Una Mujer Voluptuosa Confundió al Jefe de la Mafia con su Cita a Ciegas… y Él Ocultó su Identidad Toda la Noche

Una Mujer Voluptuosa Confundió al Jefe de la Mafia con su Cita a Ciegas… y Él Ocultó su Identidad Toda la Noche
A las 11:52 de aquella noche, bajo una lluvia que convertía las calles en espejos negros, Georgia Flynn comprendió que acababa de cometer el error más absurdo de toda su vida.
Estaba frente a una florería cerrada.
Su vestido verde estaba húmedo en los hombros.
Su cabello se había pegado ligeramente a sus mejillas.
Y frente a ella permanecía el hombre con quien llevaba casi seis horas caminando, comiendo, discutiendo, riéndose y hablando como si fueran dos desconocidos normales en una primera cita.
Solo que él no era normal.
Y aquello jamás había sido una cita.
Georgia miró primero el automóvil negro estacionado junto a la acera.
Después al segundo.
Luego a los hombres con abrigos oscuros que fingían no estar vigilándolos.
Finalmente levantó los ojos hacia él.
—A ver si entendí bien.
Damiano Fontana no respondió.
Georgia señaló los vehículos.
—Tú no eres Trevor.
—No.
—No eres contador.
—No exactamente.
—Y esos hombres trabajan para ti.
Damiano siguió su mirada.
—Sí.
Georgia contó rápidamente.
—Cuatro.
—Seis.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Dos están detrás del edificio.
Georgia cerró los ojos.
Después se cubrió la cara con ambas manos.
El silencio duró tres segundos.
—Dios mío.
Damiano casi sonrió.
—Georgia…
—No. No hables.
Bajó lentamente las manos.
—Pasé toda una noche mandoneando a un jefe de la mafia.
Él ladeó ligeramente la cabeza.
—Me hiciste cargar tus bolsas.
—¡Te hice cargar mis bolsas!
—Eso acabo de decir.
—Te obligué a probar dumplings.
—No me obligaste.
—¡Te puse unos lentes de plástico con estrellas!
Aquello consiguió que uno de los hombres de seguridad situado a varios metros desviara el rostro para esconder una expresión que habría podido costarle el empleo.
Georgia continuó, cada vez más horrorizada.
—Dividí la cuenta contigo.
—Lo recuerdo.
—¡Dividí una cuenta de restaurante con un hombre que probablemente podría comprar el restaurante!
Damiano guardó silencio.
Georgia abrió mucho los ojos.
—Espera.
Él no dijo nada.
—¿Puedes comprarlo?
—Georgia…
—¡Eres dueño del restaurante!
—De una parte.
Ella volvió a taparse el rostro.
—Quiero desaparecer.
—Preferiría que no.
Georgia lo miró entre los dedos.
—Y además te dije que tu corbata parecía del color de la desesperación.
Damiano bajó la vista hacia la corbata gris.
—En eso tenías razón.
Ella dejó caer los brazos.
—¿Por qué no me corregiste?
Por primera vez desde que había descubierto la verdad, la expresión de Damiano cambió.
La diversión desapareció.
La lluvia golpeaba suavemente los toldos de las tiendas cerradas.
A lo lejos pasó un automóvil.
Él la observó con aquella intensidad que durante toda la noche Georgia había confundido con timidez, seriedad o simplemente una extraña personalidad de contador.
Ahora entendía lo que era.
Era poder.
Era un hombre acostumbrado a entrar en una habitación y hacer que todos midieran sus palabras.
—Porque —dijo él— nadie me había tratado como tú en muchos años.
Georgia dejó de respirar por un instante.
—¿Como un contador aburrido?
—Como un hombre.
Y allí estaba el verdadero problema.
Porque Georgia Flynn había entrado seis horas antes en el restaurante equivocado buscando al hombre equivocado.
Había llamado Trevor al hombre más temido de la ciudad.
Había criticado su ropa.
Había ordenado su cena.
Lo había sacado de su propio restaurante.
Le había hecho cargar bolsas bajo la lluvia.
Y, sin saberlo, había conseguido algo que hombres poderosos llevaban años intentando sin éxito.
Había hecho reír a Damiano Fontana.
Pero ninguno de los dos sabía todavía que aquella confusión no había sido completamente accidental.
Porque en el bolsillo interior del abrigo de uno de los hombres que los vigilaban había un teléfono.
En aquel teléfono había una fotografía de Georgia tomada tres semanas antes.
Y debajo de la fotografía aparecía una sola orden:
VIGÍLENLA.
NO DEJEN QUE FONTANA DESCUBRA QUIÉN ES.
Todo había comenzado seis horas antes.
Georgia Flynn estaba frente al restaurante Vero con el teléfono en una mano y una sensación horrible en el estómago.
—Esto es una pésima idea —murmuró.
Su amiga Priya le había organizado una cita a ciegas.
Georgia había dicho que no.
Priya había insistido.
Georgia había vuelto a decir que no.
Priya había mencionado que llevaba seis meses sin salir con nadie desde que su último novio había terminado con ella enviándole únicamente un emoji de pulgar arriba.
Entonces Georgia había aceptado solo para evitar volver a escuchar aquella historia.
El mensaje de Priya había sido sencillo.
“Trevor. Trabaja con números. Callado. Traje oscuro. Mesa junto a la ventana. Vero. Seis de la tarde. Y por favor no huyas antes del postre.”
Georgia miró la hora.
6:04.
—Perfecto. Ya llegué tarde. Excelente comienzo.
Guardó el teléfono.
Respiró profundamente.
Y entró.
Llevaba un vestido cruzado verde oscuro que abrazaba su figura voluptuosa sin pedir disculpas por absolutamente nada.
Georgia había pasado demasiados años escuchando consejos que jamás había solicitado.
“Ese corte te haría ver más delgada.”
“Ese color disimula.”
“Quizá deberías usar algo menos ajustado.”
Ella había aprendido a responder siempre igual.
—¿Y si no quiero disimular?
Aquella noche tampoco quería hacerlo.
Entró con la barbilla levantada.
Miró alrededor.
Mesa junto a la ventana.
Traje oscuro.
Hombre solo.
Ahí estaba.
—Trevor.
El hombre levantó la vista.
Georgia estuvo a punto de detenerse.
Priya había cometido un error importante.
Había descrito a Trevor como “normal”.
El hombre frente a ella no tenía absolutamente nada de normal.
Cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás.
Mandíbula firme.
Traje negro hecho a medida.
Manos inmóviles sobre la mesa.
Y unos ojos tan oscuros y atentos que parecían analizar cada movimiento antes de que sucediera.
Georgia se quedó frente a él.
—¿Trevor?
El desconocido no contestó.
—El de Priya.
Silencio.
Georgia señaló vagamente hacia él.
—Números. Callado. Esta es la parte donde dices que sí.
Damiano Fontana había llegado a Vero cuarenta minutos antes para una reunión completamente distinta.
Esperaba a Renato Bellini, representante de una familia rival con la que llevaba tres semanas negociando una tregua delicada.
Renato llegaba tarde.
Eso ya era una mala señal.
Damiano detestaba la impuntualidad.
Detestaba las sorpresas.
Y, sobre todo, detestaba que desconocidos se acercaran demasiado.
Por eso dos de sus hombres estaban en la barra.
Otros dos en la entrada.
Y otros dos vigilaban la parte trasera.
Entonces apareció aquella mujer.
Vestido verde.
Cabello oscuro.
Curvas que ella llevaba con una seguridad casi desafiante.
Una expresión de impaciencia divertida.
Y absolutamente ningún miedo.
Lo llamó Trevor.
Damiano abrió la boca para corregirla.
Debería haber dicho:
“Se equivoca de persona.”
Eso habría sido lo lógico.
Lo seguro.
Lo correcto.
Pero entonces vio cómo ella esperaba la respuesta sin reconocerlo.
Eso era imposible.
Casi todos en aquella ciudad conocían el apellido Fontana.
Quienes no conocían su rostro reconocían el traje, los hombres de seguridad o la forma en que los empleados se apartaban discretamente de su camino.
Ella no reconoció nada.
Para Georgia, él no era Damiano Fontana.
No era el hombre sobre quien circulaban historias en voz baja.
No era el propietario silencioso de clubes, restaurantes, almacenes y empresas cuyos nombres aparecían en documentos demasiado complicados.
Era simplemente Trevor.
