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El jefe de la mafia perdió una apuesta y pasó un día con una mujer con curvas, pero antes de medianoche terminó rogándole que se quedara

El jefe de la mafia perdió una apuesta y pasó un día con una mujer con curvas, pero antes de medianoche terminó rogándole que se quedara

A las 11:47 de la noche, Elena Carter estaba sentada frente al hombre más temido de la ciudad, mirando una hoja de papel que podía cambiar su vida para siempre.

Un millón de dólares.

Leyó la cifra una vez.

Luego otra.

Después levantó lentamente los ojos hacia Mateo Romano.

—Perdón… ¿me estás ofreciendo un millón de dólares?

Mateo no parpadeó.

—Sí.

Elena dejó el contrato sobre la mesa de mármol.

El enorme salón privado parecía demasiado silencioso.

Dos hombres vestidos de negro permanecían junto a la puerta.

Otro vigilaba desde la ventana.

Nadie hablaba.

Nadie se movía.

Y aun así, Elena tenía la sensación de que en aquella habitación todos estaban esperando su respuesta.

Se recostó despacio en la silla.

—¿A cambio de qué?

Mateo sostuvo su mirada.

—De que te quedes conmigo.

Elena abrió un poco la boca.

Luego se señaló el pecho.

—¿Yo?

—Tú.

—¿Quedarme contigo?

—Sí.

Ella miró alrededor.

El piso de mármol.

La enorme lámpara de cristal.

Las puertas blindadas que había visto al entrar.

Los hombres que fingían no escuchar.

La botella de vino que nadie había tocado.

Y finalmente volvió a mirar a Mateo.

—¿Sabes algo? Cuando un hombre me ofrece una cantidad obscena de dinero para que no me vaya, normalmente significa una de dos cosas.

Una ceja de Mateo se levantó.

—¿Cuáles?

—O tiene un problema serio de personalidad… o hay un cadáver escondido en alguna habitación.

Uno de los guardias tuvo que bajar el rostro para ocultar una sonrisa.

Mateo permaneció impasible.

—No hay ningún cadáver.

Elena entrecerró los ojos.

—Eso no respondió la primera parte.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en la boca de Mateo.

—Me han dicho que soy difícil.

—¿Quién?

—Todo el mundo.

Elena asintió lentamente.

—Bueno. Al menos tienes conciencia de tus defectos.

Pero cuando volvió a tomar el contrato, su expresión cambió.

Había una segunda página.

Y en aquella segunda página no aparecía ninguna cláusula financiera.

Aparecía ella.

Elena Carter.

Veintinueve años.

Su dirección.

El nombre de su pequeña empresa de organización de eventos.

La cafetería donde compraba café todas las mañanas.

La ruta que tomaba para regresar a casa.

El gimnasio al que acudía tres veces por semana.

Y debajo de todo aquello…

una fotografía.

Elena saliendo de su oficina tres días antes.

Su sonrisa desapareció.

Los dedos se cerraron alrededor del papel.

—¿Qué demonios es esto?

La expresión de Mateo también cambió.

Toda la calidez que había aparecido durante el día desapareció de golpe.

—Alguien te ha estado siguiendo.

Elena levantó la mirada.

—¿Quién?

—Todavía no lo sé.

—¿Desde cuándo?

—No lo sabemos con certeza.

Ella dejó la fotografía sobre la mesa.

—¿Y tú tienes una carpeta entera sobre mí porque…?

—Porque apareció esta noche.

Elena tragó saliva.

De pronto, los dos hombres junto a la puerta dejaron de parecer empleados.

Parecían guardaespaldas.

El hombre de la ventana tenía una mano bajo la chaqueta.

Y Mateo…

Mateo ya no parecía el hombre serio y extrañamente divertido que había pasado doce horas cargando bolsas de panadería, discutiendo con ella sobre novelas románticas y fingiendo odiar el pastel de chocolate.

Parecía otra persona.

Elena respiró lentamente.

—Mateo.

—Sí.

—Quiero que me respondas algo.

—Pregunta.

—¿Quién eres tú exactamente?

Silencio.

Eso fue suficiente.

Elena inclinó la cabeza.

—No eres solo un empresario.

—No.

—¿Político?

—No.

—¿Narcotraficante?

Mateo levantó una ceja.

—No.

—¿Agente secreto?

—No.

—¿Asesino en serie?

El guardia más joven tosió.

Mateo cerró los ojos un segundo.

—Elena.

—Estoy eliminando opciones.

—No soy un asesino en serie.

—Perfecto. Porque esa era mi última teoría razonable.

Mateo la miró durante varios segundos.

Después apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Dirijo una organización.

Elena esperó.

—¿Qué tipo de organización?

Otra pausa.

—Del tipo que hace que la gente baje la voz cuando escucha mi apellido.

Elena se quedó inmóvil.

Miró a Mateo.

Miró a los hombres armados.

Miró la fotografía.

Luego volvió a mirar a Mateo.

—No.

Mateo no dijo nada.

—No, no, no. Espera.

Se puso de pie.

La silla rozó el suelo de mármol con un sonido seco.

—¿Me estás diciendo que he pasado todo el día con un jefe de la mafia?

—Sí.

—¿Tú eres el jefe?

—Sí.

Elena soltó una risa incrédula.

—¿Y nunca se te ocurrió mencionarlo?

—No preguntaste directamente.

Ella abrió los brazos.

—¡Te pregunté a qué te dedicabas!

—Preguntaste si tenía trabajo.

—¡Y tú dijiste que sí!

—Era verdad.

—¡Eso no es una respuesta normal!

Mateo la observó.

Entonces sucedió algo que ninguno de los hombres de aquella habitación esperaba.

Se rió.

No una sonrisa discreta.

No una exhalación.

Una risa real.

Baja.

Profunda.

Sincera.

Elena se quedó completamente quieta.

Había pasado casi todo el día intentando arrancarle una sonrisa a aquel hombre imposible.

Ahora por fin lo había conseguido.

Y, de todas las cosas que acababa de descubrir, aquella fue la que hizo que el corazón le latiera más rápido.

Eso la irritó.

Muchísimo.

—No es gracioso.

Mateo intentó recuperar la compostura.

—Lo siento.

—No, no lo sientes.

—No.

Elena volvió a sentarse.

Su mirada cayó nuevamente sobre el contrato.

Un millón de dólares.

—Entonces explícame algo.

—Te escucho.

—¿Quieres que me quede porque alguien me está siguiendo?

Mateo sostuvo su mirada.

—Esa es una razón.

—¿Y la otra?

Por primera vez en toda la noche, él no respondió inmediatamente.

Simplemente la observó.

Como si estuviera decidiendo cuánto de sí mismo estaba dispuesto a mostrar.

Luego miró el reloj.

11:49.

—La apuesta termina en once minutos.

Elena frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Mateo se inclinó un poco hacia ella.

—La apuesta era pasar un día contigo.

—Lo sé.

—Y lo hice.

—Felicitaciones.

—Pero en algún momento…

Se detuvo.

Elena dejó de sonreír.

Mateo continuó.

—En algún momento entre el desayuno y ahora, dejé de querer que el día terminara.

El corazón de Elena dio un vuelco.

Lo odió.

Lo odió profundamente.

Porque aquel hombre no era simplemente Mateo, el desconocido serio al que había obligado a comer rollos de canela.

Era Mateo Romano.

El hombre cuyo apellido hacía callar salones enteros.

El hombre que tenía seguridad armada escondida a plena vista.

El hombre cuya vida podía convertir la de ella en un peligro.

Pero la estaba mirando como si la persona peligrosa fuera Elena.

Ella miró el reloj.

11:50.

Diez minutos.

Eso era todo lo que quedaba de aquella absurda apuesta.

Diez minutos para que el día terminara.

Diez minutos para levantarse.

Diez minutos para regresar a su departamento.

Diez minutos para fingir que nada de aquello había sucedido.

Pero Mateo no miraba el reloj.

La miraba a ella.

Y Elena entendió algo.

El millón de dólares nunca había sido la verdadera oferta.

Solo era una excusa.

Porque fuera lo que fuera que Mateo Romano estaba intentando pedirle…

no tenía absolutamente nada que ver con dinero.

Y para entender cómo una mujer que toda su vida había escuchado que debía ser “más discreta”, “menos complicada”, “menos ruidosa” y, sobre todo, “más agradecida cuando un hombre le prestaba atención” terminó haciendo temblar emocionalmente al jefe de una organización criminal…

había que regresar doce horas.

Hasta aquella mañana.

Hasta la apuesta.

Hasta el hombre que había declarado, con absoluta seguridad, que pasar veinticuatro horas con una desconocida no podía ser tan difícil.

Ese hombre claramente todavía no conocía a Elena Carter.

Porque Elena no entraba silenciosamente en la vida de nadie.

Entraba con opiniones.

Con preguntas.

Con una risa que se escuchaba dos mesas más lejos.

Y casi siempre con algo de comer entre las manos.

A las once de la mañana estaba frente al Beaumont, uno de los clubes privados más exclusivos de la ciudad, usando una blusa color crema, pantalones negros de pierna ancha y la expresión desconfiada de una mujer que ya sospechaba que su mejor amiga estaba a punto de meterla en problemas.

Nadia Lewis llevaba media hora enviándole mensajes.

“Entra.”

“El hombre ya está ahí.”

“Sé amable.”

Ese último mensaje fue precisamente el que hizo que Elena se detuviera.

Escribió:

“¿Por qué tendría que recordarme que sea amable?”

La respuesta tardó diez segundos.

“Porque te conozco.”

Elena resopló.

Nadia llevaba doce años conociéndola.

Habían estudiado juntas.

Habían compartido departamento.

Nadia había visto a Elena llorar después de su primera ruptura seria.

También había sido la persona que la acompañó cuando, a los veinticuatro años, Elena decidió dejar un empleo donde su jefe le había dicho que su cuerpo “no combinaba con la imagen elegante de la empresa”.

Elena nunca olvidó aquella frase.

No porque creyera que tenía razón.

Sino porque durante tres segundos sí había conseguido hacerla dudar.

Había mirado su reflejo en el vidrio de una oficina.

Sus caderas amplias.

Su cintura suave.

Sus brazos.

Su rostro redondo.

Y por primera vez en años se había preguntado si tal vez debía hacerse más pequeña.

No físicamente.

Más pequeña de espíritu.

Hablar menos.

Reír más bajo.

Usar colores oscuros.

No entrar primero.

No pedir postre.

No destacar.

Luego había mirado a su jefe y había entendido algo mucho más importante.

El problema nunca había sido su cuerpo.

El problema era estar rodeada de personas que creían tener derecho a decidir cuánto espacio podía ocupar una mujer.

Renunció esa misma tarde.

Seis meses después fundó Carter Events con cuatrocientos dólares, una computadora usada y una lista de contactos que apenas llenaba una página.

Cinco años después seguía sin ser rica.

Pero era suya.

Cada boda.

Cada fiesta.

Cada pequeño evento corporativo.

Cada noche sin dormir.

Todo le pertenecía.

Así que cuando Nadia le dijo aquella mañana que debía “ser amable” con un hombre misterioso, Elena ya estaba preparada para lo peor.

Entró al Beaumont.

La recepcionista miró su nombre.

Después su ropa.

Después otra vez su nombre.

—La están esperando en el salón privado.

—Eso suena amenazante.

La mujer no supo si Elena hablaba en serio.

Ella sonrió y siguió caminando.

Entonces lo vio.

Mateo Romano estaba sentado solo junto a una ventana.

Traje gris carbón.

Camisa blanca.

Sin corbata.

Reloj oscuro.

Espalda recta.

Expresión seria.

Parecía un hombre que había presentado una demanda formal contra la diversión.

Elena redujo la velocidad.

Mateo levantó los ojos.

Sus miradas se encontraron.

Algo cambió en el aire.

No fue amor.

Ni atracción inmediata.

Fue reconocimiento.

El tipo de instante en que dos personalidades demasiado fuertes se observan y comprenden, sin decir una palabra, que ninguna piensa retroceder.

Elena llegó a la mesa.

—¿Mateo?

—Elena.

Ella lo examinó de arriba abajo.

—Vaya.

Mateo levantó una ceja.

—¿Qué?

—Te ves exactamente como imaginaba.

—¿Eso es bueno?

Elena tomó asiento.

—Todavía no lo sé.

Por primera vez, el hombre frente a ella pareció ligeramente desconcertado.

Aquello le gustó.

Mateo se sentó.

—Nadia dijo que llegarías a las once.

Elena miró su teléfono.

—Son las once y tres.

—Exacto.

—¿Eres una de esas personas?

—¿Qué personas?

—Las que consideran tres minutos una crisis moral.

Mateo la miró.

—La puntualidad importa.

Elena agarró el menú.

—Qué agotador.

Un hombre situado a dos mesas de distancia bajó la vista.

Era uno de los hombres de seguridad de Mateo.

Elena no lo sabía.

Tampoco sabía que otro estaba junto al bar y un tercero esperaba afuera.

Mateo Romano rara vez estaba solo.

No porque tuviera miedo.

Sino porque había aprendido muy joven que el poder siempre atraía dos clases de personas.

Quienes querían acercarse a él.

