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Le enviaron una novia “inútil” para arruinar su rancho… pero creó el rebaño más rico de Montana.

Celia Reid descendió del tren que llegaba desde el este con un contrato matrimonial doblado dentro del guante y una etiqueta roja atada al asa de su baúl. Había cruzado tres estados convencida de que al final del trayecto la esperaba un ranchero llamado Boone Mercer, un hombre que, según la agencia de Omaha, buscaba una esposa trabajadora para compartir una vida honesta en Montana.

Pero antes de que sus botas tocaran por completo el andén de Big Chamber, Celia comprendió que alguien había pagado para convertir su llegada en un espectáculo.

En la etiqueta roja habían escrito dos palabras con lápiz negro:

“Mercancía inútil”.

La mitad de la estación las leyó antes que ella. Los hombres que descargaban sacos de alimento aminoraron los movimientos. Una mujer detrás de la ventanilla de boletos fingió ordenar papeles. El agente se caló la gorra y volvió la cara hacia las vías, como si el viento hubiese arrastrado su atención en el momento preciso.

Nadie se acercó para quitar la etiqueta.

Nadie dijo que aquello era cruel.

Junto a la báscula de carga estaba Harlen Strake, enfundado en un abrigo marrón demasiado elegante para un patio cubierto de polvo. Sonreía como si acabara de comprar el tren, la estación y la vergüenza de todos los presentes.

—Ahí está, Mercer —gritó—. La novia que te enviaron. Lo bastante pequeña para comerse tus provisiones de invierno, lo bastante refinada para no distinguir una vaca de una mula y suficientemente inútil para terminar de arruinar tu rancho.

Varias risas inseguras recorrieron el andén. No fueron carcajadas verdaderas. Eran sonidos débiles, nacidos del miedo de contrariar al hombre que controlaba las compras de ganado, el crédito de la tienda y buena parte de los préstamos de la comarca.

Celia mantuvo la barbilla en alto.

Tenía treinta años. Ya no era una muchacha capaz de confundir la humillación con una prueba de amor. Había cuidado a su padre hasta su muerte, vendido los pocos muebles que les quedaban y trabajado durante meses copiando registros por salarios que apenas cubrían una habitación. No había viajado hasta Montana para ser intercambiada entre bromas de hombres desconocidos.

Aun así, la palabra escrita en aquella etiqueta le ardía.

Mercancía.

Como si no tuviera voluntad.

Inútil.

Como si toda su vida pudiera resumirse en el juicio de un hombre que jamás la había visto.

Boone Mercer esperaba en el extremo opuesto del andén. Llevaba polvo en el abrigo, botas gastadas y un sombrero negro entre las manos. No parecía preparado para recibir a una prometida. Tampoco parecía complacido con el espectáculo.

Había ido a la estación por sal, rollos de alambre y unas piezas para reparar una bomba de agua. Su rancho Northstar quedaba a doce millas de allí y tenía más deudas que ganado sano. Toda persona en Big Chamber sabía que, si Boone no pagaba la siguiente letra antes del mercado de otoño, Northstar pasaría a manos de Harlen Strake.

Celia cruzó el andén hasta detenerse frente a él.

—Usted me pidió —dijo, mostrando el contrato.

Boone examinó primero el documento, luego la etiqueta y finalmente el rostro de la mujer.

—No, señora. Yo no pedí una novia.

Las palabras cayeron con más peso que las risas.

Celia sintió que el andén se inclinaba bajo sus pies, pero no bajó la mirada.

—Entonces alguien falsificó su solicitud.

—Eso parece.

Harlen soltó una carcajada.

—Ten cuidado, Mercer. Si la rechazas, la agencia puede llamarlo incumplimiento. Si te la quedas, tendrás otra boca que alimentar. De cualquier modo, antes de la primera nevada Northstar será mío.

Boone se volvió hacia él.

No levantó la voz. No necesitaba hacerlo.

—Tal vez se quede con mis deudas, Strake. Pero no va a decidir qué hago con una mujer a la que usted mismo puso en este andén para humillarla.

