**“Ya no puedo más”, confesó el jefe mafioso ebrio al tocar la puerta de su criada; esa noche ella descubrió quién quería destruirlo**

“Ya no puedo más”, confesó el jefe mafioso ebrio al tocar la puerta de su criada; esa noche ella descubrió quién quería destruirlo
—Encuéntrenlo.
Tommy Fitzgerald dejó el vaso de whisky sobre la mesa con tanta fuerza que el cristal tembló.
Su mirada recorrió a los hombres armados que esperaban órdenes en el vestíbulo de la mansión Gallagher.
—Revisen cada habitación. El sótano. Los jardines. Los garajes. Las paredes si hace falta. Declan está herido. No pudo haber llegado lejos.
Nadie respondió.
No era necesario.
Tommy sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Segura.
Cruel.
Estaba convencido de que el hombre que había gobernado durante doce años uno de los sindicatos clandestinos más poderosos de Chicago estaba acabado.
Lo que Tommy no sabía era que, apenas unos metros debajo de sus zapatos italianos, detrás de una pared que casi nadie recordaba que existía, Declan Gallagher seguía respirando.
Y la mujer que lo sostenía en pie no era uno de sus guardaespaldas.
No era un médico privado.
No era uno de sus socios.
Era Abigail Duncan.
La criada de talla grande a la que todos habían aprendido a ignorar.
La mujer de veintiséis años que limpiaba sus copas, cambiaba sus sábanas, escuchaba sus conversaciones y bajaba la mirada cada vez que alguien se burlaba de su cuerpo.
La mujer que Tommy ni siquiera se había molestado en considerar una amenaza.
Ese fue su primer error.
El segundo fue creer que Abigail no entendía nada de lo que escuchaba.
Y el tercero…
El tercero sería descubrir demasiado tarde que una mujer invisible puede conocer todos los secretos de una casa.
Incluso los que pueden destruir un imperio.
La propiedad Gallagher se levantaba en Lake Forest, al norte de Chicago, detrás de dos filas de árboles desnudos y una verja negra de casi cuatro metros.
Desde afuera parecía la residencia de un empresario excéntrico.
Piedra gris.
Ventanas altas.
Jardines perfectamente cuidados.
Una fuente central que en invierno quedaba cubierta por hielo.
Declan Gallagher aparecía en revistas financieras como desarrollador inmobiliario y propietario de hoteles, estacionamientos y empresas de transporte.
Tenía treinta y ocho años.
Cabello oscuro.
Ojos azules que podían pasar de tranquilos a imposibles de leer en cuestión de segundos.
Y una reputación que hacía que hombres con más dinero que él bajaran la voz al pronunciar su apellido.
Dentro de la mansión existía otra realidad.
Reuniones a medianoche.
Sobres cerrados.
Teléfonos que nunca aparecían registrados a nombre de nadie.
Hombres que entraban por la puerta trasera y salían sin despedirse.
Abigail llevaba tres años trabajando allí.
Tres años viendo cosas que prefería no comprender.
Había llegado a la mansión por una razón que nunca contaba.
Su hermano menor, Leo, había cometido una estupidez a los veintiún años.
Había pedido dinero prestado.
Mucho.
Cincuenta mil dólares.
Había pensado que podría recuperarlo apostando.
Perdió.
Luego trató de pedir otro préstamo para cubrir el primero.
Terminó debiendo a personas relacionadas con hombres que trabajaban para Gallagher Holdings.
Abigail tenía entonces veintitrés años y estudiaba enfermería.
Le faltaban poco más de doce meses para terminar.
Una tarde recibió una llamada.
Leo estaba llorando.
—Abi, hice algo horrible.
Ella abandonó una clase de farmacología y corrió a buscarlo.
Dos semanas después dejó la universidad.
Un mes después comenzó a trabajar en la propiedad Gallagher.
Nunca había sabido si Declan conocía realmente las circunstancias de su contratación.
La administradora de la casa solo le había explicado que parte de su salario cubriría “una obligación financiera familiar”.
Abigail aceptó.
No porque fuera ingenua.
Porque Leo era su hermano.
Su madre había muerto cuando ellos eran adolescentes y Abigail había pasado la mitad de su vida sintiendo que tenía que mantenerlo a salvo.
Al principio pensó que trabajaría unos meses.
Luego un año.
El año se convirtió en dos.
Después en tres.
Y cada vez que preguntaba cuánto faltaba para terminar de pagar la deuda, las cifras parecían cambiar.
—Intereses —decía el administrador.
—Comisiones.
—Penalizaciones.
—Gastos de cobranza.
Abigail sabía sumar.
Sabía que algo no cuadraba.
Pero una mujer sin dinero, sin abogado y con un hermano aterrorizado aprende rápidamente que tener razón no siempre significa tener poder.
Así que continuó trabajando.
Se levantaba a las cinco y cuarto.
Preparaba café para hombres que jamás recordaban su nombre.
Pulía muebles que costaban más que el apartamento donde vivía Leo.
Lavaba manchas de vino de alfombras persas.
Organizaba habitaciones después de fiestas donde los invitados dejaban billetes de cien dólares arrugados junto a copas vacías.
Y escuchaba.
Escuchaba muchísimo.
Su tamaño ayudaba a volverla invisible.
Era una realidad que le dolía admitir.
Abigail siempre había sido una mujer grande.
Caderas anchas.
Muslos fuertes.
Brazos suaves.
Un rostro redondo con ojos color miel que parecían demasiado amables para aquella casa.
Había aprendido desde adolescente a notar las miradas.
Las sonrisitas.
Los comentarios disfrazados de consejo.
“Con una cara tan bonita, si bajaras un poco…”
“¿De verdad vas a comer eso?”
“Ese vestido no es para tu tipo de cuerpo.”
En la mansión era peor.
Las mujeres que acompañaban a los socios de Declan parecían salidas de revistas.
Tacones imposibles.
Vestidos diminutos.
Cabello perfecto.
Abigail nunca las envidió.
Pero sí aprendió a desaparecer cuando ellas llegaban.
El uniforme negro ayudaba.
Era demasiado ancho en los hombros y demasiado largo en las piernas.
Victoria Kensington había ordenado específicamente que las empleadas domésticas vistieran así.
Sobre todo Abigail.
Victoria era la prometida de Declan.
Treinta y dos años.
Hija del senador estatal Edward Kensington.
Rubia.
Elegante.
Delgada hasta parecer frágil.
Nunca levantaba la voz.
No lo necesitaba.
Podía hacer daño hablando despacio.
Una semana antes de la gala de invierno, encontró a Abigail puliendo la mesa principal del comedor.
Victoria se detuvo detrás de ella.
Abigail lo supo por su perfume.
Jazmín y algo amargo.
—Ten cuidado con las sillas.
Abigail levantó la vista.
—¿Señora?
Victoria señaló una silla antigua.
—Son francesas. Siglo diecinueve. No quisiera que una terminara dañada.
Hizo una pausa.
Luego miró deliberadamente el cuerpo de Abigail.
—Especialmente si alguien se apoya con demasiado peso.
Dos mujeres sentadas cerca soltaron una risa.
Abigail sintió el calor subirle al rostro.
—Tendré cuidado.
—Eso espero. Declan se pone de muy mal humor cuando alguien rompe cosas caras.
—El mobiliario puede reemplazarse.
La voz masculina llegó desde la entrada.
Las risas se apagaron.
Declan Gallagher estaba de pie junto a la puerta.
Traje gris oscuro.
Corbata negra.
Una carpeta bajo el brazo.
No parecía enojado.
Eso era lo que más inquietaba a la gente.
Declan rara vez necesitaba parecer enojado.
Caminó hasta la mesa.
Dejó la carpeta sobre la madera.
Miró primero a Abigail.
Después a Victoria.
—¿Qué dijiste?
Victoria sonrió.
—Nada importante.
—Te escuché.
La sonrisa desapareció un poco.
