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Aceptó fingir ser la novia del jefe mafioso para vengar a su padre, pero descubrió que los celos de él jamás fueron parte del contrato

Aceptó fingir ser la novia del jefe mafioso para vengar a su padre, pero descubrió que los celos de él jamás fueron parte del contrato

El contrato tenía tres reglas.

No preguntar por los negocios de Domenico Caruso.

No enamorarse.

Y, mientras fingieran estar juntos, Daniela no debía permitir que ningún otro hombre se acercara demasiado.

Ella leyó aquella última cláusula dos veces.

Luego levantó la mirada.

—¿“Ningún otro hombre”? —preguntó, conteniendo una sonrisa incrédula—. ¿También vas a decidir quién puede hablarme?

Domenico permaneció sentado detrás del enorme escritorio de madera oscura.

No sonrió.

No parpadeó.

Solo entrelazó las manos frente a él y la observó como si estuviera calculando algo que Daniela todavía no podía comprender.

—Si estamos haciendo esto —respondió con voz baja—, tiene que parecer real.

Daniela tomó la pluma.

—Perfecto.

Firmó.

Lo hizo por venganza.

Jamás imaginó que tres semanas después comprendería algo mucho más peligroso.

Domenico Caruso no sabía fingir.

Y cuando un hombre tocó el brazo de Daniela frente a él, ella descubrió que la cláusula de los celos nunca había sido una estrategia.

Era una advertencia.

Daniela Coppa conocía perfectamente el peso de la venganza.

No era una palabra elegante.

No era una fantasía emocionante.

Pesaba.

Se acumulaba en el pecho.

Dormía contigo.

Desayunaba contigo.

Se sentaba frente a ti mientras revisabas estados financieros a las dos de la madrugada.

Y, cuando creías que habías aprendido a vivir con ella, regresaba en forma de un recuerdo.

La voz de tu padre.

Una fotografía.

Una cuenta bancaria vacía.

Una puerta cerrándose.

Daniela había cargado con ese peso durante años.

Su padre, Antonio Coppa, había sido un respetado desarrollador inmobiliario de Boston.

No era uno de aquellos hombres que aparecían fotografiados en revistas de negocios sosteniendo una copa de champaña.

Antonio prefería caminar por las obras.

Conocía por nombre a los electricistas.

Llevaba café para los trabajadores cuando hacía frío.

Y tenía una regla que repetía constantemente.

—Nunca firmes algo que no entiendas, Dani.

Cuando Daniela era adolescente, aquella frase le parecía aburrida.

Años después comprendió que había sido la regla que había destruido a su padre.

Porque Antonio Coppa se negó a firmar.

Todo comenzó con un proyecto de remodelación en la zona portuaria.

Cientos de millones de dólares.

Inversionistas internacionales.

Socios políticos.

Fondos privados.

Y detrás de todos ellos aparecía un nombre.

Marcus Sterling.

Marcus era exactamente el tipo de hombre al que las cámaras adoraban.

Sonrisa blanca.

Trajes perfectos.

Fundaciones benéficas.

Galas.

Hospitales.

Universidades.

Fotografías entregando enormes cheques.

Cada diciembre aparecía en televisión hablando sobre responsabilidad social.

Pero Antonio había encontrado irregularidades.

Empresas que existían solo sobre el papel.

Transferencias que regresaban misteriosamente a cuentas privadas.

Propiedades compradas a precios ridículos y revendidas semanas después por cifras absurdas.

Antonio se negó a seguir participando.

Dos meses después, alguien filtró documentos que parecían demostrar que él había desviado millones.

Las noticias explotaron.

“EMPRESARIO DE BOSTON BAJO INVESTIGACIÓN.”

“FRAUDE MILLONARIO.”

“RED FINANCIERA OCULTA.”

El apellido Coppa apareció durante semanas en televisión.

Daniela todavía podía recordar la tarde en que su padre regresó de la oficina después de que los investigadores confiscaran computadoras y documentos.

Antonio abrió la puerta de casa.

Se quedó quieto.

Tenía el abrigo mojado por la nieve.

Su madre, Teresa, estaba sentada en el comedor llorando.

Daniela se levantó.

—Papá.

Él trató de sonreír.

No pudo.

Simplemente dejó las llaves sobre la mesa.

El sonido metálico pareció demasiado fuerte.

—No fui yo —murmuró.

Daniela se acercó.

—Lo sé.

Antonio cerró los ojos.

—No fui yo, Dani.

Esta vez su voz se quebró.

Y Daniela entendió que su padre no estaba hablando con ella.

Estaba intentando convencer al mundo.

Durante los meses siguientes, casi todos desaparecieron.

Socios.

Amigos.

Inversionistas.

Personas que habían cenado en su casa.

Personas que llamaban a Antonio “hermano”.

Personas que juraban que jamás olvidarían todo lo que él había hecho por ellas.

El teléfono dejó de sonar.

Las invitaciones dejaron de llegar.

Los bancos congelaron cuentas.

La empresa perdió contratos.

La familia tuvo que vender propiedades.

Y una mañana, mientras Daniela revisaba documentos tratando de encontrar el origen de las transferencias falsas, escuchó a su madre gritar desde el piso superior.

Antonio había sufrido un ataque cardíaco.

Murió horas después.

Tenía cincuenta y nueve años.

Daniela tenía veintisiete.

En el funeral, Marcus Sterling apareció.

Aquello fue lo que transformó el dolor de Daniela en algo mucho más frío.

Marcus llegó vestido de negro.

Se acercó a Teresa.

La abrazó.

Luego miró a Daniela.

—Tu padre fue un hombre complicado —dijo con fingida tristeza—. Pero espero que algún día puedan superar todo esto.

Daniela lo miró fijamente.

Marcus inclinó ligeramente la cabeza.

Por un segundo, la máscara desapareció.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

Había satisfacción en sus ojos.

No compasión.

Daniela nunca olvidó aquella mirada.

Ni la sonrisa diminuta que Marcus mostró antes de marcharse.

Ese mismo día tomó una decisión.

No iba a gritar.

No iba a amenazar.

No iba a buscarlo.

Iba a aprender.

Y cuando estuviera lista, demostraría exactamente lo que él había hecho.

Daniela se convirtió en contadora forense.

Después estudió análisis digital.

Rastreo de activos.

Sistemas de transferencia.

Algoritmos para detectar movimientos financieros diseñados para pasar desapercibidos.

Era brillante.

Pero su mejor arma no era su inteligencia.

Era la facilidad con la que ciertos hombres la subestimaban.

Daniela era una mujer de curvas marcadas, cabello oscuro y ojos grandes que podían parecer dulces hasta que alguien intentaba engañarla.

En los círculos financieros de Boston, donde muchas mujeres eran evaluadas antes por su vestido que por sus títulos profesionales, Daniela aprendió algo importante.

Los arrogantes hablaban demasiado cerca de las personas que consideraban irrelevantes.

Marcus Sterling era exactamente uno de esos hombres.

La había visto varias veces después de la muerte de Antonio.

Nunca la recordó.

Aquello le convenía.

Daniela pasó casi tres años reconstruyendo la red financiera de Marcus.

Descubrió empresas fantasma.

Cuentas en el extranjero.

Pagos ocultos.

Propiedades adquiridas mediante presión financiera.

Pero faltaba algo.

La prueba definitiva.

Un servidor privado que Marcus mantenía completamente fuera de sus oficinas corporativas.

