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**El omega se desplomó en los brazos del rey alfa y él susurró: «Vienes a casa conmigo»… sin saber el secreto que ella cargaba**

El omega se desplomó en los brazos del rey alfa y él susurró: «Vienes a casa conmigo»… sin saber el secreto que ella cargaba

La lluvia borraba las huellas de sangre casi tan rápido como Clara Henkins las dejaba sobre el pavimento.

Pero no podía borrar el miedo.

Ese miedo seguía pegado a su piel.

A su garganta.

A cada respiración desesperada que le quemaba los pulmones mientras corría descalza por las calles oscuras de Portland.

Clara no sabía cuánto tiempo llevaba huyendo.

Diez minutos.

Veinte.

Tal vez una hora.

Había dejado de contar cuando comprendió que mirar atrás solo le hacía perder segundos.

Y aquella noche, un segundo podía significar la diferencia entre seguir siendo libre… o volver a convertirse en propiedad de Simón Miller.

El vestido gris que llevaba estaba rasgado en un costado.

Sus pies dolían.

Tenía las manos heladas.

Cada vez que escuchaba un motor detrás de ella, el corazón se le detenía.

Cada vez que veía unos faros reflejarse sobre el asfalto mojado, pensaba lo mismo.

Ya me encontraron.

Pero seguía corriendo.

Porque regresar no era una opción.

Clara pertenecía oficialmente a la manada Pinefall.

Al menos eso decía Simón.

Ella prefería decir que había nacido allí.

Porque pertenecer a un lugar era muy distinto de pertenecerle a una persona.

Durante años había soportado que la trataran como si su condición de omega latente la hiciera menos valiosa.

No podía transformarse completamente.

Su loba apenas se manifestaba.

No poseía la fuerza de un alfa, la resistencia de un beta ni la influencia de las familias importantes.

Para Simón Miller, aquello la convertía en alguien fácil de controlar.

—Una omega como tú debería agradecer que alguien quiera mantenerla —le había dicho él meses atrás.

Clara todavía recordaba aquella sonrisa.

Fría.

Calculada.

Como si hablara de un objeto abandonado en un almacén.

Ella bajó la mirada aquella vez.

No porque estuviera de acuerdo.

Sino porque había aprendido que, en Pinefall, sobrevivir significaba saber cuándo permanecer en silencio.

Durante años lo hizo.

Limpió habitaciones.

Organizó archivos.

Sirvió mesas durante las reuniones de la manada.

Escuchó insultos.

Soportó miradas de desprecio.

Y esperó.

Esperó que algún día las cosas cambiaran.

Nunca imaginó que el cambio llegaría de la forma más terrible.

Dos semanas antes de aquella noche, Clara había estado ordenando unos documentos en la biblioteca privada de la residencia Pinefall cuando escuchó voces al otro lado del conducto de ventilación.

La biblioteca estaba situada directamente encima del despacho del antiguo alfa, Ricardo Reyes.

Ricardo llevaba varios días enfermo.

Una infección respiratoria, había dicho el médico.

Nada grave.

Por eso Clara no prestó demasiada atención cuando oyó abrirse la puerta inferior.

Hasta reconocer la voz de Simón.

—Tómate esto —había dicho él—. Te ayudará a dormir.

Clara se acercó a la rejilla.

No debería haberlo hecho.

Pero algo en el tono de Simón la inquietó.

Miró hacia abajo.

Vio a Ricardo sentado detrás del escritorio.

Pálido.

Cansado.

Simón estaba frente a él, sosteniendo un vaso.

Antes de entregárselo, sacó algo pequeño del bolsillo.

Un frasco.

Tres gotas transparentes cayeron dentro de la bebida.

Clara dejó de respirar.

Ricardo bebió.

Minutos después se llevó una mano al pecho.

El vaso cayó.

Simón no pidió ayuda.

No llamó al médico.

No se movió.

Simplemente observó.

Aquella imagen se quedó grabada en Clara.

La inmovilidad de Simón.

Su expresión.

La paciencia con la que esperó.

Después limpió el vaso.

Entonces sí comenzó a gritar.

—¡Ayuda! ¡El alfa se desplomó!

Ricardo fue declarado muerto esa misma noche.

Ataque cardíaco.

Eso dijo el médico de Pinefall.

Eso aceptó el consejo.

Eso creyó todo el mundo.

Excepto Clara.

Ella sabía la verdad.

Y tres días después, Simón comenzó a mirarla diferente.

Primero fueron preguntas casuales.

—¿Dónde estabas aquella noche?

Luego aparecieron dos guardias siguiéndola.

Después le quitaron el teléfono.

Finalmente escuchó la conversación que terminó de destruir cualquier esperanza de permanecer allí.

Simón hablaba con Gregory Finch, un empresario renegado relacionado con combates clandestinos y negocios ilegales.

—La chica será tuya el viernes —dijo Simón—. Después no quiero volver a escuchar su nombre.

Clara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

No hablaban de contratarla.

No hablaban de trasladarla.

Hablaban de entregarla.

De hacerla desaparecer.

Aquella misma noche comenzó a planear su fuga.

Y ahora corría.

Corría bajo una tormenta.

Corría sin dinero.

Sin teléfono.

Sin zapatos.

Sin saber si sobreviviría hasta el amanecer.

Pero había un lugar.

Un único lugar de Portland donde Simón Miller no se atrevería a entrar sin pensarlo dos veces.

El Hotel Halcyon.

Clara levantó la mirada.

Allí estaba.

Una torre de vidrio iluminada en oro al otro lado de la avenida.

Su corazón volvió a acelerarse.

Todo el mundo sobrenatural sabía quién se encontraba allí aquella noche.

Dominic Valdés.

El rey alfa de los territorios occidentales.

Un hombre cuyo nombre bastaba para silenciar habitaciones.

No gobernaba únicamente una manada.

Gobernaba alianzas.

Empresas.

Territorios.

Acuerdos.

Había construido un imperio moderno alrededor de empresas de logística, bienes raíces y seguridad privada.

Para los humanos, Dominic Valdés era un multimillonario extremadamente reservado.

Para los lobos, era algo mucho más antiguo.

Y mucho más peligroso.

El rey alfa.

Clara se detuvo bajo la lluvia y observó las puertas doradas del hotel.

Dos guardias enormes vigilaban la entrada.

Era una locura.

Una omega desconocida no podía irrumpir en una reunión privada del rey.

Mucho menos aquella noche.

Dominic celebraba su cumbre anual.

Los líderes más importantes de una docena de territorios estaban reunidos en el gran salón.

Si Clara entraba sin autorización, podían detenerla.

Podían entregarla.

Podían considerarla una amenaza.

Pero entonces escuchó el sonido de un vehículo acercándose detrás de ella.

Una camioneta negra.

La misma que había visto estacionada cerca de Pinefall.

Clara sintió que el miedo atravesaba su pecho.

No había tiempo.

Corrió.

Cruzó la calle.

Un claxon sonó.

Alguien gritó.

Ella ni siquiera volteó.

Empujó las puertas giratorias del Halcyon con el hombro y entró tambaleándose.

—¡Señorita!

Los guardias reaccionaron.

Clara siguió avanzando.

Atravesó el vestíbulo.

