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# Su empleada apenas podía caminar, pero cuando el jefe de la mafia descubrió quién la esperaba frente a su apartamento, todo cambió

Su empleada apenas podía caminar, pero cuando el jefe de la mafia descubrió quién la esperaba frente a su apartamento, todo cambió

La bandeja de plata golpeó el suelo de mármol con tanta fuerza que todos los hombres reunidos en el despacho de Matteo Romano dejaron de hablar.

El cristal se hizo añicos.

El café se extendió sobre la piedra blanca como una mancha oscura.

Y Clare Morgan estuvo a punto de caer detrás de todo aquello.

Se aferró al borde del escritorio con una mano, apretó los labios y cerró los ojos durante apenas un segundo.

Pero fue suficiente.

El dolor le atravesó el tobillo derecho como una descarga.

Frente a ella, tres hombres vestidos con trajes hechos a la medida guardaron silencio.

Matteo Romano no.

Matteo se levantó.

Y Clare sintió que algo dentro de su pecho se encogía.

En Chicago había hombres peligrosos que gritaban antes de perder el control.

Hombres que golpeaban mesas.

Hombres que amenazaban.

Hombres que necesitaban hacer ruido para demostrar que podían destruirte.

Matteo Romano era diferente.

Cuando Matteo se enfurecía, bajaba la voz.

Y cuando realmente estaba furioso, ni siquiera necesitaba hablar.

Simplemente avanzaba.

Sin prisa.

Sin movimientos innecesarios.

Sin apartar los ojos de aquello que había llamado su atención.

Clare llevaba tres años trabajando en aquella mansión.

Tres años limpiando habitaciones en las que se negociaban millones.

Tres años cambiando sábanas mientras hombres armados hablaban como si una mujer con uniforme gris fuera parte del mobiliario.

Tres años aprendiendo que el verdadero peligro no siempre entraba dando portazos.

A veces caminaba hacia ti en silencio.

—No —susurró cuando vio a Matteo acercarse.

Él no se detuvo.

—¿No qué?

—No convierta esto en algo.

Matteo quedó frente a ella.

Alto.

Imponente.

Con el traje gris oscuro abierto en el cuello y la mirada fija en la forma en que Clare evitaba apoyar el pie derecho.

Ella se inclinó para recoger la bandeja.

Matteo le sujetó la muñeca.

No con fuerza.

Eso fue precisamente lo que más la inquietó.

—Estoy bien.

—Estás mintiendo.

Nadie detrás de ellos se movió.

Clare podía sentir las miradas de los hombres de Matteo clavadas en su espalda.

Odiaba ser observada.

Pero odiaba todavía más que alguien sintiera lástima por ella.

Se soltó lentamente.

—Me torcí el tobillo al bajar del autobús.

Matteo la miró.

Nada más.

Ni una acusación.

Ni una amenaza.

Sin embargo, Clare llevaba demasiado tiempo trabajando para él.

Conocía aquella mirada.

Matteo ya había decidido que no le creía.

Y Matteo Romano no olvidaba una mentira.

Clare intentó rodearlo.

Dio un paso.

El tobillo cedió.

Durante un segundo humillante, todo el despacho se inclinó a su alrededor.

Entonces un brazo rodeó su cintura.

Clare aspiró con fuerza cuando chocó contra el pecho de Matteo.

La otra mano de él atrapó su codo.

El movimiento hizo subir un poco la tela del pantalón.

Y Matteo lo vio.

La hinchazón.

Los tonos morados.

La marca oscura alrededor de la parte baja de su pierna.

Una marca demasiado definida para parecer una simple torcedura.

El rostro de Matteo cambió.

Muy poco.

Pero los otros tres hombres lo notaron.

—¿Quién hizo esto?

Clare se bajó inmediatamente el pantalón.

—Nadie.

Matteo giró la cabeza hacia la puerta.

—Fuera.

Los tres obedecieron.

Dos salieron sin decir una palabra.

El tercero tardó apenas un segundo más.

Adrien Romano.

Primo de Matteo.

Jefe de seguridad.

El hombre que llevaba años sentado a su derecha en reuniones que decidían el destino de media docena de negocios de Chicago.

Siempre tranquilo.

Siempre impecable.

Siempre confiable.

Adrien miró el tobillo de Clare.

Después su rostro.

Y algo frío recorrió la espalda de ella.

Entonces Adrien sonrió con educación.

—¿Quieres que llame al médico?

—No —respondió Matteo.

Adrien sostuvo su mirada durante un instante.

Luego salió.

La puerta se cerró.

Clare siguió mirando hacia ella.

Matteo lo notó.

Eso la asustó más de lo que quería admitir.

Él soltó lentamente su cintura, pero mantuvo una mano bajo su codo.

—Siéntate.

—Tengo trabajo.

—Clare.

Ella levantó la vista.

Era la primera vez aquella mañana que utilizaba su nombre.

Durante tres años había sido “señorita Morgan”.

Cuando se dirigía a ella.

A veces podían pasar varios días sin que Matteo le hablara directamente.

Pero ahora había pronunciado “Clare” de una forma extrañamente cercana.

Casi personal.

Y a ella no le gustó lo mucho que aquello le afectó.

Se sentó.

Matteo hizo algo que habría parecido absurdo para cualquiera que conociera su reputación.

El hombre que media ciudad temía se arrodilló frente a su empleada.

Sobre el mármol.

Sin importarle los pedazos de cristal ni el café derramado.

Extendió una mano hacia su tobillo.

Clare retrocedió bruscamente.

—Por favor, no.

La mano de Matteo se detuvo en el aire.

—No voy a lastimarte.

—Eso no es lo que me da miedo.

Algo cambió en sus ojos.

—Entonces dime qué te da miedo.

Clare miró la puerta cerrada.

Matteo siguió aquella mirada.

Se levantó.

Caminó hasta la puerta.

Giró el seguro.

Volvió.

—Dímelo.

Clare juntó las manos sobre el regazo para que él no viera cuánto le temblaban.

—Dos hombres me siguieron anoche.

El rostro de Matteo se volvió completamente inexpresivo.

—¿Desde aquí?

—No lo sé.

—¿Qué automóvil?

—Un sedán negro.

—¿Placas?

—Illinois. No memoricé el número.

—¿Cuánto tiempo te siguieron?

