**Ella se negó a convertirse en su Luna ante trescientos lobos; el Rey Alfa pidió una sola noche para demostrar que no era su enemigo**

Ella se negó a convertirse en su Luna ante trescientos lobos; el Rey Alfa pidió una sola noche para demostrar que no era su enemigo
Rechazar a un Alfa era peligroso.
Rechazar al Rey Alfa podía destruir una familia entera.
Pero Ara Reyes ya había pasado demasiados años dejando que otros decidieran qué debía sentir, a quién debía amar y cuánto dolor estaba obligada a soportar en nombre de la familia, la tradición o el destino.
Así que cuando Gideon Cross se detuvo frente a ella, mientras trescientos lobos de las manadas más poderosas de Norteamérica observaban en absoluto silencio, Ara levantó la barbilla.
Su corazón golpeaba tan fuerte contra las costillas que creyó que todos podían escucharlo.
Las manos le temblaban.
Su loba interior rugía una sola palabra.
Mío.
Mío.
Mío.
Y aun así, Ara dijo:
—No.
Durante un segundo nadie respiró.
Ni siquiera Gideon.
La enorme sala de baile pareció congelarse.
Ara vio cómo los ojos gris tormenta del hombre más temido del continente se oscurecían lentamente.
A su derecha, su padre palideció.
A la izquierda, su exnovio dejó caer la copa que sostenía.
Y detrás de Gideon, Valerie Montgomery, la mujer a quien todos daban por futura Luna del rey, apretó los labios hasta convertirlos en una línea blanca.
Ara esperaba un rugido.
Una orden.
Tal vez una sentencia.
Pero Gideon Cross hizo algo mucho peor.
Sonrió.
No fue una sonrisa amable.
Fue pequeña, lenta y peligrosamente tranquila.
—Entonces dame una noche —dijo.
Ara frunció el ceño.
—¿Qué?
—Una sola noche para hacerte cambiar de opinión.
Y así comenzó la noche que iba a sacudir todas las manadas.
Horas antes, Ara había pensado que lo peor que podía pasarle en aquella cumbre era encontrarse con Liam y Chloe.
Qué equivocada estaba.
La finca Rainier se levantaba entre enormes pinos oscuros a las afueras de Seattle, una mansión de piedra y cristal que para los humanos figuraba como propiedad privada de una empresa de inversiones.
Para los lobos era mucho más.
Una vez al año, los líderes de las principales manadas se reunían allí para renovar pactos, negociar territorios, resolver conflictos y recordar, con sonrisas educadas, quién tenía poder y quién debía inclinar la cabeza.
Ara odiaba ese lugar.
Odiaba las joyas.
Odiaba las conversaciones susurradas.
Odiaba las miradas que analizaban el apellido de una persona antes de decidir cuánto respeto merecía.
Ella tenía veintiséis años y trabajaba como enfermera de trauma en el Arbor View Medical Center. Estaba acostumbrada a tomar decisiones en segundos, contener hemorragias, tranquilizar familias aterradas y permanecer de pie después de turnos interminables.
En el hospital nadie le preguntaba si su madre había sido humana.
Nadie se interesaba por la posición política de su padre.
Nadie medía el valor de su sangre.
Una vida importaba porque era una vida.
Punto.
Entre lobos, las cosas eran diferentes.
Especialmente aquella noche.
Ara llevaba un vestido verde esmeralda que su padre había comprado para ella porque, según sus propias palabras, necesitaban “dar una buena impresión”.
Ella habría preferido unos pantalones médicos, tenis y una taza enorme de café.
Sin embargo, estaba junto a una escultura de hielo, sosteniendo un vaso de agua mineral que no pensaba beber y fingiendo no escuchar los susurros a su alrededor.
—Es ella.
—¿La ex de Liam?
—Sí.
—Qué vergüenza.
—Dicen que encontró a los dos juntos.
Ara apretó la copa con tanta fuerza que los dedos comenzaron a dolerle.
Tres semanas.
Solo habían pasado tres semanas desde la noche que había destrozado la versión de su vida que hasta entonces consideraba segura.
Había terminado un turno de doce horas antes de lo previsto.
Compró comida tailandesa.
Subió los cuatro pisos hasta su apartamento porque el elevador estaba descompuesto.
Abrió la puerta.
Y encontró los zapatos de Chloe junto al sofá.
Ara todavía recordaba aquel detalle.
No las voces.
No el dormitorio.
Los zapatos.
Unos tacones color crema que ella misma había ayudado a su prima a elegir dos meses antes.
Su cuerpo había entendido la traición antes que su mente.
Dejó caer la bolsa con comida.
Caminó por el pasillo.
Abrió la puerta de su dormitorio.
Y allí estaban Liam y Chloe.
Liam, el hombre con quien había compartido cuatro años.
Chloe, su prima.
La mujer que había llorado sobre su hombro después de cada ruptura, que conocía sus secretos, que había celebrado sus cumpleaños.
Durante unos segundos, nadie habló.
Luego Chloe cubrió su cuerpo con la sábana.
Liam ni siquiera tuvo la decencia de parecer verdaderamente avergonzado.
—Ara, puedo explicarlo.
Ella había soltado una pequeña risa vacía.
—Siempre dicen eso.
—Somos compañeros destinados.
Aquellas tres palabras habían sido peores que la infidelidad.
Porque Liam las pronunció como si fueran una absolución.
Como si el destino hubiera entrado al apartamento, hubiera cerrado la puerta y hubiera tomado todas las decisiones por él.
—Lo descubrimos hace dos semanas —añadió Chloe, llorando.
Dos semanas.
Eso significaba que habían tenido catorce días para hablar con ella.
Catorce días para detenerse.
Catorce días para no acostarse juntos en su cama.
—No pudimos evitarlo —dijo Liam.
Ara nunca olvidaría esa frase.
No pudimos evitarlo.
Desde niña le habían contado historias sobre el lazo entre compañeros.
Un vínculo sagrado.
Una conexión que trascendía la voluntad.
Una bendición de la diosa.
Aquella noche entendió cómo una bendición también podía convertirse en excusa.
Liam empacó sus cosas.
Chloe le pidió perdón.
Y en menos de setenta y dos horas, las familias de ambos comenzaron a organizar la ceremonia de reconocimiento del vínculo.
Ara recibió llamadas diciéndole que debía ser madura.
Que no podía luchar contra el destino.
Que debía perdonarlos.
Su propia tía le dijo:
—No conviertas esto en algo personal.
Ara había colgado sin responder.
¿Cómo podía una traición ocurrida en su propia cama no ser personal?
Por eso no quería asistir a la cumbre.
Su padre prácticamente le rogó.
Mateo Reyes era beta de Pine Creek, una manada pequeña, respetada pero políticamente irrelevante.
—Solo ven un par de horas —le pidió—. Si no apareces, pensarán que nuestra familia está avergonzada.
Ara soltó una risa amarga.
—Papá, nuestra familia está avergonzada.
—No de ti.
—Entonces deja de actuar como si tuviera que demostrarlo.
Mateo guardó silencio.
Finalmente dijo:
—Tienes razón.
Aquello la sorprendió.
Después añadió:
—Pero necesito a mi hija conmigo esta noche.
Por eso había ido.
No por Liam.
No por Chloe.
No por las manadas.
Por su padre.
Y durante la primera hora creyó que podría soportarlo.
Hasta que Chloe entró del brazo de Liam.
Su prima llevaba un vestido plateado.
Liam usaba el reloj que Ara le había regalado por su aniversario.
Eso fue lo que más dolió.
No el brazo alrededor de Chloe.
El reloj.
Ara apartó la mirada.
—Ara.
La voz de Liam llegó detrás de ella.
Ella cerró los ojos un instante.
Luego se giró.
—Hola.
Chloe intentó sonreír.
—Te ves hermosa.
—Gracias.
Silencio.
Liam se aclaró la garganta.
—No sabía si vendrías.
—Yo tampoco.
—Quería hablar contigo.
—No.
—Ara…
—Dije que no.
Su tono fue tan firme que Chloe bajó la mirada.
Liam suspiró.
—No puedes odiarnos para siempre.
Ara lo miró durante varios segundos.
—Eso es lo más curioso, Liam.
—¿Qué?
—No los odio.
Él pareció aliviado.
Ella continuó:
—Para odiarlos tendría que seguir importándome lo suficiente.
La expresión de Liam cambió.
Chloe tragó saliva.
Ara levantó su vaso.
—Disfruten la noche.
Y se marchó.
Pero apenas había dado seis pasos cuando ocurrió.
El ambiente entero cambió.
El cuarteto de cuerdas situado junto a las ventanas perdió el ritmo durante una fracción de segundo.
Los hombres dejaron de hablar.
Varias mujeres se enderezaron.
Un aroma profundo, salvaje, imposible de confundir recorrió el salón.
Pino.
Tierra húmeda.
Tormenta.
Poder.
El Rey Alfa había llegado.
Las puertas dobles se abrieron.