Un contador probablemente aburrido que una amiga le había conseguido para una cita a ciegas.
Damiano sintió algo que llevaba años sin sentir.
Curiosidad.
—Sí —dijo.
Georgia sonrió.
—Genial.
Se sentó.
En la barra, Salvatore Russo casi dejó caer su vaso.
Llevaba once años trabajando para Damiano.
Había visto negociaciones terminar con una sola mirada de su jefe.
Había visto hombres cambiar de opinión después de escuchar dos palabras.
Jamás había visto a una desconocida sentarse frente a él sin permiso.
Salvatore miró a Enzo.
Enzo lo miró.
Ninguno sabía qué hacer.
No existía un protocolo para aquello.
Georgia abrió el menú.
—Voy a decir algo y quiero que no te ofendas.
Damiano la observó.
—Adelante.
—No te pareces en absoluto a lo que esperaba.
—¿Qué esperabas?
—Un contador.
—¿Y cómo luce un contador?
Ella lo examinó descaradamente.
—No así.
Damiano levantó una ceja.
—Priya dijo “callado, números, responsable”. Yo imaginé zapatos cómodos y una camisa que tu madre te compró en Navidad.
Miró su traje.
—Esto parece… caro.
—Lo es.
—Eso sonó peligrosamente presumido, Trevor.
Salvatore cerró los ojos desde la barra.
Georgia continuó.
—Y esa corbata es terrible.
Damiano bajó la vista.
Era una corbata italiana de casi cuatrocientos dólares.
—¿Terrible?
—No por barata. Se nota que cuesta una cantidad ofensiva de dinero.
Se inclinó un poco.
—Es el color.
—¿Qué tiene?
—Desesperación.
Damiano parpadeó.
—¿Desesperación?
—Exactamente.
Ella señaló la tela gris.
—Parece un domingo a las cinco de la tarde cuando recuerdas que mañana tienes que volver a trabajar.
Por primera vez, la comisura de la boca de Damiano se movió.
Georgia lo vio.
—¿Eso fue una sonrisa?
—No.
—Sí fue.
—No.
—Interesante. El contador también miente.
Llegó el mesero.
Era un hombre que conocía perfectamente a Damiano.
Al verlo sentado con aquella desconocida, se puso rígido.
—Señor Fon…
Damiano levantó apenas un dedo.
El mesero se detuvo.
Georgia no lo notó.
—Necesitamos pan —dijo ella—. Mucho. Nada de traer una rebanada microscópica sobre una tabla de madera y llamarla artesanal.
El mesero miró a Damiano.
Georgia frunció el ceño.
—¿Por qué lo miras a él?
—Yo…
—Yo pedí el pan.
Damiano bajó los ojos para esconder otra sonrisa.
—Una canasta —ordenó el mesero rápidamente.
—Gracias.
Georgia volvió al menú.
—Y él quiere las costillas.
Damiano levantó la mirada.
—¿Quiero?
—Sí.
—No recuerdo haber decidido eso.
—Te ves como un hombre de costillas.
—¿Cómo se ve un hombre de costillas?
Georgia hizo un gesto hacia él.
—Taciturno. Caro. Probablemente más tierno de lo que aparenta.
El silencio cayó sobre la mesa.
Georgia parpadeó.
—Eso sonó peor de lo que pretendía.
—Bastante.
—Olvídalo.
Damiano miró al mesero.
—Las costillas.
El hombre asintió inmediatamente.
Georgia sonrió satisfecha.
—¿Ves? Confía en mí.
Nadie en aquella ciudad le decía a Damiano Fontana que confiara en alguien.
Y nadie ordenaba por él.
Sin embargo, quince minutos después estaba comiendo exactamente lo que Georgia había elegido.
Ella hablaba mucho.
Pero no de la manera vacía a la que Damiano estaba acostumbrado.
Saltaba de un tema a otro.
Su negocio.
Sus clientes.
El desastre de su última relación.
Una fiesta infantil donde un niño había destruido un pastel de tres pisos cinco minutos antes de que llegaran los invitados.
Su padre.
Su amor por los mercados nocturnos.
Su odio irracional hacia los restaurantes que cobraban demasiado por porciones pequeñas.
Damiano escuchaba.
Y aquello también era extraño.
Él normalmente escuchaba para encontrar debilidades.
Contradicciones.
Mentiras.
Aquella noche escuchaba simplemente porque quería saber qué diría Georgia después.
Ella mordió un pedazo de pan.
—Ahora te toca.
—¿Qué?
—Me has dejado hablar durante veinte minutos.
—No parecía que necesitaras ayuda.
Georgia entrecerró los ojos.
—Eso fue un insulto.
—Una observación.
—Muy bien, señor observaciones. Cuéntame algo sobre ti.
Damiano pensó.
No podía decir la verdad.
“Dirijo una organización que probablemente haría que salieras corriendo.”
No parecía apropiado para una primera cita.
—Trabajo con riesgos.
Georgia dejó el tenedor.
—Priya dijo contabilidad.
—Está relacionado.
—Eso suena sospechosamente interesante.
—No lo es.
—Perfecto. Dime la parte más aburrida.
Damiano casi respondió:
“Decidir qué hombres pueden seguir trabajando para mí sin convertirse en una amenaza.”
En cambio dijo:
—Contratos.
—Horrible.
—Lo pediste.
—¿Familia?
La pregunta lo endureció apenas.
Georgia lo notó.
Y, para sorpresa de Damiano, no insistió.
Simplemente cambió de tema.
Ese pequeño gesto le afectó más de lo que habría hecho cualquier pregunta.
Ella era ruidosa.
Directa.
Pero no descuidada.
Sabía cuándo una puerta estaba cerrada.
Y no intentaba derribarla.
Después llegó el plato principal.
Georgia comió sin fingir delicadeza.
Sin disculparse.
Sin esconder hambre.
En un momento notó que Damiano la observaba.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso no era una mirada de nada.
Él permaneció en silencio.
Georgia dejó el tenedor.
—¿Quieres preguntarme algo?
—No.
—Entonces deja de mirarme como si estuvieras resolviendo un crimen.
Damiano casi se atragantó con el vino.
Georgia sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa palabra.
Él tomó la copa.
—Estaba pensando que pareces muy cómoda contigo misma.
Georgia se encogió de hombros.
—Me costó años.
—¿Por qué?
Ella lo miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque la gente cree que una mujer como yo debería pasar la vida intentando ocupar menos espacio.
Damiano no apartó la mirada.
Georgia continuó.
—Menos comida. Menos vestido. Menos ruido. Menos cuerpo. Menos opinión.
Sonrió, pero aquella vez había algo más detrás.
—Yo intenté eso durante un tiempo.
—¿Y?
—Fue agotador.
Tomó otro pedazo de pan.
—Así que dejé de hacerlo.
Damiano la estudió.
—Se nota.
Georgia levantó una ceja.
—Cuidado.
—No fue una crítica.
—¿Entonces?
Damiano se inclinó ligeramente.
—La mayoría de las personas entra aquí y se encoge.
Georgia miró alrededor.
—¿Aquí?
—En lugares como este.
Restaurantes caros.
Habitaciones donde todos intentaban demostrar algo.
—Tú entraste como si el lugar tuviera que adaptarse a ti.
Por primera vez en toda la noche, Georgia no tuvo respuesta inmediata.
Sintió calor en las mejillas.
Lo odió.
—Eso casi fue encantador.
—¿Casi?
—No te emociones.
Él sonrió.
Esta vez de verdad.
Y desde la barra, Salvatore miró a Enzo como si acabara de presenciar un eclipse.
Georgia señaló a Damiano.
—¡Ahí está!
—¿Qué?
—La sonrisa.
—No estaba sonriendo.
—Trevor, fue una sonrisa.
—Estás imaginando cosas.
—No. Fue pequeña. Muy pequeña. Parecía estar luchando por sobrevivir, pero existió.
Damiano negó con la cabeza.
Georgia se reclinó triunfante.
—Ya está. Mi trabajo aquí terminó.
—Pensé que era una cita.
—Ahora es una misión de rescate emocional.
Él soltó una risa baja.
Georgia volvió a quedarse inmóvil.
Aquella voz.
Aquella risa.
Por un segundo algo dentro de ella advirtió que aquel hombre no encajaba con la historia que Priya le había contado.
Pero la sensación desapareció cuando llegó la cuenta.
Georgia la tomó primero.
Damiano extendió una mano.
—Yo pago.
—No.
—Georgia.