Y quienes querían verlo caer.

Elena, sin embargo, no parecía pertenecer a ninguna categoría.

—Entonces —dijo ella—. ¿Por qué estás aquí?

—Porque me invitaron.

Elena levantó los ojos del menú.

—Eso no es una respuesta.

—Sí lo es.

—Técnicamente.

—¿Cuál es la diferencia?

—Técnicamente es una respuesta. Emocionalmente es basura.

Mateo parpadeó.

Elena continuó revisando el menú.

—Olvídalo.

Aquello debió haber terminado ahí.

No terminó.

Diez minutos después, Elena le estaba contando sobre su última relación.

—¿Terminó contigo usando un emoji?

—Un pulgar arriba.

Mateo frunció el ceño.

—¿Nada más?

—Nada.

—Eso es absurdo.

—Gracias.

—¿Cuánto tiempo habían salido?

—Ocho meses.

La mandíbula de Mateo se tensó.

Elena lo señaló con el tenedor.

—¿Ves? Esa es la reacción correcta.

—¿Qué hiciste?

—Le envié una factura.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Una factura?

—Por ocho meses de terapia emocional no remunerada.

Uno de los hombres de seguridad tuvo que alejarse.

Mateo la observó.

—¿Pagó?

—No. Pero su hermana me invitó a tomar café.

Mateo intentó no sonreír.

Elena lo vio.

—Ahí estuvo.

—¿Qué?

—Casi sonríes.

—No.

—Sí.

—No.

—Eres pésimo mintiendo.

Aquello habría resultado gracioso para cualquiera que conociera realmente a Mateo.

Mateo Romano mentía con la misma facilidad con la que otras personas respiraban cuando era necesario.

Había negociado con políticos, empresarios, fiscales corruptos, competidores y hombres que entrarían en pánico si supieran que estaba sentado tranquilamente comiendo huevos frente a una organizadora de eventos.

Pero Elena lo hacía sentir observado de una manera diferente.

No como un objetivo.

Como persona.

Y quizá por eso ella veía cosas que otros no veían.

La apuesta había comenzado dos noches antes.

Nadia era hermana de uno de los abogados externos de Romano Holdings.

Era una de las pocas personas ajenas al círculo íntimo de Mateo que se permitía hablarle sin demasiado miedo.

Durante una cena privada había escuchado a Mateo rechazar una invitación social por tercera vez.

—No disfrutas nada —le dijo.

Mateo ni siquiera había levantado la vista del teléfono.

—Disfruto muchas cosas.

—¿Como qué?

—Ganar.

—Eso no cuenta.

—Para mí sí.

Nadia había puesto los ojos en blanco.

—Eres incapaz de pasar un día normal.

Mateo finalmente la miró.

—Eso no tiene sentido.

—Un día sin reuniones. Sin asistentes. Sin usar tu apellido para conseguir lo que quieres. Sin dar órdenes.

—Puedo hacerlo.

Nadia sonrió.

—No creo.

Mateo debería haber ignorado el desafío.

Pero nadie acusaba a Mateo Romano de no poder hacer algo.

—¿Qué propones?

Nadia pensó unos segundos.

Entonces sonrió de una manera que debió haberlo preocupado.

—Conozco a alguien.

—No.

—Ni siquiera sabes qué iba a decir.

—No importa.

—Mi amiga Elena.

Mateo volvió al teléfono.

—No.

—Es perfecta.

—Precisamente por eso no.

Nadia se inclinó.

—Veinticuatro horas. Haces lo que ella quiera hacer. Nada ilegal, obviamente.

Mateo levantó la mirada.

—Qué tranquilizador.

—Sin trabajo. Sin amenazar a nadie. Y sin decirle quién eres.

—Eso suena infantil.

—Entonces será fácil.

Mateo cayó en la trampa.

—Lo será.

Nadia sonrió.

—Perfecto.

Aquella mañana Elena creyó que simplemente conocería a un amigo de Nadia.

No sabía que era parte de una apuesta.

Y Mateo no sabía que antes del mediodía iba a arrepentirse de haber dicho que aquello sería fácil.

—Quiero café —anunció Elena después del desayuno.

Mateo miró la taza frente a ella.

—Estás tomando café.

—Quiero café bueno.

—Este es uno de los clubes más exclusivos de la ciudad.

—Eso no significa que sepan hacerlo.

Mateo respiró lentamente.

—¿A dónde quieres ir?

Elena sonrió.

—Conozco un lugar.

Veinte minutos después estaban caminando por una calle llena de pequeños negocios.

Mateo nunca caminaba por allí.

No porque fuera peligroso.

Porque su rutina estaba diseñada al minuto.

Vehículo.

Entrada privada.

Reunión.

Vehículo.

Otra reunión.

Comida preparada.

Teléfono.

Decisiones.

Control.

Elena no tenía ninguna relación saludable con los horarios.

Se detuvo frente a una tienda.

—Aquí.

Mateo miró el letrero.

—Esto es una panadería.

—También venden café.

Entraron.

El aroma a canela envolvió el lugar.

Elena respiró profundamente.

—Esto sí es felicidad.

—Es azúcar.

—Qué triste debe ser vivir dentro de tu cabeza.

Mateo la miró.

Ella pidió dos cafés, un rollo de canela, un pan de queso y algo cubierto de chocolate que Mateo no pudo identificar.

Cuando sacó su tarjeta, Mateo extendió la mano.

—Yo pago.

Elena lo miró.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Eso no es una razón.

—Tú dijiste lo mismo esta mañana.

—Estoy educándote.

Pagó ella.

Mateo se quedó mirándola.

—No tenías que hacerlo.

—Lo sé.

—Podía pagar.

Elena tomó la bolsa.

—También lo sé.

—Entonces…

—Mateo.

—¿Qué?

—Una mujer puede comprar su propio rollo de canela.

Se fue hacia la puerta.

Mateo la siguió.

A través del vidrio, sus hombres observaron la escena con una confusión casi profesional.

Su jefe, el hombre que podía mover millones de dólares antes del desayuno, acababa de perder una discusión de cuatro dólares con una mujer que ni siquiera sabía quién era.

Elena caminó dos cuadras.

Luego le entregó una bolsa.

—Toma.

Mateo miró dentro.

—No.

—Sí.

—No quiero.

—No te pregunté si querías.

—Elena.

—Es pan de canela, no una propuesta de matrimonio.

Él tomó la bolsa.

—Gracias.

—De nada.

Mateo dio un mordisco.

Se detuvo.

Elena lo observó.

—¿Y?

—Está bien.

—Esa cara dice que está increíble.

—Está bien.

—Cobarde.

Mateo casi volvió a sonreír.

La mañana continuó.

Una librería.

Un pequeño mercado.

Una tienda de decoración donde Elena pasó quince minutos examinando velas para un evento.

Mateo cargó dos bolsas.

Luego tres.

En el mercado, Elena le entregó una cuarta.

—Tú hiciste la apuesta —murmuró él.

Ella se giró.

—¿Qué?

Mateo se quedó completamente quieto.

Había cometido un error.

—Dije que tú elegiste comprar todo esto.

—Eso no fue lo que escuché.

—Escuchaste mal.

Elena lo señaló.

—Otra mentira.

Mateo apartó la mirada.

Por primera vez en años, un hombre acostumbrado a anticipar movimientos políticos, financieros y criminales descubrió que una mujer de veintinueve años con una bolsa llena de pan podía hacerlo sentir nervioso.

A la hora del almuerzo, habían cambiado de plan tres veces.

Mateo estaba acostumbrado a calendarios preparados semanas antes.

Elena decidía de acuerdo con su hambre.

—Vamos a ese restaurante —dijo él.

Ella miró la fachada.

Puertas doradas.

Valet.

Meseros de guantes blancos.

—No.

—¿Por qué?

—Tiene oro en el techo.

—Es decoración.

—Exacto.

—No entiendo.

—Si un restaurante necesita poner oro en el techo, probablemente la comida es aburrida.

Mateo la observó varios segundos.

—Eso no tiene ninguna lógica.

—Confía en mí.

—No.

—Qué triste.

Terminaron entrando porque Mateo insistió.

La anfitriona lo reconoció inmediatamente.

Su rostro perdió el color.

—Señor Roma…

Mateo la miró.

Solo una mirada.

La mujer entendió.

—Señor… Mateo. Bienvenido.

Elena entrecerró los ojos.

—Eso fue raro.

—¿Qué?

—Esa mujer parecía estar a punto de desmayarse.

—Tal vez está cansada.

—Claro.

Los condujeron a la mejor mesa del lugar.

Elena miró alrededor.

—¿Reservaste?

—No.

—¿Y nos dieron esto?

—Tuvimos suerte.

Ella soltó una risa.

—Eres una mentira con piernas.

Mateo fingió leer el menú.

El mesero llegó.

Sus manos temblaron ligeramente cuando sirvió agua.

Elena lo notó.

Mateo también.

—Está nervioso contigo —dijo Elena cuando se alejó.

—Está nervioso con todos.

—No.

—Sí.

—Mateo.

Él la miró.

—¿Quién eres tú?

—Un empresario.

—¿De qué?

—Inversiones privadas.

Elena hizo una mueca.

—Qué aburrido.

Mateo casi se atragantó.

—¿Perdón?

—No tú. Tu respuesta.

—Mi trabajo no es aburrido.

—Entonces cuéntame algo interesante.

Mateo no podía decirle que dos semanas antes había negociado la devolución de un cargamento robado sin levantar la voz.

No podía decirle que una parte de su fortuna provenía de negocios perfectamente legales y otra de una estructura que había heredado de una familia cuya historia estaba escrita con secretos.

—Compro empresas.

Elena bostezó teatralmente.

—Casi me duermo.

—También bienes raíces.

—Peor.

—Fondos privados.

—Mateo, por favor. Estoy intentando mantenerme despierta.

Él negó con la cabeza.

—¿Y tú?

Aquella pregunta lo cambió todo.

Porque cuando Elena empezó a hablar de Carter Events, su rostro se iluminó.

Le contó que había organizado su primera boda con un presupuesto ridículo.

Que la novia había llorado porque una tormenta destruyó parte de la decoración.

Que Elena había convencido al dueño de una ferretería cercana para que les prestara lonas y luces.

Que terminó empapada hasta las rodillas colocando flores mientras los invitados llegaban.

—¿Funcionó?

—La novia dijo que fue el día más bonito de su vida.

—¿Y ganaste dinero?

Elena hizo una pausa.

—Veintidós dólares.

Mateo la miró.

—¿Veintidós?

—Después de gastos.

—Eso es una mala inversión.

—Fue una gran inversión.

—¿Cómo?

—Me recomendó con tres amigas.

Mateo la observó.

—¿Y esas tres?

—Se convirtieron en siete eventos.

Mateo asintió lentamente.

Aquello sí lo entendía.

Construir.

Tomar algo pequeño y multiplicarlo.

—Eres buena.

Elena sonrió.

—Lo soy.

No hubo falsa modestia.

No bajó los ojos.

No dijo “intento serlo”.

Simplemente aceptó el cumplido.

A Mateo le gustó.

Durante años había estado rodeado de personas que escondían ambición detrás de cortesía.

Elena no escondía nada.

Cuando odiaba algo, lo decía.

Cuando le gustaba, sonreía.

Cuando tenía hambre, comía.

Cuando alguien miraba su cuerpo con desprecio, no se encogía.

Mateo lo vio con claridad después del postre.

Una pareja pasó junto a su mesa.

La mujer miró a Elena.

Luego el plato de pastel.

Después sus caderas.

Fue apenas un segundo.

Pero Mateo lo vio.

Su expresión se endureció.

Elena también lo notó.

Sin embargo, en lugar de bajar el tenedor, tomó otro bocado.

Mateo la observó.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez estás mirando.

—Estaba pensando.

—Eso nunca acaba bien.

Mateo miró el pastel.

—¿Siempre ignoras así a la gente?

Elena entendió inmediatamente.

Dejó el tenedor.

—¿Te refieres a cuando miran mi cuerpo?

Mateo no respondió.

Ella se recostó.

—No siempre.

—¿No?

—Antes me afectaba.

Hubo una pequeña pausa.

Por primera vez aquel día, su voz perdió parte del humor.

—Cuando tenía diecinueve años, mi tía me dijo delante de toda mi familia que sería una mujer preciosa si perdiera veinte kilos.

La mandíbula de Mateo se tensó.

Elena jugueteó con el tenedor.

—Mi madre no dijo nada. Mi padre tampoco. Nadie dijo nada.

—¿Y tú?

—Sonreí.

Mateo frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque tenía diecinueve años.

Ella miró el plato.

—Y porque en ese momento pensé que el silencio de todos significaba que estaban de acuerdo.

La mesa quedó en calma.

—¿Lo estaban? —preguntó Mateo.

Elena respiró.

—Algunos sí.

—Lo siento.

Ella levantó la mirada.

No esperaba aquella respuesta.

No de él.

—Años después entendí que mi cuerpo nunca fue un problema que necesitara una solución.

Su sonrisa regresó.

—Además, me gusta demasiado el pastel.

Mateo empujó su plato hacia ella.

—Puedes terminar el mío.

Elena abrió los ojos.

—No.

—¿Por qué?

