Ella tocaba el acordeón y no podía caminar… El hacendado la oyó y su corazón empezó a latir por ella
No todo en la vida ocurre como uno lo imagina cuando todavía es demasiado joven para comprender que la felicidad puede cambiar de forma de un día para otro. Amelia Samudio aprendió esa verdad antes de cumplir catorce años, aunque durante mucho tiempo creyó que lo único que había perdido era una casa, unas tierras y la posibilidad de caminar. Tardaría años en entender que lo más difícil no era aquello que la vida le había quitado, sino aprender a creer otra vez que todavía podía darle algo.

Cuando era niña, Amelia no soñaba con vestidos elegantes ni con bailes bajo faroles. No imaginaba grandes bodas, joyas ni pretendientes llegando a caballo para pedir su mano. Su mundo cabía en algo mucho más sencillo: la música.
Su padre, don Baltazar Samudio, poseía buenas tierras en el valle de Santa Rita. Tenía ganado marcado con su propio hierro, trabajadores que lo respetaban y una casa de adobe amplia donde el café empezaba a oler antes del amanecer. No eran la familia más poderosa del valle, pero vivían bien, sin deber favores y sin imaginar que un día tendrían que contar monedas para comprar harina.
Una tarde de octubre, Baltazar bajó de la carretela con un estuche rojo bajo el brazo.
Amelia tenía nueve años.
El hombre entró a la cocina intentando esconder una sonrisa.
—Ven, hija.
La niña dejó lo que estaba haciendo.
—¿Qué trae?
Baltazar puso el estuche sobre la mesa.
—Ábrelo.
Amelia levantó los broches.
Dentro había un acordeón de botones nuevo. El fuelle estaba firme, la madera brillaba y los pequeños botones de nácar parecían iluminarse con la luz que entraba por la ventana.
La niña se quedó muda.
—Es tuyo —dijo Baltazar—. Pero hay una condición.
Amelia levantó los ojos.
—¿Cuál?
—Que lo toques todos los días.
Ella abrazó a su padre antes de volver a mirar el instrumento.
—Todos los días.
Y cumplió.
Un maestro viejo bajaba del pueblo cada jueves para enseñarle. Tenía las uñas amarillentas por el tabaco, una paciencia que no regalaba a cualquiera y la costumbre de fruncir el ceño cuando un alumno repetía el mismo error.
Con Amelia no tuvo tiempo de desesperarse.
La niña aprendía escuchando una sola vez.
A los tres meses, el maestro terminó una lección, se quedó mirando sus propias manos y soltó una risa.
—Don Baltazar, yo ya no tengo mucho que enseñarle.
Baltazar pensó que bromeaba.
No era así.
Amelia empezó a tocar por las tardes en el corredor. Los vaqueros que regresaban del agostadero disminuían el paso al llegar a la cerca. Algunos se quitaban el sombrero. Otros se quedaban montados, con el polvo todavía bajando alrededor de las patas de sus caballos, escuchando hasta que terminaba la pieza.
Teodora, la madre de Amelia, cocinaba dentro de la casa.
Nunca interrumpía.
Movía la cuchara despacio para no hacer ruido.
Una noche de diciembre, Baltazar salió al corredor con una cobija sobre los hombros.
—Tócame una.
Amelia escogió un vals.
Cuando terminó, su padre permaneció mirando la oscuridad del llano.
—Algún día vas a tocar en las bodas de todo este valle.
Amelia rio.
—¿En todas?
—En todas.
—Eso es imposible.
Baltazar sonrió.
—La gente va a cerrar la boca nada más para escucharte.
Amelia guardó aquella frase sin saber que terminaría acompañándola durante los peores años de su vida.
El verano en que cumplió trece años llegó una fiebre a la casa.
Baltazar enfermó.
Al principio todos creyeron que se recuperaría. Era un hombre fuerte, acostumbrado al sol, al caballo y a jornadas enteras recorriendo la propiedad.
Once días después, salió de su casa dentro de una caja de pino.
Con él se fue mucho más que un padre.
Después del entierro empezaron a llegar hombres que Amelia nunca había visto.
Traían papeles.
Deudas.
Firmas.
Documentos que Teodora no sabía interpretar.
Baltazar jamás había hablado de aquellos compromisos delante de ellas. Tal vez pensaba resolverlos. Tal vez quiso evitarles preocupación. Tal vez creyó que todavía tenía tiempo.
No lo tuvo.
Teodora firmó porque no entendía qué otra cosa podía hacer.
Entregó la escritura.
Después el ganado.
Luego herramientas.
Finalmente hasta el hierro familiar dejó de tener significado.
Una madrugada de enero, madre e hija salieron del valle de Santa Rita en una carreta prestada.
Todo lo que les quedaba cabía en dos bultos amarrados con reata.
Amelia llevaba el acordeón.
Llegaron a San Miguel del Arroyo, un pueblo de calles polvorientas, casas bajas y campanario inclinado, donde alquilaron una vivienda de adobe tan pequeña que podían escuchar toser al vecino durante la noche.
Teodora encontró trabajo lavando y cocinando en casas ajenas.
Amelia intentó ayudar.
Pero cuando cumplió quince años llegó una semana en que no había suficiente dinero para pagar la renta y comprar comida.
Miró el acordeón rojo.
Durante horas intentó pensar en otra solución.
No encontró ninguna.
Cleofas Rubio, músico conocido en las fiestas del pueblo, aceptó comprarlo.
Pagó menos de lo que valía.
Sabía perfectamente que ellas no podían esperar.
Amelia puso el instrumento dentro del estuche rojo.
Cerró los broches.
Y lo entregó.
Aquella noche se acostó con las manos apoyadas sobre el pecho.
Movía los dedos en el aire.
Uno después de otro.
Como si todavía tuviera los botones bajo las yemas.
No volvió a tocar durante nueve años.
A los dieciocho consiguió trabajo en la casa grande de los Berrones, al otro lado del arroyo.
Duró apenas dos meses.
Una mañana la mandaron a bajar unos costales guardados en el tapanco de una troje. La escalera llevaba años sin ser revisada.
Amelia subió.
Después todo desapareció.
No recordaría la caída.
Solo el olor del maíz derramado.
