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«Bonita, pero tonta», dijo el duque; ella le dio una lección

El duque de Crestwell había dicho una vez a su ayuda de cámara que Clara Bas era lo bastante bonita como para no resultar desagradable y lo bastante afilada como una cuchara.

No era, desde luego, la clase de comentario que un caballero sensato esperaba que llegara a oídos de la mujer sobre la que hablaba.

Llegó.

Clara se enteró.

No se enfadó.

Aquello habría sido mucho más sencillo.

Solo archivó la frase en algún lugar de su memoria, junto con otras observaciones absurdas que los hombres hacían cuando creían que una mujer no podía escucharlos.

Eso debió haber sido el final.

No lo fue.

Londres, abril de 1815.

La invitación había llegado un jueves, un día que Clara siempre había considerado poco fiable para la correspondencia.

Su prima, la señora Harwell, había llenado tres páginas con una sola idea esencial: abriría de nuevo su casa de Bruton Street para la temporada londinense, necesitaba compañía sensata y Clara, por encontrarse disponible, ser razonable y no tener nada más urgente que hacer, era la candidata perfecta.

La señora Harwell había incluido referencias a bailes, cenas, visitas, conciertos y presentaciones. También había añadido una observación que Clara consideró innecesariamente franca.

“No estás precisamente en la primera flor de la juventud, querida, y yo tampoco. Londres en abril es bastante agradable siempre que uno no se preocupe demasiado por el olor.”

Clara tenía veintisiete años.

No se consideraba vieja.

Tampoco se consideraba obligada a fingir que la vida terminaba para una mujer cuando dejaba atrás los veintiuno.

Era hija de un clérigo de Derbyshire, tenía poco dinero propio, ninguna posición social particularmente útil y una educación que su padre había considerado más importante que cualquier posibilidad de convertirla en una joven ornamental.

Sabía leer latín con suficiente soltura como para encontrar errores en las traducciones de otros.

Sabía montar a caballo.

Jugaba a las cartas demasiado bien.

Tenía opiniones.

Y poseía el inconveniente de decirlas cuando consideraba necesario hacerlo.

Su padre, el reverendo George Bas, decía que aquello era una virtud siempre que recordara que una virtud utilizada sin moderación podía convertirse en una forma muy sofisticada de mala educación.

Clara había respondido que intentaría distinguir una cosa de la otra.

No siempre lo conseguía.

Llegó a Bruton Street a principios de abril.

La casa de la señora Harwell era estrecha, cálida y alegre. Había sido llenada durante décadas con muebles que no combinaban, retratos de parientes de expresión preocupada y tres sirvientes que llevaban tanto tiempo en la familia que habían dejado de considerar que su función les exigiera guardar silencio sobre sus opiniones.

La señora Pant, el ama de llaves, examinó a Clara de arriba abajo al recibirla.

—Está más delgada de lo que esperaba.

Clara dejó los guantes sobre una mesa.

—Gracias por informarme.

La señora Pant pareció satisfecha.

—Habrá té en diez minutos.

—Eso sí es información útil.

La mujer se marchó convencida, al parecer, de haber cumplido una responsabilidad importante.

Durante las dos primeras semanas Clara asistió a cuatro visitas de salón, dos veladas de cartas, un concierto que duró tres horas más de lo que cualquier composición musical tenía derecho moral a durar y una visita matutina en la que la señora Harwell contó toda la historia de la familia Crestwell a una mujer que no había preguntado.

Clara escuchó parte de ella.

El viejo duque había muerto el otoño anterior.

El nuevo duque, Frederick Crestwell, no había sido criado esperando el título.

Era el segundo hijo.

Había pasado gran parte de su vida adulta convencido de que su hermano heredaría la propiedad, las obligaciones, la casa de Londres, las tierras de Northumberland y Somerset, los problemas familiares y todas las conversaciones tediosas que acompañaban a un ducado.

Las circunstancias habían cambiado.

De manera rápida.

El título había terminado en sus manos.

—Uno nunca se recupera completamente de ser el segundo hijo —declaró la señora Harwell con la gravedad de una médica diagnosticando una enfermedad.

Clara dejó su taza.

—¿De serlo o de dejar de serlo inesperadamente?

Su prima parpadeó.

—Ambas cosas, probablemente.

Clara archivó la información bajo la categoría de “posiblemente relevante para alguien” y no volvió a pensar en Frederick Crestwell hasta la noche de la reunión musical de Lady Alderton.

Se encontraba de pie cerca del pianoforte con una copa de vino que no justificaba el esfuerzo de beberla.

Observaba un enorme cuadro de caza colocado encima de la puerta.

O, más exactamente, utilizaba el cuadro como excusa para observar quién entraba.

Había desarrollado aquella habilidad durante años en la parroquia de su padre.

Mirar sin parecer que miraba era una competencia social extraordinariamente útil.

El duque llegó poco después de las ocho.

Clara supo quién era antes de que alguien pronunciara su nombre.

La habitación cambió.

No de manera dramática.

Solo lo suficiente.

Las conversaciones se redujeron durante una fracción de segundo.

Algunas espaldas se enderezaron.

Lady Alderton dejó de hablar sobre el precio de las velas con un coronel y giró hacia la entrada con una rapidez que sugería que las velas podían enfrentarse solas a sus problemas.

Frederick Crestwell era alto.

Cabello oscuro.

Algunas canas comenzaban en las sienes, aunque no producían sensación de edad. Más bien parecían formar parte de una expresión cuidadosamente compuesta.

Llevaba su ropa de noche con la indiferencia de alguien que sabía que era impecable y, por esa misma razón, no necesitaba revisarla.

Clara estudió su rostro.

Frío no era la palabra.

Fijo, quizá.

No.

Sostenido.

Existía una diferencia.

Un rostro fijo parecía una armadura elegida por la mañana.

El suyo parecía algo que mantenía bajo control a cada instante.

Como si hubiera decidido mucho tiempo atrás que ninguna habitación tendría permiso para sorprenderlo.

La señora Harwell apareció junto al codo de Clara con la puntualidad de una mujer que había estado esperando aquel momento.

—Su gracia, el duque de Crestwell.

—Lo supuse.

—Es exactamente como te lo describí.

Clara bebió un poco de vino.

—Lo describiste como difícil.

—Precisamente.

Lady Alderton recibió al duque.

Hubo una reverencia.

Una sonrisa suya que parecía haber costado cierta dignidad.

Una respuesta de él técnicamente cortés y emocionalmente vacía.

Después Crestwell avanzó por el salón.

La gente se abría delante de él sin que pareciera pedirlo.

El agua alrededor de una piedra, pensó Clara.

Volvió la mirada al cuadro de caza.

No hablaron aquella noche.

No fueron presentados.

Clara conversó con un señor Cavendish Price, amable y profundamente interesado en sistemas de drenaje, y con una señora Fellows que no era ni amable ni particularmente interesada en nada salvo en su sobrino, que se encontraba al otro lado del salón haciendo algo cuestionable con una baraja.

La música fue competente.

El vino continuó siendo mediocre.

En algún momento Crestwell pasó a menos de dos metros de Clara camino de la puerta.

No la miró.

Ella tampoco lo miró directamente.

