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Vendida a un viejo montañés, pero su amor cambió la historia del Oeste

Cincuenta dólares, un rifle Henry maltrecho y una mula de carga medio ciega.

Eso era lo que Caleb decía necesitar para salir del problema en el que se había metido, y eso era lo que un hombre silencioso llamado Harlon estaba dispuesto a entregar.

Pero Sadi comprendió, sentada sobre un barril de cerdo salado en el puesto comercial de Fort Laramie, que aquella negociación no hablaba realmente de dinero.

Hablaba de ella.

Wyoming, 1878.

El invierno aún no había llegado por completo, pero noviembre ya había convertido el viento en una hoja de cuchillo. Entraba por cada grieta de las paredes de troncos del puesto comercial y hacía temblar las lámparas de aceite que colgaban del techo. El lugar olía a lana mojada, cuero viejo, café recalentado, tabaco y cansancio. Hombres cubiertos de polvo hablaban junto al mostrador. Un trampero dormía con el sombrero sobre el rostro. Afuera, los caballos resoplaban pequeñas nubes blancas que desaparecían inmediatamente.

Sadi tenía veintidós años.

Su vestido de percal había sido remendado tantas veces que ya no recordaba cuál era la tela original. Llevaba las manos escondidas bajo las axilas para conservar algo de calor y los pies le dolían dentro de unas botas demasiado finas.

A su lado estaba Caleb, su hermano mayor.

No la miraba.

Eso era lo peor.

—Necesito setenta —murmuró él.

El hombre que estaba frente a ellos no respondió enseguida.

Sadi había oído hablar de Harlon antes de verlo. Los hombres del fuerte decían que vivía tan arriba en las montañas que la nieve olvidaba derretirse alrededor de su cabaña. Decían que había pasado inviernos enteros sin bajar al valle. Que sabía seguir el rastro de un alce sobre roca, encontrar agua bajo hielo y dormir durante una tormenta sin apagar el fuego. Algunos lo llamaban ermitaño. Otros, simplemente, loco.

Era alto, aunque no de la forma elegante de los oficiales jóvenes que aparecían ocasionalmente en Fort Laramie. Harlon parecía construido para resistir peso. Hombros anchos, espalda ligeramente encorvada por años cargando leña y pieles, una barba espesa atravesada por gris y una cicatriz que descendía desde la sien izquierda hasta perderse bajo el pelo de la mandíbula.

Sus ojos eran azul pálido.

No parecían amables.

Tampoco crueles.

Parecían ojos acostumbrados a mirar tormentas hasta descubrir por dónde terminarían rompiéndose.

—Cincuenta —dijo finalmente.

Caleb tragó saliva.

—Setenta.

Harlon señaló el rifle que llevaba colgado del hombro.

—Cincuenta, el Henry y la mula que está afuera.

Caleb miró la bolsa de cuero en la mano de Harlon.

Sadi conocía aquella mirada.

La misma que utilizaba cuando evaluaba cartas sobre una mesa de juego.

No estaba pensando en ella como hermana.

Estaba calculando.

—Trato hecho.

El mundo no cambió de sonido.

Nadie en el puesto comercial se quedó en silencio.

Ninguna campana sonó para anunciar que una línea acababa de romperse dentro de una muchacha.

La bolsa pasó de una mano a otra.

La plata tintineó.

Caleb se la metió bajo el abrigo.

Sadi continuó sentada.

Esperó que él dijera algo.

Lo que fuera.

Una disculpa.

Una promesa de volver.

Incluso una mentira habría demostrado que le quedaba suficiente vergüenza para fingir.

Caleb caminó hasta la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

Sadi levantó los ojos.

Su hermano no giró.

—Te irá mejor con él.

Y desapareció en el viento.

Aquella frase fue la despedida.

Sadi no lloró.

Había aprendido hacía años que las lágrimas no modificaban las decisiones de los hombres. Solo hacían que algunos se sintieran poderosos y que otros se incomodaran.

Se quedó inmóvil mientras Harlon guardaba silencio.

Pensó que él le ordenaría levantarse.

Que la agarraría del brazo.

Que le recordaría que había pagado.

En cambio, el hombre miró su vestido.

Después la puerta.

Después otra vez a ella.

—¿Tienes abrigo?

Sadi parpadeó.

—No.

Harlon abrió una de sus alforjas.

Sacó una manta gruesa de lana gris.

Se la entregó.

—Envuélvete.

Tenemos que subir antes de que oscurezca.

Sadi no la tomó de inmediato.

—¿Eso es todo?

Harlon frunció ligeramente el ceño.

—¿Todo qué?

—Lo que vas a decirme.

Él pareció pensar.

—El camino es malo después del primer cañón.

La yegua que montarás conoce mejor la montaña que tú.

Déjala elegir dónde pisa.

No tires de las riendas cuando se detenga.

Probablemente esté viendo algo que tú no.

Sadi sostuvo su mirada.

—Me refiero a Caleb.

—Tu hermano tomó una decisión.

Yo no puedo arreglarla aquí.

Aquella respuesta la desarmó más que cualquier discurso.

Harlon no fingía bondad.

No prometía salvarla.

No justificaba a Caleb.

Simplemente parecía reconocer que algo terrible había sucedido y que no podía convertirse en otra cosa solo porque todos fingieran que era normal.

Sadi tomó la manta.

Salieron.

El viaje duró horas.

Primero cruzaron la llanura abierta, donde el viento levantaba polvo congelado y doblaba la hierba seca hasta hacerla parecer agua. Después el terreno comenzó a elevarse. Las colinas negras surgieron frente a ellos como una muralla. Pino oscuro, granito, barrancos y senderos que parecían trazados por animales más que por personas.

Sadi montaba una yegua castaña pequeña y robusta.

Harlon iba delante.

Hablaba poco.

A veces levantaba una mano para indicarle que disminuyera.

O señalaba una placa de hielo.

O desmontaba para revisar una parte del sendero antes de dejarla pasar.

La temperatura cayó con cada hora.

Al final de la tarde empezó a nevar.

No eran copos tranquilos.

Eran partículas pequeñas y duras que golpeaban la cara como arena.

Sadi apretó la manta.

Sus dedos dejaron de sentir las riendas.

El sendero se estrechó junto a un barranco.

Abajo, un río parecía una cinta de metal oscuro.

La yegua avanzaba cuidadosamente.

