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«Por favor, finge que estás conmigo» — Le susurró al jefe criminal cuando su ex entró… sin imaginar que él convertiría aquella mentira en algo real

«Por favor, finge que estás conmigo» — Le susurró al jefe criminal cuando su ex entró… sin imaginar que él convertiría aquella mentira en algo real

Mona Garrett había esperado doce años para aquella cena.

No para cenar con un hombre.

No para celebrar un aniversario.

Mucho menos para impresionar a alguien.

Aquella noche era para ella.

Y por primera vez en mucho tiempo, Mona había decidido no disculparse por ocupar espacio.

A sus cuarenta y tres años, era enfermera jefe de urgencias en el Hospital St. Ignatius. Había coordinado equipos durante incendios, accidentes múltiples y noches en las que las ambulancias parecían no dejar de llegar. Esa misma mañana, después de doce años de trabajo, el consejo del hospital le había ofrecido la dirección de operaciones de emergencia.

Un ascenso.

Un salario que jamás había imaginado.

Y, sobre todo, el reconocimiento que llevaba demasiado tiempo mereciendo.

Por eso había comprado aquel vestido color ciruela.

No era discreto.

No ocultaba sus caderas.

No disimulaba su vientre.

No intentaba convertirla en una mujer más pequeña.

Cuando se miró al espejo de la tienda, estuvo a punto de devolverlo al perchero.

Entonces respiró hondo.

—No esta vez —se dijo.

Y lo compró.

A las ocho de la noche estaba sentada sola en uno de los mejores restaurantes de la ciudad.

Una copa de vino frente a ella.

Pan caliente sobre la mesa.

Una vela pequeña reflejándose en el cristal.

Mona levantó la copa.

—Por mí.

Sonrió.

Y justo cuando iba a beber…

la puerta del restaurante se abrió.

Mona no vio primero su rostro.

Reconoció su manera de caminar.

Los hombros relajados.

La barbilla ligeramente levantada.

Aquella seguridad ensayada de quien estaba convencido de que cualquier habitación debía adaptarse a él.

El corazón de Mona se detuvo.

Griffin Pell.

Su ex prometido.

El hombre al que había entregado tres años de su vida.

El hombre que había conseguido hacerla sentirse demasiado grande, demasiado ruidosa, demasiado hambrienta, demasiado visible.

El hombre que diez meses atrás había terminado su compromiso diciendo:

—Creo que ya no estamos alineados.

Mona todavía recordaba aquella conversación.

Recordaba especialmente lo que Griffin no había dicho.

Nunca le había dicho directamente:

«Me avergüenza tu cuerpo».

Era demasiado inteligente para eso.

Griffin hacía daño de otra manera.

—¿Vas a ponerte ese vestido?

—Solo preguntaba.

—¿Otra rebanada de pan?

—Me preocupa tu salud, cariño.

—Tal vez deberías elegir algo que estilice más.

Siempre acompañado de una sonrisa.

Siempre pronunciado con una voz suave.

Siempre lo suficientemente ambiguo para que, si Mona protestaba, él pudiera responder:

—Estás exagerando.

Durante tres años, Griffin no la había destruido de golpe.

La había reducido centímetro a centímetro.

Hasta conseguir que Mona se mirara en el espejo con los ojos de él.

Y ahora estaba allí.

Pero no estaba solo.

Una mujer alta y delgada caminaba a su lado.

Vestido negro.

Cabello perfecto.

Una figura que parecía sacada de una campaña de lujo.

Griffin tomó su mano.

Entonces levantó la mirada.

Y vio a Mona.

Ella sintió que se le congelaban los dedos alrededor de la copa.

Griffin se detuvo.

Primero apareció sorpresa en su rostro.

Después…

aquella expresión.

Mona la conocía demasiado bien.

Compasión.

La falsa compasión que él utilizaba cuando quería humillarla sin parecer cruel.

Griffin susurró algo a su acompañante.

La mujer miró hacia Mona.

Solo un segundo.

Fue suficiente.

Después Griffin cambió de dirección.

Venía hacia ella.

Mona tragó saliva.

No.

Aquella noche no.

No quería escuchar:

«Qué bueno verte».

No quería que él mirara su plato.

No quería que preguntara si estaba sola.

Y, sobre todo, no quería volver a sentirse como aquella mujer que pedía permiso para existir.

Sus ojos recorrieron desesperadamente el restaurante.

Entonces vio al hombre de la mesa contigua.

Estaba solo.

Sentado de espaldas a la pared.

Camisa oscura.

Pantalones de corte impecable.

Cabello negro con algunas hebras grises en las sienes.

Una pequeña cicatriz atravesaba una de sus cejas.

Tendría unos cuarenta y tantos.

