“¡Suéltenla!” Dijo el Pistolero Sin Nombre a los Forajidos Más Temidos de Deadwood
El sol descendía sobre las colinas áridas como una moneda de cobre arrojada al fuego. A esa hora, cuando las sombras de los edificios se alargaban hasta tocar el centro de la calle principal, Deadwood parecía menos un pueblo que un lugar olvidado deliberadamente por el resto del mundo. El viento levantaba pequeñas columnas de polvo rojizo, hacía gemir los carteles de madera y golpeaba las ventanas cerradas con un murmullo que llevaba años diciendo lo mismo: aquí cada hombre aprendía pronto a mirar hacia otro lado.

Por eso nadie salió a recibir al jinete.
Apareció desde el oeste sobre un caballo negro cubierto de polvo del camino, avanzando con la tranquilidad de quien no tenía una cita pendiente ni un hogar al cual regresar antes de que oscureciera. Vestía un poncho gastado sobre una camisa gris, botas marcadas por muchos kilómetros y un sombrero de ala ancha que escondía parcialmente unos ojos difíciles de leer. La barba de varios días y una cicatriz fina en el cuello sugerían historias que él no parecía interesado en contar.
Nadie conocía su nombre.
Años después, algunos jurarían que se llamaba Walker. Otros aseguraban haber oído a un comerciante llamarlo Mason en Wyoming. José Ramírez, dueño del viejo Marta Saloon, insistiría hasta el último día de su vida en que aquel hombre nunca dio nombre alguno.
En Deadwood terminaron llamándolo simplemente el Drifter.
El Vagabundo.
El hombre que llegaba y se marchaba.
Detuvo el caballo junto al abrevadero situado frente a la herrería. El animal hundió el hocico en el agua turbia mientras el Drifter se quitaba un guante y observaba alrededor.
Lo primero que notó no fueron las armas.
Fue el silencio.
Un pueblo con dos cantinas, una herrería, tres tiendas, un hotel y más de trescientas personas debería haber tenido ruido a aquella hora. Caballos. Carros. Niños corriendo. Hombres discutiendo por el precio del grano. Mujeres llamando a sus familias para cenar.
Pero Deadwood parecía contener la respiración.
Un hombre anciano que barría frente a la farmacia vio al desconocido y bajó inmediatamente los ojos.
Dos mineros que hablaban junto al hotel dejaron de conversar.
Una mujer cerró las cortinas.
El Drifter había conocido esa clase de silencio antes.
No era tranquilidad.
Era miedo organizado.
Y en lugares como aquel, el miedo siempre tenía dueño.
En Deadwood el dueño se llamaba Víctor Crow.
Crow había llegado casi cuatro años atrás acompañado por seis hombres. Al principio aseguró que solo era un empresario interesado en comprar participaciones de pequeñas minas. Después abrió una casa de apuestas. Más tarde compró la cantina más grande. Cuando algunos propietarios se negaron a vender, aparecieron deudas que nadie recordaba haber firmado. Cuando protestaron, hubo accidentes.
A los dos años controlaba prácticamente toda la actividad minera alrededor del pueblo.
Al tercero, controlaba también al banco.
Y antes de terminar el cuarto, incluso los hombres encargados de hacer cumplir la ley habían aprendido a pedir permiso antes de respirar demasiado fuerte.
A los hombres de Crow los llamaban los Black Vultures, los Buitres Negros.
Eran alrededor de veinte.
No llevaban uniforme, pero no hacía falta. Chaquetas oscuras, pañuelos negros y una confianza insolente bastaban para reconocerlos.
Se sentaban donde querían.
Bebían sin pagar.
Cobraban impuestos que no existían.
Decidían quién podía transportar mineral por los caminos.
El que discutía demasiado encontraba sus ventanas rotas o su caballo desaparecido a la mañana siguiente.
El Drifter había terminado de mirar la calle cuando escuchó un grito.
No fue fuerte.
Precisamente por eso le llamó la atención.
Parecía el sonido de alguien que llevaba demasiado tiempo aprendiendo a no pedir ayuda.
Venía de la pequeña plaza situada frente al hotel.
El Drifter se volvió.
Tres hombres rodeaban a una joven de unos veinticinco años. Estaba en el suelo, apoyada sobre una rodilla, con el cabello negro cubriéndole parte del rostro y un vestido azul manchado por el polvo. Uno de aquellos hombres, enorme, de cara redonda y chaleco de cuero, sostenía entre los dedos un papel arrugado.
La joven se llamaba Yana Morales.
Su padre había trabajado durante diecisiete años en una de las minas de plata situadas al norte de Deadwood. Cuando murió en un derrumbe seis meses atrás, Crow afirmó que el hombre le debía dinero por herramientas, alimentos y alquiler de vivienda.
La deuda era falsa.
Todos lo sabían.
Pero saber algo y demostrarlo eran dos cosas diferentes en Deadwood.
—Te lo voy a explicar por última vez —dijo el hombre del chaleco.
Se llamaba Bull Harris.
Era uno de los hombres de confianza de Crow.
Yana levantó la cabeza.
—Mi padre no debía ese dinero.
Bull sonrió.
—Tu padre ya no está aquí para discutirlo.
Uno de sus compañeros soltó una carcajada.
—Quizá la muchacha pueda pagar trabajando para nosotros.
Algunas personas observaban desde los porches.
Nadie intervenía.
No porque fueran cobardes.
Aquello era lo que el Drifter comprendería después.
Muchos habían intentado intervenir anteriormente.
Algunos ya no estaban allí para intentarlo una segunda vez.
Bull agarró a Yana del brazo y trató de obligarla a levantarse.
—Tienes hasta esta noche para entregar la escritura de la casa.
—Esa casa era de mi madre.
—Ahora pertenece a Crow.
—No.
Bull perdió la sonrisa.
Levantó una mano.
No llegó a bajarla.
—Suéltenla.
La voz surgió desde el otro lado de la plaza.
No fue un grito.
No hizo falta.
Bull se quedó inmóvil.
Los otros dos hombres giraron lentamente.
El desconocido estaba junto al abrevadero, con una mano apoyada sobre el cinturón y la otra colgando relajada junto al cuerpo.
Bull miró alrededor, como si esperara que aquello fuera una broma.
—¿Me hablas a mí?
—Estoy hablando con los tres.
Un minero junto al hotel retrocedió hacia la pared.
José, observando desde la puerta de su saloon, murmuró una oración.
Bull soltó a Yana.
No porque obedeciera.
Porque necesitaba ambas manos libres.
—Forastero —dijo—, parece que no sabes dónde estás.
El Drifter miró a Yana.
—¿Puede levantarse?
Ella asintió débilmente.
Bull dio un paso hacia él.
