**Mujer Pobre Contrató a un Desconocido Para Fingir Ser su Prometido, Sin Saber que Era el Rico Hacendado Dueño de Todo**

Mujer Pobre Contrató a un Desconocido Para Fingir Ser su Prometido, Sin Saber que Era el Rico Hacendado Dueño de Todo
Lidia Ferrer supo que había cometido un terrible error cuando el hombre al que había pagado para fingir ser su prometido cruzó el corredor de la hacienda como si cada piedra, cada puerta y cada sombra de aquel lugar le pertenecieran.
No miró los letreros.
No preguntó dónde estaba el salón.
Ni siquiera dudó al llegar a una bifurcación del enorme pasillo de la casa principal.
Simplemente giró a la derecha.
Lidia apretó los dedos alrededor de su brazo.
—Vicente… ¿ya habías venido aquí?
Él apenas volvió el rostro.
—Hace mucho tiempo.
La respuesta no alcanzó a tranquilizarla.
Al contrario.
Le dejó una sensación extraña en el pecho.
Porque tres horas antes, Lidia creía haber llevado a la fiesta de aniversario de su prima a un trabajador del campo que necesitaba cuatro mil pesos.
Un desconocido.
Un hombre sencillo.
El tipo de hombre que no provocaría demasiadas preguntas.
O eso había imaginado.
Entonces apareció Edgar Salgado, el marido de su prima.
Traía una copa en la mano y esa expresión de quien estaba acostumbrado a mandar incluso cuando sonreía.
Miró primero a Lidia.
Luego a Vicente.
Después bajó lentamente la vista hacia las botas del hombre.
—Esta parte de la casa está reservada —dijo Edgar—. Los invitados están en el patio principal.
Vicente se detuvo.
Su camisa clara no tenía ninguna marca de lujo visible.
El pantalón oscuro era sencillo.
Las botas estaban limpias, pero gastadas en los bordes.
Entre empresarios ganaderos, productores y hombres que presumían relojes más caros que la pequeña tienda de Lidia, Vicente parecía casi fuera de lugar.
Edgar levantó la barbilla.
—Es por allá.
Vicente no se movió.
—Conozco el camino.
Edgar soltó una risa seca.
—Entonces hágame el favor de usarlo. Estamos entregando la hacienda al nuevo propietario esta semana y no quiero personas caminando por áreas privadas.
Lidia sintió cómo le ardían las mejillas.
Aquella noche ya era suficientemente peligrosa.
Había mentido a su familia.
Había inventado un prometido.
Había contratado a un completo desconocido para interpretar ese papel.
Lo único que necesitaba era terminar la cena, sonreír en las fotografías y regresar a su modesta casa sin ser descubierta.
Pero Vicente no parecía dispuesto a retirarse.
Miró a Edgar con una calma que empezó a incomodarla.
—Sobre el nuevo propietario…
Edgar frunció el ceño.
—¿Qué pasa con él?
Vicente iba a contestar cuando un hombre mayor apareció corriendo desde el fondo del corredor con una carpeta de cuero entre las manos.
Al ver a Vicente, se detuvo en seco.
Su postura cambió inmediatamente.
—Don Vicente. Disculpe que lo interrumpa.
El silencio pareció caer sobre el pasillo.
Edgar dejó de sonreír.
Lidia sintió que Vicente tensaba apenas el brazo bajo sus dedos.
El empleado levantó la carpeta.
—Los documentos finales de la transferencia llegaron de Guadalajara. El notario está esperando su firma en el despacho.
Lidia parpadeó.
—¿Su… firma?
El empleado la miró sin comprender la pregunta.
—Sí, señora.
Después señaló respetuosamente a Vicente.
—Don Vicente Mendoza es el nuevo propietario de la Hacienda Piedra Blanca.
Lidia soltó lentamente su brazo.
Edgar se quedó pálido.
Y Vicente no dijo una sola palabra.
El corazón de Lidia golpeó con tanta fuerza que por un momento dejó de escuchar el murmullo lejano de la fiesta.
Miró al hombre que estaba frente a ella.
El mismo hombre al que había encontrado comprando agua, café y queso en su pequeña tienda.
El hombre al que había ofrecido dinero para hacerse pasar por su prometido.
El hombre que, según ella, “trabajaba con ranchos”.
No era empleado.
No era capataz.
No era administrador de una pequeña propiedad.
Era Vicente Mendoza.
Uno de los mayores propietarios ganaderos del occidente del país.
Y acababa de comprar la hacienda donde todos la habían tratado como si fuera menos que ellos.
Pero lo peor no era eso.
Lo peor fue comprender que Vicente lo había sabido todo desde el principio.
Había sabido exactamente quién creía Lidia que era.
Y había permitido que ella siguiera creyéndolo.