El techo de vigas pareciendo demasiado lejano.
Las voces de personas discutiendo quién tenía la culpa mientras ella intentaba mover las piernas y no podía.
Los Berrones enviaron un peón a avisar a Teodora.
Nada más.
Teodora vendió su anillo de matrimonio para pagar al médico que llegó desde la cabecera.
El hombre examinó a Amelia.
Volvió al día siguiente.
Después una tercera vez.
Finalmente dijo aquello que madre e hija no estaban preparadas para escuchar.
Según él, el daño había sido demasiado grave.
No esperaba que Amelia volviera a caminar.
Teodora no lloró delante del médico.
Esperó a que saliera.
Amelia tampoco lloró.
Al menos no inmediatamente.
Primero miró sus piernas bajo la cobija como si pertenecieran a otra persona.
Después miró a su madre.
—¿Y ahora?
Teodora tomó su mano.
—Ahora seguimos.
Eso hicieron.
No fue heroico.
No fue bonito.
Fue difícil.
Pasaron seis años.
Seis años en los que Teodora salía antes de que cantara el gallo y regresaba por la noche con las manos agrietadas por el agua y la espalda doblada por el trabajo.
Nunca se quejó.
Eso era precisamente lo que más dolía a Amelia.
Si su madre hubiera protestado, quizá habría sido más sencillo responder.
Pero Teodora simplemente hacía lo que debía.
Lavaba.
Cocinaba.
Limpiaba.
Volvía.
Preparaba la cena.
Ayudaba a su hija.
Dormía unas horas.
Y empezaba otra vez.
Amelia dejó de salir.
La primera vez que Teodora la llevó a misa después del accidente, Amelia sintió demasiadas miradas.
Algunas eran curiosidad.
Otras compasión.
A ella le parecieron todas iguales.
Notó que muchos ojos bajaban primero hacia la silla antes de subir hasta su rostro.
No quiso regresar.
Desde entonces se quedaba en casa remendando ropa o mirando el pequeño patio.
Los dedos, antes rápidos sobre el acordeón, parecían no saber qué hacer.
A veces los apoyaba sobre el mantel.
Empezaba a moverlos.
Uno.
Otro.
Otro.
Como buscando botones invisibles.
Cuando se daba cuenta, cerraba la mano.
La escondía.
La música se convirtió en una parte de su vida que dolía demasiado recordar.
Hasta un sábado de marzo.
Había llovido por la tarde.
El aire olía a tierra mojada.
Amelia escuchó los pasos de su madre mucho antes de la hora habitual.
Teodora abrió la puerta empujándola con el hombro.
Traía un bulto envuelto en un reboso.
Y sonreía.
No era la sonrisa cansada de los últimos años.
Era la de Santa Rita.
La que Amelia creía desaparecida.
—¿Qué es eso?
Teodora puso el bulto sobre sus piernas.
—Ábrelo.
Amelia deshizo el nudo.
Se quedó quieta.
Era un acordeón.
No se parecía al que Baltazar había comprado.
Este tenía la madera rallada.
El fuelle estaba reparado con un pedazo de cuero más oscuro.
Los botones estaban gastados.
Pero funcionaba.
Amelia lo levantó.
Abrió el fuelle.
El instrumento respiró.
El sonido llenó la cocina.
Teodora se sentó junto a ella.
—Sé cuánto extrañas tocar.
Amelia no respondió.
—Llevo guardando unas monedas desde el año pasado. Un señor de la cabecera lo vendía.
—Madre…
Teodora le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Micaela se casa el próximo sábado.
Amelia levantó los ojos.
Micaela Reséndiz había sido su mejor amiga desde la infancia.
La familia de Micaela poseía una de las haciendas más grandes del rumbo. Cuando los Samudio perdieron todo, muchas personas que antes visitaban su casa dejaron de hacerlo.
Micaela nunca.
Seguía yendo a San Miguel.
Llevaba dulces.
Se sentaba junto a Amelia.
Le contaba las mismas tonterías de cuando eran niñas.
Para ella, la fortuna había cambiado.
La amistad no.
—Mandó preguntar si quieres tocar en su boda —continuó Teodora.
Amelia volvió a mirar el acordeón.
—¿Yo?
—Tú.
—Madre, hace nueve años que no toco.
—Tus dedos se van a acordar.
—¿Y si no?
—Entonces practicas.
Amelia pasó la mano sobre la madera gastada.
—¿No le dará vergüenza?
Teodora frunció el ceño.
—¿Vergüenza de qué?
Amelia miró la silla.
Su madre siguió su mirada.
—Micaela te quiere. Y sabe cómo tocas.
Hizo una pausa.
—Además van a pagar bien.
Amelia observó las manos de Teodora.
Duras.
Lastimadas.
Aquello terminó la discusión.
—Está bien.
Teodora sonrió.
—Tócame algo.
—Ahora.
—Ahora.
Amelia acomodó el instrumento.
Buscó los botones.
Al principio dudó.
Después tocó una nota.
Otra.
Un vals lento.
Los dedos recordaron.
No de manera perfecta.
Pero recordaron.
La música salió por la ventana.
Una vecina se detuvo en la calle con una cubeta.
Teodora se tapó la boca con el reboso.
Lloró en silencio.
Hacía nueve años que no escuchaba a su hija tocar.
El sábado siguiente llegó una carretela enviada por Micaela.
Teodora peinó a Amelia junto a la ventana.
Le acomodó un vestido azul que había sido elegante años atrás y que todavía estaba bien conservado. Limpió incluso los zapatos, aunque sabía que casi nadie los vería.
Cuando terminó, sostuvo el rostro de su hija entre las manos.
—Qué bonita eres.
Amelia rio.
—Madre.
—Dios quiera que alguien más lo vea.
—Ya va a empezar.
Teodora sonrió.
El mozo acomodó primero la silla y luego ayudó a Amelia a subir.
El acordeón fue a su lado.
La Hacienda de los Reséndiz estaba llena cuando llegaron.
Flores.
Manteles.
Carretelas.
Niños corriendo.
Mujeres con vestidos de domingo.
Hombres con sombreros limpios.
Micaela salió antes de terminar de arreglarse.
Abrazó a Amelia sin preocuparse por nada.