Gideon Cross apareció acompañado por Donovan, capitán de su guardia personal, y tres miembros del Consejo.
Ara lo había visto en fotografías.
Todo el mundo lo había visto.
Pero ninguna imagen hacía justicia a su presencia.
Tenía treinta y dos años.
Alto.
Cabello negro.
Rostro severo.
Un traje oscuro perfectamente hecho a la medida.
No llevaba corona.
No la necesitaba.
Cuando Gideon avanzó, decenas de alfas inclinaron automáticamente la cabeza.
Ara bajó ligeramente la suya por protocolo.
Entonces sintió el aroma.
Más fuerte.
Muchísimo más fuerte.
Su loba despertó dentro de ella como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Ara jadeó.
No.
Aquello no podía estar ocurriendo.
Su piel ardió.
Su respiración se volvió irregular.
El vaso tembló entre sus dedos.
Mío.
La palabra apareció en su mente.
Ara retrocedió.
Al otro lado del salón, Gideon se detuvo.
Fue tan repentino que Donovan casi chocó contra él.
El rey levantó lentamente la cabeza.
Buscó.
Encontró.
Sus ojos chocaron con los de Ara.
La sala desapareció.
No realmente.
Pero Ara dejó de escucharla.
No oyó la música.
No oyó las conversaciones.
No oyó su propia respiración.
Solo sintió aquel hilo invisible que tiraba desde algún lugar detrás de sus costillas.
Gideon dio un paso.
Después otro.
Los invitados comenzaron a apartarse.
Una línea se abrió entre ambos.
Ara deseó correr.
Sus piernas no respondieron.
El Rey Alfa caminaba directamente hacia ella.
Su padre la miraba como si acabara de ver un fantasma.
Liam se había quedado completamente inmóvil.
Chloe tenía una mano sobre la boca.
Valerie fue la única que no parecía sorprendida.
Parecía furiosa.
Gideon se detuvo frente a Ara.
Durante un momento simplemente la observó.
Ella podía escuchar el latido del corazón de él.
Lento.
Poderoso.
Después Gideon levantó una mano.
Ara tensó los hombros.
Él se detuvo antes de tocarla.
La pregunta silenciosa la desconcertó.
Después de unos segundos, Ara no retrocedió.
Solo entonces sus nudillos rozaron suavemente su mandíbula.
El contacto atravesó su cuerpo como electricidad.
Gideon cerró los ojos.
Y susurró:
—Compañera.
Un murmullo explotó por toda la sala.
Luego abrió los ojos.
—Mi Luna.
Ara sintió que algo dentro de ella se rompía.
No porque las palabras fueran desagradables.
Por el contrario.
Su loba quería acercarse.
Quería reconocerlo.
Quería dejar de pensar.
Y precisamente eso la aterrorizó.
Miró alrededor.
Trescientas personas.
Trescientas expectativas.
En sus rostros ya podía ver el futuro que habían decidido para ella.
Corona.
Palacio.
Ceremonias.
Hijos.
Consejo.
Deber.
Obediencia.
Y nadie le había preguntado qué quería.
Ni siquiera Gideon.
La rabia llegó primero.
Después el miedo.
Ara dio un paso atrás.
El contacto desapareció.
El dolor fue inmediato.
Una presión intensa atravesó su pecho.
Gideon endureció la mandíbula.
—¿Qué haces?
Ara levantó la barbilla.
—No.
La palabra cayó en la sala.
Alguien dejó caer una copa.
Donovan giró ligeramente la cabeza.
Mateo murmuró:
—Ara…
Ella no miró a su padre.
Gideon permaneció quieto.
—¿No?
—No voy a ser tu Luna.
Valerie dejó escapar una respiración.
Casi parecía complacida.
Gideon observó a Ara durante varios segundos.
—Explícate.
Su voz seguía tranquila.
Eso resultaba más inquietante que un grito.
Ara sintió las miradas clavándose en su espalda.
—No soy un premio que acabas de ganar.
—Nunca dije que lo fueras.
—Me llamaste “mi Luna” treinta segundos después de conocerme.
Algo parecido a diversión cruzó el rostro de Gideon.
—Punto para ti.
Aquella respuesta la desarmó.
Ella esperaba arrogancia.
No humor.
Ara cruzó los brazos.
—El vínculo no significa que tengas derecho sobre mí.
—De acuerdo.
Ahora sí varios miembros del Consejo levantaron la cabeza.
Un Alfa mayor murmuró algo.
Gideon lo ignoró.
Ara parpadeó.
—¿De acuerdo?
—No tengo derecho sobre ti.
—Entonces acepta mi rechazo.
La diversión desapareció.
Los ojos del rey se endurecieron.
—Eso no.
Ara sintió que volvía la rabia.
—Ahí está.
—¿Qué cosa?
—El tirano.
Donovan contuvo el aire.
El padre de Ara cerró los ojos como un hombre que acababa de escuchar su sentencia.
Gideon, en cambio, inclinó ligeramente la cabeza.
—Me llamas tirano sin conocerme.
—Conozco tu reputación.
—También conocías la de Liam.
El golpe fue preciso.
Ara se puso rígida.
Gideon había olido la tristeza en ella.
Quizá había escuchado los rumores.
Ella respondió con voz helada:
—No vuelvas a mencionarlo.
—Entonces no uses el daño que te hizo otro hombre para condenarme antes de que pueda decir veinte palabras.
Ara abrió la boca.
No salió nada.
Gideon dio un paso atrás.
Suficiente para quitar presión al vínculo.
—No aceptaré tu rechazo esta noche.
Ara soltó una risa incrédula.
—Qué generoso.
—Pero tampoco te obligaré.
Ahora la sala estaba tan silenciosa que podía escucharse la lluvia golpear los ventanales.
Gideon extendió la mano.
—Dame una noche.
—No.
—Ara.
Fue la primera vez que dijo su nombre.
Ella odió cuánto le afectó.
—Una noche —repitió él—. Sin Consejo. Sin ceremonias. Sin corona. Sin decisiones.
—¿Y qué se supone que haremos?
—Hablar.
—¿El Rey Alfa sabe conversar?
Gideon sonrió.
—Hay rumores.
Ara casi sonrió también.
Casi.
Entonces recordó dónde estaba.
—¿Y mañana?
—Al amanecer, me das tu respuesta.
—Ya te la di.
—Dame una respuesta basada en quién soy, no en lo que hizo Liam.
Ara apretó la mandíbula.
Gideon continuó:
—Si mañana sigues queriendo romper el vínculo, yo mismo reconoceré públicamente tu rechazo.
El salón entero reaccionó.
Un miembro del Consejo se levantó.
—Majestad, eso es imposible.
Gideon ni siquiera lo miró.
—No te pregunté.
El hombre volvió a sentarse.
Ara estudió el rostro del rey.
—¿Y después?
—Después regresarás a tu hospital.
—¿No me perseguirás?
—No.
—¿No castigarás a mi manada?
Mateo palideció aún más.
Gideon miró brevemente al padre de Ara.
—Jamás castigaría a inocentes por una decisión tuya.
Luego volvió a mirarla.
—Tienes mi palabra.
Ara sabía lo que significaba la palabra del rey.
Entre lobos era prácticamente un contrato de sangre.
Si la rompía, su autoridad quedaría destruida.
—Una noche —dijo ella finalmente.
Gideon extendió la mano.
—Una noche.
Ara miró su palma.
No la tomó.
—No te emociones.
Por primera vez, Gideon soltó una carcajada.
Baja.
Grave.
Inesperadamente humana.
Y eso preocupó a Ara mucho más que cualquier rugido.
Veinte minutos después viajaban hacia Mercer Island en una camioneta blindada.
Donovan conducía.
Un cristal insonorizado lo separaba de ellos.
Ara permanecía pegada a la puerta.
Gideon estaba al otro extremo del asiento.
La distancia entre ambos no era suficiente.
Su aroma llenaba el vehículo.
Ara bajó ligeramente la ventana.
Entró aire frío.
—Gracias —murmuró Gideon.
—¿Por qué?
—Pensé que ibas a desmayarte antes de admitir que mi aroma te afecta.
Ara giró hacia él.
—No me halaga.
—No intentaba halagarte.
—Entonces deja de verme como si estuvieras analizando cada respiración.
—Soy Alfa.
—Yo soy enfermera. También analizo respiraciones. No convierto eso en algo incómodo.
—Mientes.
—¿Perdón?
—Los haces sentir incómodos cuando es necesario.
Ara quiso discutir.
No pudo.
—¿A dónde vamos?
—A mi casa.
Ella giró bruscamente.
Gideon levantó ambas manos.
—Habitaciones separadas.
—Más te vale.
—Ara, puedo escuchar cómo cruje tu mandíbula cada vez que te enojas.
—Excelente. Así sabrás cuándo dejar de hablar.
Otra vez aquella sonrisa.
Ara comenzó a comprender algo alarmante.
El Rey Alfa disfrutaba que lo contradijeran.