Según la información que Daniela había conseguido, allí guardaba documentos comprometidos sobre socios, políticos, inversionistas y competidores.

También debía estar el archivo original utilizado para destruir a Antonio Coppa.

El problema era entrar.

Marcus celebraba reuniones privadas constantemente.

Pero nadie accedía a su círculo sin invitación.

Daniela necesitaba a alguien capaz de atravesar sus puertas sin pedir permiso.

Alguien a quien incluso Marcus Sterling tuviera que respetar.

Solo existía un hombre así en Boston.

Domenico Caruso.

El apellido Caruso llevaba décadas provocando silencios incómodos.

Domenico no aparecía dando entrevistas.

No asistía a eventos benéficos.

No sonreía para las cámaras.

Y nunca explicaba demasiado.

Tenía treinta y nueve años, controlaba un enorme entramado de negocios legítimos y cargaba con suficientes rumores alrededor para conseguir que hombres poderosos bajaran la voz cuando pronunciaban su nombre.

Para algunos era un empresario.

Para otros, el heredero de una organización que había gobernado durante generaciones buena parte del mundo clandestino de la ciudad.

Daniela no necesitaba saber cuál versión era completamente cierta.

Solo necesitaba acceso.

Así que hizo algo que ninguna persona razonable habría considerado buena idea.

Entró en uno de los clubes privados de Domenico.

No utilizó fuerza.

No amenazó a nadie.

Estudió durante semanas los horarios del personal, los sistemas de acceso y las zonas de servicio.

Encontró una debilidad.

Y una noche, a las once y cuarenta y tres, abrió la puerta de la oficina privada de Domenico Caruso.

Él estaba sentado leyendo un informe.

Dos hombres de seguridad reaccionaron inmediatamente.

—No te muevas.

Daniela levantó las manos.

Domenico no pareció sorprendido.

Solo levantó la mirada.

La estudió lentamente.

Vestido negro sencillo.

Bolso grande.

Zapatos mojados por la lluvia.

Respiración acelerada.

Miedo.

Pero también determinación.

—¿Cómo entraste? —preguntó.

—Eso no importa.

Uno de los guardias dio un paso.

—Señor Caruso…

Domenico levantó una mano.

El hombre se detuvo.

Daniela sacó una carpeta de su bolso.

Los guardias se tensaron.

Ella la dejó sobre el escritorio.

—Esto te interesa.

Domenico no tocó la carpeta.

—Tienes treinta segundos.

—Marcus Sterling está moviendo dinero utilizando tres empresas que están conectadas con uno de tus competidores.

Silencio.

Daniela vio un cambio casi invisible en sus ojos.

Había conseguido su atención.

—Veinticinco segundos —dijo él.

—Una de las empresas está registrada en Delaware. Otra en las Islas Caimán. La tercera pertenece oficialmente a una mujer que murió hace seis años.

Domenico abrió la carpeta.

Daniela continuó.

—Sterling está utilizando esas estructuras para financiar operaciones que afectan directamente tus negocios.

El silencio se volvió más pesado.

Domenico levantó nuevamente la mirada.

—¿Quién eres?

—Daniela Coppa.

Nada.

Entonces él frunció ligeramente el ceño.

—Antonio Coppa.

Daniela sintió una presión extraña en el pecho.

—Era mi padre.

Domenico cerró lentamente la carpeta.

—Recuerdo el caso.

—Entonces recordarás que destruyeron su reputación.

—Recuerdo lo que dijeron los periódicos.

—Los periódicos estaban equivocados.

—Frecuentemente lo están.

Daniela lo observó.

Había esperado sarcasmo.

No encontró ninguno.

—Marcus Sterling lo hizo.

Domenico se recostó.

—¿Puedes probarlo?

—Todavía no.

—Entonces no tienes nada.

Daniela apretó la mandíbula.

—Sé dónde está la prueba.

Eso lo hizo guardar silencio.

—Tengo una propuesta —continuó ella.

Domenico la observó durante varios segundos.

—Eso empieza a sonar interesante.

Daniela respiró profundamente.

—Sterling organiza un evento dentro de tres semanas en el Ashcroft Country Club. Solo habrá invitados privados.

—Lo sé.

Por supuesto que lo sabía.

—Necesito entrar.

—Consigue una invitación.

—No puedo.

—Problema tuyo.

—Tú sí puedes.

Domenico se quedó inmóvil.

Después bajó la mirada a la carpeta.

—¿Y por qué debería llevarte?

Daniela había ensayado aquella respuesta cien veces.

Pero en ese momento sus manos comenzaron a temblar.

Las escondió detrás de la espalda.

—Porque últimamente tienes demasiadas cámaras siguiéndote.

Domenico alzó una ceja.

—Continúa.

—Investigadores federales. Periodistas. Competidores. Todos esperan que hagas algo.

Los guardias intercambiaron una mirada.

Daniela siguió.

—Necesitas cambiar la conversación.

—¿Y tú vas a decirme cómo manejar mi imagen?

—Sí.

Por primera vez apareció algo parecido a diversión en los ojos de Domenico.

Daniela tragó saliva.

—Una novia.

Él no reaccionó.

—Una relación pública —explicó ella—. Alguien completamente ajeno a tus negocios. Profesional. Sin conexiones con tu mundo. Apariciones públicas. Restaurantes. Eventos. Fotografías. La prensa empezaría a hablar sobre tu vida personal en lugar de tus conflictos empresariales.

—¿Y esa novia serías tú?

—Sí.

Uno de los hombres detrás de Daniela soltó una breve risa.

Domenico lo miró.

La risa desapareció.

Luego volvió a mirar a Daniela.

La estudió.

No como Marcus.

No con desprecio.

Eso fue peor.

Parecía estar observando demasiado.

—Quieres entrar al evento de Sterling colgada de mi brazo.

—Exactamente.

—Robar algo.

Daniela guardó silencio.

Domenico sonrió apenas.

—Y después desaparecer.

—Después terminamos el acuerdo.

Otra pausa.

—¿Cuánto tiempo?

—Tres semanas.

—¿Y si digo que no?

—Me voy.

—¿Y vuelves a entrar en mi oficina dentro de tres semanas?

Daniela casi sonrió.

—Cambiarías la seguridad.

—Ya la cambié mientras estabas hablando.

Ella miró involuntariamente hacia la puerta.

Domenico dejó escapar una exhalación que parecía una risa.

—Siéntate, Daniela Coppa.

Aquella noche negociaron durante una hora.

El contrato llegó a su apartamento al día siguiente.

Tenía doce páginas.

Daniela leyó cada palabra.

Había reglas sobre confidencialidad.

Apariciones públicas.

Horarios.

Seguridad.

Prensa.

Y una sección extraña.

Mientras fueran una pareja pública, ninguna interacción romántica con terceros estaría permitida.

Daniela llamó inmediatamente.

Domenico respondió después del segundo tono.

—¿Qué significa la cláusula siete?

—Buenas tardes para ti también.

—Domenico.

—¿Qué parte no entiendes?

—La parte donde parece que estás intentando controlar con quién hablo.

—No dice eso.

—Dice “ninguna interacción de naturaleza romántica o ambigua”.

—Exacto.

—¿Ambigua según quién?

Silencio.

—Según yo.

Daniela cerró los ojos.

—Esto es absurdo.

—Entonces no firmes.

Ella miró la fotografía de su padre sobre el escritorio.

Antonio sonriendo en una obra de construcción.

Casco amarillo.

Camisa arremangada.