Quizá cincuenta.

No era especialmente elegante en el sentido convencional.

Era algo peor.

Parecía peligroso.

No porque hiciera nada.

Precisamente porque no necesitaba hacerlo.

Dos hombres trajeados permanecían a cierta distancia.

No comían.

No hablaban.

Observaban.

Mona conocía aquella clase de hombres.

Había crecido cerca del barrio Pharaoh.

Y en aquella ciudad existía un apellido que la gente pronunciaba más bajo de lo normal.

Pharaoh.

Lucian Pharaoh.

Empresario para algunos.

Jefe criminal para otros.

Un hombre rodeado de rumores que nadie parecía interesado en confirmar en voz alta.

Mona miró nuevamente hacia Griffin.

Estaba a pocos pasos.

Cinco.

Cuatro.

Tres.

No pensó.

Simplemente actuó.

Tomó su bolso.

Se levantó.

Cruzó rápidamente el pequeño espacio entre ambas mesas…

y se deslizó en el asiento junto a Lucian Pharaoh.

Los dos guardaespaldas reaccionaron inmediatamente.

Uno avanzó.

Lucian levantó apenas dos dedos.

—Quietos.

Los hombres se detuvieron.

Mona sintió que el corazón iba a salírsele del pecho.

Lucian giró lentamente la cabeza.

Sus ojos eran verde grisáceo.

Fríos.

Atentos.

No miró su cuerpo.

No miró su vestido.

Miró sus manos temblorosas.

Luego su rostro.

—Tienes diez segundos para explicarme por qué acabas de sentarte conmigo.

Mona tragó saliva.

—Mi ex prometido acaba de entrar.

Lucian no respondió.

—Viene hacia aquí.

Silencio.

—Y va a ser amable.

Una ceja de Lucian se elevó ligeramente.

—¿Eso es un problema?

Mona soltó una risa nerviosa.

—Con él, sí.

Los pasos se acercaban.

Mona bajó todavía más la voz.

—Por favor…

Lucian la observó.

—¿Por favor qué?

Ella cerró los ojos durante medio segundo.

Aquello era ridículo.

Estaba pidiendo ayuda a uno de los hombres más temidos de la ciudad.

Pero ya era demasiado tarde.

—Por favor, finge que estás conmigo.

Los ojos de Lucian cambiaron.

No mucho.

Solo lo suficiente.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos minutos.

—¿Y después?

—Desaparezco de tu vida y jamás vuelvo a molestarte.

Lucian miró por encima de su hombro.

Vio a Griffin.

Después volvió a mirarla.

—Respira.

—¿Qué?

—Estás conteniendo el aire.

Mona soltó lentamente el aliento.

—Las manos —dijo él.

Ella miró hacia abajo.

Tenía los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.

Los separó.

Entonces Lucian hizo algo que Mona no esperaba.

Pasó un brazo por detrás de ella.

No de manera agresiva.

No posesiva.

Simplemente con una naturalidad devastadora.

Como si Mona hubiera pertenecido a aquel asiento toda la noche.

—Mona.

La voz de Griffin llegó desde atrás.

El cuerpo de ella se tensó.

Lucian lo sintió.

Su mano descansó suavemente sobre el respaldo, cerca de su hombro.

—Mírame —murmuró.

Mona lo hizo.

—No a él.

Aquellas tres palabras la estabilizaron.

Entonces giró.

—Hola, Griffin.

Su ex prometido sonreía.

—Qué sorpresa.

—Sí.

Sus ojos fueron inmediatamente hacia Lucian.

Después hacia los guardaespaldas.

Griffin reconoció al hombre.

Mona lo vio en su cara.

La sonrisa se debilitó.

—No sabía que venías aquí —dijo Griffin.

Mona estuvo a punto de responder.

Lucian se adelantó.

—Ahora lo sabes.

Griffin parpadeó.

—No quería interrumpir.

Lucian tomó tranquilamente su vaso.

—Entonces no lo hagas.

Silencio.

La mujer que acompañaba a Griffin observó la escena desde unos metros de distancia.

Griffin se aclaró la garganta.

—Soy Griffin Pell.

Lucian bebió un sorbo.

No extendió la mano.

—Sé quién eres.

Aquello no era cierto.

O quizá sí.

Con Lucian Pharaoh era imposible saberlo.

Griffin sonrió de nuevo.

—Mona y yo somos viejos amigos.

Mona sintió una punzada.

Amigos.

Tres años.

Un anillo.

Planes de boda.

Y ahora eran «viejos amigos».

Lucian miró a Mona.

Después volvió hacia Griffin.

—Ella me habló de ti.

El rostro de Griffin cambió.

—Espero que cosas buenas.

