News

ÉL SE ENAMORÓ DE ELLA A PRIMERA VISTA… PERO OCULTÓ QUE ERA UN PODEROSO MAGNATE.

—Si sigues mirándola así, tarde o temprano va a darse cuenta.

Tomás Alcázar apartó los ojos de la joven sentada unas mesas más allá y miró al mesero como si acabara de despertarlo.

—¿Perdón?

El muchacho señaló la taza frente a él.

—Su café lleva quince minutos enfriándose.

Tomás bajó la vista.

Tenía razón.

Había entrado en aquella cafetería del centro histórico de Puebla buscando desaparecer durante una hora. Sin asistentes. Sin reuniones. Sin chófer esperando en la puerta. Sin escuchar su apellido cada treinta segundos y sin que nadie le preguntara si aprobaba una adquisición, un presupuesto o una estrategia para el siguiente trimestre.

Solo quería sentarse.

Beber café.

Ser invisible.

Entonces la había visto.

La joven ocupaba una mesa junto a la ventana. Tendría alrededor de veintiocho años, vestía jeans, una blusa sencilla y llevaba el cabello recogido de una manera que parecía haber requerido menos de treinta segundos. Sostenía un libro rojo entre las manos y tenía una taza casi intacta frente a ella.

No había nada ostentoso en su apariencia.

Y quizá precisamente por eso Tomás seguía mirándola.

Ella no parecía estar intentando que nadie la mirara.

Tomás observó cómo tomó su teléfono.

Su expresión cambió.

La pequeña calma que había en su rostro desapareció.

—No —murmuró.

Leyó de nuevo la pantalla.

“Lamentamos informarte que hemos elegido a otro candidato.”

Cerró los ojos unos segundos.

Tomás no podía ver el mensaje desde su mesa, pero reconocía una mala noticia cuando la veía atravesar la cara de alguien.

La joven dejó el teléfono boca abajo.

Respiró.

Abrió otra vez su libro.

Como si pudiera esconderse dentro de sus páginas.

Tomás debería haber apartado la mirada.

No lo hizo.

Ella pasó una hoja.

Frunció el ceño.

Después sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, casi secreta.

Pero a Tomás le produjo una curiosidad absurda.

Terminó levantándose con su taza.

Cuando llegó hasta su mesa, la joven alzó los ojos.

—Necesito saber qué encontraste.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

Tomás señaló el libro.

—Hace un momento parecía que querías lanzar el teléfono por la ventana. Después leíste algo y sonreíste. Necesito saber qué puede lograr semejante milagro.

La joven lo observó con cautela.

—¿Siempre interroga a desconocidas?

—Solo cuando mi café deja de ser interesante.

Ella miró la taza que él sostenía.

—Parece que dejó de ser interesante hace bastante tiempo.

Tomás soltó una risa.

—Me atrapaste.

Ella giró el libro.

En uno de los márgenes había una frase escrita a mano, probablemente por algún lector anterior. La tinta estaba descolorida y las palabras se inclinaban hacia abajo.

Tomás se acercó.

—¿Compraste un libro rayado?

Ella frunció el ceño.

—Compré un libro vivido.

—Eso suena como una forma elegante de decir usado.

—Y eso suena como una forma elegante de admitir que no entiendes de libros.

Tomás sonrió.

—Tomás.

—Abril.

Él señaló la silla vacía.

—¿Puedo?

Abril dudó.

—Cinco minutos.

—Seré extremadamente interesante.

—Eso está por verse.

Tomás se sentó.

Por primera vez en mucho tiempo estaba frente a una persona que no sabía quién era.

Y decidió no cambiar eso.

La decisión no nació de un plan.

Fue un impulso.

Un descanso.

Durante casi toda su vida adulta, el apellido Alcázar había llegado a una habitación antes que él.

Tomás Alcázar.

Presidente ejecutivo del Grupo Alcázar.

Hoteles.

Propiedades.

Desarrollos turísticos.

Inversiones inmobiliarias.

Una familia que aparecía con frecuencia en suplementos empresariales y revistas.

Aquello abría puertas.

También las complicaba.

Su última relación seria había terminado de una forma tan confusa que todavía no estaba seguro de qué partes habían sido amor y cuáles conveniencia, presión familiar o interés empresarial. Había prometido no volver a encontrarse en una situación semejante.

Y ahora estaba sentado frente a una mujer que lo miraba como si fuera simplemente un desconocido que había abandonado su café.

Aquello le gustó demasiado.

—¿Malas noticias? —preguntó señalando discretamente el teléfono.

Abril respiró.

—No conseguí un trabajo que necesitaba.

—Lo siento.

—Yo también.

—¿A qué te dedicas?

—Soy correctora editorial. Manuscritos, libros, artículos, catálogos, lo que aparezca.

Hizo una pausa.

—Y últimamente no aparece demasiado.

Tomás la miró.

—Eres bastante directa.

—¿Quieres que mienta?

—No.

—Entonces sí. Necesito trabajo.

Cerró el libro.

—Algo estable, sobre todo ahora.

—¿Pasó algo?

Abril dudó.

No parecía una mujer que confiara fácilmente.

—El edificio donde vivo cambiará de propietario.

Tomás dejó de sonreír.

—¿Y eso te afecta?

—A mí y a varios vecinos. Recibimos una notificación de que habrá remodelaciones y algunos espacios podrían desocuparse.

—¿Ya revisaron sus contratos?

Abril arqueó una ceja.

—Estamos haciéndolo.

—Háganlo antes de aceptar cualquier condición.

Ella lo estudió.

—Hablas como si supieras bastante del tema.

Tomás tardó una fracción de segundo de más.

—Trabajo con empresas que manejan propiedades.

—¿En qué exactamente?

Ahí estaba la pregunta.

Podía decirlo.

Presidente ejecutivo.

Grupo Alcázar.

Pero no quiso que la conversación cambiara.

—Administración en una empresa hotelera.

No era completamente mentira.

Tampoco era la verdad.

Abril tomó su taza.

—Entonces quizá tú consigas empleo antes que yo.

—¿Tan mal está?

—Mi casero quiere recuperar el departamento y abajo está el antiguo taller de mi papá.

Tomás notó cómo sus dedos se tensaban alrededor de la taza.

—¿Él todavía trabaja ahí?

Abril negó.

—Murió hace tres años.

La voz de Tomás bajó.

—Lo siento.

—Gracias.

No preguntó cómo.

No preguntó de qué.

No preguntó qué había ocurrido con el taller.

Abril lo notó.

La mayoría de las personas, cuando escuchaba que su padre había muerto, respondía con una cadena de preguntas disfrazadas de interés.

Tomás simplemente dejó el tema en paz.

Ella lo miró con curiosidad.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Por qué estabas solo mirando una taza fría?

—Escapando.

—¿De qué?

—De una reunión.

Abril intentó parecer alarmada.

—Qué peligroso.

Tomás rio.

—No conoces a mi familia.

El teléfono vibró.

Gabriel.

Tomás rechazó la llamada.

Volvió a vibrar.

Abril señaló el aparato.

—Puedes contestar.

—Puede esperar.

—Quizá sea importante.

—Precisamente por eso puede esperar cinco minutos.

Abril sonrió.

Los cinco minutos se convirtieron en cuarenta.

Hablaron de libros, trabajos absurdos, clientes que enviaban textos pidiendo “solo una revisión rápida” y después discutían cada coma. Abril descubrió que Tomás era menos solemne de lo que parecía. Él descubrió que ella se tocaba el borde de la manga cuando estaba preocupada y que tenía la costumbre de doblar las servilletas mientras pensaba.