Lidia retiró la mano por completo.
—¿Tú eres el dueño?
Vicente exhaló despacio.
—Lidia…
—Contéstame.
Edgar retrocedió un paso.
Vicente sostuvo su mirada.
—Sí.
El aire pareció desaparecer del corredor.
—¿Compraste esta hacienda?
—Sí.
—¿Y eres rico?
Vicente se pasó una mano por la mandíbula.
—Eso depende de cómo quieras definir…
—No hagas eso.
La voz de Lidia tembló.
No de miedo.
De rabia.
—No hables como si fuera un detalle sin importancia.
Vicente calló.
Ella sintió que cada conversación de los últimos días cambiaba de significado dentro de su cabeza.
La facilidad con la que hablaba de proveedores.
Su manera de analizar números.
El conocimiento que tenía de ganado.
La seguridad con la que había recorrido la propiedad.
Las respuestas incompletas.
Las pausas.
Las medias sonrisas.
Todo.
—Tú sabías que yo creía que trabajabas para alguien.
—Sí.
—Y no me corregiste.
—No.
Lidia soltó una risa breve, dolorosa.
—Qué bonito.
Vicente bajó un poco la cabeza.
—Déjame explicarte.
—Yo te expliqué todo.
Él la miró.
—¿Qué?
—Mi mentira.
La garganta de Lidia se cerró.
—Te conté que había inventado un prometido. Te conté por qué lo hice. Te conté que mi familia me hacía sentir pequeña. Te enseñé mis cuentas. Te conté los problemas de mi tienda. Te dije cosas que no le digo a casi nadie.
Su voz se quebró.
—Mientras yo estaba mintiéndole a mi familia… tú estabas mintiéndome a mí.
Y dio media vuelta.
Pero para entender por qué una mujer como Lidia había terminado del brazo del hombre que acababa de comprar una hacienda valuada en millones, había que regresar seis días.
Seis días antes, Lidia Ferrer no tenía prometido.
Ni novio.
Ni siquiera una cita.
Tenía treinta y seis años, una tienda de abarrotes en un barrio de Tepatitlán, Jalisco, un refrigerador que hacía un ruido horrible cada vez que arrancaba y una libreta donde apuntaba hasta el último peso que entraba y salía.
Su negocio era pequeño.
Dos cortinas metálicas.
Un mostrador.
Tres pasillos angostos.
Refrescos.
Arroz.
Frijoles.
Harina.
Café.
Detergente.
Huevos.
Pan de caja.
Dulces junto a la caja para los niños.
No impresionaba a nadie.
Pero era suyo.
Y durante mucho tiempo, eso había sido suficiente.
Hasta que otras personas empezaban a mirarla como si su vida fuera una sala de espera.
Como si a los treinta y seis años todavía estuviera esperando “algo importante”.
Un marido.
Una casa grande.
Un apellido.
Dinero.
Una vida que pudiera presumirse en fotografías.
Su prima Lavinia era especialista en recordárselo.
Lavinia tenía treinta y ocho años y estaba casada con Edgar Salgado, un empresario dedicado a la comercialización ganadera.
Vivían bien.
Muy bien.
Camioneta nueva.
Viajes.
Eventos.
Cenas.
Fotografías.
Contactos.
Y, sobre todo, una necesidad constante de que todos supieran que vivían bien.
Lidia y Lavinia no se odiaban.
Eso habría sido más sencillo.
Lo suyo era peor.
Era una competencia en la que solo una de ellas sabía que estaba compitiendo.
Desde niñas, Lavinia había aprendido a medirlo todo.
Quién sacaba mejores notas.
Quién tenía ropa más bonita.
Quién recibía más atención.
Quién se casaba primero.
Quién ganaba más.
Quién podía presumir una vida más completa.
Lidia se había cansado hacía años.
Pero Lavinia no.
Aquella tarde, Lidia acomodaba paquetes de arroz cuando escuchó la campanilla de la entrada.
—Buenas tardes.
No necesitó levantar la cabeza.
Reconoció la voz.
—Hola, Lavinia.
Su prima entró con Edgar.
Lavinia llevaba gafas de sol sobre la cabeza y sostenía un sobre grueso color crema.
Miró alrededor.
Demasiado despacio.
—Sigue exactamente igual.
Lidia acomodó otro paquete.
—Gracias a Dios.
Lavinia arqueó una ceja.
—¿Gracias?
—Sí. Si entraras y estuviera todo vacío, ahí sí me preocuparía.
Edgar soltó una risa.
Lavinia no.
Dejó el sobre sobre el mostrador.
—Vine personalmente a darte esto.
Lidia lo abrió.
Era una invitación.
“Aniversario de bodas de Lavinia y Edgar”.
La celebración sería en Hacienda Piedra Blanca, una de las propiedades que Edgar administraba para un grupo de inversionistas.