—Te estoy hablando.
El Drifter volvió los ojos hacia Bull.
—Yo también.
—Esta mujer tiene una deuda.
—Entonces habla con ella como un hombre.
Uno de los Buitres escupió al suelo.
—¿Y si no queremos?
El Drifter tardó un segundo en responder.
—Entonces vamos a tener un problema.
Aquella frase se extendió por la plaza como una chispa sobre hierba seca.
Bull rio.
Primero él.
Después sus compañeros.
Pero nadie más.
—Mira eso —dijo Bull—. Tenemos un héroe.
—No.
—¿No?
—Solo quiero beber café y darle agua a mi caballo.
Bull abrió los brazos.
—Pues hazlo.
El Drifter señaló a Yana con la barbilla.
—Después de que la dejen ir.
La sonrisa de Bull desapareció.
Su mano bajó lentamente hacia la funda.
Algunas ventanas se cerraron.
José permaneció en la puerta.
Yana contuvo la respiración.
El Drifter no se movió.
Bull sacó el arma.
Todo ocurrió demasiado rápido para que la gente recordara después el orden exacto.
Hubo un estampido.
Bull perdió el revólver antes de poder apuntar.
El segundo hombre intentó intervenir y otro disparo levantó polvo junto a sus botas, obligándolo a detenerse.
El tercero retrocedió.
El Drifter ya tenía el Colt en la mano.
Nadie habló durante varios segundos.
Bull miraba su arma caída en el suelo.
Después miró al forastero.
Por primera vez no parecía enojado.
Parecía confundido.
Como un hombre que acababa de descubrir que el mundo todavía contenía cosas capaces de sorprenderlo.
—Recojan sus armas —dijo el Drifter—. Y váyanse.
Bull respiraba con dificultad.
—Crow va a saber esto.
—Supongo que sí.
—No entiendes.
El Drifter enfundó lentamente el Colt.
—Entiendo bastante bien.
Los tres se marcharon.
Nadie en la plaza celebró.
Eso sorprendió al Drifter más que cualquier otra cosa.
La gente no parecía aliviada.
Parecía aterrorizada.
Yana logró ponerse de pie, pero sus piernas temblaron. José salió del saloon y corrió hacia ella.
—Muchacha, ven conmigo.
La sostuvo por los hombros.
Después miró al Drifter.
—Usted también.
—Solo necesito café.
—Ahora necesita algo más importante.
—¿Qué?
José observó la calle.
—Necesita saber lo que acaba de hacer.
El Marta Saloon era un edificio viejo con una barra de madera oscura, cinco mesas y un espejo detrás de las botellas que llevaba tantos años roto que nadie recordaba cuándo había dejado de reflejar una imagen completa.
José cerró la puerta.
Una mujer llamada Clara llevó a Yana a una habitación del piso superior.
El Drifter se sentó junto a una ventana.
José sirvió café.
—No debería haberlos dejado ir —dijo.
El Drifter levantó una ceja.
—Pensé que iba a decir lo contrario.
—No los conoce.
—Tampoco ellos me conocen a mí.
José se sentó frente a él.
Tendría unos sesenta años. Cabello blanco, bigote grueso y manos endurecidas por toda una vida de trabajo.
—Víctor Crow no perdona que alguien lo contradiga delante de la gente.
—Eso suena como un problema de Víctor Crow.
José negó lentamente con la cabeza.
—Ahora también es problema de todos nosotros.
El Drifter bebió café.
—Explíqueme.
José lo hizo.
Le habló de las minas.
De las amenazas.
De los comerciantes obligados a pagar.
Del banco.
Del juez territorial que había desaparecido después de iniciar una investigación.
De familias que habían abandonado Deadwood durante la noche dejando casas, animales y años de trabajo.
Cuando terminó, el café estaba frío.
—¿Y el sheriff?
José miró hacia la ventana.
—Elías Boone.
—¿Está comprado?
—No.
—¿Entonces?
José dudó.
—Pregúntele usted mismo.
No tuvo oportunidad de hacerlo inmediatamente.
Afuera se escucharon caballos.
Muchos.
El Drifter dejó la taza.
José cerró los ojos.
—Ya llegó.
Víctor Crow apareció acompañado por siete hombres.
Era más alto de lo que el Drifter esperaba. Delgado, vestido completamente de negro pese al calor, con un bigote oscuro perfectamente recortado y una chaqueta demasiado elegante para un pueblo cubierto de polvo.
Caminó hasta el centro de la calle.
No levantó la voz.
—Forastero.
El Drifter salió.
Yana observaba desde una ventana del segundo piso.
Crow estudió al recién llegado durante unos segundos.
—Me han dicho que has tenido un desacuerdo con tres de mis empleados.
—Ellos tuvieron un desacuerdo conmigo.
Crow sonrió.
—También dicen que eres rápido.
—La gente exagera.
—Me gusta esa respuesta.
Durante unos instantes, Crow pareció incluso cordial.
Eso lo hacía más peligroso.
—Podríamos evitar problemas —dijo—. Tú sigues tu camino mañana temprano. Yo olvido lo ocurrido.
—¿Y la muchacha?
Crow miró hacia la ventana.
—Eso no te concierne.
—Entonces tenemos un problema.
La sonrisa desapareció.
Alrededor de ellos el pueblo permanecía inmóvil.
Crow se acercó hasta quedar a pocos pasos.
—Escúchame con cuidado. Nadie llega a mi pueblo y me dice cómo administrar mis asuntos.
El Drifter observó alrededor.
—Curioso.
—¿Qué cosa?
—Pensé que el pueblo se llamaba Deadwood.
Alguien contuvo una risa.
Crow volvió la cabeza.
No pudo identificar quién había sido.
Cuando miró otra vez al Drifter, su expresión había cambiado.
—A las cinco —dijo.
—¿Qué pasa a las cinco?
—Tú y yo resolvemos esto.
—No tengo ningún asunto pendiente contigo.
Crow se acercó todavía más.
—Ahora sí.
El Drifter sostuvo su mirada.
—Muy bien.
Crow sonrió.
—Si no apareces, empezaré por ese saloon. Después continuaré con las casas.
José palideció.
El Drifter dejó de parecer indiferente.
—No amenace a gente que no está involucrada.
—Todos están involucrados.
Crow retrocedió.
—Cinco en punto.
Montó su caballo y se alejó seguido por sus hombres.
Durante varios segundos nadie se movió.
Después el pueblo entero pareció recuperar el aire de golpe.
El Drifter regresó al saloon.
José lo miró como si acabara de aceptar una cita con la muerte.
—¿Por qué dijo que sí?
—Porque iba a venir aunque dijera que no.
Desde la escalera se escuchó una voz.
—Tiene razón.
