó pan al corredor.

Nicolás tocó.

Remedios escuchó.

No había riqueza.

No había grandes lujos.

Solo una casa que antes estuvo vacía y ya no lo estaba.

Un molino que había vuelto a latir.

Y cuatro personas que un día creyeron que la vida solo les estaba quitando cosas hasta comprender que, a veces, después de una pérdida, lo nuevo no llega para reemplazar lo anterior.

Llega para dar otra forma al futuro.

Remedios nunca volvió a decir que había salvado a Tomás.

Tomás nunca volvió a decir que Remedios les debía nada.

Aurora creció pensando que una familia podía comenzar con sangre, pero también con decisiones.

Y Nicolás terminó entendiendo que su padre no definía el valor de su propia palabra.

Cada uno encontró algo que no estaba buscando.

Tomás pidió trabajo y encontró un hogar.

Aurora buscó seguridad y encontró una abuela.

Nicolás llegó defendiendo su rabia y encontró una canción que podía llamar suya.

Remedios abrió una puerta pensando que solo daba cobijo y descubrió que ella también llevaba años esperando que alguien entrara.

El molino siguió en pie porque la madera fue reparada.

Pero la casa volvió a vivir por otra razón.

Porque una persona decidió quedarse.

Otra decidió confiar.

Otra aprendió a perdonar.

Y otra se permitió volver a querer.

En las mañanas, cuando la rueda empezaba a girar, Remedios solía quedarse unos segundos escuchando.

Antes aquel sonido le recordaba la muerte de Anselmo.

Con el tiempo dejó de ser solo eso.

También le recordaba la primera mañana de Tomás.

Las manos de Nicolás cubiertas de harina.

La risa de Aurora.

La campana durante la tormenta.

La deuda tachada.

La armónica.

El primer “abuela”.

Entonces entendió que los lugares también pueden sanar.

No porque olviden lo ocurrido.

Porque acumulan nuevos recuerdos alrededor de los antiguos hasta que el dolor deja de ocuparlo todo.

Y si alguna vez alguien le preguntaba cuál había sido el día más importante de su vida, Remedios no mencionaba la tormenta.

Ni el pago de la deuda.

Ni siquiera el día en que la rueda volvió a girar.

Decía:

—Fue aquella tarde en que llegó un carpintero con una carreta rota.

—¿Por qué?

Remedios miraba hacia la entrada.

—Porque pude haber dicho que no.

Nada más.

Esa era toda la diferencia.

Una palabra.

Sí.

Quédate.

Trabaja.

El techo y el pan corren por mi cuenta.

Después, día a día, fueron construyendo lo demás.

Y quizá por eso, durante muchos años, la campana de bronce que antes había permanecido muda volvió a colgar en un lugar visible junto a la puerta.

Ya no se usaba solo para emergencias.

Aurora la tocaba cuando llegaba trigo.

Nicolás cuando regresaba del pueblo.

Tomás alguna vez solo por molestar a Remedios.

La mujer protestaba.

—¡Dejen esa campana!

Pero nunca pidió que la quitaran.

Porque cada sonido le recordaba algo sencillo.

La casa estaba viva.

La familia estaba cerca.

Y ella ya no estaba sola.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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