**El jefe de la mafia necesitaba acompañante para la boda de su hermano… pero la mujer que llevó hizo temblar a toda la familia**

El jefe de la mafia necesitaba acompañante para la boda de su hermano… pero la mujer que llevó hizo temblar a toda la familia
Nadie en aquella familia esperaba que Dominic Costello apareciera solo.
Pero tampoco estaban preparados para ver a la mujer que bajó del automóvil tomada de su brazo.
Porque cuando las puertas del gran salón se abrieron y Dominic entró con ella, trescientas conversaciones murieron al mismo tiempo.
Una copa cayó al suelo.
La novia dejó de sonreír.
Y Richard Sterling, uno de los hombres más poderosos de Nueva York, perdió el color del rostro como si acabara de ver regresar a una persona que había enterrado años atrás.
Dominic sintió cómo la mujer a su lado apretaba ligeramente su brazo.
No era miedo.
Era control.
—¿Lista? —murmuró él.
Ella levantó la barbilla.
Sus ojos oscuros recorrieron el salón.
—Llevo tres años esperando este momento.
Dominic sonrió.
Y entonces comprendió algo que nadie más en aquella boda sabía todavía.
Él había llevado una cita.
Pero quizá acababa de entrar al salón con la única mujer capaz de destruir a toda la familia Sterling.
Todo había comenzado diez días antes.
La invitación descansaba sobre el escritorio de Dominic Costello como una provocación.
Era gruesa.
Marfil.
Los bordes estaban cubiertos con una fina línea dorada y el nombre de la familia Sterling aparecía grabado con letras elegantes.
Dominic la observaba desde el otro lado de su oficina en Manhattan mientras el whisky permanecía intacto en su vaso.
La ciudad brillaba detrás de los enormes ventanales.
Él no estaba mirando la ciudad.
Miraba aquella tarjeta.
“Richard y Margaret Sterling tienen el honor de invitarlo al matrimonio de su hija Beatrice Anne Sterling con Leonardo Michael Costello.”
Su hermano menor.
Leo.
Dominic pasó el pulgar por el apellido.
Costello.
Durante casi veinte años había hecho todo lo posible para que aquel nombre significara algo completamente distinto para Leo.
Dominic había conocido desde muy joven el lado oscuro del poder.
Amenazas.
Favores.
Deudas.
Silencios demasiado caros.
Hombres que sonreían mientras calculaban cuánto valía traicionarte.
Pero Leo no.
Leo había estudiado en los mejores colegios.
Después había ido a Harvard.
Se había convertido en abogado.
Había aprendido a caminar por salones donde nadie revisaba debajo del automóvil antes de encenderlo.
Dominic había pagado cada matrícula sin permitir que su hermano preguntara demasiado de dónde venía el dinero.
Había protegido a Leo de todo.
O al menos eso creía.
Ahora Leo iba a casarse con Beatrice Sterling.
La hija de Richard Sterling.
Un apellido viejo.
Dinero viejo.
Orgullo todavía más viejo.
—No quieren que vayas.
La voz salió desde un rincón de la oficina.
Dominic levantó la mirada.
Vincent Moretti, su hombre de mayor confianza, estaba sentado en un sillón de cuero.
Traje oscuro.
Corbata gris.
Rostro inexpresivo.
—Me enviaron una invitación —respondió Dominic.
Vincent soltó una risa sin humor.
—Porque no enviártela habría sido demasiado obvio.
Dominic volvió a mirar el sobre.
—Continúa.
Vincent se levantó.
—Richard invitó a dos jueces federales, al fiscal Kensington, a varios empresarios que llevan años evitando fotografiarse contigo y a medio círculo social que pasa los domingos hablando de lo peligrosa que es tu familia.
Dominic arqueó una ceja.
—Una boda bastante concurrida.
—Es una trampa social, Dom.
Vincent se acercó al escritorio.
—Si apareces, van a mirarte como si hubieras ensuciado la alfombra. Si no apareces, Richard le dirá a Leo que ni siquiera fuiste capaz de asistir a su boda.
Dominic tomó el vaso.
Bebió lentamente.
Vincent continuó.
—Y hay otra cosa.
—Siempre hay otra cosa.
—Richard está usando el matrimonio para reconstruir su imagen.
Dominic dejó el vaso.
Aquello sí llamó su atención.
Sterling Enterprises había atravesado meses difíciles.
Problemas de liquidez.
Inversiones equivocadas.
Una expansión internacional demasiado agresiva.
Richard Sterling jamás lo reconocería públicamente, pero necesitaba dinero.
Mucho dinero.
Y Dominic se lo había proporcionado.
Cuarenta millones de dólares.
Una operación legítima.
Documentada.
Auditada.
Un préstamo empresarial completamente legal.
Dominic lo había hecho principalmente por Leo.
No quería que su hermano comenzara su matrimonio viendo hundirse la empresa de su nueva familia.
Richard había recibido el dinero con una sonrisa.
Le había estrechado la mano.
Después había seguido hablando de los Costello como si fueran una mancha que debía esconderse de las fotografías familiares.
—Tomó cuarenta millones tuyos —dijo Vincent— y ahora pretende sentarte al fondo del salón mientras presume que su hija se casó con “el Costello bueno”.
Dominic sonrió lentamente.
Eso era exactamente lo que Richard pensaba.
Leo era el Costello aceptable.
Educado.
Elegante.
Graduado.
Dominic era el apellido que Richard preferiría borrar.
El hermano que podía pagar una crisis pero no aparecer en la foto.
—Entonces voy a ir.
Vincent suspiró.
—Sabía que dirías eso.
—¿Dónde está mi mesa?
Vincent sacó el teléfono.
Revisó una fotografía del plano.
—Mesa diecinueve.
Dominic soltó una pequeña carcajada.
—¿Mesa diecinueve?
—Cerca de las puertas de servicio.
—Perfecto.
Vincent lo miró.
—Eso no sonó como si estuvieras ofendido.
—No lo estoy.
Dominic tomó nuevamente la invitación.
—Richard quiere jugar.
Sus ojos se endurecieron.
—Jugaremos.
Vincent se cruzó de brazos.
—¿Vas a llevar a alguien?
Dominic guardó silencio.
Aquello también había sido planeado.
Richard seguramente esperaba verlo entrar con alguna modelo.
Una mujer espectacular.
Alguien a quien los Sterling pudieran mirar por encima del hombro durante tres horas.
No.
Dominic no iba a darle ese placer.
—Necesito una acompañante.
—Eso puedo arreglarlo.
—No quiero belleza solamente.
Vincent frunció el ceño.
—¿Entonces?
Dominic se recargó en su silla.
—Quiero a alguien que, apenas cruce esa puerta, haga que Richard Sterling olvide cómo respirar.
Vincent lo observó durante varios segundos.
Después entendió.
—No.
Dominic sonrió.
—Sí.
—Dom…
—Encuéntrala.
Vincent bajó la voz.
—Nadie sabe dónde está.
—Nosotros sabemos encontrar personas.
—La última vez que escuché su nombre estaba trabajando para gente que no recibe visitas.
Dominic terminó su whisky.
—Entonces avísales que voy en camino.
Genevieve Croft había desaparecido del mundo financiero tres años antes.
Antes de eso, había sido considerada una de las jóvenes ejecutivas más brillantes de Manhattan.
A los veintiocho años ya era directora financiera de Sterling Enterprises.
No había nacido rica.
No pertenecía a ninguna familia importante.
Su padre había sido profesor.
Su madre enfermera.
Genevieve había llegado a Wall Street gracias a becas, jornadas interminables y una capacidad casi incómoda para encontrar errores que otros preferían ignorar.
Richard Sterling la contrató porque necesitaba precisamente eso.
Una mujer capaz de mirar diez mil números y encontrar el único que no debía estar allí.
Durante cuatro años, Genevieve convirtió pérdidas en ganancias.
Renegoció deudas.
Detectó fraudes internos.
Cerró adquisiciones que salvaron divisiones completas.
Los periódicos financieros comenzaron a hablar de ella.
Richard sonreía junto a Genevieve en las fotografías.
La llamaba “la mente más brillante de su generación”.
Hasta que Genevieve encontró algo que no debía encontrar.
Millones desaparecían de distintas filiales.
Las cantidades eran pequeñas al principio.
Después crecieron.
Transferencias.
Empresas fantasma.
Firmas duplicadas.
Facturas imposibles.
Cuando Genevieve siguió el rastro, llegó directamente a personas cercanas a Richard Sterling.
Y semanas después, una investigación federal cayó sobre Sterling Enterprises.
Richard necesitaba un culpable.
Genevieve tenía acceso a todos los sistemas.
Genevieve firmaba reportes financieros.
Genevieve no tenía apellido importante.
Era perfecta.
De repente aparecieron documentos con su firma.
Correos electrónicos que ella jamás había enviado.
Autorizaciones que nunca había aprobado.
Dos miembros del consejo declararon contra ella.
Richard apareció ante las cámaras diciendo que se sentía “personalmente traicionado”.