Una mano apoyada sobre el hombro de Daniela cuando ella tenía veinte años.

Daniela tomó la pluma.

—Tres semanas.

—Tres semanas —confirmó Domenico.

—Después terminamos.

Otra pausa.

—Claro.

Algo en la forma en que lo dijo debería haberla preocupado.

Pero Daniela tenía otros problemas.

Dos días después, Domenico la trasladó temporalmente a su penthouse.

—Esto no estaba en el contrato.

Daniela estaba de pie en el enorme recibidor mirando tres maletas que asistentes de Domenico acababan de colocar junto a las escaleras.

—La prensa ya sabe que estamos juntos.

—¿Qué?

Él le mostró el teléfono.

Una fotografía.

Ella saliendo de su oficina privada.

Domenico caminando detrás.

Titular:

“¿QUIÉN ES LA MISTERIOSA MUJER JUNTO A DOMENICO CARUSO?”

Daniela abrió la boca.

—Eso fue rápido.

—Te dije que nos observaban.

—Podría quedarme en mi apartamento.

—No.

—¿No?

—Demasiado riesgo.

—He vivido sola durante años.

—Ya no.

Daniela lo miró.

—Eso sonó terriblemente posesivo.

—Acostúmbrate.

—Es actuación.

Domenico sostuvo su mirada.

—Claro.

Otra vez aquel “claro”.

Daniela empezó a odiarlo.

Y, de una manera que no estaba dispuesta a admitir, también empezó a esperar escucharlo.

Los primeros días fueron extraños.

Domenico tenía una rutina casi militar.

Despertaba antes de las seis.

Tomaba café negro.

Leía periódicos impresos.

Hacía llamadas en italiano.

Salía.

Regresaba.

Y prácticamente nunca explicaba adónde había ido.

Daniela trabajaba desde una biblioteca privada.

Pasaba horas analizando información sobre Sterling.

Por la noche aparecían juntos en restaurantes, galerías o cenas.

Los fotógrafos comenzaron a seguirlos.

Domenico representaba su papel perfectamente.

Demasiado perfectamente.

Siempre tenía una mano en la espalda de Daniela.

Siempre acercaba la silla.

Siempre recordaba lo que ella había pedido la vez anterior.

Una noche Daniela mencionó accidentalmente que odiaba las rosas rojas.

Dos días después encontró peonías blancas en la biblioteca.

Otra tarde comentó que su padre preparaba café con canela durante los inviernos.

A la mañana siguiente había un frasco de canela junto a la cafetera.

—¿Tú pusiste esto? —preguntó.

Domenico levantó los ojos del periódico.

—¿Qué cosa?

Daniela señaló el frasco.

—La canela.

—Tal vez.

—No tienes que hacer estas cosas.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué las haces?

Él volvió al periódico.

—Porque puedo.

Daniela sintió algo extraño.

Se dijo que era incomodidad.

No era cierto.

Lo peor fueron los vestidos.

Domenico había contratado a una diseñadora.

Daniela se negó inicialmente.

—Tengo ropa.

La diseñadora, Bianca, la miró con horror.

—Signorina, no puede ir a la gala de Sterling usando “ropa”. Necesita una declaración de guerra.

Daniela soltó una carcajada.

Domenico, sentado cerca de la ventana, levantó la mirada.

Fue la primera vez que ella lo vio sonreír verdaderamente.

Solo un poco.

Pero transformó completamente su rostro.

Daniela olvidó durante un segundo qué iba a decir.

Él lo notó.

Ella también notó que él lo notó.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Estás sonriendo.

—No.

—Acabas de hacerlo.

—Estás imaginando cosas.

—Caruso, definitivamente estabas sonriendo.

Él bajó la vista hacia su teléfono.

—Pruébatelo.

El vestido era verde esmeralda.

Seda.

Cruzado en la cintura.

Elegante.

Daniela salió del vestidor esperando algún comentario sarcástico.

Domenico levantó la vista.

Y se quedó completamente quieto.

Bianca miró primero a Daniela.

Después a Domenico.

Sonrió.

—Creo que terminamos.

Daniela se observó en el espejo.

El vestido abrazaba sus curvas sin ocultarlas.

Durante años había aprendido a vestirse intentando ocupar menos espacio.

Colores oscuros.

Chaquetas amplias.

Prendas que desviaran la atención.

Aquel vestido hacía exactamente lo contrario.

—Es demasiado —murmuró.

Domenico se puso de pie.

Caminó hasta ella.

Daniela lo vio acercarse mediante el espejo.

—No.

Él se detuvo detrás.

—¿No qué?

—No es demasiado.

Sus ojos se encontraron en el reflejo.

—Es exactamente suficiente.

Daniela sintió que se le secaba la boca.

Bianca carraspeó.

—Voy a… revisar los zapatos.

Salió.

Daniela giró lentamente.

Domenico estaba demasiado cerca.

—No olvides algo —dijo ella.

—¿Qué?

—Esto es falso.

La mirada de Domenico descendió un instante hacia sus labios.

—Lo intento.

Daniela dejó de respirar.

—¿Intentas qué?

Él retrocedió.

—Recordarlo.

A partir de aquella noche, algo cambió.

Pequeñas cosas.

Silencios demasiado largos.

Miradas.

Una tensión imposible de nombrar.

Domenico empezó a llegar más temprano cuando sabía que Daniela estaría cenando.

Daniela comenzó a identificar el sonido de sus pasos.

Él sabía cuándo ella estaba preocupada porque mordía el interior de su mejilla.

Ella descubrió que Domenico se tocaba el reloj cuando estaba irritado.

Ninguno hablaba de eso.

Ambos sabían que quedaban pocos días.

El día del evento de Marcus Sterling llegó demasiado pronto.

El Ashcroft Country Club se extendía sobre hectáreas de jardines impecables.

Nada oscuro.

Nada secreto.

Todo estaba expuesto bajo un cielo azul brillante.

Daniela bajó del vehículo blindado y sintió decenas de ojos sobre ella.

Mujeres impecables.

Empresarios.

Heredero tras heredero.

Apellidos antiguos.

Personas que habían conocido a su padre.

Personas que habían dejado de contestar sus llamadas cuando comenzaron las acusaciones.

Por un segundo, Daniela volvió a tener veintisiete años.

Volvió a estar detrás de una puerta escuchando a su madre llorar.

Volvió a leer comentarios en internet llamando ladrón a Antonio.

Su mano comenzó a temblar.

Entonces sintió la palma de Domenico en su cintura.

Firme.

Caliente.

—Respira —murmuró.

Daniela lo miró.

Domenico llevaba un traje gris claro.

Sin corbata negra.

Sin apariencia intimidante.

Pero incluso bajo el sol parecía peligroso.

—Estoy respirando.

—Estás conteniendo el aire.

Ella exhaló.

—¿Cómo lo sabes?

—Te observo.

Aquello no ayudó.

Domenico inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Quieres irte?

Daniela lo miró sorprendida.

—¿Qué?

—Podemos subir al auto ahora.

—Esperé años por esto.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué preguntas?

Su pulgar se movió apenas sobre la tela verde del vestido.

—Porque vengarte no significa que tengas que destruirte.

Daniela sintió un nudo en la garganta.

Aquello era exactamente lo que su padre le habría dicho.

Apartó la mirada.

—Vamos.

Domenico no insistió.

Entraron juntos.

Marcus Sterling los vio casi inmediatamente.

La sonrisa apareció en su rostro.

Perfecta.

