News

Contrató a una chica curvy como cita falsa, pero el jefe de la mafia descubrió que escondía una mente capaz de destruir imperios enteros

Contrató a una chica curvy como cita falsa, pero el jefe de la mafia descubrió que escondía una mente capaz de destruir imperios enteros

Francesca Barbieri había sido contratada para sonreír.

Nada más.

Sonreír, verse elegante, colgarse del brazo de un hombre peligroso y fingir que las cifras, los negocios y las amenazas pronunciadas alrededor de aquella mesa no significaban absolutamente nada para ella.

Ese era el trabajo.

Y Francesca era buena interpretándolo.

Demasiado buena.

Durante años había aprendido que, cuando una mujer como ella entraba en una habitación, mucha gente decidía quién era antes de escucharla hablar.

Veían sus curvas.

Veían su vestido.

Veían sus mejillas suaves, sus ojos grandes, su forma tranquila de caminar.

Y dejaban de mirar.

Nunca imaginaban lo que había detrás.

Nadie sospechaba que Francesca podía memorizar una página de números con una sola mirada.

Nadie sospechaba que detectaba patrones financieros como otras personas reconocían rostros.

Nadie sospechaba que, mientras fingía admirar el paisaje desde una terraza privada en Chicago, acababa de descubrir una trampa capaz de mandar al hombre sentado junto a ella a prisión durante el resto de su vida.

Y mucho menos sospechaban que, antes de terminar aquella mañana, el hombre más temido de la ciudad dejaría de verla como una simple acompañante.

La miraría como algo mucho más peligroso.

Su única oportunidad de sobrevivir.

El viento proveniente del lago Michigan golpeaba suavemente el mantel blanco.

Abajo, la ciudad continuaba con su rutina.

Autos.

Bocinas.

Personas entrando a cafeterías.

Oficinistas mirando sus teléfonos.

Nadie parecía saber que, decenas de pisos por encima de ellos, dos organizaciones criminales estaban negociando una tregua que podía cambiar el equilibrio de poder de media ciudad.

Francesca tenía las manos cruzadas sobre el regazo.

Vestía de verde esmeralda.

El vestido había sido escogido por la agencia.

—Elegante, femenina, llamativa, pero no demasiado —había dicho Miranda, la encargada de asignaciones—. Nuestro cliente quiere que parezcas una distracción.

Francesca había levantado una ceja.

—¿Una distracción?

Miranda ni siquiera había intentado suavizarlo.

—Quiere que sus rivales crean que está perdiendo el enfoque por una mujer bonita.

Francesca había soltado una risa breve.

—Qué romántico.

—No te está contratando para enamorarse.

Aquellas palabras regresaron a su mente mientras observaba al hombre sentado a su lado.

Nicolò Romano.

Treinta y ocho años.

Traje negro impecable.

Cabello oscuro.

Mandíbula marcada.

Una cicatriz apenas visible cerca de la ceja izquierda.

Había hombres cuya autoridad dependía del volumen de su voz.

Nicolò no necesitaba levantarla.

Cuando él permanecía en silencio, los demás bajaban la suya.

Francesca lo había conocido apenas tres horas antes.

Un automóvil negro había llegado por ella.

Dos hombres revisaron discretamente la calle antes de permitirle subir.

Y cuando llegó a la residencia de Romano, Nicolò apareció bajando una escalera con la expresión fría de alguien que llevaba muchos años sin confiar completamente en nadie.

La había observado durante cinco segundos.

No de una forma vulgar.

Peor.

Como si estuviera evaluando una pieza de ajedrez.

—¿Francesca?

—Sí.

—Las reglas son sencillas.

Ella había cruzado los brazos.

—Siempre lo son cuando quien habla no tiene que obedecerlas.

Por primera vez, algo parecido a diversión apareció en los ojos de Nicolò.

Duró menos de un segundo.

—Durante la reunión no intervienes.

—Perfecto.

—No haces preguntas.

—Aún mejor.

—Si alguien intenta provocarte, ignoras el comentario.

Francesca sonrió.

—Eso depende de qué tan creativo sea.

Nicolò la había mirado un poco más.

—Me dijeron que eras tranquila.

—Lo soy cuando me pagan suficiente.

Él casi sonrió.

Casi.

Después le ofreció el brazo.

—Entonces procura que hoy valga la pena.

Francesca pensó que aquellas cuatro horas serían fáciles.

Había acompañado anteriormente a empresarios, políticos retirados, hombres casados que necesitaban una invitada para cenas donde nadie debía preguntar por qué habían llegado solos.

Nunca cruzaba límites.

Nunca preguntaba demasiado.

Nunca llevaba problemas a casa.

Y, sobre todo, nunca permitía que nadie descubriera lo que realmente podía hacer.

Porque la última vez que había demostrado lo inteligente que era, su vida se había convertido en una pesadilla.

Por eso aceptaba que la subestimaran.

Era más seguro.

A veces incluso era útil.

La puerta de cristal de la terraza se abrió.

Francesca dejó de pensar.

Cuatro hombres entraron primero.

Grandes.

Trajes oscuros.

Miradas que recorrían el lugar antes de permitir el paso de la mujer detrás de ellos.

Cordelia Dunore.

Francesca había escuchado ese nombre.

En Chicago circulaban historias sobre la familia Dunore.

Algunas probablemente exageradas.

Otras, sospechaba Francesca, quizá no tanto.

Cordelia caminó hacia la mesa vestida completamente de blanco.

Se detuvo frente a Nicolò.

—Romano.

—Cordelia.

No se dieron la mano.

Ella miró a Francesca.

La examinó desde los tacones hasta el cabello.

Y sonrió.

Era una sonrisa sin amabilidad.

—Vaya.

Francesca sostuvo su mirada.

Cordelia se sentó.

—Dicen que los imperios empiezan a caer cuando sus líderes confunden placer con estrategia.

Nicolò tomó su café.

—Y dicen que la gente insegura habla demasiado.

Uno de los hombres de Cordelia avanzó medio paso.

Nicolò ni siquiera lo miró.

El hombre volvió a su lugar.

Cordelia dejó escapar una risa.

Después volvió a mirar a Francesca.

—Es bonita.

Silencio.

—Suave.

Francesca sintió el tono.

Había pasado toda su vida escuchándolo.

No importaba el idioma.

No importaba el lugar.

Algunas personas podían convertir una sola palabra en un insulto.

Cordelia continuó:

—Supongo que es agradable tener algo decorativo cerca cuando los negocios empiezan a salir mal.

Francesca sonrió educadamente.

Eso pareció molestarla.

—¿No hablas?

—Me pagaron para acompañar al señor Romano.

—Entonces sí sabes hablar.

—Cuando vale la pena.

Nicolò giró apenas el rostro.

Francesca sintió su mirada lateral.

Cordelia entrecerró los ojos.

—Cuida esa boca, querida.

—Cordelia.

La voz de Nicolò fue baja.

Instantáneamente la temperatura emocional de la mesa cambió.

—Mi invitada te ha tratado con educación. Haz lo mismo.

Cordelia sostuvo su mirada.

Finalmente chasqueó los dedos.

Uno de sus hombres colocó una carpeta de cuero sobre la mesa.

—Entonces hablemos de negocios.

Nicolò abrió la carpeta.

—Treinta por ciento de las rutas internacionales —explicó Cordelia—. A cambio, retiro a mi gente de las zonas donde hemos tenido… desacuerdos.

Francesca observó el horizonte.

Parecía distraída.

Pero su visión periférica había captado la primera página.

Números.

Códigos.

Pesos.

Rutas.

Porcentajes.

Nombres de empresas.

Una antigua reacción despertó en su cerebro.

No.

Se obligó a apartar la mirada.

No era asunto suyo.

Nicolò pasó la página.

Francesca vio otra columna.

Su respiración cambió ligeramente.

Una cifra.

Después otra.

No.

No podía ser.

Volvió a mirar.

Cordelia hablaba.

—Podemos continuar desperdiciando recursos enfrentándonos, o podemos aceptar que ninguno de los dos desaparecerá.

Nicolò seguía leyendo.

Francesca ya no escuchaba.

Las cifras estaban invertidas desde donde ella se encontraba.

Eso no importaba.

Para su mente, una cifra invertida seguía siendo una cifra.

Peso declarado de mercancía.

Número de contenedor.

Seguro marítimo.

Cuenta receptora.

Empresa intermediaria.

Porcentaje.

Francesca sintió que los dedos se le enfriaban.

Había una repetición.

Una variable usada dos veces.

Un mismo patrón decimal escondido en tres páginas diferentes.

Eso podía ocurrir por casualidad.

Una vez.

Quizás dos.

No siete.

Su corazón aceleró.

Miró la página siguiente.

La ruta 4A transfería el treinta por ciento a una empresa offshore.

Pero la empresa offshore aparecía también indirectamente asociada con otras dos corporaciones mediante un código contable.

Francesca conocía ese código.

Lo había visto años atrás.

Una alerta federal.

Una investigación.

El tipo de estructura utilizada cuando alguien quería que otra persona pareciera ser responsable del dinero.

Levantó lentamente los ojos hacia Cordelia.

La mujer estaba sonriendo.

Demasiado tranquila.

Nicolò sacó una pluma.

Francesca sintió un nudo en el estómago.

No.

No era su problema.

Ese hombre no era su amigo.

Ni siquiera era exactamente su empleador; la agencia era el intermediario.

Ella tenía una deuda.

Un padre enfermo.

Una vida suficientemente complicada.

Intervenir podía convertirla en objetivo de personas que jamás olvidaban una humillación.

Podía callar.

Cobrar.

Irse.

Volver a casa.

Ser invisible otra vez.

Nicolò acercó la punta de la pluma al documento.

Francesca vio la sonrisa de Cordelia.

Y entendió que si guardaba silencio iba a presenciar cómo un hombre firmaba su propia condena.

Su mano se movió antes de que pudiera detenerla.

La colocó sobre la página.

—No firme.

Silencio.

No un silencio normal.

Uno de esos silencios que parecen absorber incluso el ruido de una ciudad entera.

La pluma quedó suspendida entre los dedos de Nicolò.

Los cuatro hombres de Cordelia miraron inmediatamente a Francesca.

Cordelia no parpadeó.

—¿Qué dijiste?

Francesca sintió que la palma le sudaba.

Demasiado tarde para retroceder.

—Dije que no debería firmar.

Cordelia soltó una risa incrédula.

—¿Ahora las acompañantes revisan contratos?

Francesca no respondió.

Cordelia se inclinó hacia delante.

—Retira la mano.

Nicolò permanecía inmóvil.

Sus ojos estaban sobre Francesca.

—¿Por qué? —preguntó.

No había enojo.

Eso resultaba más inquietante.

Francesca retiró la mano lentamente.

Señaló una columna.

—La carga declarada en esta ruta no coincide con la distribución financiera que aparece tres páginas después.

Cordelia dejó de sonreír.

Francesca pasó una hoja.

—Aquí.

Otra.

—Y aquí.

Nicolò observó.

—Explícalo.

Francesca respiró.

—El treinta por ciento no es realmente un treinta por ciento.

Cordelia se levantó.

—Esto es ridículo.

Francesca siguió hablando.

—Está dividido entre tres compañías. Parece normal hasta que se comparan los decimales residuales.

Nicolò frunció el ceño.

—¿Los qué?

—Cuando se distribuye una suma mediante ciertos algoritmos contables, quedan pequeñas diferencias. Centavos, fracciones, residuos. Aquí se repite exactamente el mismo patrón siete veces.

Cordelia miró a uno de sus hombres.

Después a Francesca.

—No sabes de qué estás hablando.

Francesca levantó la vista.

Por primera vez aquella mañana dejó de interpretar a la muchacha agradable y un poco distraída que la agencia había enviado.