Sadi concentró toda su atención en no mirar hacia el vacío.

Entonces Harlon se detuvo.

Desmontó.

Regresó caminando.

El miedo llegó de inmediato.

No porque él hubiera hecho algo.

Porque Sadi había aprendido que el momento más peligroso siempre era cuando un hombre decidía que nadie estaba mirando.

Allí no había nadie.

Solo nieve.

Roca.

Bosque.

Cincuenta millas de soledad.

Harlon se acercó.

Miró sus manos.

—No puedes cerrar los dedos.

Sadi intentó hacerlo.

No pudo.

Él se quitó el enorme abrigo de piel de búfalo.

Debajo llevaba una camisa gruesa de lana.

El viento golpeó su cuerpo.

Harlon puso el abrigo sobre los hombros de Sadi.

Pesaba casi tanto como una manta mojada, pero el interior conservaba su calor.

Sadi sintió que el frío retrocedía.

—Te vas a congelar.

—No.

—Hace demasiado frío.

—Estoy acostumbrado.

—Eso no convierte el frío en menos frío.

Harlon la miró.

Por primera vez apareció algo parecido a humor en sus ojos.

—Tienes razón.

Sigue siendo frío.

Volvió a su caballo.

—Queda una hora.

Sadi hundió la cara en el cuello del abrigo.

Olía a humo de pino, cuero y montaña.

Continuó detrás de él.

Aquella fue la primera vez en su vida que un hombre había aceptado estar más incómodo para que ella estuviera menos.

No sabía qué hacer con esa información.

La cabaña apareció al final del día.

Parecía crecer directamente desde la montaña.

Troncos de pino gruesos, barro seco rellenando las grietas, techo inclinado y una chimenea que expulsaba una línea de humo.

Sadi desmontó.

Sus piernas cedieron.

Harlon la sostuvo por el codo.

No la levantó como si fuera una niña.

Solo mantuvo firme su cuerpo hasta que recuperó equilibrio.

—Adentro.

Ella abrió la puerta.

Esperaba suciedad.

Botellas.

Ropa tirada.

Cualquier cosa parecida a las cabañas de hombres solteros que había visto en otros lugares.

Encontró orden.

Una mesa.

Dos bancos.

Una cama grande cubierta con pieles limpias.

Un catre estrecho junto a la pared.

Hierbas secas colgando de las vigas.

Leña perfectamente apilada.

Sartenes de hierro.

Una caja de herramientas.

Un pequeño estante con café, harina, sal y frijoles.

Todo tenía un sitio.

Nada parecía abundante.

Pero nada parecía desperdiciado.

Harlon encendió el fuego.

Puso agua a calentar.

Cortó cerdo salado.

Preparó frijoles.

Le entregó un plato.

Sadi comió demasiado rápido.

Él no comentó.

Cuando terminó, el viento ya golpeaba la cabaña.

Sadi miró la cama.

Luego a Harlon.

La vieja sensación de peligro regresó.

El supuesto acuerdo de Caleb seguía existiendo en su cabeza aunque Harlon todavía no lo hubiera mencionado.

Sadi se puso de pie.

—¿Qué esperas de mí?

Harlon estaba limpiando un cuchillo.

—Que mantengas el fuego si no estoy.

—¿Nada más?

Él levantó los ojos.

—Cocinar ayuda.

Sé hacer comida suficiente para no morir, pero no diría que es buena.

Puedes coser si sabes.

La ropa dura más.

—Me refiero a mí.

Harlon dejó el cuchillo.

Comprendió.

Su expresión cambió.

No con deseo.

Con algo cercano al cansancio.

—Sadi, tu hermano pudo ponerle el nombre que quisiera a lo que hizo.

Eso no lo convierte en verdad.

Ella no se movió.

Harlon señaló la cama.

—Tú duermes ahí.

Yo duermo en el catre.

—¿Por qué?

—Porque esa cama es más cálida y tú todavía no sabes cuánto frío hace a las tres de la mañana.

—Pagaste.

Harlon la miró directamente.

—Pagué a un hombre desesperado para que dejara de negociar contigo como si fueras una deuda.

Puede que haya sido una manera estúpida de resolverlo.

Pero no compré una persona.

Sadi sintió que la garganta se cerraba.

—Entonces ¿qué soy aquí?

Harlon tardó unos segundos.

—Alguien que necesita sobrevivir al invierno.

Igual que yo.

Aquella noche, Sadi durmió bajo las pieles.

Harlon se acostó completamente vestido en el catre junto a la puerta.

No la tocó.

No hizo preguntas.

No intentó saber demasiado rápido quién era.

Y eso, de manera extraña, la mantuvo despierta durante horas.

Porque la seguridad también puede dar miedo cuando nunca se ha conocido.

No sabes cuándo terminará.

Durante diciembre, la montaña cerró el paso hacia el valle.

La nieve alcanzó las ventanas.

El mundo quedó reducido a la cabaña, el establo pequeño, el bosque y los senderos que Harlon conocía incluso cuando desaparecían bajo la tormenta.

La rutina se convirtió en una forma de cordura.

Sadi se levantaba antes del amanecer.

Reavivaba el fuego.

Aprendió a hacer pan con masa madre.

Secaba carne.

Remendaba ropa.

Limpiaba.

Clasificaba hierbas.

Harlon salía a revisar trampas, buscar leña, cazar y abrir un agujero en el hielo del arroyo.

Volvía cada tarde.

Siempre antes de oscurecer.

Y si creía que tardaría, se lo decía.

—Dos horas.

—Regreso antes de que baje el sol.

—Voy al barranco oeste.

Aquellas frases sencillas eran nuevas para Sadi.

Personas que decían dónde iban.

Personas que regresaban cuando prometían.

Harlon no era amable en el sentido común de la palabra.

No sabía conversar para llenar silencios.

No hacía cumplidos.

Pero nunca levantaba la voz sin razón.

Nunca descargaba un mal día sobre ella.

Si rompía algo, lo reparaba.

Si cometía un error, lo reconocía.

Una mañana quemó el café.

Lo probó.

Hizo una mueca.

—Lo arruiné.

Sadi se rio.

Fue una risa pequeña, involuntaria.

Harlon la miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Te estás riendo.

—No.

—Lo estabas haciendo.

Sadi escondió la sonrisa.

—Quizá.