Ensayada.

Falsa.

—Domenico.

Extendió la mano.

Domenico la estrechó.

—Marcus.

Los ojos de Sterling se desplazaron hacia Daniela.

Primero curiosidad.

Después reconocimiento incompleto.

Finalmente indiferencia.

Exactamente lo que ella esperaba.

—Y tú debes ser la mujer misteriosa.

Daniela sonrió.

—Daniela.

—¿Daniela…?

—Coppa.

Por primera vez Marcus dejó de sonreír.

Solo duró medio segundo.

Pero ella lo vio.

Domenico también.

—Coppa —repitió Marcus—. Qué interesante.

—¿Nos conocemos? —preguntó Daniela fingiendo inocencia.

Marcus estudió su rostro.

—Conocí a tu padre.

Daniela mantuvo la sonrisa.

—Muchas personas lo conocieron.

Un silencio.

Domenico rodeó su cintura con el brazo.

Marcus volvió a sonreír.

—Espero que disfrutes la fiesta.

Se alejó.

Daniela soltó lentamente el aire.

—Te reconoció —murmuró Domenico.

—No importa.

—Sí importa.

—Necesito llegar a su oficina.

—Todavía no.

Daniela giró.

—Domenico…

—Hay demasiada atención sobre nosotros.

—Tenemos una oportunidad.

—Y tendremos otra.

—No lo sabes.

—Daniela.

La forma en que dijo su nombre la detuvo.

—No te alejes de mí hasta que la gente deje de observarnos.

—¿Eso es estrategia?

Domenico la miró.

—Sí.

Ella levantó una ceja.

—Mentiroso.

Por un instante casi sonrió.

La música sonaba suavemente.

Meseros caminaban con bandejas.

Daniela comenzó a relajarse.

Entonces apareció Julian Mercer.

Daniela lo había investigado.

Era uno de los hombres más cercanos a Sterling.

Arrogante.

Imprudente.

Convencido de que el dinero era otra forma de permiso.

Julian se acercó con una copa.

—Domenico.

—Julian.

No había cordialidad.

Julian apenas prestó atención.

Sus ojos estaban sobre Daniela.

—No nos han presentado.

—No es necesario —respondió Domenico.

Julian rió.

—Siempre tan amable.

Daniela vio la mandíbula de Domenico tensarse.

—Daniela Coppa —dijo ella antes de que aquello escalara.

Julian tomó su mano.

La sostuvo demasiado tiempo.

—Encantado.

Daniela retiró los dedos.

—Igualmente.

Julian no se movió.

—Debo admitir que Caruso ha mejorado muchísimo sus gustos.

Domenico lo miró.

—Aléjate.

La sonrisa de Julian se ensanchó.

—Tranquilo. Solo estoy conversando.

Daniela sabía que necesitaba mantener la situación bajo control.

No podían generar un escándalo.

No todavía.

—Señor Mercer…

Julian dio otro paso.

—Julian.

—Prefiero señor Mercer.

Domenico bajó la cabeza.

Daniela supo que estaba ocultando una sonrisa.

Julian no lo notó.

—Me gustan las mujeres con carácter.

—Qué inconveniente para ellas —respondió Daniela.

Domenico sí sonrió entonces.

Julian se irritó.

—También me gustan las mujeres que no parecen tener miedo de comer.

La sonrisa de Daniela desapareció.

Aquello no era nuevo.

Había escuchado comentarios similares toda su vida.

Bromas disfrazadas.

Cumplidos que eran insultos.

Opiniones sobre su cuerpo dichas como si todos tuvieran derecho a evaluarlo.

Julian miró alrededor.

—Estas mujeres parecen vivir de champaña y aire. Tú, en cambio…

Domenico avanzó.

Daniela puso una mano sobre su pecho.

—No.

Él bajó los ojos hacia ella.

—Dani.

Era la primera vez que la llamaba así.

Daniela sintió el impacto.

—No vale la pena.

Julian soltó una risa.

Y entonces cometió el error.

Extendió la mano y sujetó el brazo de Daniela.

No violentamente.

Pero sin permiso.

—Vamos, preciosa. No seas tan seria.

Todo cambió.

Daniela sintió primero cómo el cuerpo de Domenico se tensaba.

Después vio su expresión.

Ya no había actuación.

No había empresario sofisticado.

No había pareja sonriente.

Solo una furia silenciosa.

Domenico apartó la mano de Julian de inmediato.

Después se colocó entre ambos.

—No vuelvas a tocarla.

La voz no fue alta.

Por eso resultó peor.

Julian miró alrededor.

Había invitados observando.

Su orgullo tomó la peor decisión posible.

—¿Qué sucede, Caruso? ¿Ahora también necesitas permiso para que alguien salude a tu novia?

Domenico dio un paso.

—Te dije que no vuelvas a tocarla.

—¿O qué?

El jardín quedó extrañamente silencioso.

Daniela escuchó el tintineo de un vaso.

Una mujer dejó de hablar.

Marcus observaba desde varios metros.

Domenico acercó el rostro a Julian.

—O descubrirás que existen consecuencias que tu apellido no puede comprar.

Julian palideció.

Domenico no lo tocó.

No necesitó hacerlo.

La amenaza estaba en sus ojos.

Daniela tomó su mano.

—Domenico.

Él seguía mirando a Julian.

—Mírame.

Nada.

Daniela apretó sus dedos.

—Domenico.

Finalmente giró.

Daniela vio algo que la estremeció.

Miedo.

No por él.

Por ella.

—Estoy bien —susurró.

Domenico respiró profundamente.

Una vez.

Dos.

Luego miró nuevamente a Julian.

—Discúlpate.

Julian soltó una risa nerviosa.

—¿Perdón?

—Con ella.

—Esto es ridículo.

Marcus apareció rápidamente.

—Julian.

Había advertencia en su voz.

Julian miró a Sterling.

Después a Domenico.

Finalmente a Daniela.

—Mis disculpas.

Daniela sostuvo su mirada.

—Aceptadas.

Julian se marchó.

La conversación comenzó a regresar lentamente alrededor.

Pero Daniela sabía que todos habían visto.

Domenico la condujo hacia el interior.

Atravesaron las puertas.

Entraron en un corredor vacío.

Solo entonces él se detuvo.

—Enséñame el brazo.

—Estoy bien.

—Daniela.

—Solo me sujetó.

Domenico miró su piel.

No había marca.

Aun así, su mandíbula permaneció rígida.

—Si te hubiera lastimado…

—Pero no lo hizo.

—No debería haber podido acercarse.

Daniela lo miró.

—No puedes controlar a todos los hombres de Boston.

—Puedo intentarlo.

Ella casi rió.

Pero él hablaba en serio.

—Domenico.

—¿Qué?

—Eso no era actuación.

Silencio.

—¿Qué cosa?

—Afuera.

—Julian cruzó una línea.

—No.

Daniela se acercó.

—Tus ojos.

Domenico no respondió.

—Te pusiste celoso.

Él sostuvo su mirada.

—Está en el contrato.

Daniela soltó una risa incrédula.

—No me vengas con el contrato.

—Lo firmaste.

—La cláusula decía que debíamos parecer pareja. No decía que ibas a mirar como si quisieras expulsar a cualquier hombre que respirara cerca de mí.

Domenico se acercó.

Daniela dejó de sonreír.

—¿Quieres la verdad?

Su voz era baja.

—Sí.

—No me gustó que te tocara.

—Eso ya lo noté.