Cuando finalmente Tomás se levantó, sacó dinero para pagar.

Una tarjeta cayó de su chaqueta.

Abril se inclinó primero.

—Se te cayó esto.

Tomás vio el logotipo dorado.

Grupo Alcázar.

Sintió una punzada de alarma.

Abril alcanzó a leer una parte.

—Alcázar.

Tomás tomó la tarjeta demasiado rápido.

—Es de la empresa.

—¿Trabajas ahí?

—Sí.

La guardó.

Abril lo observó.

—Misterioso hombre de administración.

—Correctora de libros usados.

—Vividos.

—Perdón. Libros vividos.

Ella rio.

Tomás salió de la cafetería sintiendo algo que no había sentido en años.

Ganas de volver a ver a alguien sin saber qué obtendría a cambio.

Regresó dos días después.

Abril estaba allí.

El mismo libro rojo sobre la mesa.

—Llegas tarde —dijo ella.

Tomás se detuvo.

—¿Me estabas esperando?

—No te emociones. Solo pensé que un hombre capaz de abandonar un café durante cuarenta minutos terminaría regresando.

Él se sentó.

—Excelente teoría.

Abril empujó una taza hacia él.

—Esta vez bébelo caliente.

El teléfono de Tomás vibró.

Gabriel otra vez.

Tomás leyó el mensaje bajo la mesa.

“Necesito tu aprobación para avanzar con la adquisición de Puebla. Te envío la documentación final.”

Abrió el archivo sin demasiado interés.

Era un proyecto que el equipo llevaba meses trabajando.

Un edificio comercial y residencial en el centro histórico.

Tomás leyó la dirección.

Su sonrisa desapareció.

La calle era la misma que Abril había mencionado.

Abrió la segunda página.

Vio el número exacto.

No había error.

El edificio que el Grupo Alcázar estaba a punto de adquirir era el mismo donde vivía Abril.

Y donde estaba el antiguo taller de su padre.

—¿Pasó algo? —preguntó ella.

Tomás bloqueó el teléfono.

—Nada.

Abril cerró el libro.

—Tu cara dice otra cosa.

—Problemas de trabajo.

—La reunión de la que escapabas.

—Algo parecido.

Abril tomó café.

—Entonces no preguntaré.

Tomás sintió más culpa.

—¿Por qué no?

—Tú tampoco preguntaste cuando te hablé de mi papá.

Él bajó la mirada.

—Gracias.

—No agradezcas todavía. Quizá mañana vuelva a ser insoportablemente curiosa.

Tomás sonrió.

Pero ya no consiguió relajarse.

Una hora después llamó a Gabriel.

—Quiero revisar personalmente la adquisición de Puebla.

Silencio.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

—Tomás, llevamos meses trabajando en eso.

—Entonces no tendrás problema en enviarme los contratos completos.

—Ya tienes el informe ejecutivo.

—Quiero los contratos.

Gabriel suspiró.

—Está bien. Pero necesitamos cerrar pronto.

Tomás colgó.

Ahora tenía una certeza.

Abril estaba atrapada en una operación de su empresa.

Y él acababa de ocultárselo.

Al día siguiente recibió toda la documentación.

Leyó durante horas.

Encontró referencias a la desocupación de ciertos espacios.

También contratos antiguos.

Renovaciones.

Cláusulas que necesitaban una revisión jurídica más cuidadosa.

No podía concluir que hubiera una irregularidad.

Tampoco podía seguir fingiendo que no sabía nada.

Esa tarde Abril le escribió.

“Conseguí otra entrevista.”

Tomás sonrió.

“¿Cuándo?”

“En tres días. Y mi propuesta está horrible.”

“Eso parece grave para una correctora.”

“Estoy entrando en pánico.”

Tomás escribió antes de pensarlo.

“¿Puedo ayudarte?”

La respuesta llegó enseguida.

“¿El misterioso administrador también corrige textos?”

“No. Pero sé reconocer una presentación aburrida.”

Horas después estaban sentados en el antiguo taller del padre de Abril.

Tomás observó las estanterías.

Había libros viejos, papeles, cajas y herramientas de encuadernación. Una prensa antigua descansaba junto a la ventana.

—Así que este es el lugar.

Abril dejó la computadora sobre una mesa.

—Aquí trabajaba mi papá. Está cerrado desde que murió.

Pasó los dedos sobre la prensa.

—Casi siempre.

—¿Has intentado vaciarlo?

—Varias veces.

—Pero no puedes.

Ella lo miró.

—No sé si no puedo o no quiero.

Tomás permaneció callado.

Abril señaló las paredes.

—Si perdemos el local, tendré que decidir rápido.

—¿Quieres conservarlo?

Ella respiró.

—Quiero decidir yo cuándo dejarlo.

La frase golpeó a Tomás.

Pensó en la adquisición.

En Gabriel.

En los contratos.

En el correo.

En todas las veces que había estado a punto de contarle quién era.

—Abril.

Ella levantó la mirada.

Era el momento.

Podía decir:

“Mi apellido no es solamente el nombre de la empresa donde trabajo. Yo dirijo esa empresa. Y esa empresa está comprando este edificio.”

Pero Abril giró la computadora hacia él.

—Primero ayúdame a conseguir este trabajo. Después puedes tener tu crisis existencial.

Tomás soltó una risa breve.

Y calló otra vez.

Durante casi tres horas revisaron la propuesta.

—Esto sobra —dijo Tomás.

Abril miró la pantalla.

—No sobra.

—Son cuatro párrafos diciendo lo mismo.

—Son matices.

—Son cuatro párrafos.

Ella lo miró indignada.

—¿Quieres ayudar o destruir mi autoestima?

—Quiero que te contraten.

Terminó borrando tres.

—Te odio un poco.

—Eso significa que tengo razón.

Cerca de medianoche cerraron la computadora.

—Gracias.

—No hice mucho.

Abril negó.

—Te quedaste.

Tomás levantó la mirada.

—La mayoría de la gente intenta solucionar las cosas por mí. Tú solamente te sentaste y trabajaste conmigo.

Él sintió un nudo en el pecho.

Ella estaba confiando precisamente en la parte de él que no era completamente sincera.

Dos días después Abril salió de su entrevista y encontró a Tomás en la cafetería.

Levantó el pulgar.

—Pasé a la segunda etapa.

Tomás se levantó.

—Sabía que lo harías.

—Todavía no conseguí nada.

—Déjame celebrar cinco minutos.

Abril rio.

Cuando se sentaron, su mirada cayó sobre el reloj de Tomás.

—Bonito reloj.

Él bajó instintivamente la manga.

—Fue un regalo.

—Debe haber sido un regalo caro.

Tomás cambió de tema.

Abril lo notó.

No dijo nada.

Cuando salieron caminaron juntos hasta la esquina.

—Nos vemos —dijo ella.

—Cuando quieras.

Abril empezó a alejarse.

Regresó dos pasos.

Tomó su mano brevemente.

—En serio, gracias por lo del trabajo.

Tomás sintió sus dedos alejarse.

Quiso detenerla.

Quiso contarle todo.

No hizo ninguna de las dos cosas.

Esa noche Gabriel apareció en su oficina con una carpeta.

—Ya entendí por qué pediste los contratos.

Tomás levantó la vista.

—¿Qué encontraste?

Gabriel dejó varios documentos sobre la mesa.

—Nada todavía. Pero tú sí encontraste algo que no entiendo.