Yana había bajado.
Llevaba una manta sobre los hombros.
Su rostro estaba cansado, pero sus ojos permanecían firmes.
—Crow nunca retrocede cuando cree que alguien lo ha humillado.
El Drifter la observó.
—Debería descansar.
—Debería marcharse.
—Quizá.
—No quizá.
Yana avanzó hasta quedar frente a él.
—Usted no nos debe nada.
—No dije que les debiera.
—Entonces váyase.
El Drifter miró hacia la calle.
—He visto demasiados pueblos como este.
—¿Y?
—Siempre empieza igual.
Yana esperó.
—Un hombre descubre que los demás tienen miedo. Después descubre que puede cobrar por ese miedo. Al final todos terminan pensando que es más poderoso de lo que realmente es.
—Crow tiene veinte hombres.
—Sigue siendo un hombre.
Yana lo estudió.
—¿Quién es usted?
El Drifter sonrió apenas.
—Alguien que quería café.
Salió antes de que pudiera preguntarle algo más.
La oficina del sheriff estaba a una calle.
Elías Boone estaba sentado detrás de un escritorio lleno de papeles cuando el desconocido entró.
Tendría cincuenta y tantos años, bigote gris, camisa blanca gastada y unos ojos que parecían haber dormido demasiado poco durante demasiado tiempo.
Al ver al Drifter se levantó.
—Usted.
—Yo.
—¿Es cierto que desafió a Crow?
—Creo que fue al revés.
Boone golpeó el escritorio con ambas manos.
—¿Sabe lo que ha hecho?
—Eso me preguntan mucho hoy.
—Este pueblo podría pagar las consecuencias.
—Ya las está pagando.
Boone abrió la boca.
Después la cerró.
Aquella respuesta le había dolido.
El Drifter se sentó sin pedir permiso.
—José dice que usted no trabaja para Crow.
—José habla demasiado.
—¿Es mentira?
Boone miró hacia la puerta.
La cerró con llave.
Después regresó al escritorio.
—¿Qué quiere?
—Saber por qué el sheriff de este pueblo permite todo esto.
Boone apretó la mandíbula.
—Váyase.
—No.
—No sabe nada de mí.
—Por eso vine.
Durante varios segundos, los dos hombres permanecieron en silencio.
Finalmente Boone abrió un cajón.
Sacó un cuaderno grueso.
Lo dejó sobre la mesa.
—Dos años —dijo.
El Drifter lo abrió.
Había fechas.
Nombres.
Cantidades.
Descripciones.
Robos.
Incendios.
Propiedades arrebatadas.
Testimonios.
Nombres de miembros de los Black Vultures.
Era el registro meticuloso de un hombre que no había dejado de hacer su trabajo, aunque nadie supiera que lo estaba haciendo.
—¿Por qué no lo envió a las autoridades territoriales?
Boone se sentó.
De repente parecía diez años más viejo.
—Porque tienen a mi hijo.
El Drifter dejó de pasar páginas.
—¿Qué edad?
—Catorce.
—¿Desde cuándo?
—Tres semanas.
La habitación quedó en silencio.
—Se llama Thomas —continuó Boone—. Salió temprano para pescar. Nunca volvió. Esa noche recibí esto.
Sacó un trozo de papel.
“UN PASO FUERA DE LÍNEA Y NO VOLVERÁS A VERLO.”
El Drifter leyó la frase.
—¿Sabe dónde está?
—Creo que en alguna de las minas abandonadas.
—¿Cuál?
—Hay nueve.
Boone se cubrió el rostro.
—He buscado cuando puedo. De noche. Solo. Pero Crow vigila todos los caminos.
El Drifter cerró el cuaderno.
—¿Por qué sigue usando la estrella?
Boone lo miró.
La pregunta pareció ofenderlo.
Después comprendió que no era un insulto.
—Porque si me la quito, gana completamente.
El Drifter asintió.
—Entonces no se la quite.
Boone frunció el ceño.
—¿Qué piensa hacer?
—Primero, sobrevivir a las cinco.
—Son muchos.
—Lo sé.
—Crow no pelea limpio.
El Drifter se levantó.
—Sheriff, nadie que gobierna a través del miedo pelea limpio.
Llegó a la puerta.
Boone habló detrás de él.
—Forastero.
Se volvió.
—Si ocurre algo…
El sheriff no terminó.
No hacía falta.
El Drifter miró el cuaderno.
—Guárdelo bien.
—Lo hago.
—Esta noche quizá podamos empezar a usarlo.
Cuando regresó al saloon faltaban menos de dos horas.
Yana estaba sentada junto a la ventana.
José preparaba frijoles en la cocina.
El Drifter tomó un plato y comió lentamente.
Yana lo observaba.
—¿No está nervioso?
—Sí.
Ella arqueó una ceja.
—No lo parece.
—Eso no significa nada.
—Los hombres de Crow estarán esperando que tenga miedo.
—Precisamente.
Yana miró sus manos.
—Mi padre decía algo parecido.
—¿Qué decía?
—Que el miedo era como un caballo joven. Si fingías que no existía, terminaba tirándote. Si aprendías a sujetarlo, podía llevarte muy lejos.
El Drifter sonrió ligeramente.
—Su padre parecía inteligente.
—Lo era.
La expresión de ella cambió.
—Murió porque Crow obligó a los mineros a trabajar una galería que no era segura.
El Drifter levantó la vista.
Yana continuó.
—Mi padre se negó. Dijo que necesitaban reforzar las vigas. Crow amenazó con despedirlos a todos. Entraron.
—Y la mina cedió.
Ella asintió.
—Murieron cuatro.
El Drifter dejó el tenedor.
—¿Está eso en el cuaderno de Boone?
Yana lo miró sorprendida.
—¿Qué cuaderno?
Él no respondió.
Pero algo había cambiado.
Hasta entonces aquello había sido un encuentro casual.
Un pueblo.
Una mujer.
Un hombre peligroso.
Ahora empezaba a parecer una historia demasiado familiar.
Y el Drifter odiaba las historias familiares.
A las cuatro y veinte salió al porche.
Deadwood se había vaciado.
Las puertas estaban cerradas.
Los caballos habían sido llevados a los establos.
Incluso el viento parecía haberse detenido.
José salió detrás de él.
—Puede marcharse por la puerta trasera.
—Lo sé.
—Hay un sendero hacia el sur.
—También lo sé.
—Entonces úselo.
El Drifter miró al viejo.
—¿Usted lo usaría?
José tardó en responder.
—Tengo sesenta y tres años. Enterré a mi esposa aquí. Mis hijos nacieron aquí. Si me voy, Crow también se queda con todo eso.
—Entonces ya entiende por qué no me voy.
