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**Una Mujer con Curvas Confundió al Jefe de la Mafia con su Cita de Alquiler — y Él le Siguió el Juego Hasta Revelar un Secreto Peligroso**

Una Mujer con Curvas Confundió al Jefe de la Mafia con su Cita de Alquiler — y Él le Siguió el Juego Hasta Revelar un Secreto Peligroso

A las 11:41 de aquella noche, Dileya Barnes estaba bajo las luces húmedas de la entrada del Hotel Meridian, mirando una fila de automóviles negros que parecían demasiado elegantes para pertenecer a simples invitados de boda.

La lluvia acababa de detenerse.

El pavimento brillaba.

Tres hombres con abrigos oscuros permanecían cerca de los vehículos, fingiendo no observarlos.

Dileya levantó lentamente los ojos hacia el hombre que había pasado las últimas horas fingiendo ser su novio.

—Déjame entender esto bien —dijo.

Su voz era extrañamente tranquila.

Demasiado tranquila.

El hombre frente a ella no respondió.

Dileya señaló hacia los autos.

—Tú no eres Jessie.

—No.

—¿El Jessie de la agencia?

—No.

—¿Nunca has trabajado para Perfect Plus One?

—Nunca.

Ella señaló otra vez hacia los hombres de negro.

—¿Y ellos?

Él miró por encima del hombro.

—Algunos trabajan para mí.

Dileya cerró los ojos.

Después se cubrió la cara con ambas manos.

—Dios mío.

El hombre esperó.

—Te presenté a mi madre como mi novio.

Silencio.

—Sí.

—Le dijiste a mi tía que nos conocimos tomando clases de cerámica.

—Tú me dijiste que dijera eso.

Dileya apartó las manos de su rostro.

—¡Cargaste al bebé de mi prima durante casi una hora!

—Se quedó dormido.

—¡Dejaste que mi tío te ganara un pulso!

—Parecía importante para él.

Dileya abrió la boca.

La cerró.

Volvió a mirar los autos.

Después lo miró a él.

Traje oscuro.

Mandíbula firme.

Cabello negro perfectamente peinado hacia atrás.

Una serenidad que, ahora que conocía la verdad, ya no parecía elegancia.

Parecía poder.

—También te comiste tres mini quichés.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en la comisura de los labios del hombre.

—Estaban buenas.

Dileya soltó una risa nerviosa que murió casi inmediatamente.

—Eres un jefe de la mafia.

El hombre no corrigió la palabra.

Eso fue peor.

—Y durante cuatro horas —continuó ella— dejaste que toda mi familia creyera que vendías seguros.

—Seguros comerciales —aclaró él—. Fui bastante consistente con esa parte.

Dileya lo miró como si quisiera estrangularlo y abrazarlo al mismo tiempo.

Seis horas antes, aquel mismo hombre había sido simplemente Jessie.

Su novio alquilado.

El desconocido al que había contratado para sobrevivir a la cena de ensayo de la boda de su hermana sin tener que soportar la mirada condescendiente de su ex.

Ahora sabía que su verdadero nombre era Ayesio Ferrante.

Y en aquella ciudad había personas que bajaban la voz cuando pronunciaban ese apellido.

Pero Dileya todavía no conocía la peor parte.

Porque Ayesio no había aparecido en aquel hotel por casualidad.

Había llegado buscando a alguien.

Alguien relacionado con la boda.

Alguien que llevaba meses robando dinero a hombres demasiado peligrosos para ser robados.

Y antes de terminar aquella noche, Dileya descubriría que el hombre al que había confundido con una cita de alquiler no era el único que estaba fingiendo ser alguien más.

Todo había comenzado a las seis de la tarde.

Dileya Barnes caminaba de un lado a otro en el vestíbulo del Meridian con un vestido color vino que había comprado después de probarse otros once.

No era delgada.

Nunca lo había sido.

Tenía caderas amplias, brazos suaves, una cintura redonda y un cuerpo que su abuela describía como “hecho para llenar una habitación antes de abrir la boca”.

Dileya siempre respondía que ya llenaba las habitaciones perfectamente bien con la boca.

Aquella noche, sin embargo, no se sentía divertida.

Se sentía aterrada.

Miró su teléfono.

6:02.

El mensaje de confirmación decía:

“Jessie. Traje oscuro. Cerca del bar del vestíbulo. Hotel Meridian. 6:00 p. m.”

Dileya respiró profundamente.

—Esto es ridículo.

Había contratado un novio.

Literalmente.

Durante cuatro horas.

Todo por culpa de Grant.

Grant Keller había sido su pareja durante dos años.

Dos años de cumpleaños, domingos, cenas familiares y planes que Dileya había creído compartidos.

Hasta aquella mañana de hacía casi dos años.

Grant había esperado a que ella sirviera el desayuno.

Después, mientras Dileya todavía sostenía una taza de café, le había explicado que quería terminar.

Con voz amable.

Con paciencia.

Como si estuviera cancelando una suscripción.

—Necesito alguien más ambicioso —había dicho.

Dileya se quedó mirándolo.

—Organizo eventos para tres hoteles. Estoy pagando mi apartamento. Ayudo a mi hermana con la boda. ¿Exactamente cuánto más ambiciosa tengo que ser?

Grant había suspirado.

—No se trata solo de eso.

—Entonces dime de qué se trata.

Él miró su cuerpo.

Solo un segundo.

Pero Dileya lo vio.

Las mujeres como ella aprendían a reconocer aquella mirada muy pronto.

—Siempre imaginé que terminaría con alguien un poco más…

No terminó la frase.

No necesitaba hacerlo.

Más delgada.

Más elegante.

Más impresionante.

Más apropiada para las fotografías de la vida que Grant imaginaba tener.

Dileya dejó la taza sobre la mesa.

—Vete.

Grant intentó explicarse.

Ella señaló la puerta.

—No. Ya dijiste suficiente.

Él se marchó.

Pero aquella frase incompleta se quedó.

“Alguien un poco más…”

Durante dos años.

Y ahora Grant estaría en la cena de ensayo porque era primo del prometido de Robin, la hermana menor de Dileya.