Se acercó al baúl de Celia, desató la etiqueta roja y la dobló lentamente.

—Ella no es mercancía —dijo—. Y tampoco es su broma.

El patio quedó en silencio.

Celia debería haber sentido alivio. En cambio, tuvo la impresión de que la trampa acababa de cerrarse alrededor de ambos. No había ido allí para arruinar un rancho, pero la ruina parecía haber estado esperándola desde antes de que comprara el billete.

Boone guardó la etiqueta en el bolsillo y levantó el baúl.

—Tengo una carreta afuera, señora Reid. Puedo conseguirle un pasaje en el tren de la tarde, o llevarla a Northstar para que vea el problema al que la enviaron. No habrá votos, compromisos ni reclamaciones. Usted decidirá.

Fue la primera frase decente que alguien le ofrecía desde su llegada.

Celia miró el tren. El vapor flotaba sobre los vagones y el revisor esperaba junto al estribo. Podía regresar al este, cargar consigo la vergüenza y dejar que Boone Mercer perdiera solo. Era la decisión prudente.

Entonces miró a Harlen Strake.

Continuaba sonriendo.

—Veré el rancho —dijo.

La sonrisa desapareció del rostro de Harlen.

—Entonces mírelo rápido. No seguirá siendo de Mercer por mucho tiempo.

Boone colocó el baúl en la carreta y ayudó a Celia a subir sin permitir que su mano se demorara sobre la de ella. Después tomó las riendas y salió de Big Chamber bajo una estrella tallada en el tablero delantero.

Durante la primera milla ninguno habló.

La pradera se extendía dorada y marrón a ambos lados del camino, tan abierta que hacía parecer pequeñas incluso las mentiras más grandes. Celia mantenía el contrato sobre el regazo. Boone conducía con la espalda recta y la mandíbula tensa, como si estuviera triturando palabras que no pensaba pronunciar.

—¿De verdad nunca pidió una esposa? —preguntó ella.

—Nunca.

—¿Por qué me llevó, entonces?

—Porque Strake quería verme rechazarla delante de todos. Esperaba que usted suplicara y que yo quedara como un cobarde o un necio. He cometido bastantes errores, señora Reid, pero no pienso regalarle esa crueldad.

La respuesta la tranquilizó más que cualquier cumplido.

La amabilidad podía ser una máscara. En cambio, un hombre que rechazaba una crueldad fácil cuando hacerlo podía costarle algo era más difícil de fingir.

—¿Por qué quiere su rancho?

—El agua.

—¿Solo eso?

—En Montana nunca es “solo agua”. Northstar tiene acceso a un arroyo que no se seca durante el verano. Strake compró las propiedades al norte y al sur. Si obtiene la mía, controlará el paso del ganado y casi todos los abrevaderos de este lado de Big Chamber.

—¿Cuánto debe?

Boone la miró de reojo.

—No pierde tiempo.

—He descubierto que las desgracias crecen cuando nadie se atreve a contarlas.

Él soltó el aire por la nariz, algo muy parecido al comienzo de una risa.

—Debo más de lo que el ganado flaco que vio en la estación puede pagar.

—No vi su ganado.

—Lo verá pronto.

Northstar apareció cerca del atardecer. Primero surgió la puerta con una estrella de madera colgando torcida de una bisagra. Después, una casa castigada por el viento, dos graneros y varios corrales rodeados de cercas reparadas tantas veces que parecían cosidas.

No era la propiedad próspera descrita por la agencia.

En el corral de los terneros, varios animales jóvenes mostraban las costillas bajo pieles opacas. Un peón con barba rojiza vio llegar la carreta y escupió en el polvo.

—Ese es Jud —dijo Boone—. Considera que cualquier boca nueva es un problema.

Celia observó los graneros, los animales y la bomba de agua detenida.

—Puede que tenga razón.

Boone volvió la cabeza. Por primera vez no la miró como a una responsabilidad enviada por correo, sino como a una mujer capaz de decir una verdad incómoda sin apartar los ojos.