—Tres cuadras que yo notara.

Clare tragó saliva.

—Después estacionaron frente a mi edificio.

Los ojos de Matteo se endurecieron.

—¿Se acercaron a ti?

Ella tardó un segundo demasiado largo en responder.

Matteo lo entendió.

—Clare.

—Antes de que pudiera entrar.

—¿Qué querían?

—Preguntaron por usted.

—¿Qué preguntaron exactamente?

Clare respiró hondo.

—Querían saber si se había reunido con alguien de Nueva York. Preguntaron por los hombres que vinieron el martes.

Matteo ya no parecía simplemente molesto.

Parecía peligroso.

—¿Qué les dijiste?

—Que limpio baños y cambio sábanas.

Por una fracción de segundo, una esquina de la boca de Matteo estuvo a punto de moverse.

Casi.

—¿Y?

—Uno de ellos dijo que personas como yo escuchamos cosas porque los hombres poderosos olvidan que estamos en la habitación.

La mínima calidez desapareció del rostro de Matteo.

—No estaba equivocado —añadió Clare.

—¿Qué pasó después?

Ella bajó la mirada hacia sus manos.

—Les dije que no sabía nada.

Silencio.

—Después uno me agarró.

Matteo dejó de moverse.

No respiró más fuerte.

No apretó los puños.

No levantó la voz.

Pero Clare sintió cómo la habitación entera se volvía más fría.

—¿Dónde?

—Del brazo.

—¿Y tu tobillo?

—Me solté. Corrí hacia la entrada. Tropecé en los escalones.

—¿Entraron al edificio?

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque estuve mirando desde mi ventana casi una hora.

Matteo la observó.

—¿Por qué no me llamaste?

Clare levantó lentamente la cabeza.

—¿Llamarlo?

—Sí.

Una sonrisa sin humor apareció en su rostro.

—Hasta hace diez minutos ni siquiera estaba segura de que usted supiera mi nombre.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Clare se arrepintió en cuanto las dijo.

No porque fueran mentira.

Porque eran verdad.

Y la verdad tenía una forma particular de volverse peligrosa cuando se pronunciaba delante de hombres como Matteo Romano.

Sin embargo, él no se enfadó.

Algo mucho más incómodo apareció en su expresión.

Reconocimiento.

Clare se levantó con cuidado.

—Necesito este trabajo, señor Romano.

—Matteo.

Ella frunció el ceño.

—Necesito este trabajo. Necesito mi apartamento. Necesito que mi vida siga siendo normal. Si yo lo llamaba, aparecerían hombres armados. Habría preguntas. Alguien decidiría que ahora soy un problema.

La voz de Matteo descendió.

—¿Crees que yo te haría daño porque alguien te siguió?

Clare sostuvo su mirada.

—Creo que los hombres poderosos muchas veces llaman “protección” a las consecuencias que imponen sobre otras personas.

Eso sí consiguió silenciarlo.

Matteo la contempló durante varios segundos.

Después preguntó:

—Descríbelos.

Clare lo hizo.

—El primero tenía ojos claros. Nariz rota. Una cicatriz pequeña cerca de la oreja izquierda.

La mandíbula de Matteo se tensó.

Clare continuó.

—El segundo casi no habló. Era más robusto. Tenía un tatuaje de un crucifijo en la mano derecha.

Matteo quedó inmóvil.

Clare sintió que el estómago se le cerraba.

—Los conoce.

Él caminó hacia la ventana.

—Matteo.

Su reflejo la miró desde el cristal.

—Sí.

La palabra cambió el aire del despacho.

—¿Quiénes son?

Abajo, varios vehículos negros esperaban detrás de las rejas de la propiedad.

Hombres de seguridad cruzaban el patio.

Hombres en los que Matteo confiaba.

Hombres que Clare veía todos los días.

—Uno trabaja para mí.

Ella dejó de respirar.

—¿Y el otro?

Matteo tardó en responder.

—Es el conductor personal de Adrien.

Clare sintió un vacío en el estómago.

Adrien.

El hombre que acababa de ofrecer llamar a un médico.

El hombre que sabía dónde vivía todo el personal.

El hombre que controlaba los turnos de seguridad.

Matteo giró.

—No vas a volver a casa esta noche.

Clare se enderezó.

—No.

—Clare.

—No puede decidir eso.

La mirada de Matteo se enfrió.

—Alguien dentro de mi organización te siguió hasta tu casa.

—Y moverme adonde usted quiera demuestra exactamente lo que acabo de decir.

—Esto no es una negociación.

—Entonces no ha escuchado absolutamente nada.

Otro hombre habría gritado.

Matteo simplemente la miró.

Clare sintió el corazón golpeándole las costillas.

Aun así, no bajó los ojos.

Finalmente, Matteo habló.

—Tu apartamento está comprometido.

—Sigue siendo mío.

—Y si están esperando allí…

—Eso no me convierte en suya.

Algo peligroso pasó por el rostro de Matteo.

Pero no fue ira.

Era algo más profundo.

Más incómodo.

—No —dijo suavemente—. No te convierte en mía.

La respuesta sorprendió a Clare.

Matteo caminó hacia el escritorio.

—Hay un apartamento de invitados encima del garaje este. Tiene entrada independiente, cocina independiente y no habrá guardias dentro. Tú tendrás la llave.

—Dije que no.

—Y te escuché.

—Aparentemente no.

Matteo se volvió hacia ella.

—No estoy moviéndote porque crea que te poseo, Clare.

Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella.

—Estoy moviéndote porque alguien utilizó mi nombre para llevar peligro hasta tu puerta.

La voz bajó aún más.

—Eso lo convierte en mi responsabilidad.

Clare quiso negarse otra vez.

Entonces recordó el sedán negro.

El peso de aquella mano sobre su brazo.

Los pasos acelerándose detrás de ella.

El miedo mientras intentaba acertar la llave en la cerradura.

Matteo debió verlo en su expresión.

Porque toda su dureza cambió de dirección.

Ya no era contra ella.

Era por ella.

—Te quedas hasta que descubra quién los envió.

—Una noche.

—Tres.

Clare lo miró.

—Dos.

—Tres.

—Negocia como criminal.

Matteo ni siquiera parpadeó.

—Soy un criminal.