—Mitad y mitad.
—No es necesario.
—Precisamente por eso.
Sacó su tarjeta.
—No quiero deberte nada por haber comido cuatro raviolis y media panadería.
Damiano miró la tarjeta.
Georgia Flynn Events.
Guardó mentalmente el nombre.
—Muy bien.
Salvatore casi se levantó de la barra.
Su jefe acababa de permitir que una mujer pagara la mitad de una cena en un restaurante que él mismo poseía parcialmente.
Aquello estaba empeorando.
O mejorando.
Salvatore todavía no lo sabía.
Georgia miró alrededor.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—No me gusta este sitio.
Damiano levantó lentamente la vista.
—¿No?
—Demasiado serio.
—Entiendo.
—Demasiada gente intentando parecer importante.
Damiano miró discretamente a tres hombres de negocios que habían pasado la última hora intentando no mirar su mesa.
—Puede ser.
—Nos vamos.
—¿Nos vamos?
Georgia ya estaba tomando su bolso.
—Hay un mercado nocturno a dos calles.
—Está lloviendo.
—¿Eres soluble?
—No que yo sepa.
—Perfecto.
Damiano miró hacia la barra.
Salvatore entendió inmediatamente.
“No.”
Eso decía su rostro.
No podía irse.
Renato Bellini estaba a punto de llegar.
Aquella reunión podía decidir meses de tensión entre dos familias.
Damiano se puso de pie.
Al pasar junto a Salvatore, habló tan bajo que Georgia no pudo escucharlo.
—Reprograma a Bellini.
Salvatore lo miró como si hubiera perdido la razón.
—Jefe…
—Mañana.
—Lleva tres semanas esperando.
Damiano miró hacia Georgia.
Ella estaba intentando abrir un paraguas roto que había encontrado junto a la puerta.
—Esperará una noche más.
Salvatore siguió su mirada.
—¿Quién es?
Damiano tardó un segundo en responder.
—No lo sé.
Aquello era exactamente lo que le preocupaba a Salvatore.
Damiano caminó hacia la puerta.
Antes de salir añadió:
—Y averígualo.
Georgia consiguió abrir el paraguas.
Inmediatamente se volvió del revés por el viento.
—¿Ves? —dijo—. Una estafa.
Damiano sostuvo la puerta.
—¿Qué cosa?
—Los paraguas.
Y salió caminando bajo la lluvia.
Damiano Fontana, hombre que había hecho esperar a empresarios, abogados y políticos sin sentir el menor remordimiento, salió detrás de ella.
El mercado nocturno cambió completamente la noche.
Había luces cálidas.
Vapor elevándose desde los puestos.
Música.
Gente hablando demasiado fuerte.
Ajo friéndose.
Niños corriendo.
Parejas compartiendo comida bajo pequeños toldos.
Georgia parecía pertenecer allí.
Damiano no.
Y ella lo notó inmediatamente.
—Estás mirando todo como si esperases un ataque.
Él se tensó.
—Costumbre.
—¿De contador?
—Mi trabajo tiene clientes difíciles.
—Claro.
Georgia compró dumplings.
Le entregó uno.
—No.
—¿Qué significa no?
—Que no quiero.
—No sabes si quieres porque no lo probaste.
—Sé lo que quiero.
—Eso suena insoportable.
—Georgia.
—Trevor.
Él la miró.
Ella sostuvo el dumpling frente a él.
Damiano terminó aceptándolo.
Mordió.
Georgia esperó.
Él tragó.
—Está bien.
—Mentiroso.
—Está bien.
—Quieres otro.
—No.
Dos minutos después estaba comiendo otro.
Georgia sonrió con una satisfacción insoportable.
—Te conozco.
—Llevamos una hora juntos.
—Y ya te conozco.
—Eso es estadísticamente improbable.
—Ahí está el contador.
Continuaron caminando.
En un puesto encontró unos lentes de plástico con forma de estrella.
—Póntelos.
—No.
—Trevor.
—No.
—Por favor.
—No.
Georgia se los puso ella misma.
—Mira.
Damiano la observó.
Ella parecía ridícula.
Y completamente feliz.
Después tomó otro par y se acercó.
—Inclínate.
—Georgia.
—Eres demasiado alto.
Contra todo sentido común, Damiano se inclinó.
Ella colocó los lentes sobre su rostro.
Se quedó mirándolo.
Luego soltó una carcajada tan fuerte que dos personas voltearon.
—Esto es increíble.
—Quítamelos.
Georgia sacó el teléfono.
—Ni se te ocurra.
Clic.
Damiano se quedó inmóvil.
Georgia miró la fotografía.
—Oh, esta será mi foto favorita para siempre.
—Bórrala.
—Jamás.
—Georgia.
—Trevor.
A quince metros, Enzo tuvo que mirar hacia otro lado.
Georgia guardó el teléfono.
—Tendrás que vivir sabiendo que existe.
Damiano pensó que normalmente nadie conservaba fotografías de él sin permiso.
Aquella noche decidió que podía hacer una excepción.
Siguieron caminando.
Georgia terminó entregándole dos bolsas.
—¿Por qué estoy cargando esto?
—Porque eres caballeroso.
—No recuerdo haber aceptado.
—Tu problema es que crees que todo necesita un contrato.
Él la miró.
—Probablemente.
Ella sonrió.
—Definitivamente contador.
Pero algo estaba cambiando.
Georgia empezó a notar detalles.
El vendedor que había discutido con ella sobre el aceite de chile se quedó pálido cuando Damiano se acercó a pagar.
Dos hombres vestidos de negro aparecían una y otra vez a distancia.
Un automóvil oscuro avanzaba lentamente cada vez que cambiaban de calle.
Y nadie chocaba accidentalmente contra Trevor.
En un mercado abarrotado, la gente parecía abrirse delante de él.
Georgia frunció el ceño.
—¿Eres famoso?
Damiano sintió un golpe de alerta.
—No.
—La gente te mira raro.
—Quizá son los lentes.
Ella soltó una carcajada.
La explicación funcionó.
Por ahora.
Entraron en una librería abierta las veinticuatro horas.
Georgia respiró profundamente.
—Este lugar sí me gusta.
—Huele a polvo.
—Exactamente.
Se volvió hacia él.
—Tenemos una regla.
—¿Desde cuándo?
—Desde ahora.
—Eso me preocupa.
—Tienes que elegir un libro que me diga quién eres realmente.
Damiano recorrió los estantes.
Volvió con un volumen sobre finanzas internacionales.
Georgia lo miró.
Luego miró el libro.
Después volvió a mirarlo.
—No.
—Pediste un libro.
—Pedí personalidad.
Le quitó el volumen.
—Esto es una petición de auxilio encuadernada.
Lo devolvió.
Buscó unos segundos.
Después puso una novela romántica en sus manos.
La portada mostraba un acantilado, una tormenta y un hombre de expresión sombría.
Damiano contempló la cubierta.
—No.
—Sí.
—Definitivamente no.
—Cobarde.
Él levantó los ojos.
Georgia sonrió.
—Te hace falta.
—¿Por qué?
Ella señaló al protagonista.
—Porque ese hombre se parece emocionalmente a ti.
—Es un dibujo.
—Es un hombre taciturno que probablemente cree que el amor es una debilidad hasta que aparece una mujer a complicarle la vida.
Damiano se quedó completamente quieto.
Georgia sintió que había tocado algo.
Su sonrisa disminuyó.
—Estoy bromeando.
Él volvió a mirar el libro.
—Lo compraré.
—No tienes que hacerlo.
—Acabas de llamarme cobarde.
—Era manipulación.
—Funcionó.
Compró el libro.
Afuera, Georgia le entregó la bolsa.
—Ahora tienes una historia con final feliz.
—¿Y?
—Te ves como un hombre que piensa que los finales felices son para otras personas.
Damiano la miró.
Aquella frase llegó demasiado cerca.
Georgia lo vio.
Y no preguntó.
Solo golpeó suavemente su hombro con el suyo.
—Vamos.
Caminaron sin rumbo durante casi una hora.
Georgia habló de su padre.
Había tenido un pequeño restaurante cuando ella era niña.
Nunca ganaron demasiado dinero.
Pero Georgia recordaba las noches llenas.
El ruido de los cubiertos.
Las familias celebrando cumpleaños.
Su padre caminando entre las mesas preguntando si todos estaban bien.
—Él decía que un buen lugar no se construye con muebles —explicó—. Se construye haciendo que la gente sienta que pertenece ahí.