Genevieve fue declarada culpable.
Dos años.
Perdió su cargo.
Su licencia.
Sus amigos.
Su apartamento.
Su reputación.
Lo peor no fue entrar a prisión.
Fue descubrir cuántas personas que le habían sonreído durante años dejaron de contestar sus llamadas.
Cuando salió, seis meses antes de la boda, no regresó a Wall Street.
Desapareció.
Dominic tardó cuatro días en encontrarla.
El lugar estaba escondido debajo de un antiguo almacén.
No había letreros.
No había ventanas.
Solo una puerta metálica vigilada por dos hombres enormes.
Vincent habló primero.
Cinco minutos después, Dominic estaba bajando unas escaleras.
El sonido de fichas y conversaciones apagadas llegaba desde un salón cercano.
Una partida privada.
Mucho dinero.
Personas que no querían cámaras.
Genevieve no estaba jugando.
Estaba trabajando.
Dominic la encontró detrás de dos monitores, revisando hojas de cálculo.
Cabello oscuro recogido.
Camisa negra.
Nada de joyas.
Nada de maquillaje llamativo.
Apenas levantó la vista cuando él entró.
—Dominic Costello.
Él se detuvo.
—Genevieve Croft.
—Sé quién eres.
—Eso facilita las presentaciones.
Ella volvió a mirar la pantalla.
—No trabajo para italianos.
Vincent, detrás de Dominic, contuvo una sonrisa.
Dominic tomó una silla.
Se sentó frente a ella.
—No vine a contratar una contadora.
Genevieve continuó escribiendo.
—Entonces estás ocupando una silla inútilmente.
Dominic colocó un sobre frente a ella.
Genevieve se detuvo.
Reconoció el papel inmediatamente.
El color.
El borde dorado.
El monograma.
Su mano permaneció inmóvil sobre el teclado.
—Ábrelo.
—No.
—Entonces ya sabes qué es.
Por primera vez lo miró de verdad.
Había algo en aquellos ojos que sorprendió a Dominic.
No era tristeza.
La tristeza ya había pasado.
Lo que quedaba después de la tristeza era algo mucho más frío.
—La boda de Beatrice.
—Con mi hermano.
Genevieve soltó una risa corta.
—La princesa Sterling casándose con el príncipe que logró escapar de la reputación de su familia.
Dominic inclinó ligeramente la cabeza.
—Tienes opiniones.
—Pasé cuatro años trabajando para ellos.
—Y dos años pagando por sus errores.
Silencio.
Genevieve apartó lentamente las manos del teclado.
—¿Qué quieres?
—Necesito acompañante.
Ella lo miró como si hubiera dicho algo ridículo.
—¿Viniste hasta aquí para pedirme una cita?
—Tres horas.
—No.
—Cien mil dólares.
—No.
—Doscientos.
Genevieve sonrió.
—No entiendes.
—Explícame.
Se inclinó hacia él.
—Richard Sterling me quitó dos años de libertad. Me quitó una carrera por la que trabajé desde los dieciséis. Convenció a personas que conocía desde hacía una década de que yo era una ladrona.
Dominic no interrumpió.
—¿Y tú crees que voy a ponerme un vestido bonito, tomar tu brazo y entrar sonriendo a la boda de su hija porque me pagues doscientos mil dólares?
Dominic sostuvo su mirada.
—No.
Genevieve parpadeó.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Porque quiero darte una puerta.
—¿Una puerta?
—Richard cerró todas las demás.
Dominic señaló la invitación.
—Esta sigue abierta.
Genevieve bajó los ojos.
Dominic continuó.
—Tres cientos invitados.
Empresarios.
Abogados.
Periodistas.
Personas que creyeron todo lo que Richard dijo sobre ti.
Personas que dejaron de saludarte.
Personas que probablemente van a levantar una copa esta noche en honor de su hija.
Él hizo una pausa.
—Imagínate sus caras cuando entres conmigo.
Por primera vez apareció algo distinto en la expresión de Genevieve.
Una pequeña chispa.
Dominic la vio.
—No quiero esconderte.
Su voz descendió.
—Quiero que todos te vean.
Genevieve miró nuevamente la invitación.
—¿Y qué ganas tú?
—Richard piensa que puede usar a mi hermano para humillarme.
—¿Esto es orgullo?
—En parte.
—¿Qué otra parte?
Dominic se inclinó.
—No me gustan los hombres que destruyen a otra persona y después brindan por su propia elegancia.
Genevieve lo observó.
Largo.
En silencio.
—Si acepto…
Dominic esperó.
—Yo elijo el vestido.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Hecho.
—Y tú pagas.
—También.
Genevieve levantó el sobre.
—Guarda tus doscientos mil.
—¿No quieres el dinero?
Sus ojos se enfriaron.
—No voy a ir como empleada.
Lo miró fijamente.
—Voy a ir como tu acompañante.
Dominic sintió algo extraño.
Respeto.
Y quizá algo más peligroso.
—Nos vemos el sábado.
Genevieve volvió al teclado.
—Dominic.
Él se detuvo.
—¿Sí?
—Cuando Richard me vea…
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—No te pongas frente a él.
—¿Por qué?
—Quiero ver su cara completa.
El sábado llegó.
Dominic había reservado una suite privada en uno de los hoteles más exclusivos de Manhattan.
Estilistas.
Maquillistas.
Dos diseñadores.
Joyas.
Todo estaba preparado.
Cuando entró, Genevieve seguía detrás de la puerta del dormitorio.
Dominic llevaba un esmoquin negro hecho a la medida.
Vincent lo esperaba abajo con el vehículo.
—Cinco minutos —informó una estilista.
Dominic revisó su reloj.
Después escuchó abrirse la puerta.
Y olvidó mirar la hora.
Genevieve salió.
El vestido era rojo oscuro.
Elegante.
Estructurado.
Sin excesos.
No parecía una mujer intentando impresionar.
Parecía una mujer que no necesitaba hacerlo.
El cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros.
El maquillaje era discreto salvo por los labios en un tono intenso.
Pero lo que realmente transformaba todo era su postura.
La espalda recta.
Los hombros relajados.
La mirada firme.
Durante unos segundos, Dominic no dijo nada.
Genevieve notó el silencio.
—¿Qué?
Él carraspeó.
—Nada.
—Mientes mal.
—No suelo necesitar mentir.
Ella caminó hacia él.
—Entonces dime.
Dominic metió la mano en el bolsillo interior de su saco.
Sacó una caja.
La abrió.
Un collar de diamantes descansaba sobre terciopelo negro.
Genevieve arqueó una ceja.
—Eso no estaba en el trato.
—Considera que completa el vestido.
—Dominic…
—Date vuelta.
Ella dudó.
Finalmente obedeció.
Dominic levantó el collar.
Apartó suavemente el cabello de su cuello.
Por primera vez Genevieve pareció perder un poco de seguridad.
Solo un poco.
Los dedos de Dominic rozaron accidentalmente su piel cuando cerró el broche.
La respiración de ella cambió.
Dominic lo notó.
Genevieve también notó que él lo había notado.
Se dio vuelta inmediatamente.
Quedaron demasiado cerca.
—No confundas esto —dijo ella.
—¿Qué cosa?
—La actuación.
Dominic bajó los ojos hacia sus labios.
Después volvió a mirarla.
—Ni siquiera hemos llegado a la boda.
Genevieve sostuvo su mirada.
—Precisamente.
Vincent tocó la puerta.
—Vehículo listo.
Genevieve se alejó.
Dominic sonrió para sí mismo.
El trayecto fue silencioso.
Pero no incómodo.
La tensión entre ambos parecía ocupar todo el espacio dentro del automóvil.
Genevieve observaba las luces pasar detrás de la ventana.
Dominic la estudiaba ocasionalmente.
—Todavía puedes cambiar de opinión.
Ella no volteó.
—¿Tú puedes?
—No.
—Entonces no hagas preguntas inútiles.
Dominic soltó una risa.
Genevieve finalmente lo miró.
—¿Qué?
—No recuerdo la última vez que alguien me habló así.
—Tal vez deberías rodearte de personas menos asustadas.
—Tal vez.
El castillo donde se celebraba la boda apareció al final de una larga avenida iluminada.
Autos de lujo.
Fotógrafos.
Seguridad privada.
Invitados entrando bajo un arco de flores blancas.
Genevieve miró el edificio.
Sus dedos se cerraron sobre la pequeña bolsa metálica que llevaba.
Dominic notó el gesto.
—¿Nerviosa?
—No.
—Tus dedos dicen otra cosa.
Ella los relajó.
—Hay una diferencia entre estar nerviosa y recordar.
Dominic la observó con más atención.
—¿Quieres contarme?
—No.
El automóvil se detuvo.
Antes de que el chofer abriera, Dominic tomó suavemente su mano.
Genevieve lo miró sorprendida.
—No tienes que demostrar nada esta noche.
Ella retiró la mano lentamente.
—Te equivocas.
La puerta se abrió.
—Eso es exactamente lo que tengo que hacer.
Dominic bajó primero.