—Porque vas a probarlo.

—No me gusta el chocolate.

Ella lo miró como si acabara de confesar algo terrible.

—¿Quién te hizo daño?

—Nadie.

—Mateo.

—Simplemente no me gusta.

Elena tomó otro tenedor.

Se lo extendió.

—Pruébalo.

Mateo miró el tenedor.

Luego a ella.

—No.

—Cobarde.

Mateo tomó el tenedor.

Probó el pastel.

Elena esperó.

—¿Y?

—Está bueno.

Ella sonrió triunfante.

—Lo sabía.

Mateo negó con la cabeza.

—Disfrutas demasiado tener razón.

—Porque sucede demasiado seguido.

—Eso es discutible.

—Pero no falso.

Él sonrió.

Esta vez de verdad.

Elena dejó de mover el tenedor.

—Ay, Dios mío.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué?

—Tienes dientes.

—Elena.

—No sabía. Siempre estás con esa cara de hombre que está calculando impuestos.

Mateo se rió.

Y aquella risa cambió algo.

No solo en él.

También en Elena.

Porque por un instante dejó de ver al hombre serio.

Vio a alguien cansado.

Alguien que probablemente llevaba demasiado tiempo midiendo cada palabra.

Alguien que no recordaba qué se sentía ser simplemente una persona.

Ella apartó la mirada primero.

—Eres guapo cuando sonríes.

Mateo se quedó inmóvil.

Elena continuó comiendo.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Acabas de decir que soy guapo.

—Sí.

—¿Por qué?

Elena lo miró.

—¿Necesito presentar una solicitud formal para encontrar atractivo a alguien?

—No.

—Entonces perfecto.

Mateo tardó un segundo en responder.

—Tú también eres hermosa.

Elena parpadeó.

Aquello sí la tomó desprevenida.

—Gracias.

Mateo no apartó la mirada.

Ella sintió calor en las mejillas.

Lo odió un poco por conseguirlo.

Después del almuerzo caminaron hasta una librería.

Elena entró directamente a ficción.

Mateo se dirigió a economía.

Ella lo agarró de la manga.

—No.

—¿Qué?

—No puedes comprar un libro de economía.

—¿Por qué?

—Porque ya pareces un hombre que lee reportes financieros antes de dormir.

—Lo hago.

Elena cerró los ojos.

—Eso explica demasiado.

Tomó una novela romántica de una mesa.

Se la entregó.

Mateo miró la portada.

—No.

—Sí.

—Elena.

—Mateo.

—No leo esto.

—Exactamente.

—¿Cuál es tu argumento?

—Que necesitas desarrollar emociones.

—Tengo emociones.

—¿Cuáles?

Mateo la miró.

—Irritación.

Ella soltó una carcajada.

—Compra el libro.

Lo compró.

No supo explicar por qué.

Tal vez porque verla sonreír cuando entregó la tarjeta había empezado a importar demasiado.

A las cuatro de la tarde terminaron en un parque pequeño.

Elena se sentó en una banca.

Mateo lo hizo a su lado.

Por primera vez en horas, hubo silencio.

Ni teléfono.

Ni camareros.

Ni vendedores.

Ni bromas.

Solo el viento suave entre los árboles.

Elena miró a una niña jugar cerca de una fuente.

—¿Sabes algo que odio?

Mateo giró la cabeza.

—¿Qué?

—Que la gente asuma que porque soy una mujer con curvas debo odiarme en secreto.

Mateo la observó.

Elena se encogió de hombros.

—Siempre creen que están descubriendo una inseguridad escondida.

—¿La tienes?

Ella lo miró.

—No.

—Lo sé.

La respuesta llegó tan rápido que Elena se quedó quieta.

—¿Lo sabes?

—Sí.

—¿Cómo?

Mateo apoyó un brazo en el respaldo de la banca.

—Entras a cada lugar como si te perteneciera.

Elena sonrió lentamente.

—Tal vez sí me pertenece.

Mateo sostuvo su mirada.

—Tal vez.

Hubo algo en su voz.

Algo firme.

No condescendiente.

No sorprendido por su seguridad.

Simplemente convencido.

Elena apartó los ojos.

—Cuidado.

—¿Con qué?

—Te estás volviendo encantador.

—Eso sería grave.

—Muy grave.

Ambos sonrieron.

Ninguno vio el sedán negro estacionado al otro lado de la calle.

Pero alguien dentro del vehículo sí los observaba.

Un hombre levantó una cámara.

Tomó una fotografía.

Luego otra.

Y envió un mensaje.

“Está con ella.”

La respuesta llegó menos de un minuto después.

“Entonces cambia el plan.”

A las cinco y veinte, el teléfono de Mateo vibró.

Una vez.

Dos.

Tres.

Lo ignoró.

Elena lo notó.

—Puedes responder.

—No.

—Parece importante.

—Estoy ocupado.

Ella miró alrededor.

—Estamos comiendo helado.

—Exacto.

Elena sonrió.

—Eso fue extrañamente dulce.

—No te acostumbres.

El teléfono vibró una cuarta vez.

Mateo sacó el dispositivo.

Leyó el mensaje.

Su rostro cambió.

Solo un poco.

Pero Elena lo vio.

“Filtración confirmada. Alguien conoce tu ubicación.”

Debajo había otra línea.

“Creemos que la mujer puede ser parte del objetivo.”

Mateo levantó los ojos.

Elena estaba lamiendo una pequeña gota de helado que había caído sobre su mano.

No tenía idea.

La primera reacción de Mateo fue fría.

Sacar a Elena de allí.

Controlar el entorno.

Encontrar la filtración.

Eliminar el riesgo.

Se puso de pie.

—Tengo que hacer una llamada.

Elena observó cómo se alejaba.

Por primera vez en todo el día, la sensación de misterio dejó de resultarle divertida.

Mateo habló a unos metros.

Su voz era baja.

Sus hombros rígidos.

El hombre que había reído con ella había desaparecido.

Cuando regresó, Elena levantó una ceja.

—¿Problemas?

—Negocios.

—¿Malos?

—Sí.

—¿Debo irme?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Elena frunció el ceño.

Mateo suavizó la voz.

—No. Quédate.

—¿Por qué?

—Porque yo lo digo.

Elena lo miró durante dos segundos.

—Eso sonó muy jefe de mafia.

Mateo se congeló.

Entonces ella soltó una carcajada.

—Relájate. Era broma.

Pero él no se rió.

Y por primera vez Elena sintió una pequeña incomodidad en el estómago.

Más tarde entraron en un restaurante familiar.

Nada de lámparas de cristal.

Nada de oro en el techo.

Solo mesas de madera, niños hablando demasiado alto y olor a salsa de tomate.

Elena sonrió.

—Mucho mejor.

Mateo no respondió.

Miraba el reflejo de la ventana.

Elena lo observó.

—Estás raro.

—Siempre soy raro según tú.

—No. Antes estabas raro divertido. Ahora estás raro peligroso.

Mateo la miró.

—¿Existe una diferencia?

—Enorme.

Elena tomó agua.

Fue entonces cuando vio al hombre.

Sentado cerca de la entrada.

Chaqueta oscura.

No comía.

No miraba su teléfono.

Los observaba.

Elena bajó la voz.

—No voltees.

Mateo volteó.

Ella cerró los ojos.

—Literalmente acabo de decirte que no voltearas.

—¿Quién?

—El hombre junto a la puerta.

Los ojos de Mateo se endurecieron.

No era de los suyos.

Y lo conocía de vista.

Trabajaba para un hombre llamado Víctor Salvi.

Víctor había sido durante años un intermediario tolerado dentro de una organización rival.

Verlo allí no era una coincidencia.

Mateo tocó dos veces la mesa.

Un gesto pequeño.

Uno de sus hombres que estaba afuera recibió la señal.

En menos de treinta segundos, el desconocido se levantó y salió.

Elena siguió todo.

—Definitivamente conocías a ese tipo.

—No.

—Parecía que querías atravesarlo con la mirada.

—No exageres.

—Tienes una cara demasiado expresiva para un hombre que presume no tener emociones.

Mateo se inclinó hacia ella.

—Elena.

Ella dejó de sonreír.

—¿Sí?

—Quédate cerca de mí.

La seriedad de su tono eliminó cualquier broma.

—¿Estoy en peligro?

Mateo tardó demasiado en responder.

Elena sintió frío.

—Mateo.

—No voy a permitir que te pase nada.

—Eso no responde la pregunta.

Las luces del restaurante parpadearon.

Un estruendo se escuchó afuera.

Varias personas gritaron.

Mateo se movió antes de pensar.

Se levantó.

Sujetó a Elena.

La puso detrás de él.

Uno de sus hombres entró inmediatamente.

—Todo bien. Fue un choque en la calle.

Mateo no se relajó.

Elena sintió su espalda rígida.

Entonces vio algo que no había visto antes.

Miedo.

No por él.

Por ella.

—Mateo.

—Quédate detrás de mí.

Y Elena obedeció.

Por primera vez en todo el día, sin discusión.

Sin sarcasmo.

Sin desafiarlo.

Solo confianza.

Aquel instante cambió algo entre ellos.

También cambió algo dentro de Mateo.

Porque hasta ese momento había intentado convencerse de que su preocupación era responsabilidad.

Que Elena estaba con él.

Que si algo ocurría, sería su culpa.

Nada más.

Pero la idea de verla herida le provocó una reacción que conocía demasiado bien.

La misma sensación que había tenido años atrás cuando perdió a su hermano mayor.

Impotencia.

Y Mateo Romano odiaba sentirse impotente.

Salieron por la puerta trasera.

Un vehículo los esperaba.

Elena se detuvo.

—No pienso subir sin explicaciones.

Mateo abrió la puerta.

—Elena.

—No.

—No es momento.

—Precisamente por eso.

Mateo miró alrededor.

Su equipo esperaba.

Podía ordenar que la metieran al vehículo.

Podía hacer muchas cosas.

Pero Elena lo miraba directamente.

Sin miedo.

—Por favor —dijo Mateo.

La palabra sorprendió a todos.

También a él.

Elena lo observó unos segundos.

Después subió.

Durante el trayecto, nadie habló.

La ciudad desapareció detrás de los cristales oscuros.

Veinte minutos después llegaron a una propiedad rodeada por muros altos.

El portón se abrió.

Elena miró por la ventana.

—No.

Mateo giró la cabeza.

—¿Qué?

—Esta no puede ser tu casa.

—Lo es.

—Esto no es una casa.

El vehículo siguió por un camino largo bordeado de árboles.

Al fondo apareció una enorme construcción de piedra.

—Esto es un país pequeño.

Mateo sonrió.

—Exageras.

—Hay otro portón adentro del primer portón.

—Seguridad.

—Hay cámaras en los árboles.

Mateo no respondió.

—Mateo.

—Sí.

—Definitivamente escondes algo.

El vehículo se detuvo.

Bajaron.

Un hombre se acercó apresuradamente.

—Jefe, encontramos…

Elena se detuvo.

El guardia también.

Sus ojos se movieron hacia ella.

Después hacia Mateo.

Demasiado tarde.

Silencio.

Elena giró lentamente la cabeza.

—¿Jefe?

Mateo cerró los ojos un segundo.

—Elena.

—Te llamó jefe.

—Sí.

—¿Jefe de qué?

El hombre junto a ellos dio un paso atrás.

Mateo miró a Elena.

—Del tipo del que has estado bromeando todo el día.

Elena dejó de respirar durante un segundo.

Las piezas encajaron.

Los meseros nerviosos.

Los hombres siguiéndolos.

Los coches.

Las llamadas.

La seguridad.

La propiedad.

La forma en que Mateo daba una orden sin levantar la voz y todos reaccionaban inmediatamente.

Elena abrió la boca.

—Eres…

—Sí.

—¿Jefe de la mafia?

Mateo asintió.

Elena respiró profundamente.

Luego otra vez.

—Entonces cuando te dije que parecías un villano de película…

—Sí.

—Cuando dije que tus amigos parecían guardaespaldas…

—Sí.

—Cuando te hice cargar cuatro bolsas del mercado…

—Sí.

Elena se tapó la cara.

—Dios mío.

Mateo esperó.

Ella lo miró entre los dedos.

—¿De verdad eres jefe de la mafia?

—Sí.

Bajó las manos.

—Eso es tremendamente inconveniente.

Mateo soltó una risa.

Elena lo señaló.

—No te rías.

—Lo intento.

—No lo intentas.

—No.

La tensión se rompió durante unos segundos.

Pero entonces un hombre apareció llevando una carpeta.

—Señor Romano.

Mateo la recibió.

Su expresión se endureció.

Elena lo vio.

—¿Qué es?

Mateo abrió la carpeta.

Fotografías.

Fechas.

Direcciones.

Una imagen cayó sobre la mesa.

Elena la reconoció.

Era ella.

Saliendo de su oficina.

Tres días antes.

La habitación perdió todo sonido.

—Eso soy yo.

—Sí.

—Yo no te conocía hace tres días.

—Lo sé.

Elena levantó otra imagen.

Su edificio.

Otra.

La cafetería.

Otra.

Su automóvil.

La mano le empezó a temblar.

Por primera vez en mucho tiempo sintió el impulso de hacerse pequeña.