Peor todavía, había confirmado que asistiría acompañado.

Cuando Prilla, la mejor amiga de Dileya, se enteró, tuvo una idea.

Una idea terrible.

—Contrata una cita.

—No.

—Una profesional.

—Eso lo hace peor.

—Perfect Plus One. Los vi en internet.

—No voy a alquilar un hombre como si fuera una fuente de chocolate.

—No estás alquilando un hombre. Estás contratando un servicio emocional temporal.

Dileya la había mirado.

—Acabas de inventar esa expresión.

—Sí, pero sonó profesional.

Dileya se negó durante cuarenta minutos.

Después imaginó la cara de Grant cuando la viera llegar sola.

Aquella expresión falsamente compasiva.

Aquella mirada que decía: “Sabía que nadie te querría después de mí”.

Y cometió el error.

Pagó.

Ahora estaba allí.

Vestido rojo vino.

Tacones.

Bolso pequeño.

Dignidad sostenida con cinta adhesiva emocional.

Buscando un traje oscuro cerca del bar.

Entonces lo vio.

Había un solo hombre de traje oscuro junto al bar.

Estaba de pie con una mano dentro del bolsillo.

No bebía.

No revisaba el teléfono.

No parecía esperar una cita.

Parecía esperar una confesión.

Dileya se quedó mirándolo.

—No puede ser.

Era demasiado atractivo.

No bonito.

No amable.

Atractivo de una manera que debería haber venido acompañada de documentos legales.

Cabello oscuro.

Ojos casi negros.

Mandíbula marcada.

Hombros anchos bajo un traje perfectamente confeccionado.

Y aquella quietud.

Eso debería haber sido la primera advertencia.

Las personas normales se movían.

Aquel hombre parecía hacer que el mundo se moviera alrededor de él.

Pero Dileya estaba nerviosa.

Y cuando Dileya estaba nerviosa, hablaba.

Caminó directamente hacia él.

—¿Jessie?

El hombre giró la cabeza.

Sus ojos recorrieron a Dileya.

No con desprecio.

No con sorpresa.

Simplemente con atención.

Una atención tan completa que ella tuvo que resistir el impulso de acomodarse el vestido.

—¿Jessie? —repitió.

El hombre permaneció callado.

—Perfect Plus One. Seis de la tarde. Traje oscuro. Cerca del bar.

Silencio.

Dileya frunció el ceño.

—Esta es la parte donde dices hola.

El hombre abrió la boca.

La cerró.

Ella levantó una ceja.

—¿Siempre eres así de conversador o pagué el paquete silencioso?

Algo cambió en sus ojos.

Diversión.

Muy pequeña.

Casi invisible.

—Hola —dijo finalmente.

Dileya exhaló.

—Gracias a Dios.

Sacó una tarjeta de su bolso.

—Tenemos cuatro minutos.

Se la puso en la mano.

Él miró la tarjeta.

—¿Qué es esto?

—Nuestra relación.

Por primera vez, el desconocido pareció genuinamente desconcertado.

—¿Nuestra relación?

—La versión resumida. Memorízala.

Dileya señaló la primera línea.

—Te llamas Jessie.

Él levantó los ojos.

—Eso parece importante.

—Muchísimo. Llevamos cinco meses juntos. Nos conocimos en una clase de cerámica.

—Cerámica.

—Mi madre considera romántica la cerámica.

—Entiendo.

—No, no entiendes. Nadie entiende a mi madre. Solo acepta la información.

Él volvió a mirar la tarjeta.

—Trabajo en seguros.

—Comerciales. No de vida. Si dices seguros de vida, mi tío Rey intentará venderte su bote.

El hombre levantó lentamente la vista.

—¿Por qué?

—No tengo tiempo para explicarte al tío Rey.

Dileya recuperó la tarjeta.

—Mi hermana se llama Robin. Se casa mañana. Mi madre es Courely. Habla demasiado. Mi tía también se llama Courely porque mi familia odia la claridad.

Una comisura de la boca del hombre se movió.

Dileya lo señaló.

—Eso. Haz más de eso.

—¿Qué?

—Parecer humano.

El hombre parpadeó.

Dileya se acercó y le enderezó la corbata.

Él se congeló.

Completamente.

Ella no lo notó.

—Mucho mejor.

Nadie había tocado a Ayesio Ferrante de aquella manera en años.

Nadie se acercaba sin permiso.

Nadie ponía las manos sobre su ropa.

Nadie le daba instrucciones.

Sus hombres esperaban órdenes.

Sus enemigos esperaban errores.

Los desconocidos normalmente evitaban mirarlo demasiado tiempo.

Y aquella mujer acababa de acomodarle la corbata como si fuera un niño preparándose para una fotografía familiar.

Ayesio debería haber terminado aquello en ese instante.

Debería haber dicho:

“Señorita, se ha equivocado de hombre.”

Había llegado al Meridian por un asunto completamente distinto.

Durante ocho meses, dinero perteneciente a una de sus empresas había desaparecido a través de cuentas falsas.

El nombre que aparecía detrás de varias transferencias era Leonard Kesler.

Kesler estaría aquella noche en el salón privado del hotel.

Ayesio había ido personalmente para descubrir con quién se reuniría.

Nada más.

Entrar.

Observar.

Confirmar.

Marcharse.

Entonces apareció Dileya Barnes.

Y lo llamó Jessie.

—Una cosa más —dijo ella.

Ayesio levantó la mirada.

El humor desapareció del rostro de Dileya.

—Mi ex estará arriba.

Aquello captó su atención.

—Grant. Rubio. Alto. Tiene una cara que parece estar escuchándose hablar incluso cuando está callado.

—Una descripción específica.

—Lo conocerás.

Ella respiró.

—Me dejó porque dijo que yo no era suficientemente ambiciosa.

Ayesio no respondió.

Dileya se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.

—Probablemente llegue acompañado. No necesito que hagas nada raro. Solo… cuando él mire…

Se detuvo.

Por primera vez desde que había aparecido, le costó terminar una frase.

—¿Sí?

—Quiero que parezca que te gusto.

Ayesio la observó.