—No.

Una palabra.

Nada más.

Mona tuvo que apretar los labios para no sonreír.

Griffin cambió de estrategia.

Se volvió hacia ella.

—Bueno, me alegra verte salir un poco, Mo.

Mo.

El apodo que Mona había aprendido a odiar.

—Te ves…

Griffin recorrió con los ojos el vestido color ciruela.

Después miró el pan.

La mantequilla.

La copa de vino.

—Cómoda.

Ahí estaba.

Una palabra aparentemente inocente.

Una cuchilla perfectamente afilada.

Mona sintió inmediatamente el viejo reflejo.

Enderezar la espalda.

Meter el vientre.

Apartar el pan.

Explicar que no había comido durante todo el día.

Justificarse.

Reducirse.

Pero antes de que pudiera hacerlo, Lucian habló.

—Está celebrando un ascenso.

Griffin lo miró.

—¿Perdón?

Lucian apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Doce años trabajando en urgencias. Ahora dirigirá operaciones de emergencia.

Mona giró la cabeza.

—¿Cómo sabes eso?

Lucian señaló discretamente su bolso.

La esquina de la carta del hospital sobresalía de él.

Mona casi se rio.

Lucian volvió hacia Griffin.

—Así que «cómoda» no era la palabra que buscabas.

—No quise…

—Sí quisiste.

El restaurante parecía haberse vuelto más silencioso.

Griffin apretó la mandíbula.

Lucian continuó con una calma mucho más intimidante que un grito.

—Querías recordarle que ocupa más espacio del que a ti te parece conveniente.

Griffin perdió la sonrisa.

—No creo que esto sea asunto tuyo.

—Desde que viniste a nuestra mesa, lo convertiste en asunto mío.

Nuestra mesa.

Mona sintió aquellas palabras en el pecho.

Griffin miró a Mona.

—¿En serio necesitas que otro hombre hable por ti?

Aquello sí dolió.

Porque durante años había sido exactamente lo que Griffin hacía.

La hacía dudar.

La provocaba.

Y cuando reaccionaba, convertía su reacción en la prueba de que ella era el problema.

Mona abrió la boca.

Pero esta vez Lucian no intervino.

La miró.

Esperó.

Era su turno.

Mona entendió.

Se levantó ligeramente en el asiento.

Miró directamente a Griffin.

—No.

Griffin frunció el ceño.

—¿No qué?

—No necesito que nadie hable por mí.

Su voz tembló.

Pero continuó.

—Tampoco necesito que vengas a mi mesa a recordarme todas las inseguridades que tardaste tres años en construir.

La cara de Griffin se endureció.

—Mona…

—No.

Esta vez su voz no tembló.

—Tú terminaste nuestra relación. Y ahora te molesta encontrarme sentada aquí sin parecer destruida.

—Eso es absurdo.

—Quizá.

Mona tomó su copa.

—Pero sigue siendo mi cena.

Griffin permaneció inmóvil.

Lucian levantó su vaso.

—Ya la escuchaste.

Uno de los hombres de Lucian avanzó discretamente.

Griffin entendió.

—Buenas noches, Mona.

—Buenas noches, Griffin.

Él regresó con su acompañante.

Mona esperó hasta verlo sentarse.

Después soltó el aire.

—Dios mío.

Lucian la observó.

—¿Siempre hace eso?

—¿Qué cosa?

—Convertir insultos en preocupación.

Mona se quedó quieta.

Nunca había escuchado una descripción tan precisa.

—Sí.

Lucian tomó su vaso.

—Es eficiente.

—¿Eficiente?

—Si alguien te golpea con una piedra, sabes quién te lastimó. Si consigue que tú misma cargues la piedra durante años, puede seguir pareciendo inocente.

Mona bajó la mirada.

Aquella frase llegó demasiado cerca.

—Gracias.

—Todavía no.

—¿Todavía no qué?

Lucian miró discretamente hacia la otra mesa.

—Sigue observando.

Mona quiso girarse.

—No mires.

—¿Por qué?

—Porque hombres como él necesitan comprobar que la historia termina como ellos esperan.

—¿Y cómo espera que termine?

Lucian la miró.

—Contigo sola.

Algo se movió dentro de Mona.

—Bueno. Ya puedes dejar de fingir.

Lucian permaneció inmóvil.

—¿Quién dijo que estoy fingiendo?

Mona soltó una pequeña risa.

Pero Lucian no sonrió.

—Hablo en serio.

—No sabes nada de mí.

—Sé suficiente para cenar contigo.

Mona miró su propia mesa.

—Mi comida está allá.

Lucian levantó un dedo.

Un camarero apareció casi inmediatamente.

—Traslade la cena de la señora Garrett aquí.

