«VIENES CONMIGO», GRUÑÓ EL JEFE DE LA MAFIA… HASTA QUE DESCUBRIÓ QUIÉN ERA REALMENTE LA MUJER AL LADO DE SU PEOR ENEMIGO

«VIENES CONMIGO», GRUÑÓ EL JEFE DE LA MAFIA… HASTA QUE DESCUBRIÓ QUIÉN ERA REALMENTE LA MUJER AL LADO DE SU PEOR ENEMIGO
La lluvia golpeaba Manhattan como si quisiera borrar algo.
Algo grande.
Algo que llevaba cinco años enterrado.
Dominic Russo entró en aquella suite convencido de que esa noche terminaría una guerra.
Pero bastaron tres palabras pronunciadas desde las sombras para que comprendiera que, en realidad, la guerra apenas comenzaba.
—Hola, Dominic.
El hombre que no temía a nadie dejó de respirar.
Porque conocía esa voz.
La había escuchado riendo detrás de un mostrador cubierto de harina.
La había escuchado susurrarle que todo iba a estar bien cuando todavía no era un hombre poderoso, sino apenas un joven lleno de enemigos.
Y también la había escuchado llorar la última noche que pasaron juntos.
Antes de que él desapareciera sin despedirse.
Dominic levantó la mirada.
La mujer que salió de detrás del enorme sillón de cuero no era la misma que él había abandonado cinco años atrás.
Y, sin embargo, era ella.
Nora Bellini.
Su Nora.
La única mujer que Dominic Russo había amado.
Y estaba de pie junto a Gabriel Costa.
El hombre que Dominic había venido a destruir.
Cinco minutos antes, todo parecía sencillo.
Entrar.
Arrinconar a Gabriel.
Quitarle el control de sus negocios.
Descubrir la identidad del misterioso financiero al que todos llamaban El Fantasma.
Y marcharse.
El automóvil negro de Dominic había cruzado la Quinta Avenida bajo una tormenta que convertía las luces de Nueva York en manchas rojas y doradas.
Nadie hablaba dentro del vehículo.
Leo Marino, su mano derecha desde hacía casi una década, revisaba información en una tableta.
—Las cámaras del piso treinta y nueve están fuera de servicio —informó—. Gabriel está en la suite 3904.
Dominic acomodó los puños de su traje oscuro.
—¿Solo?
Leo tardó un segundo en responder.
—No.
Dominic levantó los ojos.
—Está con El Fantasma.
Eso sí despertó su interés.
Durante meses, alguien había convertido las finanzas de Gabriel Costa en una máquina casi imposible de rastrear.
Empresas inmobiliarias.
Fondos privados.
Sociedades constituidas en distintos países.
Inversiones legales que parecían surgir de la nada.
Mientras Dominic cerraba una ruta de negocios de Gabriel, El Fantasma abría tres más.
Mientras los Russo bloqueaban una cuenta, aparecían nuevas compañías.
Y lo peor era que nadie sabía quién estaba detrás.
Dominic había imaginado a un hombre de cincuenta años escondido detrás de seis pantallas.
Un banquero corrupto.
Un contador sin escrúpulos.
Quizá algún antiguo ejecutivo de Wall Street.
Jamás había imaginado a Nora.
El elevador privado se abrió.
Dominic avanzó por el corredor del hotel sin apresurarse.
A sus cuarenta años había aprendido algo importante:
los hombres realmente peligrosos no necesitaban correr.
Leo caminaba unos pasos detrás.
Cuando Dominic empujó las puertas de la suite, Gabriel Costa se quedó paralizado junto al minibar.
El vaso que sostenía chocó contra la mesa.
—Russo.
Dominic avanzó.
Gabriel retrocedió.
—Podemos hablar.
—Llevamos tres años hablando.
—Puedo devolverte los contratos del puerto.
Dominic sonrió apenas.
—Ya no quiero tus contratos.
Gabriel tragó saliva.
—Entonces dime qué quieres.
Dominic miró hacia el enorme sillón colocado junto a la chimenea.
Sabía que alguien estaba sentado allí.
El Fantasma.
El cerebro financiero que había mantenido a Gabriel de pie durante años.
Dominic habló hacia aquella figura.
—En cuanto a ti…
Silencio.
Solo se escuchaba la lluvia contra los ventanales.
—Vienes conmigo.
No hubo respuesta.
Dominic endureció la voz.
—No fue una invitación.
Entonces el sillón comenzó a girar lentamente.
Primero apareció una mano femenina.
Después, una copa de agua.
Luego un vestido verde esmeralda.
Y finalmente ella.
Nora se levantó.
Tenía el cabello oscuro cayéndole sobre un hombro y un vestido elegante que acompañaba sus curvas con una seguridad que Dominic jamás le había visto cuando eran jóvenes.
No había miedo en sus ojos.
No había sorpresa.
Ni siquiera había nerviosismo.
Solo una calma inquietante.
Dominic sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
—Nora…
Ella lo observó durante varios segundos.
—Pensé que tardarías menos en encontrarme.
Gabriel miró de uno a otro.
Dominic apenas lo notó.
Cinco años.
Cinco malditos años.
Cinco años despertándose algunas noches convencido de que todavía podía oler canela, café y pan recién horneado.
Cinco años evitando pasar por la calle donde alguna vez estuvo la pequeña panadería Bellini.
Cinco años repitiéndose que haberla abandonado había sido lo correcto.
Porque Nora era buena.
Porque Nora era limpia.
Porque Nora pertenecía a un mundo donde las personas se preocupaban por pagar la renta, llegar temprano al trabajo y decidir qué cocinar el domingo.
No al suyo.
Cuando Dominic la conoció, ella tenía una panadería diminuta en Little Italy.
El negocio era de su padre.
Después de la muerte del hombre, Nora había heredado deudas, un horno viejo y una receta de cannoli que, según ella, podía solucionar cualquier problema.
Dominic apareció allí una madrugada.
Tenía veintinueve años.
Estaba empapado.
Cansado.
Y llevaba días durmiendo apenas unas horas.
Nora estaba abriendo el negocio.
Lo encontró sentado en la escalera trasera.
—¿Piensas quedarte ahí?
Dominic la miró.
—Tal vez.
—Estás bloqueando mi puerta.
—Hay otra entrada.
Ella apoyó las manos en la cintura.
—Esa respuesta funciona con gente que te tiene miedo.
Dominic arqueó una ceja.
—¿Tú no?
—Todavía no he desayunado. Antes del café no tengo energía para tenerle miedo a nadie.
Él había soltado una carcajada.
Una carcajada real.
Algo que no hacía desde hacía meses.
Nora le preparó café.
Después desayunaron.
Después Dominic volvió al día siguiente.
Y al siguiente.
Y al siguiente.
En pocos meses, la panadería Bellini se convirtió en el único sitio de Nueva York donde Dominic Russo dejaba de ser Dominic Russo.
Allí nadie lo llamaba jefe.
Nadie esperaba órdenes.
Nadie bajaba la mirada.
Para Nora era simplemente Dom.
El hombre que fingía que no le gustaban los dulces y terminaba robando biscotti cuando creía que nadie lo veía.
Ella conoció una versión de Dominic que ni siquiera su propia familia conocía.
Y eso terminó convirtiéndola en su mayor debilidad.
La familia Russo lo descubrió.
Su tío Renzo fue el primero en decirlo.
—Esa mujer no pertenece aquí.
Ocurrió durante una cena familiar.
Nora llevaba un vestido azul sencillo.
Había llegado con una caja de postres porque Dominic insistió en presentarla formalmente.
La madre de Dominic había intentado ser amable.
Sus primas apenas disimulaban las miradas.
Pero Renzo Russo no fingía.
Nunca lo hacía.
—¿Dónde conociste a mi sobrino? —preguntó.
—En mi panadería.
—¿Panadería?
—Sí.
Renzo miró a Dominic.
—Pensé que habías dicho que estudiaba finanzas.
Nora sonrió.
—También.
Eso sorprendió a todos.
—Tengo una licenciatura en contabilidad —explicó—. Dejé el trabajo cuando mi padre enfermó.
Renzo bebió vino.
—Qué desperdicio.
Nora dejó el tenedor.
—Cuidar a mi padre no fue un desperdicio.
Dominic recordó perfectamente el silencio que cayó sobre la mesa.
También recordó la sonrisa de Renzo.
Fría.
Delgada.
—Tienes carácter.
—Me lo han dicho.
—El carácter puede ser peligroso cuando una persona entra en una familia que no comprende.
Dominic intervino.
—Basta.
Renzo levantó ambas manos.
—Solo conversamos.
Pero Nora entendió el mensaje.
No eres de los nuestros.
No encajas.
No durarás.
Aquella noche, mientras Dominic conducía, ella permaneció mirando por la ventana.
—Puedes decirlo —murmuró él.
—¿Qué?
—Que mi familia es insoportable.
Nora sonrió.
—Tu familia es insoportable.
Dominic tomó su mano.
—No necesitas gustarles.
Ella giró el rostro.
—¿Y qué necesito?
Dominic llevó sus dedos a los labios.
—Quedarme contigo.
Nora creyó esas palabras.
Ese fue el problema.
Porque tres meses después Dominic desapareció.
Sin carta.
Sin explicación.
Sin llamada.
Nada.
La última noche habían dormido abrazados.
A la mañana siguiente, Nora despertó sola.
La mitad del armario estaba vacía.
El teléfono de Dominic ya no funcionaba.
Leo jamás respondió sus mensajes.
Y dos hombres que solían vigilar discretamente la calle habían desaparecido.
Nora esperó un día.
Después dos.
Después una semana.
Al décimo día comprendió que Dominic no regresaría.
Nunca supo que, la noche anterior a su desaparición, Renzo Russo había colocado varias fotografías sobre la mesa del despacho de Dominic.
Fotos de Nora saliendo de la panadería.
Fotos del edificio donde vivía.
Fotos tomadas desde un vehículo desconocido.
—Los albaneses ya saben quién es —había dicho Renzo.
Dominic sintió hielo en la sangre.
—¿Cómo?
—No importa.
—Claro que importa.
Renzo se inclinó hacia él.
—Lo que importa es que mientras esté contigo seguirá siendo un objetivo.
—Voy a poner seguridad alrededor de ella.
—Entonces convertirás a una panadera en prisionera.
Dominic permaneció callado.
Renzo continuó.
—Déjala.
—No.
—Entonces un día no llegarás a tiempo.
Aquella frase persiguió a Dominic durante horas.
—¿Qué propones?
Renzo parecía haber preparado la respuesta.
—Desaparece de su vida. Que todos crean que dejó de importarte.
—Nora jamás me perdonará.
—Pero seguirá viva.
Dominic eligió.
Y cinco años después, mirando a la mujer del vestido verde frente a él, comprendió que quizá había cometido el peor error de su vida.
Nora apoyó su copa sobre la mesa.