Vio las enormes puertas de cristal decorado que conducían al salón.

Las abrió.

Y durante un segundo, el mundo entero quedó en silencio.

El cuarteto dejó de tocar.

Decenas de conversaciones murieron al mismo tiempo.

Cientos de ojos se volvieron hacia ella.

Barro en las piernas.

Cabello mojado pegado al rostro.

Vestido rasgado.

Pies heridos.

Una omega temblando frente a algunos de los alfas más poderosos del continente.

Clara quiso hablar.

No pudo.

Porque en aquel mismo instante, al otro lado del salón, Dominic Valdés dejó caer su copa.

El cristal golpeó el mármol.

El sonido pareció atravesar toda la sala.

Dominic no escuchó nada más.

Ni el cristal.

Ni las exclamaciones.

Ni a Harrison Croft, su beta y jefe de seguridad, diciéndole algo.

Solo percibió aquel aroma.

Lluvia.

Pino.

Vainilla.

Miedo.

Y debajo de todo eso…

Algo que hizo rugir a su lobo interior.

Dominic llevaba treinta y nueve años viviendo con aquella criatura dentro de él.

Había aprendido a controlarla.

A imponerle disciplina.

A ignorar sus impulsos.

Pero esa noche su lobo no pidió permiso.

Rugió una única palabra dentro de su mente.

Compañera.

Dominic dejó de respirar.

No.

Era imposible.

Los vínculos verdaderos se habían vuelto extremadamente raros.

Había pasado décadas escuchando historias sobre ellos.

Dos almas que podían reconocerse antes de comprender siquiera por qué.

Él nunca había esperado encontrar la suya.

Y mucho menos verla aparecer cubierta de lluvia y temblando de terror en medio de su propia gala.

Clara vio al hombre del centro de la habitación avanzar hacia ella.

Alto.

Traje azul oscuro.

Cabello negro.

Ojos grises.

Una presencia que hacía que incluso otros alfas se apartaran.

Supuso quién era.

Y aquello debería haberle dado más miedo.

Sin embargo, ocurrió lo contrario.

Por primera vez desde que había escapado de Pinefall, algo dentro de ella dejó de correr.

Dominic habló.

—Alto.

No gritó.

No necesitó hacerlo.

Los guardias que habían entrado detrás de Clara se detuvieron inmediatamente.

Dominic siguió acercándose.

Clara trató de decir su nombre.

—Yo…

La habitación comenzó a girar.

Todo el dolor que la adrenalina había mantenido escondido regresó de golpe.

Las piernas dejaron de responderle.

Sus rodillas cedieron.

Lo último que vio fue a Dominic extendiendo los brazos.

Clara nunca tocó el suelo.

Dominic la atrapó contra su pecho.

El contacto sacudió algo profundo dentro de ambos.

Él apretó la mandíbula.

Clara estaba helada.

Demasiado ligera.

Podía sentir el ritmo irregular de su respiración.

El rey alfa levantó la mirada.

La sala entera observaba.

Algunos sorprendidos.

Otros alarmados.

Harrison se acercó.

—Dominic…

—Médico. Ahora.

Harrison no preguntó.

Sacó el teléfono.

Dominic volvió a mirar a Clara.

Apartó con cuidado un mechón mojado de su rostro.

Ella apenas permanecía consciente.

Sus labios se movieron.

—No… me entregue…

Dominic se inclinó.

—¿A quién?

—Simón…

El nombre apenas fue un susurro.

Pero él lo escuchó.

Y no olvidaría jamás la forma en que el cuerpo de Clara tembló al pronunciarlo.

Dominic la sostuvo con más firmeza.

—Escúchame.

Los párpados de Clara se movieron.

—Aquí nadie va a entregarte.

Una lágrima se deslizó por su mejilla.

Dominic acercó su rostro.

Su voz bajó hasta convertirse en algo destinado únicamente a ella.

—Vienes a casa conmigo.

Después Clara perdió el conocimiento.

Cuando despertó, el silencio fue lo primero que notó.

No había cadenas.

No había puertas golpeando.

No había guardias gritándole.

No había olor a humedad.

Había sábanas suaves.

Una habitación enorme.

Un techo alto.

Luz gris entrando a través de ventanales que ocupaban toda una pared.

Clara abrió los ojos de golpe.

Intentó incorporarse.

El dolor en las costillas la obligó a detenerse.

—No hagas eso.

La voz masculina la hizo girar.

Dominic estaba sentado junto a la ventana.

Sin saco.

Sin corbata.

Con las mangas de su camisa remangadas.

Parecía no haber dormido.

Se levantó lentamente.

Clara se puso tensa.

Él lo notó.

Y se detuvo.

No se acercó más.

—Estás segura —dijo.

Clara miró alrededor.

—¿Dónde estoy?

—En mi residencia privada.

—¿Cuánto tiempo…?

—Casi dos días.

Ella palideció.

—Dos días…

Dominic vio el pánico aparecer.

—Tuviste hipotermia y deshidratación. El médico dijo que necesitabas descansar.

—Tengo que irme.

Clara comenzó a apartar la manta.

—No.

La palabra salió demasiado rápido.

Demasiado alfa.

Dominic vio cómo ella se congelaba.

Inmediatamente suavizó el tono.

—Perdón.

Aquello sorprendió a Clara.

Un rey alfa acababa de disculparse con ella.

Dominic respiró lentamente.

—Lo que quise decir es que no deberías caminar todavía.

Clara tragó saliva.

—Simón me encontrará.

—Ya lo intentó.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

Dominic tomó un documento de una mesa.

—Presentó una reclamación ante el Consejo Regional. Afirma que te secuestré.

Clara soltó una risa sin humor.

—Por supuesto.

—Exige que regreses a Pinefall.

La mano de Clara comenzó a temblar.

Dominic lo vio.

—No regresarás.

—No entiendes.

—Entonces explícamelo.

Ella lo miró.

Por primera vez observó realmente al hombre frente a ella.

Todos hablaban de Dominic Valdés como si fuera una fuerza de la naturaleza.

Frío.

Implacable.

Dominante.

Pero en ese momento no parecía estar ordenándole nada.

Parecía esperar.

Clara bajó los ojos.

—¿Por qué me ayudas?

La pregunta tomó a Dominic desprevenido.

—¿Necesito una razón?

—La gente siempre necesita una razón.

—Quizá conociste a la gente equivocada.

Clara soltó aire lentamente.

Dominic se acercó un paso.

—Hay algo más que debes saber.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

Dominic permaneció en silencio unos segundos.

No sabía cómo decirlo sin asustarla.

Finalmente decidió no adornarlo.

—Eres mi compañera.

Clara lo miró.

Después soltó una pequeña carcajada nerviosa.

—No.

—Sí.

—Eso es imposible.

—Yo también pensaba lo mismo.

—Soy una omega latente.

—Lo sé.

—Entonces sabes que…

—Sé perfectamente lo que eres.

Dominic hizo una pausa.

—Y no cambia nada.

Clara apretó la manta entre los dedos.

—Las compañeras verdaderas casi no existen.

—Exactamente.

—Y tú eres…

—El rey alfa.

—Sí.

Clara lo miró como si aquello hiciera la situación todavía más absurda.

