En la BODA de mi HIJO, su novia me dijo que me fuera. Entonces cancelé todos los pagos de la boda…
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó mi futura nuera con la voz temblorosa—. No fuiste invitada. No deberías estar aquí.
Sus palabras resonaron por toda la capilla, frente a casi trescientos invitados.
Yo permanecí inmóvil en la entrada, con un sencillo vestido negro y el collar de perlas de mi abuela alrededor del cuello. No levanté la voz. Tampoco perdí la sonrisa.

—Ay, querida —respondí con una serenidad que pareció inquietarla aún más—. ¿De verdad pensaste que no me presentaría?
Jimena apretó el ramo de rosas blancas contra su pecho. Su expresión cambió cuando miró por encima de mi hombro.
—Además —añadí—, vine acompañada. Hay alguien que llevaba mucho tiempo deseando volver a verte.
Cuando reconoció al hombre que estaba detrás de mí, su rostro perdió todo el color.
Me llamo Gabriela Montes, tengo sesenta y siete años y, hasta seis meses antes de aquella mañana, creía que mi mayor preocupación sería elegir el vestido perfecto para la boda de mi único hijo.
Qué equivocada estaba.
Todo comenzó la noche en que Mateo llevó a Jimena a cenar a mi casa por primera vez. Todavía recuerdo cómo cruzó la puerta: el cabello rubio cayendo en ondas perfectas sobre los hombros, unos ojos grandes que parecían brillar con inocencia y una sonrisa capaz de conquistar al hombre más desconfiado.
Comprendí de inmediato qué había visto mi hijo en ella.
Mateo siempre había sido reservado, especialmente desde la muerte de su padre tres años antes. La enfermedad de mi esposo había sido larga y dolorosa para todos, pero Mateo nunca volvió a ser el mismo después del funeral. Se concentró en su trabajo, dejó de salir con sus amigos y convirtió su apartamento en una especie de refugio donde nadie podía acercarse demasiado.
Sin embargo, aquella noche irradiaba felicidad.
—Mamá, ella es Jimena —dijo con un orgullo imposible de ocultar—. Es enfermera pediátrica.
Jimena extendió una mano delicada.
—Es un placer conocerla por fin, señora Gabriela. Mateo habla muchísimo de usted.
Su voz era suave, casi musical. Había algo en ella que me recordaba a ciertas actrices de telenovela: cada movimiento parecía cuidadosamente medido, cada sonrisa aparecía en el momento exacto.
Por un instante pensé que resultaba demasiado perfecta.
Aparté aquella impresión enseguida. No quería convertirme en la típica madre que desconfiaba de cualquier mujer que se acercara a su hijo.
Durante la cena, Jimena nos contó historias sobre los niños a los que atendía en el hospital, sobre su supuesto voluntariado en un refugio de animales y sobre el sueño que tenía de formar una familia numerosa. Mientras hablaba, Mateo la miraba como si estuviera contemplando el amanecer después de una noche demasiado larga.
No podía culparlo.
Ella parecía exactamente la clase de mujer que cualquier madre desearía para su hijo.
Durante el postre, Jimena bajó los ojos y dejó la cuchara junto al plato.
—Desgraciadamente, mi familia no aprueba nuestra relación —confesó.
Una lágrima perfectamente solitaria descendió por su mejilla.
—Esperaban que me casara con alguien de una posición social más elevada. Cuando elegí a Mateo, dejaron de hablarme.
Mi hijo tomó su mano sobre la mesa.
—No los necesitamos, mi amor.
Aquella historia me tocó profundamente. Como madre, no podía imaginar darle la espalda a un hijo por algo tan superficial como el dinero o la posición social. Vi a una joven abandonada por su propia familia y sentí la necesidad de ofrecerle el cariño que, según ella, le habían negado.
No sospeché que aquel relato había sido diseñado específicamente para llegar a mi corazón.
Las semanas siguientes fueron una avalancha.
Antes de que pudiera asimilar la velocidad con la que avanzaba todo, Jimena llevaba un anillo de compromiso en el dedo y ya estaban discutiendo la fecha de la boda.
—Cuando lo sabes, lo sabes —repetía Mateo, como si aquella frase explicara cualquier precipitación.
Yo tenía dudas, pero verlo feliz después de tantos años de tristeza me hizo guardar silencio.
Jimena quería una boda de cuento de hadas: una finca prestigiosa, un vestido de diseñador, flores importadas, música en vivo y una recepción para cientos de personas. Yo, deseosa de ver feliz a mi hijo y sintiendo compasión por aquella novia supuestamente rechazada por su familia, cometí el error de ofrecerme a cubrir los gastos.
—¿Haría todo eso por nosotros? —preguntó Jimena con los ojos brillantes.
—Por Mateo y por ti —contesté—. Quiero que tengan un hermoso comienzo.
Se llevó una mano a los labios, fingiendo contener la emoción.
—Usted es como la madre que nunca tuve.
Después me abrazó y sentí su cuerpo temblar con suaves sollozos.
En aquel instante abrí completamente mi corazón.
Y, con él, también abrí mi cuenta bancaria.
Los meses siguientes se convirtieron en una carrera frenética de preparativos. Utilicé parte de mis ahorros, cobré una póliza que mi difunto esposo me había dejado e incluso solicité un préstamo sobre mi casa para proporcionarles la boda que deseaban.
El lugar elegido fue la finca Bellamí, una propiedad elegante a las afueras de Puebla, rodeada de extensos jardines y construcciones de estilo colonial. Solo la reservación costó quince mil dólares.
El vestido de Jimena costó doce mil y necesitó tres ajustes porque ella insistía en que cada costura debía quedar absolutamente perfecta.
También pidió dos mil rosas blancas importadas de Ecuador.
Con cada cheque que yo firmaba, ella me abrazaba con más fuerza. Me llamaba “mamá” y prometía que algún día llenaría mi casa de nietos.
Yo creía estar viviendo el sueño de cualquier madre.
Pero comenzaron a aparecer pequeñas inconsistencias.
Jimena siempre pagaba en efectivo cuando compraba algo por su cuenta. Decía que era anticuada y que no le gustaban las tarjetas. Sus historias sobre la infancia cambiaban dependiendo de quién la escuchara. Una tarde dijo que había crecido en una granja de Oaxaca. Durante otra cena afirmó que sus abuelos la habían criado en Guadalajara.
Tampoco existían fotografías de su familia.
Ni un primo, un tío o un amigo de la infancia figuraba en la lista de invitados.
—¿No te parece extraño? —le pregunté a Mateo una noche—. No conocemos a nadie de su pasado.
Su rostro se endureció.
—Mamá, ya hemos hablado de esto. Su familia la rechazó. Es un tema doloroso para ella.
—Lo comprendo, pero…
—No quiero que la interrogues. Bastante ha sufrido ya.
Me tragué las dudas.
Mi hijo estaba más feliz de lo que lo había visto en años. Si el precio de aquella felicidad eran unos cuantos miles de dólares y algunas preguntas sin respuesta, pensé que quizá valía la pena.
Entonces, tres semanas antes de la boda, sucedió algo que lo cambió todo.
Fui al apartamento de Mateo para dejar unas cajas con recuerdos personalizados para los invitados. Usé la llave de repuesto y entré sin hacer ruido, con la intención de sorprenderlos.
Mateo no parecía estar allí, pero escuché la voz de Jimena desde el dormitorio.
No era la voz dulce y musical que yo conocía.
Era dura, fría e impaciente.
—Marcos, te dije que no me llamaras a este número.
Me detuve en medio del pasillo.
—No, la boda sigue en pie —continuó—. Tendré acceso a sus cuentas después de que nos casemos.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Dejé las cajas en el suelo con mucho cuidado y avancé unos centímetros para escuchar mejor.
—¿Cómo que quieres una parte más grande? Acordamos un treinta por ciento.
Hubo una pausa.
—Mira, la vieja ya nos ha dado más de cuarenta mil. Seguramente nos dará también el dinero para la entrada de la casa después de la boda.
La vieja.
Estaba hablando de mí.
—Y el tonto vale por lo menos doscientos mil —añadió—. No sospecha nada. Está completamente enganchado.
Mi hijo.
Mi Mateo.
El hombre que la amaba y planeaba formar una familia con ella era simplemente “el tonto”.
El mundo pareció inclinarse bajo mis pies. Tuve que apoyarme en la pared para no caer. El estómago se me cerró y una sensación amarga me subió por la garganta.
De algún modo conseguí retroceder, recoger las cajas y salir del apartamento sin que Jimena me descubriera.
Conduje tres calles antes de detenerme.
Apagué el motor y me quedé mirando el volante, incapaz de respirar con normalidad. Después llegaron las lágrimas. Golpeé el volante con ambas manos, sintiéndome la mujer más ingenua del mundo.
¿Cómo no me había dado cuenta?
Las historias contradictorias. Los pagos en efectivo. La ausencia de familiares. La manera en que había ido alejando lentamente a Mateo de sus amigos. La rapidez del compromiso. La boda exageradamente costosa.
Todo formaba parte de un plan.
Sin embargo, en medio del dolor ocurrió algo dentro de mí. La desesperación comenzó a endurecerse hasta convertirse en determinación. Era la misma fuerza que había sentido mientras acompañaba a mi esposo durante su enfermedad, cuando aprendí que el miedo no sirve de nada si uno no lo convierte en una razón para actuar.
Si Jimena pensaba destruir a mi hijo y llevarse el dinero de nuestra familia, había elegido a las personas equivocadas.
Aquella noche me sequé las lágrimas e hice algo que nunca imaginé que necesitaría hacer.
Busqué investigadores privados en Puebla.
A la mañana siguiente me reuní con Patricia Morales en un café discreto del centro histórico. El establecimiento estaba casi vacío. Solo había una pareja de turistas junto a la ventana y un hombre mayor leyendo el periódico en una mesa apartada.
Patricia era una antigua detective de policía que había comenzado a trabajar como investigadora privada después de jubilarse. Tenía unos cincuenta y cinco años, el cabello gris y corto y una mirada capaz de atravesar cualquier mentira. Llevaba un blazer sencillo y un maletín de cuero desgastado.
Escuchó mi relato completo sin interrumpirme.
—Lo que está describiendo parece un fraude sentimental —dijo finalmente—. Estas personas estudian a sus objetivos. Descubren qué desean escuchar y luego se convierten exactamente en eso.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Escuchar a una profesional confirmar mis sospechas convirtió mi temor en algo real.
—¿Cuánto tiempo necesitará para averiguar quién es?
Deslicé un cheque sobre la mesa.
Patricia lo guardó dentro del maletín.
—Si ha cometido el error de utilizar su propia voz y llamar desde un teléfono rastreable, no demasiado.
Los días siguientes fueron una agonía.
Cada vez que Jimena llegaba a mi casa con otra petición relacionada con la boda, yo tenía que sonreír y fingir que nada había cambiado.
—Gabriela, ¿le importaría si agregamos otra mesa? Son solo ochocientos dólares más.
—Por supuesto, querida.
Cada abrazo suyo me provocaba rechazo. Cada vez que me llamaba “mamá”, sentía que aquella palabra estaba cubierta de algo falso y pegajoso.
Lo más difícil era mirar a Mateo.
Él hablaba sobre la casa que comprarían, los viajes que harían y los hijos que tendrían. Estaba construyendo en su imaginación una vida entera junto a una mujer que ni siquiera existía.
Verlo tan ilusionado con un futuro basado en una mentira me rompía el corazón una y otra vez.
Dos semanas después, Patricia llamó.
—Gabriela, será mejor que se siente.
Yo estaba preparando té en la cocina. Me agarré al borde del mostrador porque las piernas comenzaron a temblarme.
—Jimena no existe —continuó Patricia—. La mujer que va a casarse con su hijo se llama realmente Sofía Collins. Tiene veintinueve años y es originaria de Tampico. Ha sido investigada varias veces por fraude y ya recibió una condena en el pasado.
La tetera comenzó a silbar, pero el sonido parecía venir de otra casa, de otro mundo.
—Suele trabajar con cómplices —explicó Patricia—. Algunos investigan a las víctimas y otros fingen ser familiares o conocidos para dar credibilidad a sus historias. El hombre con quien estaba hablando se llama Marcos Rivera. Durante un tiempo fue su socio y también mantuvo una relación sentimental con ella.
—¿Siguen trabajando juntos?
—No exactamente. Sofía terminó estafándolo también. Desapareció con quince mil dólares, algunas pertenencias suyas y un anillo. Marcos lleva dos años tratando de localizarla.
Apagué la estufa con movimientos automáticos.
—¿Cómo descubrió todo esto?
—Reconocimiento facial, registros públicos y trabajo de detective tradicional. Sofía lleva ocho meses utilizando la identidad de Jimena. Su historial laboral es falso. No es enfermera pediátrica. Colaboraba ocasionalmente como voluntaria en una clínica para poder interpretar ese papel con cierta credibilidad.
Me dejé caer en una silla.
—Hay algo más —prosiguió Patricia—. Hemos encontrado al menos tres casos anteriores. Sofía elige hombres solteros con empleos estables, preferentemente personas que han perdido recientemente a un ser querido. Busca a hombres emocionalmente vulnerables.
Pensé en Mateo, todavía afectado por la muerte de su padre.
No había sido una coincidencia.
Lo había elegido por su dolor.
—Se gana su confianza, consigue que la familia pague una boda costosa, obtiene acceso a las cuentas y desaparece unos meses después con todo lo que puede llevarse —concluyó Patricia.
Cerré los ojos.
Imaginé lo que habría sucedido si no hubiera escuchado aquella llamada: Mateo destruido emocional y económicamente, mi casa perdida y los ahorros de toda una vida desaparecidos.
—Patricia —dije, sorprendida por la firmeza de mi propia voz—, necesito que encuentre a Marcos Rivera.
Hubo un breve silencio.
—¿Qué está pensando hacer?
—Un hombre que lleva dos años buscando a Sofía podría estar muy interesado en asistir a su boda.
—¿Quiere llevarlo a la ceremonia?
—Quiero darle a Jimena, o mejor dicho a Sofía, exactamente lo que se merece. ¿Puede encontrarlo?
—Ya lo hice. Vive en Monterrey y trabaja en la construcción. Puedo darle su número dentro de una hora.
Después de terminar la llamada, permanecí en la cocina durante mucho tiempo. El té se enfrió delante de mí.
Una parte de mi ser quería correr hasta Mateo y enseñarle todas las pruebas. Pero conocía a mi hijo. Era tan terco como su padre y Sofía llevaba meses preparándolo para desconfiar de mí. Seguramente ya le había dicho que cualquier crítica de mi parte nacería de los celos o del deseo de controlar su vida.
Si me limitaba a contarle la verdad, él podía rechazarla.
Necesitaba algo más contundente.
Algo público e irrefutable que no dejara espacio para otra mentira.
La boda sería dentro de diez días y yo me aseguraría de que resultara inolvidable, aunque no de la manera que Sofía imaginaba.
Saqué del joyero el collar de perlas de mi abuela. Había pertenecido a cuatro generaciones de mujeres de nuestra familia y yo le había prometido a Jimena que podría utilizarlo durante la ceremonia.
Recordé la forma en que le brillaron los ojos cuando lo vio.
En aquel momento creí que se había emocionado por la historia familiar que representaba. Ahora comprendía que solo estaba calculando cuánto dinero obtendría al venderlo.
—No sabes con quién te estás metiendo —murmuré.
Una calma fría se apoderó de mí mientras el plan comenzaba a tomar forma.
Aquella boda de cuento de hadas estaba a punto de transformarse en el momento más incómodo de la vida de Sofía.
Esa misma tarde marqué el número que Patricia me había proporcionado.
Después de tres tonos, respondió una voz masculina, áspera y cautelosa.
—Marcos Rivera.
Respiré profundamente.
—Señor Rivera, mi nombre es Gabriela Montes. Creo que conoce a la novia de mi hijo, aunque usted la conoció como Sofía y nosotros como Jimena.
El silencio se prolongó tanto que pensé que la llamada se había cortado. Al fondo escuchaba martillos, maquinaria y voces dando instrucciones.
—¿Dónde está? —preguntó finalmente.
Su tono había cambiado. Ahora sonaba tenso y urgente.
—Está a punto de casarse con mi hijo en Puebla. La boda será dentro de nueve días. Ya ha obtenido más de cuarenta mil dólares de nuestra familia y apenas está comenzando. Creo que podemos ayudarnos mutuamente.
—Señora, no sé a qué clase de juego está jugando.
—No es ningún juego. La escuché hablando por teléfono. Dijo que mi hijo valía por lo menos doscientos mil dólares y que tendría acceso a sus cuentas después de la boda.
Marcos contuvo la respiración.
—¿La escuchó hablando conmigo?
—Así es.
—Teníamos un acuerdo de negocios —admitió—, hasta que ella decidió estafarme. Entonces entiende mi posición. ¿Qué propone exactamente?
Le expliqué el plan. Marcos aparecería durante la ceremonia y expondría públicamente la verdadera identidad de Sofía frente a todos, incluido Mateo.
—¿Quiere que arruine la boda? —preguntó.
Creí percibir cierta admiración en su voz.
—Quiero que revele la verdad antes de que esa mujer destruya la vida de mi hijo.
Marcos guardó silencio.
—Me quitó quince mil dólares —dijo finalmente—. Desapareció en mitad de la noche y me dejó con la cuenta del hotel, un coche alquilado y todas las consecuencias. Llevo dos años buscándola.
—Entonces esta es su oportunidad.
—¿Y qué gana usted, además de salvar a su hijo?
Sonreí, aunque él no podía verme.
—Justicia, señor Rivera. Sencilla y pura justicia.
Conversamos durante veinte minutos más, organizando cada detalle. Marcos viajaría a Puebla la mañana de la boda y esperaría dentro de su vehículo hasta que yo le enviara una señal. Entraría por la puerta principal en el instante adecuado.
Después de colgar, me sentí más ligera que en semanas.
La furia impotente había desaparecido.
Ahora tenía un propósito.
Tres días antes de la boda puse en marcha la segunda parte de mi plan. Llamé a la coordinadora de la finca, a la florista, al servicio de catering, al fotógrafo y al responsable de la música.
—Señora Lara, soy Gabriela, la madre del novio de la boda del sábado —le dije a la coordinadora—. Hubo un cambio en el acuerdo de pago. La familia de la novia decidió hacerse cargo del saldo pendiente.
—Qué detalle tan bonito —respondió—. ¿Debemos esperar el pago directamente de ellos?
—Exactamente. No procesen ningún cargo adicional en mi cuenta hasta que puedan comunicarse con la familia de la novia.
Le proporcioné el número falso que Sofía había incluido en los documentos de los proveedores.
Repetí las mismas instrucciones a cada empresa.
Nadie hizo preguntas. Yo era la respetable madre del novio que ya había pagado anticipos considerables. Cuando llegara el momento de cobrar los saldos restantes, todos intentarían ponerse en contacto con una familia inexistente.
Mi llamada más difícil fue la que hice a Mateo la noche siguiente.
Durante las últimas semanas había percibido una distancia creciente entre nosotros. Sofía estaba sembrando dudas sobre mis intenciones y mi hijo comenzaba a mirarme como si yo fuera un obstáculo para su felicidad.
—Mamá, no puedo hablar mucho —dijo al responder—. Jimena está molesta porque no asististe a la cena de ensayo.
La cena a la que no me habían invitado.
—Lo comprendo perfectamente, querido —contesté—. He estado pensando y quizá fui demasiado insistente con algunos detalles de la boda.
Al otro lado de la línea se produjo un silencio.
—Este es el día de Jimena —continué—. Si ella piensa que mi presencia puede causarle tensión, respetaré su decisión. Los amo demasiado como para estropear su felicidad.
La voz de Mateo se quebró ligeramente.
—¿Estás segura? Tal vez Jimena cambie de opinión si hablas con ella.
—No será necesario. Creo que haré un pequeño viaje durante el fin de semana. Quizá vaya a Cancún. Así ustedes podrán celebrar su día sin ningún problema familiar.
El alivio en su voz fue como un cuchillo.
—Eso es muy considerado de tu parte, mamá.
—Solo quiero que seas feliz. Es lo único que siempre he querido.
Después de colgar, permanecí mirando el teléfono mientras unas lágrimas silenciosas descendían por mi rostro.
La conversación era necesaria, pero dolió mucho más de lo que esperaba. Mi hijo creía realmente que yo era el problema. Pensaba que mis preocupaciones nacían del egoísmo, no del instinto de una madre que intentaba protegerlo.
La noche anterior a la boda, Sofía me llamó personalmente.
Estuve a punto de no responder, pero la curiosidad fue más fuerte.
—Señora Gabriela, soy Jimena —dijo con su característica voz azucarada—. Quería agradecerle que fuera tan comprensiva respecto a mañana.
—No es nada, querida. Una novia debe sentirse completamente cómoda el día de su boda.
—Mateo dijo que se marchará a Cancún.
Comprendí que estaba verificando la información.
—Ese es el plan. Una pequeña escapada mientras ustedes comienzan su luna de miel.
—Espero que se divierta mucho. Y, cuando Mateo y yo nos instalemos, podríamos almorzar juntas. Me gustaría que fuéramos amigas.
Su descaro era impresionante. Tuve que alejar el teléfono de mi boca para respirar.
—Me parece una idea encantadora, Jimena. Estoy segura de que tendremos muchas cosas de las que hablar.
Después de despedirme, serví una copa de vino tinto y brindé con mi reflejo en la ventana.
—Por las personas que reciben exactamente lo que se merecen.
La mañana de la boda amaneció gris y lluviosa. Era el tipo de clima que los fotógrafos llaman romántico y las novias consideran una catástrofe.
Un presagio perfecto.
Me desperté a las cinco, demasiado nerviosa para continuar durmiendo. Tomé un baño largo y permití que el agua caliente aliviara la tensión de mis hombros. Después me maquillé con cuidado y elegí un vestido negro, sencillo y elegante.
Finalmente me coloqué el collar de perlas de mi abuela.
A las nueve, Marcos llamó desde una gasolinera situada a veinte minutos de Puebla.
—Estoy aquí, señora Gabriela. ¿Está segura de querer hacerlo?
Me observé en el espejo del pasillo.
—Nunca he estado tan segura de algo.
—¿Y si su hijo no la perdona?
Era una pregunta que llevaba días intentando evitar.
—Entonces habré salvado a mi hijo de una mujer que habría destruido su vida. A veces amar a alguien significa aceptar ser la villana de su historia hasta que esté preparado para comprender la verdad.
Marcos soltó una breve exclamación.
—Usted es más dura de lo que parece.
—Crié a un hijo, enterré a un esposo y he sobrevivido sesenta y siete años en este mundo. Soy bastante más dura de lo que parezco.
La ceremonia estaba programada para las dos de la tarde. Marcos llegaría a la finca a la una y media y permanecería en el coche hasta recibir mi mensaje. Yo entraría por una puerta situada cerca de los jardines y buscaría un lugar desde donde pudiera observarlo todo sin ser reconocida inmediatamente.
A las once, mi teléfono comenzó a sonar sin descanso.
Primero llamó la florista. Después, el servicio de catering. Luego la coordinadora del lugar.
Todos buscaban a un miembro de la familia de la novia para cobrar los saldos pendientes.
Dejé que las llamadas fueran al buzón de voz.
A mediodía, Mateo me llamó.
Respiré profundamente antes de responder.
—Mamá, está ocurriendo algo extraño. Todos los proveedores están llamando a Jimena por los pagos. Ella dice que nunca les pidió que cobraran a su familia. ¿Sabes algo?
—Dios mío, eso parece muy confuso. ¿Qué dice Jimena?
—Está furiosa. Cree que alguien intenta sabotear la boda.
Se produjo una pausa.
—Mamá, tú no habrás…
—¿Estás sugiriendo que tu madre sabotearía tu boda después de todo lo que hizo para ayudarte?
Introduje la cantidad justa de dolor en mi voz.
—No. Lo siento —respondió inmediatamente—. Jimena está muy estresada y no sabe a quién culpar.
—Cuando las personas tienen miedo, suelen buscar a alguien a quien responsabilizar —dije con suavidad—. No te preocupes. Seguramente es un error administrativo. Lo importante es que hoy vas a descubrir la verdad sobre la mujer con quien querías casarte.
—¿Qué dijiste?
—Dije que lo importante es que te casarás con la mujer que amas.
—Sí —respondió, todavía confundido—. Supongo que tienes razón.
A la una tomé el bolso, las llaves del coche y el teléfono. Antes de salir, contemplé una fotografía de Mateo que colgaba en la pared. Tenía cinco años, le faltaban dos dientes y sonreía con la confianza absoluta de un niño convencido de que su madre podía solucionar cualquier problema del mundo.
Aquel día estaba a punto de solucionar el mayor problema de su vida.
Aunque él todavía no lo sabía.