Mona abrió mucho los ojos.

—No puedes simplemente…

—Acabo de hacerlo.

—Eres insoportable.

Por primera vez apareció algo parecido a una sonrisa en el rostro de Lucian.

—Me han llamado cosas peores.

Minutos después, Mona estaba cenando con Lucian Pharaoh.

Y lo extraño no era que estuviera sentada con un supuesto jefe criminal.

Lo extraño era que se sentía tranquila.

Hablaron.

Primero poco.

Después mucho.

Mona contó historias del hospital.

De las noches interminables.

De los pacientes difíciles.

De las enfermeras que podían controlar una emergencia con una mirada.

Lucian escuchaba.

De verdad escuchaba.

No esperaba simplemente su turno para hablar.

Cuando Mona decía algo importante, él lo recordaba.

—Así que anticipas el caos —dijo finalmente.

—Tengo que hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque si estoy reaccionando, ya llegué tarde.

Lucian sostuvo su mirada.

—Entiendo.

Aquella palabra tuvo un peso extraño.

Mona lo estudió.

—Sé quién eres.

—Me imaginé.

—Y aun así me dejaste sentarme.

—Precisamente por eso.

—No entiendo.

Lucian se inclinó ligeramente hacia ella.

—Llevo treinta años viendo personas tener miedo de mí.

Mona guardó silencio.

—Tú estabas aterrada esta noche —continuó—, pero no de mí.

Ella bajó la mirada.

—Le tenías más miedo a un hombre con una sonrisa amable que a sentarte junto a alguien con mi reputación.

Mona sintió un nudo en la garganta.

—Eso debería decirte algo.

—Me lo dijo.

—¿Qué?

Lucian la miró directamente.

—Que él te hizo mucho daño.

Mona no respondió.

—Y también me dijo otra cosa.

—¿Cuál?

—Que aun teniendo miedo, te moviste.

Lucian señaló el vestido.

—Compraste eso.

Luego señaló su plato.

—Pediste lo que querías.

Finalmente señaló la carta del hospital.

—Aceptaste un puesto que seguramente llevas años mereciendo.

Mona tragó saliva.

—No dejes que un hombre incapaz de valorarte te convenza de que debes hacerte pequeña para ser querida.

Aquella frase casi la rompió.

No lloró.

Pero estuvo cerca.

A lo lejos se escuchó una silla arrastrándose.

Griffin se levantaba.

Ayudó a su acompañante con el abrigo.

Durante un instante miró hacia Mona.

Ella no apartó los ojos.

Griffin fue quien lo hizo.

Después se marchó.

Y Mona sintió algo que no esperaba.

Nada.

No dolor.

No rabia.

Nada.

Como abrir una ventana después de años respirando aire viejo.

—Se fue —susurró.

—Sí.

Mona miró a Lucian.

—Entonces supongo que terminó nuestra actuación.

Lucian dejó el vaso sobre la mesa.

—Eso dependerá de ti.

La cena terminó casi una hora después.

Mona buscó su bolso cuando llegó el momento de pagar.

Lucian cubrió suavemente su mano.

—No.

—Puedo pagar mi propia cena.

—Lo sé.

—Entonces…

—Me pediste dos minutos.

—Sí.

—Te di una noche.

—No recuerdo haberla solicitado.

—Considéralo interés.

Mona rio.

Una risa verdadera.

Hacía meses que no se escuchaba reír así.

Fuera del restaurante hacía frío.

Lucian tomó su abrigo antes de que ella pudiera ponérselo.

Pero en lugar de entregárselo, colocó su propia chaqueta sobre los hombros de Mona.

—No tienes que hacer eso.

—Lo sé.

Un vehículo oscuro esperaba junto a la acera.

Mona se quedó mirando.

—¿Esto también forma parte de la actuación?

—No.

La llevó a casa.

Durante el trayecto hablaron poco.

Mona esperaba sentirse incómoda.

No ocurrió.

Cuando llegaron, Lucian observó el edificio antiguo donde vivía.

El ladrillo estaba manchado por la lluvia.

El intercomunicador llevaba meses roto.

Una maceta seca seguía abandonada junto a la entrada.

Mona sintió la necesidad automática de explicar.

—El edificio no es…

Se detuvo.

Lucian la miró.

—¿No es qué?

Mona pensó durante un segundo.

—Nada.

Y sonrió.

—Exactamente.

Lucian la acompañó hasta la puerta.

Mona se volvió hacia él.

La luz amarilla del porche cruzaba la cicatriz de su ceja.

—Gracias por esta noche.

—De nada.

—Y puedes dejar de actuar.

Lucian permaneció en silencio.

—Griffin se marchó hace mucho.

—Mona.