—Viniste.
—Te lo prometí.
—Creí que te arrepentirías.
—Casi.
Micaela se apartó.
—Hoy vas a tocar hasta que se cansen todos.
—Me cansaré yo primero.
—Entonces paramos la boda.
Amelia rio.
Cuando la ceremonia empezó, se acomodó bajo el corredor.
Abrió el acordeón.
Respiró.
Y tocó.
Las conversaciones desaparecieron.
Micaela apareció en la escalinata del brazo de su padre.
Amelia dejó que el vals creciera.
Vio a su amiga llorar.
Vio a varias mujeres limpiarse los ojos.
Vio hombres quitarse el sombrero.
Y durante aquellos minutos dejó de sentir que llevaba años escondiéndose de la mirada ajena.
La música volvía a ser más grande que todo lo demás.
Pero las miradas de lástima seguían existiendo.
Amelia las percibía.
Una señora reconoció su apellido.
Otra murmuró algo a su acompañante.
“La hija de Baltazar Samudio.”
Amelia siguió tocando.
Después comenzó el baile.
Las parejas giraban sobre la tierra.
Los vestidos se abrían con las vueltas.
Las botas marcaban el ritmo.
Durante un instante Amelia sintió la vieja punzada.
Su música hacía bailar a todo el mundo.
Ella no podía mover los pies.
Cerró los ojos.
Abrió el fuelle.
Y tocó todavía mejor.
Cuando terminó una pieza, sintió una presencia cerca.
Abrió los ojos.
Había un hombre alto a pocos pasos.
Cabello castaño.
Ojos verdes.
Camisa de lino.
Sombrero en una mano.
No la miraba como otras personas.
No miró la silla.
Miraba su rostro.
Amelia supo quién era.
Antonio Guzmán.
Dueño de Los Pirules.
Un hombre cuyo apellido era conocido en varios municipios.
—Parece usted un ángel tocando —dijo él.
Amelia mantuvo la compostura.
—Gracias, señor Guzmán.
Antonio observó el acordeón.
Después a ella.
—No recuerdo haberla visto antes.
—Amelia Samudio.
Algo cambió en su expresión.
—¿Samudio?
—Sí.
Antonio se acercó medio paso.
—¿Hija de don Baltazar?
Amelia se sorprendió.
—¿Conoció a mi padre?
Antonio no respondió inmediatamente.
Miró hacia las mesas.
Parecía medir algo.
—Señorita Samudio, quiero pedirle un favor.
—Dígame.
—Dentro de quince días se casa mi hermano Javier en Los Pirules.
Amelia esperó.
—Quiero que usted toque en su boda.
Ella miró alrededor, casi como si necesitara asegurarse de que hablaba con ella.
—Los Pirules queda lejos de San Miguel.
—Yo mando una carretela.
—Tendría que ensayar con la novia.
—Puede venir una semana antes.
Amelia todavía estaba pensando cuando una mujer rubia llegó.
Vestía telas finas.
Tenía las manos suaves y el porte seguro de alguien acostumbrado a ser recibido en casas importantes.
Se sujetó del brazo de Antonio.
—Te estaba buscando.
Después miró a Amelia.
—¿La invitaste a ella?
La forma de decir “ella” contenía más juicio de lo necesario.
Antonio endureció la mirada.
—Rosaura, te presento a la señorita Amelia Samudio.
Volvió hacia Amelia.
—Mi prometida, Rosaura Landeros.
Aquello fue suficiente para que Amelia recordara dónde estaba parada.
Antonio era un hombre comprometido.
Rosaura pertenecía claramente a su mundo.
Ella no.
Sin embargo, necesitaba el trabajo.
Teodora necesitaba el dinero.
—Acepto tocar en la boda.
Antonio sonrió.
—El lunes estará la carretela en su casa.
Se marchó con Rosaura.
Amelia empezó otra pieza.
Pero aquella vez la música no consiguió llevarla lejos.
Cada pocos minutos levantaba los ojos.
Antonio también la miraba.
No era una mirada accidental.
Aquella noche, Amelia contó todo a Teodora.
Su madre quedó encantada con la oportunidad.
—Hija, después de tocar en Los Pirules van a llamarte de todas partes.
—Eso espero.
—Tu padre tenía razón.
Amelia sonrió.
—No empiece.
—Dijo que tocarías en las bodas de todo el valle.
Aquella frase la emocionó más de lo que quiso mostrar.
El lunes llegó una carretela magnífica.
Antonio había ordenado que la trataran con todo cuidado.
El camino hasta Los Pirules era largo.
Amelia pasó horas mirando por la ventanilla.
Cuando atravesaron el portón de la hacienda, quedó impresionada.
La casa principal era grande.
Pero lo que más llamaba la atención eran los pirules.
Decenas.
Cientos.
Árboles altos formando corredores de sombra a los lados de los caminos.
Doña Erlinda, encargada de la casa, la recibió.
—El patrón dejó órdenes de que no le falte nada.
Presentó a una joven llamada Nieves.
—Ella va a ayudarla durante su estancia.
Amelia recibió un cuarto en la planta baja.
Amplio.
Cómodo.
Con flores.
Y, para ensayar, una habitación de paredes gruesas.
Dentro había un piano antiguo.
Y dos acordeones.
El suyo.
Y uno nuevo.
Amelia se acercó.
Lo tomó.
La madera era impecable.
Los botones brillaban.
—¿Quién trajo esto?
Nieves sonrió.
—El patrón mandó comprarlo.
Amelia permaneció pensativa.
No necesitaba un instrumento nuevo.
Pero no podía negar que era hermoso.
Aquella tarde ensayó durante horas.
Solo dejó de tocar cuando percibió un silencio distinto.
Antonio estaba en la puerta.
—Discúlpeme.
Amelia bajó las manos.
—No me interrumpe.
—¿Le gustó el instrumento?
—Mucho.
—Si necesita otro…
—Este está perfecto.
Antonio sonrió.
Parecía cansado.
Amelia lo observó.
—¿Está bien?
La pregunta lo sorprendió.
—Sí.
—No parece.
Antonio miró hacia la ventana.
—La casa está llena. Mi hermano está perdiendo la cabeza. Mi madre quiere controlar cada detalle. Todo el mundo pregunta algo.