Harlon vertió el café fuera.

—Haz el siguiente.

Esa fue probablemente la primera conversación verdaderamente cómoda entre ellos.

En enero llegó una ventisca que duró tres días.

No podían salir.

Harlon tallaba madera junto al fuego.

Sadi reparaba una correa.

Tenía los nudillos agrietados.

Él dejó una pequeña lata frente a ella.

—Úsala.

—¿Qué es?

—Grasa, cera y milenrama.

—Huele horrible.

—Tus dedos tampoco olerán bien si se infectan.

Sadi sonrió.

Se aplicó el ungüento.

El alivio fue casi inmediato.

Observó a Harlon.

—¿Por qué me llevaste contigo?

El cuchillo dejó de moverse.

Harlon miró el fuego.

Sadi pensó que no respondería.

Finalmente habló.

—Hace tres inviernos me rompí la pierna.

Solo.

A dos millas de aquí.

Tuve que arrastrarme de vuelta.

Cuando llegué, el fuego estaba apagado.

Pasé varios días casi sin poder moverme.

Sobreviví.

Pero entendí que algún día no tendría tanta suerte.

—Entonces querías ayuda.

—Sí.

—¿Y fuiste a buscar una esposa?

Harlon hizo una mueca.

—No sé buscar esposas.

—Eso puedo creerlo.

Él casi sonrió.

—Fui a Fort Laramie buscando a alguien dispuesto a trabajar por una temporada.

Encontré a Caleb tratando de convencer a hombres de que podían llevarte por una deuda.

Sadi miró las llamas.

—Y tú aceptaste.

—Acepté sacarte de allí.

No sabía si querrías quedarte.

Tampoco sabía si intentarías clavarme un cuchillo la primera noche.

Sadi rio.

—Lo pensé.

—Me parecía probable.

—¿Por qué yo?

Harlon bajó la vista hacia la pieza de madera.

—Porque estabas sentada en ese barril mirando a todos como si ya hubieras decidido que nadie volvería a verte suplicar.

Pensé que una persona así podía mantener un fuego encendido.

La respuesta no era romántica.

Por eso resultó importante.

Harlon volvió a tallar.

Después lanzó la pieza hacia ella.

Sadi la atrapó.

Era un peine de madera.

Sencillo.

Perfectamente pulido.

—Tu pelo se enreda —dijo.

Sadi pasó un dedo por los dientes del peine.

—Gracias.

Harlon miró el fuego.

—De nada.

En febrero comenzó a enseñarle cosas.

No porque Sadi se lo pidiera una vez.

Porque ella insistió.

Rastros.

Nudos.

Cómo leer el cielo.

Cómo distinguir nieve segura de una costra que podía ceder.

Cómo colocar el peso sobre unas raquetas.

Y finalmente, cómo manejar el rifle Henry.

Sadi nunca olvidó la primera vez que Harlon se lo entregó.

Pesaba mucho más de lo que imaginaba.

—No lo trates como si fuera una extensión de tu orgullo —dijo él—. Es una herramienta.

Si puedes evitar usarla, mejor.

—¿Y si no puedo?

—Entonces debes saber exactamente qué estás haciendo.

Harlon le enseñó seguridad antes que puntería.

Nunca apuntar a algo que no estuviera dispuesta a dañar.

Saber qué existía detrás del objetivo.

Mantener el dedo fuera del gatillo.

Descargar el arma antes de limpiarla.

Sadi practicaba contra troncos y latas viejas.

Era mala al principio.

Muy mala.

El retroceso la hacía perder postura.

Fallaba por varios pies.

Harlon no se burlaba.

Solo decía:

—Otra vez.

Un mes después podía acertar de forma consistente.

—Ya está —dijo un día.

Sadi bajó el rifle.

—¿Eso significa que soy buena?

—Significa que ahora sabes cuánto te falta por aprender.

—Eres horrible dando cumplidos.

—No era un cumplido.

Ella rio.

Harlon también.

Fue apenas un sonido grave.

Pero estaba ahí.

La primera prueba real de Sadi no fue una pelea.

Fue una noche en la que los animales del pequeño establo comenzaron a agitarse.

Algo se movía fuera.

Harlon tomó la lámpara y salió.

Sadi agarró el rifle, pero recordó su instrucción y permaneció dentro hasta escuchar su voz.

—¡Luz!

Ella abrió la puerta y levantó la lámpara.

Un puma hambriento estaba sobre una roca cerca del corral.

No atacaba todavía.

Solo observaba.

Harlon hizo ruido.

Sadi golpeó una olla contra la puerta.

El animal retrocedió.

Después desapareció hacia los árboles.

Harlon regresó.

—Bien.

—No disparé.

—Exactamente.

Sadi comprendió algo.

Aprender a usar un arma no había sido aprender a buscar una razón para dispararla.

Había sido aprender cuándo no hacerlo.

Marzo suavizó lentamente la montaña.

La nieve empezó a retirarse de las rocas.

Sadi descubrió que debajo del invierno existía otro mundo.

Tierra oscura.

Pasto nuevo.

Agua corriendo.

Aves.

La primera mañana en que pudo salir sin la manta de búfalo, se quedó de pie frente a la cabaña mirando el horizonte.

Habían pasado casi cinco meses.

Fort Laramie parecía otra vida.

Caleb también.

Harlon se acercó.

Llevaba una pequeña bolsa.

La dejó sobre la mesa.

Monedas.

Más de lo que Caleb había recibido.

—¿Qué es?

—Tu parte.

—¿Mi parte de qué?

—Pieles.

Carne.

Trabajo.

Mantenerme vivo.

Sadi lo miró.

—No necesito dinero.

—Todo el mundo necesita dinero.

—¿Para qué?

—El paso está abierto.

Puedes regresar al fuerte.

Ir a Cheyenne.

Tomar una diligencia.

Buscar trabajo.

Comprar una habitación.

Lo que quieras.

El pecho de Sadi se apretó.

—¿Quieres que me vaya?

Harlon miró hacia la ventana.

—Quiero que puedas hacerlo.

La diferencia la dejó sin palabras.

—Tu hermano decidió por ti una vez.

Yo no voy a hacerlo otra vez.

Sadi abrió la bolsa.

Plata.

Suficiente para irse.

Suficiente para empezar.

Por primera vez en su vida, alguien le estaba entregando una salida sin pedir nada a cambio.