Dominic casi sonrió.

—Créeme, Clara. También me resulta inconveniente.

Ella levantó una ceja.

—¿Inconveniente?

—Tenía una semana perfectamente organizada antes de que atravesaras mis puertas.

Por primera vez, una sonrisa pequeña apareció en los labios de Clara.

Duró menos de un segundo.

Pero Dominic la vio.

Y algo en su pecho se aflojó.

Después ella volvió a ponerse seria.

—Si soy tu compañera… ¿eso significa que ahora te pertenezco?

La sonrisa de Dominic desapareció.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Clara pareció desconcertada.

Dominic se acercó hasta quedar a varios pasos de la cama.

—Un vínculo no convierte a nadie en propiedad.

—Simón siempre decía que…

—Simón Miller no estará tomando decisiones por ti nunca más.

Clara guardó silencio.

Dominic continuó.

—No voy a exigirte que aceptes el vínculo. No voy a marcarte. No voy a encerrarte aquí. Cuando estés recuperada, si deseas marcharte, puedes hacerlo.

Decir aquellas últimas palabras le costó más de lo que esperaba.

Su lobo protestó.

Dominic lo ignoró.

Clara lo estudió.

—¿Me dejarías ir?

—Si eso es lo que quieres.

Ella apartó la mirada.

No sabía qué hacer con un hombre poderoso que tenía la capacidad de controlarla y estaba eligiendo no hacerlo.

Antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta.

Dominic miró hacia allí.

—Adelante.

Harrison entró.

Su expresión era seria.

—Necesitamos hablar.

Dominic comprendió inmediatamente.

Miró a Clara.

—Volveré.

—Puedes hablar aquí.

—Clara…

—Simón me busca a mí.

Ella levantó la barbilla.

—Tengo derecho a escuchar.

Harrison miró a Dominic.

Por un instante, Clara esperó que el rey rechazara la idea.

En cambio, Dominic hizo un gesto.

—Habla.

Harrison abrió una carpeta.

—Simón pidió una audiencia de emergencia.

Clara palideció.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—Quiere obligarlos a devolverme.

—Eso parece.

Clara soltó una respiración temblorosa.

Dominic se sentó en una silla frente a ella.

—No podrá.

Clara cerró los ojos.

—Sí puede.

—¿Por qué?

Silencio.

Dominic esperó.

Clara apretó los dedos.

—Porque esto no se trata de que yo haya escapado.

Harrison dejó la carpeta.

—Entonces ¿de qué se trata?

Clara levantó la mirada.

Su voz salió baja.

—Simón no quiere recuperarme.

Respiró.

—Quiere asegurarse de que nunca pueda hablar.

Dominic sintió frío.

—¿Sobre qué?

Clara miró hacia la puerta como si esperara que alguien apareciera.

Dominic lo notó.

Se levantó.

Cerró.

Regresó.

—Estamos solos.

Clara tragó saliva.

—Vi morir al alfa Ricardo.

Harrison frunció el ceño.

—El antiguo líder de Pinefall.

Ella asintió.

—El consejo informó que sufrió un infarto.

Clara negó lentamente.

—No fue un infarto.

Dominic dejó de moverse.

Clara sintió que le temblaban las manos.

—Simón lo envenenó.

El silencio que siguió fue absoluto.

Harrison fue el primero en reaccionar.

—¿Estás segura?

Clara lo miró.

—Lo vi.

Y entonces lo contó todo.

La biblioteca.

La rejilla.

El vaso.

El pequeño frasco.

Las gotas.

Ricardo desplomándose.

Simón esperando.

Limpiando.

Llamando después al médico.

Cuando terminó, Dominic estaba completamente inmóvil.

Aquella quietud resultaba más intimidante que cualquier grito.

—¿Quién firmó el certificado? —preguntó.

—El doctor Álvaro Redd.

Harrison maldijo por lo bajo.

—Es cuñado de Simón.

Dominic se levantó.

—Harrison.

—Sí.

—Quiero sus registros financieros.

—Los conseguiré.

—Comunicaciones.

—También.

—Y llama a Elena Cruz.

Clara levantó la mirada.

—¿Quién es?

—La mejor abogada de derecho territorial que conozco.

Dominic tomó su teléfono.

—No vamos a responder a la reclamación de Simón.

Sus ojos se endurecieron.

—Vamos a abrir una investigación contra él.

Clara sintió un escalofrío.

—No sabes contra quién estás entrando.

Dominic la observó.

—Clara.

Ella sostuvo su mirada.

—Él tiene aliados.

—Yo también.

—Puede ser peligroso.

—También yo.

—Dominic…

Él dio un paso hacia la cama.

Su voz se suavizó.

—Tú corriste descalza bajo una tormenta mientras te perseguían y entraste sola en una habitación llena de alfas.

Clara parpadeó.

—No vuelvas a decirme que tú eres la cobarde de esta historia.

Aquellas palabras hicieron algo dentro de ella.

Algo pequeño.

Algo que llevaba años aplastado.

Clara bajó la mirada para que Dominic no viera sus ojos humedecerse.

Él lo vio de todos modos.

Pero no dijo nada.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, la residencia privada de Dominic se convirtió en una mezcla extraña de refugio y centro de operaciones.

Abogados entraban y salían.

Harrison dirigía investigaciones.

Analistas rastreaban cuentas.

Guardias reforzaban accesos.

Mientras tanto, Clara aprendía cómo se sentía vivir sin esperar constantemente un golpe en la puerta.

La primera mañana se despertó antes del amanecer.

Tardó varios segundos en recordar dónde estaba.

Después escuchó pasos.

Su cuerpo se tensó.

La puerta se abrió.

Dominic apareció sosteniendo una bandeja.

Clara lo miró sorprendida.

—¿Qué haces?

—Desayuno.

—Tú no preparaste eso.

—Por supuesto que no.

Ella casi sonrió.

Dominic dejó la bandeja.

Fruta.

Pan tostado.

Huevos.

Té.

—Elena llegará a las diez —dijo.

Clara dejó de sonreír.

—La abogada.

—Sí.

—¿Tendré que declarar?

—Solo si quieres.

Clara lo miró.

—Pensé que necesitaban mi testimonio.

—Probablemente.

—Entonces tengo que hacerlo.

Dominic negó.

—No tienes que hacer nada.

—Pero…

—Clara.

Él tomó asiento.

—Si decides declarar porque deseas detener a Simón, te apoyaré. Si decides que todavía no estás preparada, buscaremos otra forma.

Ella jugueteó con la taza.

—Nadie me había preguntado qué quería desde hace años.

Dominic la observó.

No respondió de inmediato.

—Entonces tendremos que recuperar el tiempo perdido.

Elena Cruz llegó a las diez exactas.

Era una mujer de unos cincuenta años, elegante, de cabello oscuro con mechones plateados y una mirada capaz de atravesar paredes.

Entró con tres carpetas.

Saludó a Clara.

Después se sentó.

—Antes de hablar del caso necesito decirte algo.

Clara esperó.

—Yo represento tus intereses.

—¿No los de Dominic?

Elena miró al rey alfa.

—Él tiene siete abogados distintos.

Dominic se encogió de hombros.

—Ocho.

Elena puso los ojos en blanco.