Los flashes comenzaron.
Su presencia ya era suficiente para llamar la atención.
Después se giró.
Extendió una mano.
Genevieve apareció.
Y el murmullo alrededor de ellos cambió.
Dominic escuchó algunos nombres.
“Croft.”
“¿Es ella?”
“Imposible.”
Genevieve tomó su brazo.
—Mira al frente —murmuró Dominic.
—Siempre lo hago.
Entraron.
El salón estaba lleno.
Candelabros.
Flores.
Cristal.
Mesas impecables.
La música de un cuarteto de cuerdas flotaba por encima de las conversaciones.
Dominic y Genevieve llegaron al arco principal.
Una mujer cerca de la entrada fue la primera en reconocerla.
Su boca quedó abierta.
Después tocó el brazo de su marido.
Otra persona volteó.
Después otra.
El silencio comenzó a extenderse.
Primero una mesa.
Después cinco.
Después veinte.
Hasta que casi todo el salón estaba mirando hacia ellos.
Genevieve lo sintió.
Tres años atrás, aquellas mismas miradas la habían destruido.
Recordó salir del tribunal.
Los reporteros gritando.
Las cámaras.
Una mujer que había sido su amiga cruzando la calle para no saludarla.
Recordó el sonido de la puerta cerrándose la primera noche que perdió su libertad.
Recordó despertarse preguntándose si algún día alguien volvería a escuchar su versión.
Su mano tembló apenas sobre el brazo de Dominic.
Él acercó ligeramente el rostro.
—Estoy aquí.
Genevieve tragó saliva.
Después levantó la barbilla.
—Lo sé.
Caminaron.
Al fondo del salón, Leonardo Costello se puso de pie.
Sonrió al reconocer a su hermano.
Beatrice Sterling tardó dos segundos más.
Cuando vio a Genevieve, su sonrisa desapareció.
La copa quedó suspendida a mitad del camino hacia sus labios.
Su padre giró.
Richard Sterling observó a Dominic.
Luego a Genevieve.
Y su rostro cambió.
Dominic jamás olvidaría aquella expresión.
No fue sorpresa.
Fue miedo.
Miedo auténtico.
Los dedos de Richard se cerraron alrededor del borde de la mesa.
Beatrice palideció.
Genevieve seguía caminando.
Sin acelerar.
Sin detenerse.
Cuando faltaban pocos metros, la copa escapó de la mano de Beatrice.
Cayó.
El cristal estalló contra el piso.
La música continuó durante unos segundos.
Entonces los músicos también comprendieron que algo ocurría y bajaron gradualmente los instrumentos.
Dominic se detuvo frente a Richard.
—Buenas noches.
Richard no respondió.
Dominic sonrió.
—Espero que no te moleste.
Colocó suavemente una mano en la espalda de Genevieve.
—Traje acompañante.
Leonardo fue el primero en reaccionar.
—¡Dom!
Caminó hacia su hermano y lo abrazó.
Dominic respondió sinceramente.
Por unos segundos olvidó a Richard.
—No estaba seguro de que vinieras —dijo Leo.
Dominic apretó su hombro.
—Eres mi hermano.
—Gracias.
Leo miró entonces a Genevieve.
Su sonrisa vaciló.
No porque supiera quién era.
Sino porque resultaba difícil ignorarla.
—Y tú debes ser…
Genevieve extendió la mano.
—Genevieve Croft.
Leo la estrechó.
—Leonardo.
—Lo sé.
Por primera vez ella sonrió de verdad.
—Felicidades.
—Gracias.
Leo giró hacia Beatrice.
—Amor, ¿estás bien?
Beatrice no quitaba los ojos de Genevieve.
—¿Qué hace ella aquí?
Leo frunció el ceño.
—¿La conoces?
Richard habló finalmente.
—Dominic.
La voz le salió baja.
Tensa.
—Necesito hablar contigo.
—Acabo de llegar.
—Ahora.
Genevieve tomó una copa de agua de una bandeja que pasaba.
Bebió con tranquilidad.
—Qué descortés, Richard.
El hombre la miró.
La mandíbula se tensó.
—Tú…
—Yo.
—No tienes derecho a estar aquí.
Genevieve inclinó ligeramente la cabeza.
—Curioso.
Miró la invitación que Dominic había dejado visible dentro de su bolsillo.
—Estoy acompañando a un invitado.
Beatrice dio un paso.
—Papá, llama a seguridad.
El salón entero parecía escuchar.
Genevieve volteó hacia la novia.
—Beatrice.
—No pronuncies mi nombre.
Genevieve no cambió la expresión.
—Te queda precioso el vestido.
Aquella calma enfureció todavía más a Beatrice.
—Después de todo lo que hiciste a nuestra familia, ¿tienes el descaro de aparecer en mi boda?
Un murmullo recorrió el salón.
Genevieve respiró lentamente.
Dominic observó su perfil.
Sabía que ese momento importaba.
Genevieve podía defenderse.
O podía perder el control.
Eligió algo mejor.
—Después de todo lo que hice…
Repitió las palabras despacio.
—Qué frase tan interesante.
Richard intervino.
—Basta.
—¿Por qué?
Genevieve lo miró directamente.
—¿Te preocupa que alguien haga preguntas?
Richard apretó los dientes.
—Te preocupa que llame a la policía.
Genevieve sonrió.
—Al contrario.
Levantó ligeramente la copa.
—Hay noches en las que la presencia de las autoridades resulta bastante conveniente.
Richard dejó de respirar por un segundo.
Dominic lo vio.
Y comprendió que había algo que Genevieve todavía no le había contado.
Richard miró alrededor.
Varios invitados importantes observaban.
No podía montar un escándalo sin provocar exactamente aquello que temía.
—Siéntense —murmuró finalmente.
Beatrice giró hacia él.
—¡Papá!
—He dicho que te sientes.
La novia abrió la boca.
Richard la miró con tal dureza que ella obedeció.
Dominic retiró una silla para Genevieve.
—Gracias.
Ella se sentó directamente frente a Richard.
Dominic ocupó el lugar a su lado.
Las conversaciones regresaron poco a poco.
Pero nada volvió a ser normal.
Los susurros comenzaron.
Genevieve los escuchaba.
“Fue ella.”
“Estuvo en prisión.”
“¿Por qué está aquí?”
“¿Costello está con ella?”
“¿Richard sabía?”
Las palabras que antes la habrían destruido ahora parecían pasar junto a ella sin tocarla.
Dominic se inclinó.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Mientes mejor que yo.
Genevieve tomó su servilleta.
—Estoy aprendiendo.
La cena comenzó.
Primer plato.
Segundo.
Vino.
Conversaciones cuidadosamente superficiales.
Genevieve participó en todas.
Un senador sentado cerca comenzó a hablar sobre regulación financiera.
Ella respondió.
Con precisión.
Sin arrogancia.
Explicó cómo las estructuras corporativas podían ocultar responsabilidades cuando existían demasiadas empresas intermedias.
Richard dejó de comer.
Después habló sobre auditorías internas.
Richard tomó agua.
Después mencionó que una empresa podía parecer saludable mientras transfería riesgos a otras entidades.
Richard dejó el vaso.
Dominic empezó a disfrutarlo.
Genevieve jamás acusaba directamente.
Solo hablaba.
Pero cada frase parecía dirigida a un único hombre.
—El problema —dijo ella tranquilamente— es que algunas personas creen que un buen traje y un apellido antiguo pueden convertir cualquier mentira en una verdad.
El senador soltó una risa incómoda.
—Eso ocurre en todas las industrias.
Genevieve lo miró.
—Por supuesto.
Después dirigió sus ojos hacia Richard.
—Hasta que alguien conserva copias.
Richard golpeó accidentalmente su tenedor contra el plato.
Dominic giró apenas hacia ella.
Genevieve continuó comiendo.
Cinco minutos después, Richard se levantó.
La silla raspó el suelo.
Varias personas voltearon.
—Dominic.
—¿Sí?
—Biblioteca.
Dominic limpió lentamente la comisura de su boca con la servilleta.
—¿Ahora?
—Ahora.
Dominic miró a Genevieve.
Ella hizo un movimiento casi imperceptible con la cabeza.
Ve.
Dominic se levantó.
Siguió a Richard fuera del salón.
Caminaron por un pasillo largo hasta una biblioteca privada.
Richard cerró la puerta.
Después explotó.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Dominic permaneció quieto.
—Asistiendo a la boda de mi hermano.
—¡Sabes perfectamente de qué hablo!
—No levantes la voz.
Richard rió nerviosamente.
—¿Ahora me das órdenes en mi propia casa?
Dominic se acercó.
—Esta noche estás celebrando con cuarenta millones de dólares que salieron de mi cuenta.
Richard se quedó en silencio.
—Tomaste mi dinero.
Dominic señaló hacia el salón.
—Invitaste jueces, fiscales y empresarios que sabes perfectamente que no quieren compartir mesa conmigo.
—No todo gira alrededor de ti.
—No.
Dominic sonrió fríamente.