Dileya sonrió rápidamente.

—Eso es todo. No tienes que sentirlo. Solo venderlo.

Ayesio debería haberla corregido.

En cambio, dijo:

—Puedo hacer eso.

Dileya le tomó el brazo.

—Perfecto. Vamos, Jessie.

A varios metros, Gio Ferrante observó cómo una desconocida se llevaba del brazo a su jefe.

Gio llevaba nueve años trabajando para Ayesio.

Había visto negociaciones.

Traiciones.

Redadas.

Hombres que temblaban antes de entrar en una habitación con él.

Nunca había visto a una mujer acomodarle la corbata y después arrastrarlo hacia un elevador.

Uno de los guardias miró a Gio.

—¿Hacemos algo?

Gio tardó tres segundos en responder.

—No tengo idea.

Las puertas del ascensor se cerraron.

Dileya soltó el brazo de Ayesio.

—Regla número uno: sonríe.

—Estoy sonriendo.

—No.

Ella lo miró.

—Pareces estar decidiendo si comprar el hotel.

Ayesio recorrió el ascensor con la mirada.

—No me interesa.

Dileya soltó una carcajada.

—Eso fue gracioso.

—No era una broma.

—Claro.

Las puertas se abrieron.

El salón estaba lleno.

Conversaciones.

Copas.

Música.

Familiares abrazándose.

Niños corriendo.

Y antes de que Ayesio pudiera estudiar la habitación, una mujer pequeña vestida de verde esmeralda prácticamente corrió hacia ellos.

—¡Dileya!

—Mamá.

La mujer miró a Ayesio.

Sus ojos se iluminaron.

—¡Es él!

Dileya cerró los ojos un instante.

—Sí, mamá. Es Jessie.

Courely agarró ambas manos de Ayesio.

Gio, observando desde lejos, casi avanzó por puro reflejo.

Ayesio hizo una mínima señal para detenerlo.

—Soy Courely.

—Mucho gusto.

—He escuchado muchísimo de ti.

Dileya murmuró:

—Eso es imposible.

—¿La cerámica? —preguntó Courely—. ¿De verdad se conocieron haciendo cerámica?

Dileya se tensó.

Ayesio sintió el movimiento.

Miró a la madre.

—Sí.

—¡Lo sabía!

—Dileya era mejor que yo.

Dileya giró la cabeza.

Aquello no estaba en la tarjeta.

—¿En serio? —preguntó Courely.

—Todavía lo es.

La madre de Dileya prácticamente se derritió.

—Me encanta.

Dileya miró a Ayesio con sospecha.

Él sostuvo su mirada.

—Improvisé —murmuró.

—No improvises.

—Pareció funcionar.

—Ese no es el punto.

Pero funcionó demasiado bien.

Durante la siguiente hora, la familia Barnes adoptó a Jessie.

El tío Rey quiso saber sobre seguros.

Una prima quiso saber cuándo se casarían.

Una tía quiso conocer su signo zodiacal.

Un niño le puso un dinosaurio de plástico en el bolsillo.

Y el bebé Nico se durmió sobre su pecho.

Ayesio Ferrante, un hombre acostumbrado a que cada persona que se acercaba quisiera dinero, protección o favores, se encontró sosteniendo un bebé mientras tres mujeres discutían delante de él sobre centros de mesa.

Dileya regresó con dos copas.

Se detuvo.

—¿Qué estás haciendo?

Ayesio miró al bebé.

—Creo que durmiendo.

—Me refiero a ti.

—Tu prima me lo entregó.

—Y tú lo aceptaste.

—¿Había otra opción?

Dileya sonrió.

—Podías decir que no.

Ayesio miró al niño.

—Ya estaba dormido.

Dileya lo observó unos segundos más.

Algo en su expresión cambió.

Pero enseguida negó con la cabeza.

—No.

—¿No qué?

—Nada.

—Acabas de decir no.

—Me lo decía a mí misma.

Ayesio no insistió.

Más tarde, Dileya lo llevó hacia la mesa de bebidas.

—Tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Sigues mirando a la gente como si estuvieras calculando dónde esconder sus cuerpos.

Ayesio casi tosió.

—No hago eso.

—Acabas de hacerlo con mi primo Mark.

—Me preguntó por el estacionamiento.

—Exactamente. Nadie debería mirar así a alguien por preguntar por estacionamiento.

Dileya le entregó una copa.

—Relájate.

—Estoy relajado.

—Eso me preocupa todavía más.

Ella se acercó.

—Mírame.

Ayesio obedeció.

—Se supone que estás enamorado de mí.

Dileya suavizó su expresión.

—Así.

Sonrió.

—Como si yo fuera la mejor parte de tu semana.

Ayesio la miró.

Y simplemente dejó de fingir.

Durante un segundo, permitió que todo lo que había estado intentando ignorar apareciera en su rostro.

La curiosidad.

La atracción.

La paz absurda que aquella mujer le había provocado.

La sonrisa de Dileya desapareció lentamente.

—Okay.

Ayesio siguió mirándola.

Ella tragó saliva.

—Eso es demasiado.

—Me dijiste que te mirara como la mejor parte de mi semana.

—Sí, pero bájale como veinte por ciento.

—¿Veinte?

—Mínimo.

Dileya tomó rápidamente un sorbo de vino.

—Eres buen actor.

Ayesio no respondió.

Porque no estaba actuando.

Entonces Dileya se quedó inmóvil.

Ayesio vio cómo sus hombros se tensaban.

—¿Qué ocurre?

—Llegó.

Ayesio siguió la dirección de su mirada.

Grant.

Alto.

Rubio.

Traje claro.

Una mujer joven colgada de su brazo.

Grant localizó inmediatamente a Dileya.

Y sonrió.

Ayesio conocía aquella sonrisa.

Había visto hombres usarla durante negociaciones.

Era la sonrisa de alguien que necesitaba que la otra persona supiera quién tenía ventaja.

Grant se acercó.

—Día.

Dileya sonrió.

—Grant.

—Vaya.

Los ojos de Grant recorrieron su cuerpo.

—Te ves… muy bien.

Una pausa.

—Muy bien para ti.