José negó con la cabeza.
—No. Todavía no entiendo por qué a usted le importa.
El Drifter miró hacia el horizonte.
—Quizá algún día se lo explique.
—¿Habrá otro día?
—Eso espero.
A las cuatro y media aparecieron los Black Vultures.
Seis hombres acompañaban a Crow.
Los mejores.
Los que él utilizaba cuando necesitaba convertir un ejemplo en una advertencia.
Se distribuyeron por la calle principal.
Dos junto al hotel.
Uno detrás del abrevadero.
Tres cerca del banco.
Crow permaneció en el centro.
Boone observaba desde su oficina.
Yana desde el segundo piso del saloon.
José detrás de la barra.
El Drifter revisó el tambor de su Colt.
Una vez.
Nada más.
Yana bajó las escaleras.
—Espere.
Él la miró.
Ella llevaba una pequeña medalla entre los dedos.
—Era de mi padre.
—Guárdela.
—Quiero que la lleve.
—No.
—¿Por qué?
—Porque voy a regresar.
Yana sostuvo su mirada.
Entonces cerró la mano alrededor de la medalla.
—Más le vale.
El Drifter salió.
Sus botas crujieron sobre la tierra.
Cada paso parecía escucharse en todo Deadwood.
Crow sonrió cuando lo vio.
—Pensé que cambiarías de opinión.
—Yo pensé lo mismo de usted.
—Todavía puedes arrodillarte.
El Drifter se detuvo a unos veinte pasos.
—No vine para eso.
Crow abrió ligeramente la chaqueta, mostrando los dos revólveres.
—¿Sabes cuántos hombres han intentado desafiarme?
—No.
—Doce.
—¿Y todos perdieron?
Crow sonrió.
—Todos.
El Drifter miró los edificios.
—Eso explica por qué nadie lo ha intentado últimamente.
—Exactamente.
—Entonces quizá estén olvidando cómo se hace.
La sonrisa de Crow desapareció.
El reloj del banco comenzó a marcar las cinco.
Una campanada.
Dos.
Tres.
Nadie respiraba.
Cuatro.
Cinco.
Uno de los hombres situado junto al hotel movió la mano antes de tiempo.
El Drifter lo vio.
También Crow.
Pero Crow no intentó detenerlo.
El hombre desenfundó.
El Drifter reaccionó.
El primer disparo hizo volar el arma de la mano del Buitre.
El segundo impacto dio contra el poste situado junto a otro hombre, obligándolo a cubrirse.
Entonces la calle estalló en ruido.
No fue un duelo elegante.
Nunca lo son.
Hubo humo.
Madera astillada.
Caballos asustados dentro de los establos.
Gritos desde los edificios.
El Drifter se lanzó detrás del abrevadero mientras varios disparos golpeaban el suelo.
Respondió desde una posición baja.
Uno de los hombres de Crow cayó y no volvió a levantarse.
Otro perdió el rifle y se refugió detrás de unos barriles.
Crow gritaba órdenes.
—¡Rodéenlo!
El Drifter escuchó pasos a su izquierda.
Se movió antes de ver al hombre.
Un disparo.
Después otro.
El Buitre cayó detrás de una carreta.
El Drifter corrió hacia el porche de la tienda de grano.
Una bala rozó su hombro.
Sintió el calor inmediato atravesarle la camisa.
No se detuvo.
Desde la ventana del saloon, Yana se llevó una mano a la boca.
—Está herido —susurró.
José la sujetó del brazo.
—Quédate aquí.
—Necesita ayuda.
—Si sales, tendrá que preocuparse también por ti.
Eso la detuvo.
Afuera, Crow comenzaba a comprender algo que ninguno de sus hombres había previsto.
El desconocido no luchaba por orgullo.
No intentaba impresionar.
No se quedaba inmóvil esperando un duelo justo.
Se movía.
Calculaba.
Utilizaba cada esquina, cada columna y cada sombra.
Era un hombre que había aprendido hacía mucho tiempo que sobrevivir importaba más que parecer valiente.
Otro Buitre apareció desde el callejón.
El Drifter disparó hacia una caja situada junto a él.
La madera explotó en astillas.
El hombre retrocedió.
Eso fue suficiente.
Boone salió de su oficina con el rifle en las manos.
—¡Bajen las armas!
Uno de los hombres de Crow apuntó hacia él.
Antes de que pudiera disparar, José abrió la puerta del saloon con una vieja escopeta.
—¡Ni se te ocurra!
Por primera vez en años, alguien de Deadwood había levantado un arma contra los Black Vultures.
Y entonces ocurrió algo más importante.
El herrero salió.
Después un minero.
Después el dueño de la farmacia.
Después otros dos hombres.
No dispararon.
No fue necesario.
Simplemente se colocaron en los porches con las armas en las manos.
Crow miró alrededor.
El miedo seguía allí.
Pero estaba cambiando de dirección.
—¡Cobardes! —gritó—. ¡Vuelvan a sus casas!
Nadie obedeció.
El Drifter apareció entre el humo.
Quedaban dos hombres junto a Crow.
Uno miró al pueblo.
Miró a su jefe.
Después dejó caer el rifle.
—Yo no pienso morir por ti.
Crow se volvió furioso.
—¡Levántalo!
El hombre retrocedió.
El otro hizo lo mismo.
De repente, Víctor Crow estaba solo.
No completamente solo.
Todavía tenía hombres dispersos por las minas.
Todavía tenía dinero.
Todavía tenía influencias.
Pero allí, en aquella calle, por primera vez en cuatro años, estaba solo.
El Drifter avanzó.
Crow sacó un revólver.
—No des un paso más.
El Drifter continuó.
—Te lo advierto.
—Déjalo caer.
—Este es mi pueblo.
—No.
Crow apretó los dientes.
—Todo lo que ves me pertenece.
—Eso es lo que llevas años diciéndoles.
—¡Me pertenece!
—Entonces pregúntales.
Crow miró alrededor.
Nadie bajó el arma.
Nadie bajó los ojos.
Y aquello fue peor para él que cualquier disparo.
Porque Víctor Crow comprendió que acababa de perder lo único que realmente lo había mantenido en el poder.
La certeza colectiva de que nadie podía enfrentarlo.
Levantó el revólver.
El Drifter fue más rápido.
Un estampido.
El arma de Crow cayó al polvo.
Él retrocedió sujetándose la mano.
El Drifter apuntó.
—Se terminó.
Crow jadeaba.
—Mátame.
—No.
La respuesta pareció sorprenderlo.
—¿Qué?
—Vas a vivir.
Boone avanzó desde su oficina.
El Drifter continuó.
—Vas a sentarte frente a un juez. Vas a escuchar cada nombre del cuaderno del sheriff. Y cada familia tendrá oportunidad de hablar.