Su expresión cambió.

Su postura también.

—Sé perfectamente de qué estoy hablando.

Cordelia palideció ligeramente.

Francesca giró la carpeta hacia Nicolò.

—Esta empresa está vinculada a una cuenta actualmente vigilada por autoridades financieras.

Nicolò permaneció inmóvil.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque reconozco la estructura.

—¿De dónde?

Francesca dudó.

—Después.

Cordelia golpeó la mesa con la palma.

—¡No habrá ningún después!

Los guardias de Romano, situados cerca de la entrada, avanzaron inmediatamente.

Nicolò levantó un dedo.

Todos se detuvieron.

Sus ojos no abandonaron a Francesca.

—Continúa.

Ella señaló una firma pendiente.

—Si usted firma, se convierte en el responsable directo de las transferencias.

Nicolò observó a Cordelia.

Francesca continuó:

—Las otras empresas están diseñadas para desaparecer. Esta, en cambio, quedaría vinculada a usted.

El rostro de Cordelia se endureció.

—Estás inventando tonterías.

Francesca señaló otra columna.

—Entonces explíqueme por qué alguien repitió la misma variable de peso bruto en siete manifiestos que supuestamente pertenecen a cargas distintas.

Silencio.

—Eso no ocurre por accidente.

Cordelia apretó los labios.

Francesca bajó la voz.

—No es un acuerdo de paz.

Miró a Nicolò.

—Es una trampa.

El viento golpeó las páginas.

Nicolò tomó la carpeta.

La cerró lentamente.

—Cordelia.

La mujer permaneció de pie.

—Estás creyendo a una desconocida.

—No.

Nicolò apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Estoy observando tu cara.

La sonrisa de Cordelia había desaparecido.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Eso es posible.

Nicolò se levantó.

—Pero aparentemente ella sí.

Los guardias de Cordelia tensaron los hombros.

Los de Romano hicieron lo mismo.

Francesca sintió un escalofrío.

Todo podía cambiar en segundos.

Pero Nicolò habló con una tranquilidad aterradora.

—La reunión terminó.

Cordelia miró a Francesca.

—Cometiste un error.

Francesca sostuvo su mirada.

—Probablemente.

—No tienes idea de quién soy.

—Sí la tengo.

Cordelia ladeó la cabeza.

—Entonces deberías tener miedo.

Francesca tragó saliva.

—Lo tengo.

La respuesta pareció sorprenderla.

—Pero tener miedo y estar equivocada no son lo mismo.

Los ojos de Nicolò se oscurecieron.

Cordelia señaló la carpeta.

—Te arrepentirás de esto, Romano.

—Tal vez.

Él miró hacia la puerta.

—Puedes irte.

Cordelia dio dos pasos.

Se detuvo junto a Francesca.

—Hay personas que deberían aprender cuál es su lugar.

Francesca levantó la mirada.

Durante años había escuchado frases parecidas.

En la universidad.

En reuniones.

En entrevistas de trabajo.

De hombres que suponían que una mujer con curvas no podía ser disciplinada.

De mujeres que creían que vestir bonito anulaba su inteligencia.

De ejecutivos que repetían sus ideas cinco minutos después y recibían felicitaciones por ellas.

De socios que la habían utilizado.

De personas que intentaron destruirla cuando descubrió sus fraudes.

Algo dentro de ella se cansó.

—Y hay personas —respondió— que deberían revisar mejor sus hojas de cálculo.

Uno de los hombres de Romano ahogó una sonrisa.

Cordelia no.

La puerta se cerró detrás de ella.

Nicolò no habló durante varios segundos.

Después miró a Francesca.

Y Francesca supo que estaba en problemas.

Muchos problemas.

El trayecto hacia el penthouse de Romano ocurrió en completo silencio.

Francesca iba sentada junto a la ventana.

Ya no llevaba la sonrisa profesional.

Sus dedos jugaban nerviosamente con el borde de su bolso.

Cada pocos segundos sentía los ojos de Nicolò sobre ella.

Finalmente dijo:

—Puede dejarme aquí.

Nada.

—Señor Romano.

—Nicolò.

—Nicolò, mi contratación termina en cuarenta y cinco minutos.

—Terminó hace una hora.

Francesca frunció el ceño.

—Entonces perfecto. Puede pagar a la agencia y—

—No vas a volver a la agencia.

Ella giró.

—¿Perdón?

—Escuchaste.

—No puede decidir eso.

Nicolò la miró.

—Cordelia Dunore acaba de salir de una reunión donde tú destruiste meses de planificación delante de sus propios hombres.

—No la obligué a intentar engañarte.

—Eso no le importará.

—Entonces me esconderé.

—Te encontrará.

—No sabes qué tan buena soy escondiéndome.

—Y tú no sabes qué tan buena es ella encontrando gente.

Francesca apretó la mandíbula.

—Eso sigue sin darte derecho a decidir dónde voy.

Una pequeña chispa apareció en los ojos de Nicolò.

—Finalmente.

—¿Finalmente qué?

—Llevas toda la mañana fingiendo.

Francesca quedó quieta.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes.

Nicolò se inclinó un poco hacia ella.

—La mujer que contraté bajaba la mirada, sonreía cuando debía y parecía aburrida por cualquier conversación que incluyera más de tres números.

Francesca volvió la vista a la calle.

—Era mi trabajo.

—Exactamente.

—¿Y?

—Y hace treinta minutos analizaste siete páginas invertidas, descubriste una estructura fraudulenta y dejaste sin palabras a Cordelia Dunore.

Ella no respondió.

—Entonces vuelvo a preguntar —continuó él—. ¿Quién eres?

Francesca respiró profundamente.

—Francesca Barbieri.

—Eso ya lo sé.

—Entonces deja de preguntar.

El automóvil se detuvo.

La puerta se abrió.

Francesca observó el edificio.

—No pienso subir.

Nicolò salió.

La miró desde la acera.

—Puedes quedarte dentro del coche si quieres.

Ella entrecerró los ojos.

—Gracias.

—Aunque los hombres de Cordelia ya conocen el vehículo.

Francesca permaneció sentada tres segundos.

Después salió.

—Te odio un poco.

Nicolò caminó hacia la entrada.

—Considerando cuánto tiempo llevamos conociéndonos, es un avance sorprendente.

Francesca lo siguió.

—No te acostumbres.

Cuando entraron al penthouse, Nicolò se quitó el saco.

Francesca permaneció cerca de la puerta.

Había enormes ventanales frente a ellos.

Chicago se extendía bajo un cielo brillante.

El lugar era moderno.

Elegante.

Demasiado silencioso.

Nicolò sirvió agua en dos vasos.

Le ofreció uno.

—No bebo alcohol cuando estoy nerviosa.

—No te ofrecí alcohol.

Francesca miró el vaso.

—Bien.

Lo tomó.

Sus manos temblaban ligeramente.

Nicolò lo notó.

—Ahora sí tienes miedo.

—Siempre tuve miedo.

—No lo parecías.

—Ese es otro talento.

Bebió.

Nicolò apoyó la espalda contra la barra.

—Explícame cómo hiciste eso.

Francesca bajó el vaso.

—¿Qué cosa?

—No juegues conmigo.

Ella suspiró.

—Veo patrones.

—Todo el mundo ve patrones.

—No como yo.

Nicolò esperó.

Francesca caminó hasta la ventana.

Miró la ciudad.

—Cuando era niña, mi padre me daba matrículas de coches para entretenerme.

—¿Matrículas?

—Tenía seis años.

Una sonrisa triste apareció en su rostro.

—Él decía una secuencia una vez. Yo podía repetírsela meses después.

—Memoria fotográfica.

—No exactamente.

Giró.

—Recuerdo especialmente secuencias, relaciones espaciales, números. Mi cerebro organiza la información automáticamente.

—¿Como una computadora?

Francesca hizo una mueca.

—Odio cuando dicen eso.

—¿Por qué?

—Porque las computadoras no tienen ataques de ansiedad.

Nicolò casi sonrió.

—Continúa.

—En la universidad estudié contabilidad, matemáticas aplicadas y análisis financiero.

—¿Tres carreras?

—Dos. La tercera especialización fue porque estaba aburrida.

Nicolò la miró fijamente.

Francesca levantó los hombros.

—Ya te dije que era raro.

—No dijiste eso.

—Lo estaba pensando.

Él se acercó.

—¿Y terminaste trabajando como acompañante?

La pregunta dolió más de lo que Francesca esperaba.

La tranquilidad desapareció de su rostro.

—La vida no siempre sigue el currículum.

—Quiero la verdad.

—No te la debo.

—Me salvaste de una trampa que podría haber destruido todo lo que construí.

—Precisamente. Deberías agradecerme y dejarme ir.

—¿Quién te hizo ocultarte?

Francesca se quedó inmóvil.

Nicolò había acertado.

Demasiado rápido.

—Nadie.

—Mientes mal.

—No, en realidad miento bastante bien.

—No conmigo.

Ella soltó una risa sin humor.

—Qué frase tan humilde.

Nicolò dio un paso más.

Francesca no retrocedió.

Él bajó la voz.

—Las personas orgullosas muestran sus talentos. Las personas heridas los esconden.

La sonrisa de Francesca murió.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente ella se giró.

—Trabajé para Delaney & Cross.

El nombre hizo que Nicolò frunciera el ceño.

—La firma de auditoría.

—Una de las más grandes del centro.

—Eso fue hace años.

Francesca asintió.

—Yo tenía veintiséis.

Hablar de aquello todavía le tensaba el pecho.

—Encontré movimientos extraños en una cuenta de un cliente. Primero pensé que era un error. Después encontré otro.

Hizo una pausa.

—Y otro.

Nicolò permaneció callado.

—Diecisiete millones de dólares habían pasado por empresas falsas.

—¿Qué hiciste?

—Lo que se suponía que debía hacer.

Sonrió con amargura.

—Lo reporté.

Nicolò entendió antes de que terminara.

—La firma estaba involucrada.

—Dos socios.

—Y alguien más.

Francesca asintió.

—Una organización de Europa del Este.

Nicolò endureció el rostro.

—¿Quién?

—No importa.

—Para mí sí.

—Por eso no quería contártelo.

Él la observó.

—¿Qué ocurrió?

Francesca miró sus manos.

—Una noche alguien siguió a mi padre.

Silencio.

—Él nunca tuvo nada que ver con mi trabajo. Nada. Pero tenía problemas económicos.

Su voz se quebró apenas.

—Y estaba enfermo.

Nicolò se acercó un poco, pero no la tocó.

—Sigue vivo.

No fue una pregunta.

—Sí.

Francesca inhaló profundamente.

—Acepté retractarme. Dijeron que había interpretado mal los datos. Perdí el empleo. Mi reputación quedó destruida.

—¿Y la deuda?

Francesca lo miró sorprendida.

—¿Cómo sabes que hay una deuda?

—Nadie acepta trabajos como el de hoy por diversión cuando tiene tu currículum.

Ella soltó el aire lentamente.

—Mi padre debía dinero.

—¿Cuánto?

—Eso tampoco importa.

—¿Cuánto?

Francesca apretó los labios.

—Ochenta y cuatro mil.

—¿A quién?

—A personas a las que no deberías llamar.

Nicolò soltó una risa seca.

—Francesca, probablemente esas personas me llaman a mí.

Ella lo miró.

—Eso no es tan reconfortante como crees.

Entonces ocurrió.

Un sonido seco golpeó uno de los ventanales.

Francesca giró.

Una grieta se extendió sobre el cristal reforzado.

Nicolò reaccionó inmediatamente.

La sujetó por la cintura y la llevó al suelo detrás de una enorme isla de mármol.

Otro impacto sacudió la ventana.

Francesca contuvo un grito.