Dominic volvió al presente.
Miró a Gabriel.
Después a ella.
—¿Qué haces aquí?
—Trabajando.
—¿Trabajando?
—Así se llama normalmente.
Dominic apretó la mandíbula.
—¿Gabriel te obligó?
Nora soltó una pequeña risa.
No tenía humor.
—¿Obligarme?
Gabriel hizo un gesto incómodo.
Nora lo señaló sin mirarlo.
—Gabriel difícilmente puede convencerme de dónde cenar. Mucho menos obligarme a algo.
Dominic observó el reloj de diamantes de su muñeca.
Después el vestido.
Después aquella seguridad.
Nada encajaba con sus recuerdos.
—Entonces explícame.
Nora lo miró directamente.
—Soy su directora financiera.
Dominic sintió un golpe invisible.
—¿Qué?
—Y también soy El Fantasma.
Leo levantó lentamente la cabeza.
Gabriel sonrió.
Por primera vez desde la entrada de Dominic parecía recuperar algo de confianza.
—Te dije que mi equipo era mejor de lo que imaginabas.
Nora giró hacia Gabriel.
—No exageres. Tu equipo soy prácticamente yo.
La sonrisa de Gabriel desapareció.
Dominic dio un paso.
—¿Tú diseñaste las sociedades inmobiliarias?
—Sí.
—¿Los fondos de inversión?
—Sí.
—¿Las cuentas de respaldo?
—También.
—¿El sistema que movió ciento ochenta millones cuando intentamos bloquear sus bancos?
Nora inclinó ligeramente la cabeza.
—Ciento ochenta y tres millones.
Leo murmuró:
—Dios.
Dominic lo ignoró.
—¿Por qué?
La pregunta salió distinta.
Ya no era la voz del jefe Russo.
Era la del hombre que una vez desayunaba con ella detrás de un mostrador.
Nora lo notó.
Pero no suavizó la expresión.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Dos días después de que desapareciste quemaron mi panadería.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Escuchaste bien.
—Nadie me informó.
—Claro que no.
El tono de Nora tenía una amargura que parecía haber madurado durante años.
—Eran casi las tres de la mañana. Yo estaba arriba porque había cerrado tarde. Escuché un golpe. Luego otro. Cuando bajé, el lugar estaba lleno de humo.
Dominic sintió que las manos se le cerraban.
—¿Te hicieron daño?
—Sobreviví.
—Nora.
—Eso es todo lo que necesitas saber.
—Necesito saber quién fue.
Ella se acercó.
Sus ojos brillaban.
—Eso habría sido muy útil cinco años atrás.
Dominic recibió las palabras sin moverse.
—Creí que estabas segura.
—¿Segura?
La voz de Nora finalmente se quebró.
No por miedo.
Por rabia.
—Dominic, todos sabían quién había sido yo para ti. Cuando desapareciste, tus enemigos no pensaron: “Qué bueno, ahora la dejaremos tranquila”. Pensaron: “Russo abandonó a su debilidad. Ahora está sola”.
Dominic bajó la mirada durante un segundo.
Nora continuó.
—Perdí el negocio. Perdí el apartamento. Perdí casi todo lo que tenía.
—Debiste buscarme.
Ella soltó una risa incrédula.
—¿Buscarte?
—Sí.
—Te busqué durante semanas.
Dominic cerró los ojos.
—Leo.
Su mano derecha palideció.
—Dom…
—¿Recibiste llamadas de Nora?
Leo dudó.
Eso bastó.
Dominic giró lentamente.
—Contesta.
—Renzo dio instrucciones.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué instrucciones?
Leo respiró profundamente.
—Que cualquier intento de contacto debía bloquearse.
Nora miró a Dominic.
—Ahí tienes tu respuesta.
Dominic sintió algo parecido a vergüenza.
Una emoción que casi nunca experimentaba.
—Yo no sabía eso.
—Pero desapareciste.
—Sí.
—Tomaste la decisión por mí.
Dominic la miró.
—Pensé que te estaba protegiendo.
—No.
Nora negó despacio.
—Te estabas protegiendo tú del miedo de perderme.
Aquella frase lo golpeó más fuerte que cualquier amenaza.
Gabriel aprovechó la pausa.
—Cuando la encontré, apenas tenía dinero para una habitación.
Dominic lo miró con una expresión que hizo que Gabriel se callara un segundo.
Pero Nora confirmó.
—Es cierto.
—¿Qué quería de ti?
—Al principio, usarme.
—Lo sabía.
—No termines mis frases.
Dominic guardó silencio.
Nora continuó.
—Gabriel sabía quién era. Pensó que podía utilizarme para llegar hasta ti.
Gabriel se aclaró la garganta.
—Fue una propuesta inicial.
Nora lo miró.
—Intentaste convertirme en carnada.
—Y tú rechazaste la oferta.
—Exactamente.
Dominic observó a Gabriel con frialdad.
—¿Y después?
Nora respondió.
—Le mostré sus libros contables.
Gabriel hizo una mueca.
—Fue humillante.
Por primera vez hubo un destello de la antigua Nora.
—Eran un desastre.
Leo casi sonrió.
Nora siguió hablando.
—Le dije que tenía siete empresas perdiendo dinero, tres empleados robándole y una estructura fiscal que parecía diseñada por un adolescente.
—No era tan mala —protestó Gabriel.
—Gabriel.
—Está bien. Era terrible.
—Le ofrecí arreglarla.
Dominic no apartaba los ojos de Nora.
—¿Y él confió en ti?
—No.
—Entonces…
—Le multipliqué las ganancias del primer trimestre.
Gabriel levantó un dedo.
—Un treinta y nueve por ciento.
—Cuarenta y uno —corrigió Nora.
Gabriel suspiró.
—Por eso ella maneja el dinero.
Dominic sintió una mezcla extraña.
Orgullo.
Rabia.
Dolor.
Y algo más difícil de admitir.
Admiración.
La muchacha a la que había dejado para “salvarla” había construido una fortaleza sin él.
—Nora —dijo suavemente—. Gabriel está perdido.
Gabriel frunció el ceño.
—Sigo aquí.
Nadie lo escuchó.
—Esta guerra terminará —continuó Dominic—. No quiero que quedes atrapada en medio.
Nora cruzó los brazos.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Otra vez diciéndome qué quieres para mi vida.
—No es eso.
—Suena exactamente igual.
Dominic respiró.
—Entonces dime qué quieres tú.
Esa pregunta sí la sorprendió.
Fue apenas un parpadeo.
Pero Dominic lo vio.
Nora respondió:
—Quiero que bajes la guardia y salgas de esta habitación.
—No.
—Entonces tenemos un problema.
—Gabriel inició una guerra contra mi organización.
—Y tú respondiste.
—No soy yo quien…
Nora levantó una mano.
—No me interesa quién comenzó.
Gabriel abrió la boca.
—Yo podría explicar…
—Cállate, Gabriel.
Gabriel obedeció.
Leo miró el techo para ocultar una sonrisa.
Dominic dio otro paso.
—No puedo dejarlo simplemente así.
—Sí puedes.
—¿Por qué habría de hacerlo?
Nora lo miró fijamente.
—Porque si algo le sucede a Gabriel esta noche, cierta información será enviada automáticamente a tres abogados y a una agencia federal.
La suite quedó completamente silenciosa.
Dominic ladeó la cabeza.
—¿Qué información?
—Información que te costaría muchísimo dinero.
Leo dejó de sonreír.
Nora continuó:
—Hace tres meses encontré una vulnerabilidad en una red secundaria de los Russo.
Dominic miró a Leo.
Leo palideció todavía más.
—La intrusión.
Nora sonrió.
—Hola.
Leo exhaló.
—Nuestros técnicos nunca encontraron al responsable.
—Necesitan mejores técnicos.
Dominic no parecía enojado.
Parecía fascinado.
—¿Qué tomaste?
—Nada.
—Nora.
—Copié cosas.
—Eso se parece bastante a tomar.
—No desde el punto de vista técnico.
—¿Qué copiaste?
—Rutas financieras. Algunas sociedades. Nombres.
—¿Y mi fondo de emergencia?
—También.
Leo murmuró:
—Estamos muertos.
Nora lo corrigió:
—No necesariamente.
Dominic se acercó hasta quedar frente a ella.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy poniendo un límite.
—Hay una diferencia pequeña.
—Para los hombres como tú, quizá.
Dominic sostuvo su mirada.
—¿Qué quieres?
—Que nadie toque a Gabriel esta noche.
Gabriel sonrió detrás de ella.
—Sabía que podía confiar…
Nora levantó un dedo sin mirarlo.
—Tú tampoco hables.
Gabriel volvió a cerrar la boca.
Dominic casi soltó una carcajada.
Cinco años antes, Nora discutía con proveedores por harina.
Ahora silenciaba a dos de los hombres más temidos de Nueva York con el mismo gesto.
Gabriel cometió el error de acercarse.
—¿Ves, Russo? Ella está conmigo.
Algo cambió inmediatamente en Dominic.
Nora también lo sintió.
—No —dijo.
Gabriel sonrió.
—Nora…
Ella giró.
—No vuelvas a decir eso.
—Solo estaba…
—No pertenezco a nadie.
Dominic observó su perfil.
Aquellas cinco palabras deberían haberle molestado.
En cambio, sintió respeto.
Gabriel trató de recuperar la situación.
—Lo que quiero decir es que ella construyó mi imperio.
Nora volvió la mirada hacia Dominic.
—Esa parte sí es cierta.
—Entonces construiste un imperio para mi enemigo.
—Construí uno para mí.
—¿A nombre de Gabriel?
—Eso crees tú.
Gabriel giró bruscamente.
—¿Qué significa eso?
Nora sonrió.
Dominic la conocía lo suficiente para comprender que esa sonrisa anunciaba problemas.
—Nada que necesites saber esta noche.
Gabriel dejó de parecer confiado.
Dominic lo notó.
Y comprendió algo.
Nora tampoco confiaba en Gabriel.
Quizá nunca lo había hecho.
—Vienes conmigo —repitió Dominic.
Nora lo miró.
—No.
—Nora.
—La primera vez que desapareciste tomaste una decisión por los dos. No volverás a hacerlo.
Dominic endureció la mandíbula.
—Este edificio dejará de ser seguro en cuanto Gabriel recupere acceso a sus comunicaciones.
Gabriel protestó.
—¿Perdón?
Leo levantó la tableta.
—Desactivamos la red del piso.
Gabriel sacó el teléfono.
Sin servicio.
—¿Qué demonios?
Dominic no apartó la mirada de Nora.
—No pienso dejarte aquí.
—No necesitas salvarme.
—Puede ser.
Dominic bajó la voz.
—Pero sí necesito hablar contigo.
Ella permaneció callada.
—Cinco años —continuó él—. Me debes al menos veinte minutos.
Nora soltó una risa fría.
—Yo no te debo nada.