Notó, sin embargo, que de cerca su expresión parecía menos fija y más cansada.

No aburrida.

Cansada.

Como si estar allí requiriera un esfuerzo que se negaba a mostrar.

“Quiere irse”, pensó.

Después añadió:

“Yo también.”

Crestwell abandonó la casa a las nueve y media.

La habitación pareció exhalar.

La vida social recuperó inmediatamente su forma anterior.

El segundo encuentro ocurrió en Almack’s.

En Londres, durante la temporada, muchas cosas terminaban ocurriendo en Almack’s, y Clara estaba empezando a comprender que la institución funcionaba según leyes tan rígidas como invisibles.

Los vales eran difíciles de obtener y absolutamente necesarios.

La comida era mala.

La limonada era peor.

Y el baile no era realmente el objetivo.

El baile era el mecanismo mediante el cual uno era visto por las personas correctas, haciendo lo correcto, con la pareja correcta, para que aquella información pudiera circular por todos los canales invisibles de la sociedad antes del desayuno siguiente.

La señora Harwell tenía vales.

Los había conseguido gracias a una combinación de persistencia y una amistad antigua con una de las patronas cuyo nombre pronunciaba con la precisión de alguien manejando artillería.

Clara también tenía el suyo.

Lidia había llegado a Londres el jueves anterior.

Ese era el detalle que Clara no había previsto del todo.

Lidia era su hermana menor.

Tenía diecinueve años y era hermosa de una manera que preocupaba a cualquier persona práctica.

Ojos azules.

Cabello claro.

Una risa que atraía miradas.

Y la maravillosa incapacidad propia de los diecinueve años para comprender que una situación peligrosa casi nunca se presenta anunciándose como peligrosa.

Había dicho que viajaba a Londres para ver a Clara.

Clara comprendió perfectamente que aquello significaba que deseaba ver Londres y que su hermana mayor era una justificación aceptable.

Lidia no era problemática.

Simplemente tenía diecinueve años, estaba en Londres en abril y ambas condiciones juntas podían producir aproximadamente el mismo resultado.

Los dos primeros bailes fueron con el señor Beaumont, un joven apropiado y agradable.

El tercero fue con el capitán Oldridge.

Clara conocía a Oldridge de oídas.

Era guapo.

Veintiocho años.

Uniforme impecable.

Una manera particular de concentrar toda su atención en una mujer hasta hacerla sentir que ninguna otra persona existía en la sala.

Clara consideraba aquello una habilidad peligrosa, no una virtud.

Las finanzas del capitán estaban, según todos los informes, en el estado de un hombre que consideraba los ingresos una característica opcional de la vida adulta.

Su regimiento tenía órdenes y probablemente partiría hacia Bélgica antes de un mes.

Aquello daba a sus atenciones cierta urgencia.

Clara observó cómo Lidia sonreía mientras bailaban.

“Tres días”, calculó.

“En tres días escribirá poesía.”

Se equivocó ligeramente.

Tardó cuatro.

Crestwell también estaba en Almack’s.

Aquello sí sorprendió a Clara.

No parecía un hombre que asistiera voluntariamente a ese tipo de lugares.

Se encontraba junto a la pared este hablando con un lord de expresión pesada. Escuchaba con una imitación razonable de interés mientras, casi con seguridad, pensaba en otra cosa.

Clara apartó la mirada.

Diez minutos después cruzaba el salón llevando el chal que Lidia había olvidado cerca de unas sillas.

Pasó junto al duque.

Él la miró.

Ella también.

Ninguno se detuvo.

Clara entregó el chal.

Regresó hacia la pared.

Crestwell continuaba allí.

El lord pesado había desaparecido.

Lidia estaba cerca de la limonada hablando con Oldridge.

Clara calculaba la forma menos obvia de intervenir cuando una voz habló a su izquierda.

—¿Está catalogando algo?

Clara giró.

Crestwell se encontraba mucho más cerca de lo que esperaba.

—¿Perdón?

—Ha estado observando la habitación como una persona que cuenta cosas.

Sus ojos eran oscuros.

Difíciles de interpretar.

—Me preguntaba qué estaba contando.

Clara respondió antes de decidir si debía hacerlo.

—Las salidas.

Hubo una pausa.

No incómoda.

Evaluadora.

Crestwell miró alrededor.

—Hay cuatro.

Clara levantó una ceja.

Él continuó.

—Las puertas principales, el corredor este, la puerta detrás de los músicos que conduce a la sala de cartas y el pasaje de servicio que técnicamente no es para invitados, aunque después de medianoche esa regla pierde bastante autoridad.

—¿También las contó?

—Siempre cuento las salidas.

—¿Por costumbre o precaución?

Una sombra de sonrisa tocó su boca.

—En lugares como este, la diferencia es académica.

Clara casi sonrió.

—Clara Bas.

No habían sido presentados formalmente.

Él no pareció considerar aquello un obstáculo.

—Crestwell.

No añadió el título.

Aquello no parecía modestia.

Parecía economía.

Miró hacia Lidia.

—La joven junto a la limonada. ¿Su hermana?

—Sí.

—El capitán Oldridge no es…

Se detuvo.

Clara giró hacia él.

—Soy consciente de muchas cosas que el capitán Oldridge no es, su gracia. Gracias.

Crestwell la miró con una expresión que Clara no supo clasificar.

Lady Alderton apareció en aquel momento, radiante ante la posibilidad de capturar a un duque para una nueva conversación.

El instante terminó.

Clara recuperó a Lidia diecisiete minutos después bajo el pretexto de un dolor de cabeza que ambas sabían inexistente.

Una semana más tarde Clara encontró refugio en la biblioteca de Sir Thomas Aterwick.

La casa estaba llena de invitados para una recepción de tarde.

Después de cuarenta minutos escuchando a una señora explicar con sorprendente detalle anatómico la manera correcta de construir un centro floral, Clara decidió que necesitaba silencio.

La biblioteca tenía exactamente el tipo correcto.

No ausencia de sonido.

Silencio con peso.

Tres paredes cubiertas de libros.

Dos ventanas hacia el jardín.

Un escritorio.

Una chimenea apagada.

Dos sillones cuya posición sugería que llevaban allí tantos años que se consideraban propietarios.

Clara examinó las estanterías.

Aterwick tenía una preferencia evidente por historia, filosofía natural y asuntos militares.

Casi no había poesía.

Cuando la puerta se abrió, Clara no giró inmediatamente.

Reconoció el paso antes de procesar conscientemente por qué.

—Señorita Bas.

Se volvió.

Crestwell estaba en el umbral.

Parecía un hombre que había ido buscando una habitación vacía y acababa de descubrir que la situación requería revisar sus expectativas.

—Su gracia.

—¿También necesita un respiro?

—La señora Granger estaba explicando centros de mesa.

—Comprendo.

Entró.

No cerró completamente la puerta.

La dejó en el ángulo socialmente correcto: suficientemente abierta para que la situación fuera respetable, suficientemente cerrada para conservar algo de silencio.

Clara registró el detalle.

Crestwell se dirigió hacia una estantería.

—Aterwick no lee poesía.

—Lo noté.

—Historia militar y filosofía natural.

Clara tomó un volumen de los viajes de Cook.