—Esta noche gira alrededor de Leo.
Su expresión cambió.
—Por eso estoy aquí.
Richard apretó la mandíbula.
—¿Y Genevieve?
—Mi invitada.
—Es una criminal.
Dominic lo observó.
—¿Estás seguro?
Richard se quedó inmóvil.
Aquella pequeña pausa bastó.
Dominic dio un paso más.
—Interesante.
—Fue condenada.
—Eso no fue lo que pregunté.
Richard desvió la mirada.
—¿Qué quiere?
—Pregúntale.
—Tú la trajiste.
—Sí.
—Entonces controla esto.
Dominic sonrió.
—Ese es tu error.
—¿Cuál?
—Creer que yo controlo a Genevieve Croft.
Richard tragó saliva.
Dominic caminó hacia la puerta.
—Por cierto.
Richard volteó.
—Si yo fuera tú, trataría de recordar exactamente qué documentos firmaste hace tres años.
La respiración de Richard se detuvo.
Dominic abrió la puerta.
—Buenas noches.
Cuando regresó, Genevieve ya no estaba sentada.
La encontró cerca de las puertas que daban a la terraza.
La música había cambiado.
Parejas comenzaban a bailar.
Dominic se acercó.
—Casi gritó.
Genevieve miró el jardín.
—¿Casi?
—Necesitamos esforzarnos más.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Dominic extendió la mano.
—Baila conmigo.
Ella miró la mano.
—¿Eso estaba incluido?
—El vestido merece por lo menos una canción.
Genevieve aceptó.
Entraron a la pista.
Muchas parejas se apartaron discretamente.
Dominic colocó una mano en su cintura.
Genevieve apoyó la otra sobre su hombro.
—Sabes bailar —dijo ella.
—Tengo talentos ocultos.
—Eso suena preocupante.
—Debería.
Se movieron lentamente.
Por unos minutos nadie habló.
Después Dominic bajó la voz.
—¿Qué no me estás diciendo?
Genevieve no respondió.
—Richard tiene miedo de algo más.
—Siempre tuvo miedo.
—No de esta manera.
Ella levantó los ojos.
—¿Quieres realmente saberlo?
—Sí.
Genevieve miró alrededor.
Después se acercó un poco.
Su boca quedó cerca del oído de Dominic.
—Richard no me mandó a prisión únicamente para ocultar un fraude.
Dominic endureció la expresión.
—Continúa.
—Porque el fraude era solamente una parte.
—¿Parte de qué?
Genevieve respiró.
—De una red mucho mayor.
Dominic dejó de sonreír.
—Mientras estaba trabajando para Sterling, encontré empresas vinculadas a cuentas internacionales. En ese momento pensé que eran simples escondites fiscales.
—¿Y no lo eran?
—Algunas sí.
Ella hizo una pausa.
—Otras movían dinero para operaciones ilegales.
Dominic ajustó ligeramente la mano sobre su cintura.
—¿Qué tipo de operaciones?
—Contrabando.
Su voz era apenas un susurro.
—Mercancía robada. Documentos. Componentes restringidos.
Dominic mantuvo el rostro sereno.
—Eso nunca apareció en el juicio.
—Porque yo tampoco lo sabía entonces.
—¿Cuándo lo descubriste?
Genevieve bajó la voz todavía más.
—Hace tres meses.
Dominic se detuvo.
Otras parejas continuaron bailando alrededor de ellos.
—¿Cómo?
Genevieve sonrió sin alegría.
—¿De verdad creíste que me escondí en ese sótano solo porque no tenía opciones?
Dominic sintió una punzada.
—Estabas investigándolo.
—Desde el día que salí.
—¿Y trabajaste con esa gente para acceder a sus sistemas?
—Trabajé con quien necesitaba.
—Eso es peligroso.
—También lo era dejar que Richard creyera que había ganado.
Dominic la miró.
Genevieve continuó.
—Seguí una serie de cuentas hasta una empresa llamada Aegis Holdings.
La mirada de Dominic cambió.
—Conozco el nombre.
—Deberías.
—¿Por qué?
Genevieve sostuvo sus ojos.
—Porque hace seis semanas Aegis recibió garantías financieras vinculadas al préstamo de cuarenta millones que tú hiciste a Sterling Enterprises.
Por primera vez en toda la noche, Dominic perdió completamente su sonrisa.
—Repite eso.
—Richard utilizó parte de tu dinero como respaldo para operaciones que jamás fueron mencionadas en el contrato.
—Eso puede vincularme.
—Sí.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Antes de que fueras a buscarme.
Dominic la miró fijamente.
—Me utilizaste.
Genevieve no retrocedió.
—Tú querías una mujer capaz de asustar a Richard Sterling.
—No me dijiste que mi familia estaba involucrada.
—Tu familia no está involucrada.
—Mi dinero sí.
—Legalmente es diferente.
—Genevieve.
La voz fue baja.
Peligrosa.
Ella respiró.
—Tengo pruebas de que el préstamo salió limpio de tu empresa y de que Richard desvió los fondos después.
Dominic guardó silencio.
—¿Dónde?
Genevieve tocó ligeramente su bolso.
—Aquí.
Dominic miró el pequeño clutch.
—¿Trajiste las pruebas a una boda?
—Traje una copia.
—¿Y las otras?
—Seguras.
Dominic soltó aire lentamente.
—Tienes cinco segundos para decirme qué planeas.
Ella miró hacia Richard.
El hombre estaba junto a la barra.
Observándolos.
—Voy a recuperar mi nombre.
—¿Cómo?
—Haciendo que confiese.
Dominic soltó una risa incrédula.
—¿Crees que va a confesarte algo?
—No.
Genevieve sonrió.
—Pero va a firmarlo.
Dominic la estudió.
—¿Qué tienes sobre él?
—Suficiente.
—Genevieve.
—Dominic.
—No estoy jugando.
Ella acercó el rostro.
—Yo tampoco.
Entonces se apartó.
—Ven conmigo.
Caminaron hacia Richard.
El hombre los vio acercarse.
Intentó moverse hacia otro grupo.
Vincent apareció casualmente cerca de la salida.
No dijo nada.
No necesitaba.
Richard entendió.
Genevieve se detuvo frente a él.
—Necesitamos hablar.
—No tengo nada que decirte.
—Qué pena.
Levantó ligeramente su bolso.
—Yo sí.
Richard miró el bolso.
Sus ojos cambiaron.
—Biblioteca.
Los tres caminaron por el pasillo.
Esta vez Genevieve entró primero.
Richard después.
Dominic cerró la puerta.
Genevieve se acercó al escritorio.
Abrió el bolso.
Sacó una pequeña memoria negra.
La dejó sobre la madera.
Richard la reconoció.
No el objeto.
El significado.
—¿Qué es eso?
—Aegis Holdings.
Richard palideció.
Dominic observó.
—Veo que el nombre te resulta familiar.
Richard miró la puerta.
Después a Genevieve.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Tres años atrás me dijiste exactamente lo mismo.
Genevieve apoyó las manos sobre el escritorio.
—Aquella noche entré a tu oficina con un reporte.
¿Lo recuerdas?
Richard no respondió.
—Te mostré doce cuentas que no coincidían.
Te dije que alguien dentro de Sterling estaba desviando dinero.
Genevieve respiró.
—Tú cerraste la puerta.
Su voz cambió.
Por primera vez apareció dolor.
—Me ofreciste dinero para olvidarlo.
Dominic miró a Richard.
Genevieve continuó.
—Cuando me negué, me dijiste que una mujer como yo debía aprender cuándo dejar de hacer preguntas.
Richard apretó la mandíbula.
—No puedes demostrar nada.
Genevieve sonrió.
—Eso también me dijiste.
Tomó la memoria.
—Aquí hay registros de cuentas.
Autorizaciones.
Transferencias.
Correos.
Informes internos.
Richard intentó interrumpir.
—Documentos robados no…
—Y grabaciones.
Silencio.
Richard se congeló.
Dominic observó a Genevieve.
Eso tampoco se lo había contado.
Ella siguió.
—¿Recuerdas la reunión del catorce de abril?
Richard no respondió.
—Yo sí.
Genevieve bajó la voz.
—Porque después de aquella primera conversación dejé de entrar a tu oficina sin grabar.
Richard se apoyó en el escritorio.
—Estás mintiendo.
—¿Quieres escuchar tu propia voz?
El hombre comenzó a respirar con dificultad.
Dominic entendió.
Genevieve tenía más que números.
Tenía a Richard.
—¿Qué quieres? —preguntó finalmente.
Genevieve guardó silencio.
Richard repitió.
—¿Dinero?
Ella soltó una risa amarga.
—¿Dinero?
—Puedo pagarte.
—Me quitaste dos años.
Su voz tembló apenas.
—No existe una cifra para eso.
—Puedo devolverte todo lo que…
—No puedes devolverme las Navidades que pasé encerrada.
Richard bajó la mirada.
—No puedes devolverme el funeral de mi madre.
Dominic giró hacia ella.
No sabía aquello.
Genevieve siguió mirando a Richard.