—El problema ya está aquí —respondió—. Falta averiguar de qué clase es usted.

La habitación que le ofreció era pequeña, pero estaba limpia. Boone dejó su baúl junto a la cama y señaló el pestillo interior.

—La puerta cierra bien. La señora Watkins viene tres veces por semana a cocinar y lavar. Mañana puede acompañarla al pueblo si desea tomar el tren.

—¿Y esta noche?

—Esta noche usted es una invitada.

—¿Dónde dormirá?

—En el cuarto de aperos.

Celia examinó la cama.

—Esta es su habitación.

—Era la única presentable.

—No necesito que se destierre de su propia casa.

—Y yo no necesito que crea que aceptar este techo la obliga a casarse conmigo.

Sus miradas se encontraron durante un instante.

—Buenas noches, señora Reid.

—Buenas noches, señor Mercer.

Celia cerró la puerta, pero tardó mucho en dormir. El viento hacía crujir las paredes y un animal golpeaba ocasionalmente alguna tabla en los corrales. Sobre la cómoda descansaba el contrato que había llevado durante cientos de millas.

La agencia prometía estabilidad, respeto y un hogar compartido.

Nada de aquello existía.

Sin embargo, Boone le había ofrecido algo que el contrato ni siquiera mencionaba: la libertad de marcharse.

Al amanecer dobló el documento y lo guardó en el fondo del baúl.

Luego se puso su vestido de trabajo.

Jud la encontró en el corral de los terneros con las mangas remangadas y los anteojos bajos sobre la nariz.

—¿Se perdió el camino hacia la cocina? —preguntó.

—Busco los registros de alimentación.

—No llevamos registros para cada ternero.

—Eso explica parte del problema.

Otro peón rio desde el bebedero.

—La novia quiere contar animales. Quizá también pueda contar cuántos días faltan para que Strake sea nuestro dueño.

Celia se acercó al comedero sin responder a la burla. Observó cómo los terneros más fuertes empujaban a los débiles y ocupaban todo el espacio.

—Quiero tres corrales separados —dijo—. Los animales más pequeños irán juntos.

Jud se cruzó de brazos.

—¿Y quién le dio autoridad?

—Nadie. Todavía.

Boone apareció en la puerta del granero.

—Hagan lo que pide.

Aquello le costó. Celia lo vio en los rostros de los peones. Los hombres que ya temían perder su empleo odiaban recibir órdenes de una mujer enviada como parte de una broma.

Pero obedecieron.

Antes del mediodía, Celia había dividido los terneros según su tamaño y estado. Marcó a los más débiles con tiza azul, ordenó limpiar los bebederos y cambió los turnos de alimentación. No habló de milagros. Habló de agua, sal, peso, paciencia y días.

Su padre había llevado los libros de un rancho en Nebraska antes de enfermar. Celia aprendió muy joven que una propiedad no se salvaba con orgullo ni con discursos sobre tiempos mejores. Se salvaba detectando lo que el hambre hacía antes de que se convirtiera en una pérdida imposible de recuperar.

Boone la observó trabajar durante horas.

—Ha hecho esto antes.

—He visto a muchos hombres ignorarlo antes.

La comisura de los labios de Boone se movió.

—Eso sí lo creo.

En tres días, los animales más débiles dejaron de rezagarse. Al quinto, dos terneros que Jud había llamado “carne para coyotes” ya empujaban el hocico dentro del comedero.

Celia no proclamó ninguna victoria.

Los peones, sin embargo, dejaron de reírse cuando ella se acercaba.

Desde el camino lejano, un jinete con la marca de Strake aminoró la marcha para contar los corrales. Celia lo vio girar y comprendió que, antes de la cena, Harlen sabría que la mujer “inútil” había conseguido mantener algo con vida.

A la mañana siguiente pidió a Boone que la llevara hasta el potrero situado sobre el arroyo. Era una franja de terreno que Northstar había dejado de utilizar porque la hierba nacía escasa y tardía.