Señaló una serie de notificaciones.

—Ordenaste revisar una operación que jamás te había interesado.

Tomás permaneció en silencio.

Gabriel empujó una hoja.

—Y llegaste justo a tiempo. Las primeras notificaciones para desocupar determinados espacios ya estaban autorizadas.

Tomás reconoció el número del taller.

—Suspende cualquier notificación nueva hasta que terminemos de revisar los contratos.

Gabriel lo miró.

—¿Quieres detener una operación de este tamaño por contratos antiguos?

—Quiero saber qué estamos firmando antes de obligar a alguien a salir.

—Nosotros no firmamos esos contratos. Los heredamos con la adquisición.

—Precisamente.

Gabriel cruzó los brazos.

—Hace dos semanas apenas preguntabas por este proyecto.

Tomás cerró la carpeta.

—Ahora estoy preguntando.

Gabriel no insistió.

Pero su mirada dejó claro que aquella respuesta no le bastaba.

Horas más tarde llegó otro mensaje de Abril.

“Me contrataron.”

Tomás sonrió por primera vez en toda la mañana.

La encontró esa tarde.

—Es temporal —aclaró ella antes de sentarse.

—¿Puedes dejarme felicitarte antes de encontrar un problema?

—Tres meses.

—Brindemos por tres meses.

Chocaron las tazas.

Abril añadió:

—Y por tus crueles consejos.

—Esos cuatro párrafos eran interminables.

—Eran buenos.

—Eran cuatro.

Ella rio.

Tomás la observó.

Durante unos segundos olvidó los documentos de su escritorio.

Después recordó exactamente por qué estaban allí.

—¿Qué pasó con el edificio?

La sonrisa de Abril disminuyó.

—Nada definitivo. Los vecinos están organizándose. El taller sigue ahí.

—Si necesitas revisar algún documento…

Abril entrecerró los ojos.

—¿Qué?

—Puedo ayudarte.

—Hablas como abogado.

—Trabajo con contratos.

—Pensé que trabajabas en administración hotelera.

Tomás sostuvo su mirada.

—Una cosa no excluye la otra.

Otra verdad incompleta.

Días después, Abril le pidió ayuda para mover cajas del taller.

Tomás llegó con las mangas arremangadas.

Terminó cubierto de polvo.

Teresa Castañeda apareció en la puerta con una bandeja de limonada.

—Así que tú eres Tomás.

Él miró a Abril.

—Así que habla de mí.

—Mamá.

Teresa sonrió.

—Solo dijo que eras administrador.

—Exactamente.

Abril señaló.

—Y misterioso.

Teresa dejó la bandeja.

—Los misteriosos siempre son peligrosos.

—Mamá.

—¿Qué? Tengo cincuenta y nueve años. Ya puedo decir lo que pienso.

Tomás soltó una carcajada.

Más tarde, Teresa se marchó.

Abril encontró a Tomás observando una fotografía de su padre.

—Él hizo ese libro —dijo.

Tomó un volumen encuadernado a mano.

—Fue el último que terminó.

Tomás recibió el libro con cuidado.

—Debes extrañarlo mucho.

Abril asintió.

—Por eso me cuesta dejar este lugar.

Tomás no respondió.

Su teléfono vibró.

Mamá.

Su rostro cambió.

Abril lo notó.

—Contesta.

Tomás rechazó la llamada.

—No quiero.

—¿Está todo bien?

—Mi madre quiere hablar sobre una cena familiar a la que no pienso ir.

—¿Por qué?

Tomás se sentó sobre una caja.

—Porque cada conversación termina convirtiéndose en una discusión sobre lo que debería hacer con mi vida.

Abril se sentó a su lado.

—Entonces no hablemos.

Tomás la miró.

—¿No vas a darme consejos?

—No me los pediste.

Permanecieron en silencio.

Por primera vez Tomás no estaba ayudando a Abril.

Era ella quien simplemente permanecía a su lado.

Dos días después salieron de una librería cuando empezó a llover con fuerza.

Corrieron hasta el hotel más cercano.

Tomás reconoció inmediatamente el lugar.

Era uno de los hoteles del grupo.

Demasiado tarde para retroceder.

Entraron riendo.

—Señor Alcázar.

Tomás se quedó inmóvil.

Un gerente caminaba hacia él.

—No sabíamos que vendría hoy.

Abril dejó de sacudirse las gotas del cabello.

—¿Señor Alcázar?

Tomás reaccionó.

—Trabajo directamente con la dirección. Algunos gerentes son demasiado formales.

El hombre percibió la mirada de Tomás.

—Disculpe. Que disfruten la tarde.

Se alejó.

Abril observó a Tomás.

—Definitivamente eres el administrador más importante que conozco.

—Conoces pocos administradores.

Ella sonrió.

Pero la broma no eliminó completamente la duda.

Al salir del hotel había un automóvil negro a media cuadra.

El conductor bajó.

Miró hacia Tomás.

Abril se detuvo.

—¿También es parte de la administración?

Tomás sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Es un vehículo de la empresa.

Abril cruzó los brazos.

—Tomás.

—¿Sí?

—¿Hay algo importante que debería saber de ti?

Él podía decirlo.

Una vez más.

Podía terminar la mentira.

Una palabra habría bastado.

Sí.

Pero tuvo miedo.

—No.

Abril sostuvo su mirada.

Después se acercó.

Lo besó.

Fue breve.

Suave.

Completamente inesperado.

Cuando se apartó, Tomás no consiguió sonreír.

Acababa de recibir algo que deseaba desde la primera vez que la vio.

Y sabía que no lo había recibido con toda la verdad sobre la mesa.

Esa misma noche Gabriel revisó el informe fotográfico de una inspección en el edificio de Puebla.

Pasó varias imágenes.

Se detuvo.

Amplió una fotografía.

Frente al taller estaba Abril.

A su lado, cargando una caja, aparecía Tomás.

Sonriendo.

Gabriel dejó la fotografía sobre el escritorio de su primo a la mañana siguiente.

—¿Quién es ella?

Tomás apenas miró la imagen.

—¿De dónde sacaste esto?

—Del informe del edificio que de pronto te interesa tanto.

Tomás levantó la vista.

—Se llama Abril Castañeda.

—Eso ya lo averigüé.

Gabriel tomó asiento.

—Vive ahí. Su familia ocupa uno de los locales afectados.

Tomás apretó la mandíbula.

—No tenías derecho a investigarla.

—No investigué a Abril.

Gabriel golpeó la foto.

—Revisé una operación de la empresa después de encontrar al presidente ejecutivo cargando cajas con una ocupante.

Tomás no respondió.

—Tienes una relación con ella.

—La estoy conociendo.

Gabriel respiró.

—¿Ella sabe quién eres?

Silencio.

Gabriel entendió.

—Esto es peor de lo que pensaba.

—No mezcles las cosas.

—Tú las mezclaste cuando ordenaste revisar una adquisición sin declarar que conocías personalmente a una afectada.

Aquello golpeó a Tomás porque era cierto.

—Encontré contratos que necesitan revisión.

—Entonces que los revisen los abogados.

Gabriel se inclinó hacia él.

—Pero tú debes apartarte.

Tomás caminó hasta la ventana.

—Lo haré.

Gabriel pareció sorprendido.

—¿Así de fácil?

—Declararé el vínculo y me retiraré de cualquier decisión sobre ese edificio.

—Bien.

Gabriel se levantó.

—Pero antes habla con Abril.