—Quizá solo lee para confirmar lo que ya cree.

Crestwell la miró.

—Eso ha sido perspicaz o poco amable.

—En mi experiencia las categorías se superponen bastante.

Él se sentó en el sillón más alejado.

Clara ocupó el otro.

Durante unos instantes leyeron.

El silencio no resultó incómodo.

De hecho, era el momento más cómodo que Clara había tenido en diez días.

Crestwell habló sin preámbulo.

—Su hermana volvió a bailar con Oldridge el martes.

Clara no levantó la vista.

—Lo sé.

—Pedirá permiso para visitarla.

—Probablemente.

—Su regimiento tiene órdenes para Bélgica.

Clara cerró ligeramente el libro.

—También lo sé.

—Un hombre con poco tiempo puede volverse prudente o apresurado. Oldridge nunca me ha parecido prudente.

—Estoy acostumbrada a manejar las cosas, su gracia.

Crestwell la observó.

La luz gris del jardín suavizaba algo de su expresión.

—¿Qué más hace?

La pregunta tomó a Clara por sorpresa.

Los hombres de su rango no solían preguntar de aquel modo.

Preguntaban para confirmar lo que ya pensaban.

O hacían observaciones esperando asentimiento.

—Leo.

Esperó.

—Me escribo con mi padre, que es clérigo en Derbyshire y considera que una carta de menos de cuatro páginas es una oportunidad desperdiciada para la teología. Camino cuando el tiempo lo permite. Cuando no…

Miró alrededor.

—Observo habitaciones.

Una pausa.

—Y cuento salidas.

Esta vez la boca de Crestwell se movió.

Casi sonrisa.

—¿Y antes de Londres?

—Aproximadamente lo mismo, con mejor aire y menos centros de mesa.

—¿Lo prefiere?

—Prefiero la honestidad a la actuación.

—Londres es casi completamente actuación.

—Y, sin embargo, usted está aquí.

—Lidia está aquí —respondió Clara—. Esa es la explicación.

Crestwell guardó silencio.

—No vino por usted misma.

—No.

Clara pensó.

—Quizá un poco.

Él esperó.

—La señora Harwell es buena compañía. Y Derbyshire en marzo puede ser…

Clara buscó una palabra.

—Muy Derbyshire.

Crestwell sonrió.

De verdad.

Duró poco.

Como una puerta abriéndose y cerrándose antes de que uno pudiera ver el interior.

Pero ocurrió.

Clara lo registró.

Crestwell tomó un libro de poesía de la mesa.

Cowper.

Lo giró entre sus manos.

—En Almack’s dijo que sabía lo que Oldridge no era.

—Lo sé.

—¿Qué piensa hacer?

Clara lo miró.

Era una pregunta directa.

Decidió responder igual.

—Asegurarme de que mi hermana nunca esté sola con él el tiempo suficiente para hacer algo irreversible mientras parezco tan despreocupada que ella no se da cuenta de que estoy manejando la situación. Porque si descubre que intento manejarla, hará precisamente lo irreversible por principio.

Crestwell reflexionó.

—Suena como alguien a quien yo encontraría agotadora.

—Tiene diecinueve años. Es exactamente lo que debe ser.

Clara se detuvo.

Después añadió:

—Solo necesita que alguien le muestre cosas mejores de las que Oldridge ofrece. Esa es toda mi estrategia.

—Es una manera extrañamente caritativa de manejar a alguien.

—La mayoría de las personas aprenden que manejar a otros funciona mejor cuando ellos no se dan cuenta.

—¿Y quienes se dan cuenta?

—Se marchan de la habitación.

Clara sostuvo su mirada.

—Como usted podría hacer ahora mismo.

Crestwell miró hacia la puerta.

—Podría.

No se movió.

Tres días después, Oldridge visitó Bruton Street.

Llegó a las once.

Era la hora correcta.

Clara decidió que era lo único completamente correcto de la visita.

Trajo flores.

Habló con facilidad.

Escuchó con aparente atención.

Preguntó a Lidia por Derbyshire, por música, novelas y paisajes.

En veinte minutos había conseguido hacerla sentir que sus opiniones eran extraordinariamente importantes.

Clara observó.

No odiaba al capitán.

Eso habría sido más sencillo.

Oldridge no era un monstruo.

Era un hombre encantador, con poco dinero, hábitos optimistas y un talento peligroso para hacer que una mujer joven se sintiera única.

Ninguna de aquellas cosas era un crimen.

Juntas podían convertirse en un problema.

Cuando se marchó, Lidia se volvió hacia Clara.

—Es muy agradable.

Clara cortó el hilo de su bordado con los dientes.

—Lo es.

—¿Nada más?

—¿Qué quieres que diga?

Lidia sonrió.

—Nada.

Clara miró por la ventana.

—Vamos a caminar.

El parque estaba húmedo.

Abril había prometido buen tiempo y no había cumplido.

Lidia habló casi todo el camino.

Clara escuchó.

Después de veinte minutos vio a Crestwell a caballo.

Lo acompañaba un coronel de unos cuarenta años.

El duque la vio al mismo tiempo.

No interrumpió su conversación.

Era demasiado controlado.

Pero hubo un pequeño cambio en su postura.

Dijo algo al coronel.

Ambos caballos giraron.

Lidia bajó la voz.

—¿Es el duque de Crestwell?

—Sí.

—Viene hacia nosotras.

—También lo noté.

—Clara.

—¿Qué?

—¿Desde cuándo conoces al duque?

—Almack’s. La casa de Aterwick.

—No me dijiste.

—Estabas ocupada hablando de poesía con Oldridge.

Lidia abrió la boca.

Después la cerró.

Crestwell desmontó al llegar.

No tenía necesidad de hacerlo.

Precisamente por eso Clara notó que lo hacía.

Presentó al coronel.

El hombre era agradable y poseía la habilidad social poco común de mantener una conversación sin exigir toda la atención de quienes participaban.

Mientras el coronel entretenía a Lidia, Crestwell caminó junto a Clara.

—Oldridge estuvo en Bruton Street esta mañana.

Ella lo miró.

—¿Cómo lo sabe?

—La casa está en mi camino hacia el parque.

—Eso no responde.

—Vi su caballo.

Clara consideró aquello.

No preguntó por qué Crestwell observaba qué caballos estaban atados frente a qué casas.

—Fue una visita agradable.

—Probablemente.

—Va a decirme algo que ya sé.

—Probablemente.

Crestwell miró hacia adelante.

—Hablé con un oficial de su regimiento la semana pasada. Oldridge ha hecho algo semejante antes.

Clara dejó de caminar una fracción de segundo.

—¿Qué significa semejante?

—Jóvenes con medios modestos. Atenciones intensas. Promesas vagas.

—¿Cuántas?

—Dos en el último año.

Clara absorbió la información.

—¿Hubo consecuencias?

—Nada irreversible. Las familias intervinieron.

—¿Porque él perdió interés?

—Porque alguien descubrió la situación a tiempo.

Clara respiró.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Gracias.

Crestwell asintió.

—¿Puede usar la información?

Clara lo miró.

—Esa es la pregunta.

El problema no era decidir si Lidia debía saberlo.

Debía.