Caminó hasta el estante.

Puso la bolsa dentro de una lata vacía de café.

Cerró la tapa.

Harlon la miró.

—¿Qué haces?

—Guardando mi dinero.

—Pensé que…

—Sé lo que pensaste.

Sadi cruzó los brazos.

—No he terminado.

—El invierno terminó.

—La primavera trae más trabajo.

—Sadi.

—¿Qué?

Harlon parecía incómodo.

—La vida aquí arriba es dura.

—Lo sé.

—No habrá ciudad.

Ni tiendas.

Ni gente.

—Eso suena bastante bien.

—Soy mucho mayor que tú.

—También lo había notado.

Harlon apretó la mandíbula.

—No soy bueno con personas.

—Eso es evidente.

—Tengo cicatrices.

—También ojos.

Ya las vi.

Él se quedó sin argumentos.

Sadi dio un paso hacia él.

—Me trajiste aquí pensando que necesitabas a alguien que mantuviera el fuego encendido.

Yo me quedo porque descubrí que también necesito un lugar donde ese fuego sea mío.

No tuyo.

Mío también.

Harlon la miró durante mucho tiempo.

—Eso significa que te quedas porque quieres.

—Sí.

—No porque me debas algo.

—No te debo mi vida.

—Bien.

Sadi señaló el catre.

—Y vas a dejar de dormir ahí.

Harlon miró hacia la cama.

Después a ella.

—Eso es otra conversación.

—Entonces la tendremos.

No aquella noche.

No de inmediato.

Y para Sadi eso también importó.

Nada tenía que suceder por obligación.

Las cosas podían tener tiempo.

Durante abril trabajaron en el deshielo.

Repararon el techo.

Abrieron zanjas alrededor de la cabaña.

Revisaron el cobertizo.

Prepararon una pequeña parcela para verduras.

Sadi encontró semillas guardadas en una caja.

—¿Cuánto tiempo llevan aquí?

—Años.

—¿Por qué nunca plantaste?

Harlon miró la tierra.

—Olvidaba regarlas.

—Eso termina hoy.

El jardín se convirtió en su proyecto.

Harlon fingía no interesarse.

Pero Sadi descubrió que movía piedras del camino para que recibiera más sol.

Una mañana lo encontró construyendo una pequeña cerca alrededor.

—Pensé que no te importaba.

—No quiero que los ciervos se coman tu trabajo.

—Entonces sí te importa.

—Me importa no oírte quejarte durante un mes.

Sadi sonrió.

—Claro.

Una tarde aparecieron tres jinetes.

Fue la primera vez que el mundo exterior llegó hasta ellos desde el invierno.

Harlon estaba todavía lejos, regresando del arroyo.

Sadi escuchó los cascos.

Miró por la ventana.

Los hombres parecían agotados, embarrados y poco confiables.

Uno llamó.

—¡Hola!

Sadi no abrió.

—Buscamos comida y descanso.

Ella habló desde dentro.

—Hay un puesto en el valle.

—Está demasiado lejos.

Uno de ellos se acercó a la puerta.

Sadi levantó el rifle, aunque no apuntó directamente.

—No den otro paso.

El hombre rio.

—¿Estás sola?

—No.

En ese momento Harlon apareció entre los árboles.

No levantó su arma.

Simplemente se acercó.

—Escucharon a la señora.

Los tres jinetes lo evaluaron.

Harlon era mayor.

Cojeaba ligeramente.

Pero había algo en la forma en que se quedaba quieto que hacía difícil confundir calma con debilidad.

—Solo queremos comida —dijo el líder.

Harlon señaló una pequeña bolsa colgada de su silla.

—Les daré carne seca.

Después bajan.

No entran.

Los hombres intercambiaron miradas.

Uno parecía dispuesto a discutir.

El líder decidió mejor.

Tomaron el alimento.

Se marcharon.

Sadi esperó hasta que desaparecieron.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Pensé que habría problemas.

—A veces evitar un problema es la parte más difícil.

Harlon entró.

Vio que ella aún sostenía el Henry.

—Bien.

No apuntaste hasta necesitarlo.

Sadi bajó el arma.

Sus piernas comenzaron a temblar ahora que todo había terminado.

Harlon lo notó.

Puso café.

No dijo que no tenía motivos para estar asustada.

No le dijo que fuera fuerte.

Solo se sentó cerca.

—El cuerpo espera a que pase el peligro antes de recordar que tiene miedo.

Sadi miró sus manos.

—Odio eso.

—Yo también.

—¿Todavía te pasa?

Harlon la miró.

—Siempre.

Aquella respuesta fue extrañamente tranquilizadora.

El valor no significaba no sentir miedo.

Significaba poder actuar sin dejar que el miedo tomara todas las decisiones.

En mayo el paso quedó completamente abierto.

Harlon anunció que bajarían a Fort Laramie por suministros.

Sadi sintió frío aunque el día era cálido.

—¿Tengo que ir?

—No.

—Pero tú quieres que vaya.

—Necesitas saber que puedes regresar sin que aquel lugar te posea.

La frase se quedó con ella.

Al día siguiente bajaron juntos.

El fuerte parecía más pequeño.

Los mismos olores.

Las mismas paredes.

El mismo barril donde Sadi había estado sentada.

Pero ella ya no era la mujer que había entrado allí.

Llevaba botas resistentes.

Un abrigo que Harlon había modificado para ajustarlo a su cuerpo.

El cabello recogido con el peine de nogal.

Y caminaba con la seguridad que solo dan meses sobreviviendo a cosas que una vez parecían imposibles.

El comerciante la reconoció.

—Dios mío.

Sadi.

—Buenos días.

El hombre miró a Harlon.

—Pensamos que…

—¿Que había muerto?

Él se puso incómodo.

—Hubo rumores.

Sadi miró alrededor.

—Los rumores suelen ser perezosos.

Compraron harina.

Café.

Sal.

Tela.

Clavos.

Munición.

Sadi pagó una parte con su propio dinero.

El comerciante intentó entregarle el cambio a Harlon.

Sadi extendió la mano.

—Es mío.

El hombre se lo entregó.

Algo pequeño.

Pero importante.

Antes de marcharse preguntó por Caleb.

El comerciante negó con la cabeza.

—Se metió en problemas después de que ustedes se fueron.

Perdió dinero.

