«¡Mamá, papá… no estoy muerto!». El grito desgarrador destrozó la solemnidad del homenaje. Un vagabundo en ruinas se arrastró, rasguñando temblorosamente la lápida que llevaba su propio nombre. Su mirada llena de resentimiento pulverizó la falsa fachada de caridad, desnudando un inhumano complot de usurpación de identidad de la dinastía multimillonaria, obligando a la élite a contener la respiración con pánico.
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