Ayesio sintió cómo Dileya apretaba ligeramente su brazo.

Grant finalmente lo miró.

—¿Y tú eres?

—Jessie —respondió Dileya.

Ayesio extendió la mano.

Grant la estrechó demasiado fuerte.

Ayesio lo dejó.

—¿A qué te dedicas?

—Seguros comerciales.

Grant sonrió.

—Seguros.

—Sí.

—Estable.

Aquella palabra salió cargada de condescendencia.

Grant volvió a mirar a Dileya.

—Me alegra que encontraras a alguien. Después de cómo terminaron las cosas, me preocupaba que…

Dileya levantó la barbilla.

—Estoy perfectamente.

—Claro.

Grant puso aquella expresión.

La cara de lástima.

—Siempre quise que encontraras alguien que pudiera estar a tu nivel.

Ayesio dejó lentamente su copa sobre la mesa.

—Grant.

Dileya lo miró.

Aquello definitivamente no estaba en la tarjeta.

—¿Sí?

—Has mencionado su nivel dos veces.

Grant frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Primero insinuaste que no estaba al nivel que querías. Ahora dices que esperabas que encontrara alguien al suyo.

La voz de Ayesio era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Eso deja dos posibilidades.

Grant miró alrededor.

Algunas personas ya escuchaban.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

Ayesio ladeó ligeramente la cabeza.

—O Dileya estaba por encima de tu nivel y te fuiste porque no podías seguirle el paso…

Grant palideció.

—…o nunca creíste realmente que estuviera debajo de ti y llevas dos años repitiendo esa historia porque necesitas sentirte más alto después de haberla perdido.

Silencio.

Grant abrió la boca.

Ayesio preguntó:

—¿Cuál de las dos?

La mujer que acompañaba a Grant ocultó una sonrisa detrás de su copa.

Grant miró a Dileya.

—No necesito escuchar esto.

—Entonces no deberías haber empezado la conversación.

Grant murmuró algo y se marchó.

Dileya permaneció inmóvil.

—Jessie.

—¿Sí?

—Eso no estaba en la tarjeta.

—No.

—Te pagué para parecer enamorado de mí.

—Lo recuerdo.

—No para destruir psicológicamente a mi ex delante de una bandeja de quichés.

Ayesio levantó una ceja.

—¿Fue demasiado?

Dileya miró a Grant.

Después volvió a mirarlo.

Y una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—Fue exactamente suficiente.

Su voz se hizo más baja.

—Nadie había dicho eso antes.

Ayesio no apartó los ojos de ella.

—Tú lo sabías.

—¿Qué?

—Lo que él hacía.

Dileya negó con la cabeza.

—Nunca encontraba las palabras.

—Las tenías.

—No.

—Sí. Solo le dabas el beneficio de la duda.

Dileya lo observó.

Ayesio añadió:

—Eso no significa que fueras ingenua. Significa que eras buena con alguien que no supo qué hacer con eso.

La sonrisa de Dileya desapareció.

Esta vez no porque estuviera herida.

Sino porque aquella frase había encontrado algo dentro de ella.

—Eres una cita alquilada muy extraña.

—Me han dicho que soy difícil.

—¿Quién?

—Todo el mundo.

Dileya soltó una carcajada.

Y Ayesio pensó que no recordaba la última vez que alguien se había reído con él sin miedo.

Durante la cena, Dileya empezó a olvidarse de Grant.

Ese había sido el objetivo.

Pero también empezó a olvidar que Jessie estaba contratado.

Ese era el problema.

Lo vio pasar pan a su madre.

Escuchó cómo hablaba pacientemente con Robin.

Lo vio permitir que el tío Rey le ganara un pulso.

—Lo dejaste ganar —susurró Dileya después.

—No sé de qué hablas.

—Por favor.

—Parecía feliz.

Dileya sonrió.

—Eres terrible en esto.

—¿En perder?

—En fingir que no eres buena persona.

Ayesio la miró.

Durante demasiado tiempo.

Dileya apartó los ojos primero.

Más tarde, mientras todos comían, ella murmuró:

—Esto no era parte del trato.

—¿Qué cosa?

—Esto.

—Necesito más información.

—Que seas bueno aquí.

Ayesio frunció el ceño.

Dileya jugó con el tenedor.

—Se suponía que ibas a tomarme de la mano cuando Grant mirara, comer algo, sonreír y marcharte.

Respiró.

—No se suponía que mi mamá fuera a adorarte.

Ayesio guardó silencio.

—No se suponía que defendieras algo de mí que ni siquiera sabías que necesitaba defender.

—Dileya…

—Y definitivamente no se suponía que esta fuera la cena más real que he tenido en dos años.

Sus ojos permanecieron sobre el plato.

—Sé que te estoy pagando. No estoy confundida.

Aquello golpeó a Ayesio más fuerte de lo esperado.

Porque ella sí estaba confundida.

Solo que sobre la parte equivocada.

—No se siente como un trabajo —dijo.

El tenedor de Dileya se detuvo.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Decir cosas bonitas profesionalmente.

—No fue profesional.

Ella lo miró.

—Eres agradable por contrato.

—No contigo.

Dileya dejó de respirar un segundo.

Ayesio supo que acababa de cruzar una línea.

Pero antes de poder decir otra palabra, vio a Kesler.

Estaba sentado tres mesas más allá.

Un hombre se inclinó hacia él.

No pertenecía a la boda.

Ayesio reconoció inmediatamente la postura.

El movimiento.

La mano demasiado cerca de la chaqueta.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de Gio.

“Nos descubrieron.”

Todo el calor desapareció del rostro de Ayesio.

Dileya lo notó.

—¿Qué pasa?

—Nada todavía.

—Eso no fue una respuesta.

Ayesio se inclinó hacia ella.

—En unos segundos vamos a levantarnos.

—¿Por qué?

—Quiero que camines conmigo hacia las puertas del fondo.

Dileya lo miró.

—Jessie…

—No mires atrás.

Su tono la silenció.

—Sigue hablando.

—¿De qué?

—Cerámica.

—¡No tomamos cerámica!

—Lo sé.