Crow palideció.
Por primera vez, la cárcel parecía asustarlo más que una bala.
—No tienen nada contra mí.
Boone levantó el cuaderno.
—Tenemos dos años.
Crow lo miró.
Entonces comprendió.
—Tú.
Boone tragó saliva.
—Sí.
Crow comenzó a reír.
Una risa seca y desagradable.
—¿Crees que esto termina conmigo encerrado?
Nadie respondió.
—Mis hombres todavía tienen las minas.
El rostro de Boone cambió.
Crow lo vio.
Sonrió.
—Y tú tienes algo allí arriba que quieres recuperar, ¿verdad, sheriff?
Boone avanzó.
El Drifter lo detuvo.
—¿Dónde está Thomas?
Crow sonrió todavía más.
—Quizá vivo.
Boone apretó los puños.
—Dime dónde.
—Quizá no.
—Víctor.
—Ahora quieres negociar.
El Drifter se acercó.
—Escúcheme, Crow.
El hombre levantó la vista.
—Puede usar lo que sabe como la única cosa útil que haga desde que llegó a este pueblo.
Crow soltó una carcajada.
—¿Y qué gano?
—La oportunidad de que el sheriff no olvide que lleva una estrella.
Boone entendió.
Retrocedió.
Crow dejó de sonreír.
A veces, la amenaza más efectiva es simplemente recordarle a un hombre que la ley todavía existe.
—Mina Mercer —dijo finalmente—. Galería norte.
Boone corrió hacia los caballos.
El Drifter se volvió hacia José.
—Necesito cinco hombres.
El herrero levantó la mano.
Después dos mineros.
Después otros tres.
En menos de diez minutos partieron hacia las colinas.
Crow quedó encerrado en la pequeña cárcel mientras José, armado con la escopeta, vigilaba la puerta.
Yana insistió en acompañarlos.
El Drifter negó.
—No.
—Conozco la mina Mercer.
—Precisamente por eso sabe que es peligrosa.
—Mi padre trabajó allí ocho años.
El sheriff la miró.
—Puede ayudarnos.
El Drifter no parecía convencido.
Yana sostuvo su mirada.
—Usted dijo que regresaría.
—Eso dije.
—Entonces deje de intentar decidir por todos.
Por primera vez aquella tarde, el Drifter soltó una risa breve.
—Suba al caballo.
Llegaron a la mina cuando el cielo comenzaba a oscurecer.
El lugar llevaba años abandonado. Vigas torcidas rodeaban la entrada y una vieja torre de extracción se inclinaba sobre el barranco.
Boone desmontó antes de que su caballo se detuviera por completo.
—¡Thomas!
Nada.
—¡Thomas!
Solo el eco.
Yana encontró huellas.
—Alguien ha estado aquí.
Entraron con lámparas.
El aire olía a piedra húmeda y madera vieja.
Avanzaron por una galería.
Después otra.
Encontraron latas.
Una manta.
Cuerda.
Boone comenzó a respirar más rápido.
—Thomas.
El Drifter levantó una mano.
Todos se detuvieron.
Algo sonó.
Muy débil.
Un golpe.
Después otro.
Venía del fondo.
Boone corrió.
—¡Thomas!
—¡Papá!
La voz era apenas un susurro.
El sheriff perdió toda compostura.
Siguió el sonido hasta una pequeña cámara cerrada con tablones.
Los hombres los arrancaron.
Dentro encontraron al muchacho.
Estaba extremadamente débil, deshidratado y cubierto de polvo, pero vivo.
Boone cayó de rodillas.
—Dios mío.
Thomas abrió los ojos.
—Sabía que vendrías.
El sheriff abrazó a su hijo con tanto cuidado como si fuera de cristal.
Nadie dijo nada.
El Drifter miró hacia otro lado.
Yana lo observó.
Durante un segundo vio algo diferente en su rostro.
No dureza.
Dolor.
Muy antiguo.
Antes de que pudiera preguntarle, escucharon caballos afuera.
Los hombres de Crow.
Cinco.
Quizá seis.
El Drifter apagó su lámpara.
—Todos atrás.
Uno de los mineros susurró:
—Estamos atrapados.
—No.
El Drifter señaló una galería lateral.
Yana negó.
—Esa termina en un pozo viejo.
—¿Está segura?
—Mi padre me trajo cuando era niña.
El Drifter miró las paredes.
—¿Hay ventilación?
Ella entendió.
—Sí. Hay otra salida detrás del risco.
—Lleve a Boone y al muchacho.
—¿Y usted?
—Voy a convencerlos de que seguimos aquí.
—No.
—Yana.
—No pienso dejarlo.
—No se lo estoy pidiendo.
Ella lo miró con rabia.
—Eso es exactamente lo que está haciendo.
Los cascos se acercaban.
El Drifter bajó la voz.
—Su padre murió porque alguien obligó a otros a entrar donde no era seguro. No voy a repetir la historia.
Aquello la silenció.
—Váyase.
Yana sostuvo su mirada durante un segundo más.
Después asintió.
Los demás desaparecieron por la galería.
El Drifter quedó solo.
Los hombres de Crow entraron.
—Sabemos que estás ahí, forastero.
Él no respondió.
Escuchó los pasos.
Esperó.
Después lanzó una piedra hacia otra galería.
Los hombres siguieron el ruido.
El Drifter salió por el lado contrario.
No intentó enfrentarlos uno por uno.
No hacía falta.
Derribó una lámpara junto a unas cajas vacías y el fuego iluminó repentinamente la cámara.
Los hombres se desorientaron.
Él aprovechó para correr hacia la galería lateral.
Minutos después salió al aire libre detrás del risco.
Yana lo esperaba.
—Le dije que se fuera.
—Y yo decidí no obedecer.
Él miró alrededor.
—¿Boone?
—Ya lleva a Thomas al pueblo.
—Bien.
Yana respiró aliviada.
—Ahora podemos irnos.
El Drifter miró hacia la entrada principal de la mina.
Los hombres de Crow comenzaban a salir.
—Ahora sí.
Cabalgaban de regreso cuando escucharon disparos a lo lejos.
No hacia ellos.
Desde Deadwood.
El Drifter aceleró.
Cuando llegaron, descubrieron que dos Black Vultures habían intentado liberar a Crow.
José y los vecinos los habían detenido.
Uno había escapado.
El otro estaba desarmado junto a la cárcel.
Aquello confirmó lo evidente.
La batalla de la tarde no había terminado con el problema.
Solo había cambiado el equilibrio.
Esa noche nadie durmió.
Pero por primera vez, tampoco nadie se escondió.
Los hombres se organizaron por turnos.
Las mujeres llevaron comida y vendas.