—¿Por eso organizas eventos?
—Supongo.
Sonrió.
—Me gusta crear habitaciones donde nadie tenga que sentirse pequeño.
Damiano dejó de caminar durante medio segundo.
Ella no lo notó.
Porque él había pasado la mayor parte de su vida haciendo exactamente lo contrario.
Construía habitaciones donde todos sabían quién tenía el control.
Donde el miedo era útil.
Donde el silencio podía comprar obediencia.
Miró a Georgia.
Ella hablaba sobre centros de mesa.
Sobre cumpleaños.
Sobre una pareja anciana para quienes había organizado un aniversario de cincuenta años.
Y por primera vez en mucho tiempo, Damiano se preguntó cuándo había aceptado que su mundo tenía que ser como era.
—Te quedaste callado —dijo ella.
—Dijiste algo verdadero.
Georgia lo miró.
—Suelo hacerlo.
—Lo noté.
Llegaron a una pequeña cafetería que estaba a punto de cerrar.
Georgia pidió chocolate caliente.
Damiano café.
Ella hizo una mueca.
—Son casi las once.
—¿Y?
—¿Cómo duermes tomando café a esta hora?
—No duermo mucho.
Otra puerta.
Otra respuesta que Georgia podría haber empujado.
No lo hizo.
Se sentaron junto a la ventana.
Por unos minutos simplemente observaron la lluvia.
Después Georgia habló.
—Tengo que confesarte algo.
Damiano levantó los ojos.
—¿Qué?
—No quería venir.
—Eso ya lo había supuesto.
—Priya prácticamente me obligó.
—¿Por qué?
Georgia jugó con la taza.
—Porque mi última relación terminó mal.
—El hombre del emoji.
Ella señaló.
—No pronuncies su nombre.
—No conozco su nombre.
—Mejor.
Damiano sonrió.
Georgia respiró.
—Después de él decidí que quizá estaba cansada de intentar convencer a hombres de que soy suficiente.
Damiano frunció el ceño.
—¿Convencerlos?
—Ya sabes.
—No.
Georgia lo estudió.
Parecía sinceramente confundido.
—Hay hombres que salen con una mujer como yo y creen que deberían recibir una medalla por hacerlo.
La expresión de Damiano se enfrió.
—Idiotas.
Georgia parpadeó.
—Eso fue rápido.
—No parece complicado.
—Para algunos sí.
—Entonces son más idiotas de lo que pensé.
Ella bajó la mirada para esconder una sonrisa.
—Trevor.
—¿Sí?
—Estás arruinando esta cita.
—Pensé que estaba yendo bien.
—Ese es el problema.
Damiano no respondió.
Georgia levantó los ojos.
—Se suponía que ibas a ser aburrido.
—Lo siento.
—Se suponía que yo iba a volver a casa, decirle a Priya que lo intenté y continuar tranquilamente con mi vida.
—¿Y ahora?
Georgia lo miró durante demasiado tiempo.
—Ahora estoy considerando aceptar una segunda cita.
Algo extraño atravesó el pecho de Damiano.
Algo peligroso precisamente porque no tenía nada que ver con negocios, dinero o poder.
—Yo también.
Georgia sonrió.
Entonces su teléfono vibró.
PRIYA.
Georgia respondió.
—¿Qué?
La voz de su amiga casi gritó.
—¿DÓNDE ESTÁS?
Georgia apartó el teléfono.
—Estoy en una cita.
—¿CON QUIÉN?
—Con Trevor.
Hubo silencio.
—Georgia.
—¿Qué?
—Trevor lleva cuarenta minutos escribiéndome porque dice que tú nunca apareciste.
Georgia dejó de respirar.
Damiano la observó.
—¿Qué dijiste?
—Trevor está en el restaurante Bellini.
Georgia miró alrededor.
—No. Dijiste Vero.
—¡Dije “Vero Bellini”! ¡El café Bellini al lado de Vero!
El estómago de Georgia cayó.
Lentamente levantó los ojos hacia Damiano.
Él permanecía inmóvil.
Demasiado inmóvil.
—Tengo que llamarte después.
Colgó.
Silencio.
Georgia dejó el teléfono sobre la mesa.
—Tú no eres Trevor.
Damiano no respondió.
—Pregunté si eras Trevor.
—Lo recuerdo.
—Y dijiste que sí.
—Sí.
—¿Por qué?
Damiano respiró lentamente.
Ya no podía seguir ocultándolo.
Pero antes de responder, Salvatore apareció en la entrada.
No se acercó.
Solo miró a Damiano.
Una mirada.
Una señal.
Problemas.
Damiano se puso de pie.
Georgia también.
—¿Quién eres?
—Tenemos que salir.
—No.
—Georgia.
—No vas a hacer eso.
—¿Hacer qué?
—Usar esa voz de “yo mando y tú obedeces”.
Él se quedó quieto.
—Quiero saber tu nombre.
Salvatore volvió a mirar hacia la calle.
Damiano tomó el abrigo de Georgia.
—Te lo diré afuera.
—Dímelo ahora.
—Georgia.
Algo en su expresión la hizo callar.
No miedo.
Todavía no.
Pero sí la certeza de que el hombre frente a ella había cambiado.
O quizá simplemente había dejado de fingir.
Salieron.
La lluvia era más fuerte.
Dos vehículos negros se acercaron inmediatamente.
Georgia miró alrededor.
Los hombres.
Los coches.
Salvatore.
Enzo.
Y finalmente a Damiano.
—¿Quién eres?
Él sostuvo su mirada.
—Damiano Fontana.
El mundo pareció quedarse sin sonido.
Georgia conocía aquel nombre.
Todo el mundo lo conocía.
No necesitaba saber qué historias eran verdaderas.
Era suficiente con saber que nadie pronunciaba Fontana casualmente.
Ella retrocedió un paso.
Damiano lo notó.
Aquello le dolió más de lo que esperaba.
—No.
—Georgia…
—Tú eres ese Fontana.
—Sí.
—¿El Fontana?
—No sé cuántos Fontana crees que existen.
—¡No hagas bromas!
Su voz tembló.
Damiano dejó de sonreír.
Georgia señaló los coches.
—¿Ellos trabajan para ti?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Seis.
—Veo cuatro.
—Dos están atrás.
Ella se cubrió el rostro.
Y así llegaron exactamente al momento donde había comenzado aquella historia.
Georgia repasó mentalmente las últimas horas.
La corbata.
Los dumplings.
Los lentes.
El libro romántico.
La cuenta.
Dios.
La cuenta.
—Dividí la cena contigo.
—Sí.
—En tu restaurante.
—Sí.
—Me dejaste pagar.
—Insististe.
—¡Podías haber dicho que eras dueño!
—Eso habría complicado la explicación de por qué un contador era dueño del restaurante.
Georgia lo miró furiosa.
—No eres gracioso.
—Hace una hora pensabas lo contrario.
Aquello la silenció.
Porque tenía razón.
Y porque detrás del miedo y la sorpresa existía otra emoción todavía peor.
Decepción.
—Me mentiste.
Damiano endureció la mandíbula.
—Sí.
—Toda la noche.
—Sobre mi nombre y mi trabajo.
—Eso es bastante.
—Todo lo demás fue verdad.
Georgia soltó una risa amarga.
—¿Cómo sé eso?
Damiano no respondió.
Ella retrocedió.
—Necesito irme.
—Te llevaré.
—No.
—Está lloviendo.
—Pediré un taxi.
—No vas a subir sola a un automóvil a esta hora.
Georgia lo miró.
—No eres mi jefe.
Algo casi divertido apareció en sus ojos.
—Eso quedó claro hace aproximadamente cinco horas.
Ella quiso mantenerse enojada.
De verdad quiso.
Pero la frase era demasiado absurda.
Tuvo que mirar hacia otro lado para no sonreír.
Entonces Salvatore se acercó.
—Señor Fontana.
La voz había cambiado.
Damiano lo entendió inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Salvatore miró a Georgia.
—Tenemos un problema.
—Habla.
—Bellini no llegó a la reunión porque alguien lo interceptó.
Damiano se endureció.
—¿Quién?
—No sabemos.
Salvatore bajó la voz.
—Pero encontramos algo más.
Sacó su teléfono.
Mostró una fotografía.
Damiano la tomó.
Su expresión cambió.
Georgia no alcanzó a verla.
—¿Qué es?