Los ojos de Dileya se estrecharon.

Finalmente comprendió que aquello ya no era un juego.

—¿Qué está pasando?

—Quiero que siga sin pasar nada.

Ayesio se levantó.

Dileya hizo lo mismo.

Pasó la mano por su brazo.

Sonrió.

Caminaron.

Uno.

Dos.

Tres pasos.

Entonces una silla cayó detrás de ellos.

Una mujer gritó.

Ayesio giró.

Vio el movimiento antes que nadie.

El hombre del pasillo había cambiado de objetivo.

Venía hacia él.

Ayesio no pensó.

Solo actuó.

Empujó a Dileya detrás de su cuerpo.

Hubo un sonido seco.

Un vaso explotó sobre una mesa.

Las puertas se abrieron.

Gio y dos hombres entraron.

Todo ocurrió en segundos.

El desconocido fue reducido.

Sacado por la puerta de servicio.

Los invitados apenas comprendieron lo ocurrido.

Pero Dileya sí comprendió una cosa.

Ayesio todavía la sostenía detrás de él.

—¿Estás herida?

Ella temblaba.

—No.

Él tomó su rostro entre las manos.

—Mírame.

Dileya obedeció.

—¿Te alcanzó algo?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

Entonces Gio apareció.

—Jefe.

Una sola palabra.

Dileya dejó de respirar.

Ayesio cerró los ojos.

Demasiado tarde.

—¿Jefe? —repitió ella.

Gio se quedó inmóvil.

Dileya miró su auricular.

Después los hombres.

Después a Ayesio.

Retrocedió.

—Te llamó jefe.

—Dileya…

—¿Jefe de qué?

Nadie respondió.

Y el silencio respondió por todos.

Dileya miró hacia los automóviles negros visibles desde las ventanas.

Recordó las miradas.

La forma de hablar.

La quietud.

La reacción de los hombres.

—No vendes seguros.

Ayesio negó lentamente.

—No.

—¿Quién eres?

—Ayesio Ferrante.

Dileya palideció.

Conocía el apellido.

Todo el mundo lo conocía.

—Oh, Dios mío.

Se sentó.

—Oh, Dios mío.

Ayesio se agachó frente a ella.

—Escúchame.

—¿Eres mafia?

Él sostuvo su mirada.

—Dirijo una organización.

Dileya soltó una risa histérica.

—¿Una organización? ¿Con hombres armados?

Silencio.

—Sí.

—Entonces es mafia.

Ayesio no discutió.

Los ojos de Dileya se llenaron de lágrimas.

—¿Mi familia está en peligro?

Aquella pregunta eliminó cualquier resto de humor.

—No.

—No me mientas.

—No lo haré.

—¿Mi hermana?

—Segura.

—¿Mi madre?

—Segura.

—¿Robin?

—Todos.

Ayesio señaló discretamente a Gio.

—Desde este momento nadie entra ni sale sin que lo sepamos.

Dileya lo miró con miedo.

Y aquello le dolió más que cualquier cosa ocurrida aquella noche.

—¿Tengo que tenerte miedo?

Ayesio tardó un instante.

Después negó.

—No.

Se agachó todavía más para quedar a su altura.

—Nunca de mí.

Dileya respiró temblando.

—Pero me mentiste.

—Sí.

No intentó justificarlo.

Eso la sorprendió.

—Vine aquí por un hombre llamado Kesler. No por tu familia.

—¿Quién es?

—Alguien que tomó cosas que no le pertenecían.

—¿Dinero?

—Entre otras cosas.

—¿Y el hombre que entró?

—Vino por mí.

Dileya cerró los ojos.

—Entonces sí nos pusiste en peligro.

Ayesio soportó la acusación.

—Sí.

Ella abrió los ojos.

—Pensé que ibas a negarlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque dijiste que no querías mentiras.

—Eso lo dije hace cinco minutos.

—Debí entenderlo cuatro horas antes.

Dileya guardó silencio.

Ayesio continuó:

—Me equivoqué al seguirte el juego.

—¿Por qué lo hiciste?

Aquella era la pregunta difícil.

Ayesio miró hacia la fiesta.

Su vida estaba hecha de secretos.

Pero por primera vez en años, uno le parecía demasiado pesado.

—Porque nadie me había confundido con un hombre normal en quince años.

Dileya parpadeó.

—¿Qué?

—Me miraste y viste a Jessie.

Su voz bajó.

—Un hombre aburrido que vendía seguros y hacía cerámica.

—Mala cerámica.

—Mala cerámica.

Ella casi sonrió.

—Y durante unas horas —continuó él— nadie quería nada de mí.

Miró hacia Courely.

—Tu madre quería saber si me gustaban sus quichés.

Miró al tío Rey.

—Tu tío quería ganarme un pulso.

Después miró a Dileya.

—Y tú querías que sonriera veinte por ciento menos.

Ella se cubrió la boca.

Ayesio respiró.

—No recordaba cómo se sentía eso.

Dileya bajó lentamente la mano.

—Debiste decírmelo.

—Sí.

—Desde el principio.

—Sí.

—Estoy muy enojada contigo.

—Tienes derecho.

—Muchísimo.

—También.

Dileya lo miró.

—Deja de estar de acuerdo conmigo.

—No puedo. Tienes razón.

Eso la hizo reír.

Solo un segundo.

Después recordó que estaba enfadada.

—No hagas eso tampoco.

—¿Qué?

—Ser gracioso.

—No lo intentaba.

—Eso es peor.

Una hora después, la situación estaba controlada.

A los invitados les explicaron que alguien había sufrido una emergencia y que un camarero había roto una bandeja de vasos.

No era toda la verdad.

Pero era suficiente para que Robin pudiera volver a sonreír antes del postre.

Ayesio pudo haberse marchado.

No lo hizo.

Se quedó hasta asegurarse de que Courely estuviera tranquila.

Dejó que la madre de Dileya le apretara las manos.

—Eres muy bueno para mi hija —le dijo ella.

Ayesio miró hacia Dileya.

—Creo que ella es bastante mejor para mí.

Courely sonrió.

—Lo sabía desde lo de la cerámica.

Dileya, escuchando desde lejos, casi se atragantó.

Finalmente salieron.

Fue entonces cuando ella volvió a hacerle todas las preguntas.

Y cuando la verdad quedó completa entre ellos, preguntó:

—¿Qué ocurre ahora?

Ayesio la miró.

—Quiero pedirte una cita.

Dileya parpadeó.

—¿Qué?

—Una verdadera.

—¿Después de todo esto?

—Especialmente después de todo esto.

Ella cruzó los brazos.

—Eres consciente de que esto sería una idea objetivamente terrible.

—Sí.

—¿Y aun así?

—Sí.

Dileya lo estudió.

—¿Sin Jessie?

—Sin Jessie.

—¿Sin seguros?

—Sin seguros.

—¿Sin cerámica?

Ayesio dudó.

—Podemos probar cerámica de verdad.

Dileya soltó una carcajada.

—Mi madre moriría de felicidad.

Ayesio dio un paso hacia ella.

—Paso por ti como yo mismo. Te digo lo que puedo decirte. Cuando exista algo que no pueda contarte, te diré exactamente eso.

Dileya dejó de sonreír.

—Esa es mi condición.

—Lo sé.

—Nunca inventes una puerta para esconder otra.

Ayesio asintió.

—Si hay una puerta cerrada, te diré que existe.

—Puedo vivir con eso.

Ella extendió la mano.

—Una cita.

Ayesio miró su mano.

La tomó.

—Una.

—No te emociones, Ferrante.

—Intentaré contenerme.

—Y vas a cargar mis sobras.

Él levantó una ceja.

—¿Perdón?

Dileya señaló tres recipientes que Robin había preparado.

—Tengo quichés.

—Por supuesto.

—Eres perfectamente capaz de cargar recipientes aunque seas jefe de la mafia.

—No recuerdo que eso estuviera en nuestra negociación.

—Nueva cláusula.

Ayesio tomó las cajas.

Dileya sonrió.

Y caminaron hacia el automóvil.

Pero antes de llegar, Gio apareció.

Su expresión era diferente.

Seria.

Ayesio se detuvo.

—¿Qué?

Gio miró a Dileya.

Después a su jefe.

—Encontramos algo en el teléfono de Kesler.

Ayesio endureció el rostro.

—Habla.

Gio sacó el dispositivo.

—Las transferencias no empezaron hace ocho meses.

—¿Cuándo?

—Hace seis años.

Ayesio frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—También encontramos fotografías.

Gio deslizó la pantalla.

Ayesio miró.

Y todo el color abandonó su rostro.

Dileya lo notó.

—¿Qué ocurre?

Ayesio no respondió.

En la fotografía aparecía Kesler.

Mucho más joven.

Junto a otro hombre.

Un hombre que Dileya conocía.

—Espera.

Se acercó.

—Yo conozco a ese hombre.

Ayesio giró hacia ella.

—¿Quién es?

Dileya señaló la pantalla.

—Ese es el padre de Grant.

El silencio cayó como una piedra.

Gio miró a Ayesio.

—Hay más.

Abrió otro archivo.

Documentos.

Transferencias.

Nombres.

Fechas.

Y una fotografía tomada apenas tres días antes.

Grant saliendo de un edificio propiedad de Kesler.

Dileya sintió que el estómago se le hundía.

—No.

Ayesio tomó el teléfono.

—¿Grant sabía?

—No podemos confirmarlo todavía —dijo Gio.

Dileya recordó algo.

La mirada de Grant.

Su insistencia en hablar con ella.

La manera en que había preguntado a qué se dedicaba Jessie.

Y entonces recordó otra cosa.

Algo insignificante.

Una frase que Grant había pronunciado meses atrás cuando Robin anunció dónde celebraría la boda.

“¿El Meridian? Interesante elección.”

En aquel momento no significó nada.

Ahora…

—Ayesio.

Él la miró.

—Grant sabía dónde sería la cena desde hace meses.

—Eso no prueba nada.

—No.

Dileya respiró.

—Pero hay algo más.

—¿Qué?

—Cuando estábamos juntos, trabajó unos meses para su padre.

—¿Haciendo qué?

Dileya intentó recordar.

—Consultoría financiera.

Gio y Ayesio intercambiaron una mirada.

—¿Qué? —preguntó ella.

Ayesio guardó silencio.

—¿Qué significa esa mirada?

Gio respondió:

—Kesler también se presentaba como consultor financiero.

Dileya sintió frío.

La noche todavía no había terminado.

Ni siquiera cerca.

Ayesio dio instrucciones rápidas a Gio.

Después miró a Dileya.

—Te llevo a casa.

—No.

—Dileya.

—No me hagas esa voz.

—¿Qué voz?

—La voz de jefe mafioso.

—Es mi voz normal.

—Pues cámbiala.

Ayesio apretó la mandíbula.

—Hay cosas que necesito comprobar.

—Perfecto.

—Y tú no vas a participar.

Dileya soltó su mano.

—Ah.

—No es negociable.

—¿No?

—No.

Dileya lo miró durante varios segundos.

Después asintió lentamente.

—Bien.

Ayesio pareció sorprendido.

—¿Bien?

—Sí.

Ella tomó sus recipientes de quichés.

—Gracias por la noche.

—Dileya…

—Que tengas buena investigación secreta.

Se dio la vuelta.

Ayesio la alcanzó.

—Estás enojada.

—Excelente capacidad de observación.

—Estoy intentando protegerte.

Dileya giró.

—No.

La firmeza de su voz lo detuvo.

—Estás intentando decidir por mí.

Ayesio permaneció callado.

—No es lo mismo.

Ella señaló el hotel.

—Hace dos años Grant decidió que yo no encajaba en la vida que él quería y tomó una decisión por los dos.

Sus ojos brillaron.

—Esta noche pagué a un desconocido porque todavía permitía que aquella decisión controlara cómo entraba en una habitación.

Respiró profundamente.

—No voy a cambiar a un hombre que decide que no soy suficiente por otro que decide que soy demasiado frágil para saber la verdad.

Ayesio recibió las palabras sin defenderse.