Tomás tomó el teléfono apenas quedó solo.

Llamó.

Ella no contestó.

Volvió a intentarlo una hora después.

Nada.

Abril estaba en la editorial trabajando contra el reloj en la corrección de un catálogo sobre patrimonio urbano y desarrollo turístico en Puebla.

Su supervisora dejó una carpeta junto a ella.

—Necesito que mañana me acompañes a una presentación.

Abril levantó la cabeza.

—¿Yo?

—La editora responsable se enfermó. El catálogo incluye información de varios proyectos. Necesito a alguien que conozca el material.

Abril miró la invitación.

—Claro.

—Será rápido. Empresas, comerciantes, autoridades locales y nosotros intentando que nadie encuentre una errata.

Abril sonrió.

—Esa última parte sí sé hacerla.

Al día siguiente Tomás recibió finalmente su mensaje.

“Perdón. Trabajo nuevo, caos nuevo. Hablamos después.”

Él escribió:

“Necesito verte. Es importante.”

Abril leyó el mensaje entrando al salón del evento.

“Esta noche.”

Tomás sintió alivio.

Entonces llegó un mensaje de Gabriel.

“¿Ya hablaste con ella?”

“Esta noche.”

La respuesta apareció de inmediato.

“Entonces espero que no esté en la presentación de Puebla.”

Tomás se quedó inmóvil.

Llamó.

Abril no escuchó.

El salón estaba lleno.

Ella caminaba detrás de su supervisora revisando nombres, logotipos y materiales.

Entonces reconoció uno.

Grupo Alcázar.

El mismo símbolo dorado de la tarjeta que había caído de la chaqueta de Tomás.

Continuó caminando.

Más lento.

En una pared estaban las fotografías de los principales ejecutivos participantes.

Entonces lo vio.

El rostro que ya podía reconocer entre una multitud.

La misma mirada.

La misma sonrisa discreta.

Debajo de la fotografía aparecía un nombre.

“Tomás Alcázar. Presidente ejecutivo del Grupo Alcázar.”

Abril dejó de respirar.

—Abril.

No respondió.

Su supervisora siguió su mirada.

—¿Conoces a Tomás Alcázar?

Abril sintió frío en las manos.

El gerente del hotel llamándolo señor Alcázar.

El automóvil.

El reloj.

La tarjeta.

Sus respuestas vagas.

Sus preguntas sobre contratos.

El interés repentino en el edificio.

Todo regresó de golpe.

—¿Quién es? —preguntó Abril, aunque ya conocía parte de la respuesta.

—El presidente del grupo. Su familia controla hoteles y varios proyectos inmobiliarios.

Abril miró otro panel.

Allí estaba la presentación de la adquisición y remodelación de varios inmuebles.

Reconoció una dirección.

La suya.

Retrocedió.

—Necesito salir.

—¿Estás bien?

Abril ya caminaba hacia la puerta.

Tomás llegó minutos después.

La vio atravesar el vestíbulo.

—Abril.

Ella se detuvo.

Tomás comprendió por su expresión que había llegado demasiado tarde.

—Déjame explicarte.

—¿Explicarme qué?

Ella lo miró.

—¿Que no trabajas para el Grupo Alcázar?

Tomás tragó saliva.

—Sí trabajo ahí.

—Eres el presidente.

—Sí.

—Y tu empresa está comprando mi edificio.

—Lo descubrí después de conocerte.

Abril soltó una risa amarga.

Tomás no respondió inmediatamente.

Ese silencio bastó.

—Lo sabías.

—Abril…

—Entraste al taller de mi papá sabiendo quién estaba detrás de todo esto.

—Estaba intentando revisar lo que ocurría.

—Mientras yo te contaba que tenía miedo de perderlo.

Tomás dio un paso.

Abril retrocedió.

Aquel movimiento le dolió más que cualquier acusación.

—No te acerques.

Él se detuvo.

—Nunca quise hacerte daño.

Abril lo miró.

—Entonces dime algo.

—Lo que quieras.

—¿Cuánto tiempo pensabas seguir mintiéndome?

Tomás abrió la boca.

No encontró una respuesta.

—No lo sé.

Abril lo miró con incredulidad.

—Al menos ahora dices la verdad.

—Quise contártelo varias veces.

—Pero no lo hiciste.

Ella comenzó a caminar.

Tomás la siguió hasta la salida.

—Cuando te conocí no sabía nada sobre tu edificio.

Abril se detuvo.

—Entonces, ¿por qué mentiste desde el principio?

Tomás bajó la mirada.

Ya no tenía sentido esconder la parte más vergonzosa.

—Porque quería saber cómo sería conocer a alguien que no supiera quién soy.

Abril permaneció inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Mi última relación terminó mal. Había demasiados intereses alrededor. Familias. Negocios. Acuerdos. Llegué a preguntarme qué parte había sido real.

Abril entendió.

—Y decidiste probarme.

—No fue así al principio.

—Pero después sí.

Tomás no respondió.

Abril asintió.

—Eso pensé.

—Tenía miedo de que todo cambiara cuando supieras quién era.

—Claro que iba a cambiar.

Tomás bajó la voz.

—Por mi dinero.

—No.

Abril miró alrededor cuando varias personas empezaron a observarlos.

—Por la mentira, Tomás.

Él guardó silencio.

—Me senté contigo en el taller de mi papá.

Su voz tembló.

—Te conté lo que significaba para mí. Te hablé del miedo de perderlo. Y tú ya sabías que tu empresa estaba involucrada.

—Intentaba entender la situación.

—Sin darme la oportunidad de entender quién eras tú.

Tomás cerró los ojos.

—Tienes razón.

Abril pareció sorprendida.

—Debí contártelo en cuanto confirmé la dirección.

—Sí.

—Y no lo hice.

Abril tragó saliva.

—Lo peor es que me estaba enamorando de ti.

Tomás levantó los ojos.

—Abril…

—No.

Ella retrocedió.

—No uses eso para intentar arreglarlo.

—Yo también me enamoré de ti.

—Entonces debiste confiar en mí.

La frase lo dejó inmóvil.

Abril tomó aire.

—Se acabó.

—No quiero perderte.

—Ya me perdiste.

Tomás sintió el impulso inmediato de ofrecer soluciones.

Detener la adquisición.

Comprar el taller.

Garantizarle que jamás tendría que salir.

Usar todo lo que tenía para eliminar el problema.

Y justo antes de hablar entendió que hacerlo confirmaría exactamente lo que ella temía.

—¿Qué necesitas de mí? —preguntó.

Abril tardó.

—Que no me rescates.

Tomás frunció el ceño.

—No entiendo.

—No compres el taller para mí.

—Abril…

—No uses tu cargo para favorecerme.

Ella lo miró.

—No conviertas esto en otra decisión que alguien toma sin preguntarme.

Tomás asintió.

—Está bien.

—Quiero defender lo mío como cualquier otro ocupante.

—Lo respeto.

Abril lo observó por última vez.

—Ojalá me hubieras respetado así desde el principio.

Se marchó.

Tomás no la siguió.

A la mañana siguiente Gabriel estaba esperándolo.

—Supongo que ya se enteró.

Tomás dejó su chaqueta.

—Sí.

Gabriel respiró.

—Lo siento.

Tomás lo miró sorprendido.

—Pero tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—Si alguien descubre que ordenaste revisar la operación mientras tenías una relación personal con una ocupante, podrían cuestionar cualquier decisión.

Tomás se sentó.

—Entonces no voy a tomar ninguna.

Horas después habló frente al consejo.

