En medio de la cena de Navidad, mi hija me miró con la mirada de una niña que se ha quedado sin formas de pedir auxilio. Estaba a punto de convencerme de que solo estaba cansada, hasta que deslizó sigilosamente hacia mí un trozo de papel escondido bajo el mantel. Una sola palabra, “Auxilio”, escrita con trazos temblorosos, fue suficiente para que todo el banquete frente a mis ojos cambiara de sentido por completo.
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