—Murió durante mi segundo año.
Su respiración se quebró.
Pero no lloró.
—Mi solicitud para salir fue rechazada.
Richard permaneció en silencio.
—Ella murió creyendo que quizá su hija había hecho lo que todos decían.
Aquella vez sí temblaron sus manos.
Dominic dio un paso hacia ella.
Genevieve levantó una mano.
No.
Todavía no.
—Así que no.
Miró a Richard.
—No quiero tu dinero.
—¿Entonces qué?
Genevieve tomó un folder del interior de su bolso.
Dominic casi sonrió.
Ella había preparado todo.
—Mañana convocarás una reunión extraordinaria del consejo.
Richard abrió los ojos.
—¿Qué?
—Renunciarás a tu puesto.
—Estás loca.
—Dirás que necesitas retirarte por motivos personales.
—Jamás.
Genevieve tocó la memoria con un dedo.
—Entonces llevo esto a la fiscalía esta misma noche.
Richard miró a Dominic.
—Si hace eso, también irán por ti.
Dominic caminó hasta el escritorio.
—Mi préstamo está documentado.
—Tu dinero terminó en esas cuentas.
—Después de llegar legalmente a tu empresa.
Dominic inclinó la cabeza.
—Créeme, Richard.
Su voz fue helada.
—Habrá preguntas incómodas para mí.
Pero las respuestas incómodas serán tuyas.
Richard se quedó callado.
Genevieve deslizó el folder hacia él.
—Segunda condición.
—¿Qué más?
—Transferirás tus acciones de control.
Richard soltó una carcajada.
—¿A ti?
—No.
—Entonces ¿a quién?
Genevieve miró a Dominic.
Después volvió a mirar a Richard.
—A Leonardo Costello.
Dominic quedó inmóvil.
Richard también.
—¿Leo?
—Tu nuevo yerno.
—¿Por qué?
—Porque no tiene antecedentes.
Porque conoce derecho corporativo.
Porque Beatrice lo ama.
Porque el consejo puede aceptarlo.
Y porque, a diferencia de ti, todavía puede salvar Sterling Enterprises.
Richard miró a Dominic.
—Esto era tu plan.
Dominic negó lentamente.
—No.
Miró a Genevieve.
—Definitivamente no era mi plan.
Por primera vez Richard pareció comprender que Dominic también estaba sorprendido.
—¿Por qué harías eso? —preguntó.
Genevieve respondió sin dudar.
—Porque no quiero tu empresa.
—Entonces ¿qué quieres?
—Mi nombre.
Sacó otro documento.
Lo colocó frente a él.
—Confesión completa.
Richard la miró.
—Tú reconoces que manipulaste auditorías internas.
Que autorizaste la creación de documentos falsos.
Que permitiste que se utilizaran mis credenciales.
Que presionaste a dos ejecutivos para declarar contra mí.
Que ocultaste información a los investigadores.
Richard parecía incapaz de hablar.
—Lo firmas.
Genevieve continuó.
—Lo notarizas.
Mañana estará con mis abogados.
Después será entregado a las autoridades.
Richard la miró con terror.
—Dijiste que no entregarías las pruebas.
—Dije que quiero limpiar mi nombre.
No dije que tú saldrías limpio.
—¡Entonces no tengo motivos para firmar!
Genevieve sonrió.
—Sí los tienes.
—¿Cuáles?
—Si firmas y cooperas, mis abogados limitarán la entrega inicial a los documentos relacionados con mi caso.
Richard entendió inmediatamente.
—¿Y Aegis?
—Por ahora permanecerá separado.
—¿Por ahora?
—No soy fiscal.
No puedo prometer qué descubrirán después.
Pero puedo decidir qué archivo entrego mañana.
Richard miró la memoria.
Después a Dominic.
Después el documento.
Pareció envejecer diez años en un minuto.
—Beatrice…
Genevieve lo interrumpió.
—No sabía todo.
Richard levantó los ojos.
—¿Qué?
—Tu hija sabía que había irregularidades.
Sabía que me estabas usando como culpable.
Pero nunca supo la dimensión completa.
—¿Cómo puedes saberlo?
Genevieve bajó la mirada.
—Porque encontré sus mensajes.
Richard cerró los ojos.
Genevieve apretó los labios.
—No pienso destruir su matrimonio por tus decisiones.
Dominic la observó.
Aquello era importante.
Después de todo lo ocurrido, Genevieve todavía estaba protegiendo a alguien de aquella familia.
—Leo tampoco tiene por qué pagar por esto —continuó ella—. Si realmente quieres a tu hija, haces lo que te estoy ofreciendo.
Richard se sentó.
Sus piernas parecían no sostenerlo.
—Voy a perderlo todo.
Genevieve lo miró durante varios segundos.
—Yo también.
Silencio.
—La diferencia —dijo finalmente— es que yo era inocente.
Richard bajó la cabeza.
La biblioteca quedó completamente quieta.
Desde el salón llegaba amortiguada la música de la boda.
Risas.
Copas.
Personas celebrando.
Dos mundos separados por una puerta.
Richard tomó la pluma.
Su mano temblaba.
—Necesito un abogado.
Genevieve lo miró.
—Por supuesto.
Señaló el teléfono.
—Llámalo.
Richard levantó la vista.
—¿Me vas a permitir hacerlo?
—Nunca quise quitarte derechos.
Genevieve respondió con calma.
—Solo quiero recuperar los que me quitaste a mí.
Richard marcó.
Veinte minutos después, un abogado estaba conectado por videollamada.
Otros treinta minutos de discusión.
Modificaciones.
Frases legales.
Condiciones.
Dominic apenas intervino.
Observaba a Genevieve.
Cada vez que Richard intentaba cambiar algo importante, ella lo detectaba.
Cada vez que su abogado intentaba introducir una salida, ella la cerraba.
No levantaba la voz.
No amenazaba.
Simplemente sabía más.
Finalmente Richard firmó.
Una página.
Luego otra.
Después otra.
Cuando terminó, dejó caer la pluma.
Genevieve recogió los documentos.
Los revisó.
—Gracias.
Richard soltó una risa rota.
—¿Gracias?
—La cortesía no cuesta nada.
—Me acabas de quitar mi compañía.
Genevieve negó.
—No.
Guardó los papeles.
—Tú comenzaste a perderla hace años.
Caminó hacia la puerta.
Richard habló.
—Genevieve.
Ella se detuvo.
—Lo siento.
Dominic miró al hombre.
Genevieve no se giró inmediatamente.
Cuando lo hizo, sus ojos estaban húmedos.
—Tal vez algún día esas palabras signifiquen algo.
Abrió la puerta.
—Hoy no.
Salieron.
En el pasillo, Genevieve caminó cinco pasos.
Después se detuvo.
Apoyó una mano en la pared.
Dominic se acercó.
—¿Genevieve?
Ella respiraba rápido.
—Estoy bien.
—No.
—Sí.
Sus dedos temblaban.
Dominic tomó suavemente su muñeca.
—Mírame.
Ella cerró los ojos.
—No quiero llorar aquí.
—Entonces no llores aquí.
—Excelente consejo.
—Ven.
Dominic abrió una puerta lateral.
Era un pequeño salón vacío.
Entraron.
Cerró.
Genevieve se quedó de espaldas a él.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después sus hombros temblaron.
Dominic no habló.
Ella llevó una mano a la boca.
—Pensé…
Se detuvo.
—Pensé que cuando lo tuviera frente a mí sentiría algo diferente.
Dominic permaneció cerca.
—¿Qué esperabas sentir?
—Victoria.
Volteó.
Una lágrima había escapado.
La limpió inmediatamente.
—Pero solo estoy cansada.
Dominic se acercó.
—Eso también está permitido.
Genevieve soltó una pequeña risa.
—No en mi vida.
—Quizá necesitas reglas nuevas.
Ella lo miró.
Dominic levantó una mano.
Dudó.
Finalmente secó con el pulgar otra lágrima que aparecía en su mejilla.
Genevieve no se apartó.
—Mi madre jamás dudó de mí —susurró.
Dominic guardó silencio.
—Lo que dije ahí dentro no era completamente cierto.
Ella tragó saliva.
—Me escribía todas las semanas.
Siempre terminaba igual.
“Sé quién eres.”
La voz se le quebró.
—Murió diciéndolo.
Dominic sintió un peso extraño en el pecho.
—Entonces se fue sabiendo la verdad.
Genevieve asintió.
—Sí.
—Y mañana el resto del mundo también la sabrá.
Ella lo miró.
—¿Por qué me ayudaste?
Dominic casi respondió algo simple.
Porque odiaba a Richard.
Porque quería humillarlo.
Porque Leo merecía protección.
Pero ninguna respuesta parecía completa.
—Al principio…
Hizo una pausa.
—Porque quería arruinarle la noche.
Genevieve soltó una risa.
—Eso sí te lo creo.
Dominic sonrió.
—Después cambió.
—¿Cuándo?
Él la miró.
—Cuando saliste con ese vestido.
—Superficial.