—Perfecto. Ocho.

Clara soltó una risa.

Era extraño.

Había reído más en aquellos dos días que en los últimos dos años.

Elena abrió una carpeta.

—Si quieres detener la entrevista en cualquier momento, la detenemos.

Clara asintió.

Entonces comenzó.

Durante casi dos horas reconstruyeron los acontecimientos.

Fechas.

Lugares.

Nombres.

Cuando terminaron, Elena cerró la carpeta.

—Tu testimonio es sólido.

Clara miró sus manos.

—Pero será mi palabra contra la suya.

—Por ahora.

Elena abrió otra carpeta.

—Sin embargo, anoche encontramos algo.

Deslizó una hoja por la mesa.

Clara la tomó.

Era un registro bancario.

Dos millones de dólares.

Transferidos a una empresa registrada en Panamá.

Beneficiario final: Álvaro Redd.

Fecha: tres días después de la muerte de Ricardo Reyes.

Clara levantó la mirada.

—Le pagaron.

Elena asintió.

—La empresa que envió el dinero tiene vínculos con Gregory Finch.

Clara sintió el estómago cerrarse.

Dominic, que permanecía cerca de la ventana, la observó.

—El mismo hombre al que Simón pretendía entregarte.

Clara dejó el documento.

Las piezas comenzaban a encajar.

No era una decisión improvisada.

No querían venderla únicamente por dinero.

Querían eliminar a una testigo.

Esa noche Clara no pudo dormir.

Se quedó frente al enorme ventanal observando Portland.

A medianoche escuchó pasos.

Dominic apareció.

—¿Insomnio?

—Algo así.

Él sostenía dos tazas.

Le entregó una.

—Té.

Clara olió.

—¿No tienes nada más fuerte?

Dominic sonrió.

—El médico dijo que nada de alcohol.

—Claro.

Se sentaron.

Durante varios minutos ninguno habló.

Finalmente Clara preguntó:

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Tranquilo.

Dominic miró la ciudad.

—No.

—Todos parecen tenerte miedo.

—Muchos tienen buenas razones.

Clara lo observó de perfil.

—Yo no.

Aquello hizo que Dominic la mirara.

—Deberías.

—¿Eso era una amenaza?

—Era una advertencia sobre mi reputación.

Clara bebió un sorbo.

—Mi reputación dice que soy una omega inútil.

Dominic frunció el ceño.

—Tu reputación necesita nuevos publicistas.

Ella soltó otra risa.

Después el silencio volvió.

Más cálido esta vez.

Clara miró la mano de Dominic sobre el brazo de la silla.

Quería tocarlo.

Aquella necesidad la confundía.

Su loba, normalmente apenas perceptible, se despertaba cada vez que él estaba cerca.

Pero Clara no quería confundir el vínculo con una obligación.

Dominic pareció leerle el pensamiento.

Extendió la mano.

La dejó entre ambos.

Palma arriba.

No avanzó.

No la tocó.

Solo esperó.

Clara miró aquella mano.

Después colocó la suya encima.

El contacto fue inmediato.

Calor.

Una corriente suave ascendiendo por su brazo.

Dominic inhaló lentamente.

Clara sintió algo parecido a seguridad.

No posesión.

No miedo.

Seguridad.

—¿Tú también lo sientes? —preguntó.

—Desde el momento en que entraste en aquella sala.

—¿Y qué te dice?

Dominic la miró.

—Que debería mantenerte cerca.

Clara quiso retirar la mano.

Él añadió rápidamente:

—Mi cabeza dice que tú decides.

Ella lo estudió.

—Debe ser difícil discutir contigo mismo.

—Mi lobo es particularmente insoportable.

Clara sonrió.

—Pobre rey alfa.

—No tienes idea.

La mañana siguiente llegó la primera amenaza.

No una amenaza escrita.

No una llamada.

Una caja.

Apareció en recepción.

Sin remitente.

Harrison insistió en revisarla antes de permitir que alguien se acercara.

Dentro había únicamente una fotografía.

Clara saliendo de Pinefall.

Tomada varios meses atrás.

Al reverso había una frase.

«Lo que pertenece a la manada regresa a la manada».

Dominic leyó la nota.

Luego la rompió en dos.

Clara lo miró.

—Eso es exactamente lo que Simón piensa.

Dominic volvió a romper el papel.

—Simón tendrá que aprender.

—¿Qué cosa?

Dominic dejó los trozos sobre la mesa.

—Que tú no perteneces a su manada.

Sus ojos encontraron los de Clara.

—Ni a mí.

Harrison carraspeó.

—Odio interrumpir este momento saludable de crecimiento emocional, pero tenemos otro problema.

Dominic lo fulminó con la mirada.

Harrison sonrió apenas.

—El Consejo adelantó la audiencia.

—¿Cuándo?

—Hoy.

Clara se puso de pie.

—Voy.

Dominic respondió inmediatamente.

—No.

Ella cruzó los brazos.

—Acabas de decir que yo decido.

Dominic cerró la boca.

Harrison miró hacia otro lado para ocultar una sonrisa.

Clara levantó una ceja.

—¿Algún comentario, rey alfa?

Dominic respiró.

—Creo que es peligroso.

—Entiendo.

—Creo que Simón quiere provocarte.

—Probablemente.

—Creo que preferiría que permanecieras aquí.

Clara asintió.

—Gracias por compartir tu opinión.

Dominic la observó.

—Pero vas a ir.

—Sí.

Él soltó aire.

—Entonces duplicaré la seguridad.

Clara sonrió.

—Eso sí puedes hacerlo.

Dominic negó con la cabeza.

—Mi compañera lleva tres días consciente y ya aprendió a darme órdenes.

—No eran órdenes.

—Sonaban como órdenes.

—Quizá tu reputación necesita nuevos publicistas.

Harrison soltó una carcajada.

Una hora después, Clara estaba frente al espejo.

El traje azul oscuro que Elena había enviado le quedaba perfectamente.

Nada extravagante.

Nada destinado a convertirla en algo que no era.

Solo ropa limpia.

Elegante.

Firme.

Clara se observó.

Durante años, cuando se miraba al espejo, veía lo que Simón le había enseñado a ver.

Débil.

Prescindible.

Invisible.

Ahora intentó mirar de nuevo.

Vio una mujer cansada.

Herida.

Asustada.

Pero todavía de pie.

Aquello era suficiente.

Dominic apareció detrás de ella.

Se detuvo al verla.

Clara notó su expresión a través del espejo.

—¿Qué?

—Nada.

—Dominic.

—Te ves…

Él pareció buscar una palabra.

—Fuerte.

Clara sonrió.

No dijo hermosa.

No dijo perfecta.

Fuerte.

Era exactamente lo que necesitaba escuchar.

La sede del Consejo Regional ocupaba un antiguo edificio de piedra en el centro de Portland.

Clara sintió las piernas tensarse al bajar del vehículo.

Dominic estaba a su lado.

—Todavía puedes cambiar de opinión.

Ella negó.

—No.

—Bien.

Él le ofreció la mano.

Clara la tomó.

Entraron juntos.

Las conversaciones se apagaron.

Clara sintió las miradas.

Algunos reconocían a Dominic.

Todos.

Otros la reconocían a ella.

La omega fugitiva.

Simón estaba dentro.

Cuando Clara lo vio, el mundo pareció detenerse.

Traje gris.

Cabello impecable.

La misma sonrisa.

Simón la observó.

Después miró la mano de ella entrelazada con la de Dominic.

Su sonrisa desapareció.

—Clara.

Ella sintió que el pasado intentaba cerrarse alrededor de su garganta.

Dominic apretó suavemente su mano.

No habló.

No intervino.

Solo estuvo allí.

Clara respiró.

—Simón.

—Has provocado un desastre.

Su tono era exactamente el mismo que usaba en Pinefall.

Como si fuera una niña problemática.

—Regresa conmigo y podremos solucionar esto.

Clara lo miró.

Durante años aquellas palabras habrían bastado.

Habría bajado la cabeza.

Habría obedecido.

Esta vez no.

—No regreso contigo.

Simón entrecerró los ojos.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Por primera vez sí.

La audiencia comenzó minutos después.

Cinco consejeros se sentaron frente a ellos.

Simón habló primero.

Contó una historia muy diferente.

Clara era inestable.

Confundida.

Había escapado después de una discusión.

Dominic la había manipulado.

Pinefall solo deseaba recuperarla por su seguridad.

Clara escuchó cada mentira.

La vieja Clara habría comenzado a dudar de sí misma.

La nueva Clara escribió cada mentira en una hoja.

Cuando terminó, Elena se levantó.

Presentó registros bancarios.

Fechas.

Empresas.

Transferencias.

Relaciones con Finch.

Simón negó todo.

—No prueban nada.

Uno de los consejeros preguntó:

—¿Puede explicar por qué su médico recibió dos millones de dólares después de la muerte del alfa Reyes?

Simón levantó las manos.

—No controlo las inversiones privadas de mis empleados.

Elena continuó.

—Entonces quizá pueda explicar por qué una empresa asociada a usted pagó recientemente a Gregory Finch.

Simón guardó silencio.

Elena miró a Clara.

—Mi clienta desea declarar.

Dominic giró hacia ella.

Clara asintió.

Se levantó.

Sus piernas temblaban.

Simón sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Conocida.

Diseñada para recordarle quién había sido.

Clara caminó hasta el centro.

Uno de los consejeros habló.

—Señorita Henkins, puede retirarse en cualquier momento.

—No.

Clara miró directamente a Simón.

—Quiero terminar.

Contó todo.

La biblioteca.

El frasco.

La bebida.

La muerte de Ricardo.

Las amenazas.

El acuerdo con Finch.

Simón comenzó a reír.

—¿Eso es todo?

Clara se quedó quieta.

Simón miró al consejo.

—¿Van a destruir el gobierno de una manada por la imaginación de una omega latente?

Dominic se tensó.

Clara sintió su ira.

Pero antes de que él pudiera decir nada, ella habló.

—No.

Simón la miró.

—¿Qué?

Clara levantó la barbilla.

—No necesitan creerme porque soy omega.

Hizo una pausa.

—Necesitan investigar porque alguien murió.

El silencio cayó.

Clara continuó.

—Eso es lo que personas como tú nunca entienden, Simón.

Él apretó la mandíbula.

—No necesito ser fuerte para decir la verdad.

Aquella frase cambió la habitación.

Incluso Dominic sintió algo parecido a orgullo.

La audiencia fue suspendida.

El consejo ordenó una investigación inmediata.

Pero Simón no fue detenido.

Todavía.

Faltaba evidencia física.

Mientras regresaban a la Torre Valdés, Clara permaneció silenciosa.

Dominic finalmente preguntó:

—¿Estás bien?

Ella miró por la ventana.

—No lo sé.

—Respuesta válida.

Clara sonrió débilmente.

—Pensé que después de enfrentarlo sentiría algo diferente.

—¿Cómo?

—Más fuerte.

Dominic negó.

—Ser valiente no significa dejar de tener miedo después.

Ella lo miró.

—¿Entonces qué significa?

—Hacerlo mientras tienes miedo.

Clara apoyó la cabeza contra el asiento.

—Tú haces que todo parezca demasiado sencillo.

—Tengo excelentes escritores.

Ella se echó a reír.

El vehículo entró en el estacionamiento subterráneo de la torre.

Dominic recibió una llamada.

Miró la pantalla.

—Tengo que atender esto.

Clara asintió.

Harrison la acompañó hacia el elevador privado.

Dominic se quedó junto al vehículo.

—Nos vemos arriba.

Clara entró.

Las puertas se cerraron.

Harrison pasó su tarjeta.

El elevador comenzó a subir.

Piso seis.

Siete.

Ocho.

Entonces se detuvo.

Las luces se apagaron.

Clara sintió que el miedo regresaba de golpe.

Las luces de emergencia se encendieron.

Harrison sacó su radio.

—Control.

Estática.

—Control, respondan.

Nada.

Clara miró hacia arriba.

Un ruido.

—Harrison.

Él levantó la vista.

Un gas gris comenzó a entrar a través de la ventilación.

Harrison maldijo.

—Cúbrete la boca.

Clara lo hizo.

El olor era amargo.

Harrison empezó a toser.

—Acónito.

Clara sintió ardor en los ojos.

Pero la concentración parecía afectar mucho más a Harrison.

Él cayó de rodillas.

—Dominic…

Clara buscó alrededor.

Recordó algo.

Durante su estancia había visto al personal de seguridad revisar los compartimentos de emergencia.

Abrió un panel lateral.

Mascarillas.

Oxígeno.

Tomó una.

La colocó sobre Harrison.

—Respira.

Él intentó ayudarla.

Un golpe sonó sobre el techo.

Clara levantó la mirada.

No.

No otra vez.

La compuerta superior comenzó a moverse.

Alguien estaba intentando abrirla desde fuera.

Harrison señaló su chaqueta.

—Llave…

Clara encontró una tarjeta negra.

Miró el panel.

Había un puerto de emergencia.

La insertó.

Pantalla roja.

«SISTEMA BLOQUEADO».

Clara apretó los dientes.

—Vamos.

Otro golpe.

La compuerta comenzó a abrirse.

Clara recordó entonces algo que Dominic había dicho la primera noche.

«Todos mis sistemas importantes tienen redundancia manual».

Miró bajo el panel.

Quitó una pequeña tapa.

Encontró una palanca.

Tiró.

Una alarma ensordecedora comenzó a sonar.

Las compuertas de ventilación se cerraron.

El gas dejó de entrar.

Y en el estacionamiento, Dominic levantó la cabeza.

Había escuchado la alarma.

Su teléfono mostró una alerta.

ELEVADOR PRIVADO.

FALLA DE SEGURIDAD.

PISO DIEZ.

Dominic corrió.

No esperó a los guardias.

No esperó órdenes.

No esperó nada.

Dentro del elevador, la compuerta terminó de abrirse.

Dos hombres descendieron.

Máscaras.

Ropa negra.

Uno vio a Clara.

—Tenemos a la chica.

Clara retrocedió.

Harrison estaba semiconsciente.

—Ven tranquila —dijo el hombre— y nadie sale lastimado.

Clara lo miró.

Por primera vez comprendió algo.