—¿Qué está pasando?

—Mantén la cabeza abajo.

—¿Nos están disparando?

—Sí.

—¡Dijiste eso demasiado tranquilo!

Otro golpe.

Nicolò habló por un pequeño dispositivo en su oído.

—Luca.

Una voz respondió.

—Ya lo vimos.

—Origen.

—Todavía no.

Nicolò miró hacia arriba.

—Evacúa el piso.

Francesca respiraba demasiado rápido.

Sus dedos apretaron el borde de mármol.

Otro impacto.

Uno.

Dos.

Tres.

Entonces una pausa.

Otro.

Su cerebro hizo lo que siempre hacía cuando el miedo se volvía insoportable.

Contó.

Volvió a ocurrir.

Impacto.

Cinco segundos.

Otro.

Cinco.

Otro.

Siete.

Francesca levantó ligeramente la cabeza.

Nicolò la empujó hacia abajo.

—No.

—Escúchame.

—No.

—¡Nicolò!

Él la miró.

—El intervalo cambió.

—¿Qué?

—Los primeros disparos tenían cinco segundos de diferencia.

—Francesca—

—El último tardó siete.

Otro impacto.

Ella cerró los ojos.

Imaginó el edificio.

La calle.

Los ángulos.

La ubicación de la ventana.

El reflejo del sol que había observado al entrar.

—No está en una azotea.

Nicolò quedó quieto.

—¿Qué?

—El ángulo.

Francesca señaló la pared donde una marca mostraba la trayectoria del impacto.

—Viene desde arriba, pero no lo suficiente.

—Hay veinte edificios alrededor.

—No.

Cerró los ojos nuevamente.

—Tres tienen la altura adecuada. Dos están demasiado al norte.

Abrió los ojos.

—Sterling Tower.

Nicolò la observó.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Está en construcción. Pasamos frente a ella hace doce minutos.

—¿Piso?

Francesca imaginó las ventanas.

Contó mentalmente.

—Entre el cuarenta y dos y el cuarenta y cuatro.

Nicolò habló al comunicador.

—Luca. Sterling. Pisos cuarenta y dos a cuarenta y cuatro.

Hubo una pausa.

La voz de Luca regresó.

—¿Cómo demonios sabes eso?

Nicolò miró a Francesca.

Y por primera vez sonrió abiertamente.

—Tengo una matemática.

Francesca lo miró indignada.

—¿Una matemática?

—Ahora discutimos el título.

Un ruido fuerte llegó desde la entrada.

Nicolò dejó de sonreír.

—Eso no fue un disparo.

—¿Qué fue?

—Intentan entrar.

Francesca palideció.

—¿Quién?

—Adivina.

—Cordelia.

—Premio.

Él le tendió la mano.

—Tenemos que movernos.

Francesca la miró.

—¿Hacia dónde?

—Salida secundaria.

—¿Cuántas?

—Dos.

—¿Garaje?

—Sí.

—No.

Nicolò la miró.

—No tenemos tiempo.

—Precisamente.

Francesca se levantó agachada.

—Si yo fuera Cordelia bloquearía el garaje.

—Luca nos espera allí.

—Entonces Luca está entrando en una trampa.

El rostro de Nicolò cambió.

Francesca continuó rápidamente.

—Dos rampas de acceso. Un único punto de salida para vehículos. Demasiado fácil de cerrar.

Nicolò pensó.

Otro golpe sacudió la entrada.

Francesca miró alrededor.

—¿En qué piso estamos?

—Setenta.

—¿Hay comunicación estructural con el estacionamiento municipal?

—¿Qué?

—Cuando entramos vi las placas de emergencia.

Nicolò la observó.

—¿Memorizaste las placas?

—¿Podemos hablar de mi extraña personalidad después?

El golpe en la puerta fue más fuerte.

—Piso diez —dijo Francesca—. Debe existir un paso de evacuación hacia el edificio adyacente.

—¿Debe?

—Reglamento municipal para ciertos edificios de esta categoría.

—¿Estás segura?

Francesca hizo una pausa.

—Ochenta y siete por ciento.

Nicolò levantó una ceja.

—Preferiría cien.

—Yo también preferiría no estar siendo perseguida por una mujer vestida de blanco, pero hoy ninguno está obteniendo lo que quiere.

Él la miró durante un segundo.

Después asintió.

—Piso diez.

Llegaron a una puerta escondida detrás de una despensa.

Nicolò introdujo un código.

Francesca se quitó los tacones.

Él la miró.

—Buena idea.

—Puedo hacer matemáticas con tacones. Correr setenta pisos ya es abusar de mis talentos.

La puerta se abrió.

Entraron a una escalera de servicio.

Francesca sintió el frío del concreto bajo los pies.

La puerta se cerró detrás.

Comenzaron a bajar.

La respiración de Francesca se hizo pesada después de pocos pisos.

Nicolò parecía hecho para aquello.

Ella lo odiaba por eso.

—¿Cuántas veces haces esto? —preguntó entre respiraciones.

—¿Bajar escaleras?

—Escapar de personas que intentan destruirte.

—Con menos frecuencia de lo que imaginas.

—Eso no es una respuesta.

—Dos veces este año.

Francesca casi tropezó.

—¡Estamos en octubre!

Nicolò sujetó su brazo.

—Cuidado.

—Necesitas mejores amigos.

—No tengo amigos.

—Eso explica muchísimo.

Continuaron.

Cuando llegaron cerca del piso quince escucharon voces.

Nicolò levantó la mano.

Francesca se detuvo.

Pasos.

Abajo.

Personas subiendo.

Nicolò la colocó detrás de él.

Ella escuchó.

Un ritmo pesado.

Otro más lento.

Otro irregular.

—Tres —susurró.

Nicolò giró ligeramente.

—¿Qué?

—Tres personas.

—¿Cómo…?

—Escucha los pasos.

Él guardó silencio.

Francesca cerró los ojos.

—Uno sube rápido. Otro está más atrás. El tercero arrastra ligeramente el pie izquierdo.

Nicolò la miró.

—Quédate aquí.

—No hagas ninguna estupidez.

—Esa frase tiene más sentido viniendo de mí.

Francesca vio una caja eléctrica.

Después un extintor.

Su mente volvió a calcular.

—Espera.

Nicolò la miró.

—Si rompes esa conexión…

Señaló.

—…puedes dejar este sector sin iluminación.

—¿Estás segura?

—No.

—Francesca.

—Estoy bastante segura.

—¿Cuánto?

—Noventa y dos por ciento.

—Está mejorando.

Nicolò tomó el extintor.

Un golpe.

Una lluvia de chispas.

Oscuridad.

Francesca soltó:

—Funcionó.

—Nunca dudé.

—Mentiroso.

Nicolò encontró su mano.

—Catorce escalones.

Francesca sonrió en la oscuridad.

—Lo sé.

Bajaron.

Catorce.

Descanso.

Giro.

Catorce.

Otro descanso.

Francesca no podía ver nada, pero su mente había convertido la escalera en un diagrama.

Finalmente alcanzaron el piso diez.

Nicolò empujó la puerta.

Entraron a un corredor iluminado.

Francesca parpadeó.

Al final había una señal verde.

SALIDA DE EMERGENCIA.

Ella señaló.

—Te dije.

—Ochenta y siete por ciento.

—Nunca vuelvas a cuestionar un ochenta y siete mío.

Corrieron.

La puerta desembocaba en una pasarela metálica que conectaba ambos edificios.

El viento golpeó el rostro de Francesca.

Diez pisos abajo, el callejón parecía demasiado pequeño.

Ella se detuvo.

—No me gustan las alturas.

Nicolò la miró incrédulo.

—¿Ahora?

—Mis talentos tienen límites.

—No mires abajo.

—Eso es exactamente lo que alguien dice antes de que mi cerebro quiera mirar abajo.

Él tomó su mano.

—Mírame a mí.

Francesca lo hizo.

—Camina.

Dieron un paso.

Después otro.

El viento movió su vestido.

La mano de Nicolò no soltó la suya.

A mitad del puente, Francesca dejó de mirar los edificios.

Solo observó los ojos oscuros frente a ella.

No porque confiara completamente en él.

Todavía no.

Pero, por alguna razón extraña, creyó que Nicolò Romano preferiría caer él antes de permitir que ella lo hiciera.

Llegaron al otro lado.

Un SUV negro esperaba dos pisos más abajo.

Luca abrió la puerta.

—¡Suban!

Entraron.

El vehículo arrancó.

Francesca cayó contra el asiento.

Ahora que ya no tenía que correr, todo su cuerpo comenzó a temblar.

Miró sus pies.

Pequeños cortes.

Polvo.

Su vestido estaba rasgado en un costado.

Una risa escapó de su boca.

Nicolò la miró.

—¿Qué?

Ella siguió riendo.

—La agencia me va a cobrar el vestido.

Por primera vez Luca la miró por el espejo.

—¿Eso te preocupa?

—Costó mil ochocientos dólares.

Luca abrió los ojos.

—¿Ese trapo?

Francesca dejó de reír.

—Tú y yo no vamos a llevarnos bien.

Nicolò se quitó el abrigo y lo colocó sobre sus hombros.

Ella quedó quieta.

—Estoy bien.

—Estás temblando.

—Adrenalina.

—Lo sé.

Él acercó el abrigo.

—Déjalo.

Francesca lo hizo.

El calor comenzó lentamente a envolverla.

—Cordelia no va a detenerse —dijo.

Nicolò miró por la ventana.

—No.

—Ahora sabe lo que puedo hacer.

—Sí.

—Eso es malo.

—Para ella.

Francesca giró.

—Estás demasiado tranquilo.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

Nicolò la miró.

—En cuánto tiempo llevabas desperdiciando tu cerebro.

La frase la golpeó.

—No estaba desperdiciándolo.

—Estabas fingiendo no tenerlo.

Francesca miró sus manos.

—Era diferente.

—Era esconderte.

—Era sobrevivir.

Nicolò guardó silencio.

Entonces su tono cambió.

—Tienes razón.

Francesca levantó la mirada.

No esperaba aquello.

—¿Qué?

—Dije que tienes razón.

—¿Puedes repetirlo? Creo que quiero grabarlo.

Nicolò ignoró la provocación.

—Hiciste lo necesario para proteger a tu padre y mantenerte viva.

Ella tragó saliva.

—Gracias.

—Pero ya no funcionará.

—¿Por qué?

—Porque Cordelia te vio.

Francesca sintió una presión en el pecho.

—Entonces necesito desaparecer.

—No.

—Otra vez no.

—Escúchame.

Nicolò se inclinó hacia ella.

—Durante años sobreviviste porque nadie sabía quién eras.

—Exactamente.

—Ese secreto terminó esta mañana.

Ella guardó silencio.

—Así que solo te quedan dos opciones —continuó él—. Seguir corriendo toda tu vida o convertir aquello que escondías en la razón por la que nadie vuelva a poder controlarte.

Francesca lo miró.

—Hablas como si fuera fácil.

—No lo es.

—Cordelia tiene dinero, hombres, contactos.

—Yo también.

—Eso no ayuda.

—Tú tienes algo que ninguno de nosotros tiene.

—¿Qué?

Nicolò señaló suavemente su frente.

—Eso.

Francesca apartó la mirada.

—Mi cerebro ya arruinó mi vida una vez.

—No.

Ella volvió a mirarlo.

—Las personas que intentaron silenciarte arruinaron una parte de tu vida.

Su voz fue sorprendentemente serena.

—No confundas ambas cosas.

Francesca no pudo responder.

Porque llevaba años diciéndose exactamente lo contrario.

Que había sido demasiado lista.

Demasiado curiosa.

Demasiado insistente.

Que si hubiera ignorado aquellas cifras su padre nunca habría recibido amenazas.