Mateo lo vio.

Se acercó.

—Elena.

—No.

Ella levantó la mano.

—Necesito pensar.

Caminó hasta la ventana.

Mateo no la siguió.

Le dio espacio.

Después de unos segundos, Elena regresó a la mesa.

Había miedo en su rostro.

Pero también concentración.

Examinó una fotografía.

En ella aparecía Adrián Romano, primo de Mateo, saliendo de un estacionamiento.

A pocos metros estaba Víctor Salvi.

Elena levantó la foto.

—¿Quiénes son?

Mateo señaló.

—Mi primo Adrián.

—¿Y él?

—Víctor Salvi.

Elena observó la imagen durante varios segundos.

—Algo está mal.

Mateo se acercó.

—¿Qué?

—Víctor.

—¿Qué tiene?

—No está mirando a Adrián.

Mateo observó.

Elena tocó la foto.

—Mira sus ojos.

El rostro de Mateo cambió.

Víctor miraba directamente hacia la cámara.

—Sabía que lo fotografiaban —dijo Elena.

Silencio.

Ella continuó.

—Quien tomó esto creyó que estaba siguiendo una reunión secreta.

—Sí.

—Pero Víctor quería que vieran esa reunión.

Mateo levantó lentamente la mirada.

—¿Por qué?

Elena se encogió de hombros.

—No lo sé. Tú eres el mafioso. Yo organizo bodas.

Uno de los hombres casi sonrió.

Mateo ignoró el comentario.

Volvió a mirar la imagen.

Elena tenía razón.

Aquella fotografía no demostraba que Adrián fuera traidor.

Tal vez pretendía hacer exactamente eso.

—¿Notaste eso tú sola?

—Sí.

Mateo la observó de una forma distinta.

—Realmente eres un problema.

Elena cruzó los brazos.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Yo decidí que sí.

Durante la siguiente hora, el equipo de Mateo revisó información.

Elena permaneció allí.

Mateo intentó enviarla a una habitación segura.

Ella se negó.

—No voy a encerrarme.

—No es una prisión.

—Tiene puerta blindada.

—Por seguridad.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que tiene una prisión bonita.

Mateo apoyó las manos sobre la mesa.

—Alguien conoce tu rutina.

—Lo sé.

—Eso significa que podrías ser utilizada contra mí.

Elena se quedó quieta.

Aquella frase dolió más de lo que esperaba.

—¿Utilizada?

Mateo entendió tarde cómo había sonado.

—No quise decir…

—No. Está bien.

—Elena.

Ella apartó la mirada.

—Hace doce horas ni siquiera sabías que existía.

—Eso cambió.

Elena lo miró.

Mateo no retiró las palabras.

—¿Por qué?

Silencio.

Era demasiado pronto.

Absurdo.

Peligroso.

Pero la verdad estaba allí.

—Porque me importas.

Elena dejó escapar el aire lentamente.

—Eso es ridículo.

—Lo sé.

—Me conoces desde esta mañana.

—Lo sé.

—Soy parte de una apuesta.

—Ya no.

Aquella respuesta hizo que su pecho se apretara.

Pero Elena tenía otro problema.

—Hablando de la apuesta…

Mateo permaneció en silencio.

—¿Cuándo pensabas contarme?

Él la miró.

—Esta noche.

—¿Después de divertirte?

—No fue así.

—¿No?

Su voz se volvió más fría.

—Entonces explícame.

Mateo no respondió.

Elena sintió algo conocido.

Aquella sensación desagradable de descubrir que otra persona había decidido por ella.

Como su antiguo jefe decidiendo cómo debía verse.

Como su ex decidiendo que ocho meses podían terminarse con un emoji.

Como su familia decidiendo que los comentarios sobre su cuerpo eran “por su bien”.

Ahora Mateo había decidido que ella podía pasar un día entero con él sin saber que todo había empezado como un juego.

—Yo no elegí participar en tu apuesta.

—Tienes razón.

—Nadia sí sabía.

Mateo no dijo nada.

Y aquel silencio fue suficiente.

El rostro de Elena cambió.

—Nadia sabía.

—Ella propuso…

—Nadia es mi mejor amiga.

—Elena.

—Mi mejor amiga me mandó aquí como parte de una apuesta.

Mateo se acercó.

—No creo que quisiera lastimarte.

—Eso no importa.

—Importa la intención.

—No siempre.

Elena tomó su bolso.

—Quiero irme.

—No puedes.

Ella se giró muy lentamente.

—¿Cómo dijiste?

Mateo comprendió el error.

—No es seguro.

—Eso es distinto a “no puedes”.

—Está bien. No es seguro que salgas ahora.

—Entonces dime eso.

Mateo guardó silencio.

Elena estaba temblando.

No de miedo.

De rabia.

—No vuelvas a decidir por mí.

—Estoy intentando protegerte.

—Toda mi vida la gente ha usado esa frase antes de quitarme una elección.

Mateo se quedó quieto.

Aquello sí lo golpeó.

Elena continuó.

—Mi madre decía que criticaba mi cuerpo para protegerme de hombres crueles.

Respiró.

—Mi ex decía que controlaba mis amistades porque quería proteger nuestra relación.

Otra respiración.

—Mi primer jefe decía que me sacó de reuniones importantes para proteger la imagen de la empresa.

Sus ojos brillaron.

—Así que no uses esa palabra conmigo si lo que realmente quieres decir es “voy a decidir porque creo que sé más que tú”.

Mateo no estaba acostumbrado a que nadie le hablara así.

Sus hombres permanecieron inmóviles.

Él podía haber respondido con autoridad.

Podía haberse enfadado.

En cambio, dijo:

—Tienes razón.

Elena parpadeó.

—¿Qué?

—Tienes razón.

Mateo respiró lentamente.

—No sé proteger a alguien sin intentar controlar la situación.

La sinceridad la desarmó un poco.

—Eso no lo vuelve correcto.

—No.

—¿Y ahora?

Mateo miró la puerta.

Luego a ella.

—Ahora te digo la verdad. Si sales sola, existe un riesgo real.

—Bien.

—Puedo llevarte a cualquier lugar que elijas, con seguridad.

Elena lo observó.

—¿Incluso a mi casa?

—Incluso a tu casa.

—¿Aunque no quieras?

—Sí.

—¿Y no vas a ordenar nada?

Mateo casi sonrió.

—Estoy aprendiendo.

Elena no sonrió.

Todavía estaba dolida.

Especialmente por Nadia.

Sacó el teléfono.

Había siete mensajes.

“¿Cómo va?”

“¿Ya consiguió hacerte enojar?”

“Dime que lo llevaste a la panadería.”

“Necesito detalles.”

Elena sintió un sabor amargo.

Llamó.

Nadia respondió enseguida.

—¡Por fin! ¿Cómo…

—¿Era una apuesta?

Silencio.

Elena cerró los ojos.

A veces el silencio era una confesión más clara que cualquier palabra.

—Elena, puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Era una tontería.

—Para ti.

—Mateo necesitaba…

—No hables de lo que Mateo necesitaba.

Su voz tembló.

—¿Pensaste en lo que yo necesitaba?

Nadia guardó silencio.

—Creí que podrían llevarse bien.

—Entonces podías presentarnos como dos adultos normales.

—No habría aceptado.

—Exacto.

Elena apretó el teléfono.

—Y por eso me engañaste.

—No quería hacerte daño.

—Pero lo hiciste.

Nadia respiró del otro lado.

—Lo siento.

Elena miró hacia Mateo.

Él no apartó los ojos.

—Necesito espacio.

Colgó.

La mano le temblaba.

Mateo se acercó un paso.

—¿Estás bien?

Elena soltó una risa vacía.

—No.

Y aquella palabra sorprendió incluso a ella.

Porque Elena solía decir que sí.

Siempre.

“Estoy bien.”

“Da igual.”

“No pasa nada.”

Había aprendido a convertir dolor en humor.

Pero aquella noche estaba cansada.

—Estoy cansada de que la gente tome decisiones sobre mi vida sin preguntarme.

Mateo bajó la voz.

—Yo también lo hice.

—Sí.

—Lo siento.

Elena levantó los ojos.

No había excusas en su rostro.

—¿Lo dices porque ahora te gusto?

Mateo respondió sin dudar.

—No. Lo digo porque estuvo mal aunque nunca volviera a verte.

Eso importó.

Más de lo que Elena quería admitir.

Un hombre entró.

—Señor Romano, encontramos algo.

Mateo miró a Elena.

—¿Quieres quedarte?

La pregunta era pequeña.

Pero ella entendió lo que significaba.

Esta vez estaba preguntando.

Elena asintió.

—Sí.

Pusieron varios registros sobre la mesa.

Ubicaciones.

Mensajes.

Capturas.

Una transferencia de dinero.

La investigación apuntaba a alguien dentro de la organización.

Pero no a Adrián.

Elena estudió las imágenes.

No entendía el mundo de Mateo.

Pero entendía a las personas.

Era su trabajo.

Organizar eventos consistía en observar detalles.

Quién se sentaba junto a quién.

Quién evitaba una mesa.

Quién cambiaba de expresión cuando aparecía determinado invitado.

Quién fingía sonreír.

Quién mentía cuando decía que todo estaba bien.

—¿Quién sabía de la apuesta? —preguntó.

Mateo respondió.

—Nadia. Yo. Adrián.

—¿Nadie más?

—Mi asistente preparó parte del horario.

—¿Nombre?

—Marco.

Uno de los hombres negó con la cabeza.

—Marco no sabía con quién estaría.

Elena miró a Mateo.

—¿Quién vio a Nadia hablar contigo aquella noche?

Mateo pensó.

—Había varias personas.

—¿Víctor?

—No.

—¿Alguien cercano a Víctor?

Adrián, que acababa de entrar, respondió.

—Tal vez.

Todos lo miraron.

Adrián colocó su teléfono sobre la mesa.

—Había un mesero nuevo.

Mateo frunció el ceño.

—¿Y?

—Trabajó solo esa noche. Renunció al día siguiente.

La habitación cambió.

Mateo dio una orden.

—Encuéntrenlo.

Elena volvió a mirar las fotos.

—Si sabían que Mateo iba a romper su rutina…

Adrián asintió.

—Era una oportunidad.

—Pero ¿por qué seguirme antes?

Mateo no respondió.

Elena levantó la imagen tomada tres días atrás.

—Si me siguieron antes de que yo supiera nada de Mateo, entonces ya sabían que Nadia me había elegido.

Mateo comprendió.

—La información salió antes de la cena.

Adrián miró a su primo.

—Entonces Nadia…

Elena se puso tensa.

—No.

Todos la miraron.

—Nadia hizo algo estúpido. Pero no es una traidora.

Mateo no dijo nada.

Elena levantó la barbilla.

—La conozco desde hace doce años.

—La gente puede esconder cosas.

—Sí.

Ella lo miró directamente.

—Tú eres un gran ejemplo.

Adrián bajó el rostro para ocultar una sonrisa.

Mateo aceptó el golpe.

—¿Qué propones?

—Hablar con ella.

—No.

Elena levantó una ceja.

Mateo suspiró.

—Quiero decir… considero que puede ser peligroso.

—Mucho mejor.

Adrián carraspeó.

—Está aprendiendo rápido.

Mateo le dirigió una mirada.

Elena llamó nuevamente a Nadia.

Esta vez puso el altavoz.

—Necesito que pienses —dijo Elena—. ¿Con quién hablaste de mí antes de hoy?

—¿Qué?

—¿Le contaste a alguien lo de Mateo?

—No.

—¿A nadie?

Silencio.

—Nadia.

—Solo… solo le comenté a alguien que estaba intentando presentarte a un hombre.

Elena cerró los ojos.

—¿Quién?

—Víctor.

Mateo se quedó inmóvil.

Adrián maldijo en voz baja.

Elena sintió que el estómago se le hundía.

—¿Víctor Salvi?

—Sí. Lo conocí en un evento hace unas semanas. Me preguntó si tú seguías soltera. Yo bromeé diciendo que te había encontrado a alguien imposible.

Mateo tomó el teléfono.

—¿Qué más dijiste?

Nadia reconoció su voz y quedó en silencio.

—Mateo…

—Nadia.

—Le dije que iban a verse el sábado.

—¿Dónde?

—No sabía. Lo juro.

Mateo miró a sus hombres.

Ya era suficiente.

Víctor había sabido de Elena antes del encuentro.

Probablemente había investigado su rutina para identificarla.

Después había esperado.

Y cuando descubrió que el día de la apuesta sacaría a Mateo de su sistema normal de seguridad, aprovechó la oportunidad.

Elena apretó los labios.

Nadia empezó a llorar.

—Elena, lo siento.

—Después hablamos.

—No sabía quién era realmente.

Elena miró a Mateo.

—Yo tampoco.

Colgó.

La investigación se movió rápidamente.

Pero Mateo tenía un problema.

Elena.

No como carga.

Como alguien que ya estaba dentro del tablero.

Y eso lo aterraba.

—Quiero llevarte a otro sitio —dijo.

—¿Cuál?

—Una propiedad segura.

—¿Esta no lo es?

—No suficientemente.

Elena miró los muros.

—Tienes guardias armados y probablemente un búnker.