El problema era cómo.

Clara no podía aparecer diciendo que un duque le había contado rumores de club sobre el hombre que cortejaba a su hermana.

No sin abrir otra serie completa de preguntas.

Continuó pensando en ello varios días.

Mientras tanto, algo diferente ocurrió entre ella y Crestwell.

Fue durante una cena pequeña en casa de la señora Harwell.

Clara escapó hacia un salón de cartas.

Esperaba encontrarlo vacío.

En lugar de eso había cuatro personas jugando.

El señor Cavendish Price la vio.

—Señorita Bas. Nos falta una pareja.

Antes de que Clara pudiera escapar, ya estaba sentada.

Crestwell apareció quince minutos después.

También parecía buscar refugio.

Fue reclutado de inmediato.

Terminó frente a Clara.

Como pareja.

—Señorita Bas.

—Su gracia.

Jugaron.

Crestwell era muy bueno.

No de una manera llamativa.

Jugaba con economía.

Como alguien que hacía tiempo había dejado de pensar conscientemente en la mecánica y simplemente veía la estructura completa.

Clara también era buena.

Ganaron la primera mano.

Después la segunda.

Crestwell levantó la vista.

—Ha jugado mucho.

—Mi padre tenía cuatro feligreses aficionados a las cartas y nadie más en varios kilómetros. Me reclutaron cuando tenía ocho años.

—A los ocho debía ser terrible.

—Lo era.

Clara acomodó sus cartas.

—A los doce ya era mejor que todos ellos.

El señor Cavendish Price rio.

Crestwell la observó.

Jugaron otra mano.

Clara hizo una jugada inesperada y ganó una baza que Crestwell parecía haber considerado perdida.

Él arqueó una ceja.

—Eso fue inesperado.

—Evidentemente.

—Pensé que jugaría a la defensiva.

—He jugado con cuidado.

—¿No es lo mismo?

—No.

Clara recogió las cartas.

—Estaba esperando la mano en la que importara.

Crestwell la miró.

—No es la forma en que la mayoría de las personas juega.

—La mayoría anuncia sus intenciones demasiado pronto y después se sorprende al resultar predecible.

Él repartió.

—Juega como si ya hubiera visto el final.

—Lo intento.

—¿Funciona?

Clara sostuvo su mirada.

—Hasta que aparece alguien que está haciendo exactamente lo mismo y uno no lo había incluido en el cálculo.

Silencio.

Las palabras quedaron entre ellos.

Crestwell habló con cuidado.

—Está describiendo las cartas.

—Obviamente.

Entonces ocurrió algo que Clara no había previsto.

Frederick Crestwell se rio.

No fue la risa social de un hombre educado.

No fue una respuesta cortés.

Fue breve.

Verdadera.

Involuntaria.

La clase de risa que aparece antes de que una persona tenga tiempo de decidir si quiere permitirla.

Se recuperó inmediatamente.

Miró sus cartas.

Los otros dos jugadores no parecieron notarlo.

Clara sí.

No dijo nada.

Pero lo registró como se registra la primera escarcha.

Algo había cambiado.

Tres semanas más tarde, el libro de Cowper que Crestwell había sostenido en la biblioteca de Aterwick apareció en la casa de Bruton Street.

Lady Aterwick había enviado una caja de libros a la señora Harwell.

Clara los desembaló.

Encontró el volumen.

Lo sostuvo más tiempo del necesario.

Después lo puso sobre una mesa.

No dijo nada a nadie.

Lidia, mientras tanto, había dejado de hablar de Oldridge durante la cena.

Eso preocupaba más a Clara que cuando hablaba sin parar.

Significaba que el asunto se había trasladado a cartas, pensamientos o conversaciones con jóvenes mucho más partidarias del romance de un oficial guapo y mucho menos familiarizadas con la aritmética.

Clara había visto tres cartas.

No las leyó deliberadamente.

Lidia las había dejado en lugares donde resultaba casi difícil no hacerlo.

Estaban bien escritas.

Ese era el problema.

Oldridge escribía como hablaba: concentrándose completamente en la persona a quien se dirigía.

Clara volvió a colocarlas donde estaban.

Necesitaba actuar.

Una noche se sentó con Lidia.

Las ventanas estaban abiertas.

Mayo había decidido comportarse amablemente por unas horas.

Clara no puso cartas sobre la mesa.

No tenía pruebas documentales.

Solo información.

—Tengo que contarte algo sobre Oldridge.

Lidia se quedó quieta.

Clara explicó todo.

Sin crueldad.

Sin dramatizar.

Dos jóvenes anteriores.

Circunstancias parecidas.

Atenciones rápidas.

Promesas.

Nada irreversible había ocurrido.

Pero no porque el capitán hubiera actuado con prudencia.

Clara observó el rostro de su hermana.

Sorpresa.

Incredulidad.

Dolor.

Y después algo peor.

Comprensión.

Lidia no lloró.

Miró sus manos.

—¿Otras dos?

—Sí.

—¿Como yo?

Clara eligió sus palabras.

—Con familias de medios modestos.

Lidia permaneció callada.

Después levantó la vista.

—Pensé que me encontraba interesante.

El corazón de Clara se apretó.

—Lo sé.

—Pensé que me veía a mí.

—Probablemente lo hacía, hasta cierto punto.

—Eso es peor.

Clara no mintió.

—Quizá.

Lidia tomó aire.

—¿Quién te lo dijo?

Clara había esperado la pregunta.

—Alguien con acceso a esa información.

Lidia la miró.

—Crestwell.

Clara no respondió.

Era respuesta suficiente.

Lidia estudió a su hermana con un interés nuevo.

—Te dio información sobre un capitán porque la necesitabas.

—Casi se la pedí.

—¿Por qué haría eso?

Clara pensó en varias respuestas.

Eligió la menos peligrosa.

—Somos conocidos.

Lidia levantó una ceja.

—¿Conocidos?

—Ve a dormir.

—Eso no responde.

—No tienes que hacer nada esta noche.

Lidia se levantó.

—Le escribiré mañana.

—¿Qué dirás?

—Que no deseo recibir otra visita.

Clara asintió.

—Eso parece sensato.

Lidia llegó a la puerta.

Se detuvo.

—Clara.

—¿Sí?

—No lo llames “conocido” delante de mí otra vez.

Y salió.

El último gran baile de la temporada se celebró en casa de los Morlake.

Lidia estaba bien.

No bien de la manera en que alguien finge que no le duele algo.

Bien como una persona que ha tomado una decisión y está aprendiendo a vivir dentro de ella.

Bailó.

Sonrió.

Habló con el señor Cavendish Price.

Aceptó un baile con un joven oficial recién llegado del campo.

Clara permaneció junto a la pared este.

Viejo hábito.

Conocer la habitación.

Contar salidas.

Crestwell apareció a su lado antes de que ella lo oyera acercarse.

—Señorita Bas.

Clara giró.

—Su gracia.

—Crestwell.

Lo había dicho antes.

Pero aquella noche sonó diferente.

No como corrección.

Como algo ofrecido.

Clara miró a Lidia.

—Está bien —dijo él.

—Sí.

—Cavendish Price parece adecuado.

Clara sonrió.