Dominic asintió.
—Tienes razón.
Ese reconocimiento volvió a sorprenderla.
—Entonces digamos que yo te debo cinco años de explicaciones.
La lluvia seguía golpeando los ventanales.
Finalmente Nora recogió un pequeño bolso.
Gabriel dio un paso.
—¿A dónde vas?
—A hablar con Dominic.
—No puedes.
Nora giró despacio.
—¿Disculpa?
Gabriel se quedó quieto.
—Quiero decir… quizá no sea conveniente.
—Curioso.
Ella se acercó a él.
—Hace diez minutos parecía que yo era indispensable para tu imperio.
Gabriel tragó saliva.
—Lo eres.
—Entonces aprenderás algo que Dominic ya empezó a comprender esta noche.
Nora señaló su propio pecho.
—Yo decido dónde estoy.
Pasó junto a Dominic.
—Veinte minutos.
Dominic miró a Leo.
—Nos vamos.
Mientras caminaban hacia el elevador, Nora habló sin mirarlo.
—Si intentas encerrarme en algún lugar, haré que te arrepientas.
Dominic pulsó el botón.
—Te creo.
—No parece.
—Después de verte manejar a Gabriel, empiezo a creer muchas cosas.
Las puertas se cerraron.
Dentro del elevador, el silencio pesaba.
Leo y Carmine permanecieron unos pasos adelante.
Nora miraba los números descender.
Dominic la observaba.
Cinco años.
Todavía tenía un pequeño lunar debajo de la oreja izquierda.
Todavía se mordía ligeramente el interior de la mejilla cuando estaba preocupada.
Todavía usaba un perfume con notas de vainilla.
Pero todo lo demás parecía distinto.
—Deja de mirarme.
—No puedo.
—Aprende.
—Lo intenté cinco años.
Nora apretó los labios.
—No funcionó.
Ella giró.
—No conviertas esto en algo romántico.
—No lo estoy haciendo.
—Entonces deja esa voz.
—¿Qué voz?
—La que usabas cuando querías que olvidara que estaba enojada.
Dominic bajó un poco la cabeza.
—¿Funcionaba?
—Demasiado.
Por primera vez algo parecido a una sonrisa apareció entre ellos.
Duró menos de un segundo.
Pero ambos la sintieron.
Nora miró nuevamente hacia las puertas.
—¿Sabías lo de la panadería?
—No.
—¿Lo juras?
—Por mi madre.
Ella lo miró.
Dominic sostenía su mirada sin apartarse.
—Si hubiera sabido que alguien te tocó…
—No necesito escuchar lo que habrías hecho.
—Yo sí necesito decírtelo.
—Cinco años tarde.
El elevador llegó al estacionamiento.
Caminaron hacia el vehículo.
Dominic abrió la puerta para ella.
Nora lo miró.
—Puedo hacerlo sola.
—Lo sé.
Aun así mantuvo la puerta abierta.
Ella entró.
Dominic ocupó el asiento a su lado.
Leo se sentó adelante.
El automóvil salió del hotel bajo la tormenta.
Durante varios minutos nadie habló.
Nora observó Manhattan detrás del cristal.
—¿Por qué Gabriel? —preguntó finalmente Dominic.
—Ya te lo dije.
—Me dijiste cómo empezaste a trabajar para él. No por qué te quedaste.
Nora apoyó la cabeza en el asiento.
—Porque me dio algo que yo necesitaba.
Dominic sintió celos antes de poder evitarlo.
—¿Qué?
Nora lo miró.
—Acceso.
—¿A qué?
Ella guardó silencio.
—Nora.
—A la gente que destruyó mi panadería.
Dominic se quedó inmóvil.
Leo giró ligeramente desde el asiento delantero.
Nora continuó:
—Nunca creí que quienes incendiaron el negocio estuvieran interesados solamente en ti.
—¿Por qué?
—Porque buscaron algo.
—¿Qué cosa?
—Mis archivos.
Dominic frunció el ceño.
—¿Qué archivos puede tener una panadería?
Nora sonrió sin alegría.
—Los de mi padre.
Aquello era nuevo.
—Nunca me hablaste de eso.
—Porque yo tampoco sabía qué contenían.
Nora respiró.
—Papá llevó la contabilidad de varios negocios antes de abrir la panadería.
—¿Negocios de quién?
Ella miró hacia Leo.
Después hacia Dominic.
—De varias familias.
Dominic sintió un presentimiento.
—¿Incluida la mía?
—Sí.
La lluvia parecía más fuerte.
—Mi padre trabajó para empresas relacionadas con los Russo durante casi doce años.
Leo murmuró algo.
Dominic permaneció en silencio.
—Cuando enfermó —continuó Nora—, dejó cajas de documentos en el sótano. Yo nunca les presté atención. Después del incendio descubrí que alguien había abierto el compartimento donde estaban guardadas.
—¿Se llevaron todo?
—Casi.
—¿Qué quedó?
—Una libreta.
Nora abrió su bolso.
Dominic la detuvo.
—¿La cargas contigo?
—No.
Sacó una memoria digital.
—La escaneé.
Dominic sintió que el tono de la conversación cambiaba.
—¿Qué había en esa libreta?
Nora lo observó.
—Pagos.
—¿A quién?
—Eso llevo cinco años intentando descubrir.
—¿Gabriel lo sabe?
—Sabe una parte.
—¿Qué parte?
—La suficiente para querer mantenerme cerca.
Dominic soltó una respiración lenta.
—Entonces también te estaba usando.
—Todos intentaron usarme.
Nora inclinó la cabeza.
—La diferencia es que algunos descubrieron demasiado tarde que yo también sabía usar las oportunidades.
Dominic casi sonrió.
—Eso sí parece la Nora que recuerdo.
—La Nora que recuerdas confiaba demasiado.
—No.
Él la miró.
—La Nora que recuerdo veía cosas que los demás pasaban por alto.
Ella guardó silencio.
Dominic se inclinó ligeramente.
—¿Cuál fue la primera cosa que viste en mí?
Nora sostuvo su mirada durante un instante.
—Que estabas cansado.
La respuesta lo desarmó.
No “peligroso”.
No “poderoso”.
No “rico”.
Cansado.
Exactamente como cinco años atrás.
Nora apartó los ojos.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Recordarme por qué me enamoré de ti.
El corazón de Dominic golpeó con fuerza.
Leo observó discretamente por el espejo retrovisor y después decidió que cualquier punto de la carretera era más interesante.
Dominic habló despacio.
—Nunca dejé de amarte.
Nora cerró los ojos.
—No.
—Es la verdad.
—No me sirve.
—Lo sé.
—El amor sin confianza no sirve.
—Lo sé.
—El amor sin respeto tampoco.
—Lo sé.
Nora giró furiosa.
—¡Deja de decir que lo sabes!
Dominic no se movió.
—Porque cada vez que dices “lo sé”, parece que cinco años pueden arreglarse con dos palabras.
Su respiración estaba entrecortada.
—Yo despertaba cada mañana preguntándome qué había hecho mal.
Dominic bajó la mirada.
—Nada.
—Pensé que te avergonzabas de mí.
—Jamás.
—Pensé que tu familia había tenido razón.
—¿Sobre qué?
Nora rió amargamente.
—Sobre mí.
Dominic recordó la cena.
Las miradas.
Los comentarios.
Renzo.
—¿Qué te dijeron?
Nora no respondió inmediatamente.
—Después de que desapareciste, tu tío vino a verme.
Dominic dejó de respirar.
—¿Renzo?
—Sí.
Leo giró completamente esta vez.
—¿Qué?
Nora observó las reacciones.
—¿No lo sabían?
Dominic habló con voz baja.
—¿Qué quería?
—Darme dinero.
Algo oscuro cruzó el rostro de Dominic.
—¿Dinero para qué?
—Para irme de Nueva York.
—¿Cuánto?
—Doscientos mil dólares.
Leo soltó un insulto.
Dominic permaneció inmóvil.
Eso era peor.
Mucho peor.
—¿Qué te dijo exactamente?
Nora miró por la ventana.
—Dijo que había hablado contigo. Que ambos estaban de acuerdo en que yo nunca podría formar parte de tu vida.
Dominic negó.
—Eso es mentira.
—Ahora lo sé.
—Nora, mírame.
Ella giró.
—Yo jamás mandé a Renzo.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque rechacé el dinero.
Dominic esperó.
—Tres días después incendiaron la panadería.
El interior del vehículo se volvió helado.
Leo murmuró:
—No puede ser.
Dominic lo miró.
—¿Dónde está Renzo esta noche?
—En la casa de Staten Island.
Nora frunció el ceño.
—¿Sigue trabajando contigo?
—Es mi consigliere.
Ella soltó una carcajada seca.
—Entonces sí tenemos problemas.
—¿Por qué?
—Porque encontré su nombre en los archivos de mi padre.
Dominic sintió que su mundo se desplazaba.
—¿Haciendo qué?
Nora iba a responder.
Nunca tuvo oportunidad.
Una luz blanca atravesó el cristal trasero.
Leo gritó:
—¡Dom!
El impacto sacudió el vehículo.
No fue una explosión devastadora.
Fue un golpe lateral, brutal y calculado.
El automóvil blindado perdió estabilidad sobre el asfalto mojado.
El conductor intentó corregir.
Otro vehículo apareció por el costado.
Metal contra metal.
Nora se aferró al asiento.
Dominic reaccionó por instinto.
La rodeó con ambos brazos.
—¡Agáchate!
El automóvil giró.
El mundo se convirtió durante varios segundos en ruido, luces y cristales.
Cuando finalmente se detuvo, Dominic tardó un instante en comprender que seguían vivos.
—Nora.
Ella estaba debajo de él.
—Estoy bien.
—¿Segura?
—Dominic, pesas como un edificio.
Él casi se rio.
La ayudó a salir.
La lluvia cayó inmediatamente sobre ellos.
Dos camionetas negras habían cerrado parte de la avenida.
Hombres vestidos de oscuro descendían.
Leo salió por otra puerta.
—No son de Gabriel.
Nora miró los vehículos.
El color desapareció de su rostro.
—Bratva.
Dominic giró.
—¿Qué?
Ella miró su muñeca.
El brazalete que llevaba tenía una pequeña luz casi invisible bajo uno de los engastes.
—No puede ser.
—¿Qué?
Nora trató de quitárselo.
—Gabriel.
—¿Qué hizo?
—Me regaló esto hace dos meses.
Dominic comprendió.
—Rastreador.
Nora asintió.
—Ese miserable.
Un vehículo se acercó.
Leo señaló una salida lateral.
—Tenemos que movernos.
Dominic tomó la mano de Nora.
Ella se resistió.
—Espera.
Sacó su teléfono.
La pantalla estaba agrietada.
Pero funcionaba.
—¿Qué haces?
—Dame treinta segundos.
—No tenemos treinta segundos.