—Será algo grande —dijo Lavinia—. Viene gente de Guadalajara, León, Querétaro… productores importantes.
—Qué bueno.
—Espero que vayas.
—Claro.
Lavinia se quedó mirándola.
—¿Sola?
Lidia levantó los ojos.
—¿Y cuál sería el problema?
—Ninguno.
El tono decía lo contrario.
—Solo pensé que tal vez estabas saliendo con alguien.
—¿Por qué?
—Lidia…
—¿Qué?
—Tienes treinta y seis años.
—Sé contar.
—No estoy criticando.
—Entonces, ¿qué estás haciendo?
Edgar bajó la mirada hacia su teléfono.
Claramente deseaba estar en cualquier otro sitio.
Lavinia suspiró.
—Solo quiero verte feliz.
Lidia sonrió sin humor.
—¿Y quién dijo que no lo soy?
Lavinia recorrió la tienda con la mirada.
No respondió.
No necesitó hacerlo.
Ese gesto fue suficiente.
El refrigerador viejo hizo un chasquido detrás de Lidia.
Una motocicleta pasó frente a la tienda.
En la calle, alguien llamó a un niño.
Pero dentro de Lidia ocurrió un silencio absoluto.
Había soportado comentarios durante años.
“Cuando tengas marido entenderás”.
“Cuando tengas hijos entenderás”.
“Cuando tengas más dinero entenderás”.
“Algún día conocerás a alguien”.
“Algún día mejorarás el negocio”.
“Algún día vivirás de verdad”.
Y por una razón que nunca pudo explicar, aquella mirada de Lavinia fue la gota final.
—En realidad —dijo Lidia—, no voy sola.
La expresión de su prima cambió.
—¿No?
Lidia supo que debía detenerse.
No lo hizo.
—Estoy con alguien.
Los ojos de Lavinia se iluminaron.
—¿Tienes novio?
Lidia respiró.
La respuesta sensata era sí.
Pero la dignidad herida rara vez elige respuestas sensatas.
—Prometido.
Edgar levantó la cabeza.
Lavinia abrió la boca.
—¿Qué?
Lidia sintió que acababa de saltar desde un puente.
—Estoy comprometida.
—¿Y no le dijiste a nadie?
—Es reciente.
—¿Cómo se llama?
Lidia miró una caja de detergente.
Después una botella de aceite.
Después el techo.
—Vicente.
No sabía de dónde había salido ese nombre.
Lavinia apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—¿Vicente qué?
—Vicente…
Lidia tosió.
—Mendoza.
—¿Y qué hace?
Cada pregunta cavaba un metro más profundo.
—Trabaja con ranchos.
—¿Es ganadero?
—Algo así.
—Perfecto.
Lidia sintió un escalofrío.
—¿Perfecto qué?
Lavinia sonrió.
—Tráelo a la fiesta.
—Claro.
—Quiero conocerlo.
—Y él a ustedes.
Eso último fue especialmente idiota.
Lavinia salió satisfecha.
Edgar se despidió.
Lidia sostuvo la sonrisa hasta ver desaparecer su camioneta al final de la calle.
Entonces bajó la cortina metálica a medias.
Apoyó ambas manos sobre el mostrador.
Cerró los ojos.
—Lidia… ¿qué hiciste?
Faltaban seis días.
Acababa de inventar un prometido.
Se llamaba Vicente Mendoza.
Trabajaba “con ranchos”.
Y tenía que aparecer el sábado.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Lidia pensó en todas las maneras posibles de escapar.
Podía decir que Vicente estaba enfermo.
Demasiado obvio.
Podía decir que había viajado.
Lavinia preguntaría dónde.
Podía inventar una ruptura.
Eso sería peor.
Su prima aparecería con esa mirada de falsa compasión.
“Te lo dije”.
También podía no asistir.
Pero entonces nadie dudaría de que había mentido.
El jueves por la tarde, el calor parecía pegarse a las paredes de la tienda.
Lidia estaba revisando facturas cuando una camioneta antigua se estacionó afuera.
No era nueva.
Pero estaba impecablemente cuidada.
Un hombre bajó.
Alto.
Piel morena clara.
Cabello oscuro con algunas canas en las sienes.
Barba corta.
Jeans.
Botas.
Camisa de algodón con las mangas dobladas.
Tendría cuarenta y tantos años.
No era guapo de esa forma evidente que obligaba a mirar.
Era peor.
Tenía esa clase de presencia que hacía que uno lo notara incluso cuando no intentaba llamar la atención.
Entró.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—¿Tiene agua fría?
—En el refrigerador del fondo.
Tomó dos botellas.
Después agregó café, galletas saladas y queso.
Mientras Lidia registraba la compra, vio que él revisaba un mapa en el celular.