Dileya continuó:

—Si esto tiene relación conmigo, con mi familia o con un hombre que estuvo dos años dentro de mi vida, tengo derecho a saberlo.

Ayesio bajó la mirada.

Cuando volvió a levantarla, algo había cambiado.

—Tienes razón.

Dileya pestañeó.

—¿Así de fácil?

—No.

—Pareció fácil.

—Por dentro fue devastador.

Ella intentó no sonreír.

Falló.

Ayesio extendió la mano.

—Entonces hagamos esto correctamente.

—¿Cómo?

—Juntos.

Pero ninguno de los dos sabía que, a menos de cincuenta metros, Grant todavía no se había marchado.

Estaba sentado dentro de su automóvil.

Mirando el hotel.

Con el teléfono pegado al oído.

—Algo salió mal —dijo.

Una voz respondió al otro lado.

Grant cerró los ojos.

—Ferrante estaba allí.

Silencio.

—No sé por qué.

Otra pausa.

Grant miró hacia la entrada justo cuando Dileya subía al automóvil de Ayesio.

Su rostro se endureció.

—Y Dileya está con él.

La voz del otro lado dijo algo que hizo que Grant palideciera.

—No.

Escuchó.

—Ella no sabe nada.

Otra pausa.

Grant apretó el volante.

—Te dije que nunca la involucraras.

La respuesta fue fría.

Grant tragó saliva.

—Espera.

Pero la llamada terminó.

Y por primera vez en toda aquella noche, el hombre que había pasado años haciendo sentir pequeña a Dileya comprendió que él tampoco controlaba la situación.

Porque alguien había estado utilizando a Grant.

Alguien que conocía a Dileya.

Alguien que sabía exactamente dónde estaría aquella noche.

Y en el teléfono de Kesler había un último archivo que Gio todavía no había abierto.

Un archivo protegido por contraseña.

Su nombre era simplemente:

“BARNES.”

Ayesio lo descubrió doce minutos después.

Dileya estaba sentada junto a él en la parte trasera del automóvil cuando Gio llamó.

—Jefe.

—¿Qué encontraste?

—Otro archivo.

Ayesio miró a Dileya.

—¿Relacionado con Grant?

—No exactamente.

Gio hizo una pausa.

—Está relacionado con ella.

La sonrisa desapareció del rostro de Dileya.

—Ponlo en altavoz —ordenó Ayesio.

—El archivo lleva su apellido. Barnes.

Dileya se inclinó hacia el teléfono.

—¿Qué contiene?

—Todavía estamos abriéndolo.

Se escuchó el sonido de un teclado.

Después silencio.

Demasiado silencio.

—Gio.

—Un segundo.

Ayesio sintió cómo la mano de Dileya buscaba la suya.

La tomó.

Entonces Gio respiró profundamente.

—Ya entramos.

—¿Y?

—Hay estados bancarios. Fotografías. Contratos.

—¿De quién?

Otra pausa.

—Del padre de Dileya.

Ella se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

Su padre había muerto años atrás dejando detrás un restaurante quebrado, deudas y demasiadas preguntas.

O eso era lo que toda la familia Barnes había creído.

Gio continuó:

—Y hay algo más.

—¿Qué?

—Una cuenta.

Ayesio frunció el ceño.

—¿Cuánto?

Gio dijo la cifra.

Dileya creyó haber escuchado mal.

—Repítelo.

Gio lo hizo.

Más de once millones de dólares.

A nombre de una sociedad que llevaba las iniciales de su padre.

Dileya dejó caer la mano.

—Mi padre murió debiendo dinero.

—Según estos documentos —dijo Gio—, no.

—Entonces ¿por qué nunca vimos nada?

—Porque alguien vació casi todas sus cuentas tres semanas después de su muerte.

Dileya sintió que el aire desaparecía.

—¿Quién?

Gio tardó demasiado en responder.

—La autorización lleva una firma.

—¿De quién?

—Courely Barnes.

Dileya se quedó helada.

Su madre.

Ayesio giró hacia ella.

—Puede ser falsificada.

Dileya no respondió.

Recordó algo que su madre había dicho durante años.

“Tu padre nos dejó sin nada.”

Una frase repetida tantas veces que se había convertido en parte de la historia familiar.

Pero ahora existía otra historia.

Una escondida dentro de un teléfono perteneciente a un hombre perseguido por la mafia.

Y quizá Grant solo era una pieza pequeña.

Quizá aquella cena nunca había sido realmente sobre él.

Dileya levantó lentamente la mirada.

—Da la vuelta.

Ayesio frunció el ceño.

—¿Qué?

—Regresemos al hotel.

—¿Por qué?

Los ojos de Dileya ya no mostraban miedo.

Mostraban determinación.

—Porque mi madre sigue allí.

—Dileya, no sabemos qué significa esa firma.

—Precisamente.

Se inclinó hacia delante.

—Toda mi vida me han contado quién era mi padre. Toda mi vida me dijeron que murió dejándonos deudas. Toda mi vida pensé que mi madre había levantado a nuestra familia sola.

Miró a Ayesio.

—Esta noche ya confundí a un jefe de la mafia con un novio alquilado. Creo que puedo sobrevivir a una conversación incómoda con mi madre.

Ayesio casi sonrió.

Pero su teléfono vibró antes.

Mensaje de Gio.

Una fotografía.

Ayesio la abrió.

Y esta vez fue Dileya quien vio primero el detalle.

La imagen mostraba a su padre frente al restaurante familiar.

La fecha estaba impresa en una esquina.

Dileya sintió que todo dentro de ella se detenía.

—No puede ser.

Ayesio amplió la fecha.

La fotografía había sido tomada dieciocho meses después de la supuesta muerte del padre de Dileya.

Ella comenzó a temblar.

—Mi padre estaba muerto.

Ayesio no respondió.

—Yo fui a su funeral.

Silencio.

—Vi el ataúd.

La voz se le quebró.

—Ayesio… ¿qué significa esto?

Él miró nuevamente la fotografía.

Detrás del padre de Dileya aparecía otro hombre.

Más joven.

Pero reconocible.

Leonard Kesler.