Se marchó con dos hombres de mala reputación.

No lo hemos visto desde marzo.

Sadi sintió un vacío.

No dolor.

No alivio.

Solo distancia.

Harlon no dijo nada hasta que estuvieron fuera.

—¿Quieres buscarlo?

Sadi lo miró.

—No.

—Está bien.

—¿Eso es todo?

—Tú decides.

Otra vez.

Siempre volvía a lo mismo.

Tú decides.

La frase empezó a convertirse en una parte de ella.

Durante el verano, la relación entre Sadi y Harlon cambió.

No ocurrió una sola noche.

No hubo un instante perfecto.

Fue acumulación.

La manera en que él guardaba para ella la parte menos quemada del pan.

La forma en que Sadi reparaba una camisa antes de que Harlon descubriera el agujero.

El hecho de que él aprendiera a preguntar:

—¿Quieres venir?

En lugar de asumir.

Y que ella pudiera responder:

—No hoy.

Sin que eso se convirtiera en conflicto.

A finales de junio Harlon construyó un pequeño porche.

—¿Para qué?

—Te gusta sentarte afuera.

—También puedo hacerlo sobre una piedra.

—Las piedras son incómodas.

—Has pasado veinte años sentado en ellas.

—Exactamente.

Ya tengo experiencia suficiente para saberlo.

Sadi se rio.

Pasaban las tardes allí.

A veces hablaban.

A veces no.

Sadi empezó a contar cosas que nunca había dicho.

Su padre.

La muerte de su madre.

Los años viviendo con Caleb.

Las deudas.

Los cambios constantes de casa.

La forma en que había aprendido a reconocer el humor de su hermano por cómo cerraba una puerta.

Harlon escuchaba.

No intentaba explicarle por qué las cosas habían ocurrido.

No buscaba perdonar a Caleb en su nombre.

Simplemente escuchaba.

Una noche Sadi preguntó:

—¿Tú nunca tuviste familia?

Harlon miró las montañas.

—Sí.

—¿Qué pasó?

—La fiebre.

Muchos años atrás.

Sadi esperó.

Él continuó.

—Mi esposa y nuestro hijo.

En una semana.

Después me marché hacia arriba.

—¿Para estar solo?

—Al principio porque no podía soportar una casa donde todo me recordaba lo que faltaba.

Después se convirtió en costumbre.

Sadi apoyó la espalda contra la pared.

—Entonces los dos llegamos aquí huyendo.

Harlon consideró aquello.

—Tal vez.

—Solo que tú tuviste veinte años para practicar.

—Soy mejor que tú.

—En huir.

—En varias cosas.

Sadi sonrió.

Aquella noche, cuando entraron, Harlon se dirigió automáticamente hacia el catre.

Sadi habló.

—Ya no hace frío junto a esa pared.

—No.

—Y aun así sigues ahí.

Harlon se detuvo.

—Es costumbre.

—Las costumbres pueden cambiar.

Él la miró.

Sadi sintió el corazón demasiado rápido.

No tenía miedo de él.

Tenía miedo de sí misma.

De querer algo.

De pedirlo.

—La cama es grande —dijo.

Harlon quedó inmóvil.

—Sadi.

—No estoy diciendo nada que no quiera decir.

Él respiró.

—No quiero que confundas gratitud con…

—No lo hago.

—Ni seguridad con…

—Tampoco.

Sadi dio un paso.

—Lo que siento es mío.

No de Caleb.

No tuyo.

Mío.

Y si mañana cambio de opinión, también será mío.

Harlon la observó como si aquella fuera la frase más importante que alguien hubiera pronunciado en su cabaña.

Después asintió.

—Entonces mañana podrás cambiarla.

—Sí.

No hubo prisa.

No hubo nada que demostrar.

Cuando finalmente se acercaron, Harlon levantó una mano hacia su rostro y se detuvo antes de tocarla.

Sadi cerró la distancia.

Fue ella quien apoyó la mejilla en su palma.

La mano enorme, cubierta de cicatrices, temblaba.

Sadi descubrió que Harlon podía enfrentarse a una tormenta sin pestañear y, sin embargo, estaba aterrorizado de tocar a alguien que podía decirle que no.

Aquello hizo que lo quisiera todavía más.

El verano fue corto.

Como todos los veranos de montaña.

Las flores aparecieron con una intensidad casi absurda después de tantos meses de nieve. Lupinos púrpura. Pincel indio. Hierba dulce. El arroyo creció con el deshielo y después volvió a bajar.

Trabajaron juntos.

El lenguaje entre ellos se volvió práctico.

Harlon levantaba una mano y Sadi sabía que necesitaba cuerda.

Sadi miraba el cielo y él entendía que debía cubrir la leña.

Ella aprendió a poner trampas sin dañar animales innecesariamente.

Él aprendió que los frijoles podían cocinarse con otras cosas además de sal.

—Has sobrevivido años comiendo esto —dijo Sadi una noche.

—Sí.

—No sé cómo.

—Soy resistente.

—Tu estómago es resistente.

—Eso cuenta.

En agosto, el caballo de Harlon levantó la cabeza durante una tarde junto al estanque.

Tres jinetes aparecieron entre los sauces.

Sadi reconoció al primero antes de que pudiera prepararse.

Caleb.

Estaba más delgado.

Sucio.

Parecía haber envejecido diez años en menos de uno.

Los otros dos hombres eran desconocidos.

Caleb frenó.

Miró a su hermana.

Después a Harlon.

—Miren nada más.

Sadi se puso de pie.

No levantó el rifle.

Todavía.

—¿Qué quieres?

—Vine por ti.

Harlon avanzó un paso.

Sadi levantó una mano.

—Yo hablo.

Harlon se detuvo.

Caleb sonrió.

—Eso está bien.

Muy bien.

Veo que aprendiste modales de montaña.

—¿Qué quieres?

—Llevarte a casa.

Sadi sintió una risa amarga.

—¿Qué casa?

Caleb perdió la sonrisa.

—Soy tu hermano.

—Eras mi hermano cuando aceptaste dinero para dejarme con un extraño.

—Estaba desesperado.

—Yo también.

La diferencia es que tú decidiste quién pagaría el precio.

Uno de los acompañantes de Caleb se movió inquieto.

—No vinimos a escuchar una conversación familiar.

Harlon habló por primera vez.

—Entonces pueden marcharse.