Que si hubiera cerrado los ojos todavía tendría su carrera.

Que su inteligencia era un problema que debía esconder.

Y ahora un hombre que vivía rodeado de peligro acababa de decirle algo que nadie había dicho antes.

Tu cerebro no fue el problema.

El problema fueron quienes tuvieron miedo de él.

Luca habló desde el asiento delantero.

—Jefe.

Nicolò levantó la vista.

—Tenemos otro problema.

—Dime.

—La agencia.

Francesca se tensó.

—¿Qué pasa con la agencia?

Luca miró el espejo.

—Alguien vació sus oficinas hace una hora.

Ella palideció.

—¿Qué?

—Computadoras, archivos, personal. Todo.

Francesca tomó el teléfono.

—Llamaré a Miranda.

Marcó.

Sin respuesta.

Volvió a intentar.

Nada.

—Esto no tiene sentido.

Nicolò estiró la mano.

—Dame el teléfono.

—No.

—Francesca.

—Es mi teléfono.

—Podrían estar rastreándolo.

Ella se quedó inmóvil.

Después se lo entregó.

Nicolò lo apagó.

—Luca, consigue otro.

—Hecho.

Francesca respiró lentamente.

—Cordelia sabía dónde trabajaba.

Nicolò negó.

—No necesariamente.

—Me vio hoy.

—Sí, pero organizó el ataque demasiado rápido.

Francesca frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—El equipo ya estaba preparado.

Silencio.

Nicolò continuó:

—El tirador. Los hombres en el edificio. La evacuación de tu agencia. Eso no se improvisó después de la reunión.

Francesca sintió que algo frío recorría su espalda.

—Entonces…

—Alguien sabía quién eras antes de que llegaras a esa terraza.

Francesca miró hacia adelante.

Las palabras parecían suspendidas en el aire.

—Eso es imposible.

—Nada de hoy parece imposible.

—La agencia no sabía sobre mi pasado.

—Alguien sí.

Ella comenzó a repasar mentalmente cada conversación.

Cada correo.

Cada formulario.

Cada persona.

Miranda.

Recursos humanos.

El fotógrafo.

El chófer.

Los clientes anteriores.

Entonces recordó algo.

Una solicitud.

Hacía tres semanas.

Una mujer había insistido en que Francesca fuera asignada personalmente a un evento.

La agencia había rechazado el trabajo porque el cliente se negó a dar suficientes datos.

En ese momento no le pareció importante.

Ahora sí.

—Necesito una computadora.

Nicolò la miró.

—¿Para qué?

—Quiero entrar al sistema interno de la agencia.

Luca soltó una risa nerviosa.

—¿También eres hacker?

—No.

—Menos mal.

—Pero conozco a la persona que diseñó sus facturas.

—¿Y?

—La empresa reutiliza identificadores de cliente en los recibos.

Nicolò sonrió lentamente.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—Esa mirada.

—¿Cuál?

—La que aparece justo antes de que arruines el día de alguien.

Llegaron a otra propiedad.

No era el penthouse.

Una casa discreta en un vecindario tranquilo.

Sin símbolos de lujo.

Sin grandes entradas.

Parecía casi normal.

Francesca miró a Nicolò.

—¿Qué es esto?

—Un lugar seguro.

—Esperaba algo más dramático.

—¿Una fortaleza?

—Quizás una puerta secreta detrás de una biblioteca.

Luca salió del coche.

—Hay una.

Francesca giró.

—¿De verdad?

Nicolò suspiró.

—Luca.

—¿Qué? Ella preguntó.

Francesca lo siguió al interior.

—Ahora quiero verla.

—Primero la computadora.

—Después la puerta secreta.

—Negociable.

Treinta minutos más tarde estaba sentada frente a tres monitores.

El cabello recogido.

El vestido verde cubierto por una sudadera enorme que uno de los hombres de Romano había encontrado en la casa.

Nicolò se había cambiado de ropa.

Camisa negra.

Mangas dobladas.

Francesca intentó no notar sus antebrazos.

Fracasó.

Se obligó a mirar la pantalla.

—Concéntrate.

Nicolò estaba detrás.

—No dije nada.

—Me lo digo a mí misma.

Él sonrió.

Francesca entró en un antiguo portal de pagos.

—Aquí.

Aparecieron cientos de transacciones.

—La agencia genera una identificación numérica cada vez que un cliente hace una solicitud.

—¿Y?

—No son aleatorias.

—Parecen aleatorias.

—Ese es el problema de la mayoría de la gente.

Tecleó.

—Mira los primeros cuatro dígitos.

—Son distintos.

—Exactamente.

—No entiendo.

Francesca suspiró.

—El servidor utiliza la fecha de alta convertida a una secuencia hexadecimal.

Nicolò la observó.

—Hablas otro idioma.

—Tú sabes cómo esconder cuerpos.

—Supuestamente.

—Yo sé cómo esconder números.

Él se inclinó.

—Continúa.

—Si encontramos la solicitud rechazada de hace tres semanas, sabremos quién la pagó.

Buscaron.

Cinco minutos.

Diez.

Finalmente apareció.

CLIENTE 7F42-19A.

Francesca abrió la factura.

Empresa: Bellweather Consulting.

Nicolò cambió de expresión.

—Conozco ese nombre.

—¿Quiénes son?

—Una consultora fantasma.

Francesca abrió el registro empresarial.

—Propietario declarado: Mason Pike.

Luca, detrás de ellos, soltó una maldición.

Francesca giró.

—¿Quién es?

Nicolò no respondió inmediatamente.

—Mi antiguo contador.

Francesca quedó quieta.

—¿Antiguo?

—Desapareció hace cuatro años.

—¿Desapareció o…?

—Desapareció.

—¿Estás seguro?

Nicolò la miró.

—Yo no lo hice.

Ella asintió.

Volvió a la pantalla.

Mason Pike.

El nombre le sonaba.

No sabía por qué.

Lo escribió en una búsqueda.

Aparecieron documentos antiguos.

Empresas.

Fondos.

Sociedades.

Francesca abrió una fotografía.

Y su respiración se detuvo.

Conocía ese rostro.

No personalmente.

Pero lo había visto.

Años atrás.

En un expediente.

—Nicolò.

Él se acercó.

—¿Qué?

—Tu contador trabajó con Delaney & Cross.

Silencio.

—¿La firma donde tú estabas?

—Sí.

Francesca comenzó a abrir archivos frenéticamente.

—No como empleado directo. Como consultor de un cliente.

Otro documento.

Otro.

Entonces encontró la conexión.

—Dios mío.

—¿Qué?

Ella señaló la pantalla.

—Mason Pike gestionaba las empresas que aparecieron en mi auditoría.

Nicolò se quedó inmóvil.

Todo cambió.

La habitación.

El aire.

La historia.

La amenaza contra su padre.

La pérdida de su trabajo.

La deuda.

Su vida escondida.

Francesca sintió que las manos volvían a temblarle.

—No fue casualidad.

Nicolò se agachó junto a ella.

—Mírame.

Francesca no podía.

—Francesca.

Ella giró.

—Ellos sabían quién era yo.

—Sí.

—Desde entonces.

—Probablemente.

—Me vigilaron todos estos años.

—No sabemos eso.

—Querían contratarme hace tres semanas.

Su respiración se volvió irregular.

—¿Por qué?

Nicolò puso una mano sobre la mesa.

No sobre ella.

Lo suficientemente cerca para que Francesca pudiera tomarla si quería.

—Eso vamos a descubrir.

Ella cerró los ojos.

Entonces recordó algo más.

—Mi padre.

Nicolò se puso de pie inmediatamente.

—Luca.

—Ya voy.

—No.

Francesca tomó el brazo de Nicolò.

—No envíes gente armada a la casa de mi padre. Va a sufrir un infarto.

—Entonces iremos nosotros.

—¿Nosotros?

—Sí.

—No puedes aparecer así.

Nicolò miró su camisa.

—¿Así cómo?

Francesca lo observó de arriba abajo.

—Pareces exactamente lo que eres.

—¿Guapo?

Ella parpadeó.

Luca se atragantó con el café.

Francesca abrió la boca.

La cerró.

—Eso fue inesperado.

Nicolò sonrió.

—Necesitabas dejar de entrar en pánico.

—Funcionó.

—Entonces vamos.

El padre de Francesca vivía en una pequeña casa en las afueras de Chicago.

Se llamaba Enzo Barbieri.

Setenta años.

Diabético.

Problemas cardíacos.

Y la costumbre incorregible de intentar arreglar cualquier cosa que tuviera tornillos.

Cuando Francesca entró, lo encontró sentado frente a una tostadora desarmada.

—Papá.

Enzo levantó la vista.

—¿Qué haces aquí?

Después vio a Nicolò.

—¿Y quién es él?

Francesca miró a Nicolò.

—Un… cliente.

Enzo observó la ropa de su hija.

La sudadera enorme.

El maquillaje corrido.

Los pies vendados.

—¿Qué tipo de cliente?

Nicolò extendió una mano.

—Nicolò Romano.

Enzo se quedó inmóvil.

Miró la mano.

Después a Francesca.

Después otra vez a Nicolò.

—Ah.

Francesca frunció el ceño.

—¿Qué significa “ah”?

Enzo estrechó finalmente la mano de Nicolò.

—Nada.

—Papá.

—Un placer conocerlo.

—Papá.

Enzo evitó su mirada.

Francesca sintió inmediatamente que algo no estaba bien.

—Tú conoces ese nombre.

Enzo guardó silencio.

—Papá.

—Francesca…

—¿Cómo conoces a Nicolò Romano?

El anciano dejó el destornillador sobre la mesa.

Nicolò se hizo a un lado.

Aquello era entre padre e hija.

Enzo suspiró.

—Porque hace muchos años trabajé para su padre.

Francesca no se movió.

—¿Qué?

Nicolò también quedó sorprendido.

—¿Mi padre?

Enzo lo miró.

—Salvatore Romano.

Nicolò endureció el rostro.

—¿Qué hacía para él?

—Conducción.

—¿Chofer?

Enzo negó.

—Transportaba documentos.

Francesca sintió que las paredes se estrechaban.

—Papá, tú trabajabas en una empresa de suministros.

Enzo bajó la mirada.

—Eso era lo que te dije.

—Durante treinta años.

—No trabajé para Romano durante treinta años.

—¿Cuánto?

—Cinco.

Francesca comenzó a caminar.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque cuando naciste decidí salir de ese mundo.

—¿Y las deudas?

Enzo cerró los ojos.

Francesca se detuvo.

—No eran apuestas.

El silencio respondió por él.

—Papá.

—No.

Su voz tembló.

—No eran apuestas.

A Francesca se le llenaron los ojos de lágrimas, no de tristeza sino de rabia.

—Me dijiste que debías dinero por apuestas.

—Pensé que era más fácil.

—¿Más fácil?

—Francesca…

—¡Perdí mi carrera intentando pagarlas!

Enzo se levantó lentamente.

—Lo sé.

—¡Me escondí durante años!

—Lo sé.

—¿Entonces de dónde salió la deuda?

Enzo miró a Nicolò.

Después a su hija.

—Para protegerte.

Francesca soltó una risa rota.

—Esa frase siempre termina arruinando mi vida.

Enzo abrió un cajón.

Sacó una llave pequeña.

Caminó hacia un armario.

Del fondo extrajo una caja metálica.

La puso sobre la mesa.

Sus manos temblaban.

—Cuando tú descubriste aquel fraude, yo reconocí uno de los nombres.

Francesca dejó de respirar.

—¿Cuál?

—Mason Pike.

Nicolò dio un paso.

—¿Lo conocía?

Enzo asintió.

—Trabajaba para Salvatore.

—¿Por qué no recuerdo ese nombre?

—Porque no era su nombre real.

Nicolò frunció el ceño.

Enzo abrió la caja.

Dentro había fotografías.

Registros.

Memorias USB.

Una libreta vieja.

—Se llamaba Matteo Dunore.

Francesca sintió que el estómago se le hundía.

—Dunore.

Enzo asintió.

—Hermano de Cordelia.

Nicolò tomó una fotografía.

En ella aparecía un hombre joven al lado de Salvatore Romano.

—Mi padre nunca me habló de él.

—Porque Matteo traicionó a su organización.

Enzo se sentó.

—Robó dinero. Información. Rutas. Después desapareció y comenzó a trabajar usando otros nombres.

Francesca tomó una de las memorias.

—¿Qué hay aquí?

—Copias.

—¿Copias de qué?

Enzo la miró.

—De todo lo que pude conseguir después de que te amenazaron.

Francesca quedó helada.

—¿Tú investigaste?

—Era mi hija.

—¿Durante años?

—Cada vez que podía.

Nicolò examinó los documentos.

—¿Por qué no llevó esto a las autoridades?

Enzo soltó una risa amarga.

—Porque algunas de las personas que aparecían en esos archivos trabajaban para ellas.

La habitación quedó en silencio.

Francesca se sentó.

Su padre tomó sus manos.

—Perdóname.

Ella lo miró.

—¿Por qué dijiste que la deuda era tuya?

Enzo tragó saliva.

—Porque algunas personas me ofrecieron dejarte en paz si yo pagaba.

—¿Cuánto?

—No importa.

—¿Cuánto, papá?

—Doscientos mil.

Francesca sintió que el mundo se detenía.

—Pero yo…

—Tú pagaste una parte pensando que era una deuda de juego.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Enzo.

—Yo esperaba conseguir el resto antes de que descubrieras la verdad.

Francesca retiró lentamente las manos.

Se levantó.

Caminó hacia la ventana.

Durante años había sentido vergüenza.

Vergüenza por no tener una carrera.

Por trabajar escondida.

Por estar endeudada.

Por convertirse en la mujer que su familia nunca imaginó.

Y ahora descubría que gran parte de aquella vergüenza había sido construida sobre una mentira diseñada para mantenerla controlada.

Nicolò no dijo nada.

Solo se acercó.

No la tocó.

Francesca habló mirando hacia afuera.

—Quiero terminar esto.

—Lo haremos.

Ella giró.

—No dije que tú lo harás.

Nicolò sostuvo su mirada.

Francesca continuó:

—Durante años otras personas decidieron lo que yo podía saber.

Miró a su padre.

—Qué trabajo podía tener.

Luego a Nicolò.

—Dónde podía ir.

Nicolò aceptó el golpe sin protestar.

—Tienes razón.

—No quiero esconderme.

—Bien.

—No quiero que alguien destruya a Cordelia por mí.

—Eso será un poco más complicado.

—Nicolò.

Él levantó ambas manos.

—Estoy escuchando.

—Quiero usar estos documentos.

Tomó una memoria USB.

—Quiero descubrir dónde está su dinero.

Otra.

—Quién la ayuda.

Otra.

—Qué empresas controla.

Nicolò la observó.

—¿Y después?

Francesca lo miró fijamente.

—Después quiero quitarle exactamente aquello que la hace poderosa.

Esa noche Francesca no durmió.

Durante seis horas revisó archivos.

Nicolò permaneció cerca.

Luca entraba y salía llevando información.

Enzo dormitaba en un sillón.

A las tres de la mañana, Francesca encontró algo.

—Aquí.

Nicolò se acercó.

—¿Qué?

—Cordelia tiene una estructura de diecinueve compañías.

—Eso ya lo sabíamos.

—No.

Francesca amplió un diagrama.

—Ustedes conocen diecinueve nombres. Pero en realidad son la misma empresa repetida mediante accionistas nominales.

—¿Por qué?

—Para ocultar al beneficiario final.

—Cordelia.

—No.

Nicolò se quedó quieto.

—¿Quién?

Francesca señaló un nombre.

Fundación Hawthorne.

—Una organización benéfica.

—Eso parece absurdo.

—Por eso funciona.

Abrió los documentos.

—La Fundación Hawthorne recibe donaciones legales. Después compra propiedades. Esas propiedades se alquilan a empresas controladas por Dunore.

—Lavado.

—Más elegante.

Francesca siguió.

—Pero hay otra cosa.

—Dime.

—Cordelia no controla completamente la fundación.

—¿Quién sí?

Francesca miró la pantalla.

—Un fideicomiso.

—¿De quién?

Ella abrió el registro.

Nicolò leyó el nombre.

Y la expresión de su rostro cambió.

—Imposible.

Francesca lo miró.

—¿Quién es Victoria Romano?

Nicolò no respondió.

—Nicolò.

Él se alejó de la mesa.

—Mi tía.

—¿Hermana de tu padre?

—Sí.

—Según esto, controla el fideicomiso.

—Murió hace ocho años.

Francesca volvió a mirar.

—Entonces alguien está utilizando su identidad.

Nicolò se acercó nuevamente.

—O no murió.

Silencio.

Francesca sintió un escalofrío.

—¿Viste el cuerpo?

Él no respondió.

Aquello bastó.

Durante años Nicolò había creído que su tía Victoria había fallecido en Europa.

Accidente automovilístico.

Vehículo incendiado.

Reconocimiento complicado.

Documentación cerrada rápidamente.

Era el tipo de tragedia que las familias poderosas preferían no discutir.

Francesca abrió otro archivo.

—Hay actividad financiera después de su supuesta muerte.

—¿Cuándo?

—Primer movimiento importante… cuatro meses después.

Otro.

—Luego anual.

Otro.

—Y hace tres semanas autorizó un pago.

Nicolò endureció la mandíbula.

—¿A quién?

Francesca abrió la transacción.

Ambos quedaron inmóviles.

La agencia de acompañantes.

El pago para solicitar específicamente a Francesca.

Nicolò tomó aire lentamente.

—Victoria te buscaba.

Francesca sintió la piel erizarse.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Pero Cordelia trabaja con ella.

—O para ella.

Francesca miró el diagrama.

Todo lo que había ocurrido empezaba a cambiar de forma.

Cordelia tal vez no era la cabeza.

Quizás era solo otra pieza.

—Necesitamos hablar con Miranda —dijo.

Nicolò negó.

—Desapareció.

—Entonces encontramos a alguien de la agencia.

Luca entró.

—Eso quizá no sea necesario.

Todos lo miraron.

—¿Qué pasó?

Luca dejó una tableta sobre la mesa.

—Una mujer llegó a una propiedad de Romano hace veinte minutos.

Nicolò frunció el ceño.

—¿Quién?

Luca tocó la pantalla.

Una fotografía de seguridad apareció.

Francesca se quedó helada.

—Miranda.

La mujer que la había enviado a la cita estaba sentada en una sala vigilada.

Parecía asustada.

En la mano sostenía un sobre.

—Dice que solo hablará con Francesca.

Media hora después Miranda estaba frente a ella.

Ya no parecía la mujer segura que dirigía la agencia.

Tenía el rostro pálido.

—Lo siento.

Francesca permaneció de pie.

—¿Por qué desaparecieron?

—Nos dijeron que cerráramos.

—¿Quién?

Miranda miró a Nicolò.

—No voy a decir nada con él aquí.

Francesca respondió:

—Él se queda.

Nicolò no mostró ninguna reacción, pero Luca sonrió discretamente.

Miranda respiró.

—Una mujer compró la agencia hace seis meses.

—¿Quién?

—Nunca la conocí personalmente.

—Nombre.

—Victoria Bell.

Nicolò miró a Francesca.

Alias.

Miranda continuó:

—Ella casi nunca intervenía.

—Hasta que pidió que me asignaras a Nicolò.

Miranda bajó la mirada.

Francesca sintió la respuesta antes de escucharla.

—Sí.

—Entonces mi asignación nunca fue casual.

—No.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Mientes.

Miranda apretó el bolso.

—Francesca…

—Durante años todo el mundo ha decidido qué verdades puedo soportar.

Su voz permaneció tranquila.

Eso la hacía más poderosa.

—No lo hagas tú también.

Miranda cerró los ojos.

—Victoria dijo que necesitaba ponerte cerca de Romano.

Nicolò preguntó:

—¿Para qué?

—Para que encontraras algo.

Francesca frunció el ceño.

—¿Qué?

Miranda sacó el sobre.

—Esto.

Dentro había una carta.

Solo una página.

Francesca la leyó.

Después volvió a leerla.

Su rostro perdió color.

Nicolò se acercó.

—¿Qué dice?

Ella le entregó el papel.

La carta estaba fechada dieciocho años atrás.

Firmada por Salvatore Romano.

Padre de Nicolò.

“Victoria:

Si algo me ocurre, encuentra a Enzo Barbieri.

Él conserva la única copia que prueba quién realmente está detrás de los movimientos de Matteo.

No confíes en nadie dentro de la familia.

Especialmente en Cordelia.

La hija de Enzo tiene una capacidad extraordinaria. Si algún día logra comprender los archivos, podrá demostrar lo que nosotros no pudimos.

Protégela.

No permitas que sepan lo que ella puede hacer.”

Nicolò leyó la carta dos veces.

Francesca estaba completamente inmóvil.

Miranda habló:

—Victoria no quería entregarte directamente los archivos.

—¿Por qué?

—Porque creía que estabas vigilada.

—¿Entonces me envió junto a Nicolò?

Miranda asintió.

—Sabía que si mostrabas tu talento delante de él…

Nicolò terminó la frase.

—Yo te protegería.

Francesca sintió una mezcla violenta de rabia y comprensión.

—Manipuló todo.

—Sí.

—¿Incluso la reunión?

Miranda negó.

—Eso no.

—¿Estás segura?

—Cordelia descubrió el plan y cambió los contratos antes de la reunión.

Nicolò caminó hasta la ventana.

—Entonces Victoria intentaba conectar las piezas.

Francesca apretó la carta.

—Y Cordelia quería utilizar esa oportunidad para destruirte.

—Sí.

—Pero hay algo que todavía no entiendo.

Todos la miraron.

Francesca colocó la carta sobre la mesa.

—Si Victoria quería protegerme…

Sus ojos recorrieron la habitación.

—¿Por qué no está aquí?

Miranda tragó saliva.

—Porque tiene miedo.

—¿De Cordelia?

—No.

Francesca sintió un escalofrío.

—Entonces, ¿de quién?

Miranda respondió casi en un susurro.

—De Nicolò.

El silencio fue brutal.

Luca levantó la mirada.

Nicolò no se movió.

Francesca observó a Miranda.

—Explícate.

—Victoria dice que Salvatore fue traicionado desde dentro de la familia Romano.

—¿Por quién?

—Nunca lo supo.

—Entonces ¿por qué teme a Nicolò?

Miranda miró al hombre al otro lado de la sala.

—Porque el dinero robado siguió moviéndose durante años usando claves que pertenecían únicamente a dos personas.

Francesca sintió su corazón golpear más fuerte.

—Salvatore…

—Y Nicolò.

Luca reaccionó inmediatamente.

—Cuidado con lo que dices.

Nicolò levantó una mano.

—Déjala.

Miranda continuó:

—Victoria no sabía si Nicolò estaba involucrado o si alguien estaba usando sus credenciales.

Francesca miró al hombre que había salvado su vida.

El hombre que la había protegido.

El hombre que acababa de convertir su inteligencia en algo que ella volvía a respetar.

—¿Es verdad?

Nicolò sostuvo su mirada.

—Mis códigos aparecieron en operaciones que yo nunca autoricé.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Tres años.

Francesca retrocedió un paso.

—No me lo dijiste.

—Nos conocemos desde esta mañana.

—Pero me pediste que confiara en ti.

—Nunca te pedí confianza ciega.

—Entonces dime todo.

Nicolò respiró.

—Hace tres años descubrí transferencias realizadas desde cuentas internas.

—¿Investigaste?

—Sí.

—¿Qué encontraste?

—Nada.

—Eso no existe.

Francesca lo miró intensamente.

—Siempre queda algo.

Nicolò sostuvo la mirada.

—Por eso te necesito.

La frase podría haber sonado manipuladora.

Pero no lo hizo.

No aquella vez.

Porque Francesca comprendió algo.

Nicolò tampoco sabía toda la verdad.

Él era poderoso.

Temido.

Rodeado de hombres que obedecían sus órdenes.

Pero alguien había utilizado su propio sistema sin que pudiera encontrarlo.

Y aquel alguien probablemente había estado observándolos durante años.

Francesca volvió a sentarse frente al ordenador.

—Entonces empezamos desde cero.

Nicolò se acercó.

—¿Qué necesitas?

Ella lo miró.

—Acceso completo a tus registros financieros.

Luca abrió los ojos.

Nicolò respondió inmediatamente:

—Hecho.

—Tus empresas.

—Hecho.

—Cuentas personales.

—Hecho.

—Propiedades.

—Hecho.

—Contratos.

—Hecho.

Francesca levantó una ceja.

—No eres muy desconfiado para ser jefe de una organización clandestina.

—Soy extremadamente desconfiado.

—Acabas de ofrecerme toda tu información.

Nicolò acercó una silla.

—Hoy tuviste varias oportunidades de dejarme caer.

—Eso no significa que sea confiable.

—No.

Se sentó a su lado.

—Significa que elegiste salvarme cuando no tenías obligación de hacerlo.

Francesca sintió un extraño calor en el pecho.

Volvió a la pantalla.

—Eso sigue siendo una terrible política de seguridad.

—Anotado.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas Francesca casi no se levantó de la mesa.

Miles de registros.

Décadas de movimientos.

Empresas.

Transferencias.

Códigos.

Nombres.

Personas entrando y saliendo de la habitación.

Nicolò dormía poco.

Francesca menos.

A veces él dejaba café junto a su mano sin decir nada.

A veces ella encontraba comida y sabía perfectamente quién la había pedido.

La primera noche discutieron porque Nicolò quiso obligarla a descansar.

—No puedes pensar correctamente después de veinte horas despierta.

—Puedo pensar mejor que tú después de cuarenta.

—Eso no es un argumento.

—Sí lo es.

—Francesca.

—Nicolò.

Él cruzó los brazos.

Ella hizo lo mismo.

Luca pasó por la puerta.

Los vio.

Retrocedió.

—Yo no estuve aquí.

Francesca intentó no reír.

Nicolò la señaló.

—Cuatro horas de sueño.

—Dos.

—Cuatro.

—Tres.

—Cuatro.

—Tres y media y desayuno.

Nicolò pensó.

—Trato.

—Excelente.

Ella se levantó.

Dio dos pasos.

El mundo se inclinó.

Nicolò la sostuvo antes de que cayera.

Francesca cerró los ojos.

—Quizás cuatro.

—Eso pensé.

Cuando despertó estaba en una cama.

Por un momento no supo dónde estaba.

Después vio una taza de café sobre la mesa.

Al lado había una nota.

“No contiene números.

Puedes beberlo sin analizarlo.

N.”

Francesca sonrió.

No debería.

Pero lo hizo.

Cuatro horas después regresó al trabajo.

Y entonces encontró la grieta.

Era pequeña.

Ridículamente pequeña.

Una transferencia de mil doscientos dólares realizada hacía once años.

Nada comparado con millones.

Pero tenía una anomalía.

Misma hora.

Mismo minuto.

Dos cuentas.

El dinero salía de una.

Llegaba a otra.

Y después reaparecía en una tercera antes de que el sistema registrara la recepción.

Imposible.

A menos que alguien hubiera manipulado el reloj de los servidores.

Francesca comenzó a rastrear movimientos similares.

Cinco.

Diecisiete.

Cuarenta y tres.

Todos realizados en fechas vinculadas a reuniones familiares.

Bodas.

Funerales.

Cumpleaños.

Eventos donde muchas personas tenían acceso físico a edificios de Romano.

—Nicolò.

Él apareció detrás de ella.

—Encontré algo.

Francesca mostró la lista.

—¿Qué tienen en común estas fechas?

Nicolò revisó.

—Familia.

—Exacto.

—¿Alguien aprovechaba los eventos?

—Sí.

—¿Quién estuvo presente en todos?

Francesca ya había preparado la respuesta.

Una lista apareció.

Salvatore Romano.

Fallecido.

Victoria Romano.

Supuestamente fallecida.

Nicolò Romano.

Presente.

Luca Ferraro.

Presente.

Y una quinta persona.

El rostro de Nicolò se volvió de piedra.

—No.

Francesca miró el nombre.

—Adrian Romano.

—Mi hermano.

Francesca quedó callada.

—Creí que eras hijo único.

—Para el mundo, sí.

—¿Qué pasó con él?

Nicolò tardó demasiado en responder.

—Se fue.

—¿Cuándo?

—Hace doce años.

Francesca hizo cálculos.

—Las transferencias comenzaron once años atrás.

Nicolò se alejó.

—Adrian murió.

—¿Viste el cuerpo?

Silencio.

Francesca sintió una sensación familiar.

—Otra vez.

Nicolò cerró los ojos.

—Accidente de barco.

—¿Cuerpo?

—Nunca apareció.

Francesca se levantó.

—Entonces tu familia tiene una costumbre horrible de aceptar muertes sin cadáveres.

Él la miró.

—En ese momento tenía veintiséis años.

—¿Qué ocurrió?

—Adrian y yo discutimos.

—¿Por qué?

Nicolò no respondió.

—Nicolò.

—Por la sucesión.

Francesca entendió.

—Tu padre quería que tú dirigieras la organización.

—Sí.

—Adrian no estuvo de acuerdo.

—No.

—¿Amenazó con irse?

—Sí.

—Y después desapareció.

—Exactamente.

Francesca miró la pantalla.

La estructura comenzó a hacerse clara.

Cordelia.

Matteo.

Victoria.

Adrian.

Alguien había estado moviendo dinero a través de ambas familias.

Tal vez durante décadas.

—Necesito una foto de Adrian.

Nicolò sacó su teléfono.

Buscó.

Le mostró una fotografía antigua.

Dos jóvenes.

Uno era Nicolò.

El otro, Adrian.

Francesca acercó la imagen.

Su cerebro hizo clic.

—Lo he visto.

Nicolò quedó inmóvil.

—¿Dónde?

Ella cerró los ojos.

Imagen.

Recuerdo.

Hotel.

Recepción.

Tres años antes.

Un hombre cruzando un vestíbulo.

Después otro recuerdo.

La firma Delaney & Cross.

Una fotografía corporativa.

Fondo.

Una figura.

—En un evento de mi antigua firma.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Eso fue después de su supuesta muerte.

—Mucho después.

Nicolò tomó el teléfono.

—Luca.

Francesca sujetó su muñeca.

—Espera.

—Está vivo.

—Probablemente.

—Voy a encontrarlo.

—Y si lleva once años escondiéndose, ¿crees que aparecerá porque mandes hombres?

Nicolò la miró.

—¿Qué propones?

Francesca volvió a sentarse.

—Que dejemos de buscarlo.

—¿Qué?

—Hagamos que él nos busque.

Una hora después había un plan.

Francesca filtraría deliberadamente una pequeña transferencia.

Un movimiento suficientemente específico para indicar que habían descubierto el patrón antiguo.

Nada más.

Si Adrian seguía observando las cuentas, reaccionaría.

Nicolò no estaba convencido.

—Es peligroso.

—Todo lo relacionado contigo parece peligroso.

—No me gusta utilizarte como señuelo.

Francesca levantó la mirada.

—No soy el señuelo.

—Entonces ¿quién?

Ella sonrió.

—Tú.

Nicolò se quedó mirándola.

Luca comenzó a reír.

—Por fin alguien se atreve.

Nicolò lo miró.

Luca dejó de reír.

—Nunca dije nada.

La transferencia se hizo a las 14:17.

A las 14:29 ocurrió la respuesta.

Un correo.

Sin remitente visible.

Solo cinco palabras.

“Ella ve más que tú.”

Nicolò mostró la pantalla.

Francesca sintió un escalofrío.

—Eso es para ti.

—Gracias por aclararlo.

Treinta segundos después llegó otro mensaje.

“Pier 19. Medianoche. Solos.”

Francesca negó.

—Demasiado obvio.

—Estoy de acuerdo.

—No vamos.

—Sí vamos.

—Nicolò.

—Quiere verme.

—Quiere que creas que quiere verte.

—¿Diferencia?

—Enorme.

Francesca examinó los metadatos.

—El correo salió de una red temporal.

—¿Ubicación?

—No exacta.

Siguió buscando.

Entonces sonrió.

—Pero cometió un error.

—¿Cuál?

—La zona horaria del dispositivo.

—Chicago.

—No.

Francesca giró la pantalla.

—Milwaukee.

Nicolò frunció el ceño.

—¿Está en Wisconsin?

—Tal vez.

—Entonces ¿por qué Pier 19?

Francesca abrió un mapa.

Observó rutas.

Tiempo.

Distancias.

Puertos.

—Porque quiere que todos tus hombres se concentren aquí.

Nicolò entendió.

—Mientras ocurre algo en otro lugar.

Francesca asintió.

—¿Qué hay en Milwaukee?

Luca comenzó a buscar.

La respuesta apareció un minuto después.

Un almacén propiedad de una empresa vinculada a Victoria Romano.

Nicolò tomó las llaves.

—Vamos.

Francesca se levantó.

—Voy contigo.

—No.

Ella cruzó los brazos.

—¿Perdón?

—Esta vez no.

—Encontré el lugar.

—Y por eso quiero que estés protegida.

—No soy un adorno.

—Nunca dije eso.

—Entonces deja de tratarme como uno.

Nicolò se acercó.

—Francesca, si Adrian está vivo y ha estado detrás de esto durante once años, no sabemos qué quiere.

—Precisamente.

—Podría querer hacerte daño.

—También podría querer hablar conmigo.

Nicolò apretó la mandíbula.

—Eso es lo que me preocupa.

Francesca bajó un poco la voz.

—No puedes pedirme que deje de esconderme y después esconderme tú cada vez que algo se vuelve peligroso.

Él guardó silencio.

La frase encontró su objetivo.

Finalmente Nicolò extendió una mano.

—Quédate cerca de mí.

Francesca tomó su chaqueta.

—No porque me lo ordenes.

—Por supuesto.

—Porque es estadísticamente más probable que sobreviva si lo hago.

Nicolò sonrió.

—Romántico.

—No empieces.

Llegaron al almacén a las 23:38.

No estaba abandonado.

Eso fue lo primero que Francesca notó.

Había luz.

Muy poca.

Pero suficiente.

También un automóvil.

Nicolò se detuvo.

—Ese vehículo…

—¿Lo conoces?

—Era de Victoria.

Francesca lo miró.

Entraron.

No encontraron guardias.

No encontraron amenazas.

Solo una mujer.

Cabello plateado.

Abrigo oscuro.

Sentada frente a una mesa.

Victoria Romano levantó los ojos.

Nicolò quedó inmóvil.

—Tía.

La mujer sonrió con tristeza.

—Has crecido demasiado.

Nicolò parecía incapaz de moverse.

—Estás viva.

—Sí.

—Me dijeron que habías muerto.

—Era necesario.

—¿Durante ocho años?

Victoria bajó la mirada.

—Lo siento.

Francesca observó a ambos.

Había demasiada emoción acumulada.

Demasiadas preguntas.

Finalmente Victoria la miró.

—Francesca Barbieri.

Francesca permaneció firme.

—Usted compró la agencia.

—Sí.

—Me puso cerca de Nicolò.

—Sí.

—Manipuló mi vida.

Victoria negó suavemente.

—Solo intenté crear una oportunidad.

—Sin preguntarme.

—Si te hubiera contactado directamente, te habrían seguido.

—Ya me seguían.

Victoria hizo una pausa.

—Eso descubrí demasiado tarde.

Nicolò habló:

—¿Adrian está vivo?

Victoria cerró los ojos.

—Sí.

El dolor cruzó el rostro de Nicolò.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—Mientes.

—Ojalá.

—¿Trabaja con Cordelia?

—Sí.

Francesca intervino.

—¿Por qué?

Victoria la miró.

—Porque cree que Nicolò destruyó nuestra familia.

Nicolò endureció el rostro.

—Él fue quien se fue.

—Porque encontró algo.

—¿Qué?

Victoria abrió una carpeta.

—Pruebas de que Salvatore había utilizado dinero de los Dunore décadas atrás para construir parte de su imperio.

Nicolò quedó inmóvil.

—Mi padre robó a los Dunore.

—Sí.

—¿Cordelia lo sabía?

—Lo descubrió después.

Francesca comenzó a entender.

—Adrian creyó que devolviendo el dinero podía corregirlo.

Victoria asintió.

—Al principio.

—Pero después…

—Después Cordelia lo convirtió en algo personal.

Victoria señaló la carpeta.

—Adrian empezó ayudándola a recuperar lo que consideraba suyo. Luego descubrió que podía mover dinero sin ser detectado.

Francesca miró los documentos.

—Y construyeron una red.

—Sí.

—¿Matteo?

—Fue quien les enseñó.

Nicolò apretó los puños.

—Entonces mi hermano lleva años robándome.

Victoria lo miró.

—Nicolò…

—¿Y tú lo sabías?

—Desde hace cuatro años.

—¿Cuatro?

Su voz fue baja.

Herida.

—Y nunca viniste.

—Porque Adrian estaba convencido de que tú habías ordenado mi muerte.

—¿Qué?

—Alguien falsificó mensajes.

Francesca intervino:

—Quería mantenerlos separados.

Victoria asintió.

—Sí.

—¿Quién?

Victoria bajó la mirada.

—Cordelia.

Nicolò se quedó quieto.

Francesca observó la carpeta.

Algo no encajaba.

—No.

Todos la miraron.

—¿Qué?

Francesca tomó un documento.

—Cordelia no pudo hacerlo sola.

—¿Por qué?

—Porque algunas de estas transferencias comenzaron antes de que ella tuviera acceso a las cuentas.

Victoria frunció el ceño.

Francesca señaló fechas.

—Aquí.

Otra.

—Y aquí.

Nicolò se acercó.

—¿Qué significa?

Francesca sintió que una nueva imagen aparecía en su mente.

No era Cordelia.

No Adrian.

No Victoria.

Otra persona.

Alguien presente desde el inicio.

Alguien con acceso a ambas familias.

Alguien suficientemente cercano para copiar claves.

Alguien que todos consideraban invisible.

Francesca levantó lentamente la mirada.

—Luca.

Nicolò quedó helado.

Victoria palideció.

Francesca repitió:

—¿Dónde está Luca?

Nicolò tomó el teléfono.

Nada.

—No responde.

Francesca sintió que el estómago se le hundía.

—Revisa la casa segura.

Nicolò marcó otro número.

Esperó.

Su expresión cambió.

—Nadie responde.

Victoria se levantó.

—¿Quién estaba allí?

Nicolò miró a Francesca.

Los dos pronunciaron el mismo nombre.

—Enzo.

Francesca salió corriendo.

El trayecto de regreso pareció eterno.

Nicolò hizo llamadas.

Nadie respondía.

Francesca permanecía en silencio.

Un silencio terrible.

Las manos apretadas.

El aire atrapado en el pecho.

—Va a estar bien —dijo Nicolò.

—No me prometas cosas que no sabes.

Él guardó silencio.

Cuando llegaron, la casa segura estaba oscura.

La puerta abierta.

Francesca entró primero.

—¡Papá!

Nada.

—¡Papá!

La sala vacía.

Computadoras desaparecidas.

Documentos fuera.

Una silla caída.

Sobre la mesa había un teléfono.

Comenzó a sonar.

Francesca se quedó inmóvil.

Nicolò tomó el dispositivo.

Contestó.

Una voz conocida llegó desde el altavoz.

Luca.

—Sabía que ella lo descubriría.

Nicolò apretó el teléfono.

—¿Dónde está Enzo?

—Vivo.

Francesca cerró los ojos.

—Quiero hablar con él.

Silencio.

Después la voz de su padre.

—Francesca.

Ella tomó el teléfono.

—Papá.

—Estoy bien.

—¿Te hicieron algo?

—No.

Luca volvió a hablar.

—No soy un monstruo.

Francesca apretó los dientes.

—Traicionaste a Nicolò.

—Durante quince años.

—¿Por qué?

Luca soltó una risa cansada.

—Porque alguien tenía que impedir que dos familias siguieran destruyendo la ciudad por una mentira.

Francesca frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que lo tiene.

—Robaste dinero.

—Moví dinero.

—Falsificaste registros.

—Sí.

—Provocaste desconfianza.

—También.

—¿Y lo llamas evitar una guerra?

—La guerra comenzó antes de que tú nacieras.

Francesca caminó lentamente.

—No eres Dunore.

—No.

—Tampoco Romano.

—No.

Entonces entendió.

—Eres hijo de Matteo.

Silencio.

Nicolò la miró.

Luca respiró al otro lado.

—Tu cerebro realmente es un problema.

Francesca sintió una extraña calma.

—¿Dónde estás?

—Eso tendrás que descubrirlo.

—Podría.

—Lo sé.

—Entonces ¿para qué jugar?

—Porque necesito que vengas sola.

Nicolò negó inmediatamente.

Francesca ignoró el gesto.

—¿Por qué?

—Porque tú eres la única persona que puede verificar lo que realmente ocurrió.

—¿Qué ocurrió?

—Salvatore Romano no robó dinero de los Dunore.

Francesca quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Los documentos originales fueron alterados.

—¿Por quién?

—Ven y lo verás.

La llamada terminó.

Nicolò tomó el teléfono de sus manos.

—No vas.

—Mi padre está allí.

—Iremos todos.

—Dijo sola.

—No me importa.

Francesca se giró.

—A mí sí.

—Es una trampa.

—Probablemente.

—Entonces no.

—Nicolò.

—No.

Ella se acercó.

—¿Recuerdas lo que dijiste?

—He dicho muchas cosas.

—Que ya no debía esconder mi mente.

Él sostuvo su mirada.

—Esto es diferente.

—No.

—Sí.

—Mi padre está allí porque Luca quiere algo que solo yo puedo hacer.

Nicolò se quedó callado.

Francesca continuó:

—Analizar documentos.

—Podemos hacerlo aquí.

—No si tiene los originales.

—Podrían ser falsos.

—Precisamente por eso necesita a alguien capaz de detectarlo.

Nicolò apretó la mandíbula.

—No permitiré que vayas sola.

Francesca lo miró.

—Entonces tendremos que encontrar una forma de hacerle creer que fui sola.

Dos horas después Francesca entró a un antiguo archivo ferroviario.

Llevaba un pequeño auricular escondido.

Nicolò estaba a varias calles.

Victoria con él.

También un equipo de seguridad.

Nada ocurriría si podían evitarlo.

El lugar olía a polvo.

Papel.

Metal.

—Luca.

Su voz resonó.

—Estoy aquí.

Él apareció entre los estantes.

Sin arma visible.

Enzo estaba sentado cerca.

—Papá.

—Estoy bien.

Francesca lo abrazó.

Después miró a Luca.

—Empieza.

Luca señaló una mesa.

Sobre ella había siete cajas.

—Todo está ahí.

Francesca abrió la primera.

Documentos de hacía más de treinta años.

Contratos.

Registros de puerto.

Transferencias.

Firmas.

Comenzó a leer.

Una hora.

Dos.

Tres.

Luca esperaba.

Enzo dormía.

Nicolò escuchaba desde lejos sin intervenir.

A las cuatro de la mañana Francesca encontró la primera inconsistencia.

—Esto está falsificado.

Luca se acercó.

—¿Cuál?

Ella señaló.

—La firma de Salvatore es real.

—Entonces…

—El documento no.

Luca frunció el ceño.

—Explícalo.

—La tinta corresponde al periodo, pero la impresora no.

—¿Cómo sabes eso?

—Espaciado.

Francesca señaló las letras.

—Este modelo dejó de fabricarse años después de la fecha indicada.

Luca palideció.

Francesca siguió.

Otro documento.

Otro.

—Falso.

Otro.

—Alterado.

Finalmente encontró uno auténtico.

Lo leyó.

Y su respiración cambió.

—Dios mío.

Luca se acercó.

—¿Qué?

Francesca levantó el papel.

—Salvatore no robó a los Dunore.

—Te lo dije.

—Pero tampoco es inocente.

Luca quedó quieto.

Francesca continuó:

—Él y Matteo crearon juntos el fondo original.

—¿Socios?

—Sí.

—Entonces ¿por qué comenzó todo?

Francesca tomó otro documento.

—Porque alguien convenció a cada familia de que la otra había robado su parte.

Luca se acercó.

—¿Quién?

Francesca revisó las firmas.

Una.

Dos.

Tres.

Entonces vio el nombre.

Y sintió que la sangre se le helaba.

Era un nombre que ninguno había considerado importante.

Un abogado.

Un hombre que había trabajado para las dos familias.

Arthur Vale.

Francesca recordó haberlo visto en registros recientes.

No podía ser.

Buscó.

Otra empresa.

Otro fideicomiso.

Y entonces encontró algo peor.

Arthur Vale no estaba muerto.

Tenía ochenta y dos años.

Y seguía controlando indirectamente empresas utilizadas por Cordelia.

—No era una guerra familiar —susurró Francesca.

Luca se acercó.

—¿Qué?

—Era un negocio.

Lo miró.

—Alguien mantuvo a los Romano y los Dunore enfrentados durante treinta años porque mientras luchaban nadie revisaba quién estaba cobrando de ambos lados.

Luca quedó inmóvil.

Francesca comenzó a organizar documentos.

—Matteo descubrió una parte.

—Por eso desapareció.

—Sí.

—¿Y mi padre?

Enzo despertó.

—Matteo vino a verme una vez.

Luca lo miró.

—¿Cuándo?

—Antes de desaparecer.

—¿Qué dijo?

Enzo respiró.

—Que había encontrado al verdadero ladrón.

Luca palideció.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—No sabía que eras su hijo.

Luca dio un paso atrás.

Por primera vez parecía completamente perdido.

Francesca vio el dolor real en su rostro.

Él había pasado media vida convencido de una historia incompleta.

Igual que ella.

Igual que Nicolò.

Todos habían sido piezas de un conflicto creado por alguien que entendía perfectamente cómo explotar resentimientos heredados.

Francesca levantó el documento.

—Esto puede terminarlo.

Luca la miró.

—No.

—¿Por qué?

—Porque Cordelia nunca lo aceptará.

—No necesito que lo acepte.

Francesca comenzó a copiar archivos.

—Necesito probarlo.

—¿A quién?

Ella levantó los ojos.

—A todos.

A las diez de la mañana, Nicolò entró al edificio.

Luca se tensó.

Pero Nicolò no levantó ningún arma.

Solo caminó hacia él.

Los dos hombres se miraron.

Quince años juntos.

Mentiras.