Y, contra toda lógica, Clare estuvo a punto de sonreír.

—Tres.

Aquella noche ninguno de los dos podía imaginar que tres días serían suficientes para destruir años de confianza, descubrir una traición dentro de la propia familia Romano y obligar al hombre más temido de Chicago a cuestionar todo lo que creía saber sobre lealtad.

El apartamento de invitados era más caro que todas las viviendas en las que Clare había vivido juntas.

Lo odió inmediatamente.

Alfombras color crema.

Encimeras de mármol.

Ventanas enormes.

Un refrigerador lleno de alimentos elegidos, evidentemente, por alguien que jamás había comparado precios en un supermercado.

A las siete de la mañana siguiente llamaron a la puerta.

Clare abrió todavía en pantalones deportivos y una vieja sudadera de Northwestern.

Matteo estaba al otro lado.

Sin guardaespaldas.

Sostenía un vaso de cartón blanco.

Los dos se observaron.

Matteo probablemente nunca la había visto fuera del uniforme gris de trabajo.

Su mirada bajó durante medio segundo.

Se detuvo.

Volvió a sus ojos.

Clare lo notó.

Él supo que ella lo había notado.

Ninguno dijo nada.

Finalmente, Clare señaló el vaso.

—¿Qué es eso?

—Café.

—Tiene tres máquinas de espresso.

—Tú no bebes espresso.

Los dedos de Clare se tensaron sobre la puerta.

Matteo extendió el vaso.

—Tueste medio. Dos porciones de crema. Sin azúcar.

Ella lo miró.

—¿Cómo sabe eso?

—Compras lo mismo todas las mañanas en el puesto de Halsted.

El rostro de Clare cambió.

Matteo entendió inmediatamente cómo había sonado aquello.

—No te estaba vigilando.

—Esa aclaración no ayuda.

—Lo noté.

—¿Notó mi café?

—Sí.

La respuesta salió demasiado rápido.

Clare tomó el vaso.

Probó un sorbo.

Era exactamente como le gustaba.

—Gracias.

Matteo asintió.

Entonces bajó la mirada.

—Estás apoyando el pie.

—Sé caminar.

—Tu definición de “sé caminar” comienza a irritarme.

—Y la suya parece significar “haz exactamente lo que digo”.

Él levantó una ceja.

—¿Alguien intentó contactarte?

—No.

—¿Llamadas?

—No.

—¿Mensajes?

—No.

—¿Habías visto a alguien extraño cerca de tu edificio antes del ataque?

Clare dudó.

Matteo lo captó.

—¿Qué?

—Un hombre de mantenimiento vino dos veces la semana pasada.

—¿Por qué?

—Dijo que había un problema con la presión del agua.

—¿Lo llamaste tú?

—No.

La expresión de Matteo cambió.

Sacó el teléfono.

—Espera.

Él se detuvo.

—Si manda veinte hombres al edificio, cualquiera que esté observando sabrá que hablé.

La mirada de Matteo se afiló.

—Aprendes rápido.

Clare tomó otro sorbo.

—He pasado tres años limpiando habitaciones mientras sus hombres hablan frente a mí como si no existiera.

Matteo quedó inmóvil.

Clare se arrepintió de nuevo.

—¿Qué cosas has escuchado?

—Nada importante.

—¿Qué cosas, Clare?

Ella cruzó los brazos.

—Aquí es donde comienza a preguntarse si la empleada doméstica es una espía.

—Hace seis meses empecé a preguntarme si todos lo son.

Eso la sorprendió.

Matteo entró.

Cerró la puerta.

—Está desapareciendo dinero.

Clare no respondió.

—Varias rutas han sido comprometidas. Dos cargamentos fueron atacados pocas horas después de cambiar el recorrido. Alguien está vendiendo información.

—¿Y cree que es Adrien?

—No.

Demasiado rápido.

Clare lo estudió.

—¿No cree que sea él o no quiere creerlo?

Los ojos de Matteo se volvieron fríos.

—Esa diferencia podría costarle la vida a alguien.

—Normalmente las diferencias importan más cuando alguien dice algo así.

Durante varios segundos sólo se escuchó el zumbido del refrigerador.

Después Matteo habló.

—El padre de Adrien me crió cuando murió el mío.

La dureza de Clare se suavizó.

—¿Qué edad tenía?

—Diecinueve.

Matteo desvió la mirada hacia la ventana.

—Adrien es mi familia. Mi hermano en todo excepto la sangre directa.

—Y precisamente por eso nunca lo ha investigado.

Matteo no contestó.

No hacía falta.

Clare bajó la mirada hacia el vaso.

Entonces recordó algo.

—La noche del martes…

Matteo se giró.

—¿Qué?

—Usted se reunió con alguien de Nueva York.

El rostro de Matteo se congeló.

—¿Recuerdas eso?

—Estaba limpiando la biblioteca después.

—¿Qué escuchaste?

—Nada.

Él esperó.

—Pero Adrien regresó después de que todos se fueron.

Matteo dio un paso hacia ella.

—¿A qué hora?

—Cerca de la una.

—¿Dijo para qué?

—Que había olvidado el teléfono.

—¿Y dónde fue?

Clare tragó saliva.

—A su despacho.

Matteo dejó de respirar.

Su despacho tenía cerradura electrónica.

Un código.

Una cámara.

Y acceso restringido.

Adrien lo conocía.

También otros tres hombres.

Nadie más.

Matteo caminó hacia la ventana.

Justamente entonces Adrien atravesó el patio inferior.

Clare vio cómo Matteo lo observaba.

Y comprendió algo.

La debilidad más peligrosa de los hombres poderosos rara vez era el miedo.

Era la lealtad colocada en la persona equivocada.

Aquella misma tarde Matteo acompañó personalmente a Clare hasta su edificio.

La lluvia había convertido Chicago en una extensión de luces plateadas.

Dos vehículos negros se detuvieron media cuadra antes.

Clare los miró.

—Dijo que sería discreto.

—Esto es discreto.

—Hay dos camionetas enormes.

—Normalmente habría seis.

Clare soltó una risa antes de poder evitarlo.

Matteo la miró.

Y durante un instante apareció en su rostro una expresión que ella jamás había visto.

Se fue tan rápido como llegó.

Subieron.

El pasillo estaba silencioso.

Clare introdujo la llave en la puerta.