—Era una broma.
—No parecía divertida.
—Declan…
Él levantó una mano.
No con violencia.
Solo para detenerla.
—Las personas que trabajan en esta casa no son parte de la decoración, Victoria.
Ella apretó la mandíbula.
—Nunca dije eso.
—Pero actúas como si lo fueran.
Luego señaló a Abigail con la mirada.
—Discúlpate.
El comedor quedó en silencio.
Abigail deseó desaparecer.
No quería aquella atención.
Mucho menos de Declan.
Victoria tardó varios segundos.
—Lo siento, Abigail.
No sonó arrepentida.
Pero lo dijo.
Declan recogió su carpeta.
Antes de salir miró de nuevo a Abigail.
—Y si alguien vuelve a hacer comentarios sobre tu cuerpo mientras trabajas aquí, vienes directamente a mí.
Abigail abrió los labios.
No encontró respuesta.
Declan se marchó.
Victoria esperó hasta que desapareció del pasillo.
Entonces se acercó a Abigail.
—Disfruta el momento.
Su sonrisa era helada.
—No volverá a ocurrir.
Se equivocaba.
Porque desde aquella tarde, Declan comenzó a verla.
No como Victoria temía.
No al principio.
Era algo más extraño.
Parecía observarla con curiosidad.
Como si tratara de resolver una pregunta.
La verdadera razón comenzó dos meses antes.
Una noche de octubre.
Abigail se había despertado cerca de las dos para beber agua.
El corredor del segundo piso estaba oscuro.
Mientras caminaba hacia la cocina oyó un golpe en la biblioteca.
Se detuvo.
Otro golpe.
Luego una respiración irregular.
Abigail empujó la puerta.
Declan estaba sentado en el suelo junto al escritorio.
Sin chaqueta.
Con la corbata arrancada.
Una mano contra el pecho.
La otra apoyada sobre la alfombra.
Sus ojos estaban abiertos de una manera que Abigail jamás había visto.
No había frialdad.
No había autoridad.
Había miedo.
Un miedo puro.
Descontrolado.
—No puedo respirar.
Abigail reconoció los síntomas.
Había visto algo parecido durante sus prácticas de enfermería.
Cerró la puerta detrás de ella.
—Señor Gallagher.
Él trató de levantarse.
No pudo.
—Llama a Patrick.
Patrick era el jefe de seguridad.
Abigail negó con la cabeza.
—Primero míreme.
—Llama…
—Míreme.
Hubo algo en su tono que lo hizo obedecer.
Ella se arrodilló delante de él.
—Ponga una mano aquí.
Tomó la mano de Declan y la apoyó sobre su propio abdomen.
—Vamos a respirar despacio.
Él la miró con furia.
—No me digas que respire.
—Entonces gríteme después.
Declan parpadeó.
Abigail continuó.
—Ahora respire.
Cuatro segundos.
Pausa.
Soltar.
Otra vez.
Al principio fue imposible.
Luego un poco menos.
El tiempo pasó.
Diez minutos.
Veinte.
Cuarenta.
Abigail permaneció en el suelo.
No preguntó por qué un hombre aparentemente invencible estaba sufriendo un ataque de pánico.
No preguntó qué lo había provocado.
No llamó a nadie.
Cuando Declan finalmente recuperó el control, tenía la camisa pegada a la espalda por el sudor.
Abigail le dio agua.
Él sostuvo el vaso con ambas manos.
—¿Vas a decírselo a alguien?
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué lo haría?
—Porque todo el mundo utiliza algo.
Abigail no respondió enseguida.
Después dijo:
—No todo el mundo.
Se levantó.
Llegó a la puerta.
—Abigail.
Ella se giró.
Declan estaba mirándola.
Ya no parecía el jefe de nada.
Solo un hombre agotado.
—Gracias.
Ella asintió.
—Descanse, señor Gallagher.
Nunca mencionó aquella noche.
Ni una sola vez.
Eso fue lo que cambió todo.
Declan estaba acostumbrado a comprar lealtad.
La lealtad de Abigail no había costado nada.
Y eso lo inquietaba más que cualquier deuda.
Durante las semanas siguientes, Abigail comenzó a notar cosas.
Conversaciones que se detenían cuando Declan entraba.
Documentos que Tommy Fitzgerald retiraba de la oficina.
Llamadas de Victoria desde teléfonos distintos.
Una noche escuchó a Tommy decir:
—Cuando ocurra, tiene que parecer un conflicto interno.
Otra voz respondió:
—Kensington quiere distancia.
—Kensington siempre quiere distancia.
—¿Y la chica?
—Victoria sabe qué hacer.
Abigail estaba limpiando un conducto de ventilación en el pasillo contiguo.
Se quedó completamente quieta.
No sabía a qué se referían.
Pero su estómago se cerró.
Dos días después encontró una hoja quemada a medias dentro de la chimenea de la oficina secundaria.
Solo quedaban unas palabras.
“Cuarta Calle.”
“23:40.”
“Cambio de vehículo.”
“D.G.”
No necesitó preguntar quién era D.G.
Intentó hablar con Declan.
Tres veces.
Nunca pudo.
Tommy estaba siempre cerca.
Victoria también.
Y Abigail tenía miedo de equivocarse.
Acusar al segundo hombre más importante del sindicato de planear algo sin pruebas podía terminar muy mal.
Entonces llegó la gala.
Doscientos invitados.
Champaña.
Música.
Políticos.
Empresarios.
Personas que fingían no saber quién era realmente Declan Gallagher.
Abigail trabajó seis horas sin sentarse.
A la una y media regresó a su habitación en el sótano.
Se quitó el uniforme.
Se puso pantalones deportivos y un suéter gris enorme.
Soltó su cabello.
Se dejó caer sobre la cama.
Pensó en Leo.
Pensó en el documento quemado.
Pensó en Declan.
Algo iba mal.
Podía sentirlo.
A las dos cuarenta y siete escuchó neumáticos sobre la grava.
Después una puerta de automóvil.
Luego otra.
Un grito lejano.
Después silencio.
Abigail se incorporó.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Entonces oyó pasos en la escalera del sótano.
Lentos.
Pesados.
Irregulares.
Un hombro golpeó una pared.
Luego otro paso.
Abigail miró la puerta.
Tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
—¿Quién es?
Silencio.
Después una voz.
—Abi.
Su corazón se detuvo.
Era Declan.
Pero nunca la llamaba Abi.
—Abre.
Abigail corrió.
Giró el pestillo.
La puerta apenas se abrió cuando un cuerpo enorme se apoyó contra el marco.
Abigail ahogó un grito.
Declan estaba irreconocible.
El esmoquin negro tenía un corte en el hombro.
La camisa estaba manchada de sangre.
Un lado del rostro estaba amoratado.
Sus nudillos estaban abiertos.
Olía a lluvia.
A alcohol.
A humo.
Y a hierro.
Sangre.
—Dios mío.
—Cierra.
Ella miró detrás de él.
—¿Quién te hizo esto?
—Cierra la puerta.
Abigail obedeció.
Declan trató de avanzar.
Sus piernas fallaron.
Ella consiguió atraparlo antes de que golpeara el suelo.
Era mucho más pesado que ella.
Casi cien kilos de músculo y agotamiento.
Pero Abigail siempre había sido fuerte.
Lo sostuvo por debajo de los brazos.
—Vamos.
—Déjame.
—Cállate.
Él soltó una risa dolorosa.
—Nunca me hablas así.
—Nunca llegas a mi habitación medio desangrado.
Lo arrastró hasta la cama.
Declan cayó de lado y apretó los dientes.
Su mano estaba contra las costillas.
Abigail cerró la puerta con llave.
Luego abrió el pequeño armario debajo de su lavabo.
Sacó una bolsa médica.
Declan la miró.
—¿Por qué tienes eso?
—Estudiaba enfermería.
—Eso lo sé.
Abigail se detuvo.
—¿Lo sabes?