—Si va por esa carretera, va a perder una hora.
El hombre levantó los ojos.
—¿Por qué?
Lidia señaló la pantalla.
—Porque esa carretera existe en Google. El problema es que olvidaron construir la mitad en la vida real.
El hombre sonrió.
Fue una sonrisa tranquila.
—Eso explica algunas cosas.
Lidia le indicó otra ruta.
—Tome la salida vieja después del puente. Parece más larga, pero está pavimentada.
—Gracias.
Guardó el teléfono.
—Conoce bien la zona.
—Tengo una tienda. Termino sabiendo dónde vive medio municipio.
Él pagó.
Cuando estaba por salir, Lidia reparó en algo.
En seis días de desesperación había pedido favores a amigas, pensado en primos lejanos y hasta considerado contratar a un actor.
Y justo frente a ella tenía a un hombre de la edad adecuada.
Parecía decente.
Trabajaba en el campo, por la ropa.
Probablemente no volvería a verlo después.
Su cerebro cometió un error.
—Oiga.
El hombre se volvió.
—¿Sí?
—¿Cómo se llama?
Él la miró con cierta sorpresa.
—Vicente.
Lidia se quedó inmóvil.
—¿Vicente qué?
—Mendoza.
Por un segundo no respiró.
Después empezó a reír.
Vicente miró alrededor.
—¿Dije algo gracioso?
—No puede ser.
—¿Qué?
Lidia apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—Usted va a pensar que estoy loca.
—Esa introducción no ayuda.
Ella tomó aire.
—¿Cuánto me cobraría por fingir ser mi prometido durante cinco horas?
Vicente no parpadeó.
No habló.
No se movió.
Lidia sintió que deseaba desaparecer debajo del mostrador.
—No de esa manera.
Una ceja de Vicente se levantó.
—Me preocupa saber cuál sería “esa manera”.
—Déjeme explicar.
Y explicó.
Todo.
Su prima.
La fiesta.
La mirada.
La mentira.
El prometido inventado.
El nombre que había dicho sin pensar.
Vicente escuchó sin interrumpir.
Cuando Lidia terminó, él cruzó los brazos.
—Quiero asegurarme de entender.
—Adelante.
—Inventó un prometido porque su prima la hizo enojar.
—Resumiéndolo de la forma más humillante posible, sí.
—Le puso Vicente.
—Sí.
—Dijo que trabajaba con ranchos.
—Sí.
—Y ahora quiere contratar al primer Vicente que trabaja con ranchos que entra a su tienda.
Lidia hizo una mueca.
—Cuando usted lo dice así parece una pésima idea.
—Porque es una pésima idea.
—Entonces olvídelo.
Vicente miró la puerta.
Después a ella.
—¿Cuánto?
Lidia parpadeó.
—¿Qué?
—¿Cuánto ofrece?
—¿Está considerando aceptar?
—Estoy considerando cuánto vale arruinar mi sábado.
Ella pensó.
—Cuatro mil pesos.
Vicente adoptó una expresión muy seria.
—¿Cinco horas?
—Cinco.
—¿Cena?
—Incluida.
—¿Transporte?
—Podemos ir juntos.
—¿Preguntas incómodas de familiares?
—Muchas.
—Eso debería aumentar la tarifa.
Lidia soltó una carcajada.
—¿Cinco mil?
—Cuatro está bien.
—¿En serio?
Vicente la observó unos segundos.
—¿Dónde es la fiesta?
—Hacienda Piedra Blanca.
Algo cambió en su rostro.
Muy poco.
Pero cambió.
—¿Piedra Blanca?
—Sí.
—¿La administra Edgar Salgado?
Lidia frunció el ceño.
—¿Lo conoce?
—He escuchado su nombre.
Vicente miró el mapa en su teléfono.
Después guardó el aparato.
—Acepto.
Lidia sintió que podía respirar otra vez.
—¿De verdad?
—Con condiciones.
—A ver.
—No besos.
—Gracias a Dios.
Vicente sonrió.
—No invente que llevamos diez años juntos.
—Tres meses.
—Seis.
—Cuatro.
—Bien.
—¿Y si preguntan qué hace?
Lidia vaciló.
—Ya dije que trabaja con ranchos.
—Eso al menos no es mentira.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Qué hace exactamente?
—Cuido algunas propiedades.
Lidia interpretó aquellas palabras de la manera más lógica.
Capataz.
Administrador.
Tal vez encargado de compras.
—Perfecto.
No preguntó más.
Vicente tampoco explicó.
Y en ese momento, Lidia creyó que había resuelto su problema.
No imaginaba que acababa de crear uno mucho mayor.
Vicente regresó el viernes.
Lidia tenía una libreta preparada.
Él la miró.