Amelia sonrió.
—¿Y vino aquí para esconderse?
Antonio la miró.
—Vine porque aquí estaba tranquilo.
No dijo que había seguido la música.
Amelia lo entendió de todos modos.
A la mañana siguiente Antonio fue a hablar con su madre.
Doña Casilda lo recibió en su cuarto.
—Traes mala cara.
Antonio se sentó.
—Quiero romper mi compromiso con Rosaura.
Casilda lo miró fijamente.
—No digas cosas que no has pensado.
—Las he pensado demasiado.
—¿Por la muchacha?
Antonio no fingió no entender.
—Amelia es hija de Baltazar Samudio.
Casilda quedó sorprendida.
Antonio explicó que las Samudio vivían en San Miguel casi sin recursos.
También habló de la silla.
Del accidente.
De Teodora trabajando en casas ajenas.
—¿Ella sabe lo que dejaron nuestros padres?
—No.
Casilda guardó silencio.
Años atrás, el padre de Antonio y Baltazar habían sido amigos cercanos.
Tanto que, en el testamento, el padre de Antonio había dejado una propiedad para Baltazar.
Pero después de la muerte de ambos hombres, las familias perdieron contacto.
Los Guzmán buscaron a los Samudio.
No encontraron dirección.
El tiempo pasó.
Y Antonio terminó comprometido con Rosaura.
Había algo todavía más complicado.
Los dos padres habían hablado de unir a sus hijos en matrimonio.
Aquella disposición también aparecía en los documentos.
—La promesa fue entre ellos —dijo Casilda—. No tienes que cumplirla.
Antonio la miró.
—No quiero terminar con Rosaura por una obligación.
—Entonces ¿por qué?
Él respiró.
—Porque no la amo.
Casilda permaneció quieta.
—Y desde que vi a Amelia… siento algo que nunca sentí con Rosaura.
La madre miró hacia la ventana.
—Amelia tiene una vida difícil.
—Lo sé.
—Su condición implica cuidados.
Antonio no vaciló.
—Eso no cambia lo que es.
Casilda notó la firmeza.
—Primero deja que Javier se case.
—De acuerdo.
—No conviertas su semana en un escándalo.
Antonio aceptó.
Pero esa misma noche, después de escuchar tocar a Amelia con la familia reunida, no consiguió seguir guardando todo.
La invitó a la huerta.
Ella se mostró cautelosa.
—Usted está comprometido.
—Necesito hablarle de su padre.
Eso cambió todo.
La llevó junto a la noria.
Allí, bajo los pirules, Antonio contó la historia.
La amistad entre los dos padres.
El testamento.
La propiedad.
—Hay una tierra que pertenece a su familia.
Amelia quedó inmóvil.
Pensó en Teodora lavando ropa.
En la casa de adobe.
En los años contando monedas.
—¿Dónde?
—Cerca de aquí.
—¿Mi madre sabe?
—Creo que no.
—¿Por qué nadie nos encontró?
Antonio explicó que habían buscado en Santa Rita, pero Teodora se había marchado sin dejar dirección después de perder las tierras.
Amelia sintió una mezcla de alegría y dolor.
Su padre, aun con problemas económicos, había tenido un amigo que dejó algo para ellas.
Algo que había esperado durante años sin que supieran.
—Se lo diré a mi madre.
Antonio respiró.
—Hay algo más.
Amelia lo miró.
—Los padres acordaron que nosotros nos casaríamos.
Ella tardó un segundo.
Después casi rio.
—¿Nosotros?
—Sí.
—Eso no tiene sentido.
—Era su voluntad.
Amelia miró sus piernas.
Después a Antonio.
—Usted está comprometido.
—Lo sé.
—Entonces olvide esa parte.
Antonio no respondió.
—Lo de la tierra sí lo agradecemos. Pero no voy a casarme con usted porque nuestros padres lo escribieron en un papel.
—Amelia…
—No.
Antonio decidió decir la verdad.
—No pienso casarme con Rosaura.
Amelia endureció el gesto.
—¿Y ahora quiere usarme para cancelar su compromiso?
—No.
—Eso parece.
—Mi compromiso ya era un error antes de volver a verla.
Amelia negó.
—No quiero ser su excusa.
Giró la silla.
—Para mí esto termina aquí.
Antonio la vio alejarse.
Supuso que había hablado demasiado rápido.
Que había mezclado la verdad legal con aquello que realmente sentía.
Y Amelia había escuchado una obligación cuando él quería hablar de elección.
Esa noche Antonio tomó una decisión.
Mandó preparar una carretela.
Dejó una nota a su madre.
Y salió.
Amelia no supo adónde había ido.
Al día siguiente se encerró a ensayar.
Casilda fue a verla.
—Es por Antonio.
Amelia no negó.
—No quiero que crea que soy desagradecida.
—No lo creo.
—Pero casarse conmigo para cumplir un testamento…
Casilda se sentó.
—Mi hijo no necesita usar ese testamento.
—Él dijo…
—Antonio es torpe cuando intenta explicar sentimientos.
Amelia casi sonrió.
Casilda continuó:
—Y no quiere a Rosaura.
Amelia miró sus piernas.
—Doña Casilda, mire.
—Estoy mirando.
—¿De verdad cree que un hombre como su hijo va a elegir esta vida?
Casilda se acercó.
—Veo una mujer hermosa.
Amelia apartó los ojos.
—Con un talento enorme.
Pausa.
—Y con suficiente carácter para rechazar al dueño de Los Pirules en su propia huerta.
Amelia terminó sonriendo.
—No te hagas pequeña para facilitarle la vida a otros —dijo Casilda—. Si Antonio decide algo, deja que él cargue su decisión.
A la mañana siguiente, una mano despertó a Amelia.
Abrió los ojos.
Teodora estaba junto a la cama.
Amelia se lanzó hacia ella.
—Madre.
Se abrazaron.
—¿Cómo vino?
Teodora acarició su cabello.
—Antonio fue por mí.
Amelia quedó quieta.
—¿Él?
—Llegó de madrugada.
Le explicó la propiedad.
El testamento.
El acuerdo.
Teodora no sabía nada.