—Sé bastante sobre ti.
Ella no tuvo tiempo de pensar en eso.
Tomó unas tijeras.
—Voy a cortar la camisa.
—Es Brioni.
—Puede demandarme mañana.
Cortó la tela.
La herida más importante estaba en el costado.
No parecía una bala incrustada.
Más bien un roce profundo.
Había otra lesión en el hombro.
Abigail respiró con alivio.
—No parece que haya nada dentro.
—Buenas noticias.
—Todavía puedes desangrarte si sigues hablando.
Él cerró los ojos.
Abigail trabajó rápido.
Presión.
Limpieza.
Vendajes.
La mayor parte del sangrado disminuyó.
—Necesitas un hospital.
—No.
—Declan…
Sus ojos se abrieron.
—Tommy.
Abigail se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tommy organizó todo.
La habitación pareció hacerse más pequeña.
—¿Victoria?
Declan soltó una risa sin humor.
—Ella estaba allí.
Abigail sintió frío.
—¿Qué ocurrió?
—Me enviaron a un almacén de la Cuarta Calle. Una supuesta reunión con Brennan.
La hoja quemada.
Abigail apretó los labios.
—Era una trampa.
—Sí.
—¿Cómo saliste?
—Por una ventana.
—¿Y bebiste?
—Antes.
—¿Cuánto?
—Demasiado.
—Muy inteligente.
Declan sonrió con los ojos cerrados.
—Eso mismo pensé mientras atravesaba una ventana.
Abigail continuó limpiando la herida.
Las manos le temblaban un poco.
Él lo notó.
—Abi.
—No hables.
—Mírame.
Ella levantó los ojos.
Por primera vez vio algo que la asustó más que sus heridas.
Declan parecía derrotado.
No físicamente.
Por dentro.
—Todos estaban comprados —dijo él—. Dos de mis conductores. Patrick. Uno de los médicos. Hombres que conozco desde hace diez años.
Abigail dejó el paño.
—No sabes si todos.
—No sé quién es leal.
—Yo sí.
Declan frunció el ceño.
—¿Qué?
Abigail dudó.
Ya no había vuelta atrás.
—Liam Donovan no está con Tommy.
—¿Cómo sabes eso?
—Escuché a Tommy decir que Donovan era “un problema viejo que tendría que resolverse después”.
Declan se incorporó ligeramente.
—¿Cuándo?
—Hace doce días.
—¿Qué más escuchaste?
Abigail bajó la mirada.
—Bastante.
La expresión de Declan cambió.
—Habla.
Ella respiró hondo.
Le contó sobre las llamadas.
La Cuarta Calle.
El senador Kensington.
Las reuniones.
Las transferencias.
Lo que había escuchado sobre el puerto.
Sobre las cuentas.
Sobre Victoria.
Cuando terminó, Declan la miraba como si acabara de conocerla.
—¿Cuánto tiempo llevas recopilando esto?
—No lo recopilaba.
—Lo recuerdas todo.
—Tengo buena memoria.
—Abigail.
Ella se encogió de hombros.
—La gente habla frente a las criadas.
Declan soltó lentamente el aire.
—Dios.
—¿Qué?
—He tenido equipos de seguridad gastando millones en información.
La miró.
—Y la persona que sabía todo estaba limpiando mi escritorio.
Abigail bajó la cabeza.
—No sabía si creerías en mí.
El silencio fue peor que cualquier respuesta.
Declan extendió la mano.
Sus dedos manchados tocaron suavemente la muñeca de Abigail.
—Tendría que haberte escuchado aunque solo hubieras venido con una sospecha.
Ella lo miró.
Algo en su expresión se quebró.
—¿Por qué viniste aquí?
Declan no respondió enseguida.
—¿Qué?
—Tenías habitaciones seguras. Autos. Propiedades. Contactos. ¿Por qué bajaste hasta mi habitación?
Él apretó ligeramente su muñeca.
—Porque ya no podía más.
Abigail dejó de respirar.
Declan miró el techo.
—Toda mi vida he sabido exactamente qué hacer. A quién llamar. A quién presionar. A quién comprar.
Su voz se volvió más baja.
—Esta noche descubrí que había estado construyendo una casa llena de personas esperando verme caer.
Giró la cabeza hacia ella.
—Y pensé en la única persona que tuvo mi debilidad en sus manos y no hizo nada con ella.
Abigail sintió un nudo en la garganta.
—Yo.
—Tú.
—Estabas borracho.
—Todavía lo estoy.
—Entonces mañana te arrepentirás.
—No.
Declan tragó saliva.
—Esta noche todos querían algo de mí.
Dinero.
Poder.
El puesto.
Mis cuentas.
Mi apellido.
—Su pulgar rozó la piel de su muñeca—. Tú solo querías que siguiera respirando.
Abigail no supo qué decir.
Declan cerró los ojos.
—Te necesitaba.
Su voz casi desapareció.
—A ti.
Y perdió el conocimiento.
Abigail permaneció inmóvil varios segundos.
Después reaccionó.
Le tomó el pulso.
Estable.
Débil, pero estable.
Revisó las vendas.
Se sentó en el suelo.
Sus propias manos comenzaron a temblar.
El hombre más temido de Chicago estaba inconsciente en su cama.
Tommy Fitzgerald lo quería muerto.
Victoria Kensington había participado en su traición.
Y Abigail acababa de convertirse en cómplice de un hombre perseguido por su propia organización.
Se cubrió el rostro.
—¿Qué demonios estoy haciendo?
Arriba se oyó un golpe.
Abigail levantó la cabeza.
Otro.
Después cristal rompiéndose.
Gritos.
Botas.
Muchas.
Declan abrió los ojos.
La confusión duró un segundo.
Después cambió completamente.
Su mano buscó el arma que había dejado caer cerca de la puerta.
Abigail la vio antes.
La tomó.
Declan extendió la palma.
—Dámela.
—No.
—Abi.
—Apenas puedes mantenerte sentado.
—Dámela.
—No.
Una voz rugió desde el piso superior.
—¡Revisen toda la casa!
Tommy.
Declan se puso tenso.
Abigail sintió el miedo subirle por la espalda.
—No pudo llegar lejos —gritó Tommy—. ¡Quiero cada cuarto abierto!
Declan intentó levantarse.
El dolor lo obligó a sentarse otra vez.
—Escúchame —dijo él—. Cuando entren, tú no sabes nada.
—Claro.
—Hablas en serio.
—Y tú escuchas en serio.
Abigail fue hasta el armario.
Empujó la ropa.
Metió los dedos detrás de una tabla.
Declan la miró.
—¿Qué haces?
Abigail tiró.
Una pequeña sección falsa se abrió.
Detrás había una llave oxidada.
—Preparando nuestra salida.
—¿Qué salida?
Ella apartó el armario.
Declan abrió los ojos.
La pared detrás del mueble estaba cubierta por un papel floral antiguo.
Abigail arrancó una esquina.
Apareció metal.
Una puerta estrecha.
—Durante la Ley Seca, el dueño original de esta casa contrabandeaba whisky canadiense.
Declan la miró.
—¿Cómo demonios sabes eso?
—Encontré unos planos hace dos años cuando hubo una fuga de agua.
—¿Y no dijiste nada?
—Nadie preguntó.
A pesar del dolor, Declan sonrió.
—Abigail Duncan, estás llena de sorpresas.
Ella introdujo la llave.
La cerradura resistió.
Giró.
Clic.
Una corriente helada salió de la oscuridad.
—El túnel llega hasta una zanja de drenaje cerca de las antiguas vías.
Declan dejó de sonreír.
—¿Estás segura?
—No.
—Excelente.
—Pero estoy más segura de esto que de quedarnos aquí.
Arriba se oyó una puerta romperse.
—¡Sótano! —gritó alguien.
Abigail agarró una manta.
La envolvió alrededor de los hombros de Declan.
—Levántate.
—Puedo hacerlo.
No podía.
Sus piernas fallaron.
Abigail pasó un brazo alrededor de su cintura.
Él apoyó el suyo sobre sus hombros.
—Eres demasiado pesado.
—Me dijiste que podía hacerlo.
—Estoy reconsiderando mis palabras.
Avanzaron.
Un paso.
Otro.
Declan respiraba entre dientes.
Las botas estaban más cerca.
Abigail lo llevó hasta la abertura.
—Primero tú.
—No.
—No discutas.
—Entras delante.
Ella lo miró.
—¿Por qué?
—Porque si alguien abre esa puerta mientras estás detrás de mí, no podré protegerte.
Abigail sintió algo extraño en el pecho.
No había tiempo.
Entró.
Declan la siguió.
Ella cerró la puerta secreta desde dentro.
Oscuridad.
Respiraciones.
Un minuto después escucharon su habitación abrirse de golpe.
—Vacía.
—Hay sangre.
Silencio.
Luego la voz de Tommy.
—Reciente.
Abigail se tapó la boca.
Declan permanecía pegado a ella.
—Busquen.
Muebles moviéndose.
Cajones.
La cama.
Abigail cerró los ojos.
Tommy volvió a hablar.
—Si Gallagher sigue dentro de esta propiedad, quiero obligarlo a salir.
Pausa.
—Saquen al personal.
—¿Y después?
Tommy respondió:
—Prendan fuego al ala norte.
Abigail sintió que Declan se endurecía.
—No —susurró él.
Ella apretó su mano.
—No puedes salvar una casa.
—Hay gente.
—Dijo que los sacarían.
—No confío en él.
—Yo tampoco. Por eso debemos llegar afuera.
Avanzaron.
El túnel era estrecho.
Húmedo.
El techo bajo obligaba a Declan a inclinarse.
Abigail llevaba una pequeña linterna.
Cada veinte pasos tenía que detenerse para que él respirara.
Una vez cayó de rodillas.
Abigail se arrodilló también.
—Mírame.
Declan soltó una risa débil.
—Otra vez no.
—Sí.
—No estoy teniendo un ataque de pánico.
—Te estás rindiendo.
Él levantó la cabeza.
—No.
—Entonces ponte de pie.
—Eres muy mandona para ser mi empleada.
Abigail lo miró fijamente.
—Ahora mismo no soy tu empleada.
Algo cambió en sus ojos.
—No.
Se apoyó en la pared.
Se levantó.
—Ahora mismo eres lo único que tengo.
Continuaron.
Cuando finalmente salieron, el frío los golpeó como una pared.
Nieve fina caía sobre la tierra congelada.
A casi un kilómetro de distancia, el cielo tenía un resplandor naranja.
La mansión estaba ardiendo.
Declan permaneció inmóvil.
Miró el lugar donde había vivido durante quince años.
El lugar donde su padre había muerto.
Donde había construido su negocio.
Donde había creído estar seguro.
—Declan.
No respondió.
Abigail se acercó.
—Tenemos que movernos.
—Lo sé.
Pero no se movía.
Ella le tomó la cara entre las manos.
Fue un impulso.
Jamás habría imaginado tocarlo así.
—Mírame.
Sus ojos bajaron hacia ella.
—Esa casa no eres tú.
Declan respiró despacio.
—Vamos.
Caminaron hasta una carretera secundaria.
No había taxis.
No podían usar teléfonos.
Abigail recordó una estación de servicio a casi dos kilómetros.
Llegaron poco antes del amanecer.
El empleado no hizo demasiadas preguntas cuando ella compró un cargador barato y pidió usar el teléfono fijo.
Marcó un número de memoria.
Leo respondió al cuarto tono.
—¿Hola?
—Necesito que vengas por mí.
Silencio.
—Abi, son las cinco de la mañana.
—Leo.
Su hermano notó algo.
—¿Dónde estás?
—Waukegan Road. Cerca de la estación Lakeside.
—¿Estás bien?
Abigail miró a Declan.
Estaba sentado detrás del edificio, cubierto con la manta.
—No.
Leo llegó cuarenta minutos después en un Honda de catorce años.
Cuando vio a Declan Gallagher en el asiento trasero casi chocó contra una columna.
—No.
Abigail cerró la puerta.
—Conduce.
—Abi.
—Conduce.
—¿Ese es…?
Declan abrió un ojo.
—Hola, Leo.
Leo palideció.
—Oh, Dios.
—Conduce —repitió Abigail.
El apartamento de Leo estaba en Cicero.
Segundo piso.
Dos habitaciones.
Radiadores ruidosos.
Una cocina que apenas tenía espacio para dos personas.
Abigail llevó a Declan hasta el dormitorio.
Leo la agarró del brazo en el pasillo.
—¿Te volviste loca?
—Baja la voz.
—¡Trajiste a Declan Gallagher a mi apartamento!
—Nos ayudó una vez.
Leo rió nerviosamente.
—Él casi hizo que me rompieran las piernas.
Declan habló desde el dormitorio.
—Para ser exactos, impedí que lo hicieran.
Leo se congeló.
Abigail lo miró.
—¿Qué?
Declan apareció en la puerta.
Parecía a punto de caer.
—La deuda de Leo no era conmigo.
Abigail parpadeó.
—¿Cómo?
—Era de Jimmy O’Connor. Cuando me enteré de cuánto debía, ordené que lo dejaran en paz.
Leo bajó la mirada.
Abigail sintió algo desagradable crecer dentro de ella.
—Entonces ¿por qué he estado pagando durante tres años?
Nadie respondió.
—Leo.
Su hermano se sentó.
—Yo…
—Mírame.
—Abi, no sabía cómo decírtelo.
—¿Decirme qué?
Leo comenzó a llorar.
—La deuda se liquidó hace más de dos años.
La habitación quedó en silencio.
Abigail no sintió rabia al principio.
Sintió vacío.
—¿Qué?
—Yo recibí una carta.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que supieras cuánto te había costado todo por mi culpa.
Abigail dio un paso atrás.
—Entonces me dejaste seguir trabajando.
—Pensé que tú querías quedarte.
Ella rió.
Fue un sonido pequeño.
Roto.
—Dejé la universidad.
—Lo sé.
—Trabajé sesenta horas por semana.
—Abi…
—Tres años.
Leo se cubrió el rostro.
—Lo siento.
Declan estaba observando.
Su expresión se había vuelto peligrosamente tranquila.
—¿Quién siguió descontándole dinero?
Leo tragó saliva.
—La oficina administrativa.
—¿Quién firmaba?
—No sé.
—Piensa.
Leo cerró los ojos.
—Tommy Fitzgerald aparecía en algunos documentos.
Declan miró a Abigail.
Ahora todo tenía otro significado.
Tommy no solo estaba robándole a Declan.
Había estado robándole a ella.
Aprovechándose de su deuda.
De su miedo.
De su trabajo.
Abigail sintió que algo dentro de ella finalmente se rompía.
No en el sentido de destruirse.
En el sentido contrario.
Como una cadena.
Se sentó.
—No voy a volver.
Declan frunció el ceño.
—¿A la mansión?
—A ser esa persona.
Abigail levantó la mirada.
—La que acepta todo porque tiene miedo.
Durante los cinco días siguientes, Declan tuvo fiebre.
Una infección comenzó en la herida del hombro.
Abigail consiguió antibióticos a través de una antigua compañera de enfermería sin contarle toda la verdad.
Dormía en el sofá.
Revisaba su temperatura cada tres horas.
Cambiaba vendajes.
Preparaba caldo.
Obligaba a Declan a beber agua.
Él protestaba.
Ella ignoraba sus protestas.
La sexta noche, la fiebre finalmente bajó.
Abigail estaba sentada junto a la ventana cuando escuchó:
—Abi.
Se giró.
Declan estaba despierto.
—¿Qué hora es?
—Cuatro y diez.
—¿De la mañana?
—Sí.
—¿Has dormido?
—Un poco.
—Mentira.
—¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera atropellado un tren lento.
Ella sonrió.
—Mejor que ayer.
Declan la observó.
Abigail llevaba el cabello recogido y una camiseta vieja.
No tenía uniforme.
No tenía maquillaje.
No estaba intentando ocultarse.
—Ven aquí.
Ella dudó.
—¿Para qué?
—Porque llevo cinco días medio inconsciente y cada vez que abría los ojos estabas sentada exactamente donde estás.
Abigail se acercó.
Declan tomó su mano.
—Gracias.
—Ya me agradeciste.
—No lo suficiente.
—Puedes pagarme cuando recuperes tu imperio.
Él levantó una ceja.
—¿Cuánto cobras por salvar vidas?
—Con intereses acumulados durante tres años, probablemente bastante.
Declan sonrió.
Después se puso serio.
—Lo que te hicieron con la deuda…
Abigail retiró lentamente la mano.
—No necesito lástima.
—No es lástima.
—Bien.
—Es responsabilidad.
Ella frunció el ceño.
—No eras tú.
—Ocurrió bajo mi techo.
—No puedes saber todo.
—Creía que sí.
Declan miró hacia la ventana.
—Ese fue mi problema.
Pensé que controlar significaba poner hombres en cada puerta.
Tener cámaras.
Armas.
Dinero.
Contactos.
—Volvió a mirarla—. No sabía lo que estaba ocurriendo con la persona que veía todos los días.
Abigail se quedó callada.
Declan añadió:
—Lo voy a arreglar.
—No.
—Abi.
—No quiero que “arregles” mi vida.
Él la estudió.
—¿Qué quieres?
Nadie se lo había preguntado en mucho tiempo.
Abigail abrió la boca.
La cerró.
Finalmente dijo:
—Quiero terminar enfermería.
Declan asintió.
—Entonces hazlo.
—No es tan sencillo.
—No dije que lo fuera.
—Tengo que pagar matrícula.
—Tienes dinero.
Ella casi se rio.
—Tengo ciento ochenta y siete dólares.
Declan negó con la cabeza.
—No.
—¿Qué?
—Tommy robó parte de tu salario durante años.
Su rostro se endureció.
—Ese dinero sigue siendo tuyo.
—Si lo recuperamos.
—Cuando lo recuperemos.
Abigail se quedó mirándolo.
—Hablas como si ya tuvieras un plan.
—Todavía no.
—Eso me sorprende.
—Tengo algo mejor.
—¿Qué?
Declan sonrió ligeramente.
—A ti.
Abigail sintió calor en las mejillas.
—No digas tonterías. Todavía tienes fiebre.
—Ya no.
—Quizás te dañaste la cabeza.
—También es posible.
Las semanas siguientes los cambiaron.
Declan recuperó fuerza.
Abigail recuperó algo distinto.
Su voz.
Comenzaron a trabajar juntos.
Ella dibujó de memoria la distribución de las oficinas.
Recordó números de cuentas que había visto accidentalmente.
Nombres.
Fechas.
Horarios.
Tommy había cometido un error fundamental.
Creyó que el personal doméstico no importaba.
Abigail sabía qué documentos guardaba en qué cajón.
Qué abogado visitaba los jueves.
Qué contador bebía demasiado y hablaba por teléfono en el comedor.
Qué cámara del pasillo llevaba meses sin funcionar.
Qué código utilizaba Victoria en la caja fuerte del vestidor.
—¿Cómo sabes el código?
Declan preguntó.
—Su cumpleaños.
—Eso es demasiado obvio.
—Victoria cree que nadie sería capaz de olvidar su cumpleaños.
Declan soltó una carcajada.
Era la primera vez que Abigail lo escuchaba reír de verdad.
—Eres aterradora.
—Soy observadora.
—No. Eres aterradora.
Una tarde Declan consiguió contactar a Liam Donovan.
El hombre apareció en el apartamento usando gorra de béisbol y una chaqueta ordinaria.
Cuando vio a Declan se quedó inmóvil.
—Hijo de…
Declan abrió los brazos.
—También me alegra verte.
Liam lo abrazó.
Después vio a Abigail.
—¿Ella sabe?
Declan respondió:
—Más que nosotros.
Liam la miró con evidente duda.
Tres horas después ya no dudaba.
Abigail extendió documentos sobre la mesa.
—Tommy está moviendo dinero a través de cuatro empresas.
Liam frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Las escuché mencionar durante dos reuniones.
—Eso no demuestra nada.
—No.
Abigail señaló otra hoja.
—Pero esta sí.
Declan se inclinó.
—¿Qué es?
—Antes del incendio fotografié un recibo que encontré en el bolsillo de una chaqueta de Victoria.
Sacó su viejo teléfono.
Había una imagen borrosa.
Pero legible.
Una transferencia.
Dos millones cuatrocientos mil dólares.
Empresa receptora: North Crown Consulting.
Liam se puso serio.
—North Crown pertenece al cuñado de Kensington.
Declan levantó los ojos.
—¿Estás segura?
—Cien por ciento.
El ambiente cambió.
Aquello ya no era solamente una traición interna.
Conectaba a Victoria.
A Tommy.
Y al senador Kensington.
Abigail amplió la imagen.
—Mira la fecha.
Declan lo hizo.
Era tres días antes de la emboscada.
Liam silbó.
—Eso puede hundirlos.
—Solo si conseguimos los registros originales —dijo Abigail.
Declan sonrió.
—¿Tienes una idea?
—Victoria guardaba copias físicas de todo.
—¿Dónde?
—En la casa de su madre en Winnetka.
Declan la miró.
—¿Cómo sabes eso?
Abigail respiró.
—Porque una vez la escuché decirle al contador: “Nunca guardo las cosas importantes donde duerme Declan”.
Liam se apoyó en la silla.
—Me gusta ella.
Declan respondió sin apartar los ojos de Abigail:
—A mí también.
Abigail fingió no escuchar.
Pero sus mejillas se encendieron.
Una noche, un mes después de la huida, Declan estaba lo bastante fuerte para caminar varias cuadras sin descansar.
Abigail revisaba la cicatriz de su hombro.
—Está cerrando bien.
—Doctora Duncan aprueba.
—No soy doctora.
—Todavía.
—Ni siquiera terminé enfermería.
—Todavía.
Ella sonrió.
Sus dedos rozaron su piel.
Declan tomó su muñeca.
Abigail levantó la mirada.
Él estaba muy cerca.
Demasiado.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Sí.
—¿Por qué?
Declan no respondió de inmediato.
Luego dijo:
—Porque toda mi vida he estado rodeado de personas que hacen ruido para demostrar quiénes son.
Se acercó un poco más.
—Tú entras en una habitación sin pedir nada y terminas siendo la persona más fuerte en ella.
Abigail bajó los ojos.
—No soy fuerte.
—Caminaste casi dos kilómetros en la nieve cargando conmigo.
—Eso fue físicamente.
—Guardaste mis secretos.
—Eso fue sentido común.
—Perdiste tres años cuidando a tu hermano.
—Eso fue una estupidez.
—No.
Declan tocó su barbilla.
—Eso fue amor mal colocado.
Abigail sintió el pulso acelerarse.
—Estás demasiado cerca.
—Lo sé.
—Y todavía trabajamos juntos.
—Técnicamente ya no trabajas para mí.
—Peor.
—¿Por qué?
—Porque ahora no puedo despedirte si haces algo idiota.
Declan sonrió.
—Podrías intentarlo.
La besó.
No fue como Abigail esperaba.
No hubo desesperación.
No al principio.
Fue lento.
Como si Declan preguntara.
Como si estuviera esperando que ella decidiera.
Abigail había pasado años creyendo que un hombre como él jamás miraría a una mujer como ella de aquella manera.
Pero cuando comprendió que podía apartarse y que él realmente lo permitiría, dejó de tener miedo.
Lo besó de vuelta.
Declan apoyó la frente contra la suya.
—Dime que pare.
Abigail respiró.
—No.
El segundo beso fue distinto.
Más intenso.
Aun así, Declan se detuvo cuando ella puso una mano sobre su pecho.
—¿Qué ocurre?
Abigail tragó saliva.
—No quiero ser un refugio temporal.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Estás herido.
Te traicionaron.
Perdiste tu casa.
Tu prometida intentó destruirte.
Y yo estoy aquí.
No quiero que dentro de seis meses me mires y te des cuenta de que solo me necesitabas porque eras vulnerable.
Declan permaneció en silencio.
Abigail sintió miedo de haber dicho demasiado.
Entonces él respondió:
—Eso es justo.
Ella parpadeó.
Esperaba que insistiera.
No lo hizo.
Declan soltó su mano.
—No voy a convencerte con palabras.
—Declan…
—Cuando esto termine, si sigo sintiendo lo mismo, te lo demostraré.
Aquella respuesta fue peor para el corazón de Abigail que cualquier declaración romántica.
Porque significaba que él la estaba escuchando.
Dos meses después, Tommy Fitzgerald controlaba públicamente el antiguo imperio de Declan.
Había difundido la historia de que Gallagher murió durante un incendio provocado por rivales.
Victoria apareció en eventos vestida de negro durante exactamente diez días.
Después dejó de fingir luto.
Al mes siguiente anunció su compromiso con Tommy.
Las fotografías aparecieron en columnas sociales.
“Una nueva etapa.”
“Después de la tragedia.”
“Dos familias empresariales se unen.”
Abigail observó una foto en el teléfono.
Victoria sonreía.
Tommy tenía una mano sobre su cintura.
Alrededor del cuello de Victoria brillaba un collar que Abigail reconoció.
Había pertenecido a la madre de Declan.
Abigail cerró la pantalla.
—Eso fue personal.
Declan levantó la vista desde la mesa.
—¿Qué?
Ella le mostró la fotografía.
Su rostro no cambió.
Pero sus dedos dejaron de moverse.
—Ese collar…
—De tu madre.
Declan asintió.
Abigail sintió rabia en su lugar.
—Vamos a recuperarlo.
Él la miró.
—¿El collar?
—Todo.
Por primera vez, Declan sonrió como el hombre que había gobernado Chicago.
—Eso sonó peligrosamente parecido a una Gallagher.
Abigail cruzó los brazos.
—No exageres.
El plan tardó tres semanas.
No querían una guerra abierta.
Declan ya no confiaba en la estructura que había construido.
Si regresaba simplemente con hombres armados, alguien lo traicionaría otra vez.
Abigail propuso algo diferente.
—Haz que Tommy se destruya frente a todos.
Declan apoyó los codos en la mesa.
—Continúa.
—Los hombres te siguieron porque eras fuerte.
Ahora siguen a Tommy porque creen que tú estás muerto.
—Sí.
—Si apareces y simplemente dices que él te traicionó, algunos te creerán.
Otros tendrán miedo.
Otros pensarán que pueden beneficiarse de una guerra.
Declan asintió.
—Entonces…
—No regreses como víctima.
Regresa con pruebas.
Liam sonrió.
—Te dije que me gustaba.
Abigail colocó una memoria USB sobre la mesa.
—Tenemos transferencias.
Grabaciones.
Correos.
Documentos.
Y conseguimos algo mejor.
Declan levantó una ceja.
—¿Qué?
Abigail miró a Leo.
Su hermano entró desde la cocina.
Parecía nervioso.
—Díselo.
Leo tragó saliva.
—Encontré al contador.
Declan se inclinó hacia delante.
—¿Qué contador?
—Martin Doyle.
Liam soltó una maldición.
Doyle había desaparecido dos días después del incendio.
Todos creían que estaba muerto.
Leo negó con la cabeza.
—Está vivo.
Vive bajo otro nombre en Milwaukee.
—¿Cómo lo encontraste?
Leo miró a Abigail.
—Yo también cometí errores por intentar parecer más listo de lo que era.
Hizo una pausa.
—Pero sé cómo piensa un hombre que quiere desaparecer porque pasé años escondiéndome de mis propias deudas.
Doyle había guardado copias.
Muchas.
Se negó a volver a Chicago.
Pero aceptó entregar los archivos a cambio de protección legal.
Eso cambió la partida.
Declan ya no tenía solamente evidencia de que Tommy le había robado.
Tenía pruebas de que Tommy estaba desviando millones de las propias familias que ahora lo apoyaban.
Y eso, en su mundo, era imperdonable.
El escenario perfecto llegó en abril.
Tommy organizó una partida privada en un club de lujo bajo Wacker Drive.
Veintisiete hombres fueron invitados.
Todos con interés financiero en la organización.
Declan no iba a entrar disparando.
Abigail insistió.
—No necesitas demostrar que eres más violento.
Necesitas demostrar que sigues siendo el hombre más preparado de la habitación.
A las once y diecisiete de la noche, las pantallas del salón se apagaron.
Tommy se levantó.
—¿Qué demonios…?
Después apareció una imagen.
Una transferencia bancaria.
Su nombre.
Una cuenta.
Otra.
Otra.
La habitación quedó en silencio.
Tommy palideció.
—Apaguen eso.
Nadie se movió.
Una grabación comenzó.
Su propia voz.
“Cuando Gallagher esté fuera, reestructuramos los porcentajes.”
Luego otra.
“Los viejos capos no necesitan conocer las cifras reales.”
Un hombre se levantó.
—¿Nos estabas robando?
—Es falso.
Otra pantalla mostró firmas.
Fechas.
Órdenes.
Victoria retrocedió.
Las puertas se abrieron.
Y Declan Gallagher entró caminando.
Sin prisa.
Traje azul oscuro.
Cabello perfectamente peinado.
Una cicatriz apenas visible cerca de la sien.
Nadie respiró.
Tommy parecía haber visto un fantasma.
—No.
Declan continuó.
—Buenas noches.
Un vaso cayó al suelo.
—Estás muerto.
Declan miró alrededor.
—He oído eso bastante últimamente.
Tommy buscó con los ojos a sus guardias.
No aparecieron.
Liam Donovan estaba junto a la entrada.
Los hombres de seguridad habían sido reemplazados sin que Tommy lo supiera.
No hubo disparos.
No hacían falta.
Declan llegó hasta la mesa.
—Te di trabajo cuando nadie confiaba en ti.
Te puse a mi derecha.
—Señaló las pantallas—. Y decidiste venderme por una silla.
Tommy recuperó un poco de color.
—Tú estabas destruyendo el negocio.
—¿Esa es tu explicación?
—Eras débil.
El silencio se endureció.
Declan no reaccionó.
—¿Débil?
Tommy sonrió nerviosamente.
—Sí.
Te escondías.
Tenías ataques.
No eras el mismo.
Algunos hombres intercambiaron miradas.
Tommy creyó haber encontrado una ventaja.
—¿Creen que este es el hombre al que quieren seguir?
—preguntó—. Se encierra en una biblioteca porque no puede respirar.
Abigail, esperando fuera, cerró los ojos.
Ese era el secreto.
El que había prometido guardar.
Tommy lo había descubierto.
Probablemente por Victoria.
Declan permaneció inmóvil.
Podía negarlo.
Podía amenazarlo.
Podía ordenar silencio.
No hizo ninguna de esas cosas.
—Sí.
Tommy dejó de sonreír.
Declan continuó:
—Tuve ataques de pánico.
Durante años.
Después de ver morir a mi hermano cuando tenía diecinueve.
Nunca busqué ayuda porque hombres como tú me convencieron de que cualquier herida que no sangra debe esconderse.
La habitación seguía muda.
—Eso no me hace débil.
Miró directamente a Tommy.
—Confiar en ti sí fue una debilidad.
Y la corregí.
Abigail sintió orgullo.
No por el mafioso.
Por el hombre.
Tommy retrocedió.
—Todo esto es teatro.
Declan señaló la mesa.
—Entonces abre las cuentas.
—No tengo que…
—Ábrelas.
Uno de los hombres mayores intervino.
—Hazlo, Tommy.
Otro añadió:
—Quiero ver mis cifras.
Victoria miró hacia la salida.
La puerta lateral se abrió.
Abigail entró.
Llevaba un vestido color vino.
No excesivamente elegante.
Pero hecho para ella.
Por primera vez en años, no estaba escondiendo su cuerpo.
El tejido seguía sus curvas sin disculparse.
Su cabello caía sobre los hombros.
No parecía una reina.
No quería parecerlo.
Parecía Abigail.
Solo que ya no bajaba la mirada.
Victoria abrió los ojos.
—Tú.
Abigail se detuvo junto a Declan.
Victoria soltó una risa incrédula.
—La criada.
Nadie se rió con ella.
Abigail sonrió ligeramente.
—La antigua criada.
Victoria la recorrió con desprecio.
—Por supuesto.
Ahora todo tiene sentido.
—¿Qué cosa?
—Él siempre tuvo debilidad por las cosas rotas.
Declan dio un paso.
Abigail tocó su brazo.
Él se detuvo.
Ella miró a Victoria.
—Durante tres años intentaste hacerme sentir pequeña.
Pensé que era porque me despreciabas.
Ahora entiendo que era porque necesitabas que todos a tu alrededor se sintieran inferiores para poder sentirte importante.
Victoria palideció.
—No sabes nada de mí.
—Sé que pagaste dos millones cuatrocientos mil dólares a North Crown Consulting tres días antes de la emboscada.
La sonrisa desapareció.
Abigail continuó:
—Sé que guardaste las copias en casa de tu madre.
Sé que tu padre autorizó reuniones con Tommy.
Sé que intentaron transferir tres propiedades de Gallagher Holdings usando documentos firmados digitalmente después de que Declan supuestamente había muerto.
Victoria miró a Declan.
Luego a Tommy.
—Me dijiste que lo habías borrado todo.
Tommy cerró los ojos.
Demasiado tarde.
Abigail levantó una ceja.
—Gracias.
Victoria comprendió lo que acababa de admitir.
La puerta se abrió otra vez.
Un hombre de traje entró acompañado por dos investigadores privados.
No pertenecía al sindicato.
Era abogado.
Samuel Ortega.
Especialista en delitos financieros.
Declan no había preparado solamente una recuperación interna.
Había preparado una salida.
Ortega colocó una carpeta sobre la mesa.
—Varias de las pruebas ya están en manos de autoridades federales.
Tommy perdió el color por completo.
Algunos hombres comenzaron a alejarse de él.
Declan habló:
—Se terminó.
Tommy lo miró con odio.
—¿Vas a entregarme?
—No.
Tommy sonrió.
Por un instante creyó haber ganado algo.
Declan terminó:
—Vas a entregarte tú mismo.
Ortega deslizó un documento.
—Tus cuentas están congeladas.
Tus socios corporativos fueron notificados.
Los registros bancarios están asegurados.
Y varias personas que trabajan para el senador Kensington aceptaron colaborar.
Victoria dejó escapar un sonido ahogado.
—Mi padre…
Ortega la miró.
—También está siendo investigado.
El mundo de Victoria se derrumbó sin que nadie levantara un arma.
Tommy miró alrededor.
Nadie estaba a su lado.
Los mismos hombres que había comprado ahora evitaban sus ojos.
—Cobardes.
Declan respondió:
—No.
Hombres de negocios.
Y tú dejaste de ser rentable.
Horas después, cuando todo terminó, Declan salió del edificio con Abigail.
La lluvia caía suave sobre Chicago.
Ella respiró profundamente.
—¿Eso fue todo?
Declan la miró.
—¿Decepcionada?
—Un poco.
—Esperabas una película.
—Esperaba más gritos.
—Hubo bastantes.
Abigail sonrió.
Caminaron hasta el automóvil.
Declan se detuvo.
—Abi.
—¿Sí?
Sacó una pequeña caja.
Ella levantó ambas manos.
—No.
Declan parpadeó.
—Ni siquiera sabes qué es.
—Si es un anillo, voy a empujarte al río.
—Es bueno saberlo.
Abrió la caja.
Dentro estaba el collar de su madre.
Abigail dejó de sonreír.
—Pensé que querrías recuperarlo.
Declan negó con la cabeza.
—Quiero que lo guardes.
—Declan, no puedo.
—Puedes.
—Era de tu madre.
—Precisamente.
Abigail lo miró.
Él continuó:
—Después de que murió, Victoria lo encontró en una caja.
Dijo que debía usarse, no guardarse.
Yo la dejé.
Nunca me pareció correcto.
—¿Y conmigo sí?
—Mi madre era enfermera.
Abigail parpadeó.
Declan sonrió.
—¿Nunca te lo dije?
—No.
—Trabajó veinte años en urgencias.
Era una mujer grande.
Fuerte.
Se reía demasiado alto.
Y jamás entró en una habitación pidiendo permiso para ocupar espacio.
Abigail sintió lágrimas.
Declan sacó el collar.
—La primera vez que te vi realmente, aquella noche en la biblioteca, pensé en ella.
No por cómo te ves.
Por cómo me hablaste.
“Respira.”
Como una orden.
Abigail rió entre lágrimas.
Declan colocó el collar en sus manos.
—No te estoy pidiendo nada.
Solo quiero que tengas algo que perteneció a la mejor mujer que conocí.
Abigail cerró los dedos alrededor de la joya.
—Gracias.
Se abrazaron.
Sin público.
Sin hombres inclinando la cabeza.
Sin coronas.
Sin promesas absurdas.
Solo dos personas bajo la lluvia.
Seis meses después, Abigail regresó a la universidad.
No como beneficiaria de Declan.
Insistió en pagar su propia matrícula con el dinero recuperado de los salarios que Tommy había desviado.
Declan intentó discutir.
Perdió.
Leo comenzó terapia para su problema con las apuestas.
También consiguió trabajo.
Por primera vez en años, dejó de pedirle a Abigail que lo rescatara.
Declan reorganizó sus negocios.
Vendió varias operaciones dudosas.
Cerró otras.
Liam bromeaba diciendo que Abigail estaba convirtiendo al hombre más temido de Chicago en un aburrido empresario legal.
Declan respondía:
—Estoy descubriendo que dormir tranquilo es sorprendentemente rentable.
La relación entre él y Abigail creció despacio.
Sin títulos.
Sin jaulas doradas.
Sin que ella tuviera que convertirse en otra persona.
Él iba a buscarla a clases algunas tardes.
Ella lo obligaba a comer comida de cafetería.
Declan la odiaba.
—Esto no es pollo.
—Dice pollo.
—También una caja puede decir “diamantes” y contener piedras.
—Come.
Una tarde él apareció con una bandeja de cupcakes.
Abigail levantó una ceja.
—¿Qué celebramos?
—Tu examen.
—Todavía no sé la nota.
—Yo sí.
—Declan.
—Sacaste noventa y seis.
—¿Entraste al sistema?
—No.
—Declan.
—Quizás Liam conoce a alguien.
—Eso es entrar al sistema.
—Detalles.
Abigail le golpeó el hombro con una carpeta.
Él sonrió.
Era extraño.
El hombre que una vez necesitó ejércitos para sentirse seguro ahora parecía más feliz sentado en una mesa de cocina mientras Abigail estudiaba anatomía.
Un año después de la noche del incendio, Declan la llevó a la propiedad reconstruida.
Abigail no había regresado desde la huida.
La casa era distinta.
Más clara.
Menos pesada.
Los pasillos oscuros habían desaparecido.
El sótano ya no tenía habitaciones diminutas para trabajadores.
Abigail recorrió el lugar en silencio.
Llegó hasta donde había estado su antigua habitación.
Ahora era una biblioteca pequeña.
