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# Una Curvy Confundió al Jefe de la Mafia con una Cita de Alquiler—Entonces Él Jugó el Papel Toda la Noche y Descubrió una Verdad Peligrosa

Una Curvy Confundió al Jefe de la Mafia con una Cita de Alquiler—Entonces Él Jugó el Papel Toda la Noche y Descubrió una Verdad Peligrosa

A las 11:41 de la noche, Daniela Barnes estaba bajo el toldo iluminado del Hotel Meridian, con los brazos cruzados sobre el pecho y la lluvia reciente brillando sobre el pavimento.

Frente a ella había seis automóviles negros.

Motores encendidos.

Cristales oscuros.

Hombres con abrigos impecables esperando junto a las puertas como si llevaran horas fingiendo no vigilar cada movimiento alrededor.

Daniela los contó una vez.

Luego otra.

Después levantó lentamente la mirada hacia el hombre que había pasado las últimas cinco horas llamando Jessie.

—Déjame asegurarme de que entendí bien.

Alessio Ferrante permaneció frente a ella con las manos en los bolsillos.

El mismo traje oscuro.

La misma corbata que ella había enderezado con sus propias manos.

La misma expresión tranquila que, apenas unas horas antes, le había parecido demasiado seria para un acompañante contratado.

Ahora sabía por qué.

—Pregunta —respondió él.

Daniela inhaló profundamente.

—Tú no eres Jessie.

—No.

—No trabajas para Perfect Plus One.

—No.

—No vendes seguros comerciales.

Alessio hizo una pausa.

—Definitivamente no.

Daniela cerró los ojos.

Su mano tembló cuando se la llevó a la frente.

—Dios mío.

Alessio casi sonrió.

—Daniela…

—No. Todavía no.

Ella señaló los vehículos.

—¿Esos autos son tuyos?

—Algunos.

Daniela giró la cabeza hacia los hombres que esperaban alrededor.

—¿Y ellos?

—Trabajan conmigo.

—¿Todos?

—La mayoría.

Ella se quedó inmóvil.

Luego lo señaló con un dedo.

—Te presenté a mi madre como mi novio.

Alessio asintió.

—Sí.

—Le dijiste que nos conocimos haciendo cerámica.

—Tú me dijiste que dijera eso.

—¡Porque creía que eras un novio de alquiler!

Su voz rebotó contra las columnas de piedra.

Uno de los hombres junto a los automóviles miró discretamente hacia otro lado.

Daniela siguió, cada vez más horrorizada.

—Mi tío Roberto te retó a un pulso.

—Lo recuerdo.

—Y lo dejaste ganar.

—Parecía importante para él.

Daniela abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

—Mi prima te dio a su bebé.

—Se quedó dormido.

—¡Durante cuarenta minutos!

—No quería despertarlo.

Daniela se tapó la cara con ambas manos.

—Le di instrucciones de actuación al hombre más temido de la ciudad.

Esta vez Alessio sí sonrió.

Muy poco.

Pero Daniela lo vio.

Y aquello casi fue peor.

—Te dije que sonrieras más.

—Lo hiciste.

—Te dije que mirabas a mi prima Marisol como si estuvieras decidiendo dónde esconderla.

—También.

—Te dije que parecías enamorado de una hoja de cálculo.

—Esa fue particularmente ofensiva.

Daniela dejó caer las manos.

—¿Y tú simplemente seguiste actuando?

Alessio la observó.

Pero la respuesta no llegó inmediatamente.

Porque la verdad era mucho más complicada.

Había empezado como una equivocación.

Después se había convertido en una oportunidad.

Y en algún punto de aquella noche había terminado convirtiéndose en algo que Alessio Ferrante llevaba quince años sin permitirse sentir.

Paz.

Para entender cómo una mujer que llevaba años escuchando que era demasiado grande, demasiado sencilla y demasiado poco ambiciosa terminó dándole órdenes al hombre que podía hacer temblar una habitación sin levantar la voz…

había que volver cinco horas atrás.

Cuando Daniela todavía pensaba que el peor hombre que encontraría aquella noche era su exnovio.

Y cuando Alessio todavía creía que nada podía distraerlo del verdadero motivo por el que había llegado al Hotel Meridian.

A las 6:02 de la tarde, Daniela caminaba de un extremo al otro del vestíbulo sosteniendo su teléfono como si quisiera estrangularlo.

Llevaba un vestido color vino que abrazaba sus curvas sin intentar esconderlas.

Había tardado tres semanas en comprarlo.

No porque no encontrara vestidos bonitos.

Sino porque durante años había aprendido a mirar su cuerpo con los ojos de otras personas.

“Ese corte te hace más grande.”

“Deberías usar negro.”

“Tal vez algo que disimule un poco.”

“Con tu cara tan bonita, si bajaras unos kilos…”

Siempre había una segunda parte.

Siempre había un “pero”.

Aquella noche, sin embargo, Daniela había elegido el vestido porque le gustaba.

Punto.

Y eso debería haber sido suficiente.

El problema era que Grant Whitmore también estaría allí.

Su ex.

El hombre con quien había salido durante casi dos años.

El hombre que había terminado con ella durante un brunch de domingo con una delicadeza tan calculada que la crueldad tardó varios minutos en revelarse.

—Eres maravillosa, Dani —le había dicho.

Ella todavía recordaba la taza de café entre sus manos.

—Pero…

Ahí estaba.

Siempre había un “pero”.

—Quiero una vida diferente.

—¿Diferente cómo?

Grant había mirado hacia la ventana.

—Más grande.

Daniela había sentido el primer golpe en el pecho.

—No entiendo.

—Quiero eventos. Viajes. Personas importantes. Alguien que pueda entrar conmigo a cualquier habitación.

Ella había bajado la mirada.

—Yo puedo entrar a una habitación.

Grant había sonreído.

Esa sonrisa compasiva.

Daniela llegó a odiarla más que cualquier insulto directo.

—Sabes a qué me refiero.

Sí.

Lo sabía.

Pero quería obligarlo a decirlo.

—No. Explícamelo.

Grant suspiró.

—Siempre pensé que terminaría con alguien un poco más…

Nunca terminó la frase.

No necesitaba hacerlo.

Más elegante.

Más delgada.

Más impresionante.

Más adecuada para exhibir del brazo.

Simplemente más.

Daniela había pagado su propio café, había salido del restaurante y había llorado dentro de su automóvil hasta que se quedó sin lágrimas.

Dos años después, Grant seguía apareciendo ocasionalmente en reuniones familiares porque era primo del hombre que iba a casarse con Robin, la hermana menor de Daniela.

Y aquella noche era la cena de ensayo.

Daniela habría soportado verlo.

Lo que no podía soportar era aquella expresión.

La mirada de lástima.

Por eso su mejor amiga Priscila había tenido una idea.

Una idea terrible.

—Contrata a alguien.

—¿Qué?

—Un acompañante.

Daniela había soltado una carcajada.

Priscila no.

—Hablo en serio.

—¿Quieres que alquile un novio?

—Por cuatro horas.

—Eso es probablemente la frase más triste que has dicho desde que te conozco.

—Más triste será ver a Grant llegar con alguna modelo de Instagram mientras tú finges estar fascinada con los centros de mesa.

Daniela había apretado los labios.

Priscila conocía sus puntos débiles.

—Hay agencias —continuó—. Profesionales. El hombre aparece, conversa, sonríe, sostiene tu mano cuando sea necesario y después desaparece.

—Eso suena ilegal.

—No lo es.

—Suena como si debiera serlo.

—Daniela.

Silencio.

—¿Qué?

—No necesitas demostrarle nada a Grant.

—Lo sé.

—Pero quieres hacerlo.

Daniela había suspirado.

—Muchísimo.

Así apareció Perfect Plus One.

El acompañante asignado se llamaba Jessie.

Traje oscuro.

Treinta y tantos.

“Profesional, discreto, excelente conversación.”

El mensaje decía:

“Encuentro: Hotel Meridian. 6:00 p. m. Cerca del bar principal. Busque al caballero de traje oscuro.”

A las 6:02 había exactamente un hombre de traje oscuro junto al bar.

Daniela lo vio.

Y olvidó durante dos segundos cómo caminar.

Era alto.

Cabello oscuro.

Hombros anchos bajo una chaqueta perfectamente ajustada.

No sonreía.

Ni siquiera parecía conocer personalmente el concepto de sonreír.

Estaba completamente inmóvil, observando la entrada.

Daniela tragó saliva.

—Priscila pagó demasiado —murmuró.

Luego caminó hacia él.

Lo que Daniela no sabía era que Alessio Ferrante llevaba once minutos esperando a otro hombre.

Uno llamado Michael Kessler.

Durante ocho meses, dinero perteneciente a empresas vinculadas con Alessio había desaparecido en movimientos pequeños.

Demasiado pequeños para ser errores.

Demasiado precisos para ser casualidad.

Alguien estaba robando.

Pero peor todavía, alguien estaba vendiendo información.

Kessler era el enlace.

Y Alessio había descubierto que aquella noche asistiría a la cena de ensayo de una familia aparentemente normal.

Alessio no estaba allí por amor.

No estaba allí por una boda.

Y definitivamente no estaba allí para fingir que vendía seguros.

Entonces escuchó:

—¿Jessie?

Giró la cabeza.

Una mujer con vestido rojo vino estaba frente a él.

Sus ojos oscuros lo estudiaron.

No había miedo en ellos.

Aquello era extraño.

La mayoría de las personas que reconocían a Alessio cambiaban inmediatamente de postura.

La espalda más recta.

La voz más baja.

Los ojos buscando salidas.

Ella simplemente frunció el ceño.

—¿Jessie, de la agencia?

Alessio debería haber dicho que no.

De hecho, abrió la boca para hacerlo.

—Hola —dijo.

Daniela exhaló.

—Perfecto. Pensé que me había equivocado de vestíbulo.

Alessio la observó.

Técnicamente, sí.

—Tenemos cuatro minutos —continuó ella—. Necesitas memorizar nuestra relación.

—¿Nuestra relación?

Daniela abrió el bolso y sacó una tarjeta.

Se la puso en la mano.

Alessio miró el papel.

Nadie le entregaba instrucciones.

Él daba instrucciones.

Pero allí estaban.

NOMBRE: JESSIE.

RELACIÓN: CINCO MESES.

CÓMO SE CONOCIERON: CLASE DE CERÁMICA.

TRABAJO: SEGUROS COMERCIALES.

NO HABLAR DE POLÍTICA CON TÍO ROBERTO.

NO ACEPTAR NEGOCIOS DEL PRIMO LUIS.

DECIR QUE DANIELA ES MEJOR EN CERÁMICA.

Alessio levantó lentamente los ojos.

—¿Cerámica?

—Mi madre piensa que es romántico.

—Entiendo.

—Y es suficientemente aburrido para que nadie haga demasiadas preguntas.

—¿Siempre planeas tus mentiras con este nivel de detalle?

Daniela lo miró.

—Soy organizadora de eventos.

—Eso no responde mi pregunta.

—La responde perfectamente.

Algo inesperado tiró de la comisura de los labios de Alessio.

Daniela lo señaló.

—Eso.

—¿Qué?

—Necesito más de eso.

—¿De qué?

—Expresión humana.

Alessio parpadeó.

Daniela suspiró.

—Jessie, escucha. Eres muy guapo.

Él alzó una ceja.

—Mucho más que en la página web, honestamente. Eso va a crear preguntas, pero podremos manejarlo.

—Qué tranquilizador.

—Pero tienes un problema.

—¿Cuál?

—Pareces peligroso.

Por primera vez aquella noche, Alessio casi se rió.

—¿Sí?

—Muchísimo.

Daniela se acercó.

Y antes de que Alessio pudiera anticiparlo, levantó ambas manos y le acomodó la corbata.

El cuerpo entero de Alessio quedó inmóvil.

No porque le molestara.

Porque nadie hacía eso.

Nadie entraba voluntariamente en su espacio.

Nadie lo tocaba sin pedir permiso.

Nadie lo arreglaba como si fuera simplemente un hombre preparándose para una fotografía familiar.

Daniela retrocedió.

—Mucho mejor.

Alessio la miró.

—¿Algo más?

—Sí. Mi ex está arriba.

Ahí cambió algo en ella.

Pequeño.

Pero Alessio lo vio.

Daniela bajó la voz.

—Grant. Rubio. Alto. Probablemente estará acompañado. Cuando mire hacia nosotros, necesito que parezca que te gusto.

—¿Parezca?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo por lo que estoy pagando.

Alessio sostuvo su mirada.

Y sin saber todavía por qué aquellas palabras le molestaban, respondió:

—Eso puedo hacerlo.

Subieron.

Gio, el hombre de confianza de Alessio, los vio entrar juntos al ascensor.

Daniela tomó a Alessio del brazo.

Las puertas empezaron a cerrarse.

Gio dio un paso hacia delante.

Alessio lo detuvo con una mirada.

Las puertas se cerraron.

Gio permaneció en medio del vestíbulo.

Había trabajado nueve años para aquel hombre.

Había visto negociaciones.

Traiciones.

Operativos.

Reuniones que podían cambiar el destino de compañías enteras.

Nunca había visto a una mujer desconocida acomodarle la corbata a Alessio Ferrante.

Sacó el teléfono.

Lo miró.

¿A quién iba a llamar?

Finalmente volvió a guardarlo.

No existía protocolo para aquello.

Arriba, Daniela llevó al hombre más peligroso de la ciudad directamente hacia su madre.

—Mamá, él es Jessie.

Cecilia Barnes abrió los ojos.

—¿Ese es Jessie?

Daniela cerró los ojos durante medio segundo.

—Sí, mamá.

—No me dijiste que era tan…

Cecilia hizo un gesto con ambas manos.

—¿Tan qué? —preguntó Daniela.

—Tanto.

Alessio bajó la mirada para ocultar algo parecido a diversión.

Cecilia tomó su mano.

—Soy la madre.

—Eso había entendido.

—Daniela no nos cuenta nada. ¿De verdad se conocieron haciendo cerámica?

Daniela se tensó.

Alessio lo sintió en su brazo.

—Sí.

—¿Y quién era mejor?

Alessio miró a Daniela.

—Ella.

Daniela giró inmediatamente hacia él.

Aquello no estaba escrito exactamente así.

—Mucho mejor —añadió Alessio—. Yo solo intentaba seguirle el ritmo.

Cecilia se llevó una mano al pecho.

—Dios mío.

—Mamá.

—Es perfecto.

—Mamá.

—Robin, ven. ¡Tienes que conocer al novio de tu hermana!

Daniela se acercó al oído de Alessio.

—Estás haciendo demasiado.

—Creí que querías que pareciera convincente.

—Convincente, sí. Ganarte a mi madre en cuarenta segundos es sospechoso.

—Puedo empeorar.

—No. Definitivamente no hagas eso.

Pero ya era tarde.

La familia Barnes lo absorbió.

El tío Roberto quiso hablar de inversiones.

La prima Marisol quiso saber si Jessie tenía hermanos.

Una tía le preguntó cuándo pensaba casarse.

Un niño le derramó jugo sobre el zapato.

Y Alessio…

no sabía qué hacer con nada de aquello.

Daniela empezó a notarlo.

—Estás haciendo la cosa —susurró.

—¿Qué cosa?

—Mirar.

—Estoy mirando.

—Exacto. Pero miras como si estuvieras interrogando a la gente.

—Tu primo me preguntó cuánto gano.

—Porque es entrometido.

—Entonces mi expresión era apropiada.

—No. Jessie.

Daniela respiró profundamente.

—Mírame.

Alessio obedeció.

—Se supone que estás enamorado de mí.

Ella suavizó el rostro.

—Así.

Sonrió.

—Como si yo fuera la mejor parte de tu semana.

Alessio la miró.

Y lo hizo.

No actuó.

Simplemente dejó caer durante un instante la máscara fría que llevaba años usando.

La observó.

De verdad.

Daniela dejó de sonreír.

Su respiración se atascó.

—Bien.

Se aclaró la garganta.

—Eso funciona.

Alessio siguió mirándola.

—Quizá demasiado.

—Dijiste “la mejor parte de tu semana”.

—Sí, pero bájalo un veinte por ciento.

Alessio inclinó la cabeza.

—¿Veinte?

—Aproximadamente.

Ella tomó su copa.

—Eres demasiado bueno en esto.

Alessio no respondió.

Porque no estaba actuando.

Entonces Daniela se quedó rígida.

Grant acababa de entrar.

Rubio.

Traje azul.

Sonrisa perfecta.

Y una mujer espectacular tomada de su brazo.

Grant recorrió la sala.

Encontró a Daniela.

Y apareció aquella expresión.

La lástima.

—Ahí viene —susurró ella.

Alessio no miró a Grant.

Miró la forma en que Daniela enderezó la espalda.

Cómo levantó la barbilla.

Cómo sus dedos apretaron ligeramente la copa.

Cómo se preparó para recibir un golpe que había recibido demasiadas veces.

—Daniela.

Grant llegó sonriendo.

—Vaya. Te ves…

Pausa.

—Muy bien.

Daniela sonrió.

—Gracias.

Grant miró a Alessio.

Lo evaluó.

Lo descartó.

Error.

—¿Y él?

—Jessie. Mi novio.

—Grant —dijo el ex, extendiendo la mano.

Alessio se la estrechó.

Grant apretó fuerte.

Alessio lo dejó.

Daniela lo vio.

—¿A qué te dedicas, Jessie?

—Seguros comerciales.

Grant sonrió.

—Seguros.

—Sí.

—Eso es… estable.

Daniela bajó los ojos.

Alessio vio el movimiento.

Grant continuó:

—Me alegra que hayas encontrado a alguien, Dani. De verdad. Después de nosotros me preocupaba que quizá te costara encontrar a una persona que pudiera…

Hizo una pausa.

—Seguirte el ritmo. A tu nivel.

Daniela dejó de respirar durante un segundo.

Era aquella frase.

La misma de siempre.

Disfrazada de preocupación.

Alessio dejó lentamente su copa sobre la mesa.

—Curioso.

Grant lo miró.

—¿Qué?

—Has dicho “a su nivel”.

Daniela giró hacia Alessio.

Aquello no estaba en la tarjeta.

—¿Perdón?

Alessio habló suavemente.

No necesitaba volumen.

—Llevas cinco minutos intentando colocarla debajo de ti para poder fingir que estás hablando desde arriba.

La sonrisa de Grant desapareció un poco.

—Creo que entendiste mal.

—No.

Alessio ladeó la cabeza.

—Si Daniela no estaba a tu nivel, entonces fuiste tú quien decidió pasar dos años con alguien a quien considerabas inferior. Eso habla mal de ti.

Grant abrió la boca.

—Y si estaba por encima de tu nivel…

Alessio dio medio paso hacia Daniela.

—Entonces simplemente no pudiste seguirle el ritmo.

Silencio.

La acompañante de Grant bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

Alessio terminó:

—Así que tengo curiosidad. ¿Cuál de las dos versiones prefieres?

Grant se quedó inmóvil.

—Solo estaba intentando ser amable.

—Entonces deberías practicar.

Grant murmuró algo sobre buscar una bebida y se marchó.

Daniela esperó hasta que estuvo suficientemente lejos.

Luego golpeó suavemente el brazo de Alessio.

—¿Qué fue eso?

—¿Qué?

—¡Eso no estaba en la tarjeta!

—Improvisé.

—¡No debes improvisar!

—Pareció funcionar.

Daniela miró hacia Grant.

Después volvió hacia Alessio.

Su boca tembló.

Y finalmente apareció una sonrisa.

—Fue perfecto.

Alessio no respondió.

Daniela tragó saliva.

—Llevaba dos años escuchándolo hablarme así y nunca encontraba las palabras correctas.

—Las tenías.

—No.

—Sí.

Ella lo miró.

—Solo estabas demasiado ocupada concediéndole el beneficio de la duda.

Aquello golpeó diferente.

Daniela permaneció en silencio.

—Las personas amables hacen eso —continuó Alessio—. Confunden comprender a alguien con tener que permitirle todo.

Daniela sostuvo su mirada.

—Eres un novio alquilado muy extraño.

—Me han dicho cosas peores.

La cena comenzó.

Y ocurrió algo todavía más extraño.

Alessio Ferrante se sentó a una mesa donde nadie quería nada de él.

No contratos.

No favores.

No dinero.

No protección.

Cecilia quería saber si comía suficiente.

El tío Roberto quería otra revancha en el pulso.

Robin quería fotografías.

La prima Marisol terminó colocando a su bebé dormido contra el pecho de Alessio mientras buscaba su bolso.

Él miró al niño.

Luego a Daniela.

—No sé qué hacer.

—Sostenerlo.

—Eso estoy haciendo.

—Entonces ya sabes.

El bebé apoyó la mejilla contra su chaqueta.

Alessio quedó completamente quieto.

Daniela sonrió.

—Tienes miedo.

—No.

—Sí.

—No le tengo miedo a un bebé.

—Pareces estar sosteniendo una bomba.

—Las bombas son más predecibles.

Daniela soltó una carcajada.

Una carcajada verdadera.

Y Alessio descubrió que quería volver a escucharla.

Después llegó el pan.

Daniela le pasó un pedazo.

—¿Con quién cenas normalmente?

—Personas que quieren algo.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

Daniela lo observó.

—Eso es triste.

No había lástima en su voz.

Solo una constatación sencilla.

Aquello importó.

Más de lo que Alessio habría admitido.

—Todo el mundo debería tener al menos una cena por semana donde nadie quiera nada —dijo Daniela.

—¿Otra regla?

—Sí.

—Tienes demasiadas.

—Las reglas son amor, Jessie.

Alessio la miró.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Claro que tiene sentido. Las reglas dicen: come, duerme, llama a tu madre, no permitas que tu ex te humille y no mires el pan como si escondiera un micrófono.

Alessio bajó la mirada.

Había estado haciendo exactamente eso.

Daniela sonrió.

—Te descubrí.

Él negó con la cabeza.

Y por unos minutos…

se olvidó de Kessler.

Ese fue el problema.

Porque Alessio Ferrante nunca olvidaba.

Al otro lado del comedor, una puerta de servicio se abrió.

Un hombre entró.

No llevaba uniforme.

No era invitado.

Y caminaba demasiado conscientemente.

Alessio dejó de sonreír.

Todo el calor abandonó su rostro.

Daniela lo sintió antes de entenderlo.

—¿Qué pasa?

El teléfono de Alessio vibró.

Un mensaje de Gio.

DOS HOMBRES. SALIDA ESTE.

Alessio dejó el tenedor.

—Daniela.

Ella frunció el ceño.

—¿Sí?

—Dentro de unos segundos vamos a levantarnos.

—¿Por qué?

—Quiero que tomes mi brazo y sigas hablando.

—Jessie…

—No mires hacia la puerta de servicio.

Daniela quedó inmóvil.

Su respiración cambió.

—¿Qué está pasando?

—Nada todavía.

Alessio sostuvo sus ojos.

—Quiero mantenerlo así.

Por primera vez desde que lo conocía, Daniela no discutió.

Se levantó.

Tomó su brazo.

Caminaron.

Tres pasos.

Cuatro.

Cinco.

Entonces una silla cayó.

Alguien gritó.

Alessio se giró.

Todo ocurrió demasiado rápido para Daniela.

Una copa estalló contra la pared.

Alessio la empujó detrás de él.

No brutalmente.

Instintivamente.

Su cuerpo quedó entre Daniela y el resto de la habitación.

Dos hombres entraron desde el pasillo.

Gio apareció por otra puerta.

Hubo movimiento.

Órdenes cortas.

Un silencio imposible.

Y luego todo terminó.

Daniela estaba temblando.

Alessio se giró inmediatamente.

—Mírame.

Sus manos llegaron al rostro de ella.

—Daniela. Mírame.

—Estoy bien.

—¿Estás herida?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

Ella respiraba demasiado rápido.

—Eso…

Miró los cristales en el suelo.

—Eso iba hacia ti.

Alessio no mintió.

—Sí.

Daniela palideció.

Entonces Gio regresó.

—Jefe.

Una sola palabra.

Eso fue suficiente.

Daniela giró lentamente la cabeza.

—¿Qué dijo?

Gio se detuvo.

Alessio cerró los ojos durante medio segundo.

Demasiado tarde.

—Te llamó jefe.

—Daniela…

—¿Jefe de qué?

Silencio.

Ella miró a Gio.

Después a los hombres.

Después hacia las ventanas, donde podía distinguir los vehículos negros abajo.

Todo encajó.

La quietud.

La forma de observar las salidas.

El apretón de manos.

La mirada.

El miedo que algunos empleados habían intentado esconder.

Daniela retrocedió.

—Tú no vendes seguros.

—No.

—¿Quién eres?

Alessio sostuvo su mirada.

—Alessio Ferrante.

Daniela perdió el color.

Conocía ese nombre.

Todo el mundo conocía ese nombre.

No por fotografías.

Alessio casi nunca aparecía en ellas.

Pero el apellido Ferrante estaba unido a restaurantes, compañías de transporte, clubes privados, construcción, rumores y una clase de poder del que las personas prudentes no hablaban demasiado.

Daniela se dejó caer en una silla.

—Dios mío.

Alessio se agachó frente a ella.

—Escúchame.

—¿Eres mafia?

Él guardó silencio.

Eso respondió suficiente.

Daniela se tapó la boca.

—Le dije a un jefe de la mafia que bajara su expresión romántica un veinte por ciento.

Gio miró hacia otro lado.

Alessio casi sonrió.

—Sí.

—Le dije a un jefe de la mafia que tenía cara de hoja de cálculo.

—Sí.

—Mi tío te ganó un pulso.

—Lo dejé ganar.

—Eso no mejora nada.

De repente la expresión de Daniela cambió.

El humor desapareció.

—Mi familia.

Su voz se quebró.

—¿Están en peligro?

Alessio respondió inmediatamente.

—No.

—No me mientas.

Aquellas palabras fueron pequeñas.

Pero cortaron más profundamente que un grito.

Alessio se quedó inmóvil.

—No te mentiré otra vez.

Daniela tragó saliva.

—¿Están en peligro por ti?

—No.

—¿Puedes garantizarlo?

—Sí.

—¿Cómo?

—Porque el hombre que vino aquí ya no puede acercarse a ustedes y porque desde este momento cada persona de tu familia llegará a casa sin saber que está siendo protegida.

Daniela lo miró.

—¿Por qué estabas aquí?

Alessio podría haber inventado algo.

Era experto.

Pero la expresión de ella lo detuvo.

—Vine siguiendo a un hombre.

—¿Quién?

—No puedo decírtelo todavía.

Daniela parpadeó.

Alessio continuó:

—Pero puedo decirte que estaba usando esta boda para reunirse con alguien. Yo necesitaba descubrir con quién.

—Entonces me utilizaste para entrar.

La frase dolió.

Porque era parcialmente cierta.

—Al principio.

Daniela bajó la mirada.

—Entiendo.

—No. No creo que entiendas.

—¿Qué parte falta?

Alessio se sentó frente a ella.

—La parte donde dejé de hacerlo.

Daniela levantó los ojos.

—¿Cuándo?

Él pensó.

—Probablemente cuando me dijiste que miraba a tu prima como si estuviera decidiendo dónde enterrarla.

Contra toda lógica, Daniela soltó una risa ahogada.

Tenía lágrimas en los ojos.

—Esto no es gracioso.

—No.

—Estoy furiosa contigo.

—Lo sé.

—Y asustada.

La mandíbula de Alessio se tensó.

—Lo sé.

—Y no sé qué parte de esta noche fue real.

Eso sí lo golpeó.

Alessio permaneció callado.

Después señaló la mesa.

—Tu madre gustándome demasiado fue real.

Daniela lo miró.

—Tu tío creyendo que me derrotó fue real.

—Alessio…

—El bebé durmiéndose encima de mí fue real.

Su voz bajó.

—Lo que le dije a Grant fue real.

Daniela dejó de moverse.

—Cuando te miré como me pediste…

Alessio sostuvo sus ojos.

—Eso también.

Silencio.

—Y cuando te dije que esta era la mejor cena que había tenido en años…

Daniela respiró.

—¿También?

—Especialmente eso.

Ella apartó la mirada.

—No puedes hacer esto.

—¿Qué?

—Decirme cosas así cinco minutos después de que descubro que eres…

Movió las manos, incapaz de encontrar la palabra.

—Tú.

Alessio asintió.

—Tienes razón.

Se levantó.

—Por eso no voy a pedirte nada esta noche.

Daniela levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Me asegurará de que tú y tu familia lleguen seguros a casa. Después me iré.

Algo extraño apareció en la cara de ella.

Casi decepción.

Pero Alessio no se permitió confiar en ello.

—Te mentí —dijo—. Aunque empezara por una equivocación, seguí permitiéndola. No voy a usar lo que ocurrió después para hacer que parezca menos importante.

Daniela lo estudió.

—Eso ha sido sorprendentemente razonable.

—No te acostumbres.

—Ahí está el hombre que conocí.

Una hora después, la cena de ensayo parecía casi normal.

La explicación oficial hablaba de una bandeja caída y un invitado que había sufrido una emergencia.

Daniela no preguntó cómo Alessio conseguía hacer desaparecer el caos.

No quería saberlo.

Todavía.

Lo observó ayudar a su madre a sentarse.

Lo vio aceptar tres recipientes de comida porque Cecilia insistió en que “un hombre tan delgado necesitaba comer”.

Alessio no era delgado.

Nadie se atrevió a explicárselo.

Finalmente salieron.

Y allí, frente a los automóviles negros, Daniela hizo todas aquellas preguntas.

Después llegó la más importante.

—¿Qué pasa ahora?

Alessio guardó silencio.

Por primera vez aquella noche parecía realmente inseguro.

Daniela casi no podía creerlo.

El hombre que había enfrentado el peligro sin pestañear parecía nervioso ante una pregunta.

—Ahora —dijo finalmente— te pido una cita.

Daniela parpadeó.

—¿Qué?

—Una real.

—¿Estás loco?

—Es posible.

—Acabo de descubrir quién eres.

—Precisamente.

Alessio dio un paso hacia ella.

—Esta vez sabrás quién está frente a ti antes de aceptar.

Daniela lo miró.

—Sin Jessie.

—Sin Jessie.

—Sin seguros.

—Sin seguros.

—Sin cerámica.

Alessio hizo una pausa.

—Eso va a destruir a tu madre.

Daniela soltó una risa.

—Probablemente.

Después se puso seria.

—Tengo una condición.

—Dime.

—No vuelves a mentirme.

Alessio no respondió inmediatamente.

Daniela levantó la barbilla.

—No estoy pidiendo conocer cada secreto de tu vida. No soy ingenua. Si hay algo que no puedes decirme, dices exactamente eso: “No puedo decírtelo”.

—De acuerdo.

—No inventas historias.

—De acuerdo.

—Puedo aceptar una puerta cerrada, Alessio.

Ella dio un paso más cerca.

—Lo que no aceptaré es que me digas que la puerta no existe.

Por primera vez en muchos años, Alessio sintió que alguien estaba hablando un idioma que él no sabía que necesitaba escuchar.

—Entonces sabrás dónde están todas las puertas —dijo—. Incluso aquellas que no pueda abrir.

Daniela extendió la mano.

Alessio miró sus dedos.

No la tomó inmediatamente.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

—Entonces toma mi mano.

Él lo hizo.

Y Daniela sintió algo sorprendente.

El hombre más temido de la ciudad estaba nervioso.

—Una cita —dijo ella.

—Una.

—Real.

—Completamente.

—Y cargas mis recipientes.

Alessio miró las tres cajas que Robin le había dado.

—¿Eso también es condición?

—No. Eso es sentido común.

Él negó con la cabeza.

Entonces sonrió.

No veinte por ciento.

No cincuenta.

Por completo.

Daniela sintió que el corazón le golpeaba demasiado fuerte.

—Eso —susurró—. Esa sonrisa sí puedes dejarla al cien por ciento.

Tres días después, Daniela descubrió que aceptar aquella cita había sido mucho más sencillo que sobrevivir a la reacción de Priscila.

—¿ALQUILASTE QUÉ?

—Técnicamente alquilé a Jessie.

—Pero saliste con Alessio Ferrante.

—Por accidente.

—¡No puedes salir accidentalmente con Alessio Ferrante!

—Te aseguro que sí.

Priscila caminaba de un lado al otro del apartamento.

—¿Y ahora te invitó a una cita real?

—Sí.

—¿Y dijiste que sí?

Daniela cruzó los brazos.

—Sí.

Priscila la miró durante cinco segundos.

—¿Qué vas a ponerte?

Daniela lanzó un cojín contra ella.

Pero la cita llegó.

Alessio apareció solo.

Sin convoy.

Sin hombres visibles.

Daniela abrió la puerta.

—¿Dónde están?

—¿Quiénes?

—Tus hombres.

—No los ves.

—Eso no significa que no estén.

Alessio la observó.

—Aprendes rápido.

—Eso significa que sí están.

—Uno.

Daniela miró hacia ambos lados del pasillo.

—¿Dónde?

—Si lo encuentras, lo despido.

—Eso me parece injusto.

Alessio le ofreció el brazo.

—¿Lista?

Daniela cerró la puerta.

—Depende. ¿Dónde vamos?

—A cenar.

—Eso es sospechosamente normal.

—Estoy intentando algo nuevo.

La llevó a un pequeño restaurante italiano lejos del centro.

No había salón privado.

No había cuerda de terciopelo.

No había personas inclinándose para saludarlo.

Daniela lo notó.

—¿Por qué aquí?

Alessio miró alrededor.

—Porque nadie quiere nada de mí aquí.

Daniela recordó aquella conversación durante la cena de ensayo.

“Todo el mundo debería tener una cena por semana donde nadie quiera nada.”

Sonrió.

—Seguiste mi regla.

—No te emociones.

Pero sí.

La había seguido.

Y durante las semanas siguientes continuó haciéndolo.

Alessio conoció a Priscila.

Priscila lo interrogó durante cuarenta minutos.

Sobrevivió.

Cecilia descubrió la verdad sobre la cerámica.

No sobrevivió emocionalmente.

—¡Ya se lo había contado a toda la familia!

—Lo siento, señora Barnes.

—¡A la peluquera también!

Daniela se tapó la cara.

—Mamá.

—¡Y a la señora del banco!

Alessio, con una seriedad perfecta, respondió:

—Podemos tomar clases.

Cecilia dejó de hablar.

Daniela lo miró.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si hacemos eso, ella considerará la mentira retroactivamente verdadera.

—Me parece eficiente.

—No la animes.

Pero no todo fue ligero.

Daniela empezó a notar las llamadas que Alessio no respondía delante de ella.

Los cambios en su expresión.

Las noches en que cancelaba sin explicar más que:

“No puedo hablar de ello.”

Y cumplía su promesa.

Nunca inventaba.

Nunca disfrazaba.

Aquello debería haber hecho las cosas más fáciles.

En realidad, las hacía más reales.

Una noche, dos meses después, Alessio llegó a su apartamento pasada la medianoche.

Daniela abrió la puerta.

Su rostro cambió inmediatamente.

—¿Qué pasó?

—Nada que vaya a entrar aquí.

—Esa no fue mi pregunta.

Alessio permaneció en el umbral.

Parecía agotado.

No herido.

Pero había algo oscuro detrás de sus ojos.

—Llegamos a una puerta —dijo.

Daniela entendió.

No puedo decirte.

Ella asintió.

—Está bien.

Alessio no se movió.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—Preguntas.

—Tengo muchas.

—¿Y?

Daniela abrió más la puerta.

—Y dijiste que no puedes hablar.

Él la observó.

—Pero puedes entrar.

Aquello fue todo.

Alessio entró.

Daniela calentó sopa.

No preguntó nada.

Él comió en silencio.

Después de unos minutos, Alessio dijo:

—Toda mi vida las personas han querido abrir las puertas cerradas.

Daniela siguió removiendo su té.

—Tal vez porque nunca tuvieron suficientes habitaciones propias.

Él la miró.

—¿Cómo haces eso?

—¿Qué?

—Decir algo absurdo que termina teniendo sentido.

—Talento natural.

Alessio sonrió.

Pero tres semanas después, llegó el verdadero problema.

No era un enemigo.

No era una amenaza.

Era Grant.

Daniela estaba trabajando en la organización de una gala empresarial cuando su asistente apareció con el rostro tenso.

—Hay un hombre preguntando por ti.

—¿Cliente?

—Dice que te conoce.

Daniela levantó la vista.

Grant estaba al otro lado del salón.

Solo.

—Cinco minutos —dijo ella.

Grant se acercó.

—Dani.

—Grant.

—Te ves bien.

—Ya utilizaste esa frase.

Él apretó los labios.

—Quería hablar contigo.

—Habla.

Grant miró alrededor.

—¿Es verdad?

—¿Qué?

—Ferrante.

Daniela quedó quieta.

—¿Qué pasa con él?

—¿Estás saliendo con él?

—Eso no te concierne.

Grant soltó una risa seca.

—Dios, Daniela. ¿Sabes quién es?

—Sí.

—No, creo que no.

Ella recogió una carpeta.

—Se acabaron tus cinco minutos.

Grant le sujetó suavemente el brazo.

Daniela bajó los ojos hacia su mano.

—Suéltame.

Él obedeció.

—Solo intento protegerte.

Daniela sintió algo viejo moverse dentro de ella.

Dos años antes, habría dudado.

Habría pensado que quizá Grant tenía razón.

Ahora no.

—No.

—¿No qué?

—No estás intentando protegerme.

Grant frunció el ceño.

Daniela continuó:

—Estás intentando recuperar el derecho a opinar sobre mi vida porque acabas de descubrir que alguien a quien consideras más poderoso que tú me eligió.

El rostro de Grant se endureció.

—Esto no es una competencia.

—Para ti siempre lo fue.

Ella sostuvo su mirada.

—Ese fue el problema.

Grant se marchó.

Daniela pensó que ahí terminaría.

Se equivocó.

Esa noche recibió un mensaje desde un número desconocido.

Una fotografía.

Alessio entrando en un edificio.

Debajo, una frase.

“Pregúntale quién era la mujer que salió diez minutos antes.”

Daniela sintió frío.

No por celos.

Por algo peor.

Porque reconoció el edificio.

Era el Hotel Meridian.

La misma entrada donde todo había empezado.

Llamó a Alessio.

Él respondió al segundo tono.

—Daniela.

—Llegamos a una puerta.

Silencio.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—No salgas.

—No me des órdenes.

—Daniela…

—Recibí una fotografía tuya en el Meridian.

El silencio cambió.

—¿Qué fotografía?

Ella se la envió.

Esperó.

Diez segundos.

Quince.

—Alessio.

—Estoy aquí.

Su voz era diferente.

Fría.

La voz del hombre que Daniela había escuchado aquella primera noche cuando la puerta de servicio se abrió.

—¿Quién te la envió?

—Número desconocido.

—No respondas.

—¿Quién era la mujer?

Otra pausa.

Daniela cerró los ojos.

—Dime solamente si es una puerta.

—No.

Ella los abrió.

—Entonces dime.

Alessio respiró.

—Es una fiscal federal.

Daniela quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Y si alguien te envió esa fotografía significa que sabe que estoy hablando con ella.

—¿Por qué estás hablando con una fiscal?

—Porque Kessler no era el final.

Daniela recordó la cena de ensayo.

El hombre misterioso.

El ataque.

Todo.

—Era el principio —susurró.

—Sí.

Entonces alguien tocó la puerta de Daniela.

Tres golpes.

Lentos.

Ella miró hacia el pasillo.

—Alessio…

—¿Qué?

Otros tres golpes.

—Hay alguien en mi puerta.

La voz de Alessio se volvió mortalmente tranquila.

—No abras.

Daniela retrocedió.

—No pensaba hacerlo.

—Ve al dormitorio.

—Alessio…

—Ahora.

Ella caminó.

Entonces escuchó una voz desde el otro lado.

—Señorita Barnes.

Daniela se detuvo.

No reconocía al hombre.

—Necesitamos hablar de Alessio Ferrante.

Su teléfono vibró.

Otro mensaje.

Esta vez era un video.

Daniela lo abrió.

La imagen mostraba la cena de ensayo.

Pero no desde ningún teléfono familiar.

Era una cámara de seguridad.

La hora aparecía en una esquina.

6:17 p. m.

Daniela vio a Alessio entrando al ascensor con ella.

Después la imagen cambió.

Otro ángulo.

El pasillo de servicio.

Kessler hablando con alguien.

Daniela acercó el teléfono.

Y el aire desapareció de sus pulmones.

Conocía a ese hombre.

Lo había visto muchas veces.

En cumpleaños.

Navidades.

Fotografías familiares.

La voz de Alessio llegó desde el teléfono.

—Daniela, háblame.

Ella no pudo.

Porque el hombre que aparecía reuniéndose en secreto con Kessler antes de que alguien intentara atacar a Alessio aquella noche…

era un miembro de su propia familia.

Y en ese momento Daniela comprendió algo mucho peor.

Quizá ella nunca había confundido accidentalmente al hombre equivocado con su cita de alquiler.

Quizá alguien había hecho todo lo posible para asegurarse de que Alessio Ferrante estuviera exactamente en aquel hotel.

Exactamente aquella noche.

Y exactamente a su lado.

Daniela levantó lentamente la mirada hacia la puerta mientras el desconocido volvía a tocar.

Esta vez solo una vez.

—Señorita Barnes —dijo la voz—. Si quiere saber quién organizó realmente su encuentro con Alessio Ferrante, abra la puerta.

Daniela dejó de respirar.

Del teléfono llegó la voz de Alessio.

—Daniela, no abras.

Sus dedos temblaron alrededor del aparato.

Porque acababa de aparecer un tercer mensaje.

Solo contenía cuatro palabras:

“Pregúntale a tu hermana.”

Daniela miró la pantalla.

Luego hacia la puerta.

Y comprendió que la noche en que creyó haber alquilado al novio equivocado quizá nunca había sido un error.

Tal vez alguien había planeado aquel encuentro desde el principio.

Y si era cierto…

la persona que conocía toda la verdad estaba mucho más cerca de Daniela de lo que Alessio jamás había imaginado.

¡FIN!

Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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