—¿Valerie vive allí? —preguntó.
La sonrisa desapareció.
—No.
—Parece creer que vive contigo, gobierna contigo y probablemente respira por ti.
—Valerie cree muchas cosas.
—Todos dicen que iban a casarse.
—El Consejo quería que ocurriera.
—¿Y tú?
Gideon miró por la ventana.
—No.
—¿Por qué nunca lo dijiste públicamente?
—Porque mientras discutían sobre Valerie dejaban de ofrecerme a sus hijas.
Ara no pudo evitarlo.
Se rió.
Una risa breve.
Gideon se giró hacia ella.
—Ahí está.
Ara dejó de sonreír.
—¿Qué?
—Tu verdadera cara.
—¿Qué significa eso?
—Desde que te vi has estado preparada para una guerra.
—Tal vez porque tu mundo siempre parece una.
La respuesta borró la expresión relajada de él.
Ara continuó:
—Liam dijo exactamente lo mismo que todos dicen del vínculo. Que era inevitable. Que no podía elegir.
Gideon la miró.
Ella observó sus manos.
—Cuatro años, Gideon.
La voz se le quebró apenas.
Lo odió.
—Cuatro años creyendo que iba a formar una vida con él. Después aparecía un vínculo y de repente yo tenía que sonreír, hacerme a un lado y decir que la diosa sabía mejor que yo.
Gideon permaneció callado.
—¿Y ahora quieres que haga exactamente lo mismo contigo?
—No.
Ara levantó la mirada.
—Quiero que me elijas —dijo él—. Si después decides hacerlo.
Aquellas palabras le cortaron el aire.
Gideon sostuvo su mirada.
—El vínculo puede señalarme dónde estás. Puede hacer que mi loba reconozca a la tuya. Puede volver insoportable estar lejos de ti. Pero no puede construir confianza por nosotros.
Ara tragó saliva.
—Eso suena demasiado razonable para alguien conocido como el Carnicero del Norte.
—Ese apodo me lo puso un hombre que intentó vender a cuarenta niños.
—¿Lo mataste?
—Sí.
No hubo orgullo.
No hubo culpa.
Solo verdad.
Ara apartó la vista.
—Ese es el problema.
—¿Cuál?
—No sé quién eres.
—Por eso pedí una noche.
La casa de Mercer Island no era lo que Ara esperaba.
Imaginaba mármol negro.
Guardias.
Retratos.
Armas.
En cambio encontró una residencia moderna rodeada de árboles, con enormes ventanales abiertos hacia el agua.
Había una chimenea.
Libros.
Un piano.
Fotografías.
Eso la sorprendió.
Ara se acercó a una de ellas.
Gideon aparecía adolescente junto a una mujer de cabello oscuro.
La mujer abrazaba a un niño pequeño.
—¿Tu madre?
—Sí.
—¿Y el niño?
Gideon tardó demasiado en responder.
—Mi hermano.
Ara percibió el cambio inmediato.
—¿Dónde están?
—Muertos.
Ella se quedó quieta.
—Lo siento.
Gideon dejó el saco sobre una silla.
—Ocurrió hace catorce años.
—El tiempo no vuelve irrelevante una pérdida.
Él la miró de una manera extraña.
—Eso sonó a enfermera.
—Suena a persona.
Gideon caminó hacia la cocina.
—¿Café?
—Negro.
—Por supuesto.
Ara arqueó una ceja.
—¿Qué significa eso?
—Que no pareces mujer de azúcar.
—¿Ya decidiste cómo soy?
—Estoy recopilando información.
—Peligroso.
—Mucho.
Gideon preparó dos cafés.
Cuando le entregó la taza, sus dedos se rozaron.
La reacción fue inmediata.
Ara retiró la mano.
Parte del café cayó sobre el plato.
Su loba prácticamente gimió.
Gideon respiró profundamente y dio un paso atrás.
Ese gesto no pasó desapercibido.
Tenía el poder para acercarse.
Eligió alejarse.
—Gracias —dijo Ara.
—¿Por el café?
—Por retroceder.
Gideon la miró fijamente.
—Nunca quiero que me agradezcas por respetar un límite.
Algo incómodo se formó en la garganta de Ara.
Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrió el mensaje.
Y sintió que se le helaba la sangre.
“MIRA A QUIÉN ESTÁS CONSIDERANDO COMO COMPAÑERO.”
Debajo aparecían fotografías.
Un complejo destruido.
Humo.
Nieve manchada.
Hombres caídos.
Y Gideon.
Mucho más joven.
Cubierto de sangre.
Ara deslizó el dedo.
Otra fotografía.
Otra.
En una, Gideon sostenía un arma.
En otra estaba frente a varios cuerpos.
El último mensaje decía:
“PREGÚNTALE POR RED CREEK.”
Gideon escuchó el cambio en su respiración.
—¿Qué ocurre?
Ara levantó la mirada.
Él vio la pantalla.
La temperatura de la habitación pareció bajar.
—¿Qué hiciste? —preguntó ella.
Gideon dejó la taza.
—¿Quién te envió eso?
—Respóndeme.
—Ara…
—¿Qué pasó en Red Creek?
Silencio.
—Dime que las fotografías son falsas.
Gideon no dijo nada.
Ara sintió náuseas.
—Dímelo.
—No son falsas.
Ella dejó el teléfono sobre la mesa como si quemara.
—Dios mío.
—Escúchame.
—¿Mataste a esas personas?
—Sí.
Ara retrocedió.
La silla chocó contra sus piernas.
—Y quieres que crea que no eres un monstruo.
—No quiero que creas nada sin conocer el resto.
—Siempre hay “un resto”, ¿verdad?
Su voz se elevó.
—Liam también tenía explicaciones.
Los ojos de Gideon destellaron.
—No me compares con él.
—Entonces explícame qué estoy mirando.
Gideon permaneció quieto.
Luego dijo:
—Red Creek no era una manada normal.
Ara guardó silencio.
—Su Alfa dirigía una red de explotación de omegas vulnerables. Tomaban jóvenes de manadas pequeñas, falsificaban documentos y los movían a través de la frontera.
Ara sintió que el estómago se le cerraba.
—Eso no aparece en los registros.
—Porque los registros públicos fueron sellados.
—Conveniente.
Gideon cruzó la habitación.
No hacia ella.
Hacia un cajón.
Sacó una pequeña llave.
Abrió un gabinete.
Colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.
—Lee.
Ara no se movió.
—¿Qué es?
—Informes médicos. Fotografías de rescates. Declaraciones.
Ella abrió lentamente la carpeta.
La primera página describía catorce menores encontrados en un sótano.
La segunda tenía fotografías de habitaciones.
Camas.
Cadenas en paredes.
Ara sintió que se le revolvía el estómago.
Pasó otra página.
Una declaración.
Otra.
—El Consejo sabía —dijo Gideon—. Durante seis meses.
Ara levantó la cabeza.
—¿Y no hizo nada?
—Red Creek tenía aliados.
—¿Entonces tú fuiste?
—Sí.
—¿Sin autorización?
—Sí.
—¿Mataste al Alfa?
—Sí.
—¿A sus hombres?
—A quienes atacaron.
Ara cerró la carpeta.
—¿Y los niños?
El rostro de Gideon cambió.
—Los sacamos.
—¿Todos?
—Todos los que encontramos vivos.
Ara tragó saliva.
—¿Por qué nadie sabe esto?
—Porque si los supervivientes quedaban identificados, varias familias poderosas habrían intentado silenciarlos.
Gideon señaló las fotografías en el teléfono.
—Quien te envió eso eligió cuidadosamente lo que quería que vieras.
Ara volvió a mirar la pantalla.
Tenía razón.
Sangre.
Violencia.
Gideon.
Nada sobre los rescatados.
Nada sobre el sótano.
Nada sobre las investigaciones.
—¿Quién tiene estas fotografías? —preguntó.
—El Consejo.
Ara levantó lentamente la mirada.
—Valerie.
—Probablemente.
—¿Por qué?
—Porque quiere que tengas miedo.
Ara dejó escapar una risa amarga.
—Está funcionando.
Gideon asintió.
—Bien.
Ella frunció el ceño.
—¿Bien?
—El miedo puede mantenerte viva.
—No necesitas sonar tan orgulloso de ser aterrador.
—No lo estoy.
Y de pronto, por primera vez, Ara vio cansancio en él.
Gideon apoyó las manos sobre la mesa.
—Crees que disfruto esto.
—¿No?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Disfruto que mi gente esté viva. Disfruto cuando una manada pequeña puede dormir sin pensar que otra más grande va a tomar su territorio. Disfruto cuando una madre recupera a su hijo.
La mandíbula se le tensó.
—Lo demás simplemente es el precio.
Ara observó las cicatrices que asomaban bajo sus mangas.
—Dejas que todos piensen lo peor de ti.
—El miedo ahorra guerras.
—También crea enemigos.
—Sí.
—¿Y soledad?
Aquella pregunta lo hizo quedarse inmóvil.