Lealtad.

Traición.

Dolor.

—Debiste decírmelo —dijo Nicolò.

Luca sonrió con amargura.

—¿Me habrías creído?

Nicolò pensó.

—No.

—Exactamente.

—Pero quizá con el tiempo.

Luca bajó la mirada.

—Lo siento.

Nicolò respiró.

—Todavía no sé qué hacer contigo.

—Me parece justo.

Francesca apareció detrás.

—Pueden resolver su crisis masculina después.

Ambos la miraron.

—Encontré algo.

Colocó un documento sobre la mesa.

—Una transferencia de hace seis meses.

Nicolò leyó.

—¿Arthur Vale?

—Sí.

—¿A quién?

Francesca señaló.

Cordelia Dunore.

—Él sigue trabajando con ella.

—Entonces ella sabe la verdad.

—Probablemente.

—Y continúa la guerra.

—Porque ahora le conviene.

Francesca cerró la carpeta.

—Por eso quería destruirte mediante el contrato.

Nicolò la miró.

—¿Qué hacemos?

La pregunta sorprendió a todos.

El jefe de la familia Romano.

El hombre cuyas órdenes nadie cuestionaba.

Acababa de preguntarle a Francesca qué debían hacer.

Ella sintió algo difícil de describir.

No poder.

No exactamente.

Respeto.

Por primera vez en años alguien no quería utilizar su inteligencia para aprovecharse de ella.

Quería escucharla.

Francesca abrió un mapa financiero.

—No atacamos a Cordelia.

Nicolò levantó una ceja.

—Continúa.

—Si la atacas directamente, sus empresas se dispersan y Arthur Vale desaparece.

—Entonces…

—Congelamos el sistema.

—¿Cómo?

—Pruebas.

Francesca levantó una memoria.

—Mandamos copias a varios abogados, periodistas financieros y autoridades al mismo tiempo.

Luca frunció el ceño.

—Eso destruirá parte del imperio Romano también.

Nicolò miró los documentos.

Francesca sostuvo su mirada.

—Sí.

Silencio.

—Si quieres limpiar esto, no puedes elegir qué verdad sale.

Nicolò permaneció inmóvil.

Aquello era lo más importante.

Francesca sabía que podía perderlo en ese instante.

Hombres como él hablaban de lealtad.

De familia.

De proteger lo propio.

Pero la verdad exigía algo diferente.

Exigía aceptar consecuencias.

Finalmente Nicolò preguntó:

—¿Mi padre aparece?

—Sí.

—¿Yo?

—En algunas empresas.

—¿Ilegalmente?

Francesca fue cuidadosa.

—Hay movimientos que tendrás que explicar.

Luca observó a Nicolò.

Victoria también.

Nadie respiraba.

Nicolò tomó la memoria.

La miró.

Después se la devolvió.

—Hazlo.

Francesca quedó sorprendida.

—¿Estás seguro?

—No.

—Nicolò…

—Si pasamos otros treinta años ocultando cosas para proteger nuestros apellidos, entonces Arthur Vale gana incluso si mañana deja de respirar.

Francesca sintió un nudo en la garganta.

Él continuó:

—Publica todo.

—Podrías perder empresas.

—Sí.

—Dinero.

—Sí.

—Poder.

Nicolò la miró.

—Hay cosas más caras que el poder.

Francesca sonrió suavemente.

—Eso fue casi profundo.

—No se lo digas a Luca.

—Demasiado tarde —respondió él.

Las siguientes horas fueron un caos cuidadosamente calculado.

Documentos enviados.

Copias cifradas.

Llamadas.

Abogados.

Autoridades.

Empresas reaccionando.

Cuentas bloqueadas.

Socios desapareciendo.

Personas intentando negar vínculos que estaban registrados desde hacía décadas.

Cordelia llamó a Nicolò nueve veces.

Él no respondió.

A la décima, Francesca tomó el teléfono.

—Hola, Cordelia.

Silencio.

—Tú.

—Yo.

—No sabes lo que acabas de hacer.

Francesca miró las pantallas.

—En realidad tengo un diagrama bastante detallado.

Cordelia respiró con furia.

—Crees que ganaste.

—No.

—Entonces ¿qué crees?

Francesca observó a Nicolò.

—Que por primera vez dejamos de jugar el juego que alguien diseñó antes de que naciéramos.

—Romano te utilizará y te descartará.

Francesca sonrió.

—Interesante.

—¿Qué?

—Eso mismo me dijeron sobre mi inteligencia.

—No te entiendo.

—No necesitas hacerlo.

La voz de Cordelia bajó.

—Todavía puedo destruir a tu padre.

Francesca dejó de sonreír.

Nicolò la observó.

Ella respondió con calma.

—No.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—¿Por qué?

—Porque hace seis minutos las cuentas usadas para extorsionarlo quedaron incluidas en una investigación formal.

Silencio.

—Y hace cuatro minutos envié todas las comunicaciones relacionadas con él.

Otro silencio.

—Y hace treinta segundos tu abogado principal pidió inmunidad a cambio de entregar registros.

La respiración de Cordelia cambió.

Francesca miró el reloj.

—Probablemente deberías devolverle la llamada.

La comunicación terminó.

Nicolò la observó.

—Eso fue cruel.

Francesca colocó el teléfono sobre la mesa.

—Aprendí de gente talentosa.

Tres semanas después Chicago parecía la misma ciudad.

Mismos edificios.

Mismo tráfico.

Mismo viento desde el lago.

Pero para Francesca nada era igual.

La investigación financiera crecía.

Arthur Vale había sido localizado.

Cordelia enfrentaba múltiples acusaciones financieras.

Varios de sus asociados habían comenzado a cooperar.

Adrian Romano apareció finalmente.

No hubo reconciliación inmediata.

Eso solo ocurría en historias demasiado sencillas.

Él y Nicolò discutieron durante seis horas.

Después se quedaron en silencio durante otras dos.

Pero seguían hablando.

Eso ya era algo.

Luca también estaba cooperando.

Victoria había regresado públicamente.

Enzo, por primera vez en años, dormía sin esperar llamadas de cobradores.

Y Francesca…

Francesca recibió nueve ofertas de trabajo.

Cuatro empresas financieras.

Dos firmas legales.

Una universidad.

Una consultora internacional.

Y una propuesta mucho más extraña.

Estaba sentada en la terraza donde todo había comenzado.

Mismo lugar.

Otra mesa.

Nicolò apareció con dos cafés.

Dejó uno frente a ella.

—¿Sin números? —preguntó Francesca.

—Revisé personalmente.

—Perfecto.

Él se sentó.

—¿Ya decidiste?

Francesca fingió no entender.

—¿Sobre qué?

—Las ofertas.

—Tal vez.

—¿Cuál?

—La universidad quiere que dirija un laboratorio de análisis forense financiero.

Nicolò asintió.

—Suena respetable.

—Muy respetable.

—Te aburrirás.

Francesca sonrió.

—Probablemente.

—La consultora de Nueva York.

—Buen salario.

—Demasiado lejos.

Ella levantó una ceja.

—¿Eso es un análisis profesional?

—Completamente objetivo.

—Claro.

Nicolò tomó café.

—También tienes otra oferta.

Francesca lo miró.

—La tuya.

—La mejor.

—La que paga menos.

—Puedo mejorarla.

—Horario terrible.

—Flexible.

—Riesgo profesional preocupante.

—Hemos reducido considerablemente los intentos de asesinato.

Francesca se rió.

—Esa frase no es tan tranquilizadora como crees.

Nicolò dejó la taza.

—No quiero contratarte como acompañante.

—Qué alivio.

—Ni como alguien que trabaje para mí.

Francesca frunció ligeramente el ceño.

—¿Entonces?

Él sostuvo su mirada.

—Quiero construir algo contigo.

La sonrisa de Francesca desapareció lentamente.

—¿Qué cosa?

—Una empresa legal.

Ella casi se ríe.

—¿Tú?

—Estoy intentando no ofenderme.

Nicolò deslizó una carpeta.

Francesca la abrió.

Romano-Barbieri Financial Intelligence.

Ella levantó la mirada.

—No.

Nicolò pareció decepcionado.

—¿No?

—El orden.

—¿Qué tiene?

—Barbieri va primero.

Él se quedó en silencio.

Francesca sonrió.

—Barbieri-Romano.

Nicolò pensó.

—Eso es chantaje.

—Negociación.

—Romano-Barbieri suena mejor.

—Entonces busca otra genio matemática.

Nicolò extendió la mano.

—Barbieri-Romano.

Francesca la estrechó.

—Trato.

Ninguno soltó inmediatamente.

El viento movió un mechón de cabello sobre el rostro de Francesca.

Nicolò lo apartó con cuidado.

Ella sintió que su respiración se detenía ligeramente.

—Hay otra cosa —dijo él.

—¿Otra empresa?

—No.

—¿Una deuda secreta?

—No.

—¿Un hermano desaparecido?

—Espero que tampoco.

Francesca sonrió.

—Entonces dime.

Nicolò la miró de una manera que jamás la había mirado aquella primera mañana.

No como distracción.

No como herramienta.

No como arma.

Como mujer.

—Nuestra primera cita fue terrible.

Francesca soltó una carcajada.

—No fue una cita.

—Yo pagué.

—Precisamente por eso no cuenta.

—Entonces necesito otra.

Ella quedó callada.

—¿Real?

—Real.

—Sin contratos.

—Sin contratos.

—Sin gente persiguiéndonos.

—Haré todo lo posible.

—Eso no me convence.

—Cena.

Francesca fingió pensarlo.

—¿Dónde?

—Tú eliges.

—¿Y si elijo un lugar barato?

—Sobreviviré.

—¿Y si no uso vestido?

—También.

—¿Y si hablo de matemáticas durante tres horas?

Nicolò sonrió.

—Eso podría ser un problema.

Francesca levantó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Se inclinó un poco.

—Porque probablemente estaría demasiado ocupado mirándote.

Ella intentó mantener una expresión seria.

Fracasó.

—Eso fue terriblemente cursi.

—Funcionó.

—Un poco.

Nicolò extendió la mano sobre la mesa.

Francesca la observó.

Después la tomó.

Y por primera vez en mucho tiempo no sintió que alguien intentaba controlar su futuro.

Sintió que podía elegirlo.

Pero el teléfono de Nicolò vibró.

Ambos miraron la pantalla.

Número desconocido.

Un mensaje.

Una fotografía.

Francesca acercó el móvil.

Era una imagen tomada apenas segundos antes.

Ellos dos sentados en la terraza.

Fotografiados desde un edificio cercano.

Debajo aparecía una sola frase:

“Arthur Vale era únicamente el contador.”

Francesca dejó de respirar.

Nicolò se levantó.

Ella amplió la fotografía.

En el reflejo de una ventana aparecía una silueta.

Un hombre.

Francesca observó su postura.

Su altura.

La mano izquierda.

Un anillo.

Su corazón dio un vuelco.

—Nicolò…

—¿Qué?

Ella amplió todavía más.

Conocía aquel anillo.

Lo había visto cientos de veces cuando era niña.

En fotografías familiares.

En cumpleaños.

En cenas.

En una mano que le había enseñado a contar cuando apenas alcanzaba la mesa de la cocina.

Francesca sintió que los dedos se le helaban.

—Ese hombre…

Nicolò miró la pantalla.

—¿Lo conoces?

Los labios de Francesca temblaron.

Porque el hombre de la fotografía llevaba un anillo que solo una persona debía poseer.

Una persona que estaba, en ese mismo instante, supuestamente segura en casa.

Su padre.

Francesca levantó lentamente los ojos.

Y entonces comprendió que quizá la mayor mentira de toda aquella historia todavía no había sido revelada.

¡FIN!

Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

You Might Also Enjoy