Recordaba que los padres habían sido amigos, pero la relación se enfrió cuando el padre de Antonio heredó Los Pirules.
Baltazar nunca contó lo demás.
—También me habló de ti —dijo Teodora.
Amelia bajó los ojos.
—Me quiere usar para terminar su compromiso.
Teodora soltó una risa.
—No me pareció un hombre buscando excusas.
—Madre.
—Viajó toda la noche para buscarme porque tú estabas confundida y él quería que tuvieras a alguien de confianza cerca.
Amelia no respondió.
Después del desayuno entró en la sala de ensayo.
Antonio estaba allí.
Sostenía un estuche.
Rojo.
Amelia reconoció la pequeña abolladura antes de ver el resto.
Se quedó sin aire.
Era el acordeón de Baltazar.
El original.
Antonio se acercó.
—Le pregunté a su madre qué podía hacer para que entendiera que no estoy jugando.
Amelia tocó el estuche.
—¿Dónde…?
—Fui a buscar al hombre que se lo compró.
Las lágrimas aparecieron.
—Pensé que nunca lo volvería a ver.
Abrió el estuche.
Allí estaba.
Más viejo.
Pero suyo.
El acordeón que había sostenido con nueve años.
El instrumento que Baltazar había puesto sobre la mesa.
Amelia pasó los dedos sobre la madera.
—Estaba tan feliz cuando me lo dio.
Antonio permaneció en silencio.
—Muchas gracias, señor Guzmán.
—Antonio.
Ella levantó los ojos.
—Dígame Antonio.
Amelia sonrió.
—Gracias, Antonio.
Él señaló el instrumento.
—Toca para mí.
Amelia lo apoyó contra el pecho.
Cerró los ojos.
Tocó.
Antonio no se movió.
La observaba.
Cuando terminó, se agachó frente a ella.
Quedó a su altura.
Tomó sus manos.
—Terminé con Rosaura.
Amelia abrió los ojos.
—No usé el testamento.
Continuó:
—Fui personalmente. Fui claro. Voy a asumir lo que diga la gente y cualquier daño que cause la ruptura.
Amelia sintió algo moverse dentro de ella.
—No le estoy pidiendo que me responda ahora.
Antonio acarició sus dedos.
—Solo le pido que no cierre la puerta.
—Antonio…
—Déjeme demostrarle lo que siento.
Levantó sus manos.
Besó suavemente sus dedos.
Después se marchó.
Amelia permaneció mirando la puerta.
Aquella vez no intentó negar la esperanza.
La boda de Javier y Marisol llegó con Los Pirules lleno de familiares.
Teodora ayudó a vestir a Amelia.
Nieves apareció con un vestido verde esmeralda.
Pero el acordeón que Amelia eligió fue el rojo.
El de su padre.
Cuando entró al gran galpón, Antonio la vio desde el otro extremo.
No pudo apartar los ojos.
Amelia sonrió.
La ceremonia empezó.
Marisol caminó hacia Javier.
Amelia tocó.
Las notas llenaron el lugar.
Por un instante recordó a Baltazar.
“Vas a tocar en las bodas de todo este valle.”
Quizá no había llegado a todas.
Pero estaba empezando.
Después de la ceremonia, varias familias se acercaron a contratarla.
Cinco bodas quedaron apalabradas aquella misma tarde.
Amelia apenas podía creerlo.
Javier y Marisol fueron a agradecerle.
Antes de marcharse, Javier se inclinó hacia ella.
—A mi hermano le gusta usted mucho.
Amelia lo miró sorprendida.
—No lo aleje.
Más tarde, cansada de la multitud, Amelia regresó a la sala de música.
Abrió la ventana.
La fiesta continuaba abajo.
Antonio apareció.
—¿Ya se cansó de ser famosa?
—¿Ya soy famosa?
—Le conseguí cinco bodas.
—Entonces quizá.
Ella miró hacia la fiesta.
—¿Por qué no está bailando?
Antonio sonrió.
—Porque la persona con la que quería bailar se escapó.
Amelia soltó una risa.
—Yo no puedo bailar.
Antonio se acercó.
Se arrodilló.
—¿Confía en mí?
Amelia miró aquellos ojos verdes.
Pensó en todo.
El viaje por Teodora.
La tierra.
El acordeón recuperado.
La ruptura con Rosaura.
El espacio que le había dado.
—Confío.
Antonio pasó un brazo por su cintura.
La levantó con cuidado.
Amelia rodeó su cuello.
La música subía desde el patio.
Antonio empezó a moverse.
Muy despacio.
Un paso.
Otro.
Un giro pequeño.
Amelia apoyó la cabeza sobre su hombro.
Cerró los ojos.
Durante años había visto bailar a otros.
Aquella noche bailó.
No con sus propios pasos.
Todavía no.
Pero bailó.
Cuando la música terminó, Antonio volvió a sentarla con el mismo cuidado.
Se quedó de rodillas frente a ella.
Tomó sus manos.
La miró.
Se acercó lentamente.
Le dio tiempo para detenerlo.
Amelia no lo hizo.
Se besaron.
Fue un beso corto.
Cálido.
Sin prisa.
Antonio se apartó.
—Perdóname. Prometí ir despacio.
Amelia sonrió.
—Yo también quería.
Un trabajador llamó a Antonio.
Tuvo que marcharse.
Amelia se quedó tocándose los labios.
Aquella noche aceptó algo que ya no podía esconder.
Estaba enamorada.
Después de la boda, Antonio se dedicó a preparar la propiedad heredada por las Samudio.
Se llamaba El Cañaveral.
Era vecina de Los Pirules.
Tenía casa.
Tierra suficiente.
Agua.
Necesitaba reparaciones, pero seguía siendo una propiedad valiosa.
Teodora no podía creerlo cuando la visitó.
Pasó las manos por las paredes.
Caminó por el terreno.
Lloró.
—Tu padre nunca me dijo.
Amelia respondió:
—Quizá tampoco pensó que moriría tan pronto.
Doña Casilda ayudó a Teodora a organizar la casa.
Las dos mujeres se hicieron amigas.
Antonio aparecía casi todos los días para revisar obras.
Pero dejó de hablar de amor.
No insistía.
No preguntaba.