Entró.

Matteo lo hizo detrás de ella.

Se detuvieron al mismo tiempo.

Un portarretratos estaba boca abajo en el suelo.

Clare sabía perfectamente que lo había dejado sobre la mesa.

Su voz salió apenas como un hilo.

—Alguien entró.

Matteo se movió delante de ella inmediatamente.

Una mano desapareció bajo su chaqueta.

—Quédate detrás.

—Vivo aquí.

—Hoy vives detrás de mí.

Por una vez, Clare no discutió.

Los cajones del dormitorio habían sido abiertos.

Su ropa estaba movida.

Sin embargo, nada de valor faltaba.

La computadora seguía allí.

Sus pocos ahorros también.

Entonces Clare llegó hasta la cocina.

Y se quedó paralizada.

Había fotografías sobre la mesa.

Una mostraba a Clare saliendo de la mansión Romano.

Otra comprando café.

Otra caminando con una bolsa de supermercado.

Otra entrando al edificio.

La última hizo que dejara de respirar.

Había sido tomada desde fuera.

A través de su propia ventana.

Clare aparecía dormida sobre el sofá.

Matteo levantó la fotografía.

En la parte posterior habían escrito cinco palabras.

Diles qué sabe Matteo Romano.

La mano de Clare comenzó a temblar.

—Matteo…

Él levantó la vista.

Su expresión era aterradora.

Pero cuando se acercó, el toque fue delicado.

Dos dedos bajo su barbilla.

—Mírame.

Clare obedeció.

—No vuelves a quedarte aquí.

Esta vez no discutió.

Entonces escucharon un ruido en el pasillo.

Matteo se giró.

La puerta estalló hacia dentro.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Clare apenas tuvo tiempo de gritar.

Matteo la empujó detrás de la pared de la cocina.

Hubo detonaciones.

Vidrios rompiéndose.

El ruido ensordecedor rebotó por el pequeño apartamento.

Matteo la obligó a agacharse.

Respondió.

El hombre que había atravesado la puerta cayó hacia el pasillo.

Otra sombra pasó frente a la entrada.

Matteo avanzó.

Extrañamente tranquilo.

—Quédate abajo.

Clare vio el movimiento antes que él.

En la ventana de la escalera de emergencia apareció otra figura.

Un arma comenzó a levantarse.

—¡Matteo!

Clare tomó su chaqueta y tiró de él.

Dos impactos destrozaron el mueble que estaba detrás de su cabeza.

Matteo giró.

La ventana estalló.

El segundo atacante desapareció.

Y después sólo quedó silencio.

Silencio y la respiración desesperada de Clare.

Matteo miró los agujeros de la pared.

Luego la mano de ella todavía cerrada alrededor de su chaqueta.

—Acabas de salvarme la vida.

Clare lo soltó.

—Se supone que usted debía estar protegiéndome.

Matteo la observó.

Y, de manera completamente inesperada, dejó escapar una sola carcajada.

Oscura.

Breve.

Casi incrédula.

—Parece que ambos estamos fallando en nuestros trabajos.

A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.

Matteo dio un paso hacia Clare.

Tenía sangre sobre los nudillos.

Levantó la mano como si fuera a tocarle el rostro.

Se detuvo a pocos centímetros.

Su mirada descendió hacia los labios de ella.

Clare lo sintió.

El cambio.

Ese segundo peligroso en el que el miedo se convertía en otra cosa.

Matteo bajó la mano.

—Ven conmigo.

—¿A dónde?

—A un lugar que Adrien no conoce.

Fue en ese instante cuando Clare comprendió que Matteo Romano finalmente había comenzado a sospechar del hombre que amaba como a un hermano.

El refugio estaba oculto encima de una antigua imprenta cerca del río.

No había mármol.

Ni personal.

Ni lujo.

Sólo paredes de ladrillo, ventanas reforzadas, dos habitaciones pequeñas y una cocina en la que dos personas apenas podían moverse sin tocarse.

Matteo confiaba la dirección a una sola persona.

Salvatore.

Su contador de setenta años.

Después de dejarles suministros, Salvatore también se marchó.

Por primera vez desde que Clare conocía a Matteo, el hombre más protegido de Chicago estaba completamente solo.

Solo con ella.

A las dos de la madrugada, Clare lo encontró en la cocina.

Mangas remangadas.

Café frío.

Una computadora abierta.

Y una pistola junto al teclado.

—¿Alguna vez duerme?

Matteo no levantó la vista.

—Eso no era una pregunta.

—Me trajo a un almacén y me dio una habitación con una lámpara rota. Su misterio comienza a desaparecer.

Una esquina de la boca de Matteo se movió.

Clare se sentó frente a él.

—¿Qué encontró?

Matteo giró la computadora.

Clare observó los registros de seguridad.

Una entrada aparecía marcada.

1:17 de la madrugada.

Adrien Romano.

Acceso al despacho privado.

Después, doce minutos eliminados del sistema de cámaras.

—Borró la grabación —dijo Clare.

—Mal.

—Porque esperaba que nadie revisara.

Matteo se recostó.

—Porque sabía que yo no revisaría.

La frase contenía algo que Clare reconoció de inmediato.

Dolor.

No furia.

Dolor.

Matteo miró la pantalla.

—Cuando mi padre murió, yo tenía diecinueve años.

Clare guardó silencio.

—El padre de Adrien me llevó a su casa. Yo despertaba cada noche pensando que alguien entraría por la puerta.

Sus ojos permanecieron fijos en ningún punto.

—Adrien durmió una semana en el suelo junto a mi cama.

Clare sintió que algo se apretaba en su pecho.

—A los veintiséis recibió una bala por mí.

Matteo miró hacia la ventana negra.

—Y ahora no sé cuándo dejó de ser mi familia.

En aquel momento Clare no vio al hombre del que hablaban en voz baja los empresarios de Chicago.

No vio al jefe criminal.

Ni al millonario.

Ni al hombre capaz de hacer desaparecer problemas con una llamada.

Vio a alguien que acababa de descubrir que una parte esencial de su vida podía haber sido una mentira.

Clare extendió la mano.

Sus dedos tocaron los de Matteo.

Ella misma se sorprendió.

Matteo quedó inmóvil.

Miró sus manos.

Clare comenzó a retirarse.