Ara casi se arrepintió.
Gideon miró el fuego.
—También.
Silencio.
—¿Por qué yo? —preguntó Ara.
Gideon volvió a mirarla.
—No elegí el vínculo.
—No me refiero al vínculo.
Ara se acercó un poco.
—Pudiste ignorar mi rechazo. Nadie en esa sala habría intentado detenerte.
El rostro de Gideon se volvió frío.
—Yo sí.
—¿Qué?
—Yo me habría detenido.
Ara lo observó.
—Mi padre gobernaba de otra manera —explicó Gideon—. Creía que ser Alfa significaba obtener obediencia.
Señaló la fotografía de su familia.
—Mi madre nunca pudo elegir nada.
Ara bajó lentamente los ojos.
—¿Él la lastimaba?
Gideon no respondió directamente.
No hacía falta.
—Cuando yo tenía dieciocho años, mi hermano intentó defenderla durante una discusión. Mi padre perdió el control.
Gideon cerró los ojos durante un instante.
—Para cuando llegué, era demasiado tarde.
Ara sintió un escalofrío.
—¿Tu padre…?
—Mi hermano murió esa noche.
La voz de Gideon era casi inexpresiva.
Precisamente por eso dolía.
—Mi madre murió meses después. No físicamente al principio. Pero algo dentro de ella nunca regresó.
Ara no sabía qué decir.
—Juraste no ser como él.
Gideon levantó los ojos.
—Todos los días.
La lluvia golpeaba los cristales.
Ara sintió que el monstruo de las historias desaparecía poco a poco.
No porque Gideon fuera inocente.
No lo era.
Había hecho cosas terribles.
Pero comenzaba a entender que el mundo podía ser más complicado que las fotografías elegidas por un enemigo.
—No sé si puedo vivir en tu mundo —dijo.
—No te pediré que abandones el tuyo.
—Soy enfermera.
—Lo sé.
—Trabajo turnos de doce horas.
—Lo sé.
—No voy a convertirme en una muñeca de gala.
Gideon frunció el ceño.
—¿Eso existe?
Ara sonrió.
—Sabes perfectamente qué quiero decir.
—Puedes seguir trabajando.
Ella dejó de sonreír.
—¿De verdad?
—Ara, si salvar vidas es parte de quien eres, pedirte que abandones el hospital sería pedirte que dejaras de ser tú.
Sus ojos ardieron inesperadamente.
Ara miró hacia otro lado.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decir cosas sensatas. Complicas mi rechazo.
Él soltó una risa.
Y entonces el vidrio explotó.
Gideon reaccionó antes de que Ara comprendiera lo ocurrido.
La empujó al suelo.
Un segundo después, una ráfaga de proyectiles atravesó el ventanal.
Ara cubrió la cabeza.
El estruendo llenó la casa.
—¡Abajo! —rugió Gideon.
Tres figuras entraron por el ventanal roto.
Ropa táctica.
Rostros cubiertos.
Gideon cambió.
Literalmente.
Ara había visto transformaciones cientos de veces.
Nunca una así.
Un instante era hombre.
Al siguiente, un enorme lobo negro se lanzó contra el primer atacante.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Gritos.
Muebles cayendo.
Cristal.
Ara se arrastró detrás de la isla de la cocina.
Su entrenamiento médico peleaba contra el pánico.
Evalúa.
Respira.
Busca salidas.
Escucha.
Uno de los atacantes cayó.
Otro retrocedió.
El tercero levantó su arma.
Ara vio el destello.
Escuchó el disparo.
Gideon se estremeció.
Su enorme cuerpo chocó contra la mesa.
Ara sintió que el corazón se le detenía.
—¡Gideon!
El atacante volvió a apuntar.
Ara no pensó.
Agarró el primer objeto pesado que encontró: una sartén de hierro.
Corrió.
La lanzó contra el brazo del hombre.
El arma cayó al piso.
Donovan habría hecho algo elegante.
Ara no.
Ella pateó el arma bajo un mueble y se arrojó sobre el atacante cuando intentó recuperarla.
El hombre la empujó.
Ara chocó contra el sofá.
Gideon volvió a incorporarse.
El resto terminó en segundos.
Cuando el silencio regresó, Ara solo escuchaba su propia respiración.
Gideon recuperó su forma humana y cayó de rodillas.
Tenía una mano sobre el costado.
Entre sus dedos apareció sangre oscura.
Ara corrió hacia él.
—Déjame ver.
—Plata.
—¿Qué?
—La bala.
Ara sintió terror.
La plata alteraba la capacidad de curación de los lobos.
—Siéntate.
—Ara…
—Soy enfermera. Si vuelves a discutir conmigo durante una emergencia, voy a golpearte yo misma.
Incluso herido, Gideon sonrió.
—Sí, Luna.
—No me llames así.
—Sí, enfermera.
Ara arrancó una manta del sofá y la colocó sobre él.
—¿Botiquín?
—Cocina. Gabinete inferior.
Encontró un maletín de trauma extraordinariamente equipado.
—¿Por qué tienes esto?
—Donovan.
—Voy a aumentarle el sueldo.
—Ya gana demasiado.
Ara regresó.
Examinó la herida.
—La bala sigue dentro.
—Sácala.
—Eso intento.
Sus manos dejaron de temblar en cuanto comenzaron a trabajar.
Era lo que sabía hacer.
Controló el sangrado.
Limpió.
Buscó.
Gideon apretó los dientes.
—Esto va a doler.
—He tenido cenas del Consejo peores.
Ara lo miró.
—Si haces otro chiste te dejo la bala.
Él cerró la boca.
Ara introdujo las pinzas.
Gideon soltó un gruñido.
—Quieto.
—Estoy quieto.
—Tu definición de quieto es pésima.
Más profundo.
Metal.
—La tengo.
Extrajo el proyectil.
La bala cayó dentro de una bandeja con un sonido pequeño.
Gideon tomó aire.
La herida comenzó a cambiar.
El tejido recuperó lentamente color.
Ara se dejó caer sobre los talones.
—Funcionó.
Gideon abrió los ojos.
—Nunca dudé.
—Yo sí.
—Mentirosa.
Ara soltó una risa nerviosa.
Solo entonces notó la sangre sobre sus manos.
La camisa de Gideon estaba destruida.
Su vestido también.
Alrededor había vidrios y muebles rotos.
—Recibiste el disparo porque me estabas cubriendo.
Gideon guardó silencio.
—Podías haberte apartado.
—Sí.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque te habría alcanzado a ti.
Ara sintió que la respiración se le atoraba.
—Eso no es una respuesta.
—Para mí sí.
Se miraron.
El vínculo vibró entre ellos.
Esta vez Ara no sintió una cadena.
Sintió una pregunta.
Gideon levantó lentamente la mano.
Se detuvo a centímetros de su rostro.
Esperó.
Ara vio el gesto.
Y tomó una decisión.
Se inclinó hacia adelante.
La palma de Gideon tocó su mejilla.
Nada explotó.
Nadie perdió su voluntad.
No hubo magia obligándola.
Solo calor.
—No huiste —murmuró él.
Ara sonrió cansada.
—Mi turno todavía no había terminado.
Gideon apoyó la frente contra la suya.
—Ara.
—¿Qué?
—Creo que estoy perdiendo nuestra apuesta.
Ella abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque llevo horas intentando convencerte de quedarte y ahora soy yo quien no sabe cómo dejarte marchar si dices que no.
Aquella vulnerabilidad fue el golpe final.
No la fuerza.
No el poder.
No el título.
Eso.
Ara cerró los ojos.
—Todavía faltan horas para el amanecer.
—Sí.
—Entonces no te adelantes.
—Jamás.
Ella abrió los ojos.
—Eso también es mentira.
Gideon sonrió.
Después ambos miraron a los atacantes.
Ara volvió a ponerse seria.
—¿Quién sabía que estábamos aquí?
—Muy poca gente.
—Valerie.
—Es una posibilidad.
Ara levantó la bala de plata con unas pinzas.
La observó.
—¿Qué?
Gideon conocía ya aquella expresión.
—Estás pensando.
—Esta bala no es normal.
—Es plata.
—No me refiero a eso.
La giró bajo la luz.
—Parece una aleación preparada.
—¿Y?
Ara levantó la mirada.
—Y los metales cuentan historias.
Una hora después Donovan llegó con un equipo.
Encontró al Rey Alfa sentado sin camisa mientras Ara guardaba la bala dentro de un recipiente estéril.
Donovan miró el ventanal.
Los muebles.
A Gideon.
A Ara.
—Me ausento noventa minutos.
—No empieces —gruñó Gideon.
Donovan señaló a Ara.
—Ella sobrevivió.
—Sí.
—¿Lo salvó?
—Sí.
Donovan asintió.
—Me cae bien.
Ara sonrió.
—Tú también.
Gideon frunció el ceño.
—No hagan equipo.
—Demasiado tarde —contestaron ambos al mismo tiempo.