Amelia empezó a temer que hubiera cambiado de opinión.
Una noche Teodora entró en su habitación.
—Traes una tristeza rara.
Amelia intentó negarlo.
—Se llama Antonio.
—Madre.
—Cuéntame.
Amelia contó el baile.
El beso.
La promesa.
Después habló de los días de silencio.
Teodora la escuchó.
—Él dijo que iba a darte tiempo.
—Sí.
—Y te lo está dando.
Amelia quedó quieta.
—Eso no es arrepentimiento.
Teodora sonrió.
—Es respeto.
A la mañana siguiente Antonio llegó.
Parecía haber tomado una decisión importante.
Se sentó frente a Amelia.
—Fui a ver al doctor Amado Quiroga.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Le conté de su accidente.
Amelia se puso tensa.
—Antonio…
—Conseguí los documentos antiguos del médico que la atendió.
—No quiero volver a ilusionarme.
Él tomó sus manos.
—Quiroga cree que quizá existen posibilidades de mejorar con tratamiento.
Amelia cerró los ojos.
Había pasado demasiados años aceptando una sentencia.
—No quiero vivir esperando un milagro.
—No te estoy prometiendo uno.
Antonio habló con calma.
—Solo una oportunidad.
Amelia lo miró.
—Y si decides intentarlo, voy contigo.
Respiró.
—A cada consulta.
—Antonio…
—A cada día difícil.
—No tienes que…
—Quiero.
Entonces dijo lo que había tardado demasiado en decir de forma simple.
—Te amo.
Amelia quedó inmóvil.
—No por nuestros padres.
Continuó:
—No por el testamento.
—Antonio…
—Me enamoré cuando te vi tocar como si no existiera nada alrededor.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Quiero casarme contigo.
La voz de Antonio no tembló.
—Quiero que sigas tocando.
Apretó sus manos.
—Y si quieres intentar volver a caminar, estaré a tu lado. Si no quieres, también.
Aquello fue lo que terminó de derribar la última defensa.
No estaba condicionando su amor a que caminara.
No estaba prometiendo curarla.
Le estaba ofreciendo compañía.
Amelia lo jaló hacia sí.
Lo besó.
Cuando se apartó, sonreía entre lágrimas.
—Sí.
Antonio casi no respiró.
—¿Sí?
—Sí, quiero casarme contigo.
Pausa.
—Y quiero intentar el tratamiento.
Otra.
—Y también te amo.
Antonio cerró los ojos un instante.
Aquella fue una de las pocas veces en su vida en que no encontró nada inteligente que decir.
Amelia rio.
Esperaron un mes.
No porque hubiera dudas.
Amelia ya había prometido tocar en varias bodas y no quiso cancelar ninguna.
Antonio la llevaba cuando podía.
En cada celebración la historia empezaba a repetirse.
La gente se quedaba en silencio cuando ella tocaba.
Después alguien preguntaba quién era.
Luego llegaba otro contrato.
Baltazar había tenido razón.
La música de su hija empezó a recorrer el valle.
Finalmente Amelia y Antonio se casaron.
La ceremonia fue sencilla.
Familia.
Amigos cercanos.
Teodora lloró desde el principio.
Doña Casilda terminó sosteniéndole la mano.
Javier y Marisol estaban presentes.
Micaela también.
Amelia llevó consigo el acordeón rojo.
No tocó durante su propia entrada.
Aquella vez permitió que otros hicieran música para ella.
Después de la boda se mudó a Los Pirules.
El lugar donde había llegado como invitada se convirtió en su casa.
Teodora prefirió quedarse en El Cañaveral.
Por primera vez después de muchos años tenía un hogar propio.
Una tierra.
Tiempo.
Y una vida que no giraba únicamente alrededor de trabajar para sobrevivir.
Allí conoció a don Fabiano Jeda, un ganadero viudo.
Era paciente.
Respetuoso.
No apareció queriendo ocupar espacios.
Simplemente empezó a visitarla.
Primero por asuntos de ganado.
Después con café.
Luego con flores.
Teodora tardó en darse cuenta de que estaba siendo cortejada.
Amelia lo supo mucho antes.
—Madre, ese hombre está enamorado de usted.
Teodora se puso colorada.
—No digas tonterías.
—La misma frase que yo decía.
—No es igual.
—Claro.
Meses después Teodora se casó.
Amelia la vio sonreír como no la veía desde Santa Rita.
Aquello fue uno de los regalos más grandes de su nueva vida.
No solo ella había recibido una segunda oportunidad.
Su madre también.
Poco después de su boda, Amelia comenzó el tratamiento con el doctor Quiroga.
Desde el principio el médico fue prudente.
No prometió resultados.
Explicó que el proceso podía ser largo y agotador.
Que lo que había ocurrido tantos años atrás merecía una nueva evaluación.
Que debían avanzar poco a poco.
Antonio escuchó todo.
Amelia también.
—¿Quiere continuar? —preguntó Quiroga.
Ella miró a Antonio.
Él no respondió por ella.
Solo esperaba.
Amelia volvió hacia el médico.
—Sí.
El proceso duró tres años.
No hubo recuperación rápida.
Hubo días malos.
Muchos.
Jornadas en que Amelia terminaba agotada y se preguntaba por qué había aceptado.
Ejercicios que parecían no producir nada.
Consultas.
Viajes.
Dolor.
Esperanza.
Frustración.
Pequeños movimientos que nadie más habría considerado importantes y que para ellos parecían una fiesta.
La primera vez que Amelia consiguió mover voluntariamente un pie, Antonio corrió a avisar a Casilda.
—No salgas corriendo por toda la hacienda —protestó Amelia.
Él ya estaba en la puerta.
—Voy a decírselo a todos.
—Antonio.
—A casi todos.
Amelia rio.
Con el tiempo empezaron cambios más visibles.
Recuperó fuerza.
Pudo sostenerse con ayuda.
Después hizo ejercicios de pie.
El doctor seguía siendo cuidadoso.
Antonio también.
Nadie hablaba de resultados definitivos.
Celebraban lo que existía.
Nada más.
Una mañana Amelia volvió a montar a caballo acompañada por Antonio.
No podía creerlo.
El viento en el rostro.
La respiración del animal.