Entonces él giró la suya y atrapó sus dedos.

Sin apretar.

Sin reclamar.

Simplemente sosteniéndolos.

El silencio se hizo demasiado íntimo.

El pulgar de Matteo se movió una sola vez sobre los nudillos de Clare.

Entonces un teléfono vibró.

Ambos se separaron.

Matteo miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—¿Qué ocurre?

Él le entregó el teléfono.

Era una fotografía.

Clare saliendo del refugio aquella tarde junto a Salvatore para asistir a una consulta médica.

Debajo había un mensaje.

“La escondes mal.”

Clare sintió un escalofrío.

—Sólo Salvatore conocía este lugar.

—Adrien sabe cómo piensa Salvatore.

El teléfono comenzó a sonar.

Número desconocido.

Matteo contestó.

La voz de Adrien apareció al otro lado.

—Siempre fuiste demasiado sentimental.

El rostro de Matteo se volvió piedra.

—Ven a decírmelo a la cara.

—Todavía das órdenes.

—Deja a Clare fuera.

Hubo un breve silencio.

Entonces Adrien se rio.

—Ese es precisamente el problema, primo. Tú ya la metiste.

La mano de Matteo apretó el teléfono.

Adrien continuó:

—Ignoraste el dinero que desaparecía.

Silencio.

—Ignoraste las rutas filtradas.

Silencio.

—Ignoraste los rumores porque preferiste confiar en mí antes que investigar.

Los ojos de Matteo se volvieron oscuros.

—Pero a ella no voy a ignorarla.

Clare levantó la cabeza.

Al otro lado hubo silencio.

Después Adrien respondió:

—Exactamente.

La llamada terminó.

Matteo se levantó.

Clare conocía aquella expresión.

Era la expresión que había visto en hombres que salían del despacho después de recibir órdenes que nadie quería escuchar.

—No.

Matteo se giró.

—Ni siquiera sabes lo que voy a hacer.

—Sí lo sé.

—Deberías tenerle miedo.

—Lo tengo.

—Entonces no te pongas entre él y la solución.

Clare se levantó.

—¿Cree que matarlo esta noche va a resolverlo?

—Sí.

—No. Va a satisfacerlo.

Los ojos de Matteo centellearon.

—Te amenazó.

—Y usted está tomando decisiones mientras está furioso porque le importo.

Las palabras detuvieron a los dos.

Clare sintió su pulso en la garganta.

Matteo dio un paso.

Después otro.

—¿Cuánto crees que me importas?

Ella debería haber retrocedido.

No lo hizo.

—Lo suficiente para que eso le dé miedo.

Algo se quebró detrás del control de Matteo.

Levantó una mano.

Tocó el costado del rostro de Clare.

Esta vez no se detuvo.

Su palma estaba caliente.

—He pasado tres años caminando frente a ti —dijo, casi en un susurro—. Y ahora noto cuando no estás en una habitación.

Clare dejó escapar lentamente el aire.

—Eso no suena romántico.

—No.

La boca de Matteo se curvó apenas.

—Suena poco saludable.

Clare casi sonrió.

—Probablemente.

Matteo se inclinó.

Se detuvo antes de besarla.

Apenas unos centímetros.

Dándole la opción.

Clare cerró la distancia.

El beso no fue tímido.

Pero tampoco fue una imposición.

Matteo besaba como hacía todo.

Con una enorme fuerza contenida detrás de una puerta cerrada.

Una mano entró en el cabello de Clare.

Ella agarró su camisa.

Durante unos segundos dejaron de existir Adrien, las fotografías, los disparos y Chicago.

Sólo existieron dos personas que llevaban demasiado tiempo fingiendo que la otra no importaba.

Matteo se separó primero.

Apoyó la frente contra la de ella.

—No debería haber hecho eso.

—Probablemente no.

—Querré repetirlo.

—Eso parece problema suyo.

Los ojos de Matteo se abrieron.

Por primera vez Clare vio en ellos algo que no estaba cubierto por ninguna armadura.

Entonces las luces se apagaron.

Matteo se movió instantáneamente.

Empujó a Clare detrás de él.

Una línea roja cruzó la ventana.

—¡Abajo!

El cristal explotó.

Los disparos atravesaron el refugio.

La pared se llenó de polvo.

Matteo arrastró a Clare por el suelo mientras respondía hacia la escalera.

Abajo se oyó una puerta rompiéndose.

—Nos encontraron —susurró Clare.

—No.

Matteo miraba la oscuridad.

Su expresión era extrañamente calculada.

—Yo dejé que nos encontraran.

Clare giró lentamente la cabeza.

—¿Qué?

—Adrien necesitaba creer que estaba suficientemente asustado para esconderte.

Otro impacto golpeó la pared.

Matteo le entregó un pequeño teléfono.

—Presiona el uno.

—¿Qué ocurre si lo hago?

—El edificio del otro lado comienza a registrar cada vehículo, cada rostro y cada frecuencia de radio alrededor de nosotros.

Clare lo miró horrorizada.

—¿Planeó esto?

—Necesitaba pruebas que conectaran a Adrien directamente con un ataque.

Clare observó el teléfono.

Luego a él.

Y entendió.

—Se utilizó como carnada.

Los ojos de Matteo encontraron los suyos.

—No exactamente.

El corazón de Clare se detuvo.

—Me utilizó a mí.

Matteo guardó silencio.

Los disparos habían terminado.

Pero entre ellos apareció algo mucho más frío que las balas.

—Sabía que vendrían por mí.

—Sabía que estarían vigilando.

—Me trajo aquí sabiendo eso.

—Tenía medidas de seguridad.

Clare soltó una risa quebrada.

—¿Medidas de seguridad?

—Clare…

—Me dijo que estaría segura.

—Lo estabas.

Ella señaló la pared destruida.

—¡Acaban de dispararnos!

—Nunca habría permitido que te alcanzaran.

Los ojos de Clare se llenaron de lágrimas.

—Eso es exactamente lo que dicen los hombres poderosos cuando deciden que el riesgo de otra persona es aceptable.

Matteo quedó inmóvil.

La frase lo golpeó de una manera que ninguna bala había conseguido.

Clare retrocedió.

—No me protegió.

Su voz se quebró.

—Me administró.

Aquella madrugada consiguieron las pruebas.