No escondió cuándo había conocido a Abril.

Tampoco cuándo descubrió que ella estaba vinculada al inmueble.

—Por esa razón —concluyó— me retiro de cualquier decisión relacionada con esta adquisición.

Uno de los consejeros acomodó sus lentes.

—¿Y la revisión que solicitó?

Gabriel intervino.

—Debe continuar. Existen contratos anteriores que podrían contener cláusulas que no fueron consideradas adecuadamente.

Tomás lo miró.

No esperaba que su primo lo respaldara.

Otro consejero habló.

—Entonces necesitamos una evaluación independiente.

Tomás asintió.

—Exactamente.

Mientras tanto, Abril estaba reunida con comerciantes y vecinos.

Sobre una mesa había contratos, recibos, renovaciones y cartas.

Un hombre mayor señaló una cláusula.

—Miren esto.

Abril se inclinó.

Su contrato tenía algo semejante.

Otros dos también.

Aquello no afectaba solamente al taller.

—Tenemos que presentar todo —dijo Abril.

Por primera vez desde que descubrió la verdad sintió que estaba recuperando el control.

Pasaron días.

Tomás no llamó.

No mandó regalos.

No apareció en la cafetería.

Cumplió exactamente lo prometido.

Entonces llegó la convocatoria.

La auditoría independiente había terminado.

Abril recibió una copia.

Gabriel entró en la oficina de Tomás con el mismo informe.

—Ya tenemos el resultado.

Tomás se puso de pie.

—¿Qué encontraron?

Gabriel dejó el documento.

—Que cometimos un error.

Tomás abrió la primera página.

Lo ocurrido con Abril era solo una parte.

—¿Qué tan grave?

—Lo suficiente para detener el procedimiento actual.

Tomás levantó la mirada.

—¿Los desalojos?

—Todos.

La revisión había confirmado que varios contratos antiguos incluían cláusulas de permanencia y condiciones especiales que no habían sido evaluadas correctamente durante la adquisición.

No era solamente Abril.

Había familias.

Comerciantes.

Pequeños negocios.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó Tomás.

Gabriel se sentó.

—Quise cumplir el calendario. El equipo externo aseguró que las notificaciones podían avanzar y confié demasiado en el informe resumido.

—Yo también lo hice al principio.

Gabriel lo miró.

—Pero empezaste a hacer preguntas.

Tomás cerró el documento.

—Por Abril.

—Al principio.

Gabriel respiró.

—Pero tenías razón en algo. Si existe un problema para una persona, debemos comprobar si existe para las demás.

—Lo sé.

—No intenté perjudicarla.

—También lo sé.

Gabriel dudó.

—Y tampoco quiero que parezca que corregimos esto porque es tu novia.

Tomás sostuvo su mirada.

—Ya no lo es.

Silencio.

—Por eso me aparté —continuó Tomás—. La decisión debe sostenerse aunque Abril no existiera.

Y así ocurrió.

La empresa suspendió las notificaciones.

Abrió nuevas negociaciones con los ocupantes bajo supervisión jurídica independiente.

Algunos podían permanecer según sus contratos.

Otros tenían derecho a condiciones distintas de las inicialmente ofrecidas.

Abril recibió la noticia junto a Teresa.

—Entonces ¿no perderás el taller? —preguntó su madre.

Abril miró el documento.

—No ahora.

—¿Y nadie te lo está regalando?

Abril sonrió.

—Nadie.

Tendría tiempo.

Eso era exactamente lo que había querido.

Decidir.

Teresa preguntó:

—¿Tomás hizo esto?

Abril negó.

—Se retiró del proceso.

—¿Completamente?

—Sí.

Teresa observó a su hija.

—Eso también debe haberle costado.

Abril dobló el documento.

—Que haya hecho lo correcto no borra lo anterior.

—No dije que lo borrara.

Abril miró hacia el taller.

Por primera vez consiguió imaginarlo sin su padre trabajando allí y sin sentir que lo estaba traicionando.

Semanas después recibió otra noticia.

La editorial renovaría su contrato.

Abril utilizó parte de su primer ingreso estable para reparar una habitación del taller.

No quería reconstruir el negocio de su padre exactamente como había sido.

Quería crear algo suyo.

Una mesa de trabajo.

Estantes restaurados.

Un pequeño espacio para corrección editorial.

Y una zona donde practicar encuadernación artesanal.

Conservó la vieja prensa junto a la ventana.

No porque fuera incapaz de desprenderse de ella.

Porque eligió conservarla.

Tomás tampoco volvió a buscarla.

Aquello empezó a desconcertarla.

Una tarde preguntó a uno de los comerciantes si alguien del Grupo Alcázar había hecho alguna propuesta especial por su local.

—Nada —respondió—. Todo está pasando por los abogados.

Abril sintió una mezcla extraña.

Alivio.

Y tristeza.

Tomás había cumplido su palabra.

Sin atajos.

Sin regalos.

Sin aparecer como salvador.

Un viernes, casi cinco semanas después de la ruptura, Abril entró en la cafetería llevando el libro rojo.

Se detuvo.

Tomás estaba sentado en la misma mesa donde lo había visto por primera vez.

Él también la vio.

No se levantó inmediatamente.

Esperó.

Abril podía irse.

No lo hizo.

Caminó hasta la mesa.

—Hola.

—Hola.

Tomás señaló la silla.

—¿Puedo invitarte a sentarte?

Abril arqueó una ceja.

—Ahora pides permiso.

—Estoy intentando aprender.

Ella se sentó.

Hubo un silencio extraño.

No incómodo.

Tomás respiró.

—Quiero presentarme otra vez.

Abril lo miró.

—Tomás Alcázar. Treinta y dos años. Presidente ejecutivo de un grupo hotelero e inmobiliario.

Ella siguió escuchando.

—Mi familia tiene mucho dinero. Tengo un automóvil con chófer que fingí que no era mío y un reloj que definitivamente no combina con el sueldo de un administrador.

Abril intentó contener una sonrisa.

No pudo.

—Eso último ya lo había descubierto.

Tomás continuó.

—También tengo la pésima costumbre de esconder cosas cuando tengo miedo.

La sonrisa de Abril desapareció.

—Durante mucho tiempo pensé que mi relación anterior me había enseñado a protegerme.

Pausa.

—Ahora entiendo que usé esa experiencia como excusa para poner a prueba a otras personas.

Abril bajó la mirada.

—Me pusiste a prueba sin decírmelo.

—Sí.

—Y estuvo mal.

—Sí.

Tomás no se justificó.

—No vine a pedirte que olvides.

Abril levantó los ojos.

—Solo quería que, si alguna vez volvías a hablar conmigo, supieras exactamente con quién estabas hablando.

Ella permaneció callada.

Después dijo:

—Yo también cometí un error.

Tomás esperó.

—Pensé que ser independiente significaba no necesitar emocionalmente a nadie.

—Eso no fue lo que rompió esto.

—Lo sé.

Abril acarició la cubierta del libro.

—Pero sigue siendo algo que tengo que aprender.

Tomás asintió.

—Todavía no confío en ti como antes.

—Lo sé.

—Y no quiero volver a donde estábamos.

Tomás tragó saliva.

—Entiendo.

Abril extendió una mano sobre la mesa.

—Podemos empezar desde otro lugar.

Tomás miró su mano.

Después la estrechó.

—Tomás Alcázar.

—Abril Castañeda. Veintiocho años. Correctora editorial.

Hizo una pausa.

—Y todavía estoy enojada contigo.