El campo moviéndose alrededor.
Durante años el mundo había pasado frente a su ventana.
Ahora ella volvía a atravesarlo.
Lloró durante buena parte del paseo.
Antonio fingió no darse cuenta hasta que Amelia dijo:
—Puedes dejar de hacer como si no estuviera llorando.
—Estoy respetando tu privacidad.
—Estoy sentada delante de ti en el mismo caballo.
—Privacidad emocional.
Ella rio entre lágrimas.
Los primeros pasos completamente sola llegaron una tarde.
Quiroga estaba presente.
Antonio también.
Amelia se puso de pie.
Esperó.
Un paso.
Después otro.
Sus piernas temblaban.
Antonio contenía la respiración.
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Como si fueras a desmayarte tú.
—Sigue.
Amelia avanzó.
Los pasos eran lentos.
Cortos.
Pero eran suyos.
Cuando llegó hasta Antonio, él la abrazó.
Los dos lloraron.
No porque todo estuviera resuelto.
Porque una puerta que durante años parecía cerrada acababa de abrirse un poco.
Semanas después Antonio trabajaba de noche en el despacho.
Escuchó algo.
Pasos.
Levantó la cabeza.
Amelia estaba de pie en la entrada.
Sonriendo.
Antonio dejó la pluma.
—¿Bajaste las escaleras?
—Sola.
—¿Y el corredor?
—También.
Él se levantó.
—¿Por qué?
Amelia extendió una mano.
—Vine a invitarte a bailar.
Antonio miró alrededor.
—No hay música.
Ella tomó su mano.
Se acercó.
Empezó a balancearse.
—La música está en nuestra cabeza.
Antonio pasó los brazos alrededor de su cintura.
Bailaron.
Esta vez Amelia estaba de pie.
Sus pasos seguían siendo lentos.
Pero no importaba.
Aquel momento pertenecía a la misma mujer que años atrás había tocado para que otros bailaran mientras ella miraba desde una silla.
No había tristeza en esa memoria.
Solo distancia.
Después de un rato Amelia tomó la mano de Antonio.
La llevó hasta su vientre.
Él la miró.
Ella no necesitó explicar.
—¿De verdad?
Amelia asintió.
La alegría desbordó a Antonio.
La alzó.
Ella soltó una carcajada.
—¡Cuidado! Apenas estoy volviendo a caminar.
—Perdón.
La dejó inmediatamente.
—Olvidé todo.
—Ya vi.
El doctor confirmó el embarazo.
Nueve meses después nació un niño.
Lo llamaron Baltazar Guzmán.
Por el padre de Amelia.
Teodora sostuvo al nieto y lloró.
Doña Casilda también.
Antonio miraba a su hijo como si estuviera viendo algo imposible.
Amelia, agotada, sonreía desde la cama.
La casa de Los Pirules volvió a llenarse de música.
No únicamente porque Amelia tocaba.
Baltazar creció escuchando el acordeón.
Muchas tardes se dormía entre cojines mientras su madre ensayaba.
Amelia siguió caminando cada vez mejor.
Con los años, alguien que la conociera por primera vez difícilmente imaginaría cuánto tiempo había pasado sin hacerlo.
Pero ella nunca convirtió aquella recuperación en la medida de su valor.
Había aprendido demasiado antes.
Antonio se había enamorado cuando ella estaba en la silla.
Había admirado su música.
Su carácter.
Su manera de mirar.
Su firmeza.
Nada de eso apareció cuando volvió a caminar.
Ya estaba ahí.
Por eso Amelia siguió tocando.
Incluso siendo la señora de Los Pirules.
Incluso teniendo personal.
Incluso cuando alguien le decía que ya no necesitaba ganar dinero en bodas.
—Nunca toqué únicamente por dinero.
Y volvía a colocar el acordeón contra el pecho.
A veces usaba uno nuevo.
Pero en las ocasiones importantes elegía el rojo.
El de Baltazar.
El de la pequeña abolladura.
El instrumento que había vendido para sobrevivir.
El que Antonio encontró y devolvió.
Con los años, algunas historias empezaron a circular por el valle.
La gente recordaba a la muchacha que había tocado en la boda de Micaela.
La joven de vestido azul.
Después hablaban de la boda de Javier.
De cómo la música había detenido conversaciones.
De que Antonio Guzmán había roto su compromiso con Rosaura Landeros.
De que se había casado con Amelia.
Cada persona contaba los hechos a su manera.
Algunos añadían detalles.
Otros quitaban.
Amelia no se preocupaba demasiado.
Ella conocía la parte importante.
Antonio no se casó con ella por una promesa entre dos hombres muertos.
Tampoco porque quisiera salvarla.
La promesa simplemente los obligó a conocer una verdad sobre el pasado.
El amor apareció después.
Libre.
Despacio.
Cuando ella tuvo oportunidad de decir no.
Y la dijo varias veces.
Eso era precisamente lo que hacía importante el sí final.
Una tarde Amelia tocaba en una sala de Los Pirules.
Baltazar dormía cerca, rodeado de cojines.
La melodía era suave.
Antonio apareció sin hacer ruido.
Se quedó escuchando.
Como la primera vez.
Amelia terminó la pieza.
Levantó los ojos.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Lo suficiente.
Antonio se acercó.
Besó su frente.
—Te amo.
Ella sonrió.
Aquella sonrisa seguía teniendo algo de la muchacha que había visto en la boda de Micaela.
—Yo te amo más.
Antonio iba a protestar.
Amelia lo interrumpió.
—Gracias por no rendirte conmigo.
Él la miró.
La frase tenía muchas capas.
Podía referirse al amor.
Al tratamiento.
A los años.
A cada vez que ella dudó.
Pero Antonio respondió sin necesidad de preguntar.
—Jamás me habría rendido contigo.
Amelia miró al niño dormido.
Después el acordeón.
Las manos.
Esas mismas manos que de adolescente había escondido debajo de la mesa porque mover los dedos sobre botones imaginarios le dolía demasiado.
Ahora sostenían otra vez el instrumento de su padre.
Pensó en Teodora.
En la mujer que había lavado ropa ajena para que no faltara comida.
En el anillo de matrimonio vendido para pagar un médico.
