Tras ser desechada como un objeto sin valor para que él obtuviera fama, ella regresó no para suplicar, sino para ejecutar la sentencia más cruel. En el gran salón, el traidor se quedó gélido al reconocer que la poderosa mujer que ahora decide su destino profesional es la misma que él pisoteó sin piedad. Con una sonrisa fría, ella borró su última pizca de arrogancia, transformando su gloria ficticia en cenizas y marcando el inicio de su caída total.
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