Jud murmuró que las novias de Omaha no distinguían la hierba de Montana de una escoba vieja.

Celia se arrodilló, arrancó varias raíces y frotó el suelo entre los dedos.

—Esta tierra no está muerta —dijo—. Está cansada.

Boone se agachó junto a ella.

—La tierra cansada y los hombres cansados se ven iguales desde lejos.

—Entonces deje de mirar desde lejos.

Él no sonrió, pero sus ojos se volvieron más cálidos.

Recorrieron el terreno durante casi una hora. El deshielo de la primavera había abierto pequeños canales, y el ganado había pisoteado una y otra vez los mismos parches. Con una cerca sencilla y unos días de trabajo podrían dejar descansar la tierra. Si desviaban parte del agua sin secar el arroyo, las raíces tendrían oportunidad de recuperarse.

—Una semana de trabajo y nuestras últimas semillas —dijo Boone—. Eso es lo que costaría.

—Sí.

—¿Y qué obtendremos?

—No prometo riquezas. Prometo heno suficiente para que los terneros más débiles tengan una oportunidad durante el invierno.

—¿Y si fracasa?

Celia se limpió la tierra en la falda.

—Entonces podrá decir que perdió una semana confiando en una novia inútil.

El rostro de Boone se endureció.

Ella lamentó las palabras apenas salieron de su boca. Aun así, él no la reprendió. Metió una mano en el abrigo y sacó la etiqueta roja que había retirado de su baúl.

—Esta es la palabra de Harlen —dijo—. No haga su trabajo por él.

Nadie le había hablado con tanta claridad desde la muerte de su padre.

El consuelo podía suavizar el dolor por unos minutos. Aquella frase hizo algo distinto: le recordó que aceptar un insulto como una verdad era terminar el trabajo del hombre que lo había pronunciado.

Al atardecer, Boone puso a Jud y a otros dos peones a levantar la cerca. Entregó a Celia sus últimos sacos de buena semilla y trabajó junto a los hombres, clavando postes hasta abrirse las palmas.

Cuando Jud protestó por seguir las indicaciones de una desconocida, Boone levantó la mano ensangrentada.

—Mi marca está en la puerta y su plan está bajo esta tierra. Si uno falla, ambos nombres responderán.

Celia se alejó antes de que alguien pudiera leerle el rostro.

En la loma, uno de los jinetes de Strake observaba.

Ella sabía que Harlen no esperaría mucho.

La respuesta llegó al sexto día.

Boone cabalgó a Big Chamber para comprar sal y regresó con la carreta vacía. Traía un aviso impreso y una tensión nueva en los hombros.

—Strake compró la deuda de la tienda —explicó—. No habrá sal, alimento a crédito ni fichas de compradores para Northstar, a menos que firme su opción de compra.

Celia leyó el aviso.

El ganado de Northstar había sido declarado insalubre para el mercado de otoño por una junta controlada por Harlen. Ningún comprador asociado con esa junta podría presentar una oferta sin arriesgar sus propios acuerdos comerciales.

—¿Puede hacer esto?

—Controla a los compradores, el transporte y el crédito. Las fichas van donde él ordena. Sin fichas no habrá una oferta justa. Sin una oferta justa no pagaré al banco.

—Me envió para hacer que el rancho pareciera más débil mientras cerraba las demás salidas.

—Sí.

Celia dobló el aviso con tanta fuerza que el papel crujió entre sus dedos.

Había viajado hasta Montana creyendo que la habían elegido. Ahora descubría que no había sido elegida para compartir una vida, sino para ayudar a destruirla. Su pobreza, su soledad y la muerte de su padre habían sido utilizadas como herramientas.

Boone vio el dolor detrás de su serenidad.

—Todavía puedo llevarla al tren.

Celia alzó la vista.

—¿Quiere que me vaya?

Él desvió los ojos hacia la estrella torcida de la puerta.

—No.

La palabra salió áspera, sin adornos.

Demasiado sincera para confundirse con galantería.