En las monedas guardadas durante meses para comprar aquel acordeón usado.
En El Cañaveral.
En Fabiano.
En la nueva vida que su madre también había encontrado.
Pensó en Baltazar Samudio.
En aquella noche bajo el corredor.
“Algún día vas a tocar en las bodas de todo este valle.”
El padre no había alcanzado a verlo.
Pero tenía razón.
Amelia tocó en bodas.
Muchas.
Tocó para mujeres que caminaban hacia hombres que amaban.
Tocó para parejas pobres.
Para familias ricas.
Para gente que sabía su historia y para gente que no.
Y cada vez que empezaba una pieza, ocurría aquello que Baltazar había predicho.
Las conversaciones disminuían.
La gente escuchaba.
Pero la mayor victoria de Amelia no fue recuperar la música.
Ni la tierra.
Ni caminar.
Ni convertirse en esposa de uno de los hombres más respetados de la comarca.
Fue algo mucho menos visible.
Volvió a creer que tenía derecho a desear.
Durante años había confundido aceptar la realidad con dejar de esperar cosas buenas.
Aceptó la silla.
Aceptó la pobreza.
Aceptó que la vida después del accidente sería distinta.
Nada de aquello estuvo mal.
Lo que estuvo a punto de perder fue la posibilidad de imaginar futuro.
Teodora le devolvió primero la música con un acordeón gastado.
Micaela le devolvió el escenario cuando la invitó a tocar sin sentir vergüenza de ella.
Antonio le devolvió una parte de su historia cuando encontró el instrumento rojo.
Pero el resto lo hizo Amelia.
Ella fue quien aceptó salir de casa.
Quien subió a la carretela.
Quien volvió a tocar frente a gente.
Quien rechazó a Antonio cuando sintió que la estaban metiendo dentro de una promesa que no había elegido.
Quien aceptó amarlo solo cuando supo que la decisión era verdaderamente suya.
Quien eligió intentar un tratamiento sin permitir que su vida dependiera del resultado.
Y quien, al final, caminara o no caminara, ya había vuelto a vivir mucho antes de dar aquel primer paso.
Antonio sabía eso.
Por eso nunca decía que la había salvado.
Cuando alguien intentaba resumir la historia diciendo que el poderoso dueño de Los Pirules había cambiado la vida de una joven sin recursos, él corregía:
—Nos la cambiamos los dos.
Y Amelia, si estaba cerca, agregaba:
—Pero él empezó comprando un acordeón demasiado caro.
Antonio sonreía.
—Valió cada centavo.
—Te estafaron.
—Entonces valió cada centavo que me estafaron.
Baltazar pequeño escuchaba sin entender por qué sus padres siempre terminaban riéndose cuando hablaban de aquella caja roja.
Algún día entendería.
Conocería la historia de su abuelo.
La del valle de Santa Rita.
Las deudas.
San Miguel.
El accidente.
La boda de Micaela.
Los Pirules.
Y la promesa de dos padres que creyó decidir el futuro de sus hijos, pero que al final solo consiguió reunirlos para que ellos tomaran su propia decisión.
Hasta entonces, el niño se conformaba con dormir escuchando el fuelle abrirse y cerrarse.
Una tarde Antonio entró en la sala y encontró aquella imagen.
Amelia tocando.
Baltazar dormido.
La luz cayendo sobre los dos.
Se quedó en la puerta.
No dijo nada.
No quería interrumpir.
Amelia lo vio.
Sus ojos se encontraron.
Por un instante ella regresó a aquella boda.
Al vestido azul.
Al patio lleno.
Al hombre alto que se había quedado mirándola sin bajar primero los ojos hacia la silla.
“Parece usted un ángel tocando.”
Tantos años.
Tantas cosas.
Y sin embargo había miradas que seguían diciendo exactamente lo mismo.
Amelia terminó la pieza.
Antonio cruzó la habitación.
Ella apoyó el acordeón a un lado.
Él se inclinó.
La besó.
Y en una casa rodeada de pirules, con su hijo dormido cerca y el viejo acordeón de Baltazar descansando junto a ella, Amelia comprendió algo que de niña jamás habría sabido explicar.
La vida no había salido como la planeó.
Había perdido una casa cuando creyó que viviría siempre en Santa Rita.
Había vendido la música cuando creyó que jamás tendría que venderla.
Había perdido el movimiento de sus piernas cuando todavía estaba empezando a ser adulta.
Había pasado años pensando que su mundo se había hecho pequeño para siempre.
Pero la vida no solo cambia para quitar.
A veces también devuelve.
No siempre devuelve lo mismo.
No siempre a tiempo.
No siempre sin cicatrices.
Pero abre otras puertas.
La música volvió en un acordeón gastado comprado con monedas ahorradas por una madre.
La tierra volvió gracias a una amistad que dos hombres habían dejado escrita antes de morir.
El amor apareció en un hombre comprometido que tuvo que ordenar primero su propia vida antes de pedir entrar en la de ella.
Y sus pasos regresaron después de años de trabajo, tratamiento y paciencia.
Nada llegó de la forma en que Amelia habría elegido cuando era niña.
Sin embargo, mientras miraba a Antonio, supo que tampoco quería vivir mirando hacia atrás preguntándose cómo habría sido todo si el dolor nunca hubiese aparecido.
No podía cambiarlo.
Solo podía decidir qué construir después.
Tomó otra vez el acordeón.
Antonio se sentó cerca de Baltazar.
Amelia empezó una melodía.
El fuelle se abrió.
El primer acorde llenó la habitación.
Y afuera, entre los pirules altos, el viento siguió pasando con ese sonido suave que tienen las tardes cuando no exigen nada.
Antonio cerró los ojos para escuchar.
El niño continuó durmiendo.
Amelia tocó.
Como aquella niña en el corredor de Santa Rita.
Como la joven que volvió a encontrar sus dedos después de nueve años.
Como la mujer que había aprendido que una vida no vale menos porque tenga que reconstruirse de una manera distinta.
Y mientras la música llenaba Los Pirules, la promesa de Baltazar parecía cumplirse una vez más.
La gente podía detenerse para escucharla.
Pero Amelia ya no necesitaba que el mundo guardara silencio para saber cuánto valía.