Vehículos.

Grabaciones.

Transferencias.

Hombres contratados por empresas relacionadas con Adrien.

Pagos a organizaciones rivales.

Rutas vendidas.

Órdenes.

El rompecabezas finalmente estaba completo.

Matteo tenía todo lo que necesitaba.

Y Clare apenas podía mirarlo.

A las ocho de la mañana hizo su maleta.

Matteo estaba en la puerta.

—Todavía no puedes volver a tu casa.

—No estoy pidiendo permiso.

Él la miró.

Después se apartó.

—Lo sé.

Clare se detuvo.

Aquello sí era nuevo.

Matteo levantó una llave.

—Conseguí otro apartamento.

La expresión de Clare se endureció.

—Está a tu nombre.

Ella no habló.

—Tú pagas el alquiler. Nadie entra sin tu permiso. No habrá guardias dentro. Dos permanecerán en la calle hasta que Adrien esté detenido.

Clare lo observó.

Matteo continuó.

—Tenías razón.

Ella no esperaba escuchar aquello.

Mucho menos de él.

—Utilicé el peligro en el que estabas para obligarlo a actuar.

Matteo respiró.

—Me convencí de que estaba bien porque yo podía mantenerte con vida.

Sus dedos se cerraron alrededor de la llave.

—Pero no tenía derecho a tomar esa decisión por ti.

Clare sintió que la rabia dentro de ella seguía allí.

Pero algo había cambiado.

Matteo no estaba justificándose.

No estaba agregando un “pero”.

No estaba exigiendo comprensión.

Simplemente estaba admitiendo que se había equivocado.

Le entregó la llave.

Clare la tomó.

Sus dedos se tocaron.

Ninguno se apartó inmediatamente.

—¿Qué pasará con Adrien?

El rostro de Matteo perdió toda suavidad.

—Lo que tenga que pasar.

Clare comprendió.

Y deseó no hacerlo.

—No se convierta en él porque él lo traicionó.

Matteo no respondió.

Clare se marchó.

Pero aquella frase lo persiguió durante todo el día.

Tres noches después llegó una invitación.

La gala anual de la Fundación Romano.

Doscientos invitados.

Jueces.

Empresarios.

Políticos.

Periodistas.

Cámaras.

Dinero.

Un lugar público.

Un lugar donde Matteo no podía responder como lo habría hecho años atrás sin destruir la fachada legal que su familia había construido durante décadas.

La invitación no provenía de Matteo.

La había enviado Adrien.

Dentro había una nota.

“Si quieres saber por qué te elegí a ti, ven sola.”

Clare mostró la invitación a Matteo.

Él la rompió por la mitad.

—No.

Clare cruzó los brazos.

—Sabe cómo funciona esa palabra cuando la digo yo, ¿verdad?

—Perfectamente.

—Entonces no diga cosas que no puede decidir.

La mandíbula de Matteo se tensó.

—Quiere utilizarte.

—Lo sé.

—Quiere llegar a mí a través de ti.

—También lo sé.

—Entonces no vas.

Clare dio un paso hacia él.

—Ha pasado toda su vida jugando en tableros que hombres como Adrien preparan para usted.

Matteo frunció el ceño.

—¿Qué propones?

Clare sonrió apenas.

Era la primera vez que veía lo difícil que resultaba para Matteo pedir una opinión cuando estaba acostumbrado a dar órdenes.

—Ahora está aprendiendo.

La noche de la gala, las lámparas de cristal convertían el salón en un océano de luz.

Clare llevaba un vestido azul oscuro.

Simple.

Elegante.

Comprado con su propio dinero.

Matteo había enviado un vestido de diseñador aquella tarde.

Clare lo devolvió sin siquiera abrir completamente la caja.

Cuando Matteo la vio llegar, su mirada recorrió el vestido.

—Devolviste el que envié.

—Costaba más que un año de mi alquiler.

—También se veía mejor que un año de tu alquiler.

Clare le lanzó una mirada.

Matteo casi sonrió.

Entonces el murmullo del salón cambió.

Adrien acababa de entrar.

Aplausos.

Saludos.

Sonrisas.

Parecía exactamente lo que todo el mundo creía que era.

Un ejecutivo respetado.

Un filántropo.

Un hombre de familia.

Un Romano.

Clare comprendió por qué la traición podía vivir tantos años sin ser descubierta.

La traición rara vez parecía malvada.

La traición parecía familiar.

Adrien se acercó.

—Clare.

Matteo se colocó ligeramente delante de ella.

Adrien sonrió.

—Ahí estás.

—Di lo que tengas que decir —ordenó Matteo.

Adrien observó el salón.

—¿Aquí?

—Tú elegiste el lugar.

—No —respondió Clare—. Yo elegí venir.

Adrien la miró.

—Quieres saber por qué fuiste tú.

Clare no respondió.

—Porque Matteo nunca te veía.

Las palabras cayeron con fuerza.

Adrien sonrió.

—Tres años caminando por su casa. Tres años escuchando reuniones. Tres años entrando y saliendo de habitaciones sin que nadie preguntara qué habías oído.

El rostro de Matteo se endureció.

—Eras perfecta —continuó Adrien—. Invisible.

Algunos invitados cercanos comenzaron a escuchar.

Teléfonos aparecieron discretamente.

Adrien elevó la voz.

—Este hombre hablará de lealtad. Pregúntenle cuántos empleados ha puesto en riesgo sólo porque sabían demasiado.

Matteo no respondió.

Adrien esperaba una negación.

Esperaba amenazas.

Esperaba que Matteo se defendiera.

En lugar de eso, Matteo caminó hacia el estrado.

Tomó un micrófono.

—He tomado decisiones que muchas personas en esta sala deberían condenar.

Todo el salón quedó inmóvil.

Clare lo miró sorprendida.

Aquello no formaba parte de lo que habían hablado.

—He confundido control con protección.

Adrien dejó de sonreír.

—He exigido lealtad mientras evitaba preguntarme si yo mismo la merecía.

Matteo miró a Clare.

Y durante unos segundos pareció que no existía nadie más.

—Cuando una mujer finalmente me dijo la verdad, puse su vida en riesgo porque creía que mi capacidad para protegerla me daba derecho a decidir por ella.

Clare sintió un nudo en la garganta.

Matteo miró a Adrien.

—Pero cometiste un error.

La mano de Adrien bajó discretamente hacia su chaqueta.

—Pensaste que admitir mis errores me haría más débil.

De pronto sonó una alarma.

Las enormes pantallas detrás del escenario se encendieron.

Aparecieron registros bancarios.

Fotografías.

Conversaciones.

Pagos.

Órdenes.

Grabaciones.

Las instrucciones de Adrien para seguir a Clare.

Los depósitos a cuentas asociadas con bandas rivales.

El salón estalló en murmullos.

Adrien metió la mano dentro de la chaqueta.

Matteo reaccionó.

Pero Adrien fue más rápido.

Apareció un arma.

El primer disparo sacudió el salón.

Matteo se movió hacia Clare.

La bala lo alcanzó en la parte superior del hombro.

Clare gritó.

Matteo cayó.

Adrien agarró a Clare por detrás.

El arma quedó bajo su mandíbula.

—¡Todos atrás!

El salón se llenó de gritos.

Guardias se detuvieron.

Invitados se escondieron detrás de las mesas.

Matteo intentó incorporarse.

La camisa blanca comenzaba a teñirse.

Sus ojos buscaron a Clare.

No a Adrien.

A Clare.

Adrien soltó una risa nerviosa.

—Mírate.

Matteo consiguió quedar sobre una rodilla.

—Matteo Romano arrodillado por una sirvienta.

Los ojos de Matteo se volvieron mortalmente tranquilos.

—No.

Se puso en pie a pesar de la herida.

—Estoy arrodillado porque me disparaste.

Clare estuvo a punto de reír por puro nerviosismo.

Adrien presionó el arma contra ella.

La expresión de Matteo cambió.

—Suéltala.

—¿O qué?

Matteo avanzó.

—¡No!

Clare escuchó algo en la voz de Adrien.

Miedo.

Él no tenía miedo del arma de Matteo.

Tenía miedo de perder el control.

Y Clare comprendió algo.

Todo el poder de Adrien dependía de que ella permaneciera quieta.

Bajó el talón con toda su fuerza sobre el pie de él.

Adrien se estremeció.

Clare giró.

El arma se desvió.

Se oyó un disparo.

Adrien cayó.

Clare perdió el equilibrio.

Matteo llegó hasta ella antes de que tocara el suelo.

Su brazo herido la rodeó.

Clare sintió sangre contra el vestido.

—¿Estás lastimada?

—¡Le dispararon!

—¿Estás lastimada?

Ella miró desesperadamente su rostro.

—No.

Sólo entonces Matteo dejó caer parte de su peso.

Clare lo sostuvo.

A su alrededor había sirenas, gritos, sillas volcadas y decenas de cámaras grabando.

Clare presionó la herida.

Matteo hizo una mueca.

—Estás destruyendo mi reputación.

Ella lo miró.

—¿Qué reputación?

La boca de Matteo se curvó débilmente.

Entonces cerró los ojos.

Tres semanas después, la lluvia caía sobre Chicago.

Clare preparaba café en su cocina.

Su cocina.

Su apartamento.

A su nombre.

Sin cámaras.

Sin guardias dentro.

Sin puertas que alguien pudiera abrir sin pedir permiso.

Llamaron.

Clare abrió.

Matteo estaba allí.

Todavía llevaba el hombro ligeramente rígido.

No llevaba traje.

Sólo pantalón oscuro y una camisa blanca.

En una mano sostenía dos vasos de café.

Clare los miró.

—Sabe que tengo cafetera.

—Sí.

—¿Y cruzó media ciudad de todas formas?

—Sí.

—¿Por qué?

Matteo se quedó pensando.

Clare había conseguido enseñarle algo que jamás había aprendido entre hombres que obedecían antes de preguntar.

Que las respuestas importaban.

—Porque quería verte.

Eso era todo.

Sin manipulación.

Sin una falsa emergencia.

Sin órdenes.

Sólo la verdad.

Clare se hizo a un lado.

Matteo entró.

No había vuelto a pedirle que trabajara en la mansión.

Ni le había comprado una empresa.

Ni un coche.

Ni una casa.

Clare había renunciado al servicio doméstico.

Y había comenzado algo propio.

Durante tres años había conocido mujeres que soportaban horarios imposibles.

Jefes que retenían salarios.

Familias que las trataban como si fueran invisibles.

Empleadas que no sabían qué derechos tenían porque necesitaban demasiado el dinero para arriesgarse a preguntar.

Clare decidió crear una agencia de personal doméstico.

Una empresa donde las reglas estuvieran escritas.

Salarios claros.

Horarios.

Contratos.

Protecciones.

Procedimientos para denunciar abusos.

Matteo había ofrecido financiarla.

Clare se negó.

Después de muchas discusiones aceptó un préstamo comercial.

A una tasa que ella misma negoció.

Con contrato.

Con abogado propio.

Y con una cláusula explícita que impedía a Matteo interferir en la administración.

Él había firmado sin cambiar una sola palabra.

Para Clare, probablemente había sido el gesto más romántico que Matteo Romano había hecho en toda su vida.

Tomó uno de los vasos.

—Dos cremas.

—Sin azúcar.

Clare bebió.

Sonrió.

—Se acordó.

Matteo la miró como si aquella afirmación le pareciera ofensiva.

—Recuerdo todo sobre ti.

Las palabras podían haber sonado posesivas.

En cambio, sonaron vulnerables.

Clare dejó el café.

Matteo permaneció junto a la puerta.

Todavía estaba aprendiendo que entrar a su apartamento no significaba tener derecho a todo lo demás.

—Adrien está vivo —dijo él.

Clare levantó las cejas.

Aquello sí la sorprendió.

—¿No lo mató?

—No.

—¿Por mí?

Matteo negó lentamente.

—Porque tenías razón.

Algo dentro de Clare se suavizó.

—Pasará muchos años arrepintiéndose de seguir vivo —añadió.

Clare decidió no preguntar qué significaba exactamente aquello.

Matteo dio un paso.

—Una vez me dijiste que los hombres poderosos llaman protección a las consecuencias que imponen sobre los demás.

—Lo recuerdo.

—Yo también.

Él sostuvo su mirada.

—No quiero protegerte construyendo paredes alrededor de ti.

Su voz descendió.