Damiano levantó lentamente los ojos hacia ella.
—¿Desde cuándo organizas eventos?
Georgia frunció el ceño.
—Cinco años. ¿Qué tiene que ver eso?
—¿Trabajaste para Meridian Holdings hace tres semanas?
Su rostro cambió.
—Sí.
Damiano miró otra vez la pantalla.
Era una fotografía de Georgia saliendo de un edificio.
Tomada desde lejos.
Debajo había un mensaje recuperado de uno de los teléfonos asociados a Bellini.
“Ella tiene la copia.”
Damiano levantó la vista.
—Georgia, ¿qué ocurrió en ese evento?
—Nada.
—Piensa.
—Fue una cena corporativa.
—¿Viste algo extraño?
—No.
Ella se detuvo.
Recordó.
—Bueno…
Damiano esperó.
—Encontré un teléfono.
Salvatore se tensó.
—¿Dónde?
—Debajo de una mesa.
—¿Qué hiciste con él?
—Se lo entregué al gerente.
Damiano y Salvatore intercambiaron una mirada.
—¿Lo encendiste? —preguntó Damiano.
—No.
—¿Lo conectaste a algo?
Georgia pensó.
—Mi asistente lo conectó a mi computadora para intentar identificar al propietario.
Damiano dio un paso hacia ella.
—¿Tu computadora hizo una copia automática?
Georgia palideció.
—Todas las unidades externas se respaldan automáticamente.
Silencio.
La lluvia continuó cayendo.
Georgia sintió que el aire se volvía más frío.
—¿Qué había en ese teléfono?
Damiano miró a Salvatore.
—Eso es lo que alguien cree que ella sabe.
Georgia tragó saliva.
—Yo no sé nada.
—Ellos no necesitan creer que sabes —dijo Damiano—. Solo necesitan creer que tienes algo.
Entonces Georgia recordó otra cosa.
Una llamada.
Tres días después del evento.
Un hombre preguntando si había encontrado “material perdido”.
Ella había pensado que hablaba de decoración.
Después un correo electrónico extraño.
Después un automóvil negro que había visto dos veces cerca de su oficina.
Lo había ignorado.
Damiano vio cómo cambiaba su expresión.
—¿Qué?
Georgia respiró con dificultad.
—Creo que alguien me ha estado siguiendo.
El rostro de Damiano se volvió completamente frío.
—Desde cuándo.
No era una pregunta casual.
Era una orden.
Georgia le contó todo.
Cuando terminó, Damiano miró a Salvatore.
—Quiero dos hombres en su oficina.
—Ya.
—Otros dos en su casa.
—Entendido.
Georgia levantó una mano.
—Un momento. Nadie va a mi casa.
Damiano la miró.
—Sí van.
—No.
—Georgia.
—Damiano.
Salvatore miró al suelo.
Aquella mujer seguía discutiendo.
Incluso ahora.
—No puedes llenar mi vida de hombres armados porque accidentalmente cené contigo.
—Esto comenzó antes de que cenaras conmigo.
Georgia se quedó quieta.
—¿Qué?
Damiano levantó el teléfono.
—Esta foto fue tomada hace tres semanas.
Georgia sintió un escalofrío.
—Entonces nuestra cita…
—Fue accidental.
Damiano hizo una pausa.
—Pero que estuvieras en peligro no lo es.
La llevaron a su apartamento.
Georgia insistió en ir sola.
Damiano insistió en acompañarla hasta la puerta.
Ella terminó aceptando porque estaba demasiado cansada para continuar discutiendo.
Al llegar, la puerta estaba entreabierta.
Georgia se detuvo.
—Yo cerré.
Damiano inmediatamente la colocó detrás de él.
El cambio fue instantáneo.
El hombre de los dumplings desapareció.
El hombre de la novela romántica desapareció.
Frente a ella quedó Damiano Fontana.
—Atrás.
Georgia obedeció aquella vez.
Salvatore y Enzo entraron primero.
Treinta segundos después regresaron.
—Vacío.
Georgia entró.
Su apartamento estaba destruido.
Cajones abiertos.
Papeles por el suelo.
Cojines cortados.
La computadora había desaparecido.
Georgia sintió que las piernas le fallaban.
Damiano sostuvo su brazo.
—No.
Ella se apartó.
—No me toques.
Él retiró inmediatamente la mano.
Georgia caminó hacia su escritorio.
—Se llevaron la computadora.
—¿Tienes copias?
—En la nube.
Salvatore se acercó.
—Necesitamos acceso.
Georgia lo miró.
—No hasta que alguien me explique qué está pasando.
Damiano observó el apartamento.
Después a ella.
—Tienes razón.
Salvatore pareció sorprendido.
Damiano continuó.
—Pero aquí no.
—¿Dónde?
—En un lugar seguro.
Georgia soltó una risa seca.
—¿Tu casa?
—Sí.
—Claro. Porque ir a casa de un jefe de la mafia a medianoche es exactamente la clase de decisión responsable que mi madre esperaba que tomara.
Damiano casi sonrió.
—Puedes llamar a Priya y darle la dirección.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Y dejarás que me vaya cuando quiera?
Damiano la miró fijamente.
—Sí.
Georgia estudió su rostro.
—Promételo.
Salvatore levantó ligeramente la cabeza.
Nadie exigía promesas a Damiano Fontana.
Damiano respondió sin vacilar.
—Te lo prometo.
La residencia Fontana no era lo que Georgia esperaba.
No había estatuas doradas.
Ni tigres.
Ni hombres jugando cartas alrededor de una mesa cubierta de dinero.
Era una casa enorme, silenciosa, elegante y sorprendentemente vacía.
Georgia entró.
—Esperaba algo más dramático.
Damiano dejó el abrigo.
—¿Como qué?
—No sé. Un trono.
—Está en reparación.
Georgia lo miró.
Damiano mantuvo el rostro serio.
Ella terminó riéndose.
—Odio que ahora seas gracioso.
—Siempre lo fui.
—No exageres.
Salvatore colocó una computadora portátil sobre la mesa.
Georgia inició sesión en su respaldo.
Encontró la carpeta.
Un archivo desconocido.
Después otro.
Y otro.
Damiano se colocó detrás de ella.
—No abras nada todavía.
—¿Por qué?
—Porque si tiene seguimiento…
—Ya entendí.
Salvatore llamó a un especialista.
Veinte minutos después confirmaron que los archivos podían revisarse sin conexión.
Georgia abrió el primero.
Listas.
Transferencias.
Nombres.
Fechas.
Empresas.
Damiano dejó de respirar.
Salvatore murmuró:
—Dios.
Georgia miró a ambos.
—¿Qué?
Damiano señaló una columna.
—Es dinero desaparecido de empresas vinculadas a mi familia.
Georgia desplazó la pantalla.
Millones.
Transferencias durante años.
—¿Bellini?
—No solo Bellini.
Damiano señaló otro nombre.
Salvatore Russo.
Georgia giró lentamente hacia el hombre.
Salvatore estaba pálido.
—Eso no es mío.
Damiano lo miró.
—Lo sé.
—Alguien está usando mi nombre.
—Eso parece.
Georgia abrió otro documento.
Entonces apareció un apellido que hizo que Damiano quedara completamente inmóvil.
FONTANA, LORENZO.
Georgia lo miró.
—¿Quién es?
Damiano tardó en responder.
—Mi padre.
—¿Está involucrado?
—Murió hace quince años.
Georgia sintió que el ambiente cambiaba.
Damiano tomó la silla y se sentó.
Por primera vez desde que lo conocía parecía verdaderamente afectado.
—Estas transferencias comenzaron dos años antes de su muerte.
Salvatore revisó otra página.
—Y continuaron después.
Damiano cerró los ojos brevemente.
Alguien había utilizado empresas de su padre durante quince años.
Alguien de dentro.
Alguien con acceso.
Georgia abrió el último archivo.
Era una grabación.
Solo audio.
Presionó reproducir.
Una voz masculina llenó la habitación.
“Fontana nunca debe descubrir que Bellini no inició la guerra. Su propio padre lo hizo.”
Damiano se quedó inmóvil.
Otra voz respondió:
“¿Y la mujer?”
“Encuentren la copia antes que ella.”
Georgia sintió que la piel se le erizaba.
La grabación continuó.
“Si Fontana descubre lo que ocurrió la noche en que murió Lorenzo, todo se acaba.”
Silencio.
Georgia detuvo el audio.
Nadie habló.