La herrería permaneció encendida reparando viejas armas.
Boone se quedó junto a Thomas hasta que el muchacho consiguió beber caldo y agua.
Después salió al porche.
El Drifter estaba sentado frente al saloon, mientras Yana limpiaba la herida de su hombro.
—Tengo que agradecerle —dijo Boone.
—Todavía no.
—Mi hijo está vivo.
—Entonces agradézcale a ella.
Miró a Yana.
—Encontró el camino.
Boone se quitó el sombrero.
—Gracias.
Yana sonrió.
—Su hijo habría hecho lo mismo por cualquiera.
Boone se sentó.
—Crow tenía razón en una cosa.
—¿Cuál? —preguntó José.
—Quedan hombres.
El Drifter miró las colinas.
—¿Cuántos?
—Quizá doce.
José dejó escapar el aire.
—Vendrán.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes del amanecer —dijo el Drifter.
Nadie habló.
Entonces el herrero, Samuel Reed, apoyó una mano enorme sobre la mesa.
—Pues que vengan.
José lo miró.
Samuel continuó.
—He pasado tres años cerrando la boca. Mi hermano perdió su mina por culpa de Crow. Mi esposa tiene miedo cada vez que nuestros hijos salen de casa. Si esta noche vuelvo a esconderme, mañana seguiré siendo el mismo hombre.
Otra voz habló desde la puerta.
Era Clara.
—Y nosotros seguiremos siendo el mismo pueblo.
Poco a poco, otros comenzaron a asentir.
Boone miró al Drifter.
—¿Qué recomienda?
—No defender la calle.
—¿Por qué?
—Eso esperan.
Sacó un pequeño mapa.
Durante la siguiente hora organizaron posiciones.
No era un ejército.
Eran comerciantes.
Mineros.
Granjeros.
Hombres que llevaban años intentando sobrevivir sin llamar la atención.
Pero conocían cada calle, cada tejado y cada establo.
Y ahora tenían algo que los hombres de Crow habían perdido.
Una razón para permanecer juntos.
Poco antes de medianoche, un jinete salió hacia el sur con una copia de las notas de Boone.
Su destino era la oficina federal de Rapid City.
Si llegaba, las autoridades tendrían finalmente pruebas suficientes.
Crow lo sabía.
Desde la celda, escuchaba los preparativos.
—No servirá —dijo cuando el Drifter pasó frente a él.
El Drifter se detuvo.
—¿Qué?
—Todo esto.
—Puede ser.
—Mis hombres van a destruir este pueblo.
—Puede ser.
Crow frunció el ceño.
—¿No tienes miedo?
—Claro.
—No lo parece.
—Ese error lo ha metido en muchos problemas.
Crow se acercó a los barrotes.
—¿Quién eres?
El Drifter lo miró.
—Ya me preguntó eso.
—Nadie dispara así sin haber aprendido en alguna parte.
Silencio.
—Ejército —dijo Crow—. ¿Caballería?
El Drifter no respondió.
Crow sonrió.
—Tal vez cazador de recompensas.
Nada.
—Quizá eres peor que yo.
Aquello hizo que el Drifter se detuviera.
Se acercó a la celda.
—La diferencia entre nosotros, Crow, no está en lo que sabemos hacer.
—¿Entonces?
—Está en lo que decidimos no hacer.
Y siguió caminando.
Yana había escuchado desde el saloon.
—¿Era soldado?
El Drifter se sentó.
—Hace mucho.
—¿Dónde?
—En lugares que no extraño.
Ella respetó el silencio.
Después le entregó una taza de café.
—¿Tiene familia?
Esta vez tardó más en responder.
—Tuve.
Yana bajó los ojos.
—Lo siento.
—Fue hace años.
—Los años no siempre arreglan las cosas.
Él la miró.
—No.
Durante unos minutos permanecieron juntos sin hablar.
Luego Yana preguntó:
—¿Por qué viaja solo?
—Porque es más fácil.
—Eso tampoco significa que sea mejor.
El Drifter sonrió.
—Habla mucho.
—Alguien tiene que hacerlo.
A las tres de la madrugada llegaron los primeros exploradores de los Black Vultures.
Vieron la calle vacía.
Pensaron que el pueblo dormía.
Entraron.
Nadie disparó.
Eso los puso nerviosos.
Avanzaron hasta la plaza.
Una lámpara se encendió en la ventana del banco.
Después otra en la herrería.
Después otra en el hotel.
Los hombres comprendieron demasiado tarde que estaban rodeados.
Boone apareció.
—Dejen las armas.
Uno de ellos miró alrededor.
—¿O qué?
Samuel Reed salió detrás de un barril.
José desde el saloon.
Otros vecinos aparecieron.
El Drifter permanecía en el techo de la tienda.
—O van a descubrir —dijo Boone— que Deadwood ya no trabaja para Víctor Crow.
Los hombres dejaron las armas.
La noticia de que dos Buitres se habían rendido sin combate recorrió el pueblo como electricidad.
Algo que durante años había parecido imposible estaba sucediendo.
El poder de Crow se deshacía no porque todos sus hombres hubieran desaparecido, sino porque su reputación ya no bastaba.
Al amanecer llegaron otros seis.
Pero para entonces algunos habían oído lo ocurrido.
Dos abandonaron el grupo antes de entrar.
Otro levantó las manos.
Solo tres intentaron resistirse.
El enfrentamiento fue breve.
Cuando el sol apareció detrás de las colinas, Deadwood seguía en pie.
Y la mayoría de sus habitantes estaba en la calle.
Crow observaba desde su celda.
Por primera vez comprendía la magnitud de su derrota.
No había sido vencido únicamente por un forastero.
Lo había vencido un pueblo que había recordado que era un pueblo.
Tres días después se escucharon cascos desde el sur.
Esta vez nadie se escondió.
Agentes federales entraron en Deadwood acompañados por un fiscal territorial.
Boone salió a recibirlos con la estrella sobre el pecho.
Entregó el cuaderno.
Entregó las declaraciones.
Entregó documentos del banco que José y otros comerciantes habían encontrado.
Y finalmente entregó a Víctor Crow.
El jefe de los Black Vultures salió de la cárcel con las manos sujetas y la mirada llena de odio.
Al pasar junto al Drifter, se detuvo.
—Crees que ganaste.
El Drifter negó.
—No era mi pelea.
Crow miró al pueblo.
—Entonces, ¿de quién?
El Drifter señaló a Boone.
Después a José.
A Yana.
A los mineros.
A todos.
—De ellos.
Los agentes se llevaron a Crow.
Durante los días siguientes registraron las minas y los campamentos.
Encontraron armas robadas, documentos falsificados y mercancía perteneciente a comerciantes desaparecidos.