—Entonces no me ofrezca el tren porque tiene miedo por mí —respondió Celia—. Ofrézcalo únicamente si desea que lo tome.

Boone volvió a mirarla. Sus ojos estaban cansados, grises y cuidadosos.

—Quiero que se quede.

Durante unos segundos, ninguno habló.

—Pero querer no es pedir —añadió él—. Todavía no.

Aquella tarde se sentaron sobre la cerca con dos tazas de café enfriándose entre ambos. Celia conservaba tiza azul en los dedos. Boone tenía una línea de preocupación entre las cejas que se profundizaba cada vez que un ternero tosía.

—¿Su padre talló esa estrella? —preguntó ella.

—Con un cuchillo que, según decía, era demasiado romo para cualquier trabajo útil. Creía que este lugar sobreviviría a todos nosotros.

—¿Y usted?

—He pasado tres años demostrando que estaba equivocado.

—No. Ha pasado tres años mientras alguien estrangulaba el rancho.

Boone soltó una risa seca.

—Eso suena más amable.

—No es más amable. Es más exacto.

El mercado comenzaría en cuatro días. Después de eso, ninguna cantidad de esperanza impediría que un banquero cerrara una puerta.

Boone se inclinó para recoger la taza de Celia y sus dedos se rozaron.

No fue un gesto extraordinario. Solo un contacto breve entre dos manos castigadas por el trabajo. Sin embargo, él se quedó inmóvil, como si toda la pradera hubiera guardado silencio.

Retiró la mano primero.

—Si alguna vez llego a pedirle algo, Celia, quiero hacerlo cuando Strake ya no tenga una cuerda alrededor del cuello de ninguno de los dos.

Ella lo miró de frente.

—Entonces cortemos la cuerda.

Dos días después, un coche con el emblema negro y dorado de la agencia matrimonial apareció por el camino. La mujer que sostenía las riendas llevaba un abrigo gris impecable y una expresión que no podía ocultar el miedo.

Celia la reconoció antes de que el vehículo se detuviera.

—Etta.

Etta Crane había compartido con ella una pensión en Omaha durante el invierno posterior a la muerte de su padre. Escribía cartas para la agencia, copiaba nombres y emparejaba mujeres solas con hombres de territorios lejanos. Había jurado que el trabajo era honrado.

Ahora no podía sostener la mirada de Celia.

—Les dije que eras práctica —comenzó—. No sabía que pondrían esa etiqueta en tu equipaje.

—¿Sabías que Harlen pagó para enviarme?

Etta apretó las riendas.

—Dijo que el señor Mercer había solicitado una esposa. Aseguró que necesitaba a alguien sencilla, una mujer que no esperara comodidades.

—Dime el resto.

Boone permaneció detrás de Celia, en silencio, permitiendo que la verdad encontrara su propio camino.

Etta tragó saliva.

—Dijo que una mujer sin familia y sin dinero haría más fácil quebrar el rancho. Pagó la tarifa completa. Si yo me negaba a tramitar el contrato, perdería mi empleo.

—Me escogiste porque mi padre había muerto y no quedaba nadie que hiciera preguntas.

Etta bajó la cabeza.

Aquello dolió más que las risas del andén. Harlen siempre había sido un enemigo. Etta, en cambio, conocía el hambre de Celia. Había visto su bolsa casi vacía y sabía cómo una mujer sola podía sentirse agradecida incluso cuando le ofrecían una trampa.

—Lo siento.

—¿Viniste solo para decirme eso?

Etta sacó un billete de tren de su abrigo.

—Tómalo. Márchate antes del mercado. Harlen piensa humillarte allí delante de todos los compradores.

Celia aceptó el billete.

El rostro de Boone cambió, pero no dijo nada.

Aquel silencio fue la prueba más limpia que podía ofrecerle. No le suplicaría que permaneciera en peligro solo porque empezaba a quererla a su lado.

—Gracias —dijo Celia.

Los hombros de Etta descendieron, aliviados.