Finalmente ella miró a Damiano.
—¿Cómo murió tu padre?
Él tenía los ojos clavados en la pantalla.
—Me dijeron que Bellini ordenó su muerte.
Georgia sintió un nudo en el pecho.
—¿Y si no fue así?
Damiano levantó lentamente la mirada.
Ya no había rastro del hombre que había sonreído con lentes de estrella.
—Entonces llevo quince años odiando al hombre equivocado.
A las tres de la mañana, Georgia seguía despierta.
Estaba en una habitación de invitados.
No podía dormir.
Abrió la puerta.
Encontró a Damiano solo en la cocina.
Sin saco.
Sin corbata.
Las mangas de la camisa arremangadas.
La novela romántica que ella le había obligado a comprar estaba sobre la mesa.
Georgia señaló el libro.
—¿En serio?
Damiano miró la portada.
—Necesitaba distraerme.
—¿Llegaste al capítulo tres?
—El protagonista es un idiota.
Georgia sonrió.
—Eso significa que estás enganchado.
Se sentó frente a él.
Durante un rato ninguno habló.
—Lo siento —dijo Georgia finalmente.
—¿Por qué?
—Por tu padre.
Damiano bajó los ojos.
—No sabes qué clase de hombre era.
—No.
—Quizá tampoco yo.
Georgia lo observó.
—¿Cuántos años tenías?
—Veinticuatro.
—Muy joven para heredar todo esto.
—En mi mundo veinticuatro no es joven.
—En todos los mundos lo es.
Él la miró.
Georgia continuó.
—¿Por eso no duermes?
Damiano no contestó.
Otra puerta cerrada.
Georgia no la empujó.
Se levantó.
—Buenas noches, Trevor.
Damiano la miró.
—Ese no es mi nombre.
Ella sonrió ligeramente.
—Lo sé.
Caminó hacia la puerta.
—Georgia.
Se volvió.
—Gracias.
—¿Por qué?
Damiano miró la novela.
Después a ella.
—Por las seis horas antes de que supieras quién era.
Georgia sintió algo apretarle el pecho.
—No fueron falsas para mí.
—Para mí tampoco.
Aquello era precisamente lo peligroso.
A la mañana siguiente, todo empeoró.
Priya llamó a las siete.
Estaba llorando.
—Georgia, alguien entró a mi apartamento.
Georgia se puso de pie de golpe.
Damiano apareció en la puerta segundos después.
—¿Qué ocurrió?
Georgia puso el altavoz.
Priya explicó que no le habían robado dinero.
Ni joyas.
Solo su teléfono antiguo.
El teléfono desde el que había organizado la cita.
Damiano y Salvatore intercambiaron una mirada.
—¿Por qué querrían eso? —preguntó Georgia.
Salvatore respondió.
—Porque necesitan saber cuánto fue accidente.
Damiano tomó el teléfono.
—Priya, escucha con atención. Dos personas llegarán en diez minutos. Irás con ellas a un hotel. Georgia te llamará desde otro número.
—¿Quién es usted?
Georgia cerró los ojos.
—Es una historia larga.
Priya hizo una pausa.
—Georgia.
—¿Sí?
—¿Qué hiciste?
Georgia miró a Damiano.
—Confundí a un jefe de la mafia con Trevor.
Silencio absoluto.
—Voy a matarte.
—Haz fila.
Damiano casi sonrió.
Pero Salvatore recibió un mensaje.
Su expresión cambió.
—Jefe.
Le entregó el teléfono.
Habían encontrado a Renato Bellini.
Estaba vivo.
Y quería hablar.
Solo con Damiano.
—Voy contigo —dijo Georgia.
—No.
—Mis archivos están en medio de esto.
—Precisamente.
—Damiano.
—No.
Ella cruzó los brazos.
—¿Recuerdas nuestra conversación sobre no ser mi jefe?
—Perfectamente.
—Excelente.
—También recuerdo prometer que podrías irte cuando quisieras. No prometí llevarte a una reunión potencialmente peligrosa.
Georgia apretó la mandíbula.
—Entonces iré sola.
Damiano la miró durante cinco segundos.
—Eres imposible.
—Lo dijiste como si fuera una noticia.
Una hora después estaban en un almacén restaurado junto al río.
Renato Bellini esperaba acompañado por dos hombres.
Era mayor de lo que Georgia esperaba.
Cabello gris.
Rostro cansado.
Cuando vio a Damiano levantó las manos.
—No vine armado.
—Eso sería inteligente.
Bellini miró a Georgia.
—Ella no debería estar aquí.
Georgia respondió antes que Damiano.
—Escucho eso mucho últimamente.
Bellini casi sonrió.
Después se puso serio.
—Tienes los archivos.
—Sí —dijo Damiano.
—Entonces sabes que tu padre no murió por orden mía.
Damiano se acercó.
—Todavía no sé nada.
Bellini sacó un sobre.
Salvatore lo revisó primero.
Dentro había fotografías.
Documentos.
Y una carta.
Damiano reconoció la letra inmediatamente.
La de su padre.
Leyó.
Su rostro cambió.
Georgia no preguntó.
Esperó.
Finalmente Damiano levantó los ojos.
—Mi padre sabía que alguien dentro de nuestra organización robaba dinero.
Bellini asintió.
—Quería reunirse conmigo para terminar la guerra.
—Nunca llegó.
—Porque alguien se aseguró de que no llegara.
—¿Quién?
Bellini miró hacia Salvatore.
Salvatore se tensó.
Pero Bellini negó con la cabeza.
—No él.
Sacó una fotografía.
Damiano la tomó.
Georgia vio a un hombre mucho más joven junto a Lorenzo Fontana.
Lo reconoció.
Había estado en Vero.
Sentado en la barra.
No Salvatore.
El otro hombre.
Enzo.
Damiano levantó la mirada.
—No.
Bellini habló suavemente.
—Su padre trabajó para el tuyo.
Salvatore palideció.
—Enzo tenía dieciséis cuando murió Lorenzo.
—Precisamente —respondió Bellini—. Él no comenzó esto.
Damiano comprendió.
—Su padre.
Bellini asintió.
—Vittorio Caruso.
El nombre cayó como una piedra.
Vittorio había sido consejero de Lorenzo Fontana.
Había muerto años atrás.
O eso creían.
Georgia sintió un escalofrío.
—¿Y Enzo?
Damiano sacó el teléfono.
Llamó.
Nadie respondió.
Otra vez.
Nada.
Entonces Georgia recordó algo.
La noche anterior.
Mientras caminaban por el mercado.
Había visto a Enzo hablando por teléfono.
Nada extraño.
Excepto por una frase.
“No lo sabe todavía.”
En aquel momento había supuesto que hablaba de Damiano y de la cita.
Ahora ya no estaba segura.
—Damiano.
Él la miró.
—Anoche escuché a Enzo decir algo.
—¿Qué?
Georgia se lo contó.
Damiano llamó inmediatamente a la casa.
Salvatore puso el altavoz.
Uno de los guardias respondió.
—Señor Fontana…
Su voz sonaba alterada.
—¿Dónde está Enzo?
—Se fue hace veinte minutos.
—¿Solo?
Silencio.
—No.
Damiano se endureció.
—¿Con quién?
La respuesta hizo que Georgia sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Con Priya.
Georgia corrió hacia la puerta.
Damiano la sujetó por el brazo.
—Suéltame.
—Escúchame.
—¡Tiene a mi amiga!
—Y la recuperaremos.
—¡No me digas que me calme!
—No iba a hacerlo.
Georgia respiraba rápido.
Damiano se inclinó hacia ella.
—Iba a decirte que necesito que pienses.
Aquello la detuvo.
—Enzo no tomó a Priya porque le importe Priya.
—Quiere los archivos.
—Sí.
—Entonces nos llamará.
El teléfono de Georgia sonó.
Número desconocido.
Todos se quedaron inmóviles.
Damiano extendió la mano.
Georgia negó.
—Es mi teléfono.
Respondió.
—¿Priya?
Una voz masculina.
—Hola, Georgia.
Enzo.
—Si le haces algo…
—No quiero hacerle daño.
—Entonces déjala ir.
—Dame la copia.
Georgia miró a Damiano.
Él negó lentamente.
Enzo continuó.
—Una hora. Te enviaré una ubicación.
—Quiero escucharla.
Hubo ruido.
Después la voz de Priya.
—Georgia, no vengas.
La llamada terminó.
Georgia bajó el teléfono.
Tenía las manos temblando.
Damiano las vio.
Sin decir nada, colocó las suyas alrededor de ellas.
—La traeremos.
Georgia levantó los ojos.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Damiano respondió con una calma que no tenía nada de arrogancia.
—Porque ahora sabemos qué quiere.
Durante los siguientes cuarenta minutos prepararon una copia falsa.
Georgia insistió en participar.
Damiano dejó de discutir.
Había comprendido algo fundamental.
Georgia no necesitaba que alguien decidiera por ella.
Necesitaba que alguien permaneciera a su lado mientras decidía.
La ubicación era un viejo teatro cerrado.
Georgia llegó con Damiano.
Salvatore y otros hombres permanecieron fuera.
Enzo esperaba en el escenario.
Priya estaba sentada a varios metros.
No parecía herida.
Georgia respiró aliviada.
—Déjala ir.
Enzo extendió la mano.
—La unidad.
Georgia levantó una memoria USB.
—Primero ella.
—Georgia.
—Primero ella.
Enzo sonrió.
—Ahora entiendo por qué le gustas.
Damiano se quedó inmóvil.
—No hagas esto más difícil.
Enzo miró a su jefe.
—Nunca fue personal.
—Quince años de mentiras parecen bastante personales.
El rostro de Enzo cambió.
—Mi padre construyó la mitad de lo que tu familia tiene.
—Y asesinó al mío.
—Tu padre iba a destruirlo todo.
—Porque robaba.
—Porque quería cambiar las reglas después de beneficiarse de ellas durante décadas.
Georgia escuchaba.
Aquello no era una discusión simple entre buenos y malos.
Era una herencia podrida.
Padres entregando secretos a hijos.
Deudas convertidas en lealtades.
Mentiras convertidas en guerras.
Damiano habló.
—Se acabó.
Enzo soltó una risa amarga.
—No se acaba porque tú lo digas.
—Sí.
Damiano dio un paso.
—Se acaba porque tengo pruebas.
Enzo miró la memoria.
—Todavía no.
Georgia sonrió.
Enzo frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿De verdad creíste que esa era la única copia?
Silencio.
—Soy organizadora de eventos —continuó Georgia—. He perdido suficientes archivos por clientes que cambian de opinión cinco veces como para respaldar absolutamente todo.
Enzo palideció.
Georgia levantó el teléfono.
—Hay copias en tres servidores.
Damiano la miró.
Aquello no estaba en el plan.
Georgia improvisaba.
—Y hace veinte minutos programé un correo para enviar todo a un abogado.
Enzo miró a Damiano.
—Está mintiendo.
Damiano observó a Georgia.
La pequeña inclinación de su boca le dijo todo.
—No —dijo—. No lo está.
Georgia sí estaba mintiendo.
Pero Damiano decidió confiar.
Enzo dudó.
Fue suficiente.
Priya se levantó y corrió.
Salvatore entró inmediatamente con los demás.
Enzo comprendió que había perdido.
No hubo disparos.
No hubo sangre.
Solo el sonido seco de una verdad que finalmente alcanzaba a quienes habían pasado años huyendo de ella.
Horas después, Georgia estaba nuevamente en la casa Fontana.
Priya dormía en una habitación.
Salvatore revisaba documentos con abogados.
Enzo había aceptado hablar.
Y cada declaración revelaba otra capa.
Vittorio Caruso había utilizado el nombre de Lorenzo durante años.
Había alimentado la guerra entre Fontana y Bellini.
Había robado millones.
Y había criado a su hijo para proteger aquella mentira.
Pero quedaba una pregunta.
—¿Por qué fotografiarme tres semanas antes? —preguntó Georgia.
Damiano estaba frente a la ventana.
—Porque encontraron el respaldo antes que nosotros.
—Entonces podían simplemente entrar a mi apartamento.
—Querían saber si habías visto los archivos.
Georgia asintió.
Después frunció el ceño.
—Pero eso no explica algo.
—¿Qué?
—Mi cita.
Damiano se volvió.
Georgia tomó su teléfono.
Abrió los mensajes de Priya.
—Ella juró que me escribió “Vero Bellini”.
—¿Y?
Georgia mostró la pantalla.
El mensaje decía claramente:
“Vero. Mesa de la esquina. Traje oscuro.”
Damiano se acercó.
—¿Lo modificaron?
—No puedes editar un mensaje después de tantos días sin que aparezca indicado.
Georgia abrió una captura de pantalla que había enviado a otra amiga aquella tarde.
La captura decía lo mismo.
Vero.
Sin Bellini.
Damiano se quedó inmóvil.
—Alguien quería que fueras a Vero.
Georgia sintió frío.
—Pero ¿por qué?
Salvatore entró.
—Porque tenemos otro problema.
Colocó un teléfono sobre la mesa.
—Revisamos el dispositivo de Enzo.
Abrió una conversación.
Había una fotografía de Georgia.
Otra de Damiano.
Y un mensaje enviado la tarde anterior, antes de que Georgia llegara al restaurante.
“Ella estará en Vero a las seis. Asegúrense de que Fontana esté allí.”
Georgia miró a Damiano.
—Nuestra cita no fue un accidente.
—No.
Salvatore desplazó la pantalla.
—Y hay más.
El siguiente mensaje provenía de un número desconocido.
“Si ella consigue acercarse a él, Fontana hará el resto.”
Georgia sintió que se le secaba la boca.
—¿Quién envió eso?
—Todavía no sabemos.
Damiano tomó el teléfono.
Había pasado toda la noche creyendo que el destino, la casualidad o simplemente un error ridículo había colocado a Georgia frente a él.
Pero alguien los había puesto en la misma habitación.
Alguien sabía que ella tenía los archivos.
Alguien sabía que él estaría en Vero.
Y alguien había apostado a que Damiano Fontana no sería capaz de ignorar a una mujer como Georgia Flynn.
—Nos utilizaron —dijo Georgia.
Damiano negó lentamente.
—Lo intentaron.
Ella lo miró.
—Hay una diferencia.
—¿Cuál?
Damiano se acercó.
—Ellos pudieron ponerte en aquella mesa.
Su voz bajó.
—No pudieron decidir lo que pasó después.
Georgia sintió que el corazón golpeaba demasiado rápido.
—¿Te refieres a cuando insulté tu corbata?
—Entre otras cosas.
—¿A cuando te obligué a cargar bolsas?
—Tampoco olvidaré eso.
—¿Los lentes?
—Esos deben desaparecer.
Georgia sonrió.
—Jamás.
Por primera vez desde que todo había comenzado, la tensión desapareció un poco.
Damiano miró su sonrisa.
Después su rostro se volvió serio.
—Georgia.
—¿Sí?
—Cuando esto termine…
Ella esperó.
—Quiero volver a invitarte a salir.
Georgia levantó una ceja.
—¿Una cita real?
—Sí.
—¿Con tu nombre verdadero?
—Sí.
—¿Sin seis hombres siguiéndonos?
Damiano pensó.
—Puedo negociar dos.
Georgia soltó una carcajada.
—Cuatro menos es progreso.
—Entonces, ¿sí?
Ella lo estudió.
—Todavía estoy enojada contigo.
—Lo sé.
—Mentiste.
—Lo sé.
—Y tienes problemas que harían parecer emocionalmente estable al protagonista de esa novela.
—Probablemente.
Georgia sonrió.
—Pero quiero terminar aquella cita.
Damiano exhaló.
—Bien.
—Con una condición.
—Por supuesto.
Ella tomó su corbata gris entre dos dedos.
—Esto desaparece.
Damiano miró la tela.
—Es una buena corbata.
—Damiano.
—Costó cuatrocientos dólares.
—Eso la hace una desesperación cara.
Él finalmente sonrió.
Georgia tiró suavemente de la corbata.
—Mañana vamos a comprar otra.
—¿Me estás dando órdenes otra vez?
—Sí.
—Bien.
Georgia parpadeó.
—¿Bien?
—He descubierto que no me molesta cuando vienen de ti.
El teléfono de Salvatore sonó.
Los tres voltearon.
Salvatore respondió.
Escuchó.
Su expresión se endureció.
—Entendido.
Colgó.
Damiano supo inmediatamente que algo había ocurrido.
—¿Qué?
Salvatore miró primero a Georgia.
Después a él.
—Encontraron a Vittorio Caruso.
Damiano quedó inmóvil.
—¿Vivo?
—Sí.