Fue la primera vez que Ara vio al Rey Alfa poner cara de verdadero fastidio.
Y le encantó.
Mientras el equipo aseguraba la propiedad, Donovan recuperó un teléfono de uno de los atacantes.
—El registro está casi borrado —dijo—. Pero hay una llamada a un servidor en territorio oriental.
Gideon endureció la expresión.
—Los Montgomery.
Ara caminó hacia ellos.
—Eso no basta.
—¿Para qué?
—Para acusar a Valerie.
Gideon la miró.
—Tres mercenarios entraron en mi casa.
—Y un servidor apunta al territorio de su familia. Si la acusas únicamente con eso, el Consejo dirá que estás aprovechando el ataque para eliminar una alianza rival.
Donovan sonrió ligeramente.
Gideon lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Habla.
—Ya discute como reina.
Ara levantó un dedo.
—Ni una palabra.
Donovan volvió a ponerse serio.
Gideon observó la bala.
—Tienes una idea.
—Tal vez.
Ara pidió un teléfono.
Marcó un número.
El doctor David Kane respondió después de varios tonos.
—¿Quién se está muriendo?
Ara miró a Gideon.
—Técnicamente, ya no.
—Ara, son las cinco y media de la mañana.
—Necesito el laboratorio.
—No.
—David.
—No.
—Te cubro cuatro turnos nocturnos.
Silencio.
—Seis.
—Cinco.
—Trato.
Gideon levantó las cejas.
Ara continuó:
—Necesito espectrometría y análisis isotópico de una muestra metálica.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Salvar a un paciente.
—Eso dices siempre antes de complicarme la vida.
—Nos vemos en veinte minutos.
Colgó.
Gideon la observó.
—¿Siempre consigues lo que quieres?
—No.
—Parecía que sí.
—Tú todavía estás aquí, ¿verdad?
Él soltó una risa.
Treinta minutos después, Ara entró al laboratorio por una puerta lateral.
Gideon se quedó afuera con Donovan.
No porque ella se lo pidiera.
Porque comprendía que presentar al Rey Alfa a un científico humano a las seis de la mañana iba a generar demasiadas preguntas.
David analizó el metal.
Primero murmuró.
Después dejó de bromear.
Finalmente imprimió varias hojas.
—¿De dónde sacaste esto?
—No preguntes.
—Ara.
—David.
Él suspiró.
—La plata tiene una firma extraña. Plomo, zinc y trazas de arsénico en proporciones muy particulares.
—¿Origen?
David revisó la pantalla.
—Probablemente Idaho.
Ara sintió un golpe de adrenalina.
—Más específico.
—Dame un segundo.
Tecleó.
Comparó.
Finalmente giró el monitor.
—Mina Galena Ridge.
Ara conocía ese nombre.
Todo el mundo político lo conocía.
La familia Montgomery poseía el sesenta y ocho por ciento.
—¿Estás seguro?
—Dentro del margen técnico, sí.
Ara sonrió.
—David, te adoro.
—Recuerda esos cinco turnos.
—Acabas de arruinar el momento.
Cuando salió, Gideon estaba junto al vehículo.
—¿Y?
Ara levantó la carpeta.
—Tenemos nuestra prueba.
Gideon la miró durante unos segundos.
—Nuestra.
Ara se quedó quieta.
No había notado la palabra.
Nuestra.
Podía corregirse.
No lo hizo.
—No sonrías.
—No estoy sonriendo.
—Tus ojos están sonriendo.
—Eso no existe.
—En ti sí.
Regresaron al hotel cuando el cielo comenzaba a aclararse.
Antes de bajar del vehículo, Gideon la detuvo.
—Ara.
Ella lo miró.
—Está amaneciendo.
El corazón volvió a golpearle las costillas.
Había llegado la hora.
—Lo sé.
—Prometí aceptar tu respuesta.
Ara respiró lentamente.
Miró al hombre sentado frente a ella.
Pensó en el salón.
En su miedo.
En Liam.
En las fotografías.
En la bala.
En Gideon esperando antes de tocarla.
En Gideon respetando cada límite.
En Gideon protegiéndola aunque nadie lo obligaba.
—No quiero ser tu Luna.
La expresión de Gideon se vació.
Ara continuó antes de perder el valor.
—No si eso significa convertirme en una figura decorativa.
Él permaneció en silencio.
—No abandonaré mi carrera.
—Entiendo.
—No obedeceré al Consejo solo porque soy mujer.
—Jamás te lo pediría.
—Y si volvemos a discutir sobre algo importante, no usarás el vínculo ni tu autoridad para obligarme.
—De acuerdo.
Ara respiró.
—Entonces quizá podría ser tu compañera.
Los ojos de Gideon se iluminaron.
—Ara…
—Dije quizá.
—Escuché.
—Y si después descubrimos que esto no funciona…
—Hablaremos.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Ara soltó el aire.
—Qué decepcionantemente maduro.
Gideon sonrió.
—Puedo gruñir si ayuda.
—No.
—¿Un poco?
Ella se echó a reír.
Gideon dejó de sonreír poco a poco.
—¿Puedo besarte?
Ara se quedó inmóvil.
Aquella pregunta terminó de romper algo dentro de ella.
No una defensa.
Una creencia.
Durante tres semanas pensó que un vínculo significaba perder elección.
Gideon le estaba demostrando que incluso sintiendo una fuerza capaz de volver loco a un lobo, todavía podía preguntar.
Todavía podía esperar.
Todavía podía escuchar un no.
Ara se acercó.
—Sí.
El beso no fue violento.
No fue una conquista.
Fue sorprendentemente cuidadoso.
Primero apenas un roce.
Una pregunta más.
Ara apoyó una mano en su pecho.
El corazón de Gideon golpeaba tan rápido como el suyo.
Eso la hizo sonreír contra sus labios.
Él se apartó.
—¿De qué te ríes?
—El todopoderoso Rey Alfa está nervioso.
—No repitas eso.
—Se lo diré a Donovan.
—Te expulsaré del reino.
—Pensé que ya era reina.
Gideon se quedó callado.
Ara comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
—No digas nada.
—No iba a hacerlo.
—Mentiroso.
Él volvió a besarla.
Esta vez ella no retrocedió.
A las nueve de la mañana, cincuenta líderes de manada estaban reunidos en el salón privado del hotel.
Valerie ocupaba un asiento cerca de su padre.
Vestía blanco.
Su expresión era impecable.
Cuando se abrieron las puertas esperaba ver entrar a Donovan con malas noticias.
En cambio entró Gideon.
Valerie palideció.
Después entró Ara.
Y todo el salón quedó en silencio.
No llevaba el vestido verde.
Gideon había conseguido ropa limpia.
Pantalón negro.
Blusa azul oscura.
Cabello recogido.
Sin corona.
Sin joyas espectaculares.
Pero algo había cambiado.
Su postura.
Sus ojos.
La manera en que caminaba.
Liam estaba al fondo.
Cuando la vio, se puso de pie.
—Ara…
Ella ni siquiera lo miró.
Gideon llegó a la cabecera.
Todos esperaban que tomara su asiento.
No lo hizo.
Apartó la silla.
Miró a Ara.
—Por favor.
Valerie apretó las manos.
Ara se sentó.
Un murmullo recorrió la mesa.
Reginald Montgomery, padre de Valerie, se levantó.
—¿Qué significa esto?
Ara colocó la carpeta sobre la mesa.
—Significa que alguien intentó asesinar al Rey Alfa hace unas horas.
Las conversaciones cesaron.
Valerie dejó escapar un jadeo perfectamente calculado.
—¡Gideon!
Él no reaccionó.
Ara continuó:
—Tres atacantes entraron en su residencia privada.
Reginald frunció el ceño.
—¿Quiénes?
—Estamos averiguándolo.
Valerie se llevó una mano al pecho.
—Gracias a la diosa estás bien.
Ara la observó.
—Qué preocupación tan conmovedora.
Valerie giró hacia ella.
—¿Disculpa?
Ara sacó la bolsa de evidencia.
La bala quedó visible.
—Uno de los atacantes disparó esto.
La habitación permaneció inmóvil.
—Plata modificada —continuó Ara—. Diseñada para retrasar la curación de un Alfa.
Valerie tragó saliva.
—Terrible.
—Mucho.
Ara abrió otra carpeta.
—Especialmente porque es muy fácil descubrir de dónde salió.
Por primera vez, el rostro de Valerie perdió color.
Reginald miró a su hija.
Ara continuó con absoluta calma.
—La composición isotópica del metal coincide con la plata de Galena Ridge.
Silencio.
Un Alfa anciano levantó lentamente la cabeza.
—La mina Montgomery.
—Exactamente.
Valerie se puso de pie.
—Esto es absurdo.
—Todavía no termino.
Ara mostró el registro del teléfono.
—El dispositivo recuperado de uno de los atacantes contactó un servidor situado dentro del territorio de la Coalición Oriental.
—Miles de personas viven allí.
—Correcto.