—No.
—¿No qué?
—No me diga que hizo un cuestionario.
—Necesitamos conocernos.
—Somos prometidos falsos, no sospechosos de un interrogatorio.
—Precisamente. Lavinia es peor que un interrogatorio.
Lidia abrió la libreta.
—¿Dónde nos conocimos?
—Aquí.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eso sería demasiado parecido a la verdad.
Vicente se dejó caer en una silla.
—Comprendo. Para mentir bien hay que complicarlo todo.
Decidieron que se habían conocido en una feria ganadera de León.
Seis meses atrás.
Habían empezado a salir dos semanas después.
Nada demasiado romántico.
Nada difícil de recordar.
—Comida favorita —dijo Lidia.
—Carne en su jugo.
Anotó.
—Color favorito.
—¿De verdad piensa que su prima preguntará eso?
—No conoce a Lavinia.
—Azul.
—¿Cumpleaños?
Vicente se lo dijo.
Después tomó la libreta.
—Ahora me toca.
—¿Para qué?
—Supuestamente soy su prometido.
—Cierto.
Él la observó.
—Café.
—Fuerte.
—Azúcar.
—Muy poca.
—Música.
—José Alfredo cuando estoy enojada.
—¿Y cuando está contenta?
—También José Alfredo.
Vicente sonrió.
—Eso simplifica bastante.
—Siguiente.
—¿Qué cosa no soporta?
La respuesta salió sin pensar.
—La gente que cree que el dinero es una personalidad.
Vicente dejó de sonreír.
Solo por un instante.
—Esa voy a recordarla.
Lidia señaló la libreta.
—Ahora usted.
—La gente que cambia su manera de tratarte después de descubrir cuánto tienes.
—Entonces vamos a llevarnos bien.
—Eso parece.
Durante aquella conversación ocurrió algo que ninguno de los dos había planeado.
La mentira empezó a sentirse cómoda.
Vicente no se burlaba de su negocio.
No miraba el refrigerador viejo con lástima.
No hacía comentarios sobre lo que Lidia “debería” haber conseguido a su edad.
Cuando ella mencionó que había pensado en cerrar la tienda el año anterior, Vicente no dijo “busca algo mejor”.
Preguntó:
—¿Por qué?
Lidia le mostró sus libretas.
—Los márgenes son pequeños. A veces compro mal. A veces compro demasiado. A veces poco. Y los proveedores me aprietan con los plazos.
Vicente revisó los números.
—Compra a tres distribuidores el mismo tipo de productos.
—Según quién tenga mejor precio.
—Pero pierde capacidad de negociación.
Lidia cruzó los brazos.
—¿Y qué propone, señor experto?
—Concentre ciertos productos con uno. No compre más. Prometa recurrencia. Negocie plazo a cambio.
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Entiende de esto?
—Un poco.
Ese mismo día, por probar, Lidia llamó a uno de sus distribuidores.
Negoció.
Discutió.
Amenazó con cambiar de proveedor.
Después de quince minutos consiguió veinte días adicionales para pagar ciertos pedidos.
Colgó lentamente.
Miró a Vicente.
—Funcionó.
Él se encogió de hombros.
—Bien.
—¿Cuánto le debo por la consultoría?
—Sigue en cuatro mil.
Ella rio.
Fue la primera vez en años que habló de su negocio con un hombre sin sentir que estaba intentando enseñarle cómo debía vivir.
El sábado por la tarde, Vicente llegó por ella.
Lidia llevaba un vestido verde oscuro.
Sencillo.
Elegante.
El único vestido bueno que tenía para ocasiones importantes.
Al abrir la puerta y verlo, se quedó callada.
Vicente llevaba camisa blanca, pantalón oscuro y las mismas botas.
—¿Qué? —preguntó él—. ¿Está mal?
Lidia entrecerró los ojos.
—Desafortunadamente, no.
—¿Eso fue un cumplido?
—No se acostumbre.
Él la miró de arriba abajo.
No de una manera incómoda.
Con admiración.
—Usted tampoco está mal.
—Está aprendiendo rápido.
Cuando llegaron a Hacienda Piedra Blanca, Lidia sintió que todo el valor reunido durante la semana se evaporaba.
Había automóviles de lujo estacionados frente a la casa.
Luces colgadas entre árboles.
Mesas largas.
Meseros.
Música en vivo.
Decenas de invitados.
Lidia apretó el brazo de Vicente.
—Tengo una petición.
—¿Otra?
—No me deje sola.
Él la miró.
Ya no estaba bromeando.
—No lo haré.
Lavinia apareció en los escalones.
Miró a Lidia.
Después a Vicente.
La sorpresa fue imposible de disimular.
—Así que sí existes.
Vicente respondió:
—La última vez que revisé, sí.
Lavinia rio.