—Sí.

Ella abrió los ojos.

—¿De verdad tienes un búnker?

Mateo no respondió.

—Era una broma.

Adrián sonrió.

—Tenemos dos.

Mateo lo miró.

—Cállate.

Por primera vez desde la llamada a Nadia, Elena soltó una pequeña risa.

Mateo sintió una absurda sensación de alivio.

Entonces llegó información nueva.

Habían encontrado al antiguo mesero.

Había recibido dinero de una empresa fantasma.

La empresa estaba conectada con Víctor.

La filtración estaba confirmada.

Pero había otra cosa.

Víctor no quería simplemente atacar a Mateo.

Quería que pareciera que Adrián lo había traicionado.

El objetivo era romper la organización desde dentro.

Y Elena se había convertido accidentalmente en la pieza perfecta.

Una desconocida.

Una nueva debilidad.

Una persona sin preparación.

Una forma fácil de provocar una reacción emocional.

Elena leyó parte del informe.

—Así que soy carnada.

Mateo endureció la mandíbula.

—No.

—Eso pensaba él.

—No me importa lo que pensaba.

—A mí sí.

Mateo la miró.

Elena dejó el documento.

—Porque si cree que soy débil, podemos usarlo.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Ella respiró profundamente.

Mateo corrigió.

—No me gusta la idea.

—Mejor.

—Pero estoy escuchando.

Elena cruzó los brazos.

—Víctor quiere que pienses que estoy asustada.

—Probablemente.

—Y tú quieres mandarme lejos.

Mateo no respondió.

—Entonces déjalo creer que ganaste esa discusión.

Adrián se acercó.

—¿Qué propones?

—Que parezca que me fui.

Mateo ya entendía.

—No.

Elena lo señaló.

Él cerró los ojos.

—Estoy expresando una fuerte oposición emocional.

Adrián soltó una carcajada.

Elena sonrió.

—Progreso.

El plan era sencillo.

Crearían una salida falsa.

Un vehículo saldría de la propiedad.

Un mensaje filtrado indicaría que Elena iba a ser trasladada.

Si Víctor todavía tenía una fuente cerca, reaccionaría.

Mateo odiaba el plan.

No porque fuera malo.

Porque Elena lo había propuesto.

Y aceptar significaba reconocer que ya no podía mantenerla fuera de aquello.

—No estarás en el vehículo —dijo.

—De acuerdo.

—Ni cerca.

—De acuerdo.

—Y vas a permanecer conmigo.

Elena lo miró.

—¿Eso es una orden?

Mateo respiró.

—Una petición.

—Entonces sí.

Fue así de simple.

Y extrañamente difícil.

Porque Mateo estaba aprendiendo que pedir implicaba aceptar la posibilidad de escuchar un no.

Controlar era más fácil.

Confiar era otra cosa.

La trampa funcionó.

A las diez y diecisiete, el vehículo falso abandonó la propiedad.

A las diez y treinta y cuatro, interceptaron un mensaje.

“Se está moviendo.”

A las diez y cuarenta, otro.

“Plan B.”

Víctor cayó.

No hubo una guerra espectacular.

No hubo disparos en la mansión.

Mateo quería algo más importante.

Pruebas.

Registros bancarios.

Comunicaciones.

Testimonios.

Todo aquello podía destruir a Víctor sin convertir la noche en un baño de violencia.

Para las once y cuarto, sus conexiones internas habían quedado expuestas.

La amenaza inmediata había terminado.

Elena estaba en el salón cuando Mateo regresó.

Ella estaba descalza.

Había dejado los zapatos junto al sofá.

Tenía una taza de café en la mano.

—¿Terminó?

Mateo asintió.

—Sí.

—¿Víctor?

—Ya no puede tocarte.

Elena respiró.

No preguntó detalles.

No quería saberlos.

Mateo tampoco se los ofreció.

Había cosas de su mundo que él no pretendía convertir en espectáculo.

—Bien.

Mateo miró el reloj.

11:19.

La apuesta terminaba a medianoche.

Quedaban cuarenta y un minutos.

Elena lo observó.

—Tienes esa cara otra vez.

—¿Cuál?

—La de documento fiscal.

—No existe esa cara.

—Sí existe.

Ella sonrió.

Mateo también.

Por unos segundos parecieron nuevamente las dos personas que habían discutido sobre pastel aquella tarde.

Entonces Mateo sacó una carpeta.

—Hay algo más.

Elena miró.

—¿Otra sorpresa criminal?

—No exactamente.

La puso sobre la mesa.

Elena abrió.

Un contrato.

Un millón de dólares.

Ella leyó.

Después levantó los ojos.

—¿Me estás ofreciendo dinero?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para que permanezcas bajo mi protección durante los próximos meses.

Elena lo miró.

—¿Un millón?

—Sí.

—Mateo.

—Puedes dejar de trabajar si quieres.

Su expresión se endureció.

Mateo notó demasiado tarde el error.

—No quiero dejar de trabajar.

—No dije que tuvieras que hacerlo.

—Lo insinuaste.

—Solo quiero que no tengas que preocuparte por dinero mientras resolvemos cualquier consecuencia de esto.

Elena cerró la carpeta.

—Entonces paga seguridad.

—También.

—Cambia cerraduras.

—Hecho.

—Cámaras.

—Mañana.

—Pero no me pagues por existir.

Mateo permaneció en silencio.

Elena lo estudió.

Entonces algo encajó.

—Espera.

—¿Qué?

—Esto no es solo por seguridad.

Mateo no respondió.

Ella se recostó.

—Mateo Romano.

Él miró el reloj.

11:47.

Y así regresaron al momento en que todo había comenzado.

El contrato.

El millón.

La fotografía.

La confesión.

El silencio.

—La apuesta termina en trece minutos —dijo Mateo.

—¿Y?

—Y no quiero que te vayas cuando termine.

Elena sintió que el pecho se le apretaba.

—Eso no justifica un millón de dólares.

—No.

—Entonces ¿por qué?

Mateo miró el contrato.

Después a ella.

—Porque sé negociar contratos.

Elena esperó.

—Pero no sé pedir esto.

Aquello la desarmó más que cualquier declaración perfecta.

—¿Pedir qué?

Mateo se puso de pie.

Rodeó lentamente la mesa.

No demasiado cerca.

Dejó espacio entre ambos.

—Otro día.

Elena parpadeó.

—¿Qué?

—Quiero otro día contigo.

Ella lo miró.

—Me ofreciste un millón de dólares por una segunda cita.

—Cuando lo dices así suena mal.

—Suena terrible.

—Lo sé.

—Mateo.

—Lo sé.

Elena empezó a reír.

No pudo evitarlo.

La tensión de todo el día salió en aquella risa.

Mateo la observó.

—Esto es humillante.

—Muchísimo.

—Elena.

—El hombre más temido de la ciudad no sabe pedir una cita.

—Puedo pedir una cita.

—Hazlo.

Mateo guardó silencio.

Ella cruzó los brazos.

—Adelante.

—¿Quieres pasar otro día conmigo?

Elena inclinó la cabeza.

—Eso fue doloroso de ver.

Mateo cerró los ojos.

Ella sonrió.

Pero luego su expresión cambió.

—Antes de responder, quiero saber algo.

—Pregunta.

—Si digo que no…

Mateo la miró.

—Te llevaré a casa.

—¿Y la seguridad?

—Seguirá mientras exista cualquier riesgo.

—¿Sin condiciones?

—Sin condiciones.

Elena asintió.

Aquello importaba.

—¿Y si digo que nunca quiero volver a verte?

La pregunta le dolió a Mateo de una manera absurda.

Aun así respondió.

—Lo respetaré.

Elena lo estudió.

—Bien.

Tomó el contrato.

Mateo observó.

Ella agarró la primera página.

La rompió por la mitad.

Uno de los guardias de la puerta abrió ligeramente los ojos.

Elena rompió la segunda.

Después otra vez.

Dejó los pedazos sobre la mesa.

—No quiero tu millón.

Mateo miró el papel.

—Lo suponía.

—Y todavía estoy enojada por la apuesta.

—Lo sé.

—Y Nadia va a escucharme mañana durante aproximadamente tres horas.

—Probablemente.

—Y no voy a abandonar mi negocio.

—Nunca te lo pediría.

—Ni vas a decidir qué como.

Mateo frunció el ceño.

—Eso nunca fue…

—Ni qué ropa uso.

—Elena.

—Estoy estableciendo reglas.

Una sonrisa apareció en él.

—Continúa.

—No vas a hacer investigar a cada hombre con el que hablé en los últimos diez años.

Mateo guardó silencio.

Elena entrecerró los ojos.

—¿Ya lo hiciste?

—No completamente.

—¡Mateo!

—Era una medida preventiva.

Ella se tapó la cara.

—Dios mío.

—Puedo detenerlo.

—Lo detienes.

—Bien.

—Ahora.

Mateo miró hacia uno de sus hombres.

—Cancela todo.

El guardia asintió inmediatamente.

Elena miró al techo.

—No puedo creer que esta conversación sea real.

Mateo dio otro paso.

—¿Algo más?

Elena bajó la mirada.

—Sí.

Su voz se volvió suave.

—No vuelvas a mentirme.

Mateo dejó de sonreír.

—No lo haré.

—Eso incluye medias verdades.

—Está bien.

—Y respuestas técnicamente correctas.

Mateo casi sonrió.

—¿Como “sí tengo trabajo”?

—Exactamente.

—Lo prometo.

Elena sostuvo su mirada.

—Entonces…

Mateo esperó.

Por primera vez en años, esperar una respuesta se sintió más difícil que enfrentar una amenaza.

Elena miró el reloj.

11:56.

Cuatro minutos.

—Supongo que podría darte un segundo día.

Mateo no reaccionó inmediatamente.

—¿Supongo?

—Sí.

—¿Eso es un sí?

—Es un “veremos”.

—Elena.

—No seas exigente.

Mateo soltó aire.

Ella sonrió.

—Estás nervioso.

—No.

—Mentira.

—Prometí dejar de mentir.

—Entonces admítelo.

Mateo la miró.

—Estoy nervioso.

Elena parpadeó.

No esperaba que lo dijera.

—¿Por qué?

La respuesta llegó tranquila.

—Porque puedo resolver casi cualquier problema excepto que tú decidas irte.

La sonrisa de Elena desapareció lentamente.

—Eso te asusta.

—Sí.

—¿Mateo Romano tiene miedo?

—En este momento, sí.

Elena se acercó un poco.

—¿De qué?

Mateo sostuvo su mirada.

—De perder algo antes de entender qué significa para mí.

El corazón de Elena latió fuerte.

—Nos conocemos desde hace un día.

—Lo sé.

—Eso no es normal.

—Mi vida no es particularmente normal.

Ella soltó una pequeña risa.

Entonces Mateo sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta.

Elena arqueó una ceja.

—Si es otro contrato, me voy.

Mateo puso un pequeño objeto sobre la mesa.

Era el libro romántico que ella le había obligado a comprar.

Elena se quedó mirándolo.

—¿Lo trajiste?

—Sí.

—¿Por qué?

—Dijiste que necesitaba desarrollar emociones.

—Era una broma.

—Lo sé.

—¿Lo vas a leer?

Mateo tomó el libro.

—Tal vez.

Elena sonrió.

—Progreso.

El reloj cambió.

11:59.

Los dos lo vieron.

Un minuto.

Mateo volvió a mirar a Elena.

—Ya casi termina.

—Sí.

—Puedes irte.

Elena levantó una ceja.

—¿Quieres que me vaya?

Mateo no respondió.

Ella sonrió.

—Eres terrible con los sentimientos.

—Lo sé.

—Dilo.

—¿Qué?

—Lo que quieres.

Mateo respiró.

Había ordenado cosas mucho más difíciles.

Había enfrentado a hombres que querían destruirlo.

Había administrado un imperio empresarial y otro clandestino.

Había aprendido desde adolescente que mostrar necesidad era entregar una debilidad.

Su padre le había repetido una frase durante años.

“Nunca permitas que nadie descubra qué no puedes perder.”

Mateo había construido toda su vida alrededor de esa regla.

Propiedades.

Dinero.

Poder.

Información.

Todo reemplazable.

Personas mantenidas a distancia.

Relaciones controladas.

Afecto reducido a responsabilidad.

Hasta Elena.

Una mujer que se había reído de su café.

Había criticado su ropa.

Lo había obligado a comprar una novela romántica.

Había señalado un detalle en una fotografía que sus propios hombres habían pasado por alto.

Y había sido la primera persona en años que le dijo que proteger no significaba controlar.

Mateo miró el reloj.

Quedaban segundos.

Entonces volvió a verla.

—No quiero que el día termine.

La expresión de Elena se suavizó.

—¿Por qué?

—Porque no fue suficiente.

—¿Para qué?

—Para conocerte.

Ella respiró lentamente.

—Tienes otros días.

—Solo si tú quieres dármelos.

El reloj marcó medianoche.

La apuesta terminó.

Nadie dijo nada.

Mateo observó a Elena.

Elena observó a Mateo.

Entonces ella sonrió.

—Muy bien.

—¿Muy bien qué?

—Te doy mañana.

Mateo arqueó una ceja.

—Solo mañana.

—Por ahora.

—Eso parece una negociación.

—Aprendo rápido.

Mateo sonrió.

—¿Y qué quieres hacer mañana?

Elena fingió pensarlo.

—Algo que probablemente odies.

—Eso no reduce las opciones.

—Quiero ir a un mercadito.

Mateo cerró los ojos.

—Elena.

—Y luego a una feria.

—No.

Ella levantó una ceja.

Mateo corrigió:

—Preferiría sinceramente no hacerlo.

Elena comenzó a reír.

—Definitivamente estás aprendiendo.

Él también se rió.

A la mañana siguiente, Elena despertó en una habitación de invitados que parecía más grande que todo su departamento.

Durante unos segundos olvidó dónde estaba.

Luego vio las cortinas enormes.

El techo alto.

La puerta de seguridad.

Y recordó.

Mateo.

La apuesta.

Víctor.

Nadia.

El millón de dólares.

Medianoche.

El segundo día.

Se sentó.

—¿Qué estoy haciendo?

Nadie respondió.

Su teléfono tenía un mensaje.

Mateo.

“Desayuno a las nueve.”

Elena miró la hora.

8:42.

Respondió:

“Eso parece una orden.”

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

Finalmente llegó:

“¿Te gustaría desayunar conmigo a las nueve?”

Elena sonrió.

“Mucho mejor.”

Cuando bajó, Mateo ya estaba sentado.

Traje negro.

Cabello impecable.

Expresión seria.

Elena miró su ropa.

—No.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué?

—No vas vestido así.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a comprar un banco.

—Es ropa.

—Vamos a una feria.

—Sigue siendo ropa.

Elena negó con la cabeza.

—Necesitas jeans.

Mateo la miró como si acabara de sugerir un delito.

—Tengo jeans.

—No te creo.

—Tengo.

—Pruébalo.

Quince minutos después, Mateo Romano bajó las escaleras usando jeans oscuros y una camisa negra.

Adrián estaba tomando café en el comedor.

Casi se ahogó.

—No digas nada —advirtió Mateo.

Adrián levantó ambas manos.

Elena apareció detrás.

—Se ve mejor, ¿verdad?

Adrián miró a su primo.

Luego a Elena.

—Muchísimo.

Mateo lo apuntó.

—Tú tampoco vienes.

—No pensaba hacerlo.

—Perfecto.

Adrián esperó a que se alejaran.

Luego tomó una fotografía discretamente.

La guardaría para siempre.

La feria estaba llena de gente.

Niños.

Música.

Comida.

Mateo odiaba las multitudes.

Su equipo también.

Elena lo sabía.

—Relájate.

—Estoy relajado.

—Hay cuatro hombres siguiéndonos.

—Seguridad.

—Uno está disfrazado con una gorra que dice “Mejor Abuelo”.

Mateo miró discretamente.

Uno de sus mejores agentes de protección llevaba efectivamente una gorra amarilla.

Elena soltó una carcajada.

—No te rías.

—Tu vida es absurda.

—A veces.

Pasaron la mañana caminando.

Elena ganó un pequeño oso de peluche después de lanzar aros.

Mateo falló dos veces.

Ella lo miró con absoluta satisfacción.

—¿Qué?

—Nada.

—Dilo.

—Pensaba que eras bueno en todo.

—Ese juego está manipulado.

—Claro.

—Lo está.

—La negación es parte del duelo.

Mateo compró veinte intentos.

Elena abrió los ojos.

—Eso es hacer trampa.

—Estoy pagando.

—El objetivo es habilidad.

—Mi habilidad es tener recursos.

Finalmente ganó.

Le entregó un oso enorme.

Elena lo miró.

—Esto es ridículo.

—Ganaste uno pequeño.

—Con tres intentos.

Mateo la miró.

—¿Quieres el oso?

Elena abrazó el enorme peluche.

—Sí.

Él sonrió.

Durante unas horas, fue sencillo.

Extrañamente sencillo.

Pero el mundo de Mateo nunca desaparecía completamente.

A las dos de la tarde, su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Adrián.

—Tengo que responder.

Elena asintió.

Mateo se alejó.

La conversación fue breve.

Cuando regresó, Elena vio que su expresión había cambiado.

—¿Otra crisis mafiosa?

—No exactamente.

—¿Qué?

Mateo dudó.

—Es Nadia.

Elena se tensó.

—¿Qué pasa?

—Alguien intentó entrar en su apartamento esta mañana.

El color abandonó el rostro de Elena.

—¿Está bien?

—Sí. No estaba ahí.

—¿Dónde está?

—Con Adrián.

Elena tomó su bolso.

—Vamos.

Mateo no discutió.

En veinte minutos estaban de regreso.

Nadia esperaba en una sala.

Cuando vio a Elena, se levantó.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Elena…

Elena permaneció quieta.

Tenía muchas cosas que decir.

Muchas.

Pero al ver las manos temblorosas de su amiga, algo cambió.

—¿Estás herida?

Nadia negó.

—No.

Elena se acercó.

La abrazó.

No significaba que todo estuviera perdonado.

Solo significaba que doce años no desaparecían en un día.

Nadia empezó a llorar.

—Lo siento.

Elena cerró los ojos.

—Ya hablaremos.

—Fui una idiota.

—Sí.

Nadia soltó una risa entre lágrimas.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo acepto igual.

Mateo, a varios metros, casi sonrió.

Después Nadia miró a Mateo.

Su rostro cambió.

—Hay algo que no te dije.

Mateo se puso serio.

—¿Qué?

Nadia tomó aire.

—Víctor no fue la única persona a la que le hablé de Elena.

Elena se separó.

—¿Quién más?

Nadia bajó los ojos.

—Tu primo.

Silencio.

Mateo frunció el ceño.

—Adrián ya sabía.

—No hablo de Adrián.

Mateo quedó completamente inmóvil.

—¿Entonces quién?

Nadia levantó la mirada.

—Sebastián.

El nombre cayó como una piedra.

Elena no entendió.

Pero vio el efecto.

Mateo dejó de respirar durante un segundo.

Adrián, que acababa de entrar, se quedó congelado.

—Eso es imposible —dijo.

Nadia negó.

—Lo vi hace dos semanas.

Mateo habló con una voz tan baja que Elena sintió frío.

—Sebastián está muerto.

Nadia palideció.

—Entonces alguien quería que yo creyera que estaba hablando con él.

Elena miró de uno a otro.

—¿Quién es Sebastián?

Mateo tardó en responder.

—Mi hermano.

La habitación quedó completamente en silencio.

—¿El hermano que murió? —preguntó Elena.

Mateo asintió.

—Hace seis años.

Adrián se acercó.

—¿Estás segura de que dijo ese nombre?

—Sí. Se presentó como Sebastián Romano.

Mateo miró a uno de sus hombres.

—Trae las cámaras del lugar donde se reunieron.

Nadia negó.

—No fue en un lugar público.

—¿Dónde?

—En mi oficina.

Elena sintió una inquietud.

—¿Cómo entró?

—Dijo que venía recomendado por Mateo.

Mateo endureció la mandíbula.

—Yo no envié a nadie.

Aquello significaba que Víctor quizá no era el final.

Solo una capa.

Y alguien había utilizado el nombre del hermano muerto de Mateo para acercarse a Nadia, conocer a Elena y preparar la apuesta.

Horas después consiguieron una imagen del edificio.

Un hombre alto.

Cabello oscuro.

Gorra.

Rostro parcialmente oculto.

Mateo miró la pantalla.

Sus manos se cerraron lentamente.

Elena lo observó.

—¿Lo reconoces?

Mateo no contestó.

Adrián sí.

—Se parece a Sebastián.

Elena sintió un escalofrío.

Mateo se levantó.

—La imagen es mala.

—Mateo.

—No significa nada.

—Estás mintiendo.

Él la miró.

La promesa de la noche anterior quedó entre ambos.

No más mentiras.

Mateo cerró los ojos.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Se parece demasiado.

Elena se acercó.

—¿Existe la posibilidad de que siga vivo?

—Vi su cuerpo.

La frase salió rota.

Era la primera vez que Elena escuchaba dolor desnudo en su voz.

Mateo se alejó hacia la ventana.

Por primera vez, no parecía poderoso.

Parecía simplemente un hermano menor obligado a recordar la peor noche de su vida.

Elena no intentó tocarlo inmediatamente.

Esperó.

Después se colocó a su lado.

—¿Qué pasó?

Mateo miró afuera.

—Hubo una traición dentro de la familia.

Su voz era baja.

—Sebastián descubrió que alguien desviaba dinero y vendía información.

—¿Quién?

—Nunca lo supimos con certeza.

—¿Y murió por eso?

Mateo asintió.

—Su coche fue encontrado después de un accidente.

Elena comprendió.

—¿Y si no fue él?

Mateo la miró.

—Era él.

Pero su voz ya no tenía certeza.

Adrián apareció detrás.

—Encontramos algo más.

Puso un documento sobre la mesa.

Una cuenta bancaria.

Abierta dos meses después de la supuesta muerte de Sebastián.

A nombre de una empresa inexistente.

Pero la firma autorizada…

S. Romano.

Mateo se quedó mirando.

Elena sintió que el aire desaparecía del salón.

El segundo día, el que Mateo había pedido porque no quería despedirse de Elena, acababa de convertirse en algo completamente distinto.

Ya no se trataba de una apuesta.

Ni de Víctor.

Ni del millón de dólares.

Era una historia enterrada seis años antes.

Y Elena comprendió que alguien no solo había estado siguiéndola.

Alguien la había usado para acercarse a Mateo.

Alguien conocía secretos de la familia Romano.

Alguien tenía acceso a información imposible.

Y quizás el hermano muerto del jefe de la mafia nunca había estado muerto.

Los días siguientes cambiaron todo.

Elena regresó a su apartamento, pero con seguridad discreta.

Mateo cumplió su promesa.

No eligió por ella.

Le explicó las opciones.

Ella decidió.

Carter Events siguió funcionando.

Elena se negó a cancelar una boda que llevaba meses preparando.

—Existe un riesgo —dijo Mateo.

—Existe una novia que me mata si no aparecen sus flores.

Mateo la miró.

—No creo que tenga más recursos que yo.

Elena sonrió.

—Nunca subestimes a una novia sin centros de mesa.

Finalmente Mateo permitió que dos hombres de seguridad asistieran vestidos como proveedores.

Elena pasó aquella tarde trabajando.

Y Mateo, por primera vez, vio su mundo.

No era glamuroso.

Era caos.

Un pastel llegó con una esquina dañada.

El fotógrafo confundió la hora.

Una dama de honor rompió el cierre de su vestido.

El padre de la novia perdió los anillos durante doce minutos.

Elena resolvió todo.

Sin gritar.

Sin hacer sentir a nadie inútil.

Simplemente se movía de problema en problema.

Mateo la observaba desde el fondo.

Una empleada llamada Marisol se acercó.

—¿Eres el novio?

Mateo casi tosió.

—No.

Marisol miró a Elena.

—Todavía.

Mateo levantó una ceja.

Marisol sonrió.

—No soy ciega.

Antes de que pudiera responder, Elena apareció.

—Mateo, necesito que sostengas esto.

Le entregó un arreglo floral enorme.

Él lo tomó automáticamente.

Marisol se alejó riendo.

—¿Qué?

—Nada —respondió Mateo.

A las nueve, la boda estaba funcionando perfectamente.

La novia abrazó a Elena.

—No sé qué habría hecho sin ti.

Elena sonrió.

—Disfruta.

Mateo vio el orgullo en sus ojos.

Más tarde, cuando estaban solos en el estacionamiento, dijo:

—Ahora entiendo.

—¿Qué?

—Por qué no aceptarías mi dinero.

Elena lo miró.

—¿Creías que era orgullo?

—Un poco.

—¿Y ahora?

Mateo observó el salón iluminado detrás.

—Esto es tuyo.

Elena sonrió.

—Exactamente.

—Lo construiste.

—Sí.

Mateo asintió.

—No volveré a sugerir que lo abandones.

Ella lo miró con una suavidad nueva.

—Gracias.

No hubo beso.

Todavía no.

Pero hubo algo más importante.

Respeto.

Esa misma noche, Adrián encontró una segunda cuenta vinculada con Sebastián.

Luego una tercera.

Los movimientos formaban un patrón.

Pequeñas cantidades.

Siempre en fechas relacionadas con Mateo.

Su cumpleaños.

El aniversario de la muerte de su padre.

El día en que Mateo asumió el control de la organización.

Como mensajes.

Como si alguien hubiera querido recordarle que seguía observando.

Elena examinó las fechas.

—No son transacciones.

Mateo la miró.

—¿Qué?

—Son señales.

Adrián frunció el ceño.

—¿Para quién?

—Para Mateo.

Elena señaló.

—Alguien sabía que algún día revisarías esto.

Mateo se inclinó.

—¿Qué intenta decir?

Elena observó las cantidades.

—¿Son años importantes?

Adrián respondió.

—2003 fue el año que murió nuestra madre.

Mateo señaló otra.

—1997 fue cuando Sebastián y yo entramos a la escuela San Gabriel.

Elena sintió un escalofrío.

—Entonces no está escondiendo dinero.