Ara sonrió.
—Por eso pedí algo adicional.
Donovan entró.
Dejó un pequeño dispositivo sobre la mesa.
Valerie lo miró.
Y su expresión se derrumbó.
—Encontramos esto dentro del vehículo utilizado por los atacantes —dijo Ara.
Era un rastreador.
—Número de serie registrado a una empresa de seguridad privada.
Reginald comenzó a comprender.
—¿Cuál?
Ara sostuvo la mirada de Valerie.
—Montgomery Strategic Holdings.
—¡No!
Valerie se levantó.
La silla cayó hacia atrás.
—¡Mi padre tiene veinte empresas! ¡Cualquiera pudo robar equipo!
—Tienes razón.
Ara abrió la última hoja.
—Así que revisamos quién autorizó la salida del vehículo.
Valerie dejó de respirar.
Ara leyó:
—V. Montgomery.
Reginald giró lentamente hacia su hija.
—Valerie.
—Papá…
—¿Qué hiciste?
Ella negó con la cabeza.
—No entiendes.
—Explícamelo.
—¡Él me lo prometió!
Todos miraron a Gideon.
Él permanecía detrás de Ara.
Frío.
Inmóvil.
—Yo jamás te prometí nada —dijo.
Valerie soltó una risa desesperada.
—¡Durante años todos dijeron que sería yo!
—Yo no.
—¡El Consejo lo decidió!
—Mi vida no pertenece al Consejo.
Ara sintió algo extraño.
Gideon estaba usando exactamente la misma lógica que ella.
Valerie la señaló.
—¡Y entonces aparece ella! ¡Una mestiza de una manada insignificante!
Mateo Reyes se levantó.
—Cuidado.
Ara alzó una mano.
Su padre volvió a sentarse.
Ella no necesitaba que nadie hablara por ella.
Valerie continuó:
—¡No entiende este mundo! ¡No tiene educación política! ¡Trabaja en un hospital humano!
Ara sonrió.
—Y aun así descubrí tu plan antes del desayuno.
Alguien contuvo una risa.
Valerie perdió completamente el control.
Sus ojos se volvieron ámbar.
—Tú me quitaste todo.
Ara se puso de pie.
—No.
Su voz no fue fuerte.
Pero cada persona la escuchó.
—Ese es el problema contigo, Valerie. Creíste que Gideon era algo que podía pertenecerte.
Valerie tembló.
—El poder era tuyo en tu cabeza. El título era tuyo. La corona era tuya.
Ara dio un paso.
—Y cuando la realidad no obedeció tu fantasía, intentaste eliminar a quien considerabas un obstáculo.
Valerie cambió.
Su loba apareció casi instantáneamente.
Se lanzó sobre la mesa.
Gideon reaccionó.
Donovan también.
Pero Ara fue más rápida.
No físicamente.
Instintivamente.
Algo profundo dentro de ella despertó.
El vínculo.
No como una cadena.
Como una corriente.
Ara sintió el poder de Gideon junto al suyo.
Extendió una mano.
—¡Basta!
La palabra golpeó la habitación.
Valerie cayó contra la mesa.
No herida.
Sometida.
Sus patas temblaron.
No pudo avanzar.
El silencio fue absoluto.
Ara respiraba con fuerza.
Miró sus propias manos.
Gideon también parecía sorprendido.
Un miembro anciano del Consejo susurró:
—Autoridad de Luna.
Ara levantó la mirada.
Todos habían bajado la cabeza.
Incluso Alfas veteranos.
Todos excepto Gideon.
Él la miraba como si acabara de aparecer el sol.
—Donovan —dijo Ara.
El capitán dio un paso.
—Majestad.
La palabra la sobresaltó.
—Detengan a Valerie. Nadie la lastima. Será interrogada y tendrá derecho a responder ante el Consejo.
Gideon sonrió.
Ara lo miró.
—¿Algo gracioso?
—Nada.
—Estás sonriendo.
—Me gusta tu manera de gobernar.
—No estoy gobernando.
Gideon miró alrededor.
Cincuenta líderes seguían inclinados.
—Claro que no.
Ara quería patearlo.
Donovan y dos guardias retiraron a Valerie.
Reginald permaneció sentado.
Parecía haber envejecido diez años en minutos.
—Yo no sabía nada —murmuró.
Ara lo miró.
—Eso deberá demostrarse.
Él asintió lentamente.
Gideon caminó hasta la cabecera.
—La sesión terminó.
Nadie protestó.
Ara salió primero.
En el pasillo, su padre la alcanzó.
—Hija.
Ella se giró.
Mateo tenía los ojos húmedos.
—¿Estás bien?
Ara pensó en todo lo ocurrido.
—Creo que sí.
Él miró a Gideon a distancia.
—¿Entonces…?
—No preguntes.
—Soy tu padre.
—Precisamente.
Mateo sonrió.
Después su rostro se puso serio.
—Estoy orgulloso de ti.
Ara lo miró.
—No porque seas su Luna —aclaró—. Porque cuando todos esperaban que obedecieras, exigiste elegir.
Los ojos de Ara ardieron.
Abrazó a su padre.
Cuando se separaron, Liam estaba al final del pasillo.
Ara suspiró.
—Claro.
Mateo siguió su mirada.
—Puedo echarlo.
—No.
Ara caminó hacia Liam.
Él parecía distinto.
Más pequeño.
No físicamente.
Solo… menos importante.
—Ara.
—Liam.
—Necesito hablar contigo.
—Tienes treinta segundos.
Su rostro se tensó.
—¿Estás con él?
Ara levantó una ceja.
—Eso no te importa.
—Solo me preocupa que estés tomando una decisión impulsiva.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Tú me vas a hablar de decisiones impulsivas?
—Sé que cometí errores.
—No. Sabes que hubo consecuencias.
Liam bajó la voz.
—El vínculo con Chloe…
—No.
Él se detuvo.
—No vuelvas a usarlo como excusa frente a mí.
—Pero tú ahora entiendes.
Ara lo miró durante un largo momento.
—Precisamente porque lo entiendo sé que estabas mintiendo.
Liam palideció.
—¿Qué?
—El vínculo es poderoso. Sí. Te llama. Te afecta.
Ara dio un paso hacia él.
—Pero no te obliga a mentir durante dos semanas.
Liam no respondió.
—No te obliga a entrar en mi apartamento a escondidas.
Silencio.
—No te obliga a usar mi cama.
Él bajó los ojos.
—Tú elegiste.
Ara sintió una paz extraña.
—Y yo también.
Pasó junto a él.
Liam la llamó.
—¿Ara?
Ella miró por encima del hombro.
—Lo siento.
Ara lo estudió.
Quizá era sincero.
Quizá no.
Ya no importaba.
—Espero que algún día entiendas por qué.
Y se marchó.
Gideon esperaba junto al elevador.
—Escuchaste todo.
—Tengo oído sobrenatural.
—Conveniente.
Entraron.
Las puertas se cerraron.
Por primera vez en muchas horas estaban solos.
Gideon la observó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
Ara apoyó la espalda contra la pared.
—Estoy cansada.
—Eso sí lo creo.
—Y tengo turno mañana.
Gideon parpadeó.
—No.
Ara giró lentamente la cabeza.
—¿Perdón?
—Acabas de sobrevivir a un ataque.
—Estoy bien.
—Dormiste veinte minutos.
—He trabajado con menos.
—Ara.
—Gideon.
Se miraron.
Él suspiró.
—Entiendo.
—¿Así de fácil?
—Estoy practicando.
Ara sonrió.
—Muy bien.
El elevador llegó al piso superior.
Antes de salir, Gideon preguntó:
—¿Dónde quieres dormir esta noche?
Ara arqueó una ceja.
—Mi apartamento.
Él hizo una mueca.
—Tiene seguridad.
—Tiene una cerradura.
—Eso no cuenta.
—Ha funcionado tres años.
—Tres mercenarios atravesaron vidrio blindado hace cuatro horas.
—Eso fue en tu casa.
Gideon abrió la boca.
La cerró.
Ara sonrió.
—Punto para mí.
—Te conseguiré seguridad discreta.
—No quiero guardias dentro del edificio.
—Fuera.
—Uno.
—Cuatro.
—Uno.
—Tres.
—Uno.
—Dos.
Ara lo pensó.
—Dos.
Gideon extendió la mano.
Ella la estrechó.
—Trato.
La puerta del elevador se abrió.
Donovan estaba esperando.
—Majestad.
—¿Qué?
Su expresión hizo que ambos dejaran de bromear.
Donovan sostenía una tableta.
—Encontramos algo en el teléfono de Valerie.
Gideon frunció el ceño.
—¿Más contactos?
—Sí.
—¿Su padre?
—No.
Donovan miró a Ara.
Y por primera vez desde que lo conocía, ella vio algo parecido a duda en sus ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Donovan le entregó la tableta.
Había una conversación encriptada.
Casi todos los mensajes estaban destruidos.
Solo quedaban fragmentos.