Lidia volvió a respirar.
Durante la primera hora, todo salió mejor de lo esperado.
Vicente sabía conversar sin presumir.
Respondía lo suficiente.
Nunca demasiado.
Cuando Lavinia preguntó:
—Lidia dice que trabajas con ranchos.
—Sí.
—¿Administrador?
Vicente pensó.
—Digamos que administro.
Lidia no encontró nada extraño en la frase.
—¿Y cuándo se casan? —preguntó Lavinia.
Lidia abrió la boca.
Vicente respondió primero.
—Cuando podamos organizar nuestra vida sin convertirla en una competencia contra el calendario de los demás.
Lavinia quedó en silencio.
Lidia tuvo que bajar la mirada para esconder la sonrisa.
Minutos después, mientras caminaban solos, le susurró:
—Esa estuvo excelente.
—Me paga cuatro mil. Estoy dando servicio de primera.
Lidia rio.
No se dio cuenta de que Lavinia los estaba observando desde lejos.
Ni de que la expresión de su prima había empezado a endurecerse.
Porque aunque el compromiso era falso…
la manera en que Vicente miraba a Lidia ya no parecía actuación.
Edgar apareció poco después.
Extendió la mano hacia Vicente.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Edgar apretó con fuerza.
—¿En qué propiedad trabaja?
—En varias.
—¿Por aquí?
—Algunas.
—Conozco casi a todos los ganaderos importantes de la región.
Vicente sostuvo su mirada.
—Es posible.
Algo en esa respuesta molestó a Edgar.
Comenzó a hablar de Piedra Blanca.
De productividad.
De contratos.
De inversiones.
De modernización.
De cómo el grupo propietario había decidido vender.
—El comprador ni siquiera ha aparecido —comentó Edgar—. Una empresa de fuera hizo la adquisición.
Vicente tomó un poco de agua.
—¿Está seguro de que es de fuera?
Edgar sonrió con superioridad.
—La empresa está registrada en Monterrey.
—Las empresas también tienen dueños.
Edgar soltó una risita.
—Estas operaciones son bastante más complicadas de lo que parecen.
—Sí —dijo Vicente—. Lo son.
Lidia tocó discretamente su brazo.
Cuando Edgar se alejó, ella murmuró:
—¿Qué está haciendo?
—Conversando.
—Parecía que lo estaba provocando.
—Quizá un poco.
—¿Conoce esta hacienda?
Vicente tardó demasiado en contestar.
—Conozco algunas historias.
—¿Qué historias?
—Después.
Lidia se quedó mirándolo.
Hasta ese momento, el trato había sido sencillo.
Ella tenía un secreto.
Vicente lo conocía.
Ahora empezaba a sospechar que Vicente también tenía uno.
Y no sabía qué tan grande era.
Durante la cena, Lavinia hizo cuanto pudo para descubrirlo.
—¿Dónde vives, Vicente?
—Depende del mes.
—¿No tienes casa propia?
—Sí.
—¿Dónde?
—Entre Guadalajara y Los Altos.
—¿Qué colonia?
Vicente dejó los cubiertos.
—Lavinia, ¿me está preguntando dónde vivo o cuánto cuesta mi casa?
El silencio fue incómodo.
Edgar ocultó una sonrisa detrás de la copa.
Lavinia se tensó.
—Solo intento conocerte.
—Entonces pregunte algo sobre mí.
Lidia tuvo que contener la risa.
Pero unos minutos después, Lavinia consiguió quedarse sola con ella.
—Ese hombre está escondiendo algo.
—Todo el mundo esconde algo.
—¿Cuánto tiempo llevas con él?
—Ya te dijimos.
—No pregunté qué me dijeron. Pregunté cuánto tiempo llevas realmente con él.
La sangre de Lidia se enfrió.
—No entiendo.
Lavinia se acercó.
—No parece tu tipo.
—¿Y cuál es mi tipo?
La pregunta la tomó desprevenida.
—No quise decir eso.
—Entonces dilo bien.
—Estoy hablando de estabilidad.
Lidia miró a su prima.
—¿Estabilidad?
—No sabes ni dónde vive. No parece tener dinero. No quiere decir exactamente en qué trabaja.
—¿Eso te preocupa?
—Me preocupa que aceptes cualquier cosa solo para no estar sola.
La mano de Lidia empezó a temblar.
La escondió junto al vestido.
—Qué curioso.
—¿Qué?
—Pasaste años haciéndome sentir defectuosa por estar sola. Ahora aparece un hombre y también está mal.
—No dije eso.
—Sí lo dijiste.
—Lidia…
—Déjalo.
Se apartó.
Necesitaba aire.
Encontró a Vicente cerca de uno de los corredores laterales.
—Necesito hablar contigo.
Él notó inmediatamente su expresión.
—¿Qué pasó?
Lidia cruzó los brazos.
—¿Quién eres?
Vicente quedó inmóvil.
—Lidia…
—No me contestes con tu nombre.
Él guardó silencio.
—¿Quién eres realmente?
En ese instante apareció Edgar.
Y ocurrió la escena que cambiaría todo.
La carpeta.
El empleado.
La transferencia.
El nombre.
“Don Vicente Mendoza”.
“El nuevo propietario de Piedra Blanca”.
Ahora Lidia estaba frente a él sin saber qué le dolía más.
La mentira que ella misma había inventado.
O descubrir que había sido vulnerable con un hombre que también estaba ocultando la verdad.
—Déjame explicarte —pidió Vicente.
—No.
—Lidia.
—Nuestro acuerdo terminó.
—Escúchame.
Ella se volvió.
—Te escuché durante dos días.
—Nunca dije que fuera empleado.
—No necesitabas decirlo.
Su voz era baja.
Mucho más peligrosa que un grito.
—Sabías exactamente lo que yo entendía.
Vicente no respondió.
Aquello fue suficiente.
Lidia respiró hondo.
—Te conté todo porque pensé que estábamos en igualdad de condiciones.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Sus ojos se humedecieron.
No lloró.
—Tú podías irte de aquí y seguir siendo el dueño de medio mundo. Yo tenía que regresar el lunes a levantar la cortina de mi tienda y escuchar a todos hablar de mí.
Vicente dio un paso.
—No acepté por burlarme.
—¿Entonces por qué?
La respuesta tardó.
Demasiado.
Finalmente, Vicente habló.
—Porque me gustó que no supieras.
Lidia lo miró.
—¿Qué?
—Me gustó ser Vicente.
—No entiendo.
Él miró las luces de la hacienda.
—Hace años que cuando alguien descubre lo que tengo empieza a comportarse diferente. Algunos se vuelven amables. Otros quieren venderme algo. Otros quieren pedirme algo. Otros me tienen miedo.
Volvió a mirarla.
—Tú me ofreciste cuatro mil pesos para participar en la idea más absurda que he escuchado en mi vida.
A pesar del enojo, Lidia casi sonrió.
—Era bastante absurda.
—Criticaste mi camisa.
—No la critiqué.
—Dijiste que parecía de señor que compra alimento para caballos.
—Eso no es un insulto.
—Me obligaste a memorizar cómo tomas el café.
Lidia volvió a ponerse seria.
—¿Eso justifica mentirme?
—No.
La rapidez de la respuesta la sorprendió.
Vicente sostuvo su mirada.
—No lo justifica.
—Entonces no intentes hacerlo.
—No lo intento.
Él bajó la voz.
—Debí decírtelo.
Lidia observó la hacienda.
—¿Por qué compraste este lugar?
Vicente tardó unos segundos.
—Piedra Blanca perteneció a mi abuelo.
Ella volvió la cabeza.
—¿Qué?
—La familia la perdió cuando yo era niño. Hubo deudas, malas decisiones, pleitos. Después la compró un grupo. Pasé años intentando recuperarla.
Por primera vez desde la revelación, Lidia comprendió la manera en que él había mirado las paredes antiguas al llegar.
No era familiaridad empresarial.
Era memoria.
—Por eso conocías los corredores.
Vicente asintió.
—Jugaba aquí cuando era niño.
Lidia cerró los ojos un instante.
Todo se volvía más complicado.
No quería odiarlo.
Eso habría sido fácil.
El problema era que entendía parte de sus razones.
Y seguía herida.
—Me voy.
—Te llevo.
—No.
—Es tarde.
—Conseguiré cómo regresar.
—Lidia…
Ella levantó una mano.
—No seas el hombre rico que cree que puede solucionar todo.
Vicente se detuvo.
La frase lo golpeó.
Lidia regresó con una pareja conocida.
Durante todo el trayecto mantuvo el rostro hacia la ventana.
No lloró hasta llegar a casa.
Y cuando finalmente lo hizo, no fue porque Vicente fuera rico.
Fue porque durante dos días había sentido algo que no esperaba.
Había sentido que alguien la veía sin medirla.
Ahora no sabía si siquiera eso había sido real.
A la mañana siguiente abrió la tienda a las ocho.
Subió la cortina.
Barrió.
Prendió las luces.
Acomodó cajas.
Era lo que siempre hacía cuando la vida se volvía demasiado complicada.
Trabajar.
A las diez apareció Lavinia.
Lidia ni siquiera se sorprendió.
—¿Vas a comprar algo?
—Vine a hablar.
—El café está en oferta.
—Lidia.
Ella siguió acomodando latas.
—Habla.
Lavinia bajó la voz.
—¿Tú sabías?
Lidia se detuvo.
—¿Sabía qué?
—Quién era Vicente.
—No.
—¿Segura?
Lidia levantó lentamente la mirada.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada.
—Entonces dilo.
Lavinia respiró.
—Parece demasiada coincidencia.
Lidia tardó dos segundos en comprender.
Y cuando lo hizo, sintió algo diferente a la vergüenza.
Cansancio.
Un cansancio profundo.
—Crees que descubrí que era rico y organicé todo.
Lavinia no respondió.
No hacía falta.
Lidia dejó la lata sobre el estante.
—¿Sabes qué es lo peor?
—No estoy acusándote.
—Sí lo estás haciendo.
—Solo digo que…
—Si Vicente hubiera resultado ser un peón de rancho, no tendrías ninguna duda.
Lavinia abrió la boca.
—Eso no es cierto.
—Es exactamente cierto.
Lidia se acercó.
—El problema apareció cuando descubriste que tiene más dinero de lo que pensabas.
—Me preocupa que te lastime.
—Entonces deja de decidir qué debería lastimarme.
Lavinia se puso roja.
—Yo soy tu familia.
—Familia no significa tener derecho a examinar mi vida como si fuera un proyecto que salió mal.
El silencio fue pesado.
—Lidia…
—Vete, por favor.
Su prima salió.
Pero la conversación dejó una herida nueva.
Porque Lidia sabía cómo funcionaban los rumores.
Ya podía imaginar la historia.
La pobre tendera había descubierto que un hacendado millonario estaba comprando Piedra Blanca.
Después había inventado un compromiso.
Lo había atrapado.
Lo había planeado.
Todos preferirían esa versión.
Era más entretenida.
Más cruel.
Y completamente falsa.
Dos días después, Vicente volvió.
No entró.
Se quedó parado al otro lado de la calle.
Lidia lo observó desde el mostrador durante casi un minuto.
Finalmente salió.
—¿Va a quedarse ahí todo el día?
—Me dijiste que dejara de resolver cosas sin preguntar.
Ella cruzó los brazos.
—Por lo menos aprendió algo.
Vicente entró.
Colocó un sobre sobre el mostrador.
Lidia lo miró.
—¿Qué es?
—Cuatro mil pesos.
—¿Me está pagando a mí?
Él sonrió.
—Me estoy devolviendo el adelanto que nunca me diste.
Lidia soltó una risa involuntaria.
—Qué idiota.
—Lo sé.
La tensión se quebró apenas.
Vicente volvió a ponerse serio.
—Edgar me contó lo que están diciendo.
—No importa.
—A ti sí.
Ella guardó silencio.
—Puedo aclararlo.
Lidia levantó la mirada.
—¿Cómo?
—Contando la verdad.
—¿Cuál parte?
Vicente entendió.
Si explicaban que el compromiso era falso, eliminarían un rumor.
Pero crearían otra humillación.
—Solo si tú quieres.
Lidia lo observó.
Algo en aquella frase era diferente.
Por primera vez desde que lo conocía, Vicente no estaba tomando una decisión por ella.
—Esta tarde habrá una reunión en Piedra Blanca —explicó—. Firmaremos la entrega administrativa. Estarán varios proveedores, Edgar, Lavinia y algunas de las personas de la fiesta.
Lidia sabía lo que venía.
—¿Quieres que vaya?
—No.
Ella frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué?
—Quiero que decidas si quieres ir.
La diferencia parecía pequeña.
No lo era.
Lidia miró su tienda.
Las cajas.
El refrigerador.
El mostrador desgastado.
Toda su vida había dejado que otras personas definieran qué significaban aquellas cosas.
Pobreza.
Fracaso.
Falta de ambición.
Como si un negocio humilde fuera una vergüenza.
Como si una mujer soltera necesitara justificar su existencia.
Volvió a mirar a Vicente.
—Si voy, yo hablo.
—De acuerdo.
—No me interrumpes.
—De acuerdo.
—No intentas defenderme con un discurso de millonario.
Vicente sonrió.
—Prometido.
Lidia levantó un dedo.
—Y jamás compras mi tienda.
Él soltó una carcajada.
—No estaba pensando hacerlo.
—En historias como esta, el rico siempre termina comprando el negocio de la pobre.
—Entonces tendremos que escribir una historia diferente.
Por primera vez, Lidia sonrió de verdad.
Esa tarde cerró temprano.
No se puso el vestido verde.
No pidió ropa.
No intentó parecer una persona diferente.
Llevó pantalón oscuro, blusa blanca y los zapatos cómodos que usaba para trabajar.
Antes de subir a la camioneta, Vicente preguntó:
—¿Segura?
Lidia respiró.
—No.
—Podemos regresar.
Ella negó con la cabeza.
—Pasé demasiado tiempