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**Todos se burlaron de la omega embarazada en el baile, hasta que el rey alfa la llamó «mía» delante de todo el reino**

Todos se burlaron de la omega embarazada en el baile, hasta que el rey alfa la llamó «mía» delante de todo el reino

Los susurros comenzaron antes de que Genevieve cruzara las puertas.

No necesitaba escuchar cada palabra para saber qué estaban diciendo.

Lo sabía por las risitas apagadas.

Por las miradas que se desviaban hacia su vientre.

Por aquella pausa cruel que se producía cada vez que alguien pronunciaba su nombre.

Y, sobre todo, por el modo en que los sirvientes evitaban mirarla a los ojos.

Genevieve Berró tenía veinticuatro años, seis meses de embarazo y ningún lugar al que llamar hogar.

Aquella noche, además, llevaba un vestido verde esmeralda que había pertenecido a su madre.

El encaje estaba gastado.

Una de las mangas había sido remendada tres veces.

La falda era demasiado ajustada para su vientre redondo.

Pero era lo único digno que conservaba.

O, al menos, lo único que los Russell todavía no le habían quitado.

Genevieve apoyó una mano sobre su abdomen cuando sintió una pequeña patada.

—Tranquilo —susurró—. Mamá está aquí.

Su propia voz sonó extraña en el corredor helado.

Más frágil de lo que quería admitir.

A su lado, Marta Jenkins, la anciana criada beta que la había cuidado desde niña, apretó los labios.

Tenía los ojos húmedos.

—No tienes que entrar.

Genevieve soltó una sonrisa triste.

—Sí tengo.

—Podemos irnos por la puerta de las cocinas.

—¿Y llegar hasta dónde?

Marta guardó silencio.

Esa era precisamente la pregunta.

¿Dónde podía ir una omega embarazada, sin dinero, sin familia poderosa y marcada públicamente como una mujer deshonrada?

Su padre había muerto tres meses antes.

La pequeña propiedad de los Berró había sido embargada para pagar deudas.

Sus antiguas amistades dejaron de responder cartas en cuanto comenzaron los rumores.

Y el único hombre que podía haber detenido todo aquello…

había sido quien lo inició.

Al otro lado de las enormes puertas de roble sonó una carcajada.

Genevieve reconoció la voz de Chandler Russell.

Su cuerpo se tensó.

Durante meses había soñado con enfrentarlo.

Había imaginado decenas de discursos.

Acusaciones.

Preguntas.

Incluso había imaginado verlo arrodillado, obligado a reconocer todas sus mentiras.

Pero ahora, de pie frente a aquellas puertas, solo sentía cansancio.

Un cansancio tan profundo que parecía haberse instalado dentro de sus huesos.

Marta le tomó la mano.

—Mírame.

Genevieve levantó los ojos.

—Pase lo que pase ahí dentro, recuerda algo. Ellos pueden decidir dónde te sientas. Pueden decidir qué rumores cuentan. Pueden incluso quitarte una casa.

Marta apretó con fuerza sus dedos.

—Pero no pueden decidir quién eres.

Genevieve tragó saliva.

Sus ojos ardieron.

No lloró.

Había prometido no hacerlo.

No delante de ellos.

—Gracias.

Marta hizo una pequeña reverencia.

—Ahora entra con la cabeza alta.

Genevieve inspiró profundamente.

Empujó las puertas.

Y el salón entero pareció detenerse.

El baile del solsticio de invierno era el acontecimiento más importante del territorio Russell.

Cientos de velas brillaban sobre enormes candelabros.

Músicos vestidos de blanco tocaban junto a las ventanas.

Las mesas estaban cubiertas de venado asado, frutas confitadas, quesos y botellas de vino que costaban más de lo que una familia campesina ganaba en meses.

Alfas de familias poderosas conversaban bajo tapices bordados en oro.

Betas ricos exhibían joyas.

Omegas jóvenes, acompañadas por sus familias, lucían vestidos diseñados para despertar la atención de futuros pretendientes.

Y entonces apareció Genevieve.

Embarazada.

Sola.

Vestida con ropa antigua.

La mujer a quien todos habían decidido convertir en ejemplo de lo que una omega jamás debía ser.

Primero se hizo silencio.

Después llegaron los murmullos.

—Es ella.

—Pensé que no se atrevería a venir.

—Mira el tamaño de su vientre.

—Qué vergüenza.

—Su pobre madre moriría otra vez si pudiera verla.

Genevieve siguió caminando.

Un paso.

Otro.

Otro.

Mantuvo la espalda recta.

Aunque las piernas le temblaban.

Aunque tenía ganas de salir corriendo.

Aunque cada mirada parecía una pequeña piedra lanzada contra ella.

Entonces una voz femenina atravesó el salón.

—¡Genevieve!

Lady Beatrice Corwall levantó su copa.

Era alta, rubia y hermosa de esa manera calculada que parecía exigir admiración.

Llevaba un vestido rojo bordado con piedras preciosas.

Y sobre su dedo brillaba el anillo de compromiso de Chandler Russell.

Genevieve no miró el anillo.

No necesitaba hacerlo.

Ya conocía cada detalle.

Todo el territorio hablaba del compromiso.

La unión entre los Russell y los Corwall convertiría a Chandler en uno de los alfas más influyentes del norte.

Beatrice sonrió.

—Qué sorpresa.

Genevieve se detuvo.

—Lady Beatrice.

—Me dijeron que vendrías, pero sinceramente pensé que conservarías un poco de dignidad.

Algunas personas rieron.

Genevieve sintió que su hijo volvía a moverse.

Colocó la mano sobre su vientre.

Beatrice vio el gesto.

Su sonrisa se ensanchó.

—Aunque supongo que la dignidad dejó de preocuparte hace bastante tiempo.

Otra oleada de risas.

Chandler apareció entonces.

Caminaba entre los invitados con una copa en la mano y una tranquilidad que hizo hervir la sangre de Genevieve.

Seis meses antes, Chandler le había prometido protegerla.

Tres meses después, cuando su embarazo comenzó a notarse, juró públicamente no haberla tocado jamás.

Y ahora la observaba como si ella fuera una desconocida.

Como si nunca le hubiera enviado flores.

Como si nunca la hubiera perseguido durante años.

Como si nunca hubiera utilizado la enfermedad de su padre para acercarse a ella.

—Genevieve —dijo.

Solo escuchar su voz hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

—Lord Russell.

Chandler arqueó una ceja.

—¿Así saludas a tu anfitrión?

Genevieve comprendió lo que quería.

Y sintió la rabia subirle por el pecho.

Pero inclinó apenas la cabeza.

—Gracias por permitirme asistir.

—Oh, no me agradezcas a mí. Mi madre insistió.

Miró alrededor.

—Consideró que tu presencia podía servir de lección a las omegas jóvenes.

El silencio se volvió espeso.

—Una demostración de lo que ocurre cuando una mujer olvida su lugar.

Genevieve sintió que las uñas se le clavaban en la palma.

No iba a responder.

No podía.

Chandler tenía poder.

Ella no.

Y bajo las leyes antiguas de algunos territorios, acusar públicamente a un heredero alfa sin pruebas podía costarle la libertad.

Chandler lo sabía.

Por eso sonreía.

Beatrice tomó su brazo.

—Cariño, estás siendo demasiado amable.

Después miró a Genevieve.

—Ya que está aquí, al menos podría ser útil.

Genevieve levantó lentamente la mirada.

—¿Perdón?

Beatrice señaló la mesa del servicio.

—Tráenos vino.

Alguien soltó una risa.

Después otro.

Genevieve no se movió.

Beatrice ladeó la cabeza.

—¿No me escuchaste?

—La escuché.

—Entonces obedece.

La palabra golpeó algo dentro de Genevieve.

No porque fuera la primera vez que la humillaban.

Sino porque, de repente, comprendió algo.

Aquellas personas no se conformaban con verla destruida.

Necesitaban verla aceptar su destrucción.

Necesitaban que bajara la cabeza para confirmar que ellos tenían razón.

Genevieve respiró lentamente.

Miró a Chandler.

Él sostuvo su mirada.

Durante un breve segundo, algo parecido al nerviosismo cruzó su rostro.

Desapareció enseguida.

—Haz lo que Lady Beatrice te pide.

Genevieve caminó hacia la mesa.

Cada paso dolía.

Tomó una bandeja.

Colocó dos copas.

Sirvió vino.

Sus manos temblaban.

Detrás de ella escuchó a una dama murmurar:

—Dicen que ni siquiera sabe quién es el padre.

Genevieve cerró los ojos.

La mentira.

Siempre la misma mentira.

Lo más cruel era que había llegado a dudar incluso ella.

Todo lo ocurrido durante aquel verano parecía cubierto por niebla.

El festival del eclipse.

La máscara plateada.

El extraño de ojos ámbar.

El jardín iluminado por antorchas.

Una conversación que se había prolongado durante horas.

Una noche que jamás había podido olvidar.

Y después…

su desaparición.

Genevieve había despertado sola.

Sin nombre.

Sin carta.

Sin explicación.

Regresó a casa convencida de haber sido una aventura pasajera para aquel desconocido.

Semanas más tarde descubrió que estaba embarazada.

Chandler apareció entonces.

Afirmó que todos creerían que el hijo era suyo.

Después cambió la historia.

Negó cualquier relación.

Extendió el rumor de que Genevieve había estado con diferentes hombres durante el festival.

Y cuando ella trató de recordar fechas, Chandler la confundió tanto que terminó sin saber qué pensar.

Genevieve abrió los ojos.

Tomó la bandeja.

Volvió hacia Beatrice.

No había dado cinco pasos cuando un cuerno resonó desde el exterior.

El sonido fue tan profundo que hizo vibrar los cristales de las ventanas.

Las conversaciones terminaron.

Los músicos dejaron de tocar.

Chandler palideció.

Un segundo cuerno.

Después un tercero.

Las enormes puertas se abrieron.

Doce guardias vestidos con armadura negra y plata entraron en formación.

El escudo del lobo coronado brillaba sobre sus pechos.

Alguien susurró:

—La Guardia Real.

Otro murmuró:

—No puede ser.

Chandler dejó la copa sobre una mesa.

Su mano tembló.

Entonces apareció el hombre detrás de los soldados.

Y el salón entero se inclinó.

Almor Wars.

Rey de Etelgard.

Alfa de la Manada del Pico de Hierro.

Soberano de las doce provincias del norte.

Genevieve jamás lo había visto de cerca.

Casi nadie lo había hecho.

Almor rara vez asistía a fiestas.

No aparecía en compromisos sociales.

No organizaba grandes celebraciones.

Su reputación se había construido en consejos militares, inspecciones fronterizas y reformas que habían hecho desaparecer a más de un noble corrupto de los libros de poder.

Era enorme.

No solo alto.

Imponente.

Llevaba un abrigo negro hasta las rodillas.

El cabello oscuro estaba peinado hacia atrás.

Una pequeña cicatriz cruzaba su ceja izquierda.

Pero fueron sus ojos los que hicieron que Genevieve dejara de respirar.

Ámbar.

Brillantes.

Intensos.

Conocía aquellos ojos.

No sabía de dónde.

Pero los conocía.

Su loba interior reaccionó antes que su mente.

Después de meses permaneciendo casi silenciosa, se levantó de golpe dentro de ella.

Genevieve perdió el equilibrio.

Apoyó la bandeja contra su cuerpo.

El bebé dio una patada tan fuerte que tuvo que contener un jadeo.

Almor se detuvo.

Su cabeza giró apenas.

Como si hubiera escuchado algo que nadie más podía oír.

Chandler avanzó rápidamente.

—Su majestad.

Se inclinó.

—Qué inesperado honor. Si hubiéramos sabido que venía, habríamos preparado una recepción digna de…

—No vine a una recepción.

La voz del rey era grave.

Tranquila.

Eso la hacía todavía más intimidante.

Chandler tragó saliva.

—Naturalmente.

Almor recorrió el salón con la mirada.

—He recibido tres informes sobre ataques en aldeas cercanas a tu frontera.

—Exageraciones.

El rey volvió los ojos hacia él.

Chandler corrigió inmediatamente:

—Quiero decir… informes que probablemente contienen ciertas imprecisiones, majestad.

—También he recibido informes sobre impuestos extraordinarios.

—Necesitábamos fondos para reforzar nuestras defensas.

Almor observó los candelabros.

Los músicos.

Las mesas cargadas de comida.

Las esculturas de hielo.

—Veo que las defensas tienen excelente gusto para las fiestas.

Nadie rió.

Chandler bajó la mirada.

—Podemos mostrarle los registros.

—Eso espero.

Beatrice intervino.

—Majestad, quizá primero debería descansar. Ha tenido un viaje largo.

Almor la miró.

—¿Quién eres?

El rostro de Beatrice se tensó.

—Lady Beatrice Corwall. Prometida de Lord Chandler.

—Ah.

Nada más.

A Genevieve casi le habría causado gracia si no estuviera demasiado asustada.

Beatrice, desesperada por recuperar importancia, señaló discretamente hacia ella.

—Estamos celebrando nuestra unión y también recordando a nuestra gente la importancia de mantener el honor de las familias.

Almor no respondió.

Beatrice continuó:

—Hay quienes creen que las normas no se aplican a ellos.

Genevieve supo lo que ocurriría antes de escuchar su nombre.

—Tú.

Beatrice la señaló.

—Omega.

Genevieve apretó los labios.

—Trae esa copa al rey.

Marta, desde el fondo, llevó una mano al pecho.

Chandler observó a Genevieve.

Sus ojos tenían una advertencia silenciosa.

No armes una escena.

Genevieve avanzó.

Una vez.

Dos.

Tres pasos.

El aroma del rey llegó hasta ella.

Pino.

Lluvia.

Un rastro de humo.

Genevieve se detuvo durante una fracción de segundo.

El jardín.

La noche del eclipse.

Una máscara negra.

Una voz junto a su oído.

«No me importa de qué familia vienes.»

Sus dedos comenzaron a temblar.

No.

Era imposible.

Siguió avanzando.

Almor había dejado de prestar atención a Chandler.

La estaba mirando.

No exactamente.

Parecía observarla como un hombre intentando recordar un sueño.

Genevieve bajó los ojos.

Llegó frente a él.

Hizo una pequeña reverencia.

—Su vino, majestad.

El silencio fue absoluto.

Almor no tomó la copa.

Genevieve sintió su mirada.

Beatrice soltó un pequeño bufido.

—Levanta mejor la bandeja.

Genevieve obedeció.

—Y no mires al rey.

Algo en la mandíbula de Almor se endureció.

Genevieve lo vio de reojo.

Beatrice caminó hacia ella.

—Siempre fue torpe —comentó para divertir a los invitados—. Incluso antes de convertirse en…

No terminó.

Su zapato atrapó deliberadamente el borde del vestido de Genevieve.

Fue un movimiento pequeño.

Casi invisible.

Pero suficiente.

Genevieve intentó dar otro paso.

La tela no se movió.

Su cuerpo sí.

Perdió el equilibrio.

La bandeja cayó.

La copa se estrelló contra el suelo.

El vino salpicó las botas del rey.

Genevieve cayó de rodillas.

Protegió instintivamente su vientre con ambos brazos.

Durante un segundo nadie dijo nada.

Después Chandler soltó una carcajada nerviosa.

—Increíble.

Algunas personas lo imitaron.

Beatrice se llevó una mano a los labios fingiendo sorpresa.

—Genevieve, por la Luna…

Chandler avanzó.

—Discúlpela, majestad. Como puede ver, no sabe comportarse.

Genevieve permaneció de rodillas.

La vergüenza le quemaba el rostro.

No llorar.

No llorar.

No llorar.

—Haré que la saquen inmediatamente —continuó Chandler—. No debió estar aquí.

—Silencio.

No fue un grito.

Pero todas las risas murieron.

Almor estaba mirando a Genevieve.

Su rostro había cambiado.

Las pupilas se habían dilatado.

Respiraba más rápido.

Genevieve levantó lentamente los ojos.

Y en ese momento lo recordó.

No fragmentos.

No sensaciones.

Todo.

El festival del eclipse había reunido a nobles y viajeros de todo el reino bajo la tradición de ocultar sus identidades tras máscaras.

Genevieve había ido acompañando a una prima.

Aquella noche escapó al jardín cuando varios hombres comenzaron a burlarse de la caída económica de su familia.

Y allí encontró a un desconocido.

Vestía de negro.

Llevaba una máscara.

Pero tenía aquellos ojos.

Hablaron.

Primero durante minutos.

Después durante horas.

Él no le preguntó por su apellido.

No habló de alianzas.

No intentó impresionarla.

Cuando Genevieve confesó que tenía miedo de perder la casa familiar, él respondió:

«Una casa puede perderse. Tú no tienes por qué perderte con ella.»

Nadie le había dicho algo así.

Bailaron lejos de la música.

Él la trató con una ternura que Genevieve no había conocido.

Y cuando se separaron al amanecer, él prometió buscarla.

Pero nunca volvió.

Hasta ahora.

Almor dio un paso.

Genevieve retrocedió instintivamente sobre las rodillas.

Él se detuvo.

Su expresión se suavizó.

—Mírame.

Genevieve obedeció.

El rey respiró profundamente.

Como aquella noche.

Como si tratara de memorizar su aroma.

Moras silvestres.

Vainilla.

Tierra mojada.

Los labios de Almor se separaron.

—No puede ser…

Chandler frunció el ceño.

—¿Majestad?

Almor no parecía escucharlo.

Se agachó frente a Genevieve.

El rey.

El hombre ante quien gobernadores, generales y alfas inclinaban la cabeza.

Se arrodilló en medio del salón.

Frente a ella.

Genevieve sintió que el corazón se le detenía.

Almor levantó una mano.

No la tocó inmediatamente.

Esperó.

—¿Puedo?

Aquella pregunta hizo más por ella que todas las promesas que Chandler había pronunciado en años.

Genevieve asintió.

Los dedos del rey rozaron suavemente su mejilla.

Una descarga recorrió su cuerpo.

Su loba interior lanzó un aullido tan intenso que Genevieve tuvo que contener un sollozo.

Almor cerró los ojos.

—Eres tú.

Chandler dio otro paso.

—¿Qué significa esto?

Almor abrió los ojos.

Ya no había duda en ellos.

—La encontré.

Genevieve apenas podía respirar.

—Tú…

Su voz se rompió.

—Eras tú.

—Sí.

—El hombre del jardín.

—Sí.

Una lágrima escapó de los ojos de Genevieve.

La primera de toda la noche.

—Te fuiste.

El dolor que cruzó el rostro del rey fue real.

—No por elección.

Genevieve miró su vientre.

Después volvió a mirarlo.

Almor siguió su mirada.

El mundo pareció detenerse.

Sus ojos se fijaron en la curva bajo el vestido.

Genevieve vio cómo hacía cálculos.

El eclipse.

Seis meses.

Su aroma.

La reacción del cachorro.

Almor extendió lentamente una mano.

—Genevieve…

Ella no supo cómo conocía su nombre.

—¿Puedo?

Otra vez preguntó.

Genevieve tomó su muñeca.

Colocó su mano sobre el vientre.

Durante dos segundos no ocurrió nada.

Después el bebé pateó.

Almor dejó escapar un sonido ahogado.

Sus ojos brillaron.

Y algo poderoso pareció expandirse por el salón.

No era agresividad.

Era reconocimiento.

Instinto.

Vínculo.

El rey levantó la cabeza.

Miró a Chandler.

—¿Quién dijiste que era el padre?

Chandler perdió color.

—Majestad, yo…

—Respóndeme.

—Nadie lo sabe.

Genevieve giró hacia él.

Almor también.

—¿Nadie?

Chandler tragó saliva.

—Ella estuvo con hombres durante el festival.

—Eso es mentira —dijo Genevieve.

Su propia voz la sorprendió.

Durante meses había guardado silencio.

Ahora salió firme.

Beatrice se rio.

—Oh, por favor.

Genevieve se puso lentamente de pie.

Almor la ayudó sin apartarse.

—Es mentira —repitió Genevieve—. Estuve con un solo hombre.

Miró al rey.

—Con él.

Un murmullo atravesó el salón.

Chandler retrocedió.

Beatrice negó con la cabeza.

—Esto es absurdo.

Almor se levantó.

Quedó junto a Genevieve.

—No.

Su voz resonó entre las paredes.

—Lo absurdo es que alguien haya conseguido ocultarme durante seis meses a mi pareja destinada.

El rostro de Chandler se congeló.

Genevieve dejó de respirar.

Pareja destinada.

Almor miró a todos los presentes.

Después colocó una mano protectora en la espalda de Genevieve.

—Y a la mujer que lleva a mi hijo.

El silencio fue brutal.

Una copa cayó en algún lugar.

Beatrice palideció.

Chandler abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Genevieve creyó haber escuchado mal.

—¿Tu… hijo?

Almor se volvió hacia ella.

—Nuestro hijo.

Genevieve negó ligeramente con la cabeza.

Todo giraba.

—No puedes saberlo.

—Sí puedo.

Señaló su pecho.

—Mi lobo lo reconoce.

Después tocó con suavidad el vientre de Genevieve.

—Y el cachorro me reconoce a mí.

Genevieve comenzó a llorar.

No de vergüenza.

Esta vez no.

Era algo acumulado durante meses.

Confusión.

Dolor.

Soledad.

El peso de haber creído que su hijo nacería señalado por una mentira.

Almor se quitó el abrigo.

Lo colocó alrededor de sus hombros.

Beatrice encontró finalmente la voz.

—¡Esto es una manipulación!

Todos la miraron.

—Majestad, esa mujer sabe quién es usted. Es evidente que está intentando aprovecharse.

Almor giró muy lentamente.

—Ella no sabía quién era yo.

—Eso dice.

—Yo tampoco sabía quién era ella.

Beatrice se quedó muda.

Almor continuó:

—Nos conocimos en un baile de máscaras. Pasé seis meses buscándola.

Genevieve levantó la cabeza.

—¿Buscándome?

El rey volvió a mirarla.

—Desde el día siguiente al festival.

Ella dio un paso atrás.

—No.

—Genevieve…

—No.

Se llevó una mano a la frente.

—Eso no puede ser verdad.

Chandler intervino rápidamente.

—¿Ve, majestad? Está confundida. Su estado…

Almor levantó una mano.

—Una palabra más y los guardias te sacarán del salón.

Chandler cerró la boca.

Genevieve respiró con dificultad.

—Si me buscabas… ¿por qué nunca viniste?

—Porque tuve que partir esa misma mañana.

—¿Sin decir nada?

—Te dejé una carta.

Genevieve lo miró.

—¿Qué?

—Una carta sellada con mi escudo personal.

El rostro de Chandler cambió.

Fue mínimo.

Solo un pestañeo.

Pero Almor lo vio.

Genevieve también.

—Nunca recibí ninguna carta.

La expresión del rey se volvió fría.

Muy fría.

—Lo sé.

Genevieve frunció el ceño.

—¿Cómo?

Almor miró a su comandante.

—Wentworth.

El hombre de las cicatrices avanzó.

—Majestad.

—Cierra las puertas.

El murmullo comenzó inmediatamente.

Chandler dio un paso al frente.

—Majestad, esto es una celebración privada.

Almor lo miró.

—Ya no.

Los guardias cerraron las enormes puertas.

El golpe resonó por el salón.

Genevieve sintió un escalofrío.

Almor continuó:

—Nadie saldrá hasta que revisemos los documentos de esta casa.

Chandler palideció.

—¿Documentos?

—Hace cuatro días localizamos al mensajero que debía entregar mi carta.

Genevieve dejó de respirar.

—Está vivo.

Almor asintió.

—Y confesó que alguien le pagó cincuenta monedas de oro para hacerla desaparecer.

Todos miraron a Chandler.

—Eso no prueba nada —dijo él rápidamente.

Demasiado rápidamente.

Almor no respondió.

Chandler se humedeció los labios.

—Quiero decir que cualquiera pudo hacerlo.

Genevieve lo observó.

Recordó algo.

Dos semanas después del festival, Chandler había aparecido en su casa.

Su padre estaba enfermo.

Las deudas crecían.

Genevieve apenas dormía.

Chandler se mostró extrañamente informado sobre el viaje.

Le preguntó varias veces por el hombre enmascarado.

Después comenzó a decirle que seguramente aquel hombre estaba casado.

Que quizá solo la había utilizado.

Que ningún alfa respetable buscaría a una omega de una familia arruinada.

Genevieve había creído que Chandler intentaba consolarla.

Ahora cada recuerdo adoptaba una forma diferente.

—Tú sabías —susurró.

Chandler la miró.

—¿Qué?

—Sabías que estaba esperando a alguien.

—Todo el mundo lo sabía.

—No.

Genevieve avanzó.

Almor permaneció junto a ella.

—Yo no se lo conté a nadie.

Chandler apretó la mandíbula.

Genevieve sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—Solo te lo dije a ti.

—Genevieve, estás alterada.

—Te dije que un hombre había prometido buscarme.

—No significa…

—Te describí su máscara.

Chandler miró hacia la puerta.

Guardias.

Hacia las ventanas.

Demasiado altas.

Hacia Beatrice.

Ella comenzaba a alejarse de él.

Genevieve sintió que algo dentro de ella se quebraba.

Pero, por primera vez, romperse no significó caer.

Significó liberarse.

—Fuiste tú.

Chandler negó.

—No sabes lo que dices.

—Interferiste con la carta.

—No.

—Después me convenciste de que él me había abandonado.

—Estabas desesperada.

—Y cuando descubriste que estaba embarazada…

Genevieve recordó la sonrisa de Chandler aquella tarde.

La forma en que primero fingió preocupación.

Después la manera en que el rumor apareció, casi de inmediato, en cada casa noble del territorio.

Su respiración se volvió más firme.

—Tú comenzaste los rumores.

Beatrice miró a su prometido.

—Chandler.

—No escuches esto.

—¿Sabías quién era el hombre?

—Por supuesto que no.

Genevieve lo miró fijamente.

Chandler evitó sus ojos.

Y eso fue suficiente.

No como prueba.

Pero sí como verdad para ella.

Almor extendió la mano.

—Comandante.

Wentworth le entregó un pequeño papel doblado.

—Encontramos esto entre los objetos del mensajero.

Almor no se lo mostró a Chandler.

Se lo entregó a Genevieve.

Sus dedos temblaron mientras lo abría.

Era un recibo.

Cincuenta monedas.

Fecha: dos días después del festival.

La firma era apenas una letra.

C. R.

Genevieve levantó la mirada.

Chandler retrocedió.

—Eso puede falsificarse.

—Claro —dijo Almor—. Por eso no será la única evidencia.

Se volvió hacia los guardias.

—Registren el despacho de Lord Russell.

—¡No tienen derecho!

Almor ni siquiera levantó la voz.

—Soy el rey.

Chandler se quedó inmóvil.

Beatrice lo miraba como si viera a un extraño.

Genevieve sintió la mano de Almor en su espalda.

—Necesitas sentarte.

—Estoy bien.

—Estás temblando.

—He temblado durante seis meses.

Lo miró.

—Puedo aguantar un poco más.

Algo parecido a orgullo apareció en los ojos del rey.

—Entonces me quedaré a tu lado.

Genevieve no respondió.

Pero tampoco se apartó.

Los siguientes veinte minutos parecieron horas.

Nadie hablaba en voz alta.

Los invitados se mantenían en pequeños grupos.

Algunos que se habían reído de Genevieve pocos minutos antes ahora no podían sostener su mirada.

Lady Pendleton, que había hecho comentarios sobre el padre del bebé, se escondía detrás de su esposo.

Otros intentaban acercarse.

—Señorita Berró…

Genevieve los ignoraba.

Un hombre incluso intentó sonreírle.

—Siempre supe que había algo especial en usted.

Genevieve lo miró con tanta frialdad que se retiró sin terminar la frase.

Marta apareció entre la multitud.

Genevieve abrió los brazos.

La anciana criada la abrazó.

—Mi niña.

—Marta…

—Lo sabía.

Genevieve soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—No sabías nada.

—No, pero necesitaba decir algo dramático.

Genevieve rió de verdad.

Fue un sonido breve.

Pero hizo que Almor la mirara.

Y su expresión cambió completamente.

Como si escuchar aquella risa fuera más importante que todo el salón.

Marta lo notó.

Hizo una reverencia.

—Majestad.

Almor inclinó ligeramente la cabeza.

—Gracias por permanecer con ella.

Marta pareció sorprendida.

—Alguien tenía que hacerlo.

—No olvidaré que usted lo hizo.

Antes de que pudiera responder, el comandante Wentworth regresó.

Traía una caja de madera.

Chandler quedó blanco.

—Encontramos un compartimento oculto detrás de la biblioteca.

Wentworth dejó la caja sobre una mesa.

Almor hizo una señal.

El comandante la abrió.

Dentro había cartas.

Recibos.

Sellos.

Pequeños libros contables.

Y una máscara plateada.

Genevieve sintió que las piernas le fallaban.

La reconocía.

No era la máscara de Almor.

Era la que ella había usado en el festival.

La había perdido aquella mañana.

—¿Por qué la tienes?

Chandler no respondió.

Genevieve tomó la máscara.

—¿Por qué?

Beatrice lo miró horrorizada.

—Chandler…

Él respiró rápidamente.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo —dijo Almor.

Chandler miró a Genevieve.

Y durante un instante ella volvió a ver al hombre que durante años se había presentado como amigo.

El joven que llevaba medicinas a su padre.

El heredero que le decía que podía confiar en él.

Después vio lo que siempre había estado detrás.

Orgullo.

Posesión.

Resentimiento.

—Te vi con él —dijo Chandler finalmente.

Genevieve sintió frío.

—¿Qué?

—En el festival.

Almor dio un paso.

Chandler levantó las manos.

—No sabía que era el rey al principio.

—Continúa —ordenó Almor.

—Genevieve me había rechazado durante años.

Ella abrió los ojos.

Chandler soltó una risa amarga.

—Siempre eras demasiado buena para mí, ¿verdad?

—Nunca dije eso.

—No necesitabas decirlo.

Beatrice retrocedió otro paso.

Chandler continuó:

—Te ofrecí matrimonio.

—Me ofreciste convertir las deudas de mi padre en una obligación contigo.

—Te ofrecí seguridad.

—A cambio de mi obediencia.

—¡A cambio de tu gratitud!

Su grito resonó por el salón.

Genevieve no se encogió.

Por primera vez, Chandler era quien temblaba.

—Y entonces te vi con un desconocido.

Miró a Almor.

—No sabía quién era. Solo vi que lo mirabas como nunca me habías mirado a mí.

Genevieve sintió náuseas.

—Así que me seguiste.

—Quería saber quién era.

—Interferiste con la carta.

Chandler bajó los ojos.

Aquello fue una confesión.

Beatrice se cubrió la boca.

—Dioses…

—Cuando descubrí el sello real —continuó Chandler— comprendí quién había estado contigo.

Almor permanecía inmóvil.

Demasiado inmóvil.

—Y decidiste ocultarla.

—Pensé que sería temporal.

Genevieve soltó una risa vacía.

—¿Temporal?

—El rey estaba en guerra en la frontera. Pensé que quizá olvidaría aquella noche.

Almor habló.

—Pasé seis meses buscándola.

Chandler lo miró.

—Lo sé.

Ahora fue Almor quien se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Chandler cerró los ojos.

Sabía que había ido demasiado lejos.

Genevieve comprendió antes que nadie.

—Tú sabías que la buscaba.

Chandler no respondió.

—Sabías cada vez que los soldados preguntaban por mí.

—Sí.

La palabra cayó como una piedra.

Genevieve sintió que algo se apagaba dentro de ella.

No dolor.

No exactamente.

La última esperanza de que Chandler hubiera actuado por ignorancia.

—Cuando llegaron guardias reales a las aldeas —dijo él— pagué para que les dijeran que habías viajado al sur.

Almor apretó los puños.

—Después envié otros rumores.

—¿Por qué? —preguntó Genevieve.

Chandler la miró.

—Porque si el rey te encontraba, se acababa todo.

—¿Todo qué?

Su voz se quebró por primera vez.

—¿Tu orgullo?

Chandler no contestó.

—Mi padre murió creyendo que su hija había deshonrado su apellido.

Aquello sí hizo que Chandler desviara la mirada.

Genevieve sintió lágrimas bajar por su rostro.

No intentó detenerlas.

—Murió preocupado por mí.

—Yo no causé su enfermedad.

—Pero hiciste sus últimos meses más crueles.

Chandler respiró.

—Genevieve…

—No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras derecho.

El salón quedó en silencio.

Genevieve se sorprendió de sí misma.

Almor no intervino.

No habló por ella.

No amenazó a Chandler.

Simplemente se mantuvo a su lado.

Dejándola recuperar la voz que otros habían intentado quitarle.

Genevieve miró a Beatrice.

—¿Tú sabías?

Beatrice abrió mucho los ojos.

—No.

—¿Sabías que Chandler había difundido los rumores?

—Pensé…

Se detuvo.

—¿Qué pensaste?

Beatrice bajó la vista.

—Pensé que eran ciertos.

—¿Y por eso decidiste humillarme?

Beatrice tragó saliva.

—Me dijeron que tú intentabas recuperar a Chandler.

Genevieve soltó una pequeña risa.

—Nunca quise a Chandler.

Aquella frase pareció herirlo más que cualquier otra.

—Él me dijo que estabas obsesionada con él —continuó Beatrice.

Genevieve miró a Chandler.

—Claro que lo hizo.

Beatrice comenzó a llorar.

Pero Genevieve no sintió lástima.

Todavía no.

Quizá algún día.

Aquella noche no.

—Tú pisaste mi vestido.

Beatrice palideció.

—Fue…

—Intencional.

—Solo quería avergonzarte.

—Estoy embarazada.

Beatrice cerró los ojos.

—Lo sé.

—Podría haberme lastimado.

—Lo sé.

Genevieve asintió lentamente.

—Entonces asumirás las consecuencias.

Beatrice la miró.

Tal vez esperaba gritos.

Venganza.

Humillación pública.

Genevieve no le daría ninguna.

Porque comenzaba a comprender algo.

La justicia no necesitaba parecerse a la crueldad.

Almor miró a su comandante.

—Lady Beatrice permanecerá bajo custodia en sus habitaciones hasta que se investigue su participación.

—Majestad…

—No será maltratada —añadió Genevieve.

Todos la miraron.

Incluso Almor.

Genevieve sostuvo la mirada del rey.

—Quiero justicia. No quiero convertirme en ellos.

Almor la contempló durante varios segundos.

Después inclinó la cabeza.

—Como desees.

Beatrice comenzó a llorar más fuerte.

Dos guardias la acompañaron fuera.

Chandler quedó solo.

Por primera vez en toda su vida, nadie corría a colocarse a su lado.

Almor tomó uno de los libros contables.

Lo abrió.

—Además del caso de Genevieve, encontramos pagos desviados de los impuestos fronterizos.

Chandler cerró los ojos.

—Fondos destinados a patrullas utilizados para financiar esta mansión.

Pasó otra página.

—Dinero de programas de alimentos.

Otra.

—Pagos secretos a funcionarios.

Los nobles comenzaron a murmurar.

Almor cerró el libro.

—Chandler Russell, desde este momento quedas suspendido de todos tus títulos y responsabilidades hasta que el Consejo Real complete la investigación.

Chandler abrió los ojos.

—Mi familia lleva gobernando estas tierras trescientos años.

—Entonces tu familia tuvo tiempo suficiente para aprender a gobernarlas bien.

—No puedes quitarme todo.

Almor miró a Genevieve.

Ella no habló.

El rey volvió hacia Chandler.

—No te estoy quitando nada esta noche.

Chandler pareció respirar.

—Tus propias decisiones lo hicieron.

La frase fue peor.

Los guardias se acercaron.

Chandler miró desesperadamente a Genevieve.

—Di algo.

Ella lo miró.

—Ya lo hice.

—Genevieve, por favor.

—Cuando yo te pedí que dijeras la verdad, ¿recuerdas qué respondiste?

Chandler guardó silencio.

Ella sí recordaba.

Perfectamente.

«Nadie te creerá.»

Genevieve repitió aquellas palabras.

—Me dijiste: “Nadie te creerá”.

Chandler bajó los ojos.

—Ahora no necesitas que yo te crea.

Los guardias se lo llevaron.

Las puertas se cerraron.

Genevieve se quedó mirando el lugar por donde había desaparecido.

Esperaba sentir triunfo.

No lo sintió.

Solo agotamiento.

Almor se acercó.

—Se terminó.

Genevieve negó lentamente.

—No.

Él frunció el ceño.

—¿No?

—Eso terminó.

Miró el enorme salón.

Los nobles que ya no se atrevían a verla.

Los platos.

Las joyas.

Las velas.

—Pero yo todavía tengo que descubrir qué queda de mí después de todo esto.

Almor pareció querer responder.

No lo hizo.

Y Genevieve agradeció su silencio.

Porque no necesitaba promesas.

Necesitaba tiempo.

Horas después, el carruaje real abandonó la mansión Russell.

Genevieve iba sentada frente al rey.

No en sus brazos.

No pegada a él.

Frente a él.

Era importante.

Almor lo comprendía.

Le había ofrecido quedarse.

También le había ofrecido otra habitación en la mansión.

Genevieve eligió marcharse.

Pero dejó claro que no significaba aceptar inmediatamente todo lo que el rey representaba.

—Quiero ir a un lugar seguro —dijo antes de subir al carruaje—. Eso es todo lo que puedo prometer ahora.

Almor respondió:

—Es suficiente.

Durante la primera hora ninguno habló.

La nieve caía al otro lado de las ventanas.

Genevieve tenía una manta sobre las piernas.

El abrigo de Almor todavía cubría sus hombros.

Olía a él.

Extrañamente, ese aroma calmaba al bebé.

Almor estaba sentado al otro lado, observando por la ventana.

Por primera vez no parecía rey.

Parecía simplemente un hombre que no sabía qué decir.

Genevieve fue quien rompió el silencio.

—¿Cómo supiste mi nombre?

Almor giró.

—Lo encontré durante la búsqueda.

—Pero no me encontraste a mí.

—No.

La frustración en su voz era clara.

—¿Cuánto tiempo me buscaste?

—Cada día.

Genevieve miró sus manos.

—Chandler dijo que sabías que estaba desaparecida.

—Sabía que alguien estaba interfiriendo.

—¿Por qué no viniste tú mismo?

Almor tardó en responder.

—Lo hice.

Genevieve levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Dos meses después del festival llegué a la ciudad donde vivías.

Su corazón aceleró.

—¿Y?

—La propiedad Berró estaba cerrada.

Genevieve frunció el ceño.

—Yo estaba allí.

—A mí me dijeron que habías huido.

—¿Quién?

—Un funcionario local.

Genevieve pensó.

—Magistrado Lewis.

—Sí.

Cerró los ojos.

Lewis era amigo del padre de Chandler.

—Nos mostró documentos que indicaban que habías cruzado la frontera sur.

Almor apretó la mandíbula.

—Eran falsos.

Genevieve miró el paisaje.

Cada nuevo dato añadía otra capa a la traición.

—¿Y la carta?

—La escribí aquella misma mañana.

—¿Qué decía?

Almor guardó silencio.

—¿No recuerdas?

—Recuerdo cada palabra.

Genevieve lo miró.

Él sostuvo su mirada.

—Decía que había recibido noticias de un ataque y debía partir. Que lamentaba marcharme sin despertarte.

Una pequeña sonrisa triste apareció en sus labios.

—Decía que probablemente me odiarías cuando descubrieras quién era.

—Probablemente.

Almor soltó una risa baja.

Genevieve no pudo evitar sonreír.

Después él continuó.

—Te decía que aquella noche no había sido un juego para mí.

La sonrisa desapareció.

—Y que cuando regresara quería encontrarte de nuevo.

Genevieve sintió un nudo en la garganta.

—¿Nada sobre ser tu pareja destinada?

—No estaba completamente seguro entonces.

—¿Ahora sí?

—Desde que entraste en mi aroma esta noche, sí.

Genevieve bajó los ojos.

—Eso debería parecerme romántico.

Almor se quedó quieto.

Ella continuó:

—Pero todo ha ocurrido demasiado rápido.

—Lo sé.

—Esta mañana era una mujer que no podía pagar una habitación.

—Lo sé.

—Esta noche me dicen que soy pareja del rey.

—Sí.

—Y que mi hijo es heredero.

El rostro de Almor se suavizó.

—Nuestro hijo.

Genevieve lo miró.

—Todavía me cuesta decir eso.

—No tienes que hacerlo.

Aquella respuesta la sorprendió.

—¿No?

—No necesito que mañana despiertes convertida en una reina perfecta.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Ni siquiera necesito que me perdones por haber tardado tanto en encontrarte.

Genevieve frunció el ceño.

—No fue culpa tuya.

—Parte de mí piensa que debería haber buscado mejor.

—No.

Su respuesta fue inmediata.

Almor la observó.

Genevieve respiró.

—He pasado meses cargando culpas que pertenecían a otras personas. No voy a empezar a repartir nuevas.

Él sonrió ligeramente.

—Eres extraordinaria.

Genevieve miró hacia otro lado.

—No me idealices.

—No lo hago.

—Me conociste una noche.

—Entonces quiero conocerte las demás.

Aquella frase permaneció flotando entre ellos.

Genevieve volvió a mirar por la ventana.

Y, sin quererlo, sonrió.

La fortaleza del Pico de Hierro apareció al amanecer.

Genevieve esperaba un palacio.

Encontró una ciudad.

La fortaleza se alzaba sobre una montaña, construida en piedra gris.

Alrededor se extendían barrios, mercados y talleres.

Había soldados en las murallas.

Campesinos transportando mercancías.

Niños corriendo por calles cubiertas de nieve.

Cuando el carruaje atravesó las puertas, la gente comenzó a mirar.

Después llegó el reconocimiento.

—¡El rey!

—¡Ha vuelto!

—¿Quién va con él?

Genevieve se encogió.

Almor lo notó.

Cerró parcialmente la cortina.

—No tienes que aparecer ante nadie.

—Gracias.

—He ordenado que no se anuncie nada hasta que tú estés preparada.

Genevieve lo miró.

—Pero anoche dijiste delante de todos que era tu pareja.

—Eso no significa que les pertenezca tu vida.

Algo en ella se relajó.

Cuando llegaron al patio interior, una mujer mayor los esperaba.

Cabello gris.

Ojos amables.

Vestido azul oscuro.

—Majestad.

Hizo una reverencia.

Después miró a Genevieve.

No al vientre.

A sus ojos.

—Señorita Berró. Soy Margaret Bowford, sanadora de la casa real.

Genevieve inclinó la cabeza.

—Un placer.

—He preparado habitaciones para usted.

—¿Habitaciones?

Margaret sonrió.

—Varias.

Genevieve miró a Almor.

Él levantó ambas manos.

—Me dijeron que darle opciones era importante.

Margaret añadió:

—Una en el ala real, una junto al jardín interior y otra cerca de la biblioteca. Puede elegir cualquiera.

Genevieve casi se rio.

Durante meses había dormido en una habitación del servicio donde entraba aire por la ventana.

Ahora tenía opciones.

—La del jardín.

—Perfecto.

Almor hizo ademán de acompañarla.

Genevieve se detuvo.

—Quiero hablar primero con la sanadora.

Él se quedó quieto.

—Por supuesto.

No preguntó para qué.

No insistió.

Simplemente se retiró.

Margaret lo observó marcharse.

Después miró a Genevieve.

—Nunca lo había visto obedecer tan rápido.

Genevieve soltó una pequeña carcajada.

Margaret sonrió.

—Eso es buena señal.

La consulta duró casi una hora.

Genevieve estaba desnutrida.

Cansada.

Su presión era baja.

Pero el bebé parecía saludable.

—Necesita descansar —dijo Margaret—. Comer bien. Evitar situaciones estresantes.

Genevieve soltó una risa sin humor.

—Llegó seis meses tarde con ese consejo.

Margaret le tomó la mano.

—Entonces empezaremos hoy.

Aquella tarde Genevieve durmió seis horas seguidas.

Fue la primera vez en meses.

Cuando despertó, la habitación estaba oscura.

Una lámpara ardía junto a la cama.

Sobre la mesa había sopa.

Pan.

Fruta.

Y una carta.

Genevieve se incorporó.

Su corazón aceleró.

El sobre estaba abierto.

No tenía sello.

Solo su nombre.

Dentro había cuatro líneas.

“Genevieve:

No quise despertarte.

Margaret dice que necesitas descansar.

Estaré en el consejo hasta tarde.

Si necesitas cualquier cosa, pide a los guardias que me busquen.

Almor.”

Nada más.

Ninguna declaración posesiva.

Ninguna exigencia.

Genevieve pasó el dedo sobre la firma.

Guardó la carta en el cajón.

No sabía por qué.

Pero la guardó.

Los siguientes días fueron extraños.

Nadie la obligó a aparecer en público.

Nadie le pidió que actuara como reina.

Almor desayunaba con ella cuando podía.

Otras veces enviaba notas.

Genevieve comenzó a caminar por el jardín interior.

Visitó la biblioteca.

Conoció a algunos sirvientes.

Y poco a poco descubrió que el Pico de Hierro no era el lugar sombrío que imaginaba.

También descubrió otra cosa.

Almor no era el hombre de las historias.

O, al menos, no completamente.

Era exigente.

Trabajaba hasta la madrugada.

Tenía poca paciencia con los aduladores.

Discutía con sus generales.

Olvidaba comer.

Y odiaba los bailes.

—Entonces ¿por qué fuiste al festival del eclipse? —preguntó Genevieve una noche.

Estaban cenando solos.

Almor hizo una mueca.

—Mi primo me obligó.

—¿Obligó al rey?

—Severin tiene un talento especial para irritarme hasta que hago lo que quiere.

Genevieve sonrió.

—¿Lord Severin Wars?

—Mi tío.

—Pensé que era tu primo.

—Es primo de mi padre. En la corte todos terminamos llamándonos tíos o primos dependiendo del día.

Genevieve rio.

—Muy eficiente.

Almor sonrió.

—Severin fue regente cuando mi padre murió.

—¿Y ahora?

—Preside parte del Consejo Real.

Genevieve asintió.

Conocía el nombre.

Lord Severin Wars era uno de los hombres más respetados del reino.

Antes de que Almor tuviera hijos, Severin también era el siguiente en la línea sucesoria después de varios parientes lejanos.

Genevieve apoyó la mano sobre su vientre.

—Supongo que nuestro hijo cambia muchas cosas.

Almor la miró.

—Políticamente, sí.

—¿Eso te preocupa?

—Me preocupa todo lo que pueda afectarlos.

Genevieve sostuvo su mirada.

Todavía le resultaba extraño escuchar “los”.

Ella y el bebé.

Una unidad.

Una familia.

No estaba acostumbrada.

Una semana después llegó el informe completo de la mansión Russell.

Chandler había desviado dinero.

Había manipulado registros.

Pagado funcionarios.

Interferido en búsquedas reales.

Y había utilizado la estructura de poder de su familia para silenciar a varias personas.

No solo a Genevieve.

Había comerciantes arruinados.

Familias expulsadas de sus tierras.

Sirvientes despedidos después de denunciar abusos económicos.

Genevieve leyó todo.

Almor estaba sentado frente a ella.

—No tienes que seguir.

—Sí.

—Puede afectarte.

—Precisamente por eso debo hacerlo.

Pasó otra página.

Entonces encontró un nombre.

Marta Jenkins.

Genevieve se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Almor se levantó.

Genevieve señaló una línea.

“Pago de veinte monedas para la expulsión de M. Jenkins.”

—Intentó echar a Marta.

—¿Cuándo?

Genevieve leyó la fecha.

Dos meses antes.

—Cuando ella comenzó a ayudarme a enviar cartas.

Recordó.

Marta había intentado escribir a antiguas amistades de la familia Berró.

Ninguna carta recibió respuesta.

Genevieve levantó la cabeza.

—Chandler interceptaba mi correspondencia.

Almor apretó la mandíbula.

—Probablemente.

Genevieve pasó otra página.

Más pagos.

Más iniciales.

Hasta encontrar una anotación extraña.

“Cincuenta monedas. Canal S.W. Confirmación de entrega.”

Genevieve frunció el ceño.

—S.W.

Almor tomó el libro.

Su expresión cambió.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Almor.

Él levantó la mirada.

Genevieve lo conocía poco.

Pero ya sabía cuándo intentaba ocultar preocupación.

—¿Qué significa S.W.?

—Podría significar muchas cosas.

—¿Como qué?

No respondió.

Genevieve cruzó los brazos.

—Pensé que habíamos acordado no protegerme ocultándome información.

Almor suspiró.

—Severin Wars.

El nombre golpeó el aire.

Genevieve miró el libro.

Después al rey.

—¿Tu tío?

—Son solo iniciales.

—¿Tenía contacto con Chandler?

—Todos los grandes señores tienen contacto con el Consejo.

—No es lo que pregunté.

Almor guardó silencio.

Genevieve sintió un escalofrío.

—¿Tenía contacto personal con él?

—Sí.

—¿Por qué?

—Severin supervisaba parte de los territorios del norte.

Genevieve volvió a mirar la anotación.

—¿Sabía que me buscabas?

Almor se quedó muy quieto.

Eso fue respuesta suficiente.

Genevieve sintió que el bebé se movía.

—Almor.

—Sí.

—¿Sabía cómo era yo?

El rey apretó lentamente los dedos alrededor del libro.

—Tenía tu descripción.

—¿Mi aroma?

—Sí.

—¿Mi edad?

—Sí.

—¿Mi apellido?

Almor tardó un segundo demasiado.

Genevieve sintió que el estómago se le hundía.

—¿Sabías mi apellido?

—Lo descubrimos tres semanas después del festival.

—¿Y Severin también?

—Sí.

Genevieve se levantó.

—Entonces, ¿cómo es posible que nadie me encontrara viviendo en territorio Russell?

Almor no respondió.

—No estaba escondida.

Su voz comenzó a temblar.

—Fui al mercado.

Fui al médico.

Fui al funeral de mi padre.

Toda la ciudad sabía quién era.

—Genevieve…

—¡Toda la ciudad sabía que Genevieve Berró estaba embarazada!

Almor palideció.

La verdad era demasiado simple.

Y precisamente por eso resultaba aterradora.

No había sido un fracaso de la búsqueda.

Alguien la había manipulado.

De forma sistemática.

Almor caminó hacia la puerta.

—Wentworth.

El comandante entró.

—Majestad.

—Necesito todos los registros de la búsqueda.

—¿Desde el festival?

—Todos.

Genevieve habló:

—Y quiero verlos.

Almor la miró.

—Sí.

Wentworth dudó.

—Majestad, algunos documentos pertenecen a inteligencia real.

Genevieve levantó la barbilla.

Almor respondió:

—Ella verá todo.

—Sí, majestad.

Los documentos llegaron esa misma noche.

Genevieve leyó hasta que Margaret entró y amenazó con quitarle las velas.

Durmió apenas unas horas.

Al amanecer continuó.

Había informes de búsqueda.

Descripciones.

Pagos.

Órdenes.

Y entonces encontró el primer error.

Una patrulla real había llegado a la aldea de Berró dos semanas después del festival.

El informe decía:

“Objetivo no localizado. Familia emigró.”

Genevieve se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

Almor se acercó.

—¿Por qué?

—Mi padre estaba demasiado enfermo para viajar.

Encontraron otro informe.

Un mes después.

Otra patrulla.

“Propiedad abandonada.”

—Yo vivía ahí.

Almor respiró profundamente.

Tercer informe.

“Genevieve Berró vista cruzando hacia el sur.”

Falso.

Cuarto.

“Rumores indican fallecimiento de la omega durante viaje.”

Genevieve dejó caer el documento.

—Me declararon muerta.

Almor parecía a punto de destrozar la mesa.

—Alguien construyó una cadena completa de información falsa.

Genevieve revisó las firmas.

—Todos los informes fueron enviados al mismo despacho.

Almor ya lo había visto.

—Consejo de Administración Territorial.

—¿Quién lo dirigía?

Silencio.

Genevieve cerró los ojos.

—Severin.

Almor no negó.

Durante dos días nadie habló del asunto fuera del pequeño grupo.

Almor.

Genevieve.

Wentworth.

Margaret, porque se negó a dejar sola a Genevieve durante las investigaciones.

Y el consejero jurídico real, Mateo Velázquez, un beta delgado que parecía vivir permanentemente rodeado de papeles.

Velázquez fue quien encontró la primera prueba seria.

—Majestad.

Entró en el despacho con una caja.

—Localizamos los registros originales del mensajero.

Genevieve se acercó.

Dentro había cartas copiadas.

Pagos.

Firmas.

Velázquez sacó un documento.

—Esta orden autorizó el traslado de todos los informes sobre la búsqueda de la señorita Berró desde inteligencia militar hacia administración territorial.

Almor leyó la firma.

Su rostro perdió color.

Genevieve no necesitó preguntar.

—Severin.

El rey dejó el papel.

Durante un largo momento nadie habló.

—¿Por qué? —preguntó Genevieve.

Almor caminó hacia la ventana.

—No lo sé.

Pero todos lo sabían.

O, al menos, conocían una posibilidad.

Genevieve miró su vientre.

—La sucesión.

Almor giró.

—No sabemos eso.

—Antes de este bebé, ¿quién heredaba si tú morías sin hijos?

El rey no respondió.

Velázquez sí.

—Lord Severin era el principal candidato aceptado por el Consejo.

Genevieve sintió frío.

—Y ahora no.

—Ahora —dijo Velázquez— el hijo de su majestad tendría prioridad absoluta.

Genevieve apoyó ambas manos sobre la mesa.

De pronto todas las piezas encajaban demasiado bien.

Chandler había tenido motivos personales para destruirla.

Pero alguien más podía haber tenido motivos para asegurarse de que Almor nunca la encontrara.

—¿Chandler trabajaba para Severin?

Almor negó.

—Eso todavía no está probado.

—Pero se comunicaban.

—Sí.

—Y en los registros de Chandler aparece S.W.

—Sí.

—Y todos los informes falsos pasaron por el despacho de Severin.

—Sí.

Genevieve lo miró.

—Entonces no puedes ignorarlo porque sea familia.

Almor se tensó.

—No lo haré.

Aquella misma tarde convocó a Severin.

Genevieve nunca lo había visto.

Esperaba a un hombre oscuro.

Amenazante.

Encontró a alguien completamente distinto.

Lord Severin Wars tenía sesenta años.

Cabello plateado.

Rostro amable.

Elegancia discreta.

Entró en el salón sonriendo.

—Almor.

Después vio a Genevieve.

La sonrisa se hizo todavía más cálida.

—Así que finalmente conozco a la mujer que ha puesto el reino entero patas arriba.

Genevieve no sonrió.

Severin se detuvo.

—Veo que no es una visita social.

Almor señaló una silla.

—Siéntate.

—Prefiero permanecer de pie.

—Entonces permanece de pie.

Genevieve observaba cada movimiento.

Severin parecía tranquilo.

Demasiado.

Almor colocó el documento sobre la mesa.

—Tu firma.

Severin lo leyó.

—Sí.

—Transferiste mi investigación.

—Era un asunto civil.

—Era una búsqueda ordenada directamente por mí.

—Y tus soldados estaban ocupados con una guerra fronteriza.

—¿Sabías el nombre de Genevieve?

Severin miró a la joven.

—Sí.

—¿Sabías que vivía en territorio Russell?

—No.

—Tres patrullas informaron que no estaba allí.

—Entonces supongo que los Russell mintieron.

Genevieve habló.

—¿Conocía a Chandler?

Severin la miró.

—Por supuesto.

—¿Tenía negocios con él?

—Supervisaba su territorio.

—¿Le pagó alguna vez?

Severin sonrió ligeramente.

—Señorita Berró, he autorizado pagos a cientos de nobles.

—No pregunté eso.

La sonrisa desapareció.

—¿Le pagó personalmente?

—No que recuerde.

Velázquez colocó la copia del libro sobre la mesa.

—Iniciales S.W.

Severin lo miró.

Después soltó una carcajada.

—¿En serio?

Genevieve no reaccionó.

—Hay miles de personas con esas iniciales.

Almor continuó:

—También encontramos documentos falsos enviados desde tu administración.

—Entonces alguien de mi personal está involucrado.

—Quizá.

Severin abrió los brazos.

—Investígalo.

Era demasiado fácil.

Genevieve lo sintió.

No sabía por qué.

Pero lo sintió.

Severin se volvió hacia ella.

—Lamento profundamente lo que sufrió.

Genevieve sostuvo su mirada.

—Gracias.

—Debe saber que siempre quise que Almor encontrara una pareja.

—¿De verdad?

—Por supuesto.

—Incluso si tenían un hijo.

Severin hizo una pausa mínima.

—Especialmente si tenían un hijo.

Genevieve sonrió.

—Me alegra escucharlo.

Severin se despidió media hora después.

No había confesión.

No había prueba definitiva.

Solo preguntas.

Almor parecía frustrado.

Genevieve no.

—Está asustado.

Almor la miró.

—No lo parecía.

—Por eso lo sé.

—¿Cómo?

Genevieve pensó en Chandler.

En Beatrice.

En seis meses aprendiendo a leer habitaciones porque cualquier palabra equivocada podía costarle alimento, techo o seguridad.

—Los hombres poderosos muestran miedo intentando parecer más tranquilos de lo normal.

Almor arqueó una ceja.

—Eso fue extrañamente específico.

—He tenido buenos maestros.

Durante las siguientes semanas, Genevieve comenzó a recuperar su vida.

Comía mejor.

Dormía.

Su rostro dejó de verse pálido.

Pero, sobre todo, dejó de bajar la cabeza.

Almor comenzó a invitarla a algunas reuniones.

No como símbolo.

Como participante.

La primera vez, un anciano alfa protestó.

—Con todo respeto, majestad, estos asuntos quizá sean demasiado agotadores para una omega embarazada.

Genevieve lo miró.

—Entonces procure no hablar demasiado y terminaremos antes.

Dos consejeros ocultaron sonrisas.

Almor directamente rio.

El anciano no volvió a comentar sobre su embarazo.

Genevieve descubrió que tenía talento para los números.

Había administrado la empobrecida propiedad de su padre durante años.

Sabía cuánto costaba alimentar una familia.

Sabía detectar gastos absurdos.

Sabía qué ocurría cuando un impuesto aparentemente pequeño caía sobre alguien que contaba cada moneda.

En una reunión sobre reconstrucción de aldeas, un consejero propuso subir impuestos temporalmente.

Genevieve levantó una mano.

—No.

Todos la miraron.

—¿No? —preguntó el hombre.

—Las aldeas afectadas por los ataques ya perdieron cosechas.

—Precisamente por eso necesitamos fondos.

—Si les cobra más a quienes tienen menos, financiará la reconstrucción destruyendo a las personas que pretende ayudar.

Se hizo silencio.

Genevieve señaló otro documento.

—Los bienes confiscados a los Russell son suficientes para financiar el primer año.

El consejero parpadeó.

—No había considerado…

—Debería hacerlo.

Almor la observó.

Después sonrió.

—Aprobado.

La noticia se extendió.

La omega humillada del baile ahora participaba en decisiones reales.

Pero lo que más sorprendió a Genevieve fue que no necesitaba convertirse en otra persona para hacerlo.

Seguía teniendo miedo.

Seguía despertando algunas noches recordando las risas.

Seguía sintiendo un nudo en el estómago cuando alguien murmuraba detrás de ella.

La diferencia era que ahora no confundía miedo con debilidad.

Una tarde recibió una visita.

Beatrice.

Había permanecido bajo investigación y finalmente quedó claro que no participó en la desaparición de la carta.

Su crueldad durante el baile había sido real.

Su participación en la conspiración, no.

Genevieve aceptó verla.

Beatrice entró sin joyas.

Sin vestido rojo.

Sin arrogancia.

—Señorita Berró.

Genevieve permaneció sentada.

—Lady Beatrice.

—Ya no.

—¿Qué?

—Mi padre rompió formalmente mi compromiso y me ordenó regresar.

Genevieve asintió.

—Entiendo.

Beatrice parecía incómoda.

—Vine a disculparme.

Genevieve guardó silencio.

—Lo que hice aquella noche…

—¿Qué parte?

Beatrice bajó la mirada.

—Todo.

—Sé específica.

Beatrice respiró profundamente.

—Me burlé de usted.

Genevieve esperó.

—Utilicé su embarazo para humillarla.

Esperó.

—La obligué a servirnos vino.

Otra pausa.

—Y pisé su vestido sabiendo que podía caer.

Genevieve sintió su mano cerrarse sobre el apoyabrazos.

Beatrice tenía lágrimas en los ojos.

—Fue cruel.

—Sí.

—No tengo excusa.

Genevieve soltó lentamente el aire.

—No.

—Chandler me mintió.

—Sí.

—Pero yo elegí creerlo porque era más fácil despreciarla a usted que cuestionarlo a él.

Aquello hizo que Genevieve la mirara de forma distinta.

No con perdón.

Todavía no.

Pero sí con atención.

Beatrice continuó:

—Quería sentirme superior.

—¿Y lo consiguió?

—Durante unos minutos.

Genevieve asintió.

Beatrice se secó una lágrima.

—Después el rey entró y todos descubrimos quién era usted.

Genevieve frunció el ceño.

—Eso no debería ser la razón por la que te arrepientes.

Beatrice levantó la mirada.

—Lo sé.

—Si yo hubiera seguido siendo una omega sin protección, lo que hiciste habría seguido siendo cruel.

—Lo sé.

—Si mi hijo no fuera del rey, seguiría mereciendo dignidad.

—Lo sé.

—Si yo fuera una criada, una campesina o una mujer sin apellido…

—Seguiría estando mal.

Genevieve la observó.

Finalmente asintió.

—Bien.

Beatrice pareció confundida.

—¿Eso significa que me perdona?

—No.

La esperanza desapareció de su rostro.

Genevieve continuó:

—Significa que quizá algún día pueda hacerlo.

Beatrice inclinó la cabeza.

—Es más de lo que merezco.

—No digas eso.

La otra mujer levantó los ojos.

—Decidir que alguien “merece” ser humillado fue precisamente lo que nos trajo hasta aquí.

Beatrice quedó en silencio.

Genevieve extendió una carta.

—Hay un hospital para omegas en la provincia occidental.

—¿Qué es esto?

—Necesitan administradores.

Beatrice la miró sorprendida.

—¿Quiere enviarme allí?

—Quiero darte una oportunidad de demostrar que aprendiste algo.

—¿Por qué?

Genevieve observó la nieve detrás de la ventana.

—Porque alguien debió ofrecerme una oportunidad antes de que apareciera un rey.

Beatrice comenzó a llorar.

Esta vez Genevieve no sintió satisfacción.

Sintió paz.

El proceso de Chandler comenzó un mes después.

No fue una ejecución.

Genevieve se opuso.

—Quiero que viva sabiendo exactamente lo que perdió por sus propias decisiones.

El tribunal lo declaró culpable de corrupción, falsificación, obstrucción de órdenes reales y abuso de autoridad.

Perdió sus títulos.

La familia Russell perdió la administración del territorio.

Una parte de sus propiedades fue vendida para financiar las aldeas abandonadas.

Chandler recibió una larga condena de servicio supervisado en las regiones fronterizas, sin autoridad ni privilegios.

Cuando escuchó la sentencia, miró a Genevieve.

Ella no apartó los ojos.

No necesitaba verlo destruido.

Solo necesitaba verlo incapaz de destruir a otros.

Pero el caso Severin continuaba.

Y no avanzaba.

No había pruebas directas.

Solo coincidencias.

Firmas administrativas.

Documentos falsificados por subordinados.

Pagos con iniciales.

Nada suficiente para acusar a uno de los hombres más poderosos del reino.

Almor se frustraba cada día más.

Genevieve aprendió a esperar.

—Cometerá un error —le dijo una noche.

—¿Cómo puedes estar segura?

—Porque cree que ya ganó.

—¿Ganó?

Genevieve acarició su vientre.

—No consiguió separarnos para siempre.

—Entonces perdió.

—No.

Lo miró.

—Si hizo lo que creemos, todavía está sentado en el Consejo. Eso significa que para él la partida no ha terminado.

Almor la observó.

—A veces me asustas.

Genevieve sonrió.

—Eso es saludable.

Dos meses después del baile, la primera gran tormenta del invierno golpeó el Pico de Hierro.

Genevieve estaba leyendo cuando sintió el dolor.

Dejó el libro.

Respiró.

Esperó.

El segundo dolor llegó minutos después.

Margaret apareció media hora más tarde.

—Majestad…

Genevieve la miró.

—No me llames así cuando estoy a punto de entrar en pánico.

Margaret rio.

—Entonces, Genevieve, parece que su hijo ha decidido conocer el mundo.

El parto duró toda la noche.

Almor caminó tantas veces por el corredor que Wentworth finalmente le dijo:

—Majestad, si continúa así perforará la piedra.

—Cállate.

Dos horas después Genevieve exigió verlo.

Margaret se negó.

—Tradición.

Genevieve agarró una almohada.

—Si alguien vuelve a mencionar la tradición mientras estoy haciendo esto, juro que…

La puerta se abrió.

Almor entró.

Margaret lo miró horrorizada.

—¡Majestad!

—Ella me llamó.

Genevieve extendió la mano.

Almor la tomó.

—No te atrevas a decirme que respire.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

—Pero quizá…

Genevieve lo miró.

Almor cerró la boca.

Horas después, un llanto llenó la habitación.

Genevieve cayó contra las almohadas.

—Un niño —dijo Margaret.

Almor dejó de respirar.

La sanadora colocó el pequeño bulto sobre el pecho de Genevieve.

Cabello oscuro.

Puños diminutos.

Un rostro rojo de indignación.

Genevieve comenzó a llorar.

—Hola.

El bebé abrió los ojos.

Violeta.

Como ella.

Almor se arrodilló junto a la cama.

Tenía lágrimas en los ojos.

No intentó ocultarlas.

—Es perfecto.

Genevieve sonrió.

—Está gritando.

—Perfectamente.

Ella soltó una risa agotada.

—Arthur.

Almor la miró.

—¿Arthur?

—Era el nombre de mi padre.

La emoción cruzó el rostro del rey.

—Arthur Wars Berró.

Genevieve negó.

—Arthur Berró Wars.

Almor arqueó una ceja.

—¿Negociamos esto ahora?

—Acabo de pasar doce horas trayéndolo al mundo.

El rey levantó ambas manos.

—Arthur Berró Wars.

Genevieve sonrió.

—Mucho mejor.

Tres días después, las campanas comenzaron a sonar.

No por coronación.

Genevieve todavía no estaba preparada.

Sonaban para anunciar el nacimiento del príncipe.

Personas de todo el reino llenaron las plazas.

Pero Genevieve no apareció ante ellas hasta una semana más tarde.

Cuando lo hizo, no llevaba corona.

Solo un vestido azul sencillo.

Arthur dormía en sus brazos.

Almor estaba a su lado.

Miles de personas guardaron silencio.

Genevieve miró los rostros.

Omegas.

Betas.

Alfas.

Campesinos.

Soldados.

Niños.

Recordó el salón Russell.

Las risas.

La bandeja.

El suelo bajo sus rodillas.

Y habló.

—Hace dos meses, muchas personas creían que mi valor dependía de quién fuera el padre de mi hijo.

La plaza quedó inmóvil.

—Se equivocaban.

Almor la miró.

Genevieve continuó:

—Mi dignidad no comenzó cuando el rey me reconoció.

Su voz se hizo más firme.

—Ya la tenía cuando estaba sola.

Cuando estaba embarazada.

Cuando no tenía dinero.

Cuando las personas se reían.

Cuando nadie poderoso conocía mi nombre.

Algunas mujeres comenzaron a llorar.

—Y lo mismo es cierto para cada persona en este reino.

Genevieve miró a la multitud.

—La justicia que depende de que aparezca alguien poderoso no es justicia.

Una ovación comenzó lentamente.

Genevieve levantó una mano.

El silencio regresó.

—Por eso cambiaremos las leyes.

Almor sonrió.

Aquella frase no estaba en ningún discurso preparado.

—Ninguna omega podrá ser despojada de propiedades solo por su estado marital.

Más aplausos.

—Ninguna acusación de un alfa tendrá más valor únicamente por su rango.

La multitud rugió.

—Y ninguna criatura crecerá creyendo que el poder otorga permiso para humillar a los débiles.

Arthur se despertó.

Comenzó a protestar.

Genevieve miró a su hijo.

Sonrió.

—Parece que el príncipe tiene una opinión.

Las risas recorrieron la plaza.

Genevieve levantó al pequeño.

Y por primera vez desde el festival, sintió que verdaderamente había regresado a sí misma.

Aquella noche, después de que Arthur se durmiera, Almor encontró a Genevieve en la biblioteca.

Ella estaba frente al fuego.

—Deberías estar descansando.

—Tú también.

—Soy el rey.

—Y yo acabo de descubrir que aparentemente eso significa que nadie puede obligarte a dormir.

Almor sonrió.

Se acercó.

—Hay algo que quiero preguntarte.

Genevieve lo miró.

—No.

Almor parpadeó.

—Ni siquiera sabes qué es.

—Por tu cara, probablemente algo importante.

—Lo es.

—Entonces mañana.

Almor rio.

—Bien.

Se inclinó.

Besó su frente.

Genevieve cerró los ojos.

Aquella tranquilidad habría sido perfecta.

Duró exactamente siete segundos.

Tres golpes sonaron en la puerta.

Wentworth entró.

Su rostro hizo desaparecer inmediatamente la sonrisa de Almor.

—Majestad.

—¿Qué pasó?

El comandante miró a Genevieve.

—Encontramos algo.

Genevieve se incorporó.

—¿Sobre Severin?

Wentworth cerró la puerta.

Llevaba una pequeña caja negra.

—Encontramos esto en una antigua oficina utilizada por Chandler Russell.

La colocó sobre la mesa.

Almor la abrió.

Dentro había documentos.

Pero también un pequeño objeto envuelto en tela.

Genevieve lo tomó.

Era un sello.

Pesado.

De plata.

Almor palideció.

—No.

Genevieve lo miró.

—¿Qué es?

El rey tomó el sello.

—El sello privado del regente.

—¿Severin?

—Solo él podía utilizarlo.

Wentworth sacó una carta.

—Y encontramos esto escondido debajo del suelo.

Almor extendió la mano.

Wentworth no se la dio.

—Comandante.

—Majestad…

—Dámela.

Wentworth obedeció.

La carta estaba amarillenta.

Había sido escrita meses atrás.

Almor comenzó a leer.

Su rostro cambió.

Genevieve sintió que el corazón aceleraba.

—¿Qué dice?

Almor no respondió.

—Almor.

Él levantó los ojos.

Por primera vez desde que Genevieve lo conocía, el rey parecía verdaderamente asustado.

Le entregó la carta.

Genevieve leyó.

“Russell:

La omega no debe llegar a la capital.

El rey debe creer que huyó.

Intercepte cartas.

Modifique registros.

Utilice a los funcionarios que ya fueron compensados.

Si el embarazo se confirma, mantenga a la mujer aislada hasta recibir nuevas instrucciones.

Bajo ninguna circunstancia permita que Almor descubra al niño antes del nacimiento.

S.W.”

Genevieve sintió que la habitación giraba.

Al final había un sello.

El mismo sello que tenía Almor en la mano.

—Entonces era Severin.

Wentworth no respondió.

Genevieve volvió a leer.

Algo no encajaba.

—Espera.

Almor la miró.

Genevieve señaló una frase.

—“Hasta recibir nuevas instrucciones”.

Wentworth frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Esto significa que había un plan posterior.

El silencio llenó la biblioteca.

Almor tomó la carta.

—Chandler fue arrestado antes de poder ejecutarlo.

Genevieve negó lentamente.

—¿Estamos seguros?

Los tres se miraron.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Un guardia entró corriendo.

—Majestad.

Almor giró.

—¿Qué ocurre?

—Lord Severin no está en sus habitaciones.

Wentworth palideció.

—¿Desde cuándo?

—Nadie lo ha visto desde esta tarde.

Almor caminó hacia la puerta.

—Cierren las puertas de la ciudad.

El guardia no se movió.

—Hay algo más.

Genevieve sintió frío.

—Dilo.

El hombre miró al rey.

—Registramos su despacho.

Almor esperó.

—Encontramos mapas del palacio.

Wentworth preguntó:

—¿Qué clase de mapas?

El guardia tragó saliva.

—Rutas de servicio.

Pasadizos internos.

La ubicación de las habitaciones privadas.

Genevieve dejó de respirar.

—¿Qué habitaciones?

El guardia la miró.

No necesitó responder.

Arthur.

Genevieve comenzó a correr.

El dolor del parto todavía atravesaba su cuerpo, pero no le importó.

—¡Arthur!

Almor salió detrás de ella.

Wentworth gritó órdenes.

Guardias aparecieron desde ambos extremos del corredor.

Genevieve llegó a sus habitaciones.

Empujó la puerta.

La cuna estaba allí.

Margaret también.

—¿Qué sucede?

Genevieve corrió hasta el bebé.

Arthur dormía.

Lo levantó.

Lo apretó contra su pecho.

—Está aquí.

Almor llegó segundos después.

Miró la habitación.

Ventanas.

Puertas.

Guardias.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Entonces Wentworth se detuvo junto a la pared.

—Majestad.

Había una corriente de aire.

El comandante apartó un tapiz.

Detrás apareció una pequeña puerta.

Genevieve sintió que las piernas le fallaban.

—¿Eso estaba ahí?

Margaret negó.

—Nunca la había visto.

Almor abrió.

Un pasadizo oscuro.

Wentworth levantó una lámpara.

En el suelo había marcas recientes.

Huellas.

Alguien había utilizado aquel corredor.

Aquella misma noche.

Genevieve abrazó con más fuerza a su hijo.

—Severin estuvo aquí.

Almor miró las huellas.

—O alguien que trabaja para él.

Wentworth avanzó unos pasos.

Se agachó.

Recogió algo.

Un pedazo de papel.

Volvió.

Se lo entregó a Genevieve.

Solo había una frase.

Cinco palabras escritas con tinta negra.

“EL NIÑO NO ES EL OBJETIVO.”

Genevieve sintió que la sangre se le congelaba.

Almor tomó el papel.

Debajo de la primera frase había otra línea, escrita mucho más pequeña.

“LA REINA SÍ.”

Genevieve levantó lentamente los ojos.

Al final del corredor oscuro, muy lejos de ellos…

sonó una puerta cerrándose.

Almor empujó a Genevieve detrás de él.

Wentworth desenvainó su espada.

Los guardias levantaron las lámparas.

Arthur despertó y comenzó a llorar.

Y entonces, desde la oscuridad del pasadizo secreto, una voz familiar murmuró:

—Por fin entiendes, Genevieve.

Ella dejó de respirar.

Porque aquella voz no pertenecía a Severin.

Pertenecía a la única persona en quien había confiado incluso antes de conocer al rey.

La persona que conocía cada una de sus cartas.

Cada uno de sus movimientos.

Cada secreto sobre su embarazo.

Genevieve miró hacia las sombras.

Y sus labios formaron un nombre que jamás habría imaginado pronunciar con miedo.

—¿Marta…?

¡FIN!

Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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