—Gran elogio viniendo de usted.

—Lo es.

La observó.

—Manejó bien la situación.

—Lidia la manejó.

—Es resiliente.

Clara negó.

—Yo no diría resiliente.

—¿No?

—Persistente.

Crestwell reflexionó.

—La diferencia importa.

—Mucho.

—Resiliencia significa que algo rebota.

Clara lo miró.

—Persistencia significa que no rebota y uno continúa de todos modos.

Él permaneció callado.

—¿Cuál preferiría ser usted?

La pregunta tomó a Clara completamente por sorpresa.

Lo miró.

Realmente lo miró.

Había evitado hacerlo durante semanas porque mirar demasiado cuidadosamente a Frederick Crestwell parecía el tipo de actividad capaz de producir consecuencias difíciles de clasificar.

—Nunca me habían preguntado eso.

—Lo estoy haciendo ahora.

Clara pensó.

—Resiliente, obviamente. Pero parece que soy de la otra clase.

El salón continuaba moviéndose alrededor.

Música.

Velas.

Parejas.

Risas.

Y Crestwell la miraba como si llevara semanas haciéndolo y acabara de cansarse de fingir que no.

—Me voy de Londres —dijo Clara.

Las palabras escaparon antes de que decidiera pronunciarlas.

Él se quedó quieto.

—¿Cuándo?

—A finales de semana. Lidia y yo.

—La temporada casi ha terminado.

—Sí.

—Es el momento natural.

—Sí.

La orquesta cambió de pieza.

Crestwell parecía estar decidiendo algo.

Clara veía la mecánica del pensamiento aunque no su contenido.

Finalmente habló.

—Estuve comprometido.

Clara no se movió.

—Hace tres años.

Pausa.

—Ella murió.

Clara comprendió de inmediato que aquella información no era distribuida libremente.

—Lo siento.

Crestwell miró a los bailarines.

—Todo el mundo lo siente.

Clara esperó.

Después hizo la única pregunta que sintió correcta.

—¿Cómo era?

Él la miró.

Sorpresa real.

Como si hubiera estado preparado para “qué terrible”, “cuánto debió sufrir”, “qué tragedia”, pero no para aquella pregunta.

—Tranquila —respondió—. Pensaba antes de hablar.

Otra pausa.

—No era como usted.

Clara casi sonrió.

—Me lo imaginaba.

Crestwell frunció ligeramente el ceño.

—No lo dije como comparación.

—No lo tomé así.

Lidia pasó bailando frente a ellos.

Clara siguió a su hermana con los ojos.

Crestwell también.

—Ella es la razón por la que vino a Londres.

—Sí.

—Ahora está bien.

—Estará bien.

Clara se enderezó.

Había estado inclinándose ligeramente hacia él.

—Debería llevarla a casa antes de que la señora Harwell empiece a negociar otra media hora.

Miró al duque.

—Buenas noches, su gracia.

—Bas.

Solo eso.

Su apellido sin título.

Sin formalidad.

Como algo intentando negociar la distancia entre ambos.

Clara se alejó.

No miró atrás.

Pensó en el libro de Cowper.

Pensó en el nombre de la mujer muerta.

Pensó en viernes.

Encontró a Lidia.

Su hermana le puso una mano en el brazo.

Después miró hacia la pared este.

—Todavía está mirando.

—Mm.

—Eso no es una respuesta.

—No era una pregunta.

Clara tomó su chal.

—Ven. La señora Harwell querrá su abrigo.

El viernes por la mañana los baúles estaban preparados a las siete.

La señora Pant consideró personalmente ofensivo que Clara hubiera doblado su propia ropa.

Lidia había empacado la noche anterior con una tranquilidad filosófica inesperada.

Había escrito una nota amable al señor Cavendish Price agradeciendo sus bailes.

No mencionó a Oldridge.

La señora Harwell lloró durante el desayuno.

Intentó convencer a Clara de quedarse una semana.

Después dos.

Después hasta finales de mes.

Clara comió tostada.

Sonrió.

Agradeció la hospitalidad.

Y a las nueve y media subió al carruaje con Lidia.

Londres empezó a desaparecer detrás de ellas.

Lidia llevaba ocho minutos sin pasar de página.

—Puedes decir lo que no estás diciendo —ofreció Clara.

Lidia pasó una página deliberadamente.

—Estoy leyendo.

—Llevabas ocho minutos en la página cuarenta y siete.

Lidia cerró el libro.

—¿Sabes qué me parece interesante?

—Demasiadas cosas.

—Crestwell no vino a despedirse.

Clara miró por la ventana.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Porque ha pasado seis semanas encontrando razones para aparecer exactamente donde tú estás, y esta mañana, cuando te marchas específicamente, resulta encontrarse conspicuamente en otra parte.

—Las personas tienen compromisos los viernes.

—Clara.

—Lidia.

—Solo lo dejo anotado para el registro.

—El registro no necesita esa observación.

—Muy bien.

Lidia abrió el libro.

Clara observó cómo Londres se hacía más delgado.

Las casas más separadas.

El aire distinto.

No pensó en la pared este del salón de Morlake.

Pensó en ella de todos modos.

Se detuvieron en una posada para cambiar los caballos y comer.

Clara estaba frente a un plato que apenas probaba cuando percibió una alteración cerca de la entrada.

No dramática.

El pequeño reajuste que ocurre cuando llega una persona importante y el personal se reorganiza a su alrededor.

Clara decidió no mirar.

Se obligó.

Lidia dejó el tenedor sobre el plato con un sonido demasiado significativo.

Clara levantó los ojos.

Frederick Crestwell estaba en la puerta.

Llevaba ropa de montar.

Había venido a caballo.

Aquello significaba que había salido de Londres después de ellas y recorrido el mismo camino más rápido.

Su expresión era la habitual.

Controlada.

Solo que ahora contenía algo nuevo.

No exactamente incertidumbre.

Algo muy cercano.

Él la vio.

Clara lo vio.

Lidia retomó su tenedor con la serenidad magnífica de una joven que llevaba toda la mañana esperando que aquello ocurriera.

—Su gracia —dijo Clara.

—Señorita Bas.

Crestwell no se sentó.

No había sido invitado.

—Viajo al norte.

Clara lo miró.

—¿Al norte?

—Northumberland.

—Northumberland está al norte.

—Sí.

—Este camino no conduce a Northumberland.

Pausa.

—Hay varias rutas.

—Esta no es una de ellas.

Crestwell permaneció callado.

Lidia logró convertirse emocionalmente en parte del mobiliario.

—No —admitió él finalmente—. No lo es.

Clara sostuvo su mirada.

—Entonces ¿hacia dónde va?

—No estoy completamente seguro.

Fue, pensó Clara, una de las cosas más honestas que le había oído decir.

—Siéntese —dijo—. Más le vale comer.

Crestwell obedeció.

Lidia pidió otro cubierto como si todo hubiera ocurrido exactamente de acuerdo con un plan que llevaba varias horas ejecutando.

Durante la comida nadie habló del motivo por el que un duque que supuestamente viajaba a Northumberland estaba en una carretera equivocada.

Hablaron del tiempo.

De caballos.

De posadas.

De caminos.

Lidia preguntó por la costa del norte.