“EL REY NO PUEDE RECONOCERLA.”
“SI EL VÍNCULO DESPIERTA, DESCUBRIRÁ LA VERDAD.”
“ELIMÍNALA ANTES DEL AMANECER.”
Ara sintió frío.
—¿Quién envió esto?
—No sabemos todavía.
Gideon tomó la tableta.
—¿Dirección?
—Servidor fantasma.
Ara deslizó la pantalla.
Había un archivo adjunto.
Una fotografía.
Al abrirla, su corazón se detuvo.
—No…
Gideon la miró.
—¿Qué?
Ara amplió la imagen.
Era antigua.
Probablemente de hacía más de veinte años.
Tres personas aparecían frente a una casa.
Una era el padre de Gideon.
Mucho más joven.
Otra era un hombre que Ara no reconoció.
La tercera era una mujer.
Cabello oscuro.
Ojos verdes.
Una pequeña cicatriz junto a la ceja.
Ara conocía ese rostro.
Había visto aquella cara en las pocas fotografías que su padre conservaba en una caja cerrada.
La mujer que, según había escuchado toda su vida, murió cuando ella tenía dos años.
Su madre.
Ara dejó caer la tableta sobre la mesa.
—Eso es imposible.
Gideon palideció.
—¿Quién es?
Ara apenas consiguió hablar.
—Mi mamá.
Donovan y Gideon se miraron.
Ara volvió a levantar la tableta con manos temblorosas.
Debajo de la fotografía había una sola línea.
Un mensaje enviado a Valerie cuarenta y ocho horas antes.
“LA HIJA DE ELENA REYES JAMÁS DEBE SENTARSE EN EL TRONO.”
Ara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Mi madre murió.
Nadie respondió.
—Mi padre dijo que murió.
Gideon se acercó lentamente.
—Ara…
Ella levantó la mano.
—No.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Toda la noche.
Liam.
El vínculo.
Valerie.
El ataque.
La bala.
La fotografía.
Todo se mezclaba.
Ara volvió a mirar la imagen.
Entonces descubrió un detalle.
Alrededor del cuello de Elena Reyes había un colgante.
Una media luna atravesada por una espada.
Gideon dejó de respirar.
Ara lo escuchó.
—¿Qué pasa?
Él miraba el colgante.
—Conozco ese símbolo.
—¿Qué significa?
Gideon no respondió inmediatamente.
Donovan bajó la cabeza.
Ara sintió miedo.
—Gideon.
El Rey Alfa levantó los ojos.
Todo rastro de humor había desaparecido.
—Ese símbolo pertenecía a la antigua línea real.
Ara frunció el ceño.
—¿Qué línea real?
—La que gobernaba antes de mi familia.
Silencio.
—Eso no tiene sentido.
Gideon tomó la tableta.
Amplió el colgante.
—La dinastía Valen desapareció hace treinta años. Oficialmente no quedaron herederos.
Ara dio un paso atrás.
—¿Qué estás diciendo?
—No lo sé todavía.
—Sí lo sabes.
Gideon levantó la mirada hacia ella.
—Estoy diciendo que quizá Valerie nunca intentó matarte porque fueras mi compañera.
Ara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Entonces ¿por qué?
La respuesta llegó desde el pasillo.
—Porque si alguien descubre quién eres realmente, Gideon dejará de ser el único con derecho al trono.
Los tres se giraron.
Mateo Reyes estaba de pie a pocos metros.
Había perdido todo el color del rostro.
Ara lo miró.
—Papá.
Mateo cerró los ojos.
—Lo siento.
Aquellas dos palabras hicieron más daño que cualquier explicación.
—¿Qué hiciste?
—Ara…
—¿Mi madre está muerta?
Su padre no respondió.
—¡¿Mi madre está muerta?!
Gideon dio un paso, pero Ara levantó una mano.
No quería ayuda.
No todavía.
Mateo respiró profundamente.
—No lo sé.
Ara quedó inmóvil.
—¿Qué significa que no lo sabes?
—La última vez que vi a Elena estabas a punto de cumplir tres años.
—Me dijiste que murió en un accidente.
—Te mentí.
La voz de Mateo se quebró.
Ara sintió que el corazón le dolía físicamente.
Otra mentira.
Otra persona que había decidido por ella.
—¿Por qué?
—Porque me hizo prometer que te protegería.
—¿De quién?
Mateo miró a Gideon.
Luego a Donovan.
Finalmente volvió a mirar a su hija.
—Del Consejo.
El pasillo quedó completamente silencioso.
—Tu madre no era humana, Ara.
Ara sintió que todo se inclinaba.
—¿Qué?
—No completamente.
Mateo apretó los puños.
—Su madre era humana. Su padre no.
—¿Quién era?
Mateo tragó saliva.
—Lucian Valen.
Donovan murmuró una maldición.
Gideon se quedó inmóvil.
Ara no entendía.
—¿Quién?
Gideon respondió.
—El último Rey Alfa antes de mi abuelo.
Ara lo miró.
—Entonces…
No pudo terminar.
Mateo sí.
—Tú eres su nieta.
Ara sintió que las piernas le fallaban.
Gideon la sostuvo antes de que cayera.
Esta vez ella no lo apartó.
—Por eso tu autoridad despertó tan rápido —murmuró Donovan—. No viene únicamente del vínculo.
Ara miró a Gideon.
—¿Sabías esto?
—No.
—¿Seguro?
Dolor cruzó su rostro.
—Te lo juro.
Ara creyó en él.
Y eso también la asustó.
Mateo continuó:
—Elena vivió escondida porque varias familias participaron en la caída de los Valen. Si descubrían que existía una descendiente…
—Me habrían matado.
Su padre bajó la mirada.
—Sí.
Ara cerró los ojos.
Todo encajaba.
Su madre.
El secreto.
El desprecio de ciertas familias.
Valerie.
Los mensajes.
Pero quedaba una pregunta.
—¿Dónde está ella?
Mateo negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Por qué se fue?
—Porque alguien nos encontró.
Ara abrió los ojos.
—¿Quién?
Mateo se quedó callado demasiado tiempo.
Gideon cambió de expresión.
—Mateo.
El beta respiró profundamente.
—El padre de Gideon.
Gideon quedó inmóvil.
Ara se apartó de él.
No porque creyera que fuera culpable.
Porque necesitaba espacio para entender.
Mateo siguió hablando.
—El rey Alexander Cross descubrió quién era Elena. No quería matarla. Quería utilizarla.
—¿Para qué?
—Legitimidad.
Gideon apretó los puños.
Mateo miró a Ara.
—Los Cross tenían poder militar, pero los Valen tenían una línea de sangre que muchas manadas todavía consideraban legítima. Alexander quiso obligar a Elena a unir ambas casas.
Ara sintió náuseas.
—¿Casándose con él?
—No.
Mateo miró directamente a Gideon.
Y aquello hizo que Ara comprendiera antes de escuchar las palabras.
—Con Gideon.
El Rey Alfa retrocedió.
—Eso es imposible. Yo tenía…
—Dieciocho.
La voz de Mateo fue baja.
—Tu padre planeaba anunciar un compromiso.
Gideon negó con la cabeza.
—Nunca me dijo nada.
—Porque Elena escapó antes.
Ara no podía respirar.
—Entonces mi madre…
—Desapareció.
—¿Y nunca la buscaste?
El dolor en el rostro de su padre fue inmediato.
—Durante años.
—No suficiente.
—Ara…
—¡No suficiente!
Su voz resonó por el pasillo.
Varias puertas se abrieron a distancia.
Donovan hizo una señal y los guardias las cerraron.
Ara miró a Mateo.
—Me dejaste creer que estaba muerta.
—Era la única manera de que dejaras de preguntar.
—¡Era mi madre!
—¡Y eras una niña!
Mateo también elevó la voz.
Después cerró los ojos.
—Perdón.
Ara sintió las lágrimas.
Se negó a dejarlas caer.
—No vuelvas a decirme que mentiste para protegerme.
Su voz temblaba.
—Todos parecen usar esa frase cuando en realidad quieren decir que no confiaron en mí lo suficiente para dejarme conocer mi propia vida.
Mateo bajó la cabeza.
No intentó defenderse.
Eso fue lo único que evitó que Ara se marchara inmediatamente.
Donovan miró la tableta.
—Hay algo más.
Todos se giraron.
—El archivo tiene coordenadas.
Gideon tomó el dispositivo.
—¿Dónde?
Donovan escribió.
Un mapa apareció.
Washington.
Más al norte.
Una zona montañosa cerca de la frontera canadiense.
Ara sintió el pulso en la garganta.
—¿Qué hay allí?
Donovan amplió la imagen satelital.
Bosque.
Un camino.
Una estructura aislada.
—Una propiedad abandonada registrada a nombre de una empresa que dejó de existir hace diecinueve años.
—¿Nombre? —preguntó Gideon.
Donovan lo leyó.
—Valen Heritage Trust.
Ara dejó escapar el aire.