—No me gusta que te miren como si tuvieran derecho sobre ti.

Daniela tragó saliva.

—Nadie tiene derecho sobre mí.

—Lo sé.

Aquella respuesta la sorprendió.

Domenico continuó.

—Incluyéndome a mí.

Daniela guardó silencio.

Él levantó una mano.

La dejó cerca de su rostro, pero no la tocó.

Esperó.

Daniela entendió.

Le estaba pidiendo permiso.

Asintió apenas.

Domenico rozó su mejilla.

—Pero eso no significa que me guste compartir tu atención.

—No soy algo que puedas compartir.

—Lo sé.

—Entonces deja de hablar como si fuera tuya.

Domenico la miró durante demasiado tiempo.

—Ese es el problema.

Daniela sintió un escalofrío.

—¿Cuál?

—Que sé perfectamente que no eres mía.

Silencio.

Su pulgar se movió junto a la mejilla de Daniela.

—Y aun así cada día quiero más que elijas quedarte.

El corazón de Daniela dio un golpe violento.

Aquello era peor que cualquier declaración posesiva.

Porque no era una orden.

Era vulnerabilidad.

Y Domenico Caruso no parecía un hombre acostumbrado a admitirla.

Daniela retrocedió.

Tenía que recordar por qué estaba allí.

Su padre.

Marcus.

El servidor.

—Necesito ir al baño.

Domenico sonrió sin humor.

—Mentira.

—¿Perdón?

—Estás pensando en la oficina de Sterling.

Daniela se quedó inmóvil.

—No sé de qué hablas.

—Daniela.

—¿Me has estado investigando?

—Desde la noche en que entraste a mi oficina.

—¿Entonces sabes?

—Sé que no viniste aquí para confrontarlo. Viniste por algo digital.

Daniela sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Y aun así me trajiste?

—Sí.

—¿Por qué?

Domenico guardó silencio.

—Porque comprendí que ibas a intentarlo conmigo o sin mí.

—No necesito que me protejan.

—Todo el mundo necesita que alguien cuide su espalda.

—¿Incluso tú?

Algo oscuro cruzó por sus ojos.

—Especialmente yo.

Daniela miró hacia el corredor.

El segundo piso estaba cerca.

—Dame cinco minutos.

—No.

—Domenico.

—Tres.

Ella lo miró.

—¿Tres?

—Tres minutos. Después voy a buscarte.

—No puedes simplemente…

—Dos minutos cincuenta y ocho segundos.

—Eres insoportable.

—Dos cincuenta y cinco.

Daniela se dio vuelta.

—Quédate aquí.

—Dos cincuenta.

Ella caminó rápidamente.

Cuando dobló la esquina, se quitó los tacones.

La Daniela tímida desapareció.

La hija de Antonio Coppa tomó el control.

Subió por una escalera de servicio.

Segundo piso.

Pasillo este.

Puerta privada.

Marcus Sterling.

Daniela sacó del bolso un pequeño dispositivo que había preparado.

Había conseguido la frecuencia necesaria minutos antes mientras Marcus hablaba con Domenico.

Acercó el aparato al lector.

Una luz verde.

La cerradura hizo clic.

Daniela entró.

Cerró.

El despacho era exactamente como imaginaba.

Demasiado grande.

Demasiado caro.

Demasiado impersonal.

Fue directamente hacia una pintura abstracta.

La retiró.

Detrás había una terminal.

—Vamos.

Conectó una unidad.

Introdujo códigos.

La pantalla cambió.

Carpetas.

Registros.

Transferencias.

Miles de archivos.

Daniela buscó.

COPPA.

Nada.

ANTONIO.

Nada.

PORT DISTRICT.

Docenas.

Abrió una carpeta.

Ahí estaba.

Su corazón se detuvo.

COPPA DEVELOPMENT / INTERNAL AUDIT.

Daniela abrió el primer documento.

Transferencias falsas.

Firmas manipuladas.

Correos de empleados de Sterling discutiendo cómo responsabilizar a Antonio.

Un mensaje.

“COPPA NO FIRMARÁ. ACTIVAR PLAN B.”

Daniela se llevó una mano a la boca.

Durante años había sabido la verdad.

Pero verla…

Leerla…

Era diferente.

Las lágrimas llenaron sus ojos.

—Papá.

No tenía tiempo.

Copió todo.

Treinta por ciento.

Cuarenta.

Cincuenta y cinco.

Su teléfono vibró.

DOMENICO.

Ignoró la llamada.

Setenta.

Otra vibración.

DOMENICO.

Ochenta y cuatro.

Golpes en la puerta.

Daniela se congeló.

—Abra.

Una voz masculina.

Noventa.

—Señora, sabemos que hay alguien dentro.

Noventa y cinco.

Daniela miró la puerta.

Noventa y ocho.

El pomo se movió.

Noventa y nueve.

—Vamos.

Cien.

DESCARGA COMPLETA.

Daniela arrancó la unidad y la escondió dentro del vestido.

La puerta se abrió.

Marcus Sterling entró acompañado por dos hombres.

Su rostro ya no mostraba ninguna sonrisa.

—Sabía que te conocía.

Daniela levantó la barbilla.

Marcus cerró la puerta.

—Antonio Coppa.

—Mi padre.

—Tu padre cometió errores.

—Confiar en ti fue uno.

Los ojos de Marcus se endurecieron.

—Sigues siendo igual de insolente que él.

—¿Lo recuerdas bien?

—Lo recuerdo rogándome que dijera la verdad.

La respiración de Daniela se detuvo.

Marcus sonrió.

—Sí. Rogó.

Las manos de Daniela comenzaron a temblar.

—Tú lo destruiste.

—Tu padre se destruyó solo cuando decidió interponerse.

—Fabricaste pruebas.

—Eso será difícil de demostrar.

Daniela pensó en la unidad escondida.

—Tal vez.

Marcus miró la computadora.

Después a ella.

Su sonrisa desapareció.

—Regístrenla.

Los dos hombres avanzaron.

Daniela retrocedió.

—No me toquen.

—No compliques esto —dijo Marcus.

—Ya está complicado.

—Domenico no llegará a tiempo.

Daniela lo miró.

Marcus sonrió otra vez.

—¿De verdad crees que Caruso se enamoró de ti?

Aquello golpeó inesperadamente.

Daniela no respondió.

—Eres útil —continuó Marcus—. Nada más.

—Cállate.

—Hombres como Domenico no aman. Poseen. Usan. Reemplazan.

Uno de los guardias se acercó.

Daniela tomó una pesada figura decorativa del escritorio.

—Otro paso y tendremos un problema.

Marcus rió.

—Mírate. Igual que Antonio. Convencida de que la dignidad te salvará.

Entonces alguien habló desde el corredor.

—No.

Todos se detuvieron.

La voz de Domenico.

—Pero yo sí puedo ayudar.

Apareció en la puerta.

No llevaba arma visible.

No gritó.

No necesitaba hacerlo.

Detrás de él había dos hombres de seguridad del club y, para sorpresa de Marcus, un abogado.

Samuel Rinaldi.

Uno de los abogados corporativos más respetados de Massachusetts.

Marcus palideció.

—¿Qué significa esto?

Domenico entró.

Sus ojos buscaron a Daniela inmediatamente.

—¿Estás bien?

Ella asintió.

—Perfectamente.

Solo entonces miró a Marcus.

—Tus hombres van a alejarse de ella.

Marcus intentó recuperar el control.