Durante toda su vida había pensado que sobrevivir significaba obedecer.

Aquella noche entendió que también podía significar pensar.

Observar.

Resistir.

El hombre avanzó.

Clara lanzó el cilindro vacío de oxígeno contra el botón de alarma.

El ruido se intensificó.

El mercenario se distrajo.

Clara agarró el extintor del compartimento y lo descargó hacia su rostro.

El hombre retrocedió.

—¡Maldita…!

El segundo avanzó.

Entonces algo golpeó las puertas desde afuera.

Una vez.

Dos.

Los mercenarios se congelaron.

Clara supo quién era.

Dominic.

La puerta se abrió mediante la liberación de emergencia.

El rey alfa apareció acompañado por cuatro guardias.

Sus ojos estaban dorados.

Su expresión…

Clara nunca había visto algo parecido.

—Apártense de ella.

Los mercenarios no discutieron.

Uno intentó moverse.

Los guardias lo redujeron.

El segundo levantó las manos.

Todo terminó en segundos.

Sin espectáculo.

Sin necesidad de más.

Dominic cruzó el elevador.

Clara todavía sostenía el extintor.

Él la miró de arriba abajo.

—¿Estás herida?

—No.

—¿Segura?

—Dominic.

Ella soltó el extintor.

—Estoy bien.

Él la abrazó.

Clara sintió que le temblaban los brazos.

No de rabia.

De miedo.

El rey alfa había tenido miedo.

Por ella.

Clara apoyó la frente contra su pecho.

—Volviste.

Dominic cerró los ojos.

—Siempre voy a volver.

Harrison se recuperó horas después.

Y los dos mercenarios comenzaron a hablar rápidamente cuando comprendieron las consecuencias legales de lo ocurrido.

Gregory Finch los había contratado.

Simón había ordenado el secuestro.

El ataque cambió todo.

El Consejo emitió una orden de detención.

Las cuentas de Pinefall fueron congeladas.

Gregory Finch desapareció.

Simón también.

Durante dos días nadie supo dónde estaba.

Hasta que Harrison recibió una llamada.

—Lo encontramos.

Dominic estaba desayunando con Clara.

Dejó la taza.

—¿Dónde?

—Pinefall.

Clara cerró los ojos.

Por supuesto.

Simón había regresado al único lugar donde todavía creía tener poder.

Dominic comenzó a levantarse.

Clara habló.

—Voy contigo.

Él la miró.

—Clara…

—No voy a entrar escondida.

—Puede ser peligroso.

—Lo sé.

—Entonces…

—Dominic.

Él guardó silencio.

Clara tomó aire.

—Pasé años huyendo de él incluso cuando vivía bajo el mismo techo.

Sus dedos dejaron de temblar.

—No quiero hacerlo más.

Dominic la observó durante varios segundos.

Luego asintió.

—Entonces vamos juntos.

No hubo guerra.

Eso fue lo primero que sorprendió a Clara.

Cuando el convoy llegó a Pinefall, decenas de miembros de la manada esperaban afuera.

No levantaron armas.

No atacaron.

No defendieron a Simón.

Una mujer mayor avanzó.

Clara la reconoció.

María Torres.

Cocinera de Pinefall desde hacía treinta años.

María miró a Clara.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pensamos que estabas muerta.

Clara tragó saliva.

—No.

María miró a Dominic.

Después a los vehículos del Consejo que llegaban detrás.

—Simón está dentro.

—¿Solo? —preguntó Harrison.

—Casi.

María bajó la voz.

—La gente está cansada.

Aquello dijo más que cualquier discurso.

Simón había gobernado mediante miedo.

Pero el miedo tenía un límite.

Dominic no entró como conquistador.

Entró acompañado por investigadores del Consejo.

Clara caminó a su lado.

Cuando atravesó la puerta, los recuerdos volvieron.

Aquella escalera.

Aquel pasillo.

La biblioteca.

Su habitación diminuta.

El estudio de Ricardo.

Simón estaba allí.

Sentado detrás del antiguo escritorio.

La misma posición que había ocupado el hombre cuya muerte había provocado todo.

—Mírate —dijo al verla.

Clara no respondió.

Simón sonrió.

—Te vistes diferente.

—Yo también me siento diferente.

—Eso desaparecerá cuando Valdés se canse de jugar al salvador.

Dominic dio un paso.

Clara levantó una mano.

Él se detuvo.

Simón notó el gesto.

Su sonrisa vaciló.

Clara caminó hacia el escritorio.

—¿Sabes qué fue lo peor?

Simón la observó.

—¿Qué?

—Que durante años pensé que tenías razón.

Silencio.

—Pensé que ser omega significaba aceptar lo que tú decidieras.

Simón se recostó.

—Tú no sabes nada de gobernar.

—Tal vez.

Clara miró alrededor.

—Pero sé reconocer a alguien que gobierna mediante miedo.

Simón apretó los dientes.

—Sin mí, Pinefall se derrumbará.

Una voz apareció desde la puerta.

—Eso lo decidirá Pinefall.

Todos giraron.

Elena Cruz entró acompañada por Harrison.

Y detrás de ellos venía alguien más.

Un hombre delgado.

Pálido.

Con gafas.

El doctor Álvaro Redd.

Simón se levantó de golpe.

—¿Qué haces aquí?

Álvaro bajó la mirada.

—Terminando esto.

—Cierra la boca.

—Ya no.

Simón comenzó a rodear el escritorio.

Los agentes del Consejo avanzaron.

Él se detuvo.

Álvaro sacó una memoria USB.

Clara miró el pequeño dispositivo.

—¿Qué es eso?

El médico tragó saliva.

—Ricardo era paranoico.

Simón perdió el color.

Álvaro continuó.

—Después de varias amenazas instaló cámaras en su despacho.

Clara dejó de respirar.

—¿Cámaras?

Álvaro asintió.

—Una estaba dentro del reloj de la biblioteca.

Simón habló.

—Mientes.

Álvaro lo miró.

—Encontré las grabaciones después de su muerte.

Sacó la memoria.

—Lo grabaron todo.

El silencio fue devastador.

Simón dejó de fingir.

Por primera vez Clara vio miedo real en sus ojos.

—Dámela.

Álvaro retrocedió.

Harrison tomó la memoria.

—Creo que no.

Un investigador conectó el dispositivo a una computadora.

El video apareció.

Ricardo sentado.

Simón entrando.

El vaso.

El frasco.

Las gotas.

Clara cerró los ojos.

No necesitaba mirar.

Ya lo había visto una vez.

Cuando volvió a abrirlos, Simón estaba derrotado.

No físicamente.

Algo más profundo.

Su mentira había dejado de existir.

El Consejo lo detuvo.

No hubo ejecución.

No hubo espectáculo.

No hubo venganza.

Solo esposas especiales.

Documentos.

Acusaciones.

Pruebas.

Consecuencias.

Mientras se lo llevaban, Simón miró a Clara.

—Tú hiciste esto.

Ella sostuvo su mirada.

—No.

Señaló la memoria.

—Tú lo hiciste.

Simón desapareció por el pasillo.

Clara permaneció inmóvil.

Dominic se acercó.

—Terminó.

Ella respiró.

—Sí.

Pero Elena Cruz no se movió.

Seguía mirando el escritorio.

—En realidad…

Dominic levantó una ceja.

—¿Qué?

Elena caminó hacia una pequeña caja fuerte detrás de un cuadro.

Harrison la observó.

—¿Cómo sabes que está ahí?

—Porque encontré el inventario patrimonial de Ricardo.

Clara frunció el ceño.

Elena introdujo un código.

La caja se abrió.

Dentro había varios sobres.

Uno tenía escrito un nombre.

CLARA HENKINS.

Clara sintió que el corazón daba un salto.

—¿Qué es eso?

Elena tomó el sobre.

—No lo sé.

Dominic se acercó.

—¿Está sellado?

—Sí.

Elena examinó el documento.

—Tiene certificación del Consejo.

Clara miró el nombre.

Su nombre.

Escrito por alguien que llevaba semanas muerto.

—Ábrelo —dijo.

Elena rompió el sello.

Sacó varias páginas.

Comenzó a leer.

Su expresión cambió.

Dominic lo notó.

—¿Qué dice?

Elena levantó la mirada hacia Clara.

—Necesito hacerte una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Conociste a tu padre?

Clara sintió un vacío en el estómago.

—No.

—¿Qué te dijo tu madre sobre él?

—Que murió antes de que yo naciera.

Elena volvió a mirar el documento.

—Clara…

Dominic dio un paso más cerca.

—Elena.

La abogada respiró.

—Este documento fue firmado por Ricardo Reyes hace diecinueve años.

Clara dejó de escuchar durante un segundo.

—¿Qué?

Elena le entregó la primera página.

Había un certificado.

Dos firmas.

Un registro médico.

Y una declaración manuscrita.

Clara leyó la primera línea.

Después la segunda.

Sus dedos comenzaron a temblar.

«Reconozco oficialmente a Clara Henkins como mi hija biológica…»

El papel casi cayó de sus manos.

—No.

Elena continuó.

—Ricardo era tu padre.

Dominic miró a Clara.

Ella había quedado completamente inmóvil.

De pronto muchas cosas adquirían otro significado.

Por qué Ricardo siempre había sido amable con ella.

Por qué le permitía usar la biblioteca.

Por qué Simón había comenzado a vigilarla inmediatamente después de tomar el control.

Por qué estaba dispuesto a arriesgar tanto para hacerla desaparecer.

Clara levantó lentamente la mirada.

—Simón sabía.

Álvaro cerró los ojos.

Aquello fue suficiente respuesta.

Clara se volvió hacia él.

—¿Sabía?

El médico asintió.

—Encontró parte de los documentos después de la muerte de Ricardo.

Dominic apretó la mandíbula.

Álvaro continuó.

—Por eso necesitaba sacarte de Pinefall.

Elena pasó a la siguiente página.

Y volvió a quedarse en silencio.

Harrison suspiró.

—¿Qué más?

Elena miró a Clara.

—Mucho más.

Clara sintió un extraño escalofrío.

—Dímelo.

—Según las leyes antiguas de Pinefall, el descendiente directo reconocido del alfa anterior posee derecho a presentar reclamación de liderazgo si el sucesor es destituido por traición.

Clara retrocedió.

—No.

Dominic la sostuvo suavemente del brazo.

—Respira.

Ella lo miró.

—Yo no quiero ser alfa.

—Entonces no lo serás.

Elena asintió.

—No es obligatorio.

Clara respiró aliviada.

Pero Elena todavía sostenía otra hoja.

—Sin embargo, Ricardo dejó algo más.

Clara cerró los ojos.

—Por supuesto.

Harrison murmuró:

—Este hombre realmente planeaba a largo plazo.

Elena casi sonrió.

Después volvió a ponerse seria.

—Ricardo creó un fideicomiso.

—¿Para qué?

—Para Pinefall.

Clara frunció el ceño.

—No entiendo.

—Las propiedades, las empresas y buena parte de los activos de la manada no pertenecían personalmente al alfa.

Elena levantó la hoja.

—Pertenecían a este fideicomiso.

Dominic comprendió antes que Clara.

—¿Quién es el administrador?

Elena miró directamente a Clara.

—Ella.

El silencio llenó el despacho.

Clara pestañeó.

—¿Yo?

—Cuando cumplieras veinticinco años.

Clara tenía veintiséis.

—Eso significa —continuó Elena— que Simón nunca tuvo control legal completo sobre Pinefall.

Harrison soltó una risa breve.

—Eso explica las empresas fantasma.

Elena asintió.

—Intentaba mover activos antes de que Clara descubriera sus derechos.

Clara miró alrededor.

Aquella enorme residencia.

Las tierras.

Las empresas.

Las familias que vivían allí.

Durante años había limpiado aquellos pisos pensando que ni siquiera tenía derecho a ocupar espacio.

Y ahora un documento le decía que Ricardo había confiado en ella para proteger todo aquello.

Dominic se inclinó ligeramente.

—¿Qué quieres hacer?

Clara lo miró.

La pregunta.

Otra vez aquella pregunta.

No qué debía hacer.

No qué esperaba la manada.

No qué quería Dominic.

¿Qué quería ella?

Clara caminó hacia la ventana.

Afuera, decenas de miembros de Pinefall esperaban.

Personas que también habían vivido bajo Simón.

Personas que no habían sabido la verdad.

Personas que ahora necesitaban algo diferente.

Clara respiró.

—No quiero gobernarlos.

Dominic asintió.

—Bien.

—Pero tampoco quiero abandonar todo esto y permitir que aparezca otro Simón.

Elena esperó.

Clara se volvió.

—Quiero usar el fideicomiso para reconstruir Pinefall.

Harrison sonrió.

—Eso suena bastante parecido a gobernar.

Clara negó.

—No.

Miró a Dominic.

—Suena a proteger.

Él sostuvo su mirada.

—Entonces creo que acabas de encontrar tu respuesta.

Durante los siguientes meses, Pinefall cambió.

No de inmediato.

No perfectamente.

Pero cambió.

Se convocaron elecciones internas.

Las antiguas reglas que permitían controlar a los omegas fueron revisadas.

El fideicomiso pagó asesoría legal independiente para cualquier miembro que quisiera abandonar la manada.

Los negocios ilegales asociados a Simón fueron cerrados.

Las deudas se reorganizaron.

María Torres dirigió un nuevo comité comunitario.

Harrison encontró razones suficientes para quejarse cada semana.

Elena encontró razones suficientes para cobrar honorarios extraordinarios.

Y Clara…

Clara aprendió a vivir.

Algo mucho más difícil que sobrevivir.

Al principio siguió despertándose por las noches.

A veces soñaba con la tormenta.

Con Simón.

Con la biblioteca.

En esas noches Dominic nunca entraba sin preguntar.

Llamaba suavemente.

—¿Puedo pasar?

Y Clara siempre sonreía ante aquello.

El rey alfa.

El hombre capaz de hacer callar un consejo entero.

Esperando permiso frente a su puerta.

—Sí.

Entonces él entraba.

Algunas noches hablaban.

Otras simplemente permanecían sentados juntos.

El vínculo crecía.

Pero no por obligación.

Por elección.

Una tarde de primavera, casi seis meses después de aquella gala, Clara estaba en el balcón de la Torre Valdés.