—¿Sí?

Él dio un paso hacia ella.

—Si todavía piensas que estaba actuando, no prestaste atención durante la cena.

El corazón de Mona volvió a acelerarse.

Pero aquella vez no era miedo.

—Lucian…

Él levantó una mano.

Rozó suavemente su mandíbula.

Esperó.

No avanzó hasta que Mona cerró la pequeña distancia entre ambos.

Entonces la besó.

Sin prisa.

Sin convertirla en algo frágil.

Sin hacerla sentir demasiado.

Mona sujetó la camisa de Lucian.

Y por primera vez en años no pensó en su vientre.

Ni en sus caderas.

Ni en cómo debía colocarse.

Ni en si estaba ocupando demasiado espacio.

Solo estuvo allí.

Cuando se separaron, Mona respiraba con dificultad.

—Eso definitivamente no parecía parte del plan.

Lucian casi sonrió.

—No lo era.

—¿Y mañana?

—Mañana sé dónde trabajas.

—Eso suena ligeramente amenazante.

—Era la intención.

Mona rio.

Lucian bajó los escalones.

Ella permaneció en la puerta con su chaqueta todavía sobre los hombros.

Pero entonces él se detuvo.

Su expresión cambió.

Uno de sus hombres acababa de acercarse desde el vehículo.

Le dijo algo al oído.

Muy bajo.

Mona no alcanzó a escucharlo.

Pero vio desaparecer toda calidez del rostro de Lucian.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Lucian miró hacia la esquina.

Un sedán gris estaba estacionado allí.

—Entra en casa.

Mona frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Mona.

Aquella vez su voz no admitía discusión.

Ella miró nuevamente el automóvil.

—¿Es uno de tus hombres?

Lucian tardó demasiado en responder.

—No.

El estómago de Mona se contrajo.

—Entonces ¿quién es?

—Todavía no lo sé.

—¿Tiene que ver contigo?

Lucian observó el vehículo.

—Eso esperaba.

—¿Esperabas?

Él volvió lentamente hacia ella.

—Porque si tiene que ver conmigo, sé cómo manejarlo.

Mona sintió un escalofrío.

—¿Y si no?

Lucian la miró.

—Entonces probablemente tiene que ver contigo.

Aquella noche Mona apenas durmió.

A la mañana siguiente llegó temprano al hospital.

Intentó convencerse de que todo había sido una coincidencia.

El sedán.

Los hombres.

La reacción de Lucian.

Tenía problemas más importantes.

A las nueve debía reunirse con administración para firmar oficialmente su nuevo contrato.

A las ocho cincuenta y dos entró en la sala de juntas.

El director médico estaba allí.

Dos miembros del consejo.

Recursos humanos.

Y un hombre que Mona no conocía.

Traje gris.

Maletín negro.

—Mona —dijo el director—. Antes de firmar necesitamos hablar.

Su estómago cayó.

—¿Sobre qué?

El desconocido abrió el maletín.

Sacó varios documentos.

—Se ha presentado una objeción formal contra su nombramiento.

Mona quedó inmóvil.

—¿Una objeción?

—Acusaciones de irregularidades en la gestión del departamento.

—¿Qué irregularidades?

El hombre deslizó una carpeta hacia ella.

Mona la abrió.

Facturas.

Autorizaciones.

Órdenes de medicamentos.

Firmas.

Su firma.

Excepto que ella nunca había firmado aquellos documentos.

—Esto es falso.

Nadie respondió.

Mona levantó la cabeza.

—¡Esto es falso!

El director respiró lentamente.

—Hasta aclararlo, el ascenso queda suspendido.

Mona sintió que el mundo se inclinaba.

Doce años.

Doce años de trabajo.

Y alguien acababa de destruirlo con unas hojas impresas.

—¿Quién presentó esto?

El abogado dudó.

—La denuncia es confidencial.

—Quiero saberlo.

—Mona…

Ella golpeó la carpeta con la palma.

—¡Quiero saber quién está intentando arruinar mi carrera!

La puerta se abrió.

Todos miraron.

Una secretaria entró.

Estaba pálida.

—Disculpen.

—Estamos reunidos.

—Hay un señor afuera preguntando por la enfermera Garrett.

Mona supo quién era antes de preguntar.

—¿Quién?

La secretaria tragó saliva.

—Lucian Pharaoh.

El silencio fue absoluto.

Mona cerró los ojos.

—Perfecto.

El director casi susurró:

—¿Por qué Lucian Pharaoh pregunta por ti?

—Es una historia larga.

Mona salió.

Lucian esperaba en el pasillo.

Traje oscuro.

Sin corbata.

Dos hombres detrás.

—¿Qué haces aquí?