—Déjame terminar.
Genevieve cruzó los brazos.
—Adelante.
—No fue el vestido.
Dominic dio otro paso.
—Fue la forma en que caminaste.
—¿Eso mejora tu defensa?
—Mucho.
—No estoy convencida.
—Entraste a una habitación llena de personas que te habían juzgado y no bajaste la mirada frente a ninguna.
Genevieve dejó de bromear.
Dominic continuó.
—Entonces entendí que Richard no te había roto.
Su voz se volvió más suave.
—Solo te había obligado a descubrir cuánto podías soportar.
Genevieve tragó saliva.
La distancia entre ellos desapareció.
—Dominic…
—Sí.
—Esta noche comenzó como un trato.
—Lo sé.
—Y eso complica las cosas.
—También lo sé.
—No deberíamos…
Dominic esperó.
—¿No deberíamos qué?
Genevieve abrió la boca.
No terminó la frase.
Dominic no la tocó.
Esta vez esperaba.
La elección era de ella.
Genevieve lo miró durante varios segundos.
Después dio un paso.
Apoyó las manos sobre las solapas de su saco.
Y lo besó.
No fue largo.
No fue desesperado.
Fue suficiente para dejar a ambos completamente inmóviles cuando se separaron.
Dominic sonrió apenas.
—Definitivamente no estaba incluido en el trato.
Genevieve todavía tenía las manos sobre su pecho.
—Cállate.
Él soltó una risa.
Ella también.
Por primera vez en años, Genevieve Croft rió sin mirar alrededor para comprobar quién la estaba juzgando.
Regresaron al salón.
La boda continuaba.
Beatrice estaba cerca de Leo.
Cuando vio a Genevieve, caminó hacia ella.
Dominic se tensó.
Genevieve levantó una mano.
No intervengas.
Beatrice se detuvo.
Tenía los ojos rojos.
—¿Qué hicieron?
Genevieve la observó.
—Habla con tu padre.
—¿Vas a destruirlo?
—Beatrice…
—Respóndeme.
Genevieve sostuvo su mirada.
—Tu padre tomó decisiones.
Ahora va a responder por ellas.
Beatrice respiró profundamente.
—¿Y Leo?
Genevieve miró al novio al otro lado del salón.
—Leo no tiene nada que ver.
—¿Eso significa que lo vas a dejar fuera?
—Significa que no voy a castigar a alguien por los pecados de su familia.
Beatrice se quedó completamente quieta.
Comprendió el mensaje.
Porque durante años ella había hecho exactamente eso con Genevieve.
La había condenado por lo que su padre decía.
—Yo…
Su voz se quebró.
—Cuando comenzó todo…
Genevieve esperó.
—Sabía que mi papá estaba escondiendo algo.
—Lo sé.
Beatrice levantó la cabeza.
—¿Cómo?
—No importa.
—Sí importa.
Genevieve respiró.
—Leí tus mensajes.
Beatrice palideció.
—Entonces sabes que…
—Sé que sospechabas.
—Pero nunca dije nada.
Genevieve guardó silencio.
Aquello dolía más que una acusación.
Beatrice bajó la mirada.
—Teníamos veinticuatro años cuando nos conocimos.
—Veinticinco.
Beatrice asintió.
—Éramos amigas.
Genevieve no respondió.
—Y cuando todo explotó…
Las manos de Beatrice comenzaron a temblar.
—Mi padre me dijo que si defendía tu versión, arruinaría a la familia.
Genevieve sintió algo apretarle el pecho.
—Así que elegiste a tu familia.
—Sí.
—Lo entiendo.
Beatrice la miró sorprendida.
Genevieve continuó.
—Entender no significa perdonar.
Aquellas palabras hicieron más daño que cualquier grito.
Beatrice asintió lentamente.
—¿Algún día podrás?
Genevieve miró a Leo.
Después a Dominic.
Luego a Beatrice.
—No lo sé.
Beatrice aceptó la respuesta.
—Gracias por no involucrar a Leo.
—No me agradezcas todavía.
—¿Por qué?
Genevieve se acercó.
—Porque mañana tu esposo va a recibir una llamada que cambiará completamente su vida.
Beatrice abrió los ojos.
—¿Qué hiciste?
Genevieve sonrió ligeramente.
—Felicidades por la boda.
Tomó el brazo de Dominic.
—Disfruta esta noche.
Salieron antes de cortar el pastel.
Afuera hacía frío.
Genevieve respiró profundamente.
Dominic la acompañó hacia el automóvil.
Los fotógrafos seguían allí.
Las cámaras estallaron.
Preguntas.
“¿Señor Costello, quién es su acompañante?”
“¿Señorita Croft, qué hace aquí?”
“¿Está relacionada con los Sterling nuevamente?”
Dominic abrió la puerta.
Genevieve estaba a punto de entrar cuando escuchó una pregunta.
—¡Señorita Croft! ¿Volvería a Sterling Enterprises si pudiera?
Genevieve se detuvo.
Dominic la miró.
Ella volteó hacia los reporteros.
Durante dos segundos nadie respiró.
—Pregúnteme mañana.
Entró al automóvil.
Dominic se sentó a su lado.
La puerta cerró.
Silencio.
El vehículo comenzó a moverse.
Genevieve recostó la cabeza.
Se quitó lentamente el collar.
Lo sostuvo entre las manos.
—Es muy pesado.
Dominic miró los diamantes.
—Puedes quedártelo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si lo acepto, mañana algún periódico va a decir que fui comprada por un Costello.
—¿Te importa?
Genevieve lo miró.
—Ya aprendí lo que ocurre cuando permites que otros escriban tu historia.
Le entregó el collar.
Dominic no lo tomó.
—Entonces escribe otra.
—¿Qué?
—La historia donde decidiste quedártelo porque te gusta.
Ella sonrió.
—No funciona así.
—Debería.
Dominic tomó el collar.
Lo dejó entre ambos.
Después su expresión cambió.
—Me utilizaste.
Genevieve soltó aire.
—Sabía que volveríamos a eso.
—Sabías de Aegis antes de conocerme.
—Sí.
—Sabías que mi dinero estaba involucrado.
—Sí.
—Aceptaste venir porque necesitabas llegar a Richard.
—Sí.
Dominic la observó.
—Y si yo nunca hubiera ido a buscarte…
Genevieve miró por la ventana.
—Habría encontrado otra forma.
—¿Cuál?
—Todavía no la había encontrado.
Dominic sonrió.
—Eso pensé.
Ella volteó.
—¿Estás enojado?
—Debería.
—Pero…
—Estoy impresionado.
Genevieve arqueó una ceja.
—Eso puede ser peor.
—Probablemente.
Dominic se acercó ligeramente.
—Hay algo más.
Ella no dijo nada.
—Siempre hay algo más contigo.
Genevieve suspiró.
—¿Qué quieres saber?
—Richard preguntó si destruirías la memoria.
—Sí.
—Dijiste que una copia permanecería segura.
—Correcto.
—¿Cuántas copias existen?
Genevieve sonrió.
Dominic entendió antes de que respondiera.
—Claro.
Ella se encogió de hombros.
—No sobreviví hasta aquí confiando en un solo dispositivo.
—¿Cuántas?
—Suficientes.
Dominic rió.
—Eres una mujer aterradora.
Genevieve se acercó.
—¿Tienes miedo?
—No.
—Deberías.
—Probablemente.
Esta vez fue Dominic quien la besó.
Más lento.
Sin urgencia.
Genevieve apoyó una mano en su rostro.
Durante algunos segundos no existieron los Sterling.
Ni los Costello.
Ni la empresa.
Ni la boda.
Ni el pasado.
Cuando se separaron, Genevieve respiró profundamente.
—Esto es una mala idea.
—Las buenas ideas suelen aburrirme.
—Eso explica muchas cosas sobre tu vida.
—¿Quieres que te lleve a casa?
Ella miró la ciudad detrás de la ventana.
—Todavía no tengo una.
Dominic frunció el ceño.
—¿Dónde vives?
—Un apartamento rentado cerca de Queens.
—Eso es una casa.
Genevieve negó.
—Es un lugar donde duermo.
Dominic entendió.
Después de perderlo todo, ella todavía no había construido nada nuevo.
—Entonces ven conmigo.
Genevieve lo miró.
—Cuidado.
—¿Con qué?
—Eso sonó peligrosamente parecido a una invitación.
—Lo era.
Ella estudió su rostro.
—Una copa.
—Una copa.
—Nada más.
Dominic levantó las manos.
—Por supuesto.
Genevieve soltó una risa.
—No te creo.
—Yo tampoco.
A la mañana siguiente, Manhattan despertó con un escándalo.
A las ocho, Sterling Enterprises emitió un comunicado.
Richard Sterling renunciaba como director ejecutivo y presidente del consejo por “motivos personales y una urgente necesidad de reorganizar sus prioridades familiares”.
La noticia sacudió el distrito financiero.
Pero el segundo párrafo causó todavía más sorpresa.
Leonardo Costello asumiría temporalmente el control de las acciones principales mientras el consejo elegía una nueva estructura.