—Entró ilegalmente en mi oficina.

Rinaldi levantó una carpeta.

—Eso puede discutirlo después con sus abogados.

Marcus miró hacia él.

—¿Qué hace aquí?

—Trabajando —respondió Rinaldi.

Domenico se acercó a Daniela.

—Tres minutos.

—Fueron cinco.

—Exactamente.

Daniela casi sonrió.

Marcus levantó la voz.

—¡Ella robó información privada!

Domenico lo miró.

—¿Qué información?

Silencio.

—Dinos —continuó Domenico—. ¿Qué había exactamente en ese servidor que tanto te preocupa?

Marcus cerró la boca.

Rinaldi sonrió.

—Excelente pregunta.

Por primera vez, Daniela comprendió el plan.

Domenico no había llegado a provocar una pelea.

Había llegado preparado.

Abogado.

Testigos.

Cámaras del pasillo.

Todo.

Marcus había quedado atrapado.

Daniela caminó hacia él.

—Mi padre murió creyendo que nunca podría limpiar su nombre.

Marcus apretó los dientes.

—Tu padre tomó decisiones.

—Sí.

Daniela sostuvo su mirada.

—Decidió no convertirse en alguien como tú.

Después se dio vuelta.

Domenico la acompañó hasta la puerta.

Cuando llegaron al corredor, Daniela sintió que las piernas finalmente empezaban a fallarle.

Domenico la sostuvo.

—Tengo las pruebas —susurró ella.

Él la miró.

—¿Todo?

Daniela asintió.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Todo.

Domenico la abrazó.

No posesivamente.

No para las cámaras.

No como parte de un contrato.

Simplemente la sostuvo.

Daniela apoyó el rostro contra su pecho.

Por primera vez desde la muerte de Antonio, permitió que alguien estuviera allí mientras lloraba.

Aquella noche regresaron al penthouse.

Daniela no habló durante el trayecto.

Domenico tampoco.

Al entrar, ella fue directamente a la biblioteca.

Sacó la unidad.

Conectó una computadora completamente aislada de internet.

Domenico permaneció detrás.

Daniela abrió los archivos.

Correos.

Transferencias.

Documentos.

Firmas.

Grabaciones.

Había suficiente información para limpiar el nombre de Antonio.

Suficiente para desencadenar investigaciones.

Suficiente para destruir la fachada de Marcus Sterling.

Daniela comenzó a llorar otra vez.

Pero aquella vez sonrió.

—Lo conseguimos.

Domenico estaba mirándola.

—Tú lo conseguiste.

Ella negó.

—No habría entrado sin ti.

—Habrías encontrado otra manera.

—Probablemente.

Él sonrió.

Daniela bajó la mirada.

—¿Qué sucede ahora?

—Rinaldi enviará copias a varias autoridades y medios de comunicación de manera controlada. Si Sterling intenta eliminar algo, ya será tarde.

—¿Y nosotros?

Domenico guardó silencio.

Daniela lo miró.

—El contrato terminó.

Él apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.

—Sí.

—Conseguí lo que necesitaba.

—Sí.

—Entonces mañana regreso a mi apartamento.

La expresión de Domenico no cambió.

Pero sus dedos se tensaron.

—Si eso quieres.

Daniela sintió algo incómodo en el pecho.

Había esperado que discutiera.

Que insistiera.

Que utilizara alguna de sus frases arrogantes.

No lo hizo.

—¿Eso es todo?

Domenico levantó la mirada.

—¿Qué quieres que diga?

Daniela no sabía.

Aquello la irritó.

—Nada.

Cerró la computadora.

—Buenas noches.

Domenico la dejó marcharse.

Y por alguna razón aquello dolió mucho más que si hubiera intentado detenerla.

Daniela empacó por la mañana.

Dobló lentamente los vestidos que Bianca había preparado.

Encontró el frasco de canela entre sus cosas.

No recordaba haberlo puesto allí.

Se sentó en la cama.

Tres semanas.

Solo habían sido tres semanas.

Entonces ¿por qué sentía que abandonar aquel penthouse era abandonar una vida completa?

Alguien llamó suavemente.

Domenico.

Estaba parado en la puerta.

—El auto está listo.

Daniela asintió.

—Gracias.

Él miró las maletas.

—Rinaldi llamó.

—¿Y?

—Esta mañana dos agencias federales abrieron investigaciones formales.

Daniela dejó de respirar.

—¿De verdad?

—También recuperaron registros históricos relacionados con tu padre.

Las lágrimas aparecieron inmediatamente.

—¿Su nombre…?

—Todavía llevará tiempo.

Domenico se acercó.

—Pero lo van a limpiar.

Daniela cerró los ojos.

Una lágrima descendió.

Domenico levantó la mano.

Otra vez se detuvo antes de tocarla.

Daniela asintió.

Él secó la lágrima.

—Lo hiciste, Dani.

Ella soltó una risa rota.

—Papá tendría tantas cosas que decir.

—Probablemente te regañaría por entrar ilegalmente en una oficina.

Daniela rió de verdad.

—Definitivamente.

Silencio.

Sus ojos se encontraron.

Domenico retrocedió.

—Deberías irte antes de que cambie de opinión.

Daniela frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

—Sobre dejarte marchar.

Aquella frase hizo que el aire desapareciera de la habitación.

—Pensé que no tenías derecho a detenerme.

—No lo tengo.

—Entonces…

Domenico se acercó.

—Puedo querer algo sin obligarte a dármelo.

Daniela sintió que el corazón empezaba a golpearle.

—¿Y qué quieres?

La mirada de Domenico descendió hacia su boca.

Después volvió a sus ojos.

—Que te quedes.

Daniela no respondió.

—No por Sterling —continuó—. No por el contrato. No por las cámaras.

Su voz perdió dureza.

—Por mí.

Daniela sintió las manos temblar.

—Eso no formaba parte del acuerdo.

—No.

—Tampoco los celos.

Domenico casi sonrió.

—Definitivamente no.

—Ni las flores.

—No.

—Ni la canela.

—Eso fue Bianca.

Daniela entrecerró los ojos.

—Mentiroso.

Él sonrió.

Y aquella sonrisa terminó con la poca resistencia que quedaba.

Daniela cerró la distancia entre ambos.

Lo besó.

Domenico quedó inmóvil durante un segundo.

Como si incluso él estuviera sorprendido.

Después llevó lentamente una mano hacia su cintura.

Sin apretar.

Sin exigir.

Esperando.

Daniela lo acercó.

—Eso tampoco estaba en el contrato —murmuró.

—Gracias a Dios.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Boston explotó.

Los documentos comenzaron a aparecer.

Investigaciones.

Órdenes judiciales.

Socios de Sterling intentando protegerse.

Miembros de juntas directivas renunciando.

Bancos congelando cuentas.

Marcus negó todo.

Su equipo publicó comunicados.

Después aparecieron correos.

Grabaciones.

Transferencias.

Y finalmente un documento interno demostrando que Antonio Coppa había advertido sobre el fraude antes de ser acusado.

El apellido Coppa volvió a los titulares.

Pero esta vez las palabras eran diferentes.

“DOCUMENTOS CUESTIONAN CASO CONTRA EMPRESARIO FALLECIDO.”

“NUEVAS PRUEBAS APUNTAN A MANIPULACIÓN DE REGISTROS.”

“FAMILIA COPPA PODRÍA HABER SIDO VÍCTIMA DE CONSPIRACIÓN FINANCIERA.”