—Te dije que vendría.

—Este es un hospital.

—Lo noté.

Mona lo tomó del brazo y lo apartó.

—Tengo problemas.

—Ya lo sé.

Ella se congeló.

—¿Cómo?

Lucian sacó un teléfono.

En la pantalla había una fotografía.

Griffin.

Entrando en un edificio de oficinas a las seis y veinte de aquella mañana.

—¿Qué significa esto?

Lucian deslizó la pantalla.

Otra fotografía.

Griffin reuniéndose con un hombre.

Mona reconoció al desconocido inmediatamente.

Era el abogado que acababa de mostrarle los documentos.

La sangre abandonó su rostro.

—No…

Lucian siguió deslizando.

Transferencias.

Correos electrónicos.

Una cuenta.

—Tu ex prometido posee una empresa de consultoría médica a través de dos sociedades intermediarias.

Mona levantó lentamente la mirada.

—¿Qué?

—Una de esas empresas está intentando conseguir un contrato de administración con St. Ignatius.

Todo empezó a encajar.

—Mi puesto…

—Te permitiría revisar contratos de proveedores y operaciones.

Mona sintió náuseas.

—¿Griffin está detrás de esto?

—No solamente Griffin.

Lucian guardó el teléfono.

—Anoche pensé que él se acercó a tu mesa porque quería humillarte.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que quería comprobar cuánto sabías.

Mona sintió frío.

—¿Sobre qué?

Lucian la miró fijamente.

—Sobre los millones que alguien lleva sacando de tu hospital desde hace casi tres años.

Mona dejó de respirar.

Tres años.

El mismo tiempo que había estado con Griffin.

—No.

—Mona…

—No.

Retrocedió.

Recordó las noches en las que Griffin preguntaba casualmente por su trabajo.

Qué proveedores utilizaban.

Quién autorizaba compras.

Quién tenía acceso al sistema.

Ella pensaba que estaba interesado en su vida.

—Dios mío.

Se cubrió la boca.

—Yo le contaba cosas.

—No sabías.

—Le conté cómo funcionaba todo.

—Eso no te convierte en responsable.

Mona levantó la mirada.

—¿Cómo conseguiste toda esta información en una noche?

Lucian guardó silencio.

Ahí estaba la pregunta que ninguno de los dos quería responder.

—Lucian.

—Tengo recursos.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte ahora.

Mona se apartó.

—Anoche te pedí que fingieras ser mi pareja. No te pedí que investigaras mi vida.

—No investigué tu vida.

—¿Entonces qué hiciste?

Lucian la miró.

—Investigué al hombre que seguía observándote.

Silencio.

Mona quiso enfadarse.

Una parte de ella lo estaba.

Pero otra entendía algo mucho peor.

Griffin no había terminado con ella porque ella fuera demasiado.

Tal vez jamás se había acercado por amor.

—Necesito pruebas legales.

—Las tendrás.

—No quiero favores criminales.

La mirada de Lucian se endureció.

—Tampoco te los ofrecí.

—Entonces ¿qué quieres?

Lucian se acercó.

—Que luches.

—¿Contra Griffin?

—Contra todos.

Horas después, Mona hizo algo que diez meses atrás habría sido incapaz de hacer.

Regresó a la sala de juntas.

Se sentó.

Y no pidió disculpas.

—No firmaré ninguna renuncia.

El abogado levantó la mirada.

—Nadie ha mencionado una renuncia.

—Todavía.

Mona colocó su teléfono sobre la mesa.

—También quiero copias certificadas de todas las acusaciones, registros de acceso y metadatos de esos documentos.

El hombre palideció ligeramente.

—Eso requiere…

—Soy la persona acusada. Mi abogado solicitará formalmente todo.

—¿Su abogado?

Mona miró hacia la puerta.

Una mujer de cabello plateado entró cargando un maletín.

—Elena Torres —dijo—. Represento a la señora Garrett.

El abogado se quedó rígido.

Mona miró a Lucian, que esperaba detrás del cristal del pasillo.

Él no entró.

No necesitaba hacerlo.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, la historia comenzó a desmoronarse.

Las firmas habían sido falsificadas.

Los documentos se habían creado desde una terminal administrativa.

Las órdenes supuestamente autorizadas por Mona habían sido modificadas después de pasar por el sistema.

Y entonces apareció algo todavía más importante.

Una cámara.

El hospital había instalado meses atrás una cámara adicional en el corredor administrativo después de la desaparición de medicamentos.

Nadie la recordaba.

Excepto seguridad.

Las grabaciones mostraban al subdirector financiero entrando repetidamente en la oficina después de medianoche.

También mostraban otra cosa.

Griffin Pell.

Mona observó la pantalla sin parpadear.