Varios miembros de los Black Vultures fueron arrestados.
Otros huyeron y nunca regresaron.
Por primera vez en cuatro años, las caravanas atravesaron Deadwood sin pagar un impuesto inventado.
Los comerciantes abrieron las puertas.
Los niños regresaron a la calle.
El sonido del martillo de Samuel volvió a escucharse desde el amanecer.
La ciudad no se transformó en un paraíso.
Seguía siendo pobre.
Seguía cubierta de polvo.
Las minas seguían siendo peligrosas.
Había cuentas pendientes, casas dañadas y familias que nunca recuperarían todo lo perdido.
Pero el silencio era diferente.
Ya no era el silencio de gente esperando que algo terrible sucediera.
Era simplemente paz.
Yana recuperó la casa de su padre.
En los papeles de Crow encontraron pruebas de que la supuesta deuda nunca había existido.
También apareció un informe sobre el derrumbe donde su padre murió.
El documento confirmaba lo que ella había dicho durante meses.
Los ingenieros habían advertido que aquella galería necesitaba refuerzo.
Crow ordenó continuar.
Cuando Boone le entregó el informe, Yana lo sostuvo durante mucho tiempo.
—¿Esto cambia algo? —preguntó.
El sheriff parecía no saber qué responder.
Ella miró el nombre de su padre.
—No lo trae de vuelta.
—No.
—Pero ahora nadie podrá decir que fue culpa suya.
Boone asintió.
Yana cerró el documento.
—Eso importa.
El Drifter la observaba desde el porche.
Ella se acercó.
—Gracias.
—Yo no encontré ese papel.
—No estaría aquí si usted no hubiera llegado.
—Probablemente alguien habría hecho algo tarde o temprano.
Yana sonrió.
—Tal vez.
—Seguro.
—Usted es terrible aceptando agradecimientos.
—Nunca he practicado.
—Se nota.
Durante los siguientes días, Deadwood comenzó a reconstruirse.
Boone volvió a patrullar las calles.
Thomas mejoró lentamente.
José dejó de cobrar el café al Drifter, lo que provocó varias discusiones porque el forastero insistía en pagar.
Samuel reparó el abrevadero.
Las mujeres organizaron comida para las familias que habían perdido ingresos durante el cierre temporal de las minas.
Una mañana alguien volvió a pintar el letrero de la escuela.
Eran cosas pequeñas.
Pero las ciudades no se recuperan con discursos.
Se recuperan con cosas pequeñas.
Una ventana reparada.
Un negocio abierto.
Un niño caminando sin miedo.
Una puerta que ya no necesita permanecer cerrada.
La cuarta mañana, el Drifter ensilló su caballo.
José lo encontró antes del amanecer.
—Sabía que haría esto.
—¿Qué cosa?
—Irse sin despedirse.
—Todavía estoy aquí.
—Porque lo descubrí.
El Drifter ajustó una correa.
José cruzó los brazos.
—Podría quedarse.
—No.
—Necesitamos hombres como usted.
—No.
José lo estudió.
—¿Por qué siempre responde así?
El Drifter miró las calles.
—Porque si un pueblo necesita siempre a un hombre como yo, entonces todavía no es libre.
José quedó pensativo.
Después sonrió.
—Eso ha sonado bastante inteligente para alguien que solo quería café.
—El café ayuda.
Boone apareció acompañado por Thomas.
El muchacho todavía estaba delgado, pero podía caminar.
—Quería despedirse —dijo el sheriff.
Thomas miró al Drifter con admiración.
—¿De verdad derribó a seis hombres usted solo?
Boone frunció el ceño.
—Thomas.
El Drifter sonrió.
—Las historias crecen rápido.
—Samuel dice que fueron siete.
—Mañana serán diez.
El muchacho rio.
—Quiero aprender a disparar así.
El Drifter negó.
—Aprenda primero cuándo no disparar.
Thomas se quedó serio.
El Drifter continuó.
—Cualquiera puede aprender a sacar un arma. Lo difícil es saber cuándo guardarla.
Boone miró al forastero con gratitud.
—Voy a intentar enseñarle eso.
—Entonces hará un buen trabajo.
Boone extendió la mano.
—No sé cómo pagarle.
El Drifter la estrechó.
—Cuide el cuaderno.
—Ahora estará en el tribunal.
—Empiece otro.
Boone sonrió.
—¿Para qué?
—Siempre habrá alguien que crea que nadie está mirando.
El sheriff asintió.
—Lo haré.
Yana llegó la última.
Llevaba una bolsa pequeña.
—¿Se marcha?
—Sí.
—¿Cuándo pensaba decírmelo?
—Ahora.
—Mentiroso.
El Drifter levantó una ceja.
—José dice que intentaba irse sin despedirse.
—José habla demasiado.
Desde el saloon, el viejo gritó:
—¡Te escuché!
Yana rio.
Era la primera vez que el Drifter la escuchaba reír de verdad.
No como alguien intentando demostrar que estaba bien.
Simplemente reír.
Ella miró el caballo.
—¿Hacia dónde va?
—Oeste.
—Eso no es un lugar.
—Precisamente.
Yana permaneció en silencio.
Después levantó la bolsa.
—Entonces necesitará comida.
El Drifter la tomó.
—Gracias.
Ella no se movió.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Voy con usted.
Él parpadeó.
—No.
—Ya esperaba esa respuesta.
—Tiene una casa.
—Sí.
—Una vida.
—También.
—Entonces quédese.
Yana miró las calles de Deadwood.
—Toda mi vida pensé que mi lugar estaba donde había nacido. Después descubrí que un lugar puede ser tuyo y aun así no ser el lugar donde quieres quedarte.
—El camino no es fácil.
—Deadwood tampoco lo fue.
—No sabe nada de mí.
—Sé suficiente.
El Drifter negó.
—Eso es exactamente lo que debería preocuparle.
Yana sonrió.
—Entonces tendré tiempo para descubrir lo demás.
José apareció llevando un segundo caballo.
—Ya está ensillado.
El Drifter lo miró.
—¿Usted sabía?
—Desde ayer.
—Habla demasiado.
—Eso dicen.
Yana tomó las riendas.
El Drifter no discutió más.
Quizá porque comprendió que no serviría.
Quizá porque una parte de él, muy escondida, estaba cansada de marcharse siempre solo.
Montaron cuando el sol comenzaba a aparecer.
El pueblo se reunió frente al saloon.
No hubo discursos.
Nadie necesitaba uno.
José le entregó al Drifter una botella de mezcal.
—Para cuando el café no alcance.
Boone levantó el sombrero.
Thomas hizo lo mismo.
Samuel estrechó la mano de Yana.
Clara la abrazó.