—Está contando una historia —dijo Mateo.

La última transferencia era diferente.

11.47.

Once dólares con cuarenta y siete centavos.

Elena dejó de respirar.

—Mateo.

Él la miró.

—¿Qué?

—11:47.

Mateo no entendió.

Elena sí.

—La hora.

—¿Qué hora?

—La primera noche. Cuando me ofreciste el contrato.

Mateo se quedó inmóvil.

Elena sintió frío.

—Alguien sabía exactamente a qué hora estábamos hablando.

Eso significaba que no solo habían sido observados desde lejos.

Alguien había tenido acceso al interior de la casa.

Mateo llamó a seguridad.

Revisaron cámaras.

Personal.

Dispositivos.

Nada.

Hasta que Elena recordó al hombre junto a la ventana.

—¿Quién estaba allí esa noche?

Mateo señaló a uno de sus hombres.

—Gabriel.

Gabriel negó.

—Yo salí del salón a las once cuarenta.

Mateo frunció el ceño.

—Había alguien junto a la ventana a las once cuarenta y siete.

Gabriel palideció.

—No era yo.

Silencio.

Revisaron grabaciones.

A las 11:43, un hombre vestido como seguridad había entrado por un corredor lateral.

Rostro parcialmente cubierto.

A las 11:52 había desaparecido.

Mateo miró la imagen.

El hombre tenía una ligera cojera.

Adrián palideció.

—Sebastián se lesionó la rodilla cuando tenía diecisiete años.

Mateo no dijo nada.

Elena sintió cómo todo cambiaba.

Tres días después llegó un sobre.

Sin remitente.

Dentro había una sola fotografía.

Dos niños.

Mateo y Sebastián.

Aproximadamente diez y doce años.

En la parte trasera, cinco palabras.

“Todavía no sabes la verdad.”

Mateo sostuvo la fotografía durante mucho tiempo.

Elena estaba con él.

—¿Qué verdad?

—No lo sé.

—¿Sobre Sebastián?

Mateo negó lentamente.

—Sobre nuestra familia.

Aquella noche no quiso hablar.

Elena no lo obligó.

Se sentaron en el balcón.

Mateo bebió whisky.

Elena, té.

Después de media hora, él habló.

—Mi padre decía que el amor era una deuda.

Elena giró la cabeza.

—Qué romántico.

Mateo casi sonrió.

—Decía que si amas a alguien, esa persona se convierte en algo que pueden quitarte.

—Por eso no dejas que nadie se acerque.

—Probablemente.

Elena miró la ciudad.

—Eso no evita que pierdas personas.

Mateo apretó el vaso.

—No.

—Solo garantiza que estés solo antes de perderlas.

Él la miró.

—¿Siempre tienes que tener razón?

—Casi siempre.

Mateo sonrió.

Elena observó la fotografía de los niños sobre la mesa.

—Si Sebastián está vivo…

—No sé qué sentir.

—No tienes que saberlo todavía.

Mateo bajó la mirada.

—Parte de mí quiere encontrarlo.

—Normal.

—Otra parte quiere golpearlo.

Elena levantó una ceja.

—También bastante normal considerando el contexto.

—Y otra parte cree que todo es una trampa.

—Esa parte probablemente debería seguir trabajando.

Mateo soltó una pequeña risa.

Luego la miró.

—¿Por qué sigues aquí?

La pregunta sorprendió a Elena.

—¿Quieres que me vaya?

—No.

—Entonces formula mejor la pregunta.

Mateo respiró.

—¿Por qué eliges quedarte?

Elena miró sus manos.

—Porque quiero saber quién eres cuando no estás intentando controlar todo.

—¿Y qué has descubierto?

Ella levantó la mirada.

—Que eres ridículamente competitivo en juegos de feria.

Mateo sonrió.

—Elena.

—Que finges no disfrutar el pastel.

—No finjo.

—Mentiroso.

—Prometí no mentir.

—Exacto.

Ambos sonrieron.

Después Elena se puso seria.

—También descubrí que escuchas.

Mateo quedó quieto.

—No siempre inmediatamente.

—Eso arruinó el cumplido.

—Pero eventualmente escuchas.

Ella apoyó los brazos sobre la mesa.

—Y cuando entiendes que estás equivocado, puedes cambiar.

Mateo no estaba seguro de que nadie le hubiera dicho algo así.

Elena continuó.

—La mayoría de los hombres que he conocido creen que pedir perdón los vuelve pequeños.

—¿Y yo?

—Tú has construido toda una organización alrededor de no parecer débil.

Mateo miró el whisky.

—Eso no responde.

—Tú tienes miedo de parecer pequeño.

Elena sonrió.

—Pero no lo eres cuando dices “lo siento”.

El silencio se volvió distinto.

Íntimo.

Mateo levantó una mano.

Se detuvo antes de tocarla.

—¿Puedo?

Elena miró su mano.

Luego sus ojos.

Asintió.

Mateo acarició suavemente su mejilla.

Nada apresurado.

Nada tomado.

Preguntado.

Elena apoyó la mano sobre su muñeca.

—Aprendes rápido.

—Tuve buena maestra.

Entonces se besaron.

Fue un beso tranquilo.

No el beso de dos personas que habían decidido que todo sería sencillo.

Porque nada era sencillo.

Era un beso entre una mujer que había aprendido a no reducirse por nadie y un hombre que apenas empezaba a entender que querer a alguien no significaba poseerlo.

Cuando se separaron, Elena sonrió.

—No estuvo mal.

Mateo levantó una ceja.

—¿No estuvo mal?

—Podrías mejorar.

—Elena.

Ella se rió.

Y Mateo volvió a besarla.

Dos semanas después, encontraron a Sebastián.

O al menos encontraron dónde había estado.

Una casa abandonada a tres horas de la ciudad.

Dentro no había nadie.

Pero había fotografías.

Mateo.

Adrián.

Nadia.

Elena.

Docenas.

En una pared había un mapa.

Y en el centro, una fotografía antigua del padre de Mateo.

Debajo, una frase.

“Él empezó todo.”

Mateo quedó inmóvil.

Elena miró alrededor.

—¿Qué significa?

Adrián encontró una caja metálica.

Dentro había documentos.

Registros viejos.

Transferencias.

Informes.

Y una carta.

Dirigida a Mateo.

Mateo la abrió.

Reconoció la letra.

Sebastián.

“Si estás leyendo esto, significa que finalmente empezaste a hacer las preguntas correctas.

Papá no murió creyendo que yo era leal.

Murió sabiendo que descubrí lo que había hecho.

Víctor nunca fue el verdadero enemigo.

Solo heredó una deuda.

Si quieres saber por qué desaparecí, busca el nombre de nuestra madre en los registros de 2003.

Y no confíes en nadie que haya estado presente la noche de su muerte.”

Mateo dejó de leer.

Su madre había muerto cuando él era adolescente.

Una supuesta enfermedad repentina.

Nunca había cuestionado la historia.

Adrián se puso pálido.

—Mateo…

Elena sintió que la mano de Mateo se enfriaba.

—¿Quién estuvo ahí? —preguntó.

Adrián no respondió.

Mateo lo miró.

—¿Quién?

—Tu padre.

—¿Quién más?

Adrián tragó saliva.

—Mi padre.

Mateo quedó quieto.

El tío de Mateo.

El hombre que lo había ayudado a asumir el control después de la muerte de Sebastián.

El hombre que durante años había sido su consejero más cercano.

Carlo Romano.

Mateo cerró los ojos.

Elena entendió inmediatamente.

El verdadero traidor quizá nunca había sido un rival.

Estaba dentro de la familia.

Y seguía vivo.

Regresaron aquella misma noche.

Mateo estaba demasiado silencioso.

Elena no intentó llenarlo con palabras.

Al llegar a la propiedad, Carlo Romano ya estaba esperando.

Sesenta y cuatro años.

Cabello gris.

Traje impecable.

Sonrisa tranquila.

—Me dijeron que encontraste algo interesante.

Mateo lo miró.

Elena sintió una tensión inmediata.

Carlo la observó.

Su mirada recorrió su cuerpo lentamente.

No con deseo.

Con desprecio.

—Así que esta es Elena.

Mateo dio un paso.

—Mírala a los ojos cuando le hables.

Carlo sonrió.

—Vaya.

Elena cruzó los brazos.

—No se preocupe. Estoy acostumbrada a hombres que necesitan mirar hacia abajo para sentirse altos.

Adrián giró el rostro para esconder una sonrisa.

Carlo dejó de sonreír.

—Entiendo por qué te entretiene.

Mateo endureció la expresión.

—No es entretenimiento.

—Mateo…

—Cuidado.

Una sola palabra.

Carlo cambió de tono.

—¿Qué encontraste?

Mateo colocó la carta de Sebastián sobre la mesa.

Por primera vez, Carlo perdió color.

Fue apenas un segundo.

Pero Elena lo vio.

—Lo conoces —dijo.

Carlo la miró.

—No sé de qué hablas.

—Tu cara sí.

Mateo no apartó los ojos de su tío.

—¿Sebastián está vivo?

Carlo soltó aire.

—No.

—Mientes.

—Viste su cuerpo.

—Eso creí.

Carlo miró la carta.

—Tu hermano siempre fue dramático.

Elena sintió cómo Mateo se tensaba.

—¿Qué pasó con mi madre?

Silencio.

Carlo cambió.

No mucho.

Pero suficiente.

—Tu madre estaba enferma.

—¿De qué?

—Mateo…

—¿De qué?

Carlo dejó de sonreír.

—Hay verdades que no sirven para nada después de tantos años.

Elena sintió un escalofrío.

Mateo habló despacio.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que recibirás.

Carlo se giró.

Mateo no lo detuvo.

Elena esperó hasta que desapareció.

—¿Por qué lo dejaste ir?

Mateo miró a Adrián.

—Porque ahora sabemos.

Adrián asintió.

Habían colocado un rastreador en el vehículo de Carlo antes de la reunión.

Elena levantó una ceja.

—Eso es terriblemente ilegal.

Mateo la miró.

—No preguntes.

—Buena estrategia.

Carlo condujo durante casi una hora.

Luego se detuvo en un almacén viejo.

Mateo y su equipo observaron desde lejos.

Un segundo vehículo llegó.

Un hombre bajó.

Cojera leve.

Mateo dejó de respirar.

Elena estaba junto a él dentro del vehículo de vigilancia.

—¿Es él?

Mateo no respondió.

El hombre se quitó la gorra.

Cabello oscuro con algunas hebras grises.

Rostro más delgado.

Una cicatriz junto a la mandíbula.

Mateo sintió que seis años desaparecían.

—Sebastián.

Su hermano estaba vivo.

Pero la verdadera sorpresa llegó segundos después.

Carlo se acercó.

Y Sebastián no pareció amenazado.

Lo abrazó.

Mateo se quedó helado.

Elena también.

—No tiene sentido —murmuró ella.

Mateo apretó los dientes.

Sebastián había fingido su muerte.

Carlo sabía.

Y juntos habían permitido que Mateo creyera durante seis años que había perdido a su hermano.

Aquella noche Mateo no entró al almacén.

No impulsivamente.

No como el hombre que habría sido semanas antes.

Esperó.

Reunió pruebas.

Escuchó conversaciones.

Y descubrió la verdad.

Carlo había utilizado durante años una parte de la organización para operaciones que Mateo nunca habría permitido.

Sebastián las descubrió.

Al principio quiso denunciarlas.

Pero Carlo lo convenció de fingir su muerte para “proteger a Mateo”.

Con el tiempo, Sebastián quedó atrapado.

Carlo lo manipuló.

Le hizo creer que Mateo se había convertido en alguien igual que su padre.

Víctor había sido utilizado como intermediario.

La apuesta con Elena había sido una oportunidad inesperada.

Pero cuando Sebastián vio a Mateo con ella…

algo cambió.

Por eso empezaron los mensajes.

Las señales.

Las cuentas.

Sebastián quería saber si su hermano todavía era capaz de confiar en alguien.

Elena escuchó todo desde una sala contigua.

Cuando Mateo terminó, parecía agotado.

—¿Qué vas a hacer?

—Hablar con él.

—¿Solo?

—Sí.

Elena no discutió.

—¿Quieres que espere aquí?

Mateo la miró.

—Quiero que estés donde tú quieras estar.

Ella sonrió suavemente.

—Entonces esperaré aquí.

Mateo encontró a Sebastián en el almacén al amanecer.

Durante varios segundos ninguno habló.

Seis años de rabia.

Dolor.

Preguntas.

El hermano mayor finalmente dijo:

—Creciste.

Mateo soltó una risa vacía.

—Tú estabas muerto.

Sebastián bajó la mirada.

—Lo sé.

—Te enterré.

—Mateo…

—Vi un ataúd bajar a la tierra.

Su voz se rompió.

—Pensé que había fallado.

Sebastián cerró los ojos.

—Lo siento.

Mateo dio un paso.

—No tienes derecho a decir eso como si arreglara seis años.

—No lo arregla.

—¿Entonces por qué?

Sebastián explicó.

Carlo había amenazado con matar a Mateo si Sebastián hablaba.

La muerte falsa había sido la única salida que creyó posible.

Después Carlo controló la información.

Aisló a ambos.