El hombre tocó el mango de su revólver.

Sadi levantó el Henry.

No apuntó a una persona.

Apuntó al suelo delante de los caballos.

—No.

Todos quedaron quietos.

Sadi miró a Caleb.

—¿Qué les prometiste?

Caleb tragó saliva.

—Nada.

—Mientes peor que antes.

El segundo hombre habló.

—Dijo que el viejo tenía pieles y plata guardada.

Caleb giró.

—Cállate.

Sadi sintió que algo dentro de ella se acomodaba definitivamente.

No había vuelto por arrepentimiento.

Había vuelto porque seguía viéndola como una herramienta.

—Bájate del caballo —dijo.

Caleb no se movió.

—Sadi.

—Bájate.

Harlon seguía cerca, pero no intervenía.

La dejaba tomar la decisión.

Caleb desmontó lentamente.

—Escúchame.

—Te escuché toda mi vida.

Ahora tú me escuchas.

Sadi bajó el rifle ligeramente.

—Yo no te pertenezco.

Nunca te pertenecí.

Lo que hiciste aquel día no fue un acuerdo legítimo. Fue una traición.

Y Harlon no me compró.

Me dio una salida del lugar en el que tú me habías encerrado.

Después me dio otra salida cuando terminó el invierno.

Pude marcharme.

Me quedé.

Esa es la diferencia entre ustedes dos.

Caleb parecía pequeño.

—Soy tu sangre.

Sadi negó.

—La sangre explica de dónde vengo.

No decide adónde voy.

El primer acompañante resopló.

—Ya fue suficiente.

Se movió hacia su revólver.

Harlon levantó la escopeta.

No disparó.

Sadi mantuvo el Henry firme.

—Nadie necesita hacer algo estúpido.

La voz de Harlon era baja.

—Tres hombres llegaron buscando robar.

Pueden marcharse como tres hombres que tomaron una mala decisión.

El segundo jinete observó el arma de Harlon.

Después la de Sadi.

Después a Caleb.

—Esto no vale la pena.

Dio la vuelta a su caballo.

El otro dudó.

Finalmente lo siguió.

Caleb se quedó.

—No puedes hacerme esto.

Sadi casi sonrió ante la ironía.

—¿Hacerte qué?

—Dejarme solo.

—No estás solo.

Tus amigos están yéndose.

Síguelos.

—No tengo dinero.

Sadi pensó en la lata de café en la cabaña.

En la bolsa que Harlon le había dado.

Podía entregarle dinero.

Podía intentar comprar una conciencia para él.

Pero entendió que volvería a ser el mismo ciclo.

—Hay trabajo en Fort Laramie.

—Nadie me contratará.

—Entonces ve a Cheyenne.

—Sadi…

—No voy a darte dinero para reparar una vida que tú sigues destruyendo.

Pero tampoco voy a dejarte sin opciones.

Te daré comida para dos días.

Agua.

Y una carta para el comerciante diciendo que puedes trabajar para devolver lo que debas.

Después el resto será tuyo.

Caleb la miró.

—¿Eso es todo?

—Es más elección de la que tú me diste.

El rostro de él se derrumbó.

Por un segundo, Sadi vio al niño que había sido.

Al hermano que una vez la había llevado sobre los hombros para cruzar un arroyo.

La memoria dolió.

No cambió la decisión.

—Vete, Caleb.

Y no vuelvas buscando tomar algo de mí.

Si algún día vuelves porque realmente has cambiado, hablaremos.

Pero primero tendrás que demostrarlo en otro lugar.

Caleb se marchó.

Sadi permaneció junto al estanque hasta que desapareció.

Harlon se acercó.

—¿Estás bien?

Ella tardó en responder.

—No.

—Está bien.

—Pero lo estaré.

—También.

Harlon no la abrazó inmediatamente.

Esperó.

Sadi fue quien cerró la distancia.

Apoyó la frente contra su pecho.

Él rodeó sus hombros.

—Se acabó —dijo ella.

—Esa parte, sí.

El otoño regresó.

Después el invierno.

La nieve cubrió otra vez la montaña.

Pero aquella segunda temporada no se parecía a la primera.

Sadi ya conocía el sonido de una tormenta antes de que llegara.

Sabía cuánta leña necesitaban.

Cuándo bajar a buscar harina.

Cómo reconocer el hielo inseguro.

La cabaña había cambiado.

Había dos mecedoras.

Más estantes.

Una mesa mejor.

El pequeño jardín estaba cubierto, esperando primavera.

El catre junto a la puerta seguía existiendo.

Ahora servía para apilar mantas.

Una noche Harlon limpiaba el Henry junto al fuego.

Sadi tejía.

La tormenta golpeaba las paredes.

Ella levantó la vista.

—¿Sabes algo?

—Probablemente.

—Cincuenta dólares.

Un rifle viejo.

Una mula medio ciega.

Harlon hizo una mueca.

—No me recuerdes esa negociación.

—Fue terrible.

—Sí.

—La peor manera posible de conocer a alguien.

—También.

Sadi sonrió.

—Y aun así.

Harlon dejó el rifle.

—Y aun así.

Ella se acercó.

Se sentó junto a él.

—¿Te arrepientes?

—De haberle dado dinero a Caleb, sí.

Debí haber buscado al comandante del fuerte.

—Probablemente.

—De haberte llevado a la montaña…

Harlon la miró.

—No.

Sadi apoyó la cabeza en su hombro.

—Yo tampoco.

No porque lo que hizo Caleb estuviera bien.

No lo estaba.

Nunca lo estaría.

Pero una cosa injusta había terminado conduciéndola hacia una decisión que finalmente sí era suya.

Harlon nunca llamó destino a aquello.

Sadi tampoco.

Habían visto demasiadas personas justificar malas elecciones diciendo que todo ocurría por una razón.

No.

Algunas cosas ocurrían porque alguien era egoísta.

Cobarde.

Desesperado.

Cruel.

Lo que importaba era qué hacías después.

Sadi había aprendido esa diferencia.

No romantizaba el día en Fort Laramie.

No lo recordaba como el comienzo de una gran historia de amor.

Lo recordaba como el día en que su hermano la traicionó.

El amor empezó después.

Cuando Harlon le dio una manta sin pedir nada.

Cuando le dejó la cama.

Cuando durmió junto a la puerta.