Crestwell respondió con un nivel de detalle que demostraba que no había inventado Northumberland por completo.

Describió acantilados.

Viento.

Mar.

Se quedó callado al mencionar una determinada bahía.

Lidia lo observó.

—Ama ese lugar.

Crestwell pareció sorprendido.

—Supongo que sí.

—Entonces ¿por qué pasa la temporada en Londres si la odia?

—Lidia —dijo Clara.

—No estoy siendo grosera. Es una pregunta honesta.

Crestwell miró a la joven.

—Sí. Odio la temporada.

Lidia sonrió.

—Entonces el año que viene no venga.

Silencio.

Crestwell abrió la boca.

—Eso…

No terminó.

Clara guardó la interrupción.

Cuando terminaron de comer y el carruaje estaba preparado, Lidia anunció que había olvidado un guante.

Clara miró sus manos.

Ambos guantes estaban presentes.

Lidia escondió uno detrás de la falda con notable falta de sutileza.

—Voy a buscarlo.

Entró.

Clara quedó en el patio con Crestwell.

Él sostenía las riendas de su caballo.

No montaba.

Clara tampoco caminó hacia el carruaje.

—Nos vamos a casa —dijo él.

—Sí.

—Derbyshire.

—Correcto.

Clara lo observó bajo la luz dorada de la tarde.

—Su gracia.

—¿Sí?

—¿Qué hace aquí?

—Le dije que viajo a Northumberland.

—Por un camino que no conduce allí.

Clara cruzó las manos.

—Le pregunto qué hace aquí específicamente.

Crestwell guardó silencio.

El caballo movió una pata.

Él lo calmó.

—No quería…

Se detuvo.

Empezó otra vez.

Más despacio.

—Usted dijo que se iba el viernes.

—Sí.

—Esta mañana descubrí que tenía cosas que decir.

—Entonces dígalas.

—Estoy intentando.

Clara lo miró.

—Está tardando mucho.

Por primera vez vio frustración dirigida hacia sí mismo en el rostro de Frederick.

Algo crudo.

No dramático.

Humano.

—Desde que Eleanor murió…

El nombre quedó entre ellos.

Nunca lo había dicho.

Había usado “ella”.

“Mi prometida.”

Nunca Eleanor.

Clara suavizó apenas la voz.

—Eleanor.

—Sí.

Crestwell miró el cuello del caballo.

—Estuvimos comprometidos casi un año. No era… un apego apasionado.

Buscó las palabras.

—Era considerado. Encajábamos. Teníamos una idea razonable de la vida que construiríamos.

Clara esperó.

—Murió en octubre. Poco después heredé el título.

Hizo un gesto breve que pareció incluir ducado, propiedades, Londres, Almack’s, obligaciones y todo el peso que le había caído encima.

—En menos de un año perdí una vida y recibí otra.

Clara no dijo nada.

Era buena esperando.

Su padre le había enseñado que algunas personas necesitaban silencio para encontrar aquello que realmente querían decir.

Crestwell continuó.

—No me permití…

Se detuvo.

Después la miró.

—Y entonces usted estaba allí.

Clara sostuvo su mirada.

—¿En la sala de cartas?

Una sombra de incredulidad apareció.

—Diciéndome que estaba describiendo cartas.

—Lo estaba.

—Y me reí.

—Eso ocurrió hace tres semanas.

—Soy consciente.

—Ha tenido tres semanas.

—Lo sé.

Clara casi sintió pena por él.

Casi.

—No es bueno en esto.

—No.

—¿En qué exactamente?

Frederick no respondió.

Clara entendió.

—En ser específico.

—Sí.

—En ser honesto.

Crestwell respiró.

—Sí.

El patio estaba muy quieto.

—Su gracia —dijo Clara—, heredó un título para el que no estaba preparado. Perdió a una mujer alrededor de la cual había construido una vida. Después pasó seis semanas asistiendo a lugares que desprecia, contando salidas, leyendo libros que no eran suyos y tomando carreteras que no conducen a Northumberland.

Pausa.

—No estoy segura de qué intenta decirme.

Lo miró directamente.

—Sea claro.

Crestwell sostuvo sus ojos.

—Me gustaría visitarla en Derbyshire.

Clara no cambió de expresión.

—¿Por qué?

La pregunta salió sin suavidad.

Necesitaba precisión.

Frederick guardó silencio.

Después habló.

—Porque no me había reído en dos años.

Clara sintió algo moverse dentro de ella.

—Y entonces usted estaba frente a mí en una mesa de cartas y lo hice.

Continuó.

—Porque observa las habitaciones como yo. Porque cuenta salidas. Porque no acepta una respuesta solo porque viene de un duque.

Otra pausa.

—Porque no es fácil.

Clara levantó una ceja.

—Le dijo a su ayuda de cámara que yo era lo bastante bonita y afilada como una cuchara.

El silencio posterior fue magnífico.

Crestwell quedó inmóvil.

—¿Cómo…?

—Las palabras viajan.

—No esperaba…

—Particularmente cuando un duque habla sobre una mujer que otras personas han notado que él observa.

Frederick podría haber negado.

No lo hizo.

—Lo dije.

—Lo sé.

—En mi defensa…

Clara levantó una mano.

—No creo que la defensa sea el camino correcto.

Él cerró la boca.

—Soy afilada como una cuchara —continuó Clara—, por si la evidencia se le había escapado.

La boca de Frederick se movió.

Intentó no sonreír.

Fracasó.

—No se me había escapado.

—Bien.

Clara lo estudió.

—La evidencia también ha tenido seis semanas para observarlo.

Frederick esperó.

—Es orgulloso.

Él no reaccionó.

—No de la manera común. Es orgulloso como las personas que tienen miedo. Está acostumbrado a que el mundo no le contradiga y ha confundido eso con comodidad.

Frederick se quedó completamente quieto.

—Está de duelo.

Clara no bajó la voz.

—Por algo que probablemente nunca le permitieron llorar adecuadamente porque heredó un título precisamente cuando habría necesitado tiempo para no ser nada más que un hombre que había perdido a alguien.

Él no apartó los ojos.

—Y…

Clara respiró.

—Es mejor de lo que actúa.

El patio parecía haber quedado vacío.

Frederick habló finalmente.

—Señorita Bas.

Su voz había cambiado.

Menos sostenida.

Menos manejada.

Clara tomó una decisión.

—Clara.

Él la miró.

—Si va a continuar tomando caminos que no van a Northumberland, será mejor que use mi nombre.

Algo apareció lentamente en su rostro.

No la sonrisa breve del juego de cartas.

Algo más serio.

Más vulnerable.

—Clara.

Solo eso.

Su nombre.

Sin armadura.

Lidia apareció en la puerta sosteniendo triunfalmente un guante que, Clara estaba segura, había pasado todo el tiempo en su bolsillo.

—Lo encontré.

Clara la miró.

—Extraordinario.

—¿Nos vamos?

—Sí.

Frederick ayudó a colocarla en el carruaje.

No hubo promesas grandes.

No hubo declaración espectacular.

Solo una pregunta.

—¿Puedo escribir?

Clara lo miró.

—Puede.

—¿Y visitar?

—Escriba primero.

La respuesta pareció satisfacerlo más de lo que un sí inmediato habría hecho.

Tres semanas después, junio había convertido Derbyshire en una argumentación que siempre ganaba.

La casa de los Bas no era grande.

Nunca lo había sido.

Era adecuada.

Pero a lo largo de generaciones había acumulado cosas que la hacían suficiente.

Una buena biblioteca.

Un jardín de rosas demasiado ambicioso.

Una vista desde las ventanas superiores que compensaba casi cualquier defecto arquitectónico.

El reverendo George Bas tenía sesenta y dos años.

Era estrecho de hombros y amplio de mente.

Había pasado cuarenta años leyendo todo lo que podía encontrar y escuchando a la gente con una paciencia que Clara siempre había considerado su mejor cualidad.

Había recibido las cartas sobre Londres sabiendo perfectamente que sus hijas omitían cosas.

No las presionaba.

Esperaba.

Lidia recuperó rápidamente la versión de sí misma que existía en Derbyshire.

Menos pulida.

Más directa.

Pasaba demasiado tiempo en el jardín sin sombrero.

Discutía teología durante la cena porque su padre afirmaba que una discusión correctamente conducida podía ser una forma de oración.

No mencionó a Oldridge.

Clara tampoco.

El nombre se instaló en un rincón invisible de la casa y todos aceptaron dejarlo allí.

Durante la segunda semana, el reverendo apareció en la puerta de la biblioteca.

—Ha llegado una carta para ti.

Clara no levantó la cabeza demasiado rápido.

—¿Dónde?

—Sobre la mesa del vestíbulo.

—Gracias.

Su padre la observó.

—No tienes que esperar exactamente tres minutos antes de ir.

Clara levantó los ojos.

Él ya se alejaba.

Reconoció la letra.

Abrió la carta de pie.

“Salgo de Londres a finales de la semana. Tengo asuntos en Nottingham que, con suerte, no ocuparán más de tres días. Nottinghamshire, me dicen, se encuentra peligrosamente cerca de Derbyshire. Confío en que el viaje la encuentre bien.”

Debajo había una sola inicial.

F.

Clara la miró.

Guardó la carta en el bolsillo.

Aquella noche se lo contó a su padre.

No como había planeado.

Había imaginado una explicación ordenada.

Contexto.

Cronología.

Una progresión lógica.

En lugar de eso estaban sentados después de cenar, las ventanas abiertas al jardín, y el reverendo leía a Cowper.

Clara observó el libro.

—Hay alguien que quizá venga a visitar.

Su padre levantó los ojos.

Esperó.

—Crestwell.

El reverendo cerró el libro.

—¿El duque?

—Sí.

—¿Cómo llegaste exactamente a conocer a un duque?

Clara pensó.

—En Almack’s. En la casa de Aterwick. En un juego de cartas. En un parque. Y en una posada.

Su padre parpadeó.

—Eso es una cantidad considerable de lugares.

—Sí.

—¿Y quieres que venga?

Clara se sorprendió de lo fácil que resultaba responder.

—Sí.

El reverendo la estudió.

—No pareces insegura.

—Soy frecuentemente insegura.

—Sobre esto.

—No.

—Entonces háblame de él.

Clara lo hizo.

Las salidas.

Las cartas.

La risa.

Eleanor.

El caballo.

La carretera equivocada.

La cuchara.

Su padre escuchó.

Cuando terminó, dijo:

—Lo hiciste reír.

—Se rio.

—Desde mi perspectiva es exactamente lo mismo.

—¿No vas a advertirme sobre la diferencia de rango?

El reverendo retomó a Cowper.

—Soy clérigo en Derbyshire, Clara. No idiota.

Ella sonrió.

—Dile que venga.

Frederick llegó un jueves.

Clara empezó a reconsiderar seriamente su teoría sobre la mala suerte de los jueves.

Vio el caballo desde una ventana superior.

Un gris que reconoció.

No bajó de inmediato.

Bajar corriendo habría comunicado a Lidia y a su padre una cantidad de información que prefería administrar ella misma.

Terminó la frase que estaba escribiendo.

Guardó la pluma.

Esperó tres minutos.

Después bajó.

Lidia ya estaba en el vestíbulo.

—Estaba pasando —explicó con inocencia.

Clara la miró.

—Vives aquí.

—Precisamente. Resultaba conveniente.

El reverendo recibió a Crestwell en el salón delantero.

Clara observó desde la puerta.

Frederick estaba diferente.

No intentaba ser encantador.

En Londres, el encanto le había servido como una manera de mantener distancia.

Aquí respondía directamente.

Habló de Northumberland.

De las propiedades.

Del trabajo que exigía el título.

El reverendo preguntó:

—¿Estaba preparado para ser duque?

Frederick no intentó fingir.

—No.

—¿Lo está ahora?

—Menos de lo que debería.

George Bas sonrió.

—Respuesta razonable.

—Estoy aprendiendo.

—¿Qué exige de usted el título?

Frederick pensó.

—Más paciencia de la que poseo naturalmente.

Los ojos del reverendo se movieron hacia Clara.

Ella decidió no notar.

Tomaron té.

Lidia estuvo encantadora y, para sorpresa de Clara, perfectamente moderada.

Parecía haber descubierto que los diecinueve años no eran una obligación de comportarse como si cada pensamiento tuviera que convertirse inmediatamente en sonido.

Después el reverendo dejó la taza.

—Creo que Lidia y yo deberíamos examinar las rosas.

Lidia miró hacia la ventana.

—¿Ahora?

Su padre la miró.

—Ahora.

Lidia comprendió.

—Naturalmente.

—Clara podría mostrarle al duque la biblioteca.

Clara levantó una ceja.

—Papá.

—El Gibbon solo vale veinte minutos.

El reverendo y Lidia salieron.

La puerta quedó respetablemente abierta.

Frederick entró en la biblioteca.

Era la mejor habitación de la casa.

Clara siempre lo había sabido.

Pero al verlo allí la observó de otro modo.

Estanterías hasta el techo.

Dos ventanas hacia el jardín.

Un escritorio gastado.

Dos sillones frente a la chimenea.

Libros usados de verdad.

No decorativos.

—La colección de mi padre —dijo.

Frederick se acercó a una estantería.

—¿Toda?

—Suya y mía.

Clara señaló una sección.

—Me dio ese estante cuando tenía doce años.

—¿Por qué?

—Dijo que lo había ganado sobreviviendo a Gibbon.

—¿Sobrevivió?

—Con cicatrices moderadas.

Clara se volvió.

Frederick estaba más cerca.

No de manera impropia.

Solo suficiente para que la habitación pareciera ligeramente más pequeña.

—Vino un jueves —dijo ella.

—Eso parece.

—Solía considerar los jueves poco fiables.

—¿Y ahora?

Clara lo miró.

—Estoy revisando mi opinión.

Frederick sostuvo su mirada.

La calidad sostenida de su expresión seguía allí.

Pero era distinta.

No parecía alguien sujetando una puerta contra el mundo.

Parecía alguien sosteniendo cuidadosamente algo que no quería dejar caer.

—Clara.

Cuatro sílabas.

Ninguna armadura.

—Sí.

Frederick respiró.