Sobre una pared había una fotografía en blanco y negro de la antigua mansión.
Abigail sonrió.
—¿Dónde está el armario?
—Lo quemé.
Ella lo miró horrorizada.
Declan rio.
—Estoy bromeando.
Lo guardé.
—¿Por qué?
—Ese mueble me salvó la vida.
—Yo te salvé la vida.
—Técnicamente tú, el armario y un túnel ilegal.
Abigail negó con la cabeza.
Declan se acercó.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—El túnel sigue ahí.
—¿No lo cerraste?
—Lo restauré.
—¿Para qué?
—Nunca volveré a vivir en una casa sin una salida secreta.
Ella rió.
Declan tomó su mano.
—Abi.
Su tono cambió.
Ella lo supo antes de verlo.
—No.
—Todavía no hice nada.
—Conozco esa cara.
Declan sacó una caja.
Esta vez sí era un anillo.
Abigail se quedó inmóvil.
—La primera vez que intenté darte una caja me amenazaste con tirarme al río.
—Sigue siendo una opción.
—Lo sé.
Declan no se arrodilló inmediatamente.
Primero habló.
—No quiero una reina.
Abigail levantó una ceja.
—Buen comienzo.
—No quiero a alguien que esté detrás de mí.
Ni delante.
Quiero a alguien que me diga cuando estoy equivocado.
Alguien que me obligue a respirar cuando olvido cómo.
Alguien que no necesite mi apellido.
—Su voz bajó—. Quiero construir una vida contigo donde ninguno de los dos tenga que esconderse.
Entonces se arrodilló.
—Abigail Duncan, ¿te casarías conmigo?
Las lágrimas aparecieron antes de que ella pudiera detenerlas.
—Tengo una condición.
Declan suspiró.
—Por supuesto que tienes una condición.
—Una.
—Dime.
—Nunca vuelves a llamarme tu reina delante de un grupo de hombres.
Él sonrió.
—Hecho.
—Y dos…
—Dijiste una.
—Ahora son dos.
—Eso es trampa.
—Acepta o guarda el anillo.
Declan levantó ambas manos.
—Dos.
—Nada de amenazas dramáticas si alguien me falta el respeto.
—Eso va a ser difícil.
—Declan.
—Bien.
—Tres.
—Abigail.
Ella comenzó a reír.
Él también.
Entonces Abigail extendió la mano.
—Sí.
Declan dejó de respirar.
—¿Sí?
—Sí.
El anillo apenas llegó a su dedo antes de que él se levantara y la abrazara.
Abigail enterró el rostro contra su pecho.
Durante algunos segundos creyó que, por fin, todo había terminado.
Tommy estaba en prisión preventiva.
Victoria enfrentaba cargos financieros.
El senador Kensington había renunciado mientras avanzaba la investigación.
Leo estaba mejor.
Declan había sobrevivido.
Ella había vuelto a estudiar.
El pasado parecía finalmente quedarse atrás.
Hasta tres noches antes de la boda.
Abigail estaba terminando un turno de prácticas en el hospital cuando recibió una llamada.
Número desconocido.
Pensó en ignorarla.
Contestó.
—¿Hola?
Silencio.
—¿Quién habla?
Una voz masculina dijo:
—¿Abigail Duncan?
Ella sintió frío.
—Sí.
—Mi nombre es Nathan Cole.
Soy abogado.
Represento el patrimonio de Margaret Duncan.
Abigail casi dejó caer el teléfono.
Margaret era su madre.
Muerta hacía doce años.
—Creo que tiene a la persona equivocada.
—No.
El hombre respiró.
—He intentado localizarla durante meses.
Encontramos su información después de una auditoría relacionada con North Crown Consulting.
El corazón de Abigail comenzó a latir más fuerte.
—¿Qué tiene que ver mi madre con North Crown?
El abogado guardó silencio.
—Señorita Duncan, ¿está sola?
Ella miró el pasillo vacío del hospital.
—Sí.
—Hay algo que usted necesita saber antes de casarse con Declan Gallagher.
Abigail apretó el teléfono.
—¿Qué?
La siguiente frase hizo que el mundo dejara de moverse.
—Su madre nunca murió en el accidente que le describieron.
Abigail se quedó sin aire.
—Eso es imposible.
—El cuerpo identificado como Margaret Duncan no era de su madre.
—No.
—Tenemos pruebas de ADN.
—No.
—Y tenemos algo más.
Abigail apoyó una mano contra la pared.
Sus piernas temblaban.
—¿Qué?
—Una cuenta bancaria abierta hace once años a nombre de Margaret Duncan.
Tuvo actividad hasta hace apenas nueve meses.
Abigail cerró los ojos.
—Mi madre está viva.
—No puedo confirmarlo todavía.
Pero sí puedo confirmar que alguien utilizó su identidad durante más de una década.
—¿Quién?
Nathan Cole tardó demasiado en responder.
—Eso es lo que hace peligrosa esta conversación.
Abigail sintió un escalofrío.
—Dígamelo.
—La última transferencia desde esa cuenta fue enviada a una empresa que usted conoce.
—¿Cuál?
—Gallagher Holdings.
Abigail sintió que el aire desaparecía.
Miró a través del cristal del pasillo.
Al otro lado, Declan acababa de entrar al hospital.
Traía café en una mano y una bolsa de comida en la otra.
La vio.
Sonrió.
La misma sonrisa que había aprendido a amar.
Abigail apenas pudo devolverla.
La voz del abogado continuó en su oído.
—Y la autorización de aquella transferencia, señorita Duncan…
Pausa.
—Lleva la firma de Declan Gallagher.
Abigail dejó de respirar.
Declan se acercaba.
—¿Todo bien? —preguntó él.
Ella miró al hombre con quien iba a casarse en tres días.
Al hombre por quien había arriesgado su vida.
Al hombre que aseguraba conocer todos los secretos de su imperio.
Entonces la voz de Nathan Cole susurró por el teléfono:
—No le diga que hablé con usted.
Porque si Declan Gallagher no sabía que su madre estaba viva, alguien está falsificando su firma.
Pero si sí lo sabía…
El abogado hizo otra pausa.
—Entonces, Abigail, usted lleva un año durmiendo al lado del hombre que conoce la verdad sobre la desaparición de su madre.
Declan se detuvo frente a ella.
Su sonrisa se desvaneció.
—Abi.
Ella bajó lentamente el teléfono.
—¿Quién era?
Abigail miró el café que él sostenía.
Después sus ojos azules.
Por primera vez desde aquella noche en el sótano, no supo si estaba frente al hombre que había salvado…
O frente al secreto más peligroso de toda su vida.
Y cuando Declan vio la expresión de su rostro, dejó caer la bolsa de comida.
—Abigail…
Ella retrocedió.
—¿Qué sabes sobre mi madre?
Declan se quedó completamente inmóvil.
Demasiado inmóvil.
El silencio entre ambos respondió antes que él.
Y entonces dijo cuatro palabras que Abigail jamás olvidaría:
—Necesitamos salir de aquí.
Porque al final del pasillo, un hombre vestido como enfermero acababa de cerrar lentamente la puerta de emergencia…
y en su muñeca llevaba tatuado el mismo símbolo que Abigail había visto años atrás en los documentos secretos de Tommy Fitzgerald.
Un símbolo que pertenecía a una organización que todos creían desaparecida.
Declan tomó la mano de Abigail.
—Ahora.
Ella no se movió.
—Primero dime la verdad.
Los pasos del falso enfermero comenzaron a acercarse.
Declan miró al hombre.
Luego a Abigail.
Y por primera vez desde que ella lo conocía…
el jefe mafioso pareció verdaderamente aterrorizado.
—Tu madre —susurró— no estaba huyendo de mí.
Apretó su mano.
—Estaba huyendo de mi padre.
Y antes de que Abigail pudiera hacer una sola pregunta, las luces del hospital se apagaron.
¡FIN!
Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.