Y detrás de ambos, reflejado en la ventana del restaurante, había un tercer rostro.

Un rostro que Dileya conocía desde niña.

El hombre al que siempre había llamado tío Rey.

Dileya levantó la mirada.

Ayesio entendió inmediatamente lo que estaba pensando.

—No hagas ninguna conclusión todavía.

—Está en la fotografía.

—Una fotografía no explica qué ocurrió.

—Pero demuestra que me mintieron.

Ayesio guardó silencio.

Dileya miró hacia el hotel.

Las luces de la boda seguían encendidas.

Su madre.

Su hermana.

Su tío.

Todos seguían dentro.

La familia que había conocido toda su vida.

Y ahora, por primera vez, Dileya se preguntó cuántas de aquellas personas conocían realmente la historia que ella acababa de empezar a descubrir.

El conductor frenó frente a la entrada.

Dileya abrió la puerta.

Ayesio la sujetó suavemente de la muñeca.

—Espera.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—Hay algo que necesitas saber antes de entrar.

El rostro de Ayesio estaba completamente serio.

—Kesler habló.

—¿Qué dijo?

—Que tu padre no murió cuando tu familia cree.

Dileya dejó de respirar.

—¿Entonces cuándo murió?

Ayesio no respondió inmediatamente.

Y aquel silencio fue peor que cualquier respuesta.

—Ayesio.

Él apretó ligeramente su mano.

—Kesler dice que no murió.

Dileya se quedó paralizada.

Dentro del hotel, alguien abrió las puertas.

Courely apareció al fondo del vestíbulo.

La madre de Dileya vio el automóvil.

Vio a su hija.

Y por primera vez en toda aquella noche, la mujer siempre habladora no sonrió.

No saludó.

No preguntó nada.

Simplemente se quedó inmóvil.

Pálida.

Como si hubiera sabido exactamente qué secreto acababa de encontrar su hija.

Dileya bajó lentamente del automóvil.

Su madre dio un paso atrás.

—Mamá.

Courely negó con la cabeza.

—No aquí.

Aquellas dos palabras fueron suficientes.

Dileya sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Porque una persona inocente habría preguntado de qué estaba hablando.

Su madre no lo hizo.

Ayesio salió detrás de Dileya.

Courely lo reconoció.

Después miró los autos negros.

Su expresión cambió.

—Así que finalmente vinieron por esto.

Dileya sintió un escalofrío.

—¿Por qué dijiste “finalmente”?

Courely cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, había lágrimas.

—Porque llevo diecisiete años esperando esta noche.

Dileya retrocedió.

—¿Diecisiete años?

Su madre la miró.

—Tu padre no te abandonó.

Dileya sintió que el pecho le dolía.

—¿Está vivo?

Courely abrió la boca.

Pero antes de responder, un automóvil negro que ninguno de los hombres de Ayesio reconocía apareció al final del camino.

Gio tocó inmediatamente su auricular.

Ayesio avanzó.

Los guardias se movieron.

El vehículo se detuvo.

La puerta trasera se abrió.

Primero apareció un bastón.

Después un zapato oscuro.

Y finalmente descendió un hombre de cabello completamente gris.

Dileya dejó de respirar.

No necesitó una fotografía.

No necesitó una explicación.

Reconoció aquellos ojos.

Eran los mismos que veía cada mañana cuando se miraba al espejo.

Courely comenzó a llorar.

El hombre miró directamente a Dileya.

Sus labios temblaron.

—Mi niña.

Dileya no pudo moverse.

Ayesio tampoco dijo nada.

Porque por primera vez aquella noche, incluso el hombre más peligroso de la ciudad comprendió que había entrado en una historia mucho más grande que la suya.

El desconocido avanzó un paso.

Dileya finalmente encontró la voz.

—Mi padre murió hace diecisiete años.

El hombre negó lentamente.

—No.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Hace diecisiete años fue cuando tuve que desaparecer para mantenerte viva.

Y justo cuando Dileya pensó que nada podía superar aquella revelación, el hombre miró a Ayesio Ferrante.

Su expresión cambió.

No había sorpresa.

Había reconocimiento.

—Ferrante.

Ayesio entrecerró los ojos.

—¿Nos conocemos?

El padre de Dileya sostuvo su mirada.

—Tú no me conoces.

Hizo una pausa.

—Pero conociste a mi hermano.

Ayesio quedó completamente inmóvil.

Dileya miró de uno a otro.

—¿Qué hermano?

El hombre respiró profundamente.

—El hombre que crió a Ayesio.

El silencio que siguió pareció detener hasta la lluvia.

Dileya volvió lentamente el rostro hacia Ayesio.

Y por primera vez desde que lo había confundido con Jessie en aquel vestíbulo, vio verdadero miedo en sus ojos.

No miedo por un arma.

No miedo por un enemigo.

Miedo por la verdad.

Porque la noche que había comenzado con una mujer con curvas alquilando un novio falso acababa de revelar algo imposible:

su padre podía estar vivo…

su familia llevaba diecisiete años ocultándolo…

y el pasado de Dileya estaba conectado con la familia Ferrante mucho antes de que ella se acercara a un desconocido de traje oscuro y preguntara:

“¿Jessie?”

Pero aquella no era todavía la peor revelación.

El padre de Dileya miró hacia las puertas del hotel.

—Tenemos que entrar.

Ayesio no se movió.

—¿Por qué?

El hombre apretó el bastón.

—Porque Kesler no era quien daba las órdenes.

Dileya sintió que el frío le recorría la espalda.

—Entonces ¿quién?

Su padre levantó lentamente los ojos.

—Alguien que estuvo sentado en esa cena toda la noche.

Dileya miró hacia el salón iluminado.

Su madre dejó escapar un sollozo.

Ayesio llevó una mano discretamente hacia el interior de su saco.

Y desde algún lugar dentro del hotel se escuchó el golpe seco de una puerta cerrándose.

El padre de Dileya susurró:

—Y si esa persona descubre que ya estoy aquí…

Miró a su hija.

—Esta vez no va a desaparecer.

Va a intentar borrar la verdad para siempre.

¡FIN!

Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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