—Debería haber dicho algo antes.

—En Almack’s, quizá.

—Sí.

—O en la biblioteca.

—También.

—O cuando jugamos a las cartas.

—Probablemente.

Clara cruzó los brazos.

—Fue lento.

—Tenía miedo.

Ella dijo la palabra sin suavizarla.

Frederick no se ofendió.

—Sí.

Clara lo observó.

—No era una crítica.

—Usted no parecía tener miedo.

—Cuento salidas.

Pausa.

—Observo habitaciones.

Otra.

—Me quedo cerca de las paredes.

Frederick comprendió.

—Se fue a casa.

—Sí.

—Y yo la seguí por una carretera equivocada.

—Una reacción ligeramente desproporcionada.

—Me pareció la proporción correcta.

Clara casi sonrió.

Él miró alrededor.

—Tengo dos propiedades principales.

Esperó.

—Ninguna es…

Buscó la palabra.

—Un hogar.

Clara dejó de sonreír.

—Desde Eleanor han sido administradas. Funcionan. El personal hace lo que corresponde. Las cuentas se pagan. Los techos no caen.

Miró los libros.

—Pero están vacías de la manera en que una casa puede estar vacía incluso estando llena de muebles.

Clara siguió su mirada.

—Había olvidado cómo se ve una habitación cuando alguien ha leído los libros.

Ella observó su propia biblioteca.

El brazo gastado de una silla.

Papeles apilados.

Un libro boca abajo.

Y Cowper.

El mismo volumen que había viajado desde Aterwick hasta Bruton Street y después hasta Derbyshire.

Clara lo tomó.

—Este libro lleva dos meses moviéndose entre nosotros.

Frederick lo miró.

—Lo dejé en Aterwick.

—Lady Aterwick lo envió a mi prima.

—Y usted lo trajo aquí.

—Sí.

Clara sostuvo el volumen.

—Ha estado sobre esa mesa tres semanas porque no sabía si guardarlo.

Se lo ofreció.

Frederick lo tomó.

Sus dedos rozaron los de ella.

No exactamente por accidente.

No completamente a propósito.

En aquella zona intermedia donde parecían vivir muchas de las cosas verdaderas entre ellos.

—Crestwell —dijo Clara.

Él levantó la mirada.

—Frederick.

Clara consideró el nombre.

Después lo utilizó.

—Frederick.

Algo cambió en su rostro.

—Si va a visitarme en este condado, debe entender algo.

—Dígamelo.

—Estará visitando a la hija de un clérigo.

Él esperó.

—No tengo fortuna importante.

—Lo sé.

—No tengo rango.

—También.

—Digo lo que pienso.

—Eso ha quedado demostrado.

—Tengo poca paciencia para representar un papel que otra persona ha elegido para mí.

—También ha quedado demostrado.

Clara respiró.

—Y si mi padre continúa permitiéndole visitarnos, hará preguntas laterales hasta que descubra que ha defendido opiniones que ni siquiera sabía que tenía.

Frederick casi sonrió.

—Estoy preparado.

Clara miró hacia la ventana.

Quedaba una cosa.

La más difícil.

Precisamente por eso la había dejado para el final.

—No voy a hacerme más pequeña.

Frederick se quedó inmóvil.

Ella volvió los ojos hacia él.

—No para caber en una casa más grande.

No respondió.

—No para resultar más conveniente.

Silencio.

—No para que otras personas se sientan cómodas con la idea de una hija de clérigo convertida en algo distinto.

Frederick dejó el libro sobre la mesa.

Su voz fue baja.

No suave.

Esencial.

—Lo sé.

Clara esperó.

Él añadió:

—Es por eso que tomé el camino equivocado.

Ella lo miró.

El jardín se movía detrás de las ventanas.

Rosas.

Luz.

Junio.

Clara respiró.

—Le mostraré la vista desde la ventana superior.

Frederick parpadeó.

—¿Eso significa que puedo quedarme?

—Significa que puede ver la vista.

—Comprendo.

—Después puede volver el sábado, si lo desea.

Algo pasó por sus ojos.

—¿Su padre habrá preparado más preguntas?

—Sin duda.

—¿Y usted?

Clara caminó hacia la puerta.

—Siempre tengo más preguntas.

Frederick la siguió.

—Hágalas.

Clara lo miró por encima del hombro.

—No todas a la vez.

—Tengo tiempo.

Aquello la detuvo durante una fracción de segundo.

Después continuó.

Subieron las escaleras.

Frederick caminaba a su lado.

No delante.

No detrás.

No medio paso apartado en deferencia a una diferencia de rango.

A su lado.

Quizá, pensó Clara, era la primera cosa verdaderamente importante que hacía sin representación alguna.

Llegaron a la ventana superior.

Clara se detuvo.

—Aquí.

Frederick miró.

Las colinas de Derbyshire se extendían verdes bajo la mañana de junio.

No era una vista magnífica según los criterios de Londres.

No había jardines formales.

No fuentes.

No arquitectura diseñada para convencer a nadie.

Solo tierra.

Árboles.

Distancia.

Vida.

Frederick permaneció en silencio.

Clara se quedó junto a él.

El silencio no costaba nada.

Finalmente dijo:

—Es…

—Sí.

Frederick la miró.

La luz estaba detrás de ella.

Las colinas.

La casa.

El lugar del que venía.

Por primera vez desde que lo conocía, no había nada que pareciera contenido por fuerza.

—Bas —dijo.

Había pronunciado su apellido muchas veces.

En la sala de cartas.

En el baile.

En Londres.

Nunca así.

Clara respondió:

—Frederick.

Él volvió la mirada hacia las colinas.

Ella hizo lo mismo.

Abajo podían escuchar al reverendo y a Lidia discutiendo sobre rosas.

La discusión tenía el sonido agradable de dos personas que no esperaban ganar.

Frederick habló.

—El sábado.

Clara asintió.

—El sábado.

No era una promesa de matrimonio.

No era una declaración definitiva.

No era una de aquellas conclusiones espectaculares que Londres habría preferido, porque Londres desconfiaba profundamente de cualquier romance que no produjera inmediatamente un anuncio, una joya y tres semanas de especulación social.

Era algo mejor.

Tiempo.

Una segunda visita.

Más preguntas.

La posibilidad de aprender quién era el otro fuera de un salón iluminado por cientos de velas.

Las rosas crecían abajo sin pedir permiso.

Las colinas permanecían verdes.

En la biblioteca, Cowper descansaba sobre la mesa donde Frederick lo había dejado.

En una habitación donde los libros habían sido realmente leídos.

Y Clara, que había pasado gran parte de su vida observando las salidas antes de decidir si estaba segura, se dio cuenta de algo mientras permanecía junto a él frente a la ventana.

Por primera vez en mucho tiempo no estaba pensando en cuál puerta utilizaría para marcharse.

No porque hubiera olvidado dónde estaban las salidas.

Nunca dejaría de contarlas.

Aquello formaba parte de ella.

Pero saber que una puerta existía no significaba tener que usarla.

Frederick tampoco parecía preparado para irse.

Y aquella mañana de junio, en una casa demasiado modesta para impresionar a un duque y demasiado vivida para necesitar hacerlo, eso era suficiente.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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