Teresa llamó a Daniela llorando.

—Tu padre…

No pudo continuar.

Daniela cerró los ojos.

—Lo sé, mamá.

—Siempre dijo la verdad.

—Lo sé.

Durante años Teresa había conservado todas las pertenencias de Antonio.

Aquella tarde sacó nuevamente su reloj.

La familia había pensado venderlo cuando tuvieron problemas económicos.

Teresa se negó.

—Esto se lo daré a Daniela cuando todo termine.

Ahora finalmente se lo entregó.

Daniela se puso el reloj de su padre.

Era demasiado grande para su muñeca.

No importaba.

Aquella noche regresó al penthouse de Domenico.

No porque tuviera que hacerlo.

Porque quería.

Él estaba en la terraza mirando la ciudad.

Daniela se colocó a su lado.

—Mi madre me dio esto.

Le mostró el reloj.

Domenico lo observó.

—Era de tu padre.

Daniela giró rápidamente.

—¿Cómo sabes?

Domenico tardó una fracción de segundo demasiado larga en responder.

—Lo vi en fotografías.

Daniela lo estudió.

Algo dentro de ella reaccionó.

Una pequeña alarma.

—¿Qué fotografías?

—Artículos antiguos.

La respuesta tenía sentido.

Pero no completamente.

Daniela decidió no insistir.

Domenico tomó su mano.

—¿Estás bien?

—Creo que sí.

Miraron la ciudad.

Daniela apoyó la cabeza sobre su hombro.

Por primera vez en años, no estaba planeando el día siguiente.

No estaba buscando pruebas.

No estaba siguiendo dinero.

No estaba tratando de demostrar nada.

Simplemente respiraba.

Pensó que la historia había terminado.

Se equivocaba.

Tres semanas después, Marcus Sterling fue formalmente acusado de múltiples delitos financieros.

Varias investigaciones continuaban abiertas.

Antonio Coppa fue oficialmente reconocido como una de las personas que había intentado denunciar irregularidades dentro del proyecto portuario.

No era posible devolverle la vida.

Pero su nombre ya no estaba manchado.

Daniela visitó su tumba.

Llevó café con canela.

—Lo logramos, papá.

Se sentó frente a la lápida.

—Bueno… lo logré con ayuda.

Sonrió.

—No te gustaría mucho mi ayuda.

Imaginó la reacción de Antonio al conocer a Domenico.

Probablemente silencio.

Una mirada larga.

Después veinte preguntas.

Daniela rió.

—Pero creo que terminarías respetándolo.

El viento movió las hojas.

Ella dejó la mano sobre la lápida.

—Te extraño.

Cuando regresó al penthouse aquella noche, Domenico no estaba.

Había viajado a Nueva York por asuntos empresariales.

Daniela se preparó café.

Entró en la biblioteca.

Tenía trabajo atrasado.

Abrió la computadora aislada donde conservaba una copia del servidor de Sterling.

La investigación oficial había extraído lo necesario.

Pero Daniela todavía quería revisar cada archivo.

Quizá encontraría víctimas que nadie había identificado.

Carpetas.

Fechas.

Empresas.

Nombres.

Pasaron dos horas.

Entonces encontró algo extraño.

Una carpeta cifrada dentro de otra carpeta.

No figuraba en el índice original.

Nombre:

C-17.

Daniela frunció el ceño.

Intentó abrirla.

Contraseña.

Probó varios algoritmos.

Nada.

Siguió trabajando.

A las dos de la madrugada consiguió acceso.

La carpeta contenía solo siete archivos.

Daniela abrió el primero.

Una lista de empresas.

El segundo.

Fotografías de reuniones antiguas.

El tercero.

Un documento escaneado.

Fecha:

Doce años atrás.

Mucho antes del escándalo de su padre.

Daniela amplió la imagen.

Había dos firmas.

Una pertenecía a Marcus Sterling.

La otra…

Daniela dejó de respirar.

CARUSO.

Se acercó a la pantalla.

No decía Domenico.

Decía:

VITTORIO CARUSO.

El padre de Domenico.

Daniela sintió que se le helaban las manos.

Abrió el siguiente archivo.

Un correo antiguo.

STERLING:

“Coppa sigue haciendo preguntas. Si descubre la estructura completa, ambos tendremos problemas.”

Respuesta:

V. CARUSO:

“Ocúpate de tu lado. Yo controlaré el mío.”

Daniela se quedó completamente inmóvil.

No.

No podía ser.

Siguió leyendo.

Antonio había encontrado algo más grande de lo que ella imaginaba.

No solo operaciones de Sterling.

Había conexiones antiguas entre las organizaciones Sterling y Caruso.

Contratos.

Propiedades.

Pagos.

Todo anterior a Domenico tomando el control de los negocios familiares.

Daniela se llevó ambas manos a la boca.

Entonces apareció una nueva línea.

Un archivo llamado:

COPPA_FINAL.

Lo abrió.

La pantalla mostró una fotografía.

Su padre.

Antonio.

Saliendo de un restaurante.

Fecha:

Seis semanas antes del escándalo.

Junto a él caminaba un hombre.

Más joven.

Traje oscuro.

Cabello negro.

Rostro imposible de confundir.

Daniela sintió que el corazón dejaba de funcionar.

Domenico.

Su Domenico.

La fotografía mostraba a Antonio Coppa hablando directamente con Domenico Caruso.

Daniela retrocedió lentamente.

La silla raspó el suelo.

—No…

Abrió otro documento.

Una nota.

“D.C. se reunió con Coppa. Desconocemos qué información intercambiaron.”

Daniela sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.

Domenico había dicho que solo conocía el caso por los periódicos.

Había mentido.

Conoció a su padre.

Antes de que todo ocurriera.

Antes de la caída.

Antes de la muerte.

El teléfono de Daniela vibró.

Un mensaje.

Domenico.

“Acabo de aterrizar. Estaré en casa en cuarenta minutos.”

Daniela miró la pantalla.

Sus dedos temblaban.

Entonces llegó otro mensaje.

Número desconocido.

Sin nombre.

Sin fotografía.

Solo una frase.

“Si encontraste C-17, ya sabes que Caruso te mintió.”

Daniela sintió que el pecho se cerraba.

Otro mensaje apareció inmediatamente.

“Pero todavía no sabes por qué.”

Daniela escribió:

“¿Quién eres?”

La respuesta llegó diez segundos después.

“Alguien que estuvo allí cuando tu padre descubrió la verdad.”

Daniela dejó de respirar.

Escribió:

“¿Qué verdad?”

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Finalmente llegó una fotografía.

Antonio Coppa.

Domenico Caruso.

Y una tercera persona.

Daniela amplió la imagen.

Su madre.

Teresa.

Daniela se quedó paralizada.

Debajo apareció el último mensaje.

“Pregúntale a Domenico qué ocurrió realmente la noche anterior al ataque cardíaco de tu padre.”

Las manos de Daniela comenzaron a temblar con tanta fuerza que casi dejó caer el teléfono.

Escuchó un sonido.

La puerta principal del penthouse.

Se abrió.

Domenico había regresado.

Mucho antes de lo esperado.

Sus pasos avanzaron por el corredor.

Daniela miró la computadora.

La fotografía seguía abierta.

Antonio.

Teresa.

Domenico.

La puerta de la biblioteca se abrió lentamente.

Domenico apareció.

Traje oscuro.

Cabello ligeramente desordenado por el viaje.

Al verla, sonrió.