Celia dobló el billete y lo guardó en el bolsillo del delantal.

—Pero no he dicho que vaya a usarlo.

Esa noche alguien cortó la cerca norte.

Encontraron el hueco antes del amanecer: el alambre estaba seccionado limpiamente y cientos de huellas descendían hacia el cañón. Jud lanzó una maldición y corrió por su caballo. Boone ya estaba ensillando.

Celia salió del granero con la falda recogida y una cuerda entre las manos.

—Usted se queda —ordenó Boone—. El terreno es peligroso.

—Entonces procure mantener el paso.

Montó con más fuerza de la que Jud esperaba y más inteligencia de la que Boone temía. Cuando el ganado disperso se agrupó cerca de la entrada del cañón, Celia no persiguió al novillo que iba en cabeza. Abrió el recorrido, avanzó despacio y dejó que el animal girara creyendo que la decisión era suya.

Boone vio cómo cambiaba la expresión de Jud.

El respeto entró en el peón como una piedra que atravesara un cristal.

Trabajaron hasta que el sol quedó alto. Recuperaron todo el rebaño menos nueve cabezas. Uno de los terneros marcados con tiza azul cayó sobre el polvo con una pata herida.

Celia desmontó y se arrodilló. Limpió el corte, improvisó un vendaje y habló al animal en voz baja hasta que dejó de temblar.

Boone se acuclilló junto a ella.

—Aún puede marcharse.

—Lo sé.

—Harlen tendrá compradores esperando para reírse.

—Entonces que vean mi rostro mientras lo hacen.

Celia se incorporó. Tenía polvo en una mejilla y la trenza casi deshecha. Parecía lo bastante cansada para caer, pero también lo bastante decidida para avergonzar a cualquiera que esperara verla suplicar.

—Me envió como una carga —dijo—. Si abandono Northstar antes del mercado, eso será lo único que seguiré siendo dentro de esta historia.

Boone observó la cerca reparada y después a la mujer que había cabalgado a su lado antes del amanecer.

—No —respondió—. No en la mía.

Tres días después condujeron el ganado hasta Big Chamber.

Harlen había preparado el escenario.

La junta de compradores esperaba junto a los corrales. De una barandilla de hierro colgaban fichas de bronce, cada una correspondiente a un comerciante dispuesto a pujar. El espacio asignado a Northstar estaba completamente vacío.

La gente se había congregado porque siempre aparece público cuando un hombre poderoso promete destruir a uno que no puede defenderse.

Etta permanecía junto al coche de la agencia, pálida como la harina. El jefe de estación observaba desde la puerta del almacén. Jud y los demás peones sostenían el rebaño detrás de la entrada.

Harlen levantó la letra hipotecaria de Boone.

—Mercer ha traído su rebaño de caridad —anunció—. Y también a la novia que debía enseñarle sentido común. Cualquier comprador que coloque una ficha en esa barandilla tendrá que responder ante mí.

Celia avanzó antes de que Boone pudiera detenerla.

Vestía ropa sencilla de trabajo y aún conservaba tiza azul en dos dedos. No miró a Harlen. Se dirigió directamente a los compradores.

—Les dijeron que estos animales estaban enfermos. Mírenlos ustedes mismos.

Jud abrió la puerta.

Los primeros novillos entraron al corral. No tenían el tamaño del ganado de exhibición que Harlen solía presentar, pero sus ojos estaban limpios y avanzaban con firmeza. Detrás aparecieron los terneros que sus hombres habían llamado “carne para coyotes”, vivos, alerta y suficientemente recuperados para que varios compradores se inclinaran hacia delante.

Uno de ellos dio un paso hacia las fichas.

Luego recordó la amenaza de Harlen y se detuvo.

—Un trabajo bonito en los corrales no paga una deuda —dijo Strake.

—No —respondió Celia—. Las ofertas sí.

Harlen chasqueó los dedos hacia Etta.

—Cuéntales lo que dijo la agencia. Explícales qué clase de mujer enviaron.

Etta miró a Celia. La vergüenza temblaba sobre su rostro, pero la vergüenza por sí sola resultaba barata. Celia esperó para descubrir si aquella mujer estaba dispuesta a pagar algo más que una disculpa.

Etta se apartó del coche.

—Harlen Strake pagó el contrato —declaró con voz suficientemente alta para alcanzar la primera fila—. Nos ordenó enviar a una mujer sola. Alguien que pareciera una carga y debilitara la autoridad del señor Mercer. Dijo que, si conseguía ridiculizarla en la estación, nadie volvería a considerar capaz a Boone de conservar Northstar.

La mujer de la ventanilla bajó los ojos, recordando la etiqueta que había fingido no ver. El jefe de estación abandonó su gesto indiferente.

Harlen avanzó y trató de sujetar a Etta del brazo.

Boone interceptó su muñeca.

No empleó fuerza innecesaria. Solo la suficiente para que todos vieran quién había intentado agarrar primero a una mujer.

—Cuidado —dijo.

Harlen se soltó y golpeó la letra contra la barandilla.

—La deuda vence al atardecer. Con fichas o sin ellas, yo tengo el documento.

Celia volvió a dirigirse a los compradores.

—Entonces presenten sus ofertas antes del atardecer. No les pido lástima por mí ni por Boone Mercer. Pujen porque el ganado que tienen delante vale más de lo que Strake les aseguró. Y recuerden algo: un hombre que miente acerca de una mujer también puede mentir acerca de un rebaño.

Durante un instante nadie se movió.

Después, el anciano señor Givens, comprador para dos puestos del ejército, tomó su ficha del tablero de Harlen y la colgó en la barandilla de Northstar.

El sonido fue pequeño.

Bronce contra hierro.

Pero todos lo oyeron.

Una segunda ficha lo siguió.

Luego una tercera.

—Cualquier hombre que haga eso perderá mis tarifas de invierno —amenazó Harlen.

Givens retiró del tablero la hoja donde figuraban las tarifas de Strake, la dobló y se la guardó en el abrigo.

—Entonces estableceré mis propias tarifas.

Jud avanzó con el rostro oscurecido por la ira.

—Y todo hombre que mantenga su ficha junto a Strake debe saber que él ordenó cortar nuestra cerca norte. Vi regresar a uno de sus jinetes con nuestro alambre enrollado sobre la silla.

Dos compradores movieron inmediatamente sus fichas.

Eso fue suficiente.

La barandilla de Northstar comenzó a llenarse.

Harlen contempló el tablero, el ganado y a la mujer a la que había llamado inútil. Por primera vez desde su llegada a la estación, su sonrisa no encontró ningún lugar donde sostenerse.

Las ofertas llegaron con rapidez.

Boone permaneció junto a Celia, pero nunca habló por encima de ella. Cuando se anunció la cantidad final, había dinero suficiente para cancelar la letra del banco, comprar sal y alimento para el invierno y conservar el arrendamiento del potrero que Harlen pretendía arrebatarles.

Celia tomó el documento de manos de Strake.

—Pagado con ganado de Northstar —dijo.

Nadie se rio de sus manos.

Los presentes observaron la tiza azul de sus dedos como si fuera una marca de autoridad.

Tampoco hubo vítores.

El silencio fue mejor.

Era el sonido de muchos hombres comprendiendo que obedecer a Harlen Strake ya no les proporcionaba beneficios.

—Ganado de Mercer —escupió Harlen.

Boone miró a los compradores y luego a Celia.

—Ganado de Northstar —corrigió—. Administrado por Celia Reid, mi socia, si acepta que su nombre aparezca en los libros.

El silencio cambió.

Celia había llegado con una etiqueta atada al equipaje. Ahora todos esperaban saber si aceptaría un lugar que ningún hombre podía colgarle al cuello.

Miró a Boone.

En su rostro había esperanza, pero ninguna exigencia. Deseo, pero también paciencia.

—Socia —respondió.

Los ojos de él se suavizaron.

—Socia primero.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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