Portland brillaba bajo el sol.

Dominic apareció detrás de ella.

—Elena llamó.

—Eso nunca anuncia nada bueno.

—Dijo que las últimas propiedades de Pinefall ya están protegidas dentro del fideicomiso.

Clara sonrió.

—Bien.

Dominic se apoyó junto a ella.

—También dijo que el Consejo aprobó todas las reformas.

—Mejor.

Silencio.

Dominic sacó algo del bolsillo.

Clara lo vio.

Una pequeña caja.

Lo miró inmediatamente.

—Dominic.

Él levantó una mano.

—No es lo que piensas.

—Eso dicen todos los hombres justo antes de hacer exactamente lo que una piensa.

Dominic sonrió.

Abrió la caja.

Dentro no había anillo.

Había una llave.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué es?

—Una llave.

—Eso lo deduje.

Dominic señaló la ciudad.

—Compré una casa.

Ella lo miró.

—Tienes como catorce.

—Esta es diferente.

—¿Cómo?

—No es mía.

Clara parpadeó.

Dominic colocó la llave en su mano.

—Es nuestra, si tú quieres.

Clara dejó de respirar.

—¿Nuestra?

—No quiero que vivas aquí porque te rescaté.

Hizo una pausa.

—No quiero que permanezcas conmigo porque somos compañeros.

La miró.

—Quiero que tengamos un hogar porque ambos elegimos estar allí.

Los ojos de Clara se llenaron de lágrimas.

—Eres bastante bueno con los discursos cuando te esfuerzas.

—Practiqué.

—¿Cuánto?

—Harrison tuvo que escuchar cuatro versiones.

Clara comenzó a reír.

—Pobre Harrison.

Dominic sonrió.

—Entonces…

Ella cerró la mano sobre la llave.

—Sí.

Él arqueó una ceja.

—¿Sí qué?

Clara se acercó.

—Sí quiero ir a casa contigo.

Dominic la abrazó.

La primera vez que había pronunciado aquellas palabras, ella estaba inconsciente en sus brazos.

Descalza.

Herida.

Convencida de que no tenía futuro.

Ahora era diferente.

Clara rodeó su cuello.

Lo besó.

No porque fuera su rey.

No porque el vínculo se lo ordenara.

Sino porque lo había elegido.

Y Dominic la eligió también.

Parecía el final perfecto.

Pero las historias que cambian una vida rara vez terminan exactamente donde uno espera.

Tres semanas después, Clara recibió un paquete.

Sin remitente.

Aquello habría sido alarmante meses atrás.

Ahora toda correspondencia pasaba primero por seguridad.

Harrison mismo llevó el sobre a la casa nueva.

—Está limpio.

Clara lo tomó.

Dominic estaba preparando café en la cocina.

—¿Quién lo envió?

—No sabemos.

Clara abrió el sobre.

Dentro había una fotografía antigua.

Ricardo Reyes.

Mucho más joven.

A su lado estaba la madre de Clara.

Ambos sonreían.

Clara sintió un nudo en la garganta.

Debajo había otra fotografía.

Tres hombres frente a una cabaña.

Ricardo.

Un desconocido.

Y Gregory Finch.

Clara se congeló.

Dominic dejó la taza.

—¿Qué pasa?

Clara le mostró la foto.

Harrison frunció el ceño.

—Finch conocía a Ricardo.

—Eso parece —murmuró Dominic.

Clara sacó el último objeto del sobre.

Una carta.

Solo tenía una línea.

«Simón no mató a Ricardo para convertirse en alfa. Lo mató para impedir que Ricardo revelara quién controlaba realmente Pinefall.»

Clara sintió frío.

Dominic tomó la carta.

En la parte inferior había una dirección.

Y una fecha.

La noche siguiente.

Harrison leyó por encima de su hombro.

—Esto podría ser una trampa.

Dominic asintió.

Clara volvió a mirar la fotografía.

Ricardo.

Finch.

El desconocido.

Entonces reparó en algo.

Una pequeña insignia en el saco del tercer hombre.

La había visto antes.

En documentos del Consejo.

En reuniones privadas.

En sellos oficiales.

Clara levantó lentamente la mirada hacia Dominic.

—Conozco ese símbolo.

Él también lo había reconocido.

Y por primera vez desde que Clara lo conocía, vio verdadera preocupación en el rostro del rey alfa.

Porque aquel símbolo pertenecía a alguien con más influencia política que Simón.

Alguien que había estado presente en la audiencia.

Alguien que había votado a favor de investigar la muerte de Ricardo.

Alguien que había fingido estar del lado de Clara desde el principio.

Harrison respiró lentamente.

—Si esta fotografía es auténtica…

Dominic terminó la frase.

—Entonces Simón Miller nunca fue la cabeza de esta conspiración.

Clara miró nuevamente la dirección escrita al final de la carta.

Después cerró la mano alrededor de la fotografía.

Seis meses atrás habría querido correr.

Esta vez no.

—¿Cuándo salimos?

Dominic la miró.

—Clara…

Ella levantó una ceja.

—No empieces.

Dominic soltó una pequeña sonrisa.

La misma que había aprendido a usar únicamente con ella.

—A las ocho.

Harrison suspiró.

—Voy a necesitar más café.

Clara caminó hacia la ventana.

Afuera comenzaba a llover.

Exactamente igual que aquella noche en que había atravesado desesperada las puertas del Hotel Halcyon.

Solo que ahora ya no era una fugitiva.

Ya no era la omega que todos consideraban invisible.

Era la hija perdida de Ricardo Reyes.

La guardiana legal de Pinefall.

La compañera elegida del rey alfa.

Y tal vez…

La única persona capaz de descubrir una conspiración que llevaba años escondida dentro del Consejo.

Dominic apareció detrás de ella.

Clara sintió su presencia.

—¿Tienes miedo? —preguntó él.

Ella observó las gotas de lluvia deslizarse por el cristal.

—Sí.

Dominic tomó su mano.

Clara entrelazó los dedos con los suyos.

Después sonrió.

—Pero ya aprendí que tener miedo no significa retroceder.

Dominic acercó su frente a la de ella.

—Entonces mañana descubriremos quién empezó todo esto.

Clara volvió a mirar la fotografía.

Y justo antes de guardarla vio un detalle que ninguno de los tres había notado.

En el reverso había algo escrito con tinta casi borrada.

Una frase.

Cinco palabras.

Clara la leyó una vez.

Luego otra.

Su rostro perdió todo el color.

Dominic lo notó.

—¿Qué dice?

Clara levantó los ojos.

Y apenas pudo pronunciarlo.

—Dice…

Su voz tembló.

—«Dominic Valdés nunca debe saberlo».

Dominic quedó inmóvil.

Harrison dejó lentamente su taza sobre la mesa.

La lluvia golpeó los cristales.

Y por primera vez desde que Simón había sido detenido, Clara comprendió algo aterrador.

Tal vez aquella historia nunca había comenzado con ella.

Tal vez había comenzado muchos años antes…

con el hombre que ahora sostenía su mano.

Y la verdad que encontrarían al día siguiente podía cambiar no solo Pinefall.

Podía destruir la historia entera del rey alfa.

¡FIN!

Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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