—Entonces consíguemelos.
Dominic la miró.
—¿Puedes detenerlos?
—Puedo desactivar algo mejor.
Nora comenzó a escribir.
Leo la miró.
—¿Qué demonios está haciendo?
—Lo que hace mejor.
Dominic se colocó frente a ella mientras sus hombres mantenían distancia con los perseguidores.
Nora tecleaba con increíble rapidez.
—Gabriel utilizaba parte de la infraestructura financiera de Viktor Volkov.
—¿Y?
—Yo diseñé una puerta de emergencia.
—¿Por qué?
—Porque nunca confío completamente en clientes.
—Qué mujer tan romántica.
—Cállate.
Dominic sonrió a pesar de todo.
—Veinte segundos.
—Diecisiete.
—Nora.
—Quince.
Algunos de los vehículos enemigos parecieron perder comunicación.
Las luces de uno se apagaron.
Luego las del segundo.
Los hombres comenzaron a gritarse entre ellos.
Nora pulsó una última vez.
—Listo.
—¿Qué hiciste?
—Les quité coordinación durante cuatro minutos.
Leo abrió los ojos.
—¿Puedes hacer eso?
—Acabo de hacerlo.
Dominic tomó su mano.
—Entonces corremos.
Encontraron refugio detrás de una estructura lateral mientras un segundo vehículo de los Russo llegaba desde una calle paralela.
Dominic empujó a Nora hacia la puerta.
Ella se detuvo.
—¡Leo!
Leo estaba unos metros atrás ayudando al conductor.
—Está bien —dijo Dominic.
En ese momento se escuchó un disparo.
Dominic reaccionó.
Colocó su cuerpo frente a Nora.
El impacto rozó su hombro.
Él perdió el equilibrio.
—¡Dominic!
Nora lo sostuvo.
—Estoy bien.
—Estás herido.
—No es grave.
—No me digas qué es grave.
La voz de Nora temblaba.
Por primera vez esa noche desapareció completamente El Fantasma.
Solo quedó ella.
La mujer que lo había amado.
—Mírame —ordenó mientras presionaba una tela contra su hombro—. Dominic, mírame.
Él obedeció.
La lluvia corría por el rostro de Nora.
Sus manos temblaban.
—Estoy bien.
—Te pusiste delante de mí.
—Sí.
—Idiota.
Dominic sonrió.
—También me lo han dicho.
Los ojos de Nora se llenaron de lágrimas.
—No hagas bromas.
—Si dejo de hacerlas, vas a pensar que estoy peor de lo que estoy.
Ella apretó la tela.
Dominic hizo una mueca.
—Eso sí dolió.
—Bien.
—¿Estás enojada?
—Estoy furiosa.
—Me tranquiliza.
Nora soltó una respiración temblorosa.
Dominic levantó la mano sana y rozó su mejilla.
Ella no se apartó.
—Cinco años atrás —murmuró él— me fui porque imaginaba exactamente esto.
Nora cerró los ojos.
—Y yo pasé cinco años aprendiendo que puedes intentar evitar todos los riesgos y perderlo todo de cualquier forma.
—Nora…
—No necesito que recibas golpes por mí.
—No fue una decisión.
—Ese es justamente el problema.
La ayudaron a subir al vehículo.
Leo entró detrás.
—¿A dónde?
Dominic respondió:
—A casa.
Nora negó.
—No.
—Necesitas un lugar seguro.
—No voy a tu casa.
—Nora.
—Gabriel me rastreó. Si sabía que tú vendrías por mí, puede saber dónde vives.
Leo intervino:
—Tiene razón.
Dominic lo miró.
Leo levantó las manos.
—Solo digo.
Nora pensó unos segundos.
—Conozco un lugar.
Dominic arqueó una ceja.
—¿Tuyo?
—Sí.
—¿Gabriel lo conoce?
—Nadie lo conoce.
—Perfecto.
Nora indicó una dirección.
Treinta minutos después, Dominic comprendió por qué aquella dirección le había parecido familiar.
El vehículo se detuvo frente a un pequeño edificio restaurado en Little Italy.
Dominic miró el letrero.
BELLINI.
No era la antigua panadería.
Pero estaba exactamente dos calles más allá.
Nora abrió la puerta.
—Compraste otra.
—Hace tres años.
Dominic observó las ventanas oscuras.
—¿Por qué?
—Porque me cansé de permitir que la peor noche de mi vida fuera también el último capítulo de esa parte de mí.
Entraron por una puerta lateral.
La planta baja estaba impecable.
Mesas de madera.
Mostradores.
Una cafetera industrial.
Hornos nuevos.
Dominic se quedó mirando.
—¿Está abierta?
—De día.
—¿Y nadie sabe que es tuya?
Nora sonrió.
—Legalmente pertenece a una fundación.
Leo observó las fotografías de empleados.
—¿Cuánta gente trabaja aquí?
—Veintisiete.
—¿Y Gabriel nunca supo?
—Gabriel sabe lo que yo decido que sepa.
Subieron al segundo piso.
Había un pequeño apartamento.
Nora sacó un botiquín.
—Quítate la chaqueta.
Dominic obedeció.
Ella revisó su hombro.
—No parece grave.
—Te lo dije.
—Cállate.
Dominic la observó trabajar.
Sus dedos seguían temblando ligeramente.
—Todavía te importo.
Nora se detuvo.
—No confundas humanidad con amor.
—Nunca dije amor.
—Lo pensaste.
—Sí.
—Entonces deja de hacerlo.
Ella terminó de vendarlo.
—Necesitas que un médico revise esto.
Leo llamó a un doctor de confianza.
Mientras esperaban, Nora preparó café.
Dominic observaba cada movimiento.
Era extraño.
Como volver a casa y descubrir que alguien había reconstruido todo.
Parecido.
Pero distinto.
Nora puso una taza frente a él.
—Sin azúcar.
Dominic levantó una ceja.
—Te acuerdas.
Ella apartó la mirada.
—Mi memoria siempre fue buena.
—Yo también recuerdo cómo tomas el tuyo.
—No estamos compitiendo.
—Con dos cucharaditas.
—Dominic.
—Y un poco de leche.
Ella se sentó enfrente.
—Tenemos asuntos más importantes.
—Renzo.
El ambiente cambió.
Nora asintió.
—Necesito mostrarte algo.
Abrió una computadora portátil.
Leo se acercó.
Nora insertó la memoria.
Aparecieron docenas de archivos.
—Estos son los registros de mi padre.
Dominic miró las fechas.
Algunas tenían más de veinte años.
—¿Qué hacía exactamente?
—Mi padre no era miembro de ninguna organización. Era contador.
—Pero trabajó con familias.
—Con empresas que pertenecían indirectamente a familias.
Nora abrió una hoja.
—Hace diecisiete años comenzó a detectar pagos extraños.
—¿Extraños cómo?
—Dinero de empresas Russo terminaba en compañías conectadas con competidores.
Leo acercó el rostro.
—Eso sería traición.
—Sí.
Dominic leyó un nombre.
R. Russo.
Su mandíbula se tensó.
—Podría significar cualquier cosa.
—Eso pensé.
Nora abrió otro archivo.
—Hasta encontrar esto.
Una firma.
Renzo Antonio Russo.
Leo retrocedió.
—Dios mío.
Dominic permaneció inmóvil.
—¿Mi tío financiaba a nuestros enemigos?
—Parece que sí.
—¿Por qué?
—No lo sé todavía.
—¿Gabriel está conectado?
—Mucho más de lo que imaginas.
Nora abrió un diagrama.
Empresas.
Fechas.
Transferencias.
Nombres.
—La guerra entre Costa y Russo comenzó hace tres años —explicó—. Pero algunos pagos de Renzo hacia compañías vinculadas a Gabriel comenzaron siete años atrás.
Dominic levantó los ojos.
—Antes de que Gabriel se convirtiera en mi enemigo.
—Exactamente.
Leo frunció el ceño.
—Entonces alguien preparó esa guerra.
Nora asintió.
Dominic se levantó.
El dolor del hombro parecía haber desaparecido.
—Renzo.
Nora lo detuvo.
—No sabemos suficiente.
—Sé suficiente.
—No.
Ella se interpuso.
—Eso es exactamente lo que alguien espera de ti.
Dominic la miró.
—¿Qué?
—Que reacciones.
—Ese hombre pudo ordenar el incendio.
—Pudo.
—Intentó pagarte para que desaparecieras.
—Sí.
—Bloqueó tus llamadas.
—También.
—¿Y quieres que me siente a esperar?
—Quiero que pienses.
Dominic soltó una risa amarga.
—Cinco años buscaste respuestas.
—Por eso sé que correr detrás de la primera respuesta suele llevarte a una trampa.
Leo intervino.
—Nora tiene razón.
Dominic lo miró.
—Esta noche todos parecen disfrutar diciendo eso.
Nora cruzó los brazos.
—Acostúmbrate.
Unos minutos después llegó el médico.
Revisó a Dominic.
La lesión no requería hospital.
Después de limpiarla y vendarla, dejó instrucciones y se marchó.
Leo recibió una llamada.
Su expresión cambió.
—Tenemos un problema.
Dominic se enderezó.
—¿Gabriel?
—Desapareció del hotel.
Nora no parecía sorprendida.
—Claro.
—¿Sabías que escaparía?
—Sabía que lo intentaría.
—¿A dónde irá?
Nora abrió nuevamente su computadora.
—A buscar dinero.
Leo negó.
—Tiene dinero.
Ella lo miró.
—Tenía.
Dominic entrecerró los ojos.
—¿Qué hiciste?
Nora respiró profundamente.
—Antes de que llegaras a la suite transferí su liquidez.
Leo se quedó boquiabierto.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
—Nora.
—Cerca de cuatrocientos millones.
El silencio fue absoluto.
Dominic comenzó a reír.
No una sonrisa.
Una carcajada real.
Nora frunció el ceño.
—No veo qué es tan gracioso.
—Entré a esa habitación creyendo que iba a quitarle el imperio a Gabriel.
Dominic negó con la cabeza.
—Y tú ya lo habías hecho.
—No exactamente.
—¿Dónde está el dinero?
—En cuentas de custodia.
—¿Tuyas?
—No.
Nora lo miró fijamente.
—Nunca dije que quisiera robarle.
Dominic dejó de reír.
—Entonces ¿qué estás haciendo?
—Preparando una salida.
—¿Para quién?
Ella tardó demasiado en responder.
—Para mí.
Dominic sintió algo en el pecho.
—Planeabas escapar de Gabriel.
—Planeaba dejarlo.
—¿Cuándo?
—Esta semana.
—¿Por eso estaba reunido contigo?
—Sí.
—Pensé que trabajabas para él.
—Trabajaba.
—¿Y ahora?
Nora miró la pantalla.
—Descubrí cosas.
—¿Sobre Renzo?
—Entre otras.
—¿Gabriel sabe?
—No todo.
—¿Y la Bratva?
—Gabriel necesitaba dinero para mantener su guerra. Yo le advertí que no hiciera acuerdos con Viktor Volkov.
—Pero lo hizo.
—A mis espaldas.
Nora mostró otro documento.
—Cedió derechos sobre negocios que yo había estructurado. Usó compañías donde aparecía mi firma.
—Te comprometió legalmente.
—Exactamente.
Dominic entendió.
—Por eso retiraste los fondos.
—Necesitaba impedir que siguiera utilizándome.
—¿Y por eso Volkov te está buscando?
Nora asintió.
—Probablemente cree que yo tengo su dinero.
—¿Lo tienes?
—Técnicamente…
Leo gimió.
—Cada vez que dices “técnicamente”, algo horrible viene después.
Nora casi sonrió.
—Está congelado en una estructura que Volkov no puede tocar.
Dominic se acercó.
—Entonces ahora Gabriel te quiere.
—Sí.
—Volkov te quiere.
—Sí.
—Y Renzo posiblemente sabe que encontraste sus archivos.
—También es posible.
Dominic se sentó frente a ella.
—¿Y todavía piensas que venir conmigo fue mala idea?
Nora levantó la barbilla.
—No vine contigo.
—¿Ah, no?
—Elegí salir de la suite.
—Muy distinto.
—Completamente.
Dominic la observó.
—Te extrañé muchísimo.
Ella cerró los ojos.
—No hagas eso ahora.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué hacer con esas palabras.
—No tienes que hacer nada.
—Cinco años imaginé escucharte decirlas.
Dominic guardó silencio.
—Y ahora que finalmente las escucho —continuó ella— solo me hacen enojar.
—Lo entiendo.
—No.
Nora lo miró.
—No puedes entender lo que fue despertarme cada mañana creyendo que la persona que más amaba había decidido que yo no merecía una explicación.
Dominic bajó la cabeza.
—Tienes razón.
—Yo habría enfrentado cualquier cosa contigo.
—Ese era mi miedo.
—Entonces debiste confiar en mí.
Dominic asintió.
—Sí.
Nora pareció sorprendida.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—No sé.
—Podría darte cien explicaciones.
Él levantó la mirada.
—Pero ninguna cambia que te fallé.
La rabia de Nora perdió intensidad.
—Dominic…
—Pensaba que amarte significaba mantenerte lejos de lo peor de mí.
Su voz se volvió áspera.
—Ahora veo que amarte habría significado darte la verdad y dejarte elegir.
Nora permaneció en silencio.
Dominic respiró.
—No espero que me perdones esta noche.
—Bien.
—Ni mañana.
—Mejor.
—Pero no volveré a decidir por ti.
Nora lo estudió.
—Eso quiero verlo.
—Lo verás.
Leo carraspeó.
—Lamento interrumpir este momento terapéutico, pero tenemos otro problema.
Mostró su teléfono.
—Renzo está llamando.
Dominic extendió la mano.
—Dámelo.
Nora lo detuvo.
—Ponlo en altavoz.
Dominic la miró.
Después aceptó.
—Tío.
La voz de Renzo sonó perfectamente tranquila.
—Dominic. Me dijeron que hubo un incidente.
Nora y Leo intercambiaron miradas.
Dominic respondió:
—Estoy bien.
—Gracias a Dios. ¿Dónde estás?
Nora negó discretamente.
—Moviéndome.
Renzo hizo una pausa.
—Escuché que Gabriel escapó.
—Sí.
—También escuché algo más extraño.
Dominic esperó.
—Dicen que estaba con una mujer.
Nora cerró las manos.
Renzo continuó:
—Una mujer llamada Nora Bellini.
Dominic sintió que todo dentro de él se endurecía.
—¿Y?
—¿Es cierto?
—¿Por qué te interesa?
Silencio.
Solo un segundo.
Pero Nora lo notó.
Renzo respondió:
—Porque después de tantos años, verla aparecer justamente con Gabriel parece… sospechoso.
Dominic miró a Nora.
Ella mantuvo los ojos fijos en el teléfono.
—¿Qué quieres decir?
—Ten cuidado.
La voz de Renzo adoptó un tono paternal.
—Las personas cambian.
Nora sonrió con amargura.
—Algunas se vuelven resentidas.
Dominic apretó los dientes.
—¿Algo más?
—Regresa a casa. Hablaremos aquí.
Dominic miró a Nora.
Ella escribió rápidamente algo en una hoja:
ACEPTA.
—Estaremos ahí en una hora.
Renzo hizo una pausa.
—¿Estaremos?
Dominic sonrió.
—Nora viene conmigo.
Otro silencio.
Esta vez más largo.
—¿Estás seguro de que es prudente?
—Completamente.
—Entonces los espero.
La llamada terminó.
Leo exhaló.
—Eso fue raro.
Nora negó.
—No.
—¿No?
—Fue perfecto.
Dominic la miró.
—¿Qué viste?
—Miedo.
—Renzo jamás suena asustado.
—No dije que sonara asustado.
Nora cerró la computadora.
—Dije que escuché miedo.
Una hora después, la residencia Russo estaba iluminada como siempre.
La enorme casa había pertenecido al abuelo de Dominic.
Piedra gris.
Jardines perfectamente recortados.
Seguridad en cada acceso.
Dominic había crecido allí.
Nora solo había entrado dos veces.
La última había sido aquella cena donde Renzo la trató como si fuera una invitada accidental.
Al bajar del vehículo sintió cómo antiguos recuerdos regresaban.
Dominic lo notó.
—¿Quieres irte?
Ella lo miró.
—¿Y perderme esto?
—No tienes que demostrar nada.
—No lo hago por ellos.
—¿Entonces?
Nora miró la casa.
—Lo hago por la mujer que salió de aquí hace cinco años sintiéndose demasiado pequeña.
Dominic abrió la puerta principal.
—Ya nunca volverán a hacerte sentir así.
Nora pasó junto a él.
—No necesito que tú lo impidas.
Se giró.
—Aprendí a impedirlo yo.
Dominic sonrió.
—Eso también me gusta.
—Deja de coquetear.
—Estoy tratando.
—Pues trata más.
En el salón principal estaban Renzo, la madre de Dominic, su prima Bianca y tres hombres de confianza.
Cuando Nora apareció, las conversaciones murieron.
Bianca abrió los ojos.
—Nora.
Nora sonrió.
—Hola.
La madre de Dominic se levantó lentamente.
—Dios mío.
Sus ojos se humedecieron.
—Estás viva.
Nora frunció ligeramente el ceño.
Aquella elección de palabras le pareció extraña.
No “has vuelto”.
No “cuánto tiempo”.
Estás viva.
Renzo permaneció sentado.
Su expresión era casi perfecta.
Casi.
—Señorita Bellini.
Nora lo miró.
—Señor Russo.
Dominic observaba a su tío.
—Hace años que no nos visitabas.
—La última vez no sentí mucha invitación a regresar.
Bianca bajó los ojos.
Renzo sonrió.
—Éramos todos más jóvenes.
—Algunos simplemente éramos más honestos.
Dominic casi sonrió.
Renzo cambió de tema.
—Dominic me contó que estabas con Gabriel.
—¿Te contó?
Dominic intervino.
—No te conté eso.
Renzo se quedó quieto.
Demasiado tarde.
Nora ladeó la cabeza.
—Interesante.
Renzo corrigió:
—Mis fuentes.
—Claro.
Nora caminó hacia una mesa.
Dejó su bolso.
—Tus fuentes parecen extraordinariamente rápidas.
—Necesito saber qué pretende Gabriel.
—¿Por qué me preguntas a mí?
—Trabajas para él.
—Trabajaba.
Renzo la estudió.
—¿Qué cambió?
Nora sonrió.
—Descubrí que confiaba en demasiada gente equivocada.
Por primera vez la mirada de Renzo se endureció.
Dominic vio el intercambio.
—Tío.
Renzo giró.
—¿Sí?
—Hace cinco años fuiste a ver a Nora.
La madre de Dominic miró a Renzo.
Bianca también.
—¿Qué?
Renzo permaneció tranquilo.
—No recuerdo.
Nora soltó una risa.
—Yo sí.
—Han pasado muchos años.
—Me ofreciste doscientos mil dólares.
La madre de Dominic se puso de pie.
—Renzo…
—Fue por su seguridad.
Dominic dio un paso.
—Me dijiste que jamás volverías a contactarla.
—Y tú me pediste mantenerla lejos de la familia.
—No te pedí comprarla.
—Intentaba resolver un problema.
Nora sintió el antiguo dolor.
Problema.
Eso había sido ella para los Russo.
Un problema.
Dominic oyó la palabra y su rostro cambió.
—Ella nunca fue un problema.
Renzo levantó una ceja.
—En ese momento lo era.
Nora abrió su bolso.
—Qué curioso.
Sacó una carpeta.
—Mi padre utilizaba exactamente esa palabra.
Renzo dejó de respirar durante una fracción de segundo.
Nora lo vio.
—¿Conociste a mi padre?
—Quizá.
—Trabajó para varias compañías tuyas.
—Muchos contadores hicieron trabajos para nosotros.
—Este guardaba excelentes registros.
Renzo miró la carpeta.
Dominic también.
—Nora —murmuró Dominic—. ¿Qué estás haciendo?
Ella no respondió.
Sacó una copia.
La deslizó sobre la mesa.
—Diecisiete de mayo, hace doce años.
Renzo no la tocó.
Nora leyó:
—Transferencia de 1.8 millones de dólares desde Romano Imports hacia Atlas Consulting.
Leo cerró la puerta del salón.
Nora siguió.
—Atlas Consulting pertenecía a un hombre llamado Aleksandr Volkov.
Renzo palideció ligeramente.
Dominic miró a su tío.
—¿Pariente de Viktor?
—Su padre —respondió Nora.
El ambiente cambió.
—Durante años —continuó— mi padre documentó pagos similares.
La madre de Dominic llevó una mano al pecho.
—Renzo, dime que esto no es cierto.
Él se levantó.
—No tienen idea de lo que están leyendo.
—Entonces explícanos.
Dominic habló con frialdad.
Renzo miró la hoja.
—Aquellos años fueron complicados.
—Eso no es una explicación.
—Tu padre todavía vivía.
Dominic se quedó quieto.
Renzo continuó:
—Él conocía algunos acuerdos.
La madre de Dominic negó.
—Antonio jamás habría…
Renzo levantó la voz.
—Antonio sabía mucho más de lo que todos creen.
Nora observaba.
Algo no encajaba.
—¿Mi padre también lo sabía? —preguntó.
Renzo giró hacia ella.
—Tu padre sabía demasiado.
Dominic dio un paso.
—¿Qué significa eso?
Renzo pareció comprender que había hablado de más.
—Nada.
Nora sintió que le faltaba el aire.
—Mi padre murió de un infarto.
—Y lo lamento.
—Me dijiste que sabía demasiado.
—Es una expresión.
Nora se acercó.
—Mírame.
Renzo la miró.
—¿Tuviste algo que ver con su muerte?
—Por supuesto que no.
Dominic se interpuso.
—Respóndele.
—Ya lo hice.
—Otra vez.
La tensión se volvió insoportable.
Entonces sonó un teléfono.
El de Nora.
Número desconocido.
Todos la miraron.
Nora contestó.
—¿Sí?
Una voz distorsionada respondió.
—Pregúntale a Renzo quién dio la orden de quemar Bellini.
Nora se quedó congelada.
Dominic lo vio.
—¿Qué pasa?
La voz continuó:
—Y cuando termine de mentir, pregúntale por el archivo número siete.
La llamada se cortó.
Nora bajó lentamente el teléfono.
—¿Quién era?
—No sé.
—¿Qué dijo?
Nora miró a Renzo.
—Archivo número siete.
El rostro de Renzo perdió el color.
Dominic lo vio.
Leo también.
—¿Qué es el archivo siete? —preguntó Dominic.
Renzo negó.
—No existe.
Nora abrió inmediatamente la computadora.
—Entonces no te importará que lo busque.
—No encontrarás nada.
—Eso también me lo dijeron sobre El Fantasma.
Sus dedos volaron sobre el teclado.
Buscó entre los documentos digitalizados.
Archivo 1.
Archivo 2.
Archivo 3.
Hasta el 6.
Después…
Nada.
—No está.
Renzo exhaló.
Nora levantó los ojos.
—Mi padre numeraba todo consecutivamente.
—Quizá perdió uno.
—Mi padre podía olvidar mi cumpleaños, pero jamás una factura.
Dominic miró a Renzo.
—¿Dónde está?
—No tengo idea.
Nora comenzó a revisar metadatos.
Fechas.
Referencias cruzadas.
Finalmente encontró una anotación.
ARCHIVO 7 — ENTREGA PERSONAL.
Debajo había dos iniciales.
A.R.
La madre de Dominic dejó escapar un sonido.
—Antonio Russo.
Todos se volvieron hacia ella.
Dominic frunció el ceño.
—¿Mi padre recibió el archivo?
La mujer parecía haberse quedado sin fuerzas.
—No sé.
—Mamá.
—Tu padre… hablaba algunas veces con el señor Bellini.
Nora se giró hacia ella.
—¿Mi padre conocía al padre de Dominic?
—Sí.
La habitación quedó en silencio.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—No lo sé.
Dominic sintió que todas las piezas de su historia comenzaban a moverse.
—¿Qué había en ese archivo?
La madre de Dominic negó.
—Nunca lo vi.
Renzo dio un paso.
—Esto está convirtiéndose en una fantasía.
Nora cerró la computadora.
—Entonces no te molestará responder otra pregunta.
—Adelante.
—¿Ordenaste el incendio de mi panadería?
—No.
Nora no apartó la mirada.
—¿Pagaste a alguien para asustarme?
—No.
—¿Le dijiste a alguien dónde vivía?
Renzo se quedó callado.
Dominic sintió un escalofrío.
—Tío.
—No.
Pero respondió demasiado tarde.
Nora también lo supo.
—Mentiste.
—No sabes nada sobre mí.
—Sé leer personas que mienten sobre números.
Renzo sonrió.
—Sigues siendo aquella muchacha detrás de un mostrador creyendo que entender una hoja de cálculo significa entender el mundo.
Cinco años atrás esas palabras habrían herido a Nora.
Ahora solo la hicieron sonreír.
—Y tú sigues siendo un hombre que confunde arrogancia con inteligencia.
Bianca contuvo una respiración.
Renzo dio un paso hacia ella.
Dominic se interpuso inmediatamente.
—No.
Renzo miró a su sobrino.
—¿Vas a enfrentar a tu familia por esta mujer?
Dominic sostuvo su mirada.
—Ella es la persona que me está mostrando lo que mi familia me ocultó.
Renzo rio.
—Te está manipulando.
—No necesito hacerlo —respondió Nora—. Tú haces un trabajo magnífico destruyéndote solo.
El teléfono de Leo vibró.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—Dominic.
—¿Qué?
—Hay movimiento en la entrada oeste.
—¿Quién?
Leo levantó los ojos.
—Gabriel.
Nora se quedó helada.
—¿Está aquí?
—Con hombres.
Dominic dio instrucciones a seguridad.
Nora negó.
—No viene a atacarte.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque perdió su dinero.
—Eso podría darle más motivos.
—No.
Nora tomó su bolso.
—Viene por mí.
Renzo observó aquella escena con una calma incómoda.
Nora lo notó.
Y eso la preocupó.
Minutos después, Gabriel apareció en la entrada principal.
Venía empapado.
Sin chaqueta.
Sin la elegante seguridad del hotel.
Parecía desesperado.
Dominic lo esperaba en el salón.
—Valiente.
Gabriel levantó ambas manos.
—No vine a pelear.
—Qué conveniente.
Gabriel buscó a Nora con los ojos.
—Necesito hablar contigo.
Ella avanzó.
—Habla.
—A solas.
—No.
Gabriel miró alrededor.
Sus ojos se detuvieron en Renzo.
Todo su rostro cambió.
Miedo.
Dominic lo vio.
—¿Lo conoces?
Gabriel no respondió.
Nora sintió el pulso acelerarse.
—Gabriel.
—Tenemos que irnos.
—No voy a ninguna parte.
—Nora, no entiendes.
—Entonces explica.
Gabriel miró a Renzo.
—Él sabe.
Renzo sonrió.
—No tengo idea de qué habla.
Gabriel soltó una risa nerviosa.
—Siempre haces eso.
Dominic se volvió hacia su tío.
—¿Qué está pasando?
Gabriel dio un paso hacia Nora.
—Yo nunca fui el hombre que inició esta guerra.
Dominic lo miró.
—No empeores tu situación mintiendo.
—¡No estoy mintiendo!
Gabriel respiró.
—Hace siete años alguien empezó a pasarme información sobre los Russo.
Leo frunció el ceño.
—¿Quién?
Gabriel miró directamente a Renzo.
Silencio.
Renzo sonrió.
—Esto es absurdo.
Gabriel negó.
—Él.
La madre de Dominic se llevó una mano a la boca.
Dominic permaneció inmóvil.
—Prueba.
Gabriel buscó dentro de su chaqueta.
Los hombres de Dominic reaccionaron.
—Tranquilos.
Sacó un teléfono.
—Mensajes cifrados.
Lo puso sobre la mesa.
—Pensé que Renzo simplemente quería reemplazarte.
Dominic miró a su tío.
—¿Reemplazarme?
Gabriel continuó:
—Me entregaba rutas. Horarios. Contratos. Información suficiente para debilitarte, pero nunca para destruirte completamente.
Nora comprendió.
—Necesitaba mantener la guerra viva.
Gabriel la señaló.
—Exactamente.
—¿Por qué?
Gabriel rio con amargura.
—Porque una guerra genera miedo.
Nora miró a Dominic.
—Y el miedo consolida poder.
Dominic terminó la idea.
—Mientras yo peleaba contra Gabriel, Renzo se volvía indispensable.
Leo palideció.
—Controlaba seguridad, información y operaciones de emergencia.
Nora miró a Renzo.
—Y probablemente dinero.
Renzo no respondió.
Dominic tomó el teléfono de Gabriel.
Había mensajes.
Años de mensajes.
Información.
Fechas.
Indicaciones.
Firmas digitales ocultas bajo un alias.
Gabriel habló:
—Yo pensaba que estaba utilizando a Renzo.
Nora lo miró.
—Pero él te utilizaba a ti.
Gabriel asintió.
—Cuando apareciste tú, todo cambió.
—¿Por qué?
—Porque empezaste a encontrar cosas.
Nora sintió frío.
—¿Qué cosas?
—Conexiones con tu padre.
Renzo dio un paso.
—Basta.
Dominic se interpuso.
—No. Ahora empieza lo interesante.
Gabriel respiró.
—Hace seis meses Renzo me ordenó que te despidiera.
Nora lo miró.
—Nunca me dijiste.
—Me negué.
—¿Por qué?
Gabriel soltó una pequeña risa.
—Porque sin ti habría quebrado en tres semanas.
A pesar de todo, Nora creyó eso.
Gabriel continuó:
—Entonces empezó a hablar con Volkov.
—¿Renzo conectó a la Bratva contigo?
—Sí.
Nora miró su brazalete.
—¿También sabía del rastreador?
Gabriel cerró los ojos.
—Probablemente.
Dominic cruzó la habitación.
Se detuvo frente a su tío.
—¿Algo que quieras decir?
Renzo suspiró.
Después se acomodó el saco.
—Sí.
Todos esperaron.
—Que me sorprende haber tardado tanto en perder el control de este desastre.
La forma en que lo dijo congeló la habitación.
Dominic habló despacio.
—¿Lo admites?
Renzo sonrió.
—¿Qué diferencia hace?
Leo cerró las puertas.
Los hombres de Dominic rodearon el salón.
Renzo los observó.
—¿Crees que todos ellos te obedecen?
Dominic no respondió.
Renzo señaló a uno.
Luego a otro.
Dos hombres bajaron lentamente sus armas.
Leo palideció.
—Traidores.
Renzo rio.
—No. Empleados.
Nora comprendió algo.
—Todo este tiempo preparabas una sucesión.
Renzo la miró.
—Al fin alguien inteligente.
Dominic dio un paso.
—¿Por qué?
—Porque tú nunca quisiste gobernar como debía gobernarse.
—Durante doce años sostuve esta familia.
—Y la volviste débil.
Dominic rio sin humor.
—¿Débil?
—Reglas. Límites. Negocios legítimos.
Renzo hizo un gesto de desprecio.
—Te enamoraste de una panadera y empezaste a imaginar que podías convertirte en empresario.
Nora sintió una antigua herida abrirse.
Pero esta vez no bajó la mirada.
Renzo continuó:
—Tu padre entendía que el poder necesita miedo.
—Mi padre murió queriendo salir de todo esto.
—Tu padre perdió el rumbo.
Nora habló.
—Por eso mi padre le entregó el archivo siete.
Renzo la miró.
Dominic también.
—¿Qué?
Nora acababa de comprender.
—Mi padre descubrió tus transferencias.
Señaló a Renzo.
—Y se las llevó al padre de Dominic.
Renzo permaneció callado.
—Antonio Russo descubrió que estabas financiando rivales.
Silencio.
—Por eso ambos se convirtieron en problemas para ti.
Renzo sonrió.
Pero sus ojos ya no.
—Ten cuidado con las acusaciones.
—Mi padre murió meses después.
—De un infarto.
—Y Antonio Russo murió en un accidente un año después.
La madre de Dominic palideció.
Dominic sintió que el aire desaparecía.
—Nora.
Ella continuó mirando a Renzo.
—¿Cuántas coincidencias necesitas antes de llamarlas patrón?
Renzo dio un paso.
—Ya has dicho suficiente.
Dominic bloqueó su camino.
—Ella hablará todo lo que quiera.
Renzo miró a su sobrino.
—Exactamente por eso nunca fuiste adecuado.
—¿Porque la escucho?
—Porque amas.
Dominic sonrió.
—Entonces quizá ese sea tu mayor error.
Renzo frunció el ceño.
Dominic miró a Nora.
—Creíste que amar a Nora me hacía débil.
Después volvió a mirar a su tío.
—Pero ella acaba de destruir cinco años de tu operación con una computadora.
Leo soltó una breve risa.
Incluso Gabriel pareció disfrutarlo.
Renzo perdió por fin la calma.
—¡Ella no destruyó nada!
El eco recorrió el salón.
Y Nora sonrió.
Porque había estado esperando exactamente eso.
Sacó el teléfono.
—Gracias.
Renzo se congeló.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que hablaras.
—¿Qué hiciste?
Nora giró la pantalla.
Una llamada seguía activa.
—Mi abogada está escuchando desde que Gabriel entró.
Dominic la miró.
—¿Tu abogada?
—Valeria Cruz.
Renzo palideció.
Nora continuó:
—Y tiene copias de todos los archivos.
—Eso no prueba nada.
—Todavía no.
Ella inclinó la cabeza.
—Pero ayudará.
Renzo se lanzó hacia el teléfono.
Dominic lo detuvo.
No hubo una gran pelea.
No hizo falta.
Dos de los propios hombres de Renzo dudaron.
Después bajaron las armas.
Leo recuperó el control de la habitación.
Renzo miró alrededor.
Por primera vez parecía viejo.
—No entiendes lo que estás haciendo, Dominic.
Dominic respondió:
—Durante años creí que sí.
Miró a Nora.
—Ahora estoy descubriendo cuánto ignoraba.
Horas después, Renzo estaba retenido bajo vigilancia mientras abogados y personas de confianza revisaban documentación.
Gabriel permaneció en otra habitación.
Ya no como aliado.
Tampoco exactamente como prisionero.
Era una pieza.
Una pieza muy nerviosa.
La madre de Dominic había subido a su habitación devastada por las revelaciones.
Nora salió al jardín trasero.
La tormenta había disminuido.
Dominic la encontró junto a una fuente.
—¿Estás bien?
Ella soltó una risa cansada.
—¿Existe una respuesta correcta?
—No.
—Entonces estoy agotada.
Dominic permaneció a su lado.
—Mi tío pudo destruir tu negocio.
—Sí.
—Pudo bloquear nuestras comunicaciones.
—Sí.
—Pudo utilizarme durante años.
—Parece.
Dominic miró hacia la casa.
—Y yo confiaba en él.
Nora lo observó.
—Ahora sabes cómo se siente.
Dominic asintió.
No discutió.
—Lo merecía.
Nora respiró.
—No dije eso.
—Pero es cierto.
—Dominic.
—Te abandoné siguiendo el consejo de un hombre que probablemente era el peligro real.
Su voz se quebró.
—Y mientras yo estaba convencido de haberte salvado, él dejó que te atacaran.
Nora cerró los ojos.
Dominic continuó:
—No sé cómo vivir con eso.
Ella tardó unos segundos en responder.
—No tienes que saberlo esta noche.
Él la miró.
—¿Alguna vez podrás perdonarme?
Nora sostuvo su mirada.
—No lo sé.
Era una respuesta dolorosa.
Pero honesta.
Dominic asintió.
—Está bien.
Ella pareció sorprendida.
—¿Nada de “eres mía”?
Dominic hizo una mueca.
—Creo que aprendí algo sobre esa frase.
—Espero.
—Aunque tengo una pregunta.
—¿Cuál?
—Cuando estábamos en el hotel y Gabriel dijo que eras suya…
Nora suspiró.
—Dominic.
—Solo pregunto.
—Nunca hubo nada entre Gabriel y yo.
Dominic intentó ocultar demasiado rápido su alivio.
Nora lo vio.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Estabas celoso.
—No.
—Dominic Russo estaba celoso.
—Evaluaba una amenaza.
—Claro.
—Es importante analizar todos los riesgos.
Nora comenzó a reír.
De verdad.
La risa que Dominic recordaba.
Él se quedó mirándola.
Nora dejó de reír poco a poco.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás mirando otra vez.
—Extrañaba ese sonido.
Ella bajó los ojos.
Durante varios segundos ninguno habló.
Dominic extendió lentamente la mano.
No la tocó.
Solo la dejó entre ambos.
Nora la observó.
Cinco años atrás habría colocado inmediatamente la suya encima.
Ahora dudó.
Y Dominic no se movió.
No insistió.
No decidió por ella.
Finalmente Nora puso su mano sobre la de él.
Los dedos de Dominic se cerraron suavemente.
—Esto no significa que volvimos —advirtió.
—Lo sé.
—No significa que te perdoné.
—Lo sé.
—Y no significa que puedas decirme qué hacer.
Dominic sonrió.
—Esa última parte quedó extremadamente clara.
Nora apoyó la cabeza un segundo contra su hombro sano.
Solo uno.
Después se apartó.
Pero fue suficiente.
Leo apareció desde la puerta.
—Lamento interrumpir.
Nora miró la hora.
—Últimamente haces eso mucho.
—Tenemos novedades.
Entraron.
Gabriel estaba sentado frente a una mesa.
Tenía un vaso de agua y el aspecto de alguien que había perdido varios años de vida en una noche.
—Encontramos algo —dijo Leo.
Colocó varios documentos.
—Los hombres de Renzo tenían teléfonos cifrados.
Nora empezó a revisarlos.
—¿Qué buscamos?
—Mensajes recientes.
Dominic se sentó.
Leo señaló.
—Esto llegó esta tarde.
Nora leyó.
EL FANTASMA ESTARÁ EN EL PIERRE.
ASEGÚRATE DE QUE RUSSO RECIBA LA UBICACIÓN.
Dominic levantó la mirada.
—Renzo quería que yo fuera.
—Sí.
Leo mostró otro.
VOLKOV ESPERARÁ LA SEÑAL.
Nora sintió frío.
—La emboscada.
—Planeada.
Dominic apretó la mandíbula.
—Quería que nos atacaran después de salir.
Gabriel palideció.
—Entonces el rastreador…
Nora giró hacia él.
—¿Quién te dio el brazalete?
Gabriel tragó saliva.
—Renzo.
Silencio.
—Me dijo que era apropiado como regalo empresarial.
Nora cerró los ojos.
Dominic caminó hacia Gabriel.
—Le colocaste un rastreador.
—Yo no sabía.
—Se lo entregaste.
—Sí.
—¿Y esperas que te crea?
Nora intervino.
—Está diciendo la verdad.
Dominic la miró.
—¿Cómo sabes?
—Porque si Gabriel hubiera sabido que Volkov vendría por nosotros, jamás habría permanecido en el hotel sin protección.
Gabriel levantó ambas manos.
—Finalmente alguien lo entiende.
Nora lo fulminó con la mirada.
—No confundas comprensión con simpatía.
Gabriel bajó las manos.
Leo mostró otro mensaje.
—Hay algo más.
Fecha de cinco años atrás.
Nora sintió que el estómago se le cerraba.
OBJETIVO BELLINI SIN PROTECCIÓN.
LA PANADERÍA DEBE QUEDAR VACÍA.
SOLO QUEREMOS LOS DOCUMENTOS.
Dominic se quedó blanco.
Nora no respiraba.
Leo continuó.
—El remitente parece ser uno de los hombres de Renzo.
—Entonces él ordenó el incendio —susurró Nora.
Dominic cerró los ojos.
Cinco años.
Cinco años de culpa.
Dolor.
Preguntas.
Todo por una decisión de su propia familia.
Nora siguió leyendo.
Había otro mensaje.
ELLA RECHAZÓ EL DINERO.
PROCEDAN ESTA NOCHE.
Las manos de Nora comenzaron a temblar.
Dominic se acercó.
Pero se detuvo antes de tocarla.
Ella lo notó.
Él estaba esperando permiso.
Nora dio un paso y lo abrazó.
Dominic cerró los brazos alrededor de ella.
No con posesión.
No con fuerza.
Simplemente sosteniéndola.
—Lo siento —murmuró.
Nora enterró el rostro contra su pecho.
—Todo este tiempo pensé…
Su voz falló.
—Pensé que había sucedido porque tú me dejaste.
—Yo también.
—Y sí sucedió porque me dejaste sola.
Dominic cerró los ojos.
—Sí.
Nora se apartó.
—No te estoy absolviendo.
—No te lo pediría.
—Pero Renzo lo planeó.
—Sí.
—Y ahora sé por qué.
Todos miraron.
Nora secó sus lágrimas.
—Los documentos de mi padre.
Gabriel asintió lentamente.
—El archivo siete.
—Exacto.
Nora regresó a la computadora.
—Renzo creía que estaban en la panadería.
—¿Y no estaban?
—No.
—¿Dónde?
Nora pensó.
Su padre era desconfiado.
Metódico.
Guardaba recibos por años.
Nunca dejaba papeles importantes donde otros esperarían encontrarlos.
—La caja de recetas.
Dominic frunció el ceño.
—¿Qué?
Nora lo miró.
—Mi padre tenía una caja metálica donde guardaba recetas familiares.
—Recuerdo esa caja.
—Desapareció antes del incendio.
—¿Quién la tomó?
Nora sintió un estremecimiento.
—Pensé que la había perdido.
Se levantó.
—Espera.
Caminó hasta una fotografía colgada en una pared.
La panadería original.
Su padre detrás del mostrador.
Nora joven sosteniendo una bandeja.
Y detrás…
Una mujer.
La madre de Dominic.
Nora acercó la imagen.
—No puede ser.
Dominic se levantó.
—¿Qué?
Nora señaló.
—Tu madre conocía a mi padre.
No de manera casual.
En la fotografía estaban sonriendo como viejos amigos.
Dominic miró la fecha.
Veinte años atrás.
—Tengo que hablar con ella.
Subieron.
La madre de Dominic estaba en su habitación.
Cuando vio la fotografía, sus hombros cayeron.
—Sabía que algún día preguntarían.
Dominic sintió agotamiento.
—Mamá, esta noche sería excelente para dejar de guardar secretos.
Ella cerró los ojos.
—Tu padre y Salvatore Bellini eran amigos.
Nora se quedó inmóvil.
—¿Mi papá?
—Mucho antes de que ustedes se conocieran.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque tu padre quería mantenerte lejos.
Nora soltó una risa amarga.
—Parece que todos los hombres de mi vida tomaban esa decisión por mí.
La mujer bajó la mirada.
—Salvatore descubrió algo.
—¿El archivo siete?
Los ojos de la mujer se abrieron.
—Sí.
Nora dio un paso.
—¿Dónde está?
—No sé.
—Por favor.
—Tu padre se lo entregó a Antonio.
Dominic preguntó:
—¿Papá lo tuvo?
—Sí.
—¿Qué hizo con él?
—Dijo que era demasiado peligroso para dejarlo en la casa.
—¿Y después?
—Murió antes de decirme dónde estaba.
Nora cerró los ojos.
Otra puerta cerrada.
Otra respuesta incompleta.
Entonces la madre de Dominic recordó algo.
—Espera.
Miró a Nora.
—Antonio dijo una frase extraña.
—¿Cuál?
—“Salvatore sabrá encontrarlo cuando vuelva a hornear”.
Nora frunció el ceño.
Dominic también.
Pero después Nora se quedó inmóvil.
Volver a hornear.
La panadería.
Su nueva panadería.
—No puede ser.
—¿Qué?
Nora salió corriendo.
Dominic la siguió.
Regresaron al Bellini antes del amanecer.
Nora encendió todas las luces.
Recorrió la cocina.
—¿Qué buscamos?
—No sé.
—Eso complica las cosas.
—Gracias, Dominic.
—Intentaba ayudar.
Nora miró hornos.
Mesas.
Estantes.
Después se detuvo frente a un objeto.
Una vieja caja metálica.
Dominic la reconoció.
—La caja de recetas.
—Pensé que era una réplica.
La había recibido de forma anónima cuando abrió el nuevo local.
Dentro había recetas antiguas.
Nada más.
Nora sacó todos los papeles.
Dominic observó el fondo.
—Es más grueso de lo normal.
Nora presionó los bordes.
Nada.
Leo apareció con una pequeña herramienta.
—Permiso.
Levantó cuidadosamente una placa.
Debajo había una memoria.
Nadie habló.
Nora la sostuvo.
—Archivo siete.
Dominic miró hacia la puerta.
El amanecer comenzaba a pintar el cielo de gris.
—Ábrelo.
Nora conectó la memoria.
Había un solo directorio.
ARCHIVO 7.
Introdujo la contraseña que aparecía escrita detrás de una receta de su padre.
El sistema abrió.
Documentos.
Fotografías.
Grabaciones.
Transferencias.
Más de veinte años de información.
Nora comenzó a revisar.
—Aquí está Renzo.
—¿Qué hacía?
—Desviaba dinero.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Nora acercó la pantalla.
—Esto era mucho más grande.
Había pagos a políticos locales.
Empresas.
Intermediarios.
Personas de distintas organizaciones.
Renzo había construido durante años una red independiente dentro de la estructura Russo.
Dominic apretó la mandíbula.
—Preparaba su propio imperio.
Nora siguió.
—Y utilizaba el apellido de tu padre para ocultarlo.
Leo silbó.
—Antonio descubrió todo.
—Por eso necesitaba el archivo.
Nora encontró una grabación.
La reprodujo.
La voz de su padre llenó la habitación.
Nora dejó de respirar.
No escuchaba aquella voz desde hacía años.
“Si alguien está viendo esto, significa que Antonio o yo no pudimos detenerlo.”
Nora se cubrió la boca.
Dominic colocó una mano sobre la mesa.
La grabación continuó.
“Renzo Russo ha estado desviando activos y provocando conflictos entre familias para consolidar control. Antonio pretende confrontarlo cuando tengamos suficiente evidencia.”
La imagen se movió.
El padre de Nora miró directamente a la cámara.
“Si algo me sucede, Nora no debe involucrarse.”
Nora soltó una risa entre lágrimas.
—Papá…
Incluso desde el pasado intentaba protegerla ocultándole la verdad.
La grabación siguió.
“Pero conozco a mi hija. Si encontró esto, probablemente ya está involucrada.”
Nora comenzó a llorar.
Dominic permaneció a su lado.
“No dejes que nadie te diga que eres demasiado pequeña para una mesa en la que tú misma puedes construir la silla.”
Nora cerró los ojos.
Era exactamente el tipo de cosa que su padre habría dicho.
“Y, Dominic…”
Todos quedaron inmóviles.
Dominic miró la pantalla.
“Si eres tú quien está viendo esto junto a ella, espero que hayas aprendido a dejar de actuar como un idiota.”
Leo bajó la cabeza para esconder una carcajada.
Incluso Nora rio entre lágrimas.
Dominic murmuró:
—Nunca me cayó tan bien tu padre como ahora.
La grabación continuó.
“Cuídense, pero no intenten decidir el uno por el otro. Esa clase de protección destruye más relaciones que los enemigos.”
Nora miró a Dominic.
Él también la miró.
Parecía un mensaje enviado directamente a ellos a través de veinte años.
La grabación terminó.
Durante varios segundos nadie habló.
Nora respiró profundamente.
—Esto termina a Renzo.
—Sí.
—Legalmente.
Dominic asintió.
—Legalmente.
Ella lo miró con atención.
—No quiero venganzas.
—Lo sé.
—Quiero que todo salga.
—Saldrá.
—Abogados.
—Sí.
—Auditorías.
—Sí.
—Y cuando corresponda, autoridades.
Dominic hizo una mueca.
—Esa parte me gusta menos.
—Dominic.
Él levantó ambas manos.
—Dije que la respetaría.
Nora asintió.
—Bien.
Dominic miró la pantalla.
—También podría terminar conmigo.
Nora se volvió.
—¿Qué?
—Si Renzo utilizó empresas Russo, algunas cosas pueden quedar asociadas a mí.
Leo también lo comprendió.
—Dom…
Dominic respiró.
—No voy a ocultarlo.
Nora lo miró con sorpresa.
—¿Estás seguro?
—Cinco años ocultando cosas fueron suficientes.
Ella sonrió lentamente.
Dominic se acercó.
—Cuando esto termine…
—No sabemos cuándo terminará.
—Entonces cuando tengamos un día normal.
—¿Existe un día normal para ti?
—Podríamos inventarlo.
Nora arqueó una ceja.
—¿Qué quieres?
—Invitarte a cenar.
Ella soltó una carcajada.
—¿Después de todo esto?
—Estoy empezando desde cero.
—¿Una cita?
—Una cita.
—Sin guardaespaldas en la mesa.
Dominic dudó.
—A una distancia razonable.
—Sin amenazas.
—Haré un esfuerzo.
—Sin decir “eres mía”.
Él suspiró dramáticamente.
—Tus condiciones son brutales.
Nora sonrió.
—Y pagarás tú.
—Eso sí puedo hacerlo.
Ella bajó la mirada.
—Pregúntame después de que termine esto.
Dominic asintió.
—Lo haré.
Parecía que, por primera vez, tenían algo parecido a esperanza.
Entonces el ordenador emitió un sonido.
Un nuevo archivo acababa de desbloquearse automáticamente.
Nora frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
Leo se acercó.
—Parece cifrado por fecha.
Nora abrió.
CARPETA COMPLEMENTARIA.
Solo contenía tres documentos.
El primero era una lista de transferencias.
El segundo, una fotografía.
El tercero…
Una autorización digital.
Nora abrió la fotografía.
Su rostro perdió el color.
—No.
Dominic se inclinó.
—¿Qué pasa?
La imagen mostraba a Renzo reuniéndose con varias personas.
Pero Renzo no era lo importante.
Detrás de él aparecía otro hombre.
Un hombre al que Dominic conocía.
Alguien que oficialmente llevaba muerto más de diez años.
Dominic se quedó sin palabras.
—Eso es imposible.
Leo retrocedió.
—Dom…
Nora amplió la fotografía.
La fecha estaba claramente visible.
Había sido tomada hacía apenas ocho meses.
Dominic apenas pudo pronunciar:
—Mi padre.
Antonio Russo.
El hombre cuya muerte había convertido a Dominic en jefe.
El hombre cuyo funeral había reunido a media ciudad.
Estaba vivo.
Nora abrió el último documento con las manos temblando.
Era una autorización para transferir fondos.
La fecha correspondía a la noche del incendio de la panadería Bellini.
Había dos firmas digitales.
Una pertenecía a Renzo Russo.
La segunda hizo que Nora sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Dominic leyó el nombre.
Su rostro quedó completamente vacío.
Nora giró lentamente hacia él.
Porque la autorización no llevaba el nombre de Antonio Russo.
Ni el de Gabriel Costa.
Ni el de Viktor Volkov.
Llevaba otro.
DOMINIC ALESSANDRO RUSSO.
Nora dejó de respirar.
Dominic miró la pantalla.
—Yo nunca firmé eso.
Ella quería creerle.
Después de aquella noche, una parte de ella incluso estaba preparada para hacerlo.
Pero había algo peor.
El certificado digital mostraba una autenticación biométrica válida.
Utilizada cinco años atrás.
Exactamente cuarenta y siete minutos después de que Dominic había desaparecido de su apartamento sin despedirse.
Leo palideció.
—Dom…
Dominic negó.
—Alguien usó mis credenciales.
Nora miró nuevamente la fotografía del padre de Dominic.
Un hombre oficialmente muerto.
Vivo.
Reunido con Renzo.
Mientras una orden relacionada con la destrucción de su antigua vida llevaba la firma del hombre al que había amado.
Entonces el teléfono de Nora vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Solo cuatro palabras.
NO CONFÍES EN DOMINIC RUSSO.
Debajo apareció una fotografía recién tomada.
Nora y Dominic.
Dentro de la panadería.
En ese preciso instante.
Alguien los estaba observando.
Nora levantó lentamente la mirada hacia las ventanas.
Dominic hizo lo mismo.
Y al otro lado de la calle, detrás del cristal oscuro de un automóvil estacionado bajo la lluvia…
una figura masculina levantó la mano.
En su dedo brillaba el antiguo anillo de Antonio Russo.
El mismo anillo con el que había sido enterrado doce años atrás.
Dominic palideció.
—Papá…
Las luces del automóvil se encendieron.
Y antes de que ninguno pudiera reaccionar, el vehículo desapareció entre las primeras sombras del amanecer.
Nora apretó el teléfono.
Habían creído que aquella noche habían descubierto al traidor.
Habían creído que Renzo era el hombre detrás de todos sus años de dolor.
Habían creído que la guerra estaba terminando.
Pero mientras Dominic miraba la calle vacía y Nora volvía a observar la firma imposible en aquella pantalla, ambos comprendieron la verdad.
Gabriel Costa jamás había sido el enemigo más peligroso.
Renzo tampoco.
Y quizá la desaparición de Dominic cinco años atrás no había sido simplemente una decisión desesperada para proteger a la mujer que amaba.
Quizá alguien llevaba décadas moviéndolos como piezas.
Alguien que todos creían muerto.
Alguien que conocía cada secreto de los Russo.
Alguien que acababa de regresar.
Y esta vez…
venía directamente por Nora.
¡FIN!
Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.