—Quiero ser el hombre al que tú decidas llamar cuando las paredes empiecen a cerrarse.

Los ojos de Clare ardieron.

Matteo levantó una mano.

Se detuvo antes de tocarla.

Esperó.

Clare fue quien cerró la distancia.

Apoyó la palma sobre su pecho.

El corazón de Matteo golpeaba con fuerza.

Aquello la hizo sonreír.

Un hombre capaz de mirar armas sin parpadear estaba nervioso frente a una mujer en su propia cocina.

—¿Qué le da miedo? —susurró.

La respuesta llegó inmediatamente.

—Que te vayas.

Ahí estaba.

Sin autoridad.

Sin control.

Sin poder.

Sólo miedo.

Sólo verdad.

Clare acarició su mejilla.

—Todavía estoy enojada con usted.

—Lo sé.

—Es difícil.

—Lo sé.

—Controlador.

—Estoy mejorando.

Clare levantó una ceja.

Matteo suspiró.

—Lentamente.

—Muy lentamente.

Una sonrisa apareció finalmente en ella.

Matteo dejó una mano sobre su cintura.

Suave.

Preguntando.

No tomando.

Clare se acercó.

—Podría haber traído flores.

—Lo consideré.

—¿Y?

—Se mueren.

—Muy optimista.

Matteo levantó el otro vaso de café.

—Preferí traer algo que realmente conservarías.

Clare soltó una carcajada.

El sonido llenó aquella pequeña cocina.

Matteo la contempló como si hubiera pasado toda la vida rodeado de cosas caras y apenas comenzara a comprender la diferencia entre precio y valor.

Afuera, Chicago seguía moviéndose.

Autos.

Luces.

Teléfonos.

Acuerdos.

Secretos.

Hombres que todavía bajaban la voz al pronunciar el nombre Romano.

Pero dentro del apartamento de Clare Morgan, Matteo esperaba permiso antes de besar a la mujer que amaba.

Clare se lo dio.

El beso fue lento.

Sin disparos.

Sin persecuciones.

Sin negociaciones.

Por primera vez, ningún peligro los obligaba a tocarse.

La mano de Matteo se cerró ligeramente sobre su cintura.

Clare entendió todo aquello que todavía le costaba decir.

Que la había notado por primera vez demasiado tarde.

Que verla herida había despertado algo que no sabía controlar.

Que casi había destruido cualquier posibilidad entre ellos por creer que proteger significaba decidir.

Y que Clare le había enseñado algo que nadie más se había atrevido a explicarle.

La protección sin libertad podía convertirse en otra forma de jaula.

Cuando se separaron, Matteo apoyó la frente contra la de ella.

Clare habló en voz baja.

—¿Sabe algo?

—¿Qué?

—El primer café que me llevó era mejor.

Matteo frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—Creo que está perdiendo el toque.

—Traeré otro mañana.

Clare levantó la vista.

—¿Mañana?

Matteo dudó.

Hacía unas semanas habría dado por hecho que podía volver.

Ahora preguntó:

—Si quieres que venga.

Clare lo contempló.

El hombre que toda una ciudad temía.

El hombre que había aprendido a tocar una puerta.

A pedir.

A esperar.

A escuchar una respuesta que tal vez no le gustara.

Clare caminó hacia la entrada.

Abrió la puerta.

Durante un segundo, Matteo pareció convencido de que estaba echándolo.

Entonces ella se inclinó hacia el pasillo.

Tomó una pequeña bolsa de viaje que Matteo había dejado discretamente junto a la pared.

La levantó.

Matteo la miró.

Clare cerró la puerta.

—Es terrible intentando ser sutil.

Una lenta sonrisa apareció en el rostro de Matteo.

—¿Me quedo?

Clare pasó junto a él cargando la bolsa.

—Una noche.

Matteo la siguió.

—Tres.

Ella se volvió.

—Dos.

—Tres.

Clare soltó una carcajada.

Y por primera vez en la peligrosa vida de Matteo Romano, ganar una negociación le importó mucho menos que haber sido invitado a quedarse.

Pero la historia todavía no había terminado.

Porque a la mañana siguiente, mientras Matteo dormía y Clare preparaba café, alguien deslizó un sobre negro por debajo de la puerta.

No tenía remitente.

No tenía sello.

Sólo una frase escrita a mano.

“Adrien no fue quien dio la primera orden.”

Clare sintió que el café se le escapaba entre los dedos.

Dentro había una fotografía antigua.

Matteo.

Adrien.

Salvatore.

Y un cuarto hombre cuyo rostro Clare jamás había visto.

En el reverso aparecía una fecha de siete años atrás.

Debajo, tres palabras.

“Pregúntale a Matteo.”

Clare escuchó pasos detrás de ella.

Matteo entró a la cocina.

Vio su rostro.

Después vio la fotografía.

Toda la sangre pareció abandonar el suyo.

—¿Quién es? —preguntó Clare.

Matteo no respondió.

Sus dedos temblaron apenas cuando tomó la foto.

Era la primera vez que Clare veía temblar las manos de Matteo Romano.

—Matteo.

Él levantó lentamente los ojos.

Y cuando habló, su voz ya no pertenecía al hombre que controlaba media ciudad.

Pertenecía a alguien que acababa de ver regresar un fantasma.

—Ese hombre debería llevar siete años muerto.

Clare sintió un escalofrío.

—¿Quién es?

Matteo apretó la fotografía.

—El hombre que ordenó matar a mi padre.

Y justo cuando Clare creyó que no podía escuchar algo peor, el teléfono de Matteo comenzó a sonar.

Número privado.

Él contestó.

No dijo una palabra.

Al otro lado se escuchó una voz masculina.

Tranquila.

Vieja.

Perfectamente segura de sí misma.

—Buenos días, Matteo.

Matteo quedó completamente inmóvil.

Clare vio cómo sus ojos cambiaban.

La voz continuó.

—Tu padre cometió el mismo error que tú.

Una pausa.

—Se enamoró de la persona equivocada.

Matteo miró a Clare.

La llamada se cortó.

Y en ese instante ambos comprendieron algo aterrador.

Adrien no había sido el final de la traición.

Había sido sólo la puerta.

Y alguien llevaba años esperando que Matteo Romano finalmente la abriera.

¡FIN!

Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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