Gideon la miró.
—Podría ser una trampa.
—Probablemente lo es.
—No podemos ir sin preparación.
Ara levantó los ojos.
—Voy.
—Ara.
—No me digas que no.
—No iba a hacerlo.
Ella frunció el ceño.
Gideon se acercó.
—Iba a decir que voy contigo.
Ara sostuvo su mirada.
Por primera vez desde el comienzo de aquella noche comprendió que su vida acababa de dividirse en dos.
Antes de la cumbre.
Y después.
Había llegado creyendo que su mayor herida era haber sido traicionada por un hombre que no supo elegirla.
Ahora descubría que su familia llevaba más de veinte años escondiéndole la verdad de su propia sangre.
Valerie no era el enemigo final.
Tal vez nunca lo había sido.
Era solo una pieza.
Alguien más conocía a Elena.
Alguien había tenido acceso a secretos enterrados durante décadas.
Y ese alguien sabía exactamente qué ocurriría si Ara despertaba su poder al lado de Gideon Cross.
Donovan recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro cambió.
—Tenemos un problema.
Gideon endureció la voz.
—Habla.
—Valerie desapareció.
Ara lo miró.
—¿Cómo?
—El convoy que la llevaba a las instalaciones del Consejo fue interceptado.
—¿Muertos? —preguntó Gideon.
—No. Los guardias están vivos. Los dejaron inconscientes.
Ara sintió un frío profundo.
—Entonces no querían eliminar testigos.
—No —dijo Donovan—. Querían recuperarla.
Su teléfono vibró nuevamente.
Leyó el mensaje.
Y levantó lentamente la vista.
—Encontraron algo dentro del vehículo.
—¿Qué?
Donovan mostró la fotografía.
En el asiento donde Valerie había estado sentada había un sobre negro.
En él, escrito con tinta plateada, aparecía un solo nombre.
ARA.
—Tráiganlo —ordenó Gideon.
Veinte minutos después, Ara abrió el sobre usando guantes.
Dentro había una fotografía reciente.
No antigua.
Reciente.
Una mujer caminaba por una calle desconocida.
Cabello oscuro con mechones grises.
Abrigo largo.
Perfil elegante.
La pequeña cicatriz junto a la ceja.
Ara dejó de respirar.
Era ella.
Elena Reyes.
Su madre.
Viva.
Detrás de la fotografía había una frase.
“SI QUIERES VOLVER A VERLA, VEN SIN EL REY.”
Ara apretó la imagen.
Gideon leyó por encima de su hombro.
—No irás sola.
Ara levantó la mirada.
—Dice…
—Sé lo que dice.
—Podrían matarla.
—Y podrían matarte a ti.
—Es mi madre.
—Y tú eres mi compañera.
Ara endureció la expresión.
Gideon corrigió inmediatamente:
—Eres Ara.
Eso la detuvo.
Él respiró.
—Y tú decidirás qué hacer.
Ara observó otra vez la fotografía.
Por primera vez vio un detalle detrás de Elena.
Un escaparate.
En el vidrio se reflejaba la persona que había tomado la imagen.
Ara amplió la fotografía con el teléfono.
Una silueta.
Un hombre.
Traje oscuro.
Cabello canoso.
Un anillo.
Gideon tomó aire bruscamente.
—¿Qué?
Él acercó la imagen.
El anillo tenía el emblema del Consejo.
—Conozco esa mano.
Ara sintió cómo su loba despertaba.
—¿De quién es?
Gideon levantó lentamente los ojos.
—Del hombre que presidió el juicio cuando mi padre murió.
Donovan palideció.
—No puede ser.
—¿Quién? —preguntó Ara.
Gideon pronunció el nombre.
—Consejero Marcus Vane.
Mateo apoyó una mano en la pared.
—Marcus murió hace ocho años.
Gideon seguía mirando la fotografía.
—Eso creíamos.
Ara sintió que el misterio se volvía todavía más oscuro.
Un hombre oficialmente muerto.
Una madre oficialmente muerta.
Una línea real desaparecida.
Una traidora liberada.
Y alguien había esperado toda la vida de Ara para revelar la verdad precisamente la noche en que conoció a Gideon.
No era coincidencia.
Nunca lo había sido.
Ara guardó la fotografía dentro del sobre.
Luego miró al Rey Alfa.
—Anoche me pediste una noche para cambiar mi opinión.
—Sí.
—Lo lograste.
Gideon permaneció en silencio.
Ara continuó:
—Pero ahora tengo una condición.
—Dime.
—No quiero un rey que me proteja escondiéndome la verdad.
—De acuerdo.
—No quiero una corona que me obligue a obedecer.
—De acuerdo.
—Y si descubrimos que tu Consejo tuvo algo que ver con mi madre…
Sus ojos destellaron en ámbar.
—No vas a detenerme.
Gideon la observó durante un largo segundo.
Después una sonrisa lenta apareció en su rostro.
No era la sonrisa de un soberano.
Era la de un hombre que acababa de reconocer a una igual.
—Ara Reyes —dijo—, empiezo a sospechar que debería preocuparme mucho más por ti que tú por mí.
Ella tomó su abrigo.
—Buena sospecha.
Donovan abrió la puerta.
Gideon caminó junto a Ara.
No delante.
No detrás.
A su lado.
Cuando llegaron al vehículo, el teléfono de Valerie, que Donovan había mantenido bajo rastreo, volvió a conectarse durante exactamente tres segundos.
Suficiente.
Una ubicación apareció.
Las mismas coordenadas del norte.
Ara miró el mapa.
—Está allí.
—O quieren que creamos que está allí —respondió Donovan.
Gideon abrió la puerta del vehículo.
Ara no entró todavía.
Se quedó mirando hacia el cielo gris.
Veinticuatro horas antes era una enfermera con el corazón roto que solo quería sobrevivir una incómoda cumbre familiar.
Ahora sabía que llevaba sangre real.
Su madre podía estar viva.
Un hombre muerto la estaba observando.
Y la mujer que había intentado asesinarla acababa de ser rescatada por alguien más poderoso que ella.
Ara apretó el sobre.
—Vamos.
Gideon la miró.
—Una vez que crucemos esa puerta, no sabemos qué encontraremos.
Ara subió al vehículo.
—Trabajo en urgencias.
Se sentó.
—Nunca sabemos qué entra por la puerta.
Gideon sonrió y subió detrás de ella.
Donovan encendió el motor.
Mientras abandonaban Seattle hacia el norte, ninguno de ellos vio el automóvil negro estacionado al otro lado de la calle.
Dentro, un hombre tomó una fotografía del convoy.
La envió.
Esperó.
Segundos después recibió una respuesta.
“LA HEREDERA VA EN CAMINO.”
El hombre escribió:
“¿Y EL REY?”
La respuesta tardó un poco más.
Finalmente apareció.
“MEJOR.”
El hombre guardó el teléfono.
En el asiento trasero había una caja de madera.
Sobre la tapa estaba tallado el mismo símbolo que Ara acababa de descubrir en el collar de su madre.
La luna.
La espada.
Y debajo, una frase en latín que nadie había pronunciado públicamente en treinta años.
El hombre pasó los dedos sobre las letras.
Luego sonrió.
Porque Gideon Cross todavía creía que aquella noche se trataba de encontrar a la madre de Ara.
Ara todavía creía que alguien intentaba evitar que reclamara un antiguo derecho al trono.
Y ambos estaban equivocados.
El verdadero secreto de Elena Reyes no era que hubiera sobrevivido.
Era por qué había desaparecido.
Porque hacía veintitrés años, mientras todo el mundo creía que la última dinastía real había sido destruida, Elena había descubierto algo enterrado bajo la fortaleza de los Valen.
Algo capaz de cambiar las leyes que gobernaban el vínculo entre Alfas y Lunas.
Algo por lo que hombres poderosos habían asesinado, mentido y fingido sus propias muertes.
Y ahora…
Ese secreto estaba esperando a Ara.
En una casa abandonada.
Al final de un camino sin señal.
Con Valerie desaparecida.
Su madre posiblemente viva.
Y un hombre muerto desde hacía ocho años observando cada uno de sus movimientos.
Ara todavía no sabía que antes de que terminara aquella segunda noche tendría que tomar una decisión mucho más peligrosa que aceptar o rechazar a Gideon.
Tendría que decidir si revelaba una verdad capaz de destruir el sistema que había gobernado a los hombres lobo durante siglos…
O si enterraba el secreto de su madre para proteger al hombre que acababa de elegir.
Y cuando la puerta de aquella vieja casa finalmente se abriera…
La persona esperando detrás no sería Valerie.
Tampoco Marcus Vane.
Sería alguien a quien Gideon había visto morir con sus propios ojos.
Alguien cuyo regreso convertiría la corona en el menor de sus problemas.
Porque una voz saldría de la oscuridad y pronunciaría dos palabras que harían que el Rey Alfa quedara completamente inmóvil:
—Hola, hijo.
¡FIN!
Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.