Fecha: seis meses antes.

Griffin entrando por una puerta lateral.

Otra fecha.

Nueve meses antes.

Otra.

Once meses.

Mona sintió que las manos empezaban a temblarle.

Once meses.

Un mes antes de que terminara con ella.

Elena Torres detuvo el video.

—Mona.

—Continúa.

—No tienes que…

—Continúa.

La siguiente grabación apareció.

Griffin estaba hablando con el subdirector financiero.

No había sonido.

Pero el lenguaje corporal era suficiente.

Se entregaban documentos.

Un sobre.

Después Griffin sacaba algo del bolsillo.

Una tarjeta de acceso.

Mona reconoció aquella tarjeta.

Era su antigua credencial.

La que había denunciado como perdida hacía más de un año.

Se le cerró la garganta.

—La tomó de mi apartamento.

Nadie habló.

Mona miró fijamente la imagen congelada.

Entonces comprendió.

Griffin no solo la había hecho sentirse pequeña.

La había utilizado.

Y cuando ella recibió señales de que podría ascender a un puesto desde el que descubriría el fraude…

él terminó la relación.

Elena colocó una mano sobre la mesa.

—Tenemos suficiente para detener la suspensión.

Mona negó lentamente.

—No.

—¿No?

—No quiero detener solamente mi suspensión.

Sus ojos permanecieron en Griffin.

—Quiero saber todo.

Esa misma tarde, Griffin llamó.

Mona observó su nombre en la pantalla.

Una vez.

Dos.

Tres.

No respondió.

Llegó un mensaje.

«Tenemos que hablar».

Después otro.

«Lo que estás pensando no es cierto».

Y finalmente:

«Ese hombre no es quien crees».

Mona soltó una risa amarga.

Respondió solamente:

«Tú tampoco lo eras».

Bloqueó el número.

Esa noche salió del hospital poco después de las diez.

Lucian estaba esperando.

Apoyado contra el SUV.

—¿Me estás siguiendo?

—Técnicamente estoy esperando.

—Eso no mejora la situación.

—¿Cómo fue?

Mona se detuvo frente a él.

—Usó mi credencial.

Lucian no preguntó quién.

Sabía.

—Lo siento.

—No.

Mona negó con la cabeza.

—No quiero sentir lástima por mí misma.

—No dije que debieras hacerlo.

—Durante meses pensé que me dejó porque yo no era suficiente.

Lucian permaneció callado.

—Y resulta que probablemente me dejó porque yo estaba a punto de volverme demasiado importante para controlarme.

—Hay hombres que solamente aman aquello que pueden mantener debajo de ellos.

Mona levantó la mirada.

—¿Y tú?

Lucian sostuvo sus ojos.

—Yo no quiero una mujer debajo de mí.

Pausa.

—Quiero una mujer capaz de mirarme de frente.

El corazón de Mona dio un golpe.

Pero antes de responder, un automóvil apareció al final de la calle.

Lucian cambió inmediatamente.

Se enderezó.

Uno de sus hombres abrió la chaqueta.

—¿Qué pasa?

El vehículo se detuvo.

Griffin salió.

—Mona.

Lucian avanzó.

Ella tomó su brazo.

—No.

Lucian la miró.

—Yo me encargo.

Mona caminó hacia Griffin.

Su ex parecía agotado.

—Tienes que escucharme.

—Tienes treinta segundos.

—Pharaoh está utilizando esto para acercarse a ti.

Mona casi rio.

—¿Esa es tu defensa?

—No sabes quién es.

—Sé perfectamente quién es.

—No, no sabes nada.

Griffin miró hacia Lucian.

Había miedo verdadero en sus ojos.

—Pregúntale por tu padre.

Mona dejó de respirar.

Lucian quedó completamente inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

Griffin sonrió.

Por primera vez desde que Mona lo conocía, aquella sonrisa no era elegante.

Era desesperada.

—Pregúntale.

Mona giró lentamente hacia Lucian.

—Mi padre murió cuando yo tenía nueve años.

Lucian no respondió.

—Lucian.

Silencio.

—Dime que Griffin está mintiendo.

Los músculos de la mandíbula de Lucian se tensaron.

Griffin soltó una pequeña carcajada.

—¿Ves? Él sabía quién eras antes de que te sentaras a su mesa.

Mona sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Miró a Lucian.

—¿Es verdad?

Él dio un paso hacia ella.

—No aquí.

—¿Es verdad?

—Mona.

—¡Contéstame!

Por primera vez, Lucian Pharaoh pareció no tener una respuesta preparada.

Y aquello la asustó más que cualquier amenaza.

Finalmente habló.

—Sí.

Una sola palabra.