Después comenzaron a avanzar.
Al llegar al extremo de Deadwood, Yana volvió la cabeza.
Vio la casa de su padre.
La chimenea de la herrería.
La oficina del sheriff.
El letrero del saloon.
Durante años había mirado aquellas cosas y pensado que la atrapaban.
Ahora comprendía que podía quererlas sin pertenecerles.
El Drifter notó que miraba atrás.
—¿Quiere quedarse?
Yana negó.
—Solo quería recordar cómo se ve un lugar cuando deja de dar miedo.
Continuaron.
Las colinas se abrieron frente a ellos.
El viento levantó polvo alrededor de los caballos.
Durante varios kilómetros no hablaron.
Finalmente Yana preguntó:
—¿De verdad nunca me dirá su nombre?
—Probablemente no.
—Entonces tendré que inventarle uno.
—Eso suena peligroso.
—¿Qué tal Sebastián?
—No.
—Alejandro.
—Peor.
—Miguel.
—Siga cabalgando.
Yana rio.
—¿A dónde vamos?
El Drifter miró el horizonte.
No había edificios.
No había caminos claros.
Solo tierra, cielo y una línea distante donde ambos parecían tocarse.
—A ningún lugar en particular.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Yana acomodó el sombrero.
—Entonces será suficiente.
Cabalgó a su lado.
No detrás.
A su lado.
El Drifter la miró durante un instante.
Después continuaron hacia el oeste.
Detrás de ellos, Deadwood comenzó una nueva mañana.
Boone abrió su oficina.
José levantó las persianas del saloon.
Samuel volvió a golpear hierro.
Thomas se sentó frente a la puerta de su casa con una taza de leche caliente.
Y las personas caminaron por la calle principal sin bajar los ojos cuando se cruzaban.
Durante años, los viajeros que pasaban por la región escucharon versiones distintas de aquella historia.
Algunos decían que el pistolero sin nombre había acabado solo con toda una banda.
Otros aseguraban que era un antiguo soldado.
Hubo quienes afirmaron que había sido alguacil en Texas.
Algunos incluso decían que era un fugitivo intentando reparar errores de su pasado.
José nunca confirmó ninguna versión.
Cuando alguien preguntaba quién había salvado Deadwood, el viejo servía un vaso, miraba hacia la calle y respondía siempre lo mismo:
—Se equivoca de pregunta.
Entonces señalaba las tiendas.
La herrería.
La oficina del sheriff.
Las casas.
—El forastero solo recordó a esta gente que todavía podía levantarse.
Y quizá esa era la verdad.
Porque Víctor Crow había construido su poder con una mentira sencilla: que cada persona estaba sola.
El minero solo.
El comerciante solo.
El sheriff solo.
Yana sola.
José solo.
Durante años todos habían creído esa mentira.
Hasta que un desconocido entró al pueblo, escuchó a una mujer pedir que la dejaran en paz y pronunció dos palabras que nadie esperaba escuchar.
“Suéltenla.”
Aquellas palabras no cambiaron Deadwood por sí solas.
Pero hicieron algo más importante.
Le recordaron a una ciudad entera que todavía era posible decir no.
Y una vez que alguien lo dijo primero, otros descubrieron que podían repetirlo.
Esa fue la derrota verdadera de Víctor Crow.
No perder un duelo.
No terminar frente a un juez.
No ver desaparecer su banda.
Su derrota ocurrió en el instante exacto en que los habitantes de Deadwood dejaron de creer que él era inevitable.
Años después, cuando el viento golpeaba los porches durante las noches largas y algún viajero pedía escuchar una historia antes de seguir camino, los viejos hablaban del hombre del caballo negro.
Decían que llegó cubierto de polvo.
Que nunca pidió recompensa.
Que rechazó quedarse.
Que una joven mexicana llamada Yana Morales partió con él hacia el oeste.
Nadie sabía con certeza qué ocurrió después.
Algunos aseguraban haberlos visto meses más tarde en Colorado.
Otros decían que una pareja con descripciones similares ayudó a una pequeña comunidad minera cerca de Nevada.
Un comerciante juró que los vio cruzando Arizona durante una tormenta.
Quizá eran ellos.
Quizá no.
Las leyendas tienen esa costumbre.
Empiezan con personas.
Después el tiempo elimina los detalles que considera innecesarios.
Los nombres desaparecen.
Las fechas se confunden.
Las cantidades crecen.
Los disparos se multiplican.
Lo único que permanece es aquello que la gente necesitaba recordar.
En Deadwood recordaron a un extraño que llegó cuando todos habían aprendido a vivir con miedo.
Recordaron a una mujer que se negó a entregar la casa de su padre.
Recordaron a un sheriff que escribió durante dos años pruebas que algún día esperaba poder utilizar.
Recordaron a un viejo cantinero que abrió su puerta cuando era más fácil cerrarla.
Recordaron a un herrero que decidió salir de su taller.
Recordaron a un pueblo que, por una tarde, dejó de esperar que alguien viniera a salvarlo y decidió levantarse.
Y mientras el desierto borraba lentamente las huellas de dos caballos que se alejaban hacia el horizonte, Deadwood quedó atrás, pequeño bajo un cielo inmenso.
El mismo viento siguió soplando.
El mismo polvo siguió cubriendo las calles.
Las mismas montañas siguieron proyectando sombras al atardecer.
Pero el silencio había cambiado.
Ya no era el silencio del miedo.
Era el silencio que queda después de una tormenta.
El silencio de las puertas abiertas.
El silencio de quienes, por fin, pueden dormir sin esperar cascos en mitad de la noche.
El silencio de un lugar que vuelve a pertenecerse a sí mismo.
Y muy lejos de allí, mientras la luz de la mañana convertía el desierto en una extensión dorada, Yana cabalgó junto al hombre cuyo nombre todavía desconocía.
—¿Sabe una cosa? —dijo.
—¿Qué?
—Creo que nunca va a dejar de meterse en problemas.
El Drifter sonrió.
—Yo pensaba que los problemas me encontraban a mí.
—Claro.
—Es verdad.
—Entonces tengo otra pregunta.
—Dígame.
—Cuando encontremos el próximo pueblo lleno de problemas, ¿también va a decir que solo quería café?
El Drifter pensó durante un segundo.
—Depende.
—¿De qué?
—De si tienen buen café.
Yana soltó una carcajada que se perdió en el viento.
Los caballos continuaron avanzando.
Dos figuras pequeñas bajo un cielo sin final.
Detrás quedaba una ciudad que volvía a respirar.
Delante no había promesas.
Ni destino.
Ni mapa.
Solo camino.
Y para dos personas que habían pasado demasiado tiempo viviendo entre fantasmas, aquello era más que suficiente.