Cuando le enseñó a cargar un rifle y también cuándo no usarlo.

Cuando puso dinero sobre la mesa y dijo:

No me debes nada.

Cuando aceptó que podía quedarse sin convertir esa decisión en una deuda.

Y sobre todo cuando, una y otra vez, preguntó en lugar de ordenar.

¿Quieres?

¿Vienes?

¿Te quedas?

¿Estás bien?

Preguntas pequeñas.

Pero para Sadi eran la forma más pura de respeto que había conocido.

A la primavera siguiente bajaron juntos al valle.

No porque necesitaran escapar del invierno.

Porque Sadi quería comprar semillas.

En Fort Laramie, el comerciante la observó entrar con Harlon.

—Señora…

Se detuvo, sin saber cómo llamarla.

Sadi sonrió.

—Sadi está bien.

—¿Sigues en la montaña?

—Sí.

—Pensé que después de un invierno…

—Ya son dos.

El hombre miró a Harlon.

—Nunca habría apostado por eso.

Harlon respondió:

—Eso explica por qué sigues trabajando detrás de un mostrador y no jugando a las cartas.

Sadi soltó una carcajada.

Compraron semillas.

Harina.

Café.

Tela roja.

Clavos.

Y una pequeña lámpara nueva porque Sadi estaba cansada de que la vieja ahumara toda la cabaña.

Al salir, alguien llamó su nombre.

Caleb.

Sadi se detuvo.

Harlon también.

Pero Caleb no parecía el hombre del estanque.

Llevaba ropa limpia.

Más barata, quizá, pero limpia.

Estaba descargando sacos de una carreta.

El comerciante habló en voz baja.

—Lleva cuatro meses trabajando aquí.

No juega.

No bebe tanto.

Todavía debe dinero.

Pero paga.

Sadi miró a su hermano.

Caleb se quitó el sombrero.

—Hola.

—Hola.

Hubo un silencio.

—No vine a pedirte nada.

—Bien.

—Solo quería que supieras que conseguí trabajo.

Sadi asintió.

—Lo veo.

—La carta ayudó.

—Me alegro.

Caleb miró a Harlon.

Después otra vez a ella.

—Lo siento.

Sadi sintió muchas cosas.

Ninguna era perdón inmediato.

—Sé que decirlo no arregla nada —añadió Caleb.

—No.

—Pero necesitaba decirlo.

Sadi respiró.

—Entonces empieza por seguir trabajando.

Caleb asintió.

No pidió abrazo.

No pidió dinero.

No pidió volver a ser hermano de inmediato.

Eso fue quizá la primera prueba real de que estaba cambiando.

Sadi y Harlon regresaron a la montaña.

En el camino, Harlon preguntó:

—¿Estás bien?

Sadi sonrió.

—Sí.

Esta vez sí.

Pasaron los años.

La cabaña creció.

Primero una habitación pequeña añadida al este.

Después un establo mejor.

Un cobertizo para herramientas.

Un verdadero huerto.

La gente del valle empezó a conocer el lugar.

No como la guarida del ermitaño.

Como la propiedad de Harlon y Sadi.

Algunos viajeros paraban para pedir agua.

Tramperos intercambiaban carne por café.

Una mujer que escapaba de un matrimonio violento encontró refugio allí durante dos semanas hasta que Sadi consiguió que viajara con una familia hacia Cheyenne.

—¿Por qué ayudas tanto? —preguntó Harlon.

Sadi se quedó mirando el fuego.

—Porque alguien me ayudó cuando nadie más lo hacía.

—Yo no soy muy bueno siendo ejemplo.

—No te preocupes.

Yo me encargo de esa parte.

Harlon sonrió.

Caleb continuó trabajando.

Pasaron casi dos años antes de subir a la montaña.

Llegó solo.

Sin arma visible.

Con una bolsa de café.

Sadi estaba en el porche.

Harlon reparaba una silla.

Caleb se detuvo a veinte pasos.

—¿Puedo acercarme?

Sadi miró a Harlon.

Él no respondió por ella.

Nunca lo hacía.

—Sí.

Caleb dejó el café sobre la mesa.

—No sé si te gusta este.

—Cualquier café es bueno aquí arriba.

Harlon resopló.

—Eso no es cierto.

Sadi lo ignoró.

Caleb miró la cabaña.

—Es bonito.

—Es trabajo.

—Se nota.

Permanecieron en silencio.

Finalmente Caleb habló.

—Pagué mis deudas.

—Bien.

—No todas.

Sadi lo miró.

Caleb continuó:

—Las que se pagan con dinero, sí.

Las otras…

No sé si alguna vez.

—Quizá no.

Él asintió.

—Lo entiendo.

Sadi estudió su rostro.

El hermano que conocía habría exigido absolución por haber hecho un esfuerzo.

Ese hombre parecía haber aprendido que algunas consecuencias duran más que la intención de cambiarlas.

—Puedes quedarte a cenar —dijo.

Caleb levantó los ojos.

—¿Seguro?

—No significa que todo esté arreglado.

—Lo sé.

—Significa cena.

—Entendido.

Fue así.

No con una gran reconciliación.

Con comida.

Después otra visita.

Después una carta.

Después años.

Caleb nunca volvió a ser el centro de la vida de Sadi.

Eso también era parte de crecer.

El perdón no devolvía automáticamente a una persona al lugar que había perdido.

Había que construir algo nuevo.

Más pequeño quizá.

Pero verdadero.

Una tarde de invierno, muchos años después, Sadi estaba sentada frente al fuego mientras una tormenta golpeaba la montaña.

Harlon tenía más gris que negro en la barba.

Su cojera era peor.

Las manos seguían enormes.

Sadi había encontrado nuevas líneas alrededor de sus propios ojos.

Sobre la pared colgaba el viejo Henry.

Limpio.

Descargado.

Ya casi no lo utilizaban.

El mundo estaba cambiando.

El ferrocarril acercaba pueblos.

Había más caminos.

Más ranchos.

Menos territorio realmente salvaje.

Sadi miró el rifle.

—¿Recuerdas la primera vez que me lo diste?

—Fallaste por dos pies.

—No hacía falta recordarlo con tanta precisión.

—Fue impresionante.

—La segunda vez fue mejor.

—Fallaste por uno.

Sadi le lanzó un ovillo de lana.

Harlon lo atrapó.

Rieron.

Después quedó silencio.

No el silencio lleno de miedo de la primera noche.

Era el silencio de dos personas que no necesitaban rellenar cada espacio para saber que seguían juntas.

Sadi se levantó.

Añadió leña.

El fuego creció.

Harlon la observó.

—Lo mantuviste encendido.

—¿Qué?

—El fuego.

Todo este tiempo.

Sadi miró las llamas.

Recordó a la muchacha de veintidós años sentada sobre un barril en Fort Laramie.

Aquella muchacha pensaba que cincuenta dólares habían decidido su valor.

Pensaba que la vida solo consistía en pasar de la propiedad de un hombre al control de otro.

Pensaba que sobrevivir significaba volverse insensible.

Se había equivocado.

No porque el mundo fuera más amable de lo que creía.

A menudo no lo era.

Se había equivocado porque no sabía todavía cuánto podía cambiar una persona cuando finalmente tenía la posibilidad real de elegir.

Harlon había necesitado a alguien que mantuviera un fuego encendido.

Sadi había necesitado descubrir que ella también podía construirlo.

Al final eso fue lo que los unió.

No la transacción.

No el miedo.

No el invierno.

La elección repetida.

La de Harlon de no utilizar la desesperación de Sadi para imponerle otra vida.

La de Sadi de quedarse cuando podía marcharse.

La de ambos de convertirse en socios antes que en amantes.

La de escuchar.

La de preguntar.

La de reparar.

La de permanecer.

Sadi volvió a sentarse.

Harlon extendió una mano.

Ella entrelazó los dedos con los suyos.

—Supongo que aguanta —dijo él mirando el fuego.

Sadi sonrió.

—¿Qué cosa?

—Todo esto.

Ella miró la cabaña.

La mesa.

Las herramientas.

El jardín dormido bajo la nieve.

El rifle en la pared.

El peine de nogal que todavía utilizaba a veces.

La vieja lata de café donde aún guardaba algunas de aquellas primeras monedas.

Después miró a Harlon.

—Sí.

Aguanta.

Y comprendió que esa palabra contenía mucho más que sobrevivir.

Aguantar no significaba simplemente resistir el frío.

Era permitir que algo bueno durara sin destruirlo por miedo a perderlo.

Era aceptar que la fortaleza podía parecerse a una mano capaz de sostener un rifle y, al mismo tiempo, detenerse antes de tocar un rostro sin permiso.

Era poder marcharse y decidir quedarse.

Era aprender que una casa no se convierte en hogar porque alguien te encierre dentro, sino porque la puerta puede abrirse y aun así eliges regresar.

El viento rugió afuera.

La nieve cayó.

El fuego siguió ardiendo.

Muchos años antes, en Fort Laramie, alguien había intentado reducir la vida de Sadi a un precio.

Cincuenta dólares.

Un rifle.

Una mula.

Pero las personas nunca caben realmente dentro de una cifra.

Caleb tardó años en aprenderlo.

Harlon, con toda su torpeza, pareció saberlo desde el principio.

Y Sadi terminó construyendo una vida basada en esa verdad.

No pertenecía a Harlon.

Harlon no pertenecía a ella.

Se elegían.

Esa diferencia era todo.

Por eso, cuando alguna mujer joven llegaba años después al puesto comercial y escuchaba una versión exagerada de la historia del viejo montañés que había “comprado” una esposa por cincuenta dólares, Sadi siempre corregía la misma parte.

—No.

Él no me compró.

La gente solía mirarla confundida.

Entonces Sadi sonreía.

—Pagó para detener una negociación que nunca debería haber existido.

Después me dio dinero para irme.

Yo elegí quedarme.

Esa es la historia.

Y si alguien insistía en convertirla en un cuento romántico sobre destino, ella volvía a corregirlo.

Porque el destino era una palabra demasiado cómoda.

Hacía parecer inevitables cosas que habían requerido decisiones difíciles.

Nada entre Sadi y Harlon había sido inevitable.

Él podría haber actuado como los hombres que ella temía.

No lo hizo.

Ella podría haber tomado el dinero de primavera y marcharse.

No lo hizo.

Caleb podría haber seguido destruyéndose.

Durante un tiempo lo hizo.

Después comenzó a cambiar.

El hecho de que una persona hubiera cometido algo terrible no significaba que siempre seguiría haciéndolo.

Pero tampoco significaba que el perdón estuviera garantizado.

Todo tenía que construirse.

Como la cabaña.

Tronco por tronco.

Como el jardín.

Una temporada detrás de otra.

Como la confianza.

Un regreso cumplido.

Una promesa pequeña.

Una puerta que podía cerrarse sin convertirse en amenaza.

Una pregunta hecha en lugar de una orden.

Una decisión libre después de otra.

Eso fue lo que Sadi aprendió en la montaña.

El oeste podía ser duro.

Podía convertir desesperación en negocios y vulnerabilidad en peligro.

Pero la dureza del mundo no obligaba a las personas a convertirse en crueles.

Harlon era la prueba.

Tenía cicatrices.

Había perdido.

Había vivido solo demasiado tiempo.

Sabía exactamente cuánto podía quitar una vida difícil.

Y quizá por eso comprendió algo que muchos hombres aparentemente más civilizados nunca entendieron:

Tener poder sobre alguien no significaba que debieras utilizarlo.

A veces la verdadera fuerza estaba en retroceder.

En dejar la puerta abierta.

En decir:

Puedes irte.

Y confiar en que, si la persona se quedaba, sería porque realmente quería estar allí.

Sadi permaneció junto a Harlon mientras envejecían.

No porque tuviera obligación.

No porque los cincuenta dólares siguieran significando nada.

No porque la montaña fuera fácil.

Precisamente porque ya había visto la diferencia entre ser retenida y ser elegida.

Entre miedo y respeto.

Entre necesidad y amor.

Y nunca volvió a confundirlos.

La nieve continuó cayendo sobre Wyoming.

Cubrió el sendero que una vez había recorrido temblando bajo un abrigo demasiado grande.

Cubrió el claro donde aprendió a disparar.

Cubrió la vieja ruta hacia Fort Laramie.

Pero dentro de la cabaña, el fuego permaneció.

No porque un hombre hubiera comprado a una mujer para mantenerlo.

Sino porque dos personas que habían conocido la soledad decidieron, libremente, alimentarlo juntas.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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