Mona sintió que algo se rompía dentro de ella.

—¿Me conocías?

—Conocía tu nombre.

—¿Desde cuándo?

Lucian miró a Griffin.

Después a Mona.

—Desde hace veintinueve años.

El silencio de la calle se volvió insoportable.

Mona retrocedió.

—Eso es imposible.

—No.

—Mi padre era conductor de ambulancias.

Lucian negó lentamente.

—Eso era lo que tu madre te dijo.

Mona sintió que le faltaba aire.

—¿Quién era?

Lucian metió la mano dentro de su chaqueta.

Sus hombres reaccionaron, pero él levantó la mano.

Sacó una fotografía vieja.

Gastada.

La sostuvo frente a Mona.

Ella tardó unos segundos en reconocer al hombre joven de la imagen.

Su padre.

Mucho más joven.

Sonriendo.

Y junto a él…

un Lucian Pharaoh de poco más de veinte años.

Mona tomó la fotografía con manos temblorosas.

En la parte posterior había una frase escrita a mano.

«Si algo me ocurre, protege a mi niña».

Mona sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿Qué significa esto?

Lucian sostuvo su mirada.

—Significa que tu padre no murió en un accidente.

Mona dejó de respirar.

—Significa que alguien ordenó su muerte.

Griffin retrocedió lentamente hacia su automóvil.

Lucian lo vio.

—Y significa —continuó— que después de veintinueve años finalmente sabemos quién pagó por hacerlo.

Mona miró a Griffin.

Pero Lucian negó con la cabeza.

—No fue él.

—Entonces ¿quién?

Lucian miró hacia las ventanas iluminadas del Hospital St. Ignatius.

—La misma persona que lleva años robando dinero del hospital.

Mona siguió su mirada.

En el piso superior, detrás de una ventana, una silueta observaba la calle.

Una persona que Mona conocía.

Una persona a la que había llamado mentor.

Una persona que esa misma mañana había fingido preocuparse por ella.

El director médico.

Mona sintió que la fotografía casi se le escapaba de las manos.

—No puede ser.

Lucian se acercó.

—Mona, esto nunca empezó con Griffin.

Ella levantó los ojos.

—Entonces ¿con quién empezó?

Lucian observó nuevamente aquella ventana.

—Con tu padre.

La silueta desapareció detrás de la cortina.

Y en ese mismo instante, el teléfono de Mona vibró.

Número desconocido.

Un mensaje.

Solo seis palabras:

«Tu padre cometió el mismo error».

Debajo había una fotografía tomada hacía menos de un minuto.

Mona.

Lucian.

Griffin.

Los tres de pie frente al hospital.

Alguien los estaba observando.

Mona levantó lentamente la cabeza.

—Lucian…

Él ya había visto el mensaje.

Su rostro cambió.

—Sube al auto.

—¿Qué?

—Ahora.

—¿Qué está pasando?

Lucian abrió la puerta del SUV.

—La persona que mató a tu padre acaba de descubrir que conoces la verdad.

Mona apretó la vieja fotografía entre los dedos.

Veintinueve años de mentiras.

Un ex prometido que la había utilizado.

Millones desaparecidos.

Un ascenso saboteado.

Un padre cuya muerte jamás había sido un accidente.

Y un hombre temido por toda la ciudad que, por alguna razón, había guardado durante casi tres décadas una fotografía de ella cuando era niña.

Mona miró a Lucian.

—Hay algo más que no me estás diciendo.

Él no lo negó.

Y eso fue suficiente.

—¿Qué?

Lucian cerró la puerta del vehículo detrás de ella.

Se sentó enfrente.

Durante varios segundos solo se escuchó el motor.

Entonces sacó un sobre amarillento de un compartimento oculto.

En el frente estaba escrito el nombre de Mona.

Con la letra de su padre.

—Tu padre me pidió que te entregara esto cuando llegara el momento.

Las manos de Mona comenzaron a temblar.

—¿Qué momento?

Lucian la miró directamente.

—El momento en que alguien intentara matarte por descubrir lo mismo que él descubrió.

Mona abrió lentamente el sobre.

Dentro había una llave.

Una dirección.

Y una pequeña nota.

Solo una frase.

Mona la leyó.

Después volvió a leerla.

Y cuando comprendió lo que aquellas palabras significaban, levantó la mirada hacia Lucian con el rostro completamente pálido.

Porque su padre no había dejado únicamente pruebas.

Había dejado una cuenta secreta.

Una lista de nombres.

Y algo todavía más peligroso.

La prueba de que la persona que todos creían responsable…

solo había estado obedeciendo órdenes.

La verdadera mente detrás de todo seguía libre.

Y Mona conocía perfectamente su nombre.

¡FIN!

Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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