El teléfono de Dominic comenzó a sonar a las ocho con tres minutos.
No respondió.
A las ocho con siete volvió a sonar.
A las ocho con once, Leo llamó por sexta vez.
Dominic finalmente contestó.
—Buenos días.
—¡¿Buenos días?!
Dominic alejó ligeramente el teléfono del oído.
Genevieve estaba sentada al otro lado del escritorio.
Ya no llevaba el vestido rojo.
Vestía un traje gris que Dominic había conseguido esa mañana.
El cabello recogido.
Una taza de café.
Parecía haber nacido detrás de un escritorio corporativo.
—¿Sabías esto? —preguntó Leo.
Dominic miró a Genevieve.
—Algo.
—¡Richard renunció!
—Leí el comunicado.
—¡Me entregó las acciones!
—También leí eso.
—¡¿Qué demonios está pasando?!
Dominic sonrió.
—Leo.
—¿Qué?
—Respira.
—¡Me casé hace doce horas y ahora aparentemente soy dueño de una compañía internacional!
Genevieve escondió una sonrisa detrás de la taza.
—Técnicamente —dijo Dominic— no eres dueño de toda la compañía.
Genevieve murmuró:
—Eso no ayuda.
Leo escuchó una voz.
—¿Quién está contigo?
Dominic miró a Genevieve.
Ella negó con la cabeza.
Dominic sonrió.
—Genevieve.
Silencio.
—¿La mujer de anoche?
—Sí.
—Dom…
—Escúchame.
La voz de Dominic cambió.
Leo se calmó.
—Richard tomó decisiones que van a salir a la luz.
—¿Qué decisiones?
—No puedo explicarte todo por teléfono.
—¿Beatrice sabe?
—Parte.
—¿Estoy en problemas?
—No.
Genevieve levantó un dedo.
Dominic corrigió.
—Siempre y cuando hagas exactamente lo que te vamos a recomendar.
—¿Nosotros?
Dominic miró a Genevieve.
—Tú no puedes dirigir Sterling Enterprises solo.
—Eso ya lo sé.
—Necesitas alguien que conozca la empresa.
Leo tardó dos segundos.
—No.
—Sí.
—Dom…
—Genevieve fue directora financiera.
—También fue…
Leo se detuvo.
Dominic endureció la voz.
—Fue incriminada.
Silencio.
—¿Qué?
—Richard confesó.
Leo no respondió.
—Hay documentos.
—¿Beatrice sabe?
—Habla con tu esposa.
Una larga pausa.
—Dios mío.
Dominic se recargó en la silla.
—Genevieve te ayudará a estabilizar la compañía.
Ella levantó una ceja.
—¿Yo dije eso?
Dominic tapó el micrófono.
—Lo harás.
—Qué confianza.
—Te encanta.
—No abuses.
Dominic destapó el teléfono.
—Leo.
—Aquí estoy.
—No firmes nada hasta que Genevieve lo revise.
—¿Y si no quiero trabajar con ella?
Genevieve extendió la mano.
Dominic le pasó el teléfono.
—Leonardo.
—Hola.
—Entiendo que estés confundido.
—Eso se queda corto.
—También entiendo que no confíes en mí.
—No es personal.
Genevieve sonrió.
—Claro que es personal.
Leo no respondió.
—Pero en unas horas recibirás informes reales sobre la situación de la compañía.
Tu suegro dejó más problemas de los que admitió públicamente.
—¿Qué tan graves?
Genevieve abrió una carpeta.
—Si tomas decisiones rápidas y correctas, manejables.
—¿Y si no?
—Sterling podría perder líneas de crédito importantes antes de fin de mes.
Leo soltó aire.
—Genial.
—No.
Genevieve respondió con calma.
—Pero solucionable.
—¿Y tú puedes hacerlo?
—Ya lo hice una vez.
Aquello lo silenció.
—Necesito hablar con Beatrice.
—Hazlo.
—Después te llamo.
—Estaré esperando.
Genevieve colgó.
Dejó el teléfono sobre el escritorio.
Dominic la miraba.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez mientes.
—Te ves feliz.
Genevieve bajó los ojos a los documentos.
—Me siento útil.
—No es lo mismo.
—Por ahora es suficiente.
A las diez llegó su abogado.
A las diez y media entregó la confesión de Richard.
A las once, fiscales solicitaron revisar antiguos documentos.
A mediodía, dos periódicos publicaron la noticia de que nueva evidencia cuestionaba seriamente la condena de Genevieve Croft.
A la una, su teléfono empezó a llenarse de mensajes.
Personas que no le habían hablado durante tres años.
“Siempre supe que algo estaba mal.”
“Tenemos que vernos.”
“Lamento no haberte llamado.”
“Pensé mucho en ti.”
Genevieve leyó los primeros cinco.
Después apagó el teléfono.
Dominic la observó.
—¿No vas a responder?
—No.
—¿A ninguno?
—Las personas que desaparecen durante una tormenta no merecen aparecer cuando sale el sol.
Dominic sonrió.
—Eso me gusta.
Genevieve lo miró.
—Por supuesto que te gusta.
Tres días después, un tribunal aceptó revisar formalmente su caso.
Una semana después, su condena fue anulada.
El comunicado fue breve.
La reacción pública no.
Fotografías de Genevieve entrando a oficinas legales aparecieron en televisión.
Expertos discutían el caso.
Antiguos compañeros hablaban de ella.
Algunos se disculpaban.
Otros fingían haber dudado siempre de la versión oficial.
Genevieve observó todo desde la oficina de Sterling Enterprises.
Su antigua oficina.
La empresa había cambiado los muebles después de su arresto.
Pero la vista era la misma.
Manhattan extendiéndose bajo sus pies.
Dominic apareció detrás de ella.
—Leo dice que rechazaste el título de directora financiera.
—Sí.
—¿Por qué?
Genevieve giró.
—Porque no quiero recuperar mi vida anterior.
—Pensé que eso era exactamente lo que querías.
—Quería mi nombre.
—¿Y ahora?
Ella miró nuevamente la ciudad.
—Quiero construir algo que sea mío.
Dominic se acercó.
—Tengo capital.
Genevieve soltó una risa.
—Y ahí está el mafioso.
—Empresario.
—Depende de qué periódico lea.
—¿Qué quieres construir?
Genevieve lo miró.
—Una firma de investigación financiera.
—¿Para quién?
—Empresas que sospechen de fraude.
Fondos.
Consejos directivos.
Personas que necesiten saber dónde desaparece su dinero antes de terminar frente a un juez.
Dominic asintió.
—Hazlo.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—No quiero que me regales nada.
—No te estoy regalando.
Se acercó.
—Estoy ofreciendo invertir.
—¿Qué porcentaje?
—Veinte.
—Diez.
—Quince.
—Doce.
Dominic sonrió.
—Eres insoportable.
—Doce.
—Catorce.
—Doce y una cena.
Dominic fingió pensarlo.
—¿Cena conmigo?
—Con el inversionista.
—Eso arruina la parte romántica.
—Negocios primero.
—Doce y dos cenas.
Genevieve sonrió.
—Trato.
Estrecharon las manos.
Dominic no la soltó inmediatamente.
Ella tampoco.
Durante las siguientes semanas, la vida de Genevieve cambió con una velocidad que casi daba miedo.
Recuperó su licencia.
Abrió una pequeña oficina.
Contrató a dos analistas que habían sido despedidos años atrás por cuestionar a superiores.
Aceptó entrevistas selectivas.
Nunca habló de prisión con dramatismo.
Nunca buscó lástima.
Solo repetía lo mismo.
—Los sistemas fallan cuando las personas poderosas creen que nadie revisará sus decisiones.
El mensaje se volvió parte de su reputación.
Y algo más comenzó a ocurrir.
Personas empezaron a contratarla.
Primero pequeñas empresas.
Después fondos.
Finalmente, compañías enormes.
Dominic observaba desde cierta distancia.
Ayudaba cuando ella lo permitía.
Y aprendió rápidamente que Genevieve permitía muy poco.
—No necesito chofer.
—No dije que lo necesitaras.
—Entonces dile a tu hombre que deje de seguir mi automóvil.
—Es seguridad.
—Es irritante.
—También es excelente.
—Dominic.
—Genevieve.
Ella lo miró con cansancio.
—Un hombre armado afuera de mi oficina asusta a los clientes.
—Entonces pondré a alguien menos obvio.
—¡No!
—Eso no sonó negociable.
—No lo era.
—Perfecto.
Esa noche apareció una mujer de seguridad vestida como ejecutiva.
Genevieve miró a Dominic.
—Te odio.
—No es cierto.
—Hoy un poco.
Pero sonreía.
Mientras tanto, el matrimonio de Leo y Beatrice sobrevivía.
No fácilmente.
Beatrice tuvo que descubrir verdades sobre su padre que jamás imaginó.
Leo tuvo que aprender que la familia elegante a la que había querido pertenecer ocultaba secretos tan graves como aquellos de los que siempre había intentado protegerse dentro de los Costello.