Tomás rio.

—Me parece justo.

El mesero se acercó.

—¿Lo de siempre?

Abril miró a Tomás.

—Dos cafés.

Tomás sonrió.

—Calientes, por favor.

Abril abrió el libro rojo mientras esperaban.

Algo cayó entre las páginas.

Un recibo doblado.

Era del día en que se habían conocido.

Abril miró la fecha.

Después a Tomás.

Esta vez estaba sentado frente a ella sin esconderse.

Y ella decidió quedarse.

No retomaron la relación donde la habían dejado.

Eso habría sido demasiado fácil.

Empezaron con cafés.

Solo eso.

Los viernes.

Tomás llegaba sin asistentes.

Abril dejaba el teléfono boca abajo.

Hablaban.

A veces de cosas pequeñas.

Otras de las partes incómodas.

—¿Por qué no me dijiste quién eras aquel primer día? —preguntó Abril semanas después.

Tomás sostuvo la taza.

—Porque me gustó demasiado que no lo supieras.

—Eso sigue sonando egoísta.

—Lo fue.

Abril asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—No quiero una explicación bonita. Quiero una verdadera.

Tomás sonrió.

—Eso también estoy aprendiendo.

Un viernes Tomás mencionó a su madre.

—¿Fuiste a la cena familiar?

—Sí.

Abril abrió mucho los ojos.

—¿Voluntariamente?

—No exageres.

—Estoy impresionada.

Tomás rio.

—Hablamos.

—¿Y?

—Le dije que no iba a aceptar que cada conversación sobre mi vida terminara siendo una lista de obligaciones familiares.

—¿Cómo reaccionó?

—Mal.

Abril soltó una carcajada.

—Después mejor.

—Eso suena más realista.

Tomás se quedó mirando la taza.

—También le hablé de ti.

Abril dejó el libro.

—¿Por qué?

—Porque ya no quiero dividir mi vida en partes que escondo para sentirme seguro.

Ella lo observó.

—¿Qué dijiste?

—Que conocí a alguien importante.

—Tomás.

—Y que la perdí por mentir.

Abril bajó la mirada.

—Eso debió alegrarla.

—No exactamente.

—¿Por qué?

—Dijo que finalmente había encontrado a alguien capaz de decirme que no.

Abril rio tanto que el mesero miró hacia ellos.

Con el tiempo las caminatas regresaron.

Después cenas.

Después el taller.

La primera vez que Tomás volvió allí, esperó en la puerta.

Abril lo miró.

—¿No vas a entrar?

—No dijiste que podía.

Ella se hizo a un lado.

—Entra.

El lugar había cambiado.

Una pared estaba pintada.

Había una mesa nueva.

Libros ordenados.

La vieja prensa seguía junto a la ventana.

Tomás se acercó.

—Quedó bien.

—Todavía falta mucho.

—¿Quieres ayuda?

Abril lo miró.

—¿Ayuda o rescate?

Tomás fingió reflexionar.

—Ayuda.

—Entonces carga esa caja.

—¿Esa?

—Sí.

Tomás la levantó.

Pesaba poco.

—Tiene seis libros.

Abril sonrió.

—Libros vividos. Pesan más.

—Eso sigue sin tener sentido.

—No necesitas entender todo.

La editorial renovó definitivamente el contrato de Abril.

Empezó a trabajar algunos días desde el taller.

Poco a poco también retomó técnicas de encuadernación que había aprendido observando a su padre.

Al principio sus manos eran torpes.

Se equivocaba.

Arruinó una cubierta.

Pegó mal una página.

Una tarde terminó frustrada.

—No soy tan buena como él.

Teresa, que estaba sentada cerca, respondió:

—No tienes que serlo.

Abril la miró.

—¿Entonces para qué hago esto?

—Porque te gusta.

—Pero papá…

—Tu padre era tu padre.

Teresa tocó la mesa.

—Tú eres tú.

La frase parecía sencilla.

Abril tardó años en comprenderla.

Tomás también estaba cambiando.

Después del problema con la adquisición, propuso políticas internas más estrictas sobre conflictos de interés.

Revisiones independientes en operaciones que involucraran contratos heredados.

Declaraciones obligatorias cuando directivos tuvieran vínculos personales con alguna parte afectada.

Gabriel seguía como director financiero.

La relación entre ambos nunca se volvió especialmente cariñosa.

Sí más honesta.

Una tarde Gabriel dejó una carpeta.

—Esto puede retrasar la operación de Mérida.

Tomás la abrió.

—¿Por qué?

—Encontré un contrato que no me gusta.

—¿Problema legal?

—No estoy seguro.

—Entonces revísalo.

Gabriel lo miró.

—Hace un año habría intentado resolverlo antes de contártelo.

Tomás sonrió.

—Yo también habría fingido que no estaba preocupado.

—Qué pareja tan funcional.

Tomás levantó una ceja.

—No uses esa palabra.

Gabriel rio.

El tiempo convirtió aquellas pequeñas decisiones en hábitos.

Un año pasó desde aquella tarde en que Abril y Tomás decidieron comenzar otra vez.

Seguían regresando a la misma cafetería los viernes.

Era una regla no escrita.

Sin asistentes.

Sin reuniones.

Sin teléfonos sobre la mesa.

Casi siempre con un libro.

—¿Cuánto falta? —preguntó Tomás.

Abril no levantó los ojos.

—Tres páginas.

—Dijiste eso hace diez minutos.

—Porque me interrumpes.

—Estoy compitiendo contra un libro.

Abril cerró el volumen.

—Y estás perdiendo.

Tomás sonrió.

—Por lo menos ahora conozco a mi rival.

El libro rojo seguía con ellos.

Entre sus páginas Abril todavía conservaba el recibo del primer café.

Estaba amarillento y doblado.

Tomás lo había descubierto meses atrás.

—Sigo sin entender por qué guardaste eso.

—Porque soy sentimental.

—Tú dijiste que no eras sentimental.

—También dije que tus cuatro párrafos eran innecesarios.

—Eran tus cuatro párrafos.

Abril rio.

Tomás tomó su mano.

Aquel gesto habría parecido insignificante para cualquiera.

Para ellos tenía peso.

Abril había aprendido que aceptar compañía no significaba renunciar a su independencia.

Tomás había aprendido que decir quién era no significaba quedar indefenso.

—¿Vas mañana al taller? —preguntó.

—Sí.

—¿Necesitas ayuda con los estantes?

Abril lo miró.

—¿Ayuda o rescate?

Tomás fingió pensarlo.

—Estoy ofreciendo cargar cosas pesadas porque descubrí que tengo habilidades extraordinarias.

—Una vez casi dejaste caer una caja de libros.

—Era muy pesada.

—Tenía seis.

—Vividos.

—Exactamente.

Rieron.

Tomás entrelazó sus dedos.

—¿Sabes qué estaba pensando el día que te vi aquí?

—Probablemente algo superficial.

—Pensé que eras hermosa.

—Confirmado.

Tomás negó.

—Pero después sonreíste mirando ese libro.

Abril acarició la cubierta roja.

—Había una anotación.

—Lo recuerdo.

—¿Y?

Tomás la miró.

—Ahí quise conocerte.

Abril permaneció unos segundos en silencio.

—Qué pena que después arruinaras bastante las cosas.

Tomás soltó una carcajada.

—Estábamos teniendo un momento bonito.

—La honestidad es importante, señor Alcázar.

—Aprendí eso de una correctora bastante insistente.

El mesero dejó dos cafés.

Tomás agradeció.

Abril miró la taza.

—Está caliente.

—Un año y finalmente resolvimos ese problema.

Ella volvió al libro.

Leyó dos líneas.

Sintió la mirada de Tomás.

Levantó lentamente los ojos.

Era exactamente como la primera vez.

Solo que entonces él estaba sentado lejos, escondiendo su nombre, su vida y sus miedos.

Ahora estaba frente a ella.

—¿Qué?

—Nada.

Tomás sonrió.

—Todavía me enamoro de ti cuando te veo leyendo.

Abril apretó suavemente su mano.

Después colocó el recibo dentro del libro.

Cerró la cubierta.

—Eso fue demasiado romántico.

—¿Funciona?

—Quizá.

—Buena señal.

Los viernes siguieron.

También las discusiones.

Una relación reconstruida no se convierte mágicamente en una relación perfecta.

Tomás seguía teniendo la tendencia de buscar soluciones rápidas.

Abril seguía diciendo “yo puedo” antes de preguntarse si realmente necesitaba hacerlo sola.

Una mañana una tubería del taller se rompió.

Tomás llamó a un equipo de mantenimiento antes de consultarla.

Cuando Abril llegó y encontró tres técnicos allí, cruzó los brazos.

—Tomás.

Él supo inmediatamente.

—La tubería estaba inundando el piso.

—Podías llamarme.

—Estabas en una reunión.

—Podías mandarme un mensaje.

—Quería solucionarlo.

—Exactamente.

Tomás respiró.

—Tienes razón.

Uno de los técnicos fingió estar muy ocupado.

Abril señaló el baño.

—¿Ya está reparado?

—Sí.

—Bien.

Luego miró a Tomás.

—Gracias.

Él pareció confundido.

—¿Entonces estás enojada o agradecida?

—Ambas.

—Esto es muy complicado.

—Bienvenido a una relación adulta.

Tomás rio.

Después Abril reconoció algo.

—Y yo podría haber aceptado que era una emergencia sin convertirlo en una crisis de independencia.

—Eso suena casi como una disculpa.

—No te emociones.

Aquella era su forma de avanzar.

No evitando los viejos patrones.

Reconociéndolos antes de que hicieran demasiado daño.

Teresa también comenzó a aceptar a Tomás.

A su manera.

Una tarde lo encontró reparando un estante.

—Está torcido.

Tomás miró el nivel.

—No.

—Sí.

—Señora Teresa…

—Puedes llamarme Teresa.

—Gracias.

—El estante está torcido.

Abril apareció desde otra habitación.

—Mamá, déjalo.

Teresa sonrió.

—Solo estoy observando.

Tomás miró a Abril.

—Entiendo de dónde sacaste eso.

—No tienes idea.

Los tres rieron.

Poco a poco el taller dejó de ser únicamente un recuerdo.

Se convirtió en un lugar vivo.

Abril corregía manuscritos.

Recibía algunos clientes de encuadernación.

Organizaba pequeñas sesiones con escritores.

Una vez al mes daba un taller básico para personas interesadas en reparar libros antiguos.

La vieja prensa de su padre seguía allí.

Pero ahora tenía nuevas herramientas alrededor.

Una tarde Teresa encontró a Abril observándola.

—¿Qué pasa?

—Durante años pensé que si cambiaba este lugar estaba borrando a papá.

Teresa se acercó.

—¿Y ahora?

Abril miró los estantes nuevos.

—Ahora creo que dejarlo congelado era otra forma de perderlo.

Su madre sonrió.

—Tu padre habría odiado ver todo lleno de polvo.

Abril rio.

—Eso sí.

—Siempre decía que las herramientas quieren trabajar.

Abril tocó la prensa.

—Entonces está trabajando.

Aquella noche Tomás llegó tarde.

Abril estaba cerrando.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también.

—Qué tranquilizador.

Tomás dejó una carpeta sobre una mesa.

—Tuve una reunión complicada.

—¿Quieres hablar?

Él dudó.

—Sí.

Se sentaron.

Tomás le contó que el consejo estaba presionándolo para aceptar una alianza comercial que beneficiaría al grupo, pero que su familia insistía en vincularla con asuntos personales.

—Mi madre cree que debería ser más “estratégico”.

Abril levantó una ceja.

—Esa palabra siempre me preocupa.

—A mí también.

—¿Qué quieres tú?

Tomás la miró.

Durante años casi nadie le hacía esa pregunta sin tener ya preparada una respuesta por él.

—No quiero hacerlo.

—Entonces no lo hagas.

—Puede costarnos dinero.

—¿Puede destruir la empresa?

—No.

—¿Puede perjudicar a empleados?

—No seriamente.

—Entonces ya sabes.

Tomás sonrió.

—Eso fue un consejo.

—Lo pediste.

Él rio.

—Cierto.

—Estoy mejorando.

Tomás tomó su mano.

—Los dos.

La relación con Gabriel también se transformó.

Un día, después de una reunión, Gabriel preguntó:

—¿Vas a la cafetería?

Tomás lo miró.

—¿Cómo sabes?

—Es viernes.

—Eso es inquietante.

—Te desapareces todos los viernes a la misma hora.

—¿Me estás investigando?

Gabriel rio.

—No eres tan interesante.

—Qué alivio.

Gabriel guardó unos documentos.

—Por cierto, Abril tenía razón.

Tomás frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

—Eso no reduce mucho las opciones.

—Eres demasiado misterioso cuando tienes miedo.

Tomás sonrió.

—Estoy trabajando en eso.

—Se nota.

Tomás miró a su primo.

—Tú también cambiaste.

—No exageres.

—Ahora admites cuando un informe puede estar mal.

Gabriel hizo una mueca.

—Terrible hábito.

—Muy saludable.

—No te acostumbres.

Tomás salió riendo.

Cuando llegó a la cafetería, Abril todavía no estaba.

Se sentó.

Pidió dos cafés.

Quince minutos después apareció corriendo.

—Perdón.

Tomás señaló las tazas.

—Mi café se está enfriando.

Abril dejó el bolso.

—Qué tragedia.

—Así comenzó todo.

Ella se sentó.

—No exactamente.

—¿No?

—Comenzó porque me mirabas demasiado.

—Eso también.

Abril abrió el libro rojo.

—¿Estás mirándome otra vez?

Tomás bajó lentamente su taza.

—Esta vez tengo permiso.

Ella sonrió.

Nunca olvidaron cómo empezó todo.

No porque quisieran vivir atrapados en la mentira.

Porque les recordaba algo importante.

Tomás había creído que conocer a alguien sin revelar quién era le permitiría descubrir la verdad.

Había aprendido lo contrario.

Si escondes una parte esencial de ti, también impides que la otra persona pueda elegir de verdad.

Abril había creído que proteger su independencia significaba no necesitar a nadie.

Aprendió que una relación sana no le quitaba autonomía.

Le ofrecía compañía.

Ambos tenían cicatrices.

No intentaron borrarlas.

Las volvieron visibles.

Dos años después, el edificio de Puebla seguía en pie.

Parte había sido restaurada.

Algunos comerciantes se marcharon por decisión propia.

Otros se quedaron bajo nuevos acuerdos negociados.

El taller de Abril continuaba allí.

No como monumento a su padre.

Como parte de una historia que todavía avanzaba.

Una tarde Tomás entró y encontró a Abril sosteniendo una caja.

—¿Qué es?

—Cosas de papá.

—¿Necesitas ayuda?

Ella pensó.

—Sí.

Tomás esperó.

—Llévala al auto.

—¿A dónde vamos?

—A casa de mamá.

—¿Estás segura?

Abril miró la habitación.

Había pasado años sin poder sacar aquellas cosas.

—Sí.

Tomás tomó la caja.

Abril apagó la luz del pequeño depósito.

No lloró.

Eso también la sorprendió.

Cuando llegaron a casa de Teresa, abrieron la caja juntos.

Fotografías.

Herramientas.

Cartas.

Una libreta.

Teresa encontró una vieja nota escrita por su esposo.

La leyó.

Empezó a reír.

—¿Qué dice? —preguntó Abril.

Su madre le mostró.

“Comprar pegamento. Recordarle a Abril que no toque la prensa sin supervisión.”

Abril se cubrió el rostro.

—Tenía diecisiete.

Tomás rio.

—Me parece una advertencia razonable.

—No te metas.

Teresa sostuvo la nota.

Durante un segundo sus ojos se llenaron de lágrimas.

Abril la abrazó.

Tomás se quedó a unos pasos.

No intentó arreglar nada.

No hizo preguntas.

Simplemente permaneció.

Abril lo miró.

Recordó aquella noche años atrás cuando le había dicho:

“Te quedaste.”

Ahora entendía que eso seguía siendo una de las cosas que más valoraba de él.

No la capacidad de comprar.

No el apellido.

No los hoteles.

Quedarse.

Escuchar.

Preguntar.

Aprender a detenerse antes de decidir por ella.

Años atrás Tomás había querido conocer a alguien que no supiera quién era.

Finalmente descubrió algo mejor.

Ser conocido completamente.

Y seguir siendo elegido.

Una noche, mientras caminaban por el centro, Abril señaló un escaparate.

Había un libro antiguo.

—Es hermoso.

Tomás lo miró.

—Te lo compro.

Ella lo observó.

Tomás levantó ambas manos.

—Era una oferta. Puedes decir que no.

Abril sonrió.

—No.

—Perfecto.

Siguieron caminando.

Diez pasos después ella volvió.

—Pero quiero verlo.

Entraron.

Abril pasó casi veinte minutos examinándolo.

Al final no lo compró.

Tomás preguntó:

—¿Por qué?

—Está demasiado caro.

—Puedo…

Abril levantó una ceja.

Tomás cerró la boca.

—Excelente autocontrol —dijo ella.

—Gracias.

—Estoy orgullosa.

—Ese sí fue un elogio completo.

—No te acostumbres.

La vida se construyó así.

No con grandes gestos.

Con cientos de pequeños momentos donde ambos elegían no repetir el pasado.

Tomás dejó de ocultar cuando tenía miedo.

Abril dejó de fingir que nunca lo tenía.

Una madrugada ella lo llamó.

—No puedo dormir.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Tomás esperó.

—Encontré una carta de papá.

—¿Quieres que vaya?

Abril dudó.

Antes habría dicho no automáticamente.

—Sí.

Tomás llegó cuarenta minutos después.

No preguntó qué decía la carta.

Se sentó.

Abril terminó leyéndosela.

Su padre hablaba del taller.

De deudas.

De miedo.

De la esperanza de que algún día ella construyera algo propio.

Abril terminó llorando.

—Pasé años creyendo que tenía que conservar todo exactamente como él lo dejó.

Tomás la abrazó.

—Ya no.

—No.

Abril respiró.

—Pero me gustaría conservar algunas cosas.

—Entonces consérvalas.

—Y cambiar otras.

—Cámbialas.

—Es extraño.

—¿Qué?

—Sentir que ambas cosas pueden ser amor.

Tomás apoyó la mejilla sobre su cabello.

—Quizá lo sean.

Al amanecer prepararon café.

Se sentaron frente a la ventana del taller.

Abril miró la vieja prensa.

—Creo que hoy voy a moverla.

Tomás levantó las cejas.

—Eso parece importante.

—Lo es.

Durante años había estado exactamente en el mismo sitio.

Junto a la ventana.

Como su padre la había dejado.

Abril llamó a dos personas para ayudar.

No a Tomás solamente.

Lo movieron hacia otra pared.

Debajo había una marca más clara en el piso.

La forma de algo que había permanecido inmóvil durante demasiado tiempo.

Abril la observó.

No sintió culpa.

Sonrió.

Tomás no preguntó.

No necesitaba.

Ese viernes regresaron a la cafetería.

El libro rojo estaba sobre la mesa.

Tomás pidió dos cafés.

Calientes.

Abril abrió una página.

—Hay otra anotación.

—¿Qué dice?

Ella leyó:

“Las cosas más difíciles de corregir son las que uno escribió convencido de que estaban bien.”

Tomás se quedó callado.

Abril lo miró.

—Esa parece escrita para ti.

—También para ti.

—Posiblemente.

Tomás sonrió.

—Compraste un libro peligroso.

—Vivido.

—Claro.

Abril cerró el volumen.

A través de la ventana la gente caminaba por las calles del centro.

Turistas.

Trabajadores.

Estudiantes.

Vendedores.

Nadie allí sabía quién era Tomás Alcázar.

La mayoría tampoco sabía quién era Abril Castañeda.

Y ya no importaba.

Él no necesitaba desaparecer para sentirse libre.

Ella no necesitaba estar sola para sentirse independiente.

Tomás tomó su mano.

—¿Estás mirándome otra vez? —preguntó Abril.

—Sí.

—¿Por qué?

Él pensó en la primera vez.

En la mujer que había recibido un rechazo laboral y después había sonreído frente a una anotación en un libro viejo.

En el taller.

En la mentira.

En el dolor.

En la auditoría.

En aquella despedida frente al salón del evento.

En cinco semanas sin llamarla.

En el café donde se presentaron por segunda vez.

—Porque todavía me sorprende que te hayas quedado.

Abril apretó sus dedos.

—No me quedé porque todo estuviera bien.

—Lo sé.

—Me quedé porque cambiaste lo que podía cambiarse.

—Y lo que no…

—Lo recordamos.

Tomás asintió.

Abril volvió a abrir el libro.

—Ahora deja de interrumpir.

—Estoy perdiendo contra un libro otra vez.

—Sí.

—¿Tengo alguna posibilidad?

Ella fingió pensarlo.

—Depende.

—¿De qué?

—De si el café sigue caliente.

Tomás tomó la taza.

—Perfecto.

Abril sonrió.

Y por primera vez ninguno de los dos necesitaba comprobar nada.

Tomás ya sabía que podía ser amado sin esconder su fortuna.

Abril sabía que podía amar sin entregar su independencia.

El taller continuaba cambiando.

El grupo continuaba creciendo.

Había discusiones.

Decisiones.

Días buenos.

Otros difíciles.

Pero cada viernes regresaban a aquella misma mesa, no para recordar la mentira que casi los separó, sino para recordar la decisión que finalmente los unió.

Ser vistos por completo.

Y aun así elegirse.

Porque eso era lo que Tomás había buscado desde el principio sin saber cómo pedirlo.

Y eso era lo que Abril había temido necesitar.

No un rescate.

No un hombre con dinero.

No una mujer perfecta.

Solo dos personas capaces de decir:

“Esto soy.”

“Esto hice.”

“Esto me da miedo.”

“Esto necesito.”

Y después dar a la otra persona la libertad de decidir si quería quedarse.

Abril se quedó.

Pero lo hizo por elección.

Tomás aprendió que esa era la única manera en que realmente valía la pena.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

You Might Also Enjoy