Durante años Sebastián recibió informes manipulados que mostraban a Mateo convirtiéndose en una copia de su padre.

—Hasta Elena —dijo Sebastián.

Mateo levantó los ojos.

—¿Qué tiene ella?

—Te vi con ella.

—La seguiste.

—Sí.

—Pudieron lastimarla.

Sebastián bajó la mirada.

—Ese fue mi error.

—Uno de muchos.

Sebastián aceptó el golpe.

—Pero cuando te vi en ese parque…

Mateo permaneció inmóvil.

—¿Qué?

—Te estabas riendo.

El silencio se volvió extraño.

Sebastián respiró.

—No te había visto reír así desde que mamá estaba viva.

Mateo apartó la mirada.

—Entendí que los informes de Carlo eran mentira.

—¿Y por eso mandaste las señales?

—Sí.

Mateo apretó los puños.

—Podías haber venido.

—Tenía miedo.

La respuesta fue tan simple que eliminó parte de la rabia.

No toda.

Pero algo.

Sebastián miró hacia la puerta.

—Ella te cambió.

Mateo negó.

—No.

Sebastián frunció el ceño.

Mateo continuó.

—Ella me hizo ver cosas que ya estaban mal.

Eso era distinto.

Y era verdad.

Elena no había “salvado” a Mateo.

No era su responsabilidad.

Simplemente había puesto un espejo frente a él.

Mateo había elegido mirar.

Carlo fue expuesto.

No mediante una guerra.

Mediante documentos.

Registros.

Testimonios.

El poder que había construido durante décadas comenzó a derrumbarse.

Sebastián colaboró.

Adrián tomó distancia de su padre.

La familia Romano cambió.

No de un día para otro.

Pero cambió.

Y meses después, una tarde de otoño, Elena estaba nuevamente frente a la misma panadería donde todo había comenzado.

Mateo llegó cinco minutos tarde.

Ella miró su reloj.

—Vaya.

—Tráfico.

—Antes considerabas tres minutos una crisis moral.

—Estoy evolucionando.

Elena sonrió.

Mateo llevaba jeans.

Sin traje.

Sin convoy visible.

Solo un vehículo y seguridad a distancia.

Entraron.

La cajera ya los conocía.

—Dos cafés.

Elena señaló.

—Y dos rollos de canela.

Mateo negó.

—Uno.

—Dos.

—Elena.

—Mateo.

La cajera sonrió.

—Pondré dos.

Se sentaron cerca de la ventana.

Mateo sacó algo de su bolsillo.

Elena lo miró inmediatamente.

—Si es un contrato de un millón de dólares, terminamos.

Él sonrió.

—No es un contrato.

Puso un pequeño sobre frente a ella.

Elena lo abrió.

Dentro había una hoja.

Sin dinero.

Sin términos legales.

Solo una frase.

“¿Me das otro día?”

Elena levantó los ojos.

—¿En serio?

—Funcionó la primera vez.

—La primera vez ofreciste un millón.

—Y lo rompimos.

—Yo lo rompí.

—Detalles.

Elena sonrió.

—¿Cuántos días quieres?

Mateo la miró.

Esta vez sin esconder nada.

—Todos los que quieras darme.

Elena guardó el papel.

—Eso fue sorprendentemente bueno.

—He estado leyendo la novela que compraste.

Ella abrió la boca.

—¡No!

—Sí.

—¿La terminaste?

—Anoche.

—¿Y?

Mateo tomó café.

—El protagonista toma demasiadas malas decisiones.

—Entonces te identificaste.

Él la miró.

Elena comenzó a reír.

Mateo tomó su mano sobre la mesa.

No para detenerla.

Solo para sentirla allí.

Habían pasado meses desde aquella apuesta.

Meses desde el millón de dólares.

Desde la traición.

Desde las fotografías.

Desde el regreso de Sebastián.

Nada era perfecto.

Sebastián y Mateo todavía tenían mucho que reparar.

Adrián apenas hablaba con Carlo.

Nadia y Elena habían reconstruido su amistad lentamente, con límites que antes no existían.

Y Mateo seguía teniendo instintos de control que Elena le señalaba sin piedad.

Pero había una diferencia.

Ahora él escuchaba.

Preguntaba.

Y cuando olvidaba hacerlo, corregía.

—¿En qué piensas? —preguntó Elena.

Mateo acarició su mano.

—En la apuesta.

—¿Todavía?

—Sí.

—Perdiste.

—Eso es discutible.

Elena levantó una ceja.

—Tu misión era pasar un día conmigo sin volverte loco.

—Sobreviví.

—Terminaste ofreciéndome un millón para que me quedara.

—Estrategia.

—Terminaste rogando por un segundo día.

—No rogué.

—Mateo.

Él sonrió.

—Está bien. Tal vez.

Elena se inclinó.

—Entonces yo gané.

Mateo la miró.

—Completamente.

Ella se quedó quieta.

No esperaba que admitiera aquello tan fácilmente.

—¿Lo dices en serio?

Mateo asintió.

—Perdí una apuesta.

Su pulgar rozó los dedos de Elena.

—Pero gané algo mejor.

Elena hizo una mueca.

—Eso fue terriblemente cursi.

—La novela.

—Definitivamente debes dejar de leer romance.

—Tú me obligaste.

—Fue un error.

Mateo sonrió.

Luego sacó un segundo sobre.

Elena abrió los ojos.

—¿Qué hiciste?

—Nada terrible.

—Eso diría alguien que hizo algo terrible.

Elena abrió.

Era un documento.

Su expresión cambió.

—Mateo.

—Lee.

No era una transferencia para ella.

Era la compra del edificio donde funcionaba Carter Events.

Pero el propietario no era Mateo.

Era una nueva sociedad.

Carter Events LLC.

A nombre de Elena.

Ella levantó la mirada lentamente.

—No.

—Antes de enfadarte…

—Mateo.

—El dueño iba a venderlo.

—Podías decírmelo.

—Lo sé.

—¡Esto viola literalmente todo lo que hablamos!

—Por eso no lo compré para regalártelo.

Elena frunció el ceño.

Mateo sacó otra página.

—Es una opción de compra.

Ella leyó.

Elena podía adquirir el edificio al mismo precio que el propietario había pagado diez años antes.

Sin intereses.

Sin incremento.

Sin obligación.

—¿Por qué?

—Porque el dueño actual recibió una oferta de una empresa que quería desalojar a todos los negocios.

Elena sintió frío.

—¿Cuándo?

—Hace una semana.

—¿Y tú?

—Compré la deuda de la empresa compradora y bloqueé la operación durante treinta días.

Elena lo miró.

—Manipulador.

—Probablemente.

—Controlador.

—Estoy trabajando en eso.

—Ridículo.

—También.

Ella volvió al documento.

—¿Y si digo que no?

—Nada cambia durante treinta días. Después el propietario vende a quien quiera.

—¿Y si digo que sí?

—El edificio puede ser tuyo en las condiciones escritas.

Elena examinó cada página.

Era limpio.

Sin cláusulas ocultas.

Sin propiedad indirecta de Mateo.

Sin obligación romántica.

Sin pago secreto.

Simplemente una oportunidad.

—¿Por qué me ayudas?

Mateo sostuvo su mirada.

—Porque ayudar no siempre significa decidir.

Elena levantó lentamente los ojos.

Aquella respuesta valía más que el edificio.

—Eso estuvo bien.

—¿La novela otra vez?

—Tal vez no fue un error.

Ella guardó los papeles.

—Lo pensaré.

—Eso esperaba.

Mateo no presionó.

Y Elena sonrió.

Porque aquel era el verdadero cambio.

Meses antes, Mateo habría comprado el edificio, entregado las llaves y esperado agradecimiento.

Ahora había creado una opción.

Y esperaba su decisión.

Elena se inclinó.

—¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Tal vez sí quiero darte más días.

Mateo sonrió.

—¿Cuántos?

Ella fingió pensar.

—Veinticuatro horas.

—Cruel.

—Tú empezaste.

—Lo sé.

Elena apretó su mano.

—Pero hay una condición.

Mateo levantó una ceja.

—Siempre hay una condición.

—Mañana yo elijo el plan.

—Eso me preocupa.

—Debería.

—¿Qué quieres hacer?

Elena sonrió lentamente.

—Clase de baile.

Mateo quedó completamente inmóvil.

—No.

Ella levantó una ceja.

Él respiró.

—Preferiría sinceramente enfrentar una auditoría fiscal.

Elena comenzó a reír.

Y por primera vez en muchos años, Mateo Romano no miró alrededor para comprobar quién podía escucharlo cuando terminó riéndose con ella.

Porque ya no le importaba.

Había pasado media vida creyendo que el poder consistía en no necesitar a nadie.

En controlar cada habitación.

En esconder cualquier debilidad.

En asegurarse de que nadie descubriera aquello que no podía perder.

Pero Elena le había enseñado algo que ningún negocio, ninguna amenaza y ninguna victoria había conseguido enseñarle.

Elegir a alguien no era debilidad.

Preguntar no era perder autoridad.

Pedir perdón no lo hacía pequeño.

Y amar a una mujer fuerte no significaba encerrarla para mantenerla segura.

Significaba confiar en que ella podía decidir quedarse.

Elena también había aprendido algo.

Durante años había confundido independencia con no necesitar apoyo.

Había construido una vida entera alrededor de demostrar que podía sola.

Y podía.

Siempre había podido.

Pero poder estar sola no significaba estar obligada a hacerlo.

Aceptar amor no reducía su fuerza.

Aceptar ayuda no convertía sus logros en menos suyos.

Y estar con Mateo no significaba entrar bajo su sombra.

Porque Elena Carter nunca había nacido para vivir bajo la sombra de nadie.

Si él quería caminar con ella…

tendría que hacerlo a su lado.

Aquella noche, mientras salían de la panadería, Elena vio un automóvil estacionado enfrente.

Negro.

Cristales oscuros.

Durante un segundo recordó aquella primera tarde.

El sedán.

Las fotografías.

Víctor.

Sebastián.

Todo.

Mateo también lo vio.

Su cuerpo se tensó.

Uno de los agentes comenzó a acercarse.

Pero Elena sujetó la mano de Mateo.

—Espera.

—¿Qué?

Ella observó el vehículo.

La puerta se abrió.

Sebastián bajó.

Ya no se escondía.

Habían pasado meses desde su regreso.

La relación entre los hermanos seguía siendo complicada.

Había días buenos.

Días malos.

Silencios largos.

Discusión.

Culpa.

Pero estaban allí.

Intentándolo.

Sebastián se acercó.

—Necesito hablar contigo.

Mateo frunció el ceño.

—¿Ahora?

—Ahora.

Algo en su rostro eliminó cualquier ligereza.

Elena lo notó.

—¿Qué pasó?

Sebastián miró a Elena.

Después a Mateo.

Sacó un sobre del bolsillo.

—Encontré esto entre los documentos de Carlo.

Mateo lo tomó.

—¿Qué es?

—Una póliza.

Mateo abrió.

Leyó.

Su rostro cambió.

Elena se acercó.

—¿Qué dice?

Mateo no respondió.

Sebastián lo hizo.

—La muerte de nuestra madre no fue natural.

El ruido de la calle pareció desaparecer.

Mateo levantó lentamente los ojos.

—¿Qué?

Sebastián respiró.

—Carlo pagó a un médico.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Para qué?

Sebastián tragó saliva.

—Para falsificar el informe.

Elena sintió un frío profundo.

Mateo miró las páginas.

Había un nombre.

Doctor Samuel Kessler.

Una transferencia.

Una fecha.

Y un segundo documento.

Un testimonio escrito.

Sebastián señaló la última página.

—Pero eso no es lo peor.

Mateo levantó la vista.

—¿Qué puede ser peor?

Sebastián miró alrededor.

Luego dijo:

—Carlo no dio la orden.

Silencio.

—Entonces ¿quién?

Sebastián miró directamente a su hermano.

—Nuestro padre.

Mateo dejó de respirar.

Elena apretó su mano.

Sebastián continuó.

—Y según estos documentos… tu madre descubrió algo justo antes de morir.

—¿Qué?

Sebastián tragó saliva.

—Que tú no eras hijo de nuestro padre.

Mateo quedó completamente quieto.

Elena sintió que su mano se enfriaba.

—Eso es imposible.

Sebastián negó.

—Hay un nombre.

Mateo miró la página.

Una línea.

Un hombre.

Uno que seguía vivo.

Uno de los empresarios más poderosos del país.

Y alguien con quien Mateo había negociado durante años sin saber la verdad.

Elena observó cómo el rostro del hombre que creía conocer cambiaba por completo.

El día de la apuesta había terminado hacía meses.

Víctor había caído.

Carlo estaba expuesto.

Sebastián había regresado.

Parecía que finalmente podían mirar hacia adelante.

Pero el pasado acababa de abrir una puerta mucho más peligrosa.

Mateo cerró lentamente el documento.

—¿Dónde está él?

Sebastián respondió:

—Viene hacia aquí.

Elena sintió un escalofrío.

Mateo levantó la mirada hacia la calle.

A lo lejos, tres vehículos negros acababan de doblar la esquina.

Y esta vez…

ninguno pertenecía a la familia Romano.

¡FIN!

Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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