Una noche llamó a Dominic.
—¿Sabes lo peor?
—Dime.
—Toda mi vida pensé que tú eras el hermano peligroso.
Dominic sonrió.
—Lo soy.
—Sí, pero al menos nunca fingiste ser otra cosa.
Dominic guardó silencio.
Leo continuó.
—Richard pasaba años hablando sobre moral, reputación, buenos apellidos…
—Las personas que hablan demasiado de reputación suelen estar protegiendo algo.
Leo suspiró.
—Beatrice está destrozada.
—Dale tiempo.
—Cree que Genevieve jamás la perdonará.
—Quizá no lo haga.
—¿Y eso está bien?
Dominic pensó.
—Sí.
Leo quedó en silencio.
—No todo daño termina con reconciliación.
A veces termina con distancia.
—Eso suena como Genevieve.
—Estoy aprendiendo de ella.
Leo se rió.
—Eso sí me preocupa.
Dos meses después, Genevieve recibió una invitación.
Otro evento.
Una gala financiera.
Su nombre aparecía escrito correctamente.
Sin referencias a escándalos.
Sin etiquetas.
Genevieve Croft.
Fundadora y directora ejecutiva.
Dominic la encontró sosteniendo la tarjeta.
—¿Vas a ir?
—No sé.
—¿Quieres?
—Parte de mí sí.
—Entonces ve.
—Otra parte siente que sería regresar al lugar donde todo empezó.
Dominic se apoyó contra la puerta.
—No regresarías siendo la misma persona.
Ella levantó la vista.
—¿Vendrías conmigo?
Dominic intentó esconder la sonrisa.
—¿Me estás pidiendo una cita?
—Acompañante.
—Qué poco romántico.
—¿Sí o no?
—Tengo una condición.
Genevieve suspiró.
—Claro.
—Yo elijo el vestido.
Ella soltó una carcajada.
—Ni muerto.
—Entonces no hay trato.
—Dominic.
—Genevieve.
—Está bien.
Él arqueó las cejas.
—¿En serio?
—Puedes elegir entre dos vestidos que yo seleccione previamente.
Dominic negó.
—Eso no es elegir.
—Es democracia supervisada.
—Suena a dictadura.
—Funciona.
Fueron juntos.
Esta vez, cuando Genevieve entró al salón, también hubo silencio.
Pero era distinto.
Nadie la miraba como una criminal.
La miraban como la mujer cuyo caso había sacudido una de las compañías más importantes de la ciudad.
La mujer que había regresado.
Algunas personas se acercaron a saludarla.
Otras evitaron sus ojos.
Genevieve no buscó a ninguna.
Dominic la observaba.
—¿Qué?
—Nada.
—Sigues mintiendo mal.
—Estoy pensando en aquella primera noche.
Genevieve sonrió.
—La boda.
—Sí.
—Tú me usaste para asustar a Richard.
—Y tú me usaste para entrar.
—Parece justo.
—Supongo.
Dominic tomó una copa.
—¿Te arrepientes?
Genevieve lo miró.
—De muchas cosas.
—¿De esa?
Ella se acercó.
—Ni un segundo.
Lo besó brevemente.
Después se separó.
—Ahora compórtate.
—Nunca.
La vida parecía finalmente avanzar.
Hasta que, tres meses después, una llamada cambió todo.
Eran las once y veinte de la noche.
Genevieve estaba sola en su oficina.
Dominic había salido de la ciudad por una reunión.
Ella revisaba documentos de un nuevo cliente cuando su teléfono vibró.
Número desconocido.
Genevieve ignoró la primera llamada.
Volvió a sonar.
Contestó.
—¿Sí?
Silencio.
—¿Quién habla?
Una voz masculina respondió.
—Señorita Croft.
Genevieve se enderezó.
—¿Quién es?
—Usted no me conoce.
—Entonces esta conversación terminó.
—Aegis Holdings.
La mano de Genevieve se congeló sobre el teléfono.
—¿Qué dijiste?
—Aegis Holdings.
Ella se levantó.
Caminó hacia la puerta.
La cerró.
—Identifícate.
El hombre ignoró la orden.
—Richard Sterling no creó Aegis.
Genevieve dejó de respirar.
—¿Quién eres?
—Richard solamente administraba una parte.
—Estás mintiendo.
—Revise sus copias.
Genevieve miró hacia la caja fuerte escondida detrás de un panel.
—¿Qué estoy buscando?
—Una transferencia.
—Hay miles.
—Noviembre veintisiete.
—¿De qué año?
La voz dio la fecha.
Genevieve la anotó.
—¿Monto?
—No importa.
—Todo importa.
Hubo una pequeña pausa.
—Me dijeron que era brillante.
Genevieve apretó la mandíbula.
—¿Quién te lo dijo?
El hombre soltó una respiración.
—Su madre.
Genevieve sintió que el piso desaparecía.
—¿Qué?
La llamada terminó.
—¿Hola?
Miró la pantalla.
Desconectado.
Marcó de vuelta.
Número inexistente.
Durante cinco segundos Genevieve no se movió.
Después caminó hacia la caja fuerte.
Sacó una computadora cifrada.
La encendió.
Introdujo una contraseña.
Abrió los archivos de Aegis.
Buscó la fecha.
Aparecieron nueve operaciones.
Revisó la primera.
Nada.
Segunda.
Nada.
Tercera.
Su respiración cambió.
El destino era una fundación.
Nombre desconocido.
Siguió la transferencia.
Otra empresa.
Luego otra.
Finalmente apareció un documento escaneado.
Genevieve amplió la imagen.
En la esquina inferior había una firma de autorización.
Se quedó completamente inmóvil.
No.
Eso era imposible.
Amplió más.
La firma estaba borrosa.
Pero reconocería aquella caligrafía en cualquier parte.
Había visto ese nombre escrito en tarjetas de cumpleaños.
En notas sobre la mesa.
En cientos de cartas recibidas durante los dos años más oscuros de su vida.
Genevieve llevó una mano a su boca.
La firma decía:
“Eleanor Croft.”
Su madre.
La mujer que supuestamente jamás había tenido ninguna relación con Sterling Enterprises.
La mujer que había muerto mientras Genevieve estaba en prisión.
El teléfono vibró nuevamente.
Un mensaje.
Sin número visible.
Genevieve lo abrió.
Solo había una frase.
“Richard Sterling te quitó dos años de tu vida. Pero nunca preguntaste por qué tu madre llevaba veinte años preparándote para enfrentarlo.”
Genevieve retrocedió.
Otro mensaje llegó.
“Dominic Costello tampoco conoce toda la verdad.”
Y después uno más.
Una fotografía.
Antigua.
Su madre.
Mucho más joven.
De pie junto a tres hombres.
Genevieve reconoció inmediatamente a uno.
Richard Sterling.
Reconoció al segundo después de unos segundos.
El padre fallecido de Dominic.
El tercero permanecía parcialmente oculto por una sombra.
Debajo de la imagen aparecía una fecha.
Veintiséis años atrás.
Genevieve sintió que las manos comenzaban a temblarle.
Marcó a Dominic.
Contestó en el segundo tono.
—¿Qué pasó?
Ella no respondió.
—Genevieve.
—Necesito que regreses.
La voz de Dominic cambió.
—Dime qué ocurrió.
Genevieve miró la fotografía.
—Encontré algo.
—¿Sobre Richard?
—No.
—Entonces ¿sobre quién?
Genevieve sintió un nudo en la garganta.
—Sobre nuestras familias.
Silencio.
Dominic habló lentamente.
—¿Qué encontraste?
Antes de que Genevieve pudiera responder, las luces de su oficina se apagaron.
Todo quedó oscuro.
El teléfono permaneció iluminado contra su rostro.
—Genevieve.
Dominic ya estaba gritando su nombre.
Ella caminó hacia la ventana.
Abajo, un automóvil negro acababa de estacionarse frente al edificio.
Dos hombres bajaron.
Después un tercero.
Genevieve retrocedió.
En su computadora apareció una última notificación.
Un archivo acababa de abrirse solo.
Nombre:
PROYECTO ORFEO.
Y debajo…
una frase.
“Si estás leyendo esto, Eleanor Croft está muerta, Richard Sterling ha caído y los Costello creen que ganaron.”
Genevieve sintió un escalofrío.
La siguiente línea apareció lentamente en la pantalla.
“Eso significa que todo ocurrió exactamente como estaba planeado.”
Dominic seguía al teléfono.
—¡Genevieve, háblame!
Ella miró hacia la puerta.
Alguien acababa de entrar al pasillo.
Pasos.
Lentos.
Seguros.
Acercándose.
Genevieve tomó la computadora.
—Dominic…
—Estoy aquí.
—La boda no fue el final.
Los pasos se detuvieron frente a su oficina.
Genevieve miró la manija.
Comenzó a girar.
Ella susurró:
—Fue el principio.
Y al otro lado de la puerta, una voz que Genevieve jamás pensó volver a escuchar pronunció su nombre.
¡FIN!
Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.