—Pensé que estarías dormida.

Daniela no respondió.

La sonrisa desapareció.

Domenico miró la pantalla.

Luego volvió a mirar a Daniela.

Y por primera vez desde que lo conocía, ella vio algo que jamás había visto en sus ojos.

Miedo.

No sorpresa.

Miedo.

Como si hubiera sabido siempre que ese momento podía llegar.

Daniela se puso de pie.

Sus manos seguían temblando.

—Tú conocías a mi padre.

Domenico cerró lentamente la puerta detrás de él.

—Dani…

Ella levantó una mano.

—No.

Su voz se quebró.

Respiró.

Volvió a intentarlo.

—No me llames así.

Domenico permaneció quieto.

Daniela señaló la fotografía.

—Me dijiste que conocías su historia por los periódicos.

Silencio.

—Me mentiste.

Domenico bajó la mirada.

Aquel pequeño gesto fue suficiente.

Daniela sintió algo romperse dentro de ella.

—¿Desde cuándo sabías quién era yo?

Domenico levantó los ojos.

—Desde antes de que entraras en mi oficina.

Daniela dejó de respirar.

—¿Qué?

—Sabía tu nombre.

—¿Cómo?

Él no respondió.

—Domenico.

Nada.

Daniela caminó hacia él.

—¿Cómo sabías mi nombre?

Su teléfono vibró otra vez.

Ambos miraron.

Nuevo mensaje.

“NO LE CREAS CUANDO DIGA QUE INTENTÓ SALVARLO.”

Daniela palideció.

Domenico vio la pantalla.

Su expresión cambió por completo.

—¿Quién está enviándote eso?

—Contesta mi pregunta.

—Daniela, necesito ver ese número.

—¡CONTESTA MI PREGUNTA!

Su voz resonó en la biblioteca.

Domenico quedó inmóvil.

Daniela respiraba con dificultad.

—¿Qué pasó la noche antes de que muriera mi padre?

El silencio se hizo insoportable.

Finalmente Domenico habló.

—Tu padre vino a buscarme.

Daniela sintió que el suelo desaparecía.

—¿Por qué?

Domenico dio un paso.

Ella retrocedió.

Él se detuvo.

—Porque había descubierto algo.

—¿Qué?

Domenico miró la computadora.

La carpeta C-17.

Después miró nuevamente a Daniela.

—Algo que podía destruir a Sterling.

—Eso ya lo sé.

Domenico negó lentamente.

—No.

Su voz bajó.

—Lo que encontraste en el servidor de Marcus era solo una parte.

Daniela sintió frío.

—¿Una parte de qué?

Domenico tardó varios segundos en responder.

—De algo que empezó mucho antes de nosotros.

El teléfono vibró nuevamente.

Otra fotografía.

Una hoja escrita a mano.

Daniela reconoció inmediatamente la letra.

Era de su padre.

Solo había una frase.

“SI ALGO ME PASA, DANIELA DEBE SABER QUE EL ENEMIGO NUNCA FUE SOLO STERLING.”

Daniela levantó lentamente los ojos hacia Domenico.

Él estaba pálido.

—¿Tú sabías de esto?

Domenico cerró los ojos.

Y esa fue la respuesta.

Daniela sintió que las lágrimas descendían.

—Dios mío.

—Déjame explicarte.

—Tres semanas —susurró ella—. Dormí bajo tu techo. Confié en ti. Te conté cosas sobre mi padre.

—Lo sé.

—Me ayudaste a vengarlo.

—Sí.

—Y todo ese tiempo sabías algo que yo no sabía.

Domenico dio un paso.

—Porque intentaba mantenerte fuera de esto.

Daniela soltó una risa rota.

—¿Fuera?

Señaló la pantalla.

—Entré al servidor de Marcus Sterling.

—Eso no es lo mismo.

—¿Entonces qué es peor?

Domenico guardó silencio.

Daniela comprendió que acababa de formular la pregunta equivocada.

Porque existía una respuesta.

Y él no quería decirla.

Su teléfono vibró por última vez.

Un archivo de audio.

Duración:

00:47.

Daniela tocó reproducir.

Estática.

Después una voz.

La voz de Antonio Coppa.

Su padre.

—Si alguien encuentra esto… Marcus no está actuando solo.

Daniela dejó de respirar.

Domenico cerró los ojos.

La grabación continuó.

—Hay alguien dentro de los Caruso ayudándolo. No sé quién. Pero Domenico me prometió que lo descubriría.

Daniela miró a Domenico.

Él también la miraba.

La grabación siguió.

—Si no regreso a casa esta noche, dile a Teresa que proteja a Daniela. Y dile a Domenico…

Estática.

Un golpe.

Después la voz de Antonio regresó, más baja.

—Dile que no confíe en su propio padre.

La grabación terminó.

Silencio.

Daniela sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.

Vittorio Caruso.

El padre de Domenico.

El hombre cuya firma aparecía junto a la de Marcus.

Domenico habló apenas por encima de un susurro.

—Ahora entiendes por qué nunca te lo dije.

Daniela negó lentamente.

—No.

Lo miró con lágrimas en los ojos.

—Ahora entiendo que apenas conozco al hombre del que me enamoré.

Domenico recibió aquellas palabras como un golpe.

Daniela tomó la unidad del servidor.

La guardó.

—Necesito irme.

—No.

Ella lo miró furiosa.

Domenico inmediatamente corrigió.

—No quiero que te vayas sola. La persona que te envió esos mensajes sabe demasiado.

—¿Y tú no?

Silencio.

Daniela tomó su bolso.

Entonces todas las luces del penthouse se apagaron.

Oscuridad.

Domenico reaccionó inmediatamente.

—Daniela, no te muevas.

—¿Qué está pasando?

Las luces de emergencia se encendieron en rojo.

Un sonido comenzó a sonar en el sistema de seguridad.

No era la alarma principal.

Era otra cosa.

Domenico miró hacia el panel.

Su rostro cambió.

—Alguien acaba de entrar al edificio.

Daniela sintió el frío subir por su espalda.

—¿Quién?

Domenico sacó el teléfono.

Ninguna señal.

La pantalla de la computadora se encendió sola.

Daniela giró.

Apareció una ventana negra.

Letras blancas comenzaron a escribirse.

UNA POR UNA.

“DANIELA COPPA.”

Después:

“TU PADRE NO MURIÓ POR LO QUE DESCUBRIÓ.”

Pausa.

“FUE POR A QUIÉN DECIDIÓ CONTÁRSELO.”

Daniela miró a Domenico.

Él estaba inmóvil.

La siguiente línea apareció.

“Y DOMENICO TODAVÍA NO TE HA DICHO QUIÉN ESTABA CON ÉL AQUELLA NOCHE.”

Daniela sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—¿Quién? —susurró.

Domenico no respondió.

—¿Quién estaba contigo?

Un ruido sonó al otro lado de la puerta.

Tres golpes.

Lentos.

Separados.

Domenico se colocó delante de Daniela.

Los golpes volvieron.

Entonces una voz llegó desde el corredor.

Una voz femenina.

Conocida.

Daniela palideció.

—No puede ser…

La puerta comenzó a abrirse.

Y antes de que Daniela pudiera moverse, escuchó claramente las palabras que cambiarían todo lo que creía saber sobre la muerte de su padre.

—Daniela… soy yo.

Su madre.

Teresa Coppa.

Y venía a contarle por qué Antonio había pasado su última noche junto a Domenico Caruso.

¡FIN!

Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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