Georgia sintió un escalofrío.
—¿Dónde?
Salvatore tardó en responder.
—Ese es el problema.
Damiano frunció el ceño.
—Habla.
—No lo encontramos nosotros.
—¿Entonces quién?
Salvatore puso una fotografía sobre la mesa.
Mostraba a Vittorio Caruso sentado en una habitación desconocida.
Frente a él había un periódico de aquella mañana.
Estaba vivo.
Más viejo.
Pero definitivamente vivo.
Y sostenía una tarjeta blanca.
Damiano amplió la imagen.
Había una frase escrita a mano.
“PREGÚNTALE A GEORGIA QUIÉN ERA REALMENTE SU PADRE.”
El silencio fue absoluto.
Georgia dejó de respirar.
—¿Qué?
Damiano la miró.
Ella estaba tan sorprendida como él.
—Mi padre tenía un restaurante —susurró—. Murió hace siete años. No tenía nada que ver con ustedes.
Salvatore recibió otro archivo.
—Hay una segunda fotografía.
La abrió.
Georgia se acercó.
Y el mundo pareció detenerse.
Era una imagen antigua.
Probablemente de hacía más de veinte años.
Lorenzo Fontana estaba de pie frente a un pequeño restaurante.
A su lado había otro hombre.
Más joven.
Sonriendo.
Georgia reconoció aquel rostro inmediatamente.
Había visto esa sonrisa en fotografías toda su vida.
—Papá…
Su mano comenzó a temblar.
Damiano miró la fotografía.
Después a Georgia.
En el reverso digitalizado aparecía una fecha.
Y cuatro palabras escritas con tinta azul:
“Lorenzo y Michael Flynn.
Socios hasta el final.”
Georgia retrocedió.
—No.
Damiano volvió a mirar la fotografía.
—Tu padre conocía al mío.
—Eso es imposible.
Salvatore habló.
—Hay algo más.
Georgia cerró los ojos.
—Por supuesto que hay algo más.
Salvatore abrió el último documento.
Era una copia de un contrato antiguo.
Dos firmas.
Lorenzo Fontana.
Michael Flynn.
Y una tercera línea que ninguno esperaba.
BENEFICIARIA: GEORGIA ELENA FLYNN.
Georgia miró su nombre.
—¿Beneficiaria de qué?
Salvatore desplazó la página.
La cantidad aparecía al final.
Georgia tuvo que leerla tres veces.
No era una pequeña cuenta.
No era una herencia normal.
Era una participación oculta en varias propiedades que ahora formaban parte del imperio Fontana.
Damiano hizo el cálculo mental.
Su expresión cambió.
Georgia lo miró.
—¿Cuánto?
Él no respondió.
—Damiano.
—Lo suficiente para que mucha gente quisiera asegurarse de que nunca descubrieras que existía.
Georgia sintió que le faltaba aire.
Durante toda su vida había creído que su padre había perdido su restaurante por deudas.
Que había muerto sin dejar nada.
Que ella había construido su pequeña empresa desde cero porque no existía otra opción.
Y ahora un documento decía que Michael Flynn había sido socio secreto del padre de Damiano Fontana.
Pero todavía quedaba una pregunta peor.
Si aquello era verdad…
¿por qué su padre jamás se lo había contado?
Salvatore abrió el último archivo recuperado del teléfono de Enzo.
Era un video.
Fecha: siete años atrás.
La misma semana en que Michael Flynn había muerto.
Georgia sintió que las piernas le temblaban.
Damiano se acercó.
—No tienes que verlo ahora.
Georgia negó.
—Sí.
—Georgia…
—Toda mi vida la gente decidió qué verdad podía soportar.
Miró la pantalla.
—Se acabó.
Presionó reproducir.
La imagen tembló.
Apareció su padre.
Michael Flynn.
Más delgado de lo que ella recordaba.
Nervioso.
Mirando directamente a la cámara.
Georgia se llevó una mano a la boca.
Entonces él habló.
—Georgia, si estás viendo esto, significa que no pude explicártelo personalmente.
Las lágrimas llenaron inmediatamente sus ojos.
Damiano permaneció a su lado sin tocarla.
Michael continuó.
—Hay cosas que hice antes de que nacieras. Personas con quienes trabajé. Decisiones de las que no estoy orgulloso.
Respiró.
—Pero quiero que recuerdes algo.
Georgia lloraba en silencio.
—Todo lo que hice después fue para mantenerte lejos de ese mundo.
La grabación se distorsionó.
Después volvió.
—Lorenzo Fontana era mi amigo.
Damiano cerró los ojos.
—Y cuando descubrimos quién estaba robando, intentamos detenerlo.
Michael miró hacia un lado.
Como si escuchara un ruido.
Después volvió a la cámara.
—Si algo me ocurre, no confíes en Vittorio Caruso.
La imagen volvió a temblar.
—Y si alguna vez conoces a Damiano Fontana…
Georgia miró a Damiano.
Él también estaba completamente inmóvil.
Michael sonrió tristemente desde una grabación de siete años atrás.
—Dile que su padre murió intentando protegerlo de la misma guerra de la que yo intenté protegerte a ti.
El video terminó.
Georgia no dijo nada.
No podía.
Damiano tampoco.
Dos hijos.
Dos padres.
Una mentira de quince años.
Y una cita que alguien había organizado creyendo que podría utilizarlos como piezas.
Georgia finalmente limpió sus lágrimas.
—Entonces quien nos puso juntos sabía todo esto.
—Sí —respondió Damiano.
—Sabía quién era mi padre.
—Sí.
—Sabía de la herencia.
—Probablemente.
Georgia miró la fotografía de Vittorio.
—Y quiere que vayamos tras él.
Damiano la observó.
—Eso parece.
—¿Por qué?
Antes de que pudiera responder, el teléfono de Georgia vibró.
Número desconocido.
Todos miraron la pantalla.
Llegó un mensaje.
Georgia lo abrió.
Solo había una dirección.
Debajo, una frase.
“MEDIANOCHE. SOLO LOS DOS HIJOS.”
Y después otra.
“TRAIGAN LA FOTOGRAFÍA.”
Damiano tomó su teléfono.
—No iremos.
Georgia lo miró.
—Sí iremos.
—No.
—Damiano.
—Puede ser una trampa.
—Claro que es una trampa.
—Entonces no iremos.
Georgia se acercó.
—Toda mi vida creí que mi padre era un hombre bueno que tuvo mala suerte.
Su voz tembló, pero no bajó.
—Tú pasaste quince años creyendo que Bellini destruyó a tu familia.
Señaló la pantalla.
—Ese hombre sabe la verdad.
Damiano apretó la mandíbula.
—Y precisamente por eso quiere que vayamos.
Georgia sostuvo su mirada.
—Entonces esta vez no vamos a entrar como él espera.
Damiano guardó silencio.
Georgia respiró profundamente.
—¿Confías en mí?
Aquella pregunta lo golpeó.
Porque unas horas antes ella había tenido todos los motivos para no confiar en él.
Damiano miró a la mujer que había entrado accidentalmente en su vida creyendo que era un contador.
La mujer que había convertido una reunión criminal en una cena absurda.
Que había hecho que abandonara una negociación por dumplings.
Que había mirado al hombre más temido de la ciudad y no había visto poder.
Había visto soledad.
Y ahora resultaba que sus familias habían estado conectadas mucho antes de que ellos se conocieran.
—Sí —respondió.
Georgia asintió.
—Bien.
Tomó la fotografía de sus padres.
—Entonces terminemos lo que ellos empezaron.
Afuera, la lluvia había cesado.
Pero en algún lugar de la ciudad, Vittorio Caruso esperaba.
Y sobre una mesa frente a él había dos sobres.
Uno llevaba el nombre de Damiano.
El otro llevaba el nombre de Georgia.
Dentro del primero estaba la verdad sobre la muerte de Lorenzo Fontana.
Dentro del segundo había algo todavía más peligroso.
Un certificado.
Una firma.
Y una revelación que Georgia jamás habría imaginado.
Porque Michael Flynn no solo había protegido una fortuna para su hija.
Había protegido un secreto sobre su nacimiento.
Un secreto que podía cambiar quién era Georgia Flynn.
Y cuando Vittorio miró el reloj y vio que faltaban menos de dos horas para la medianoche, sonrió.
—Vamos —murmuró—. Es hora de que los hijos descubran lo que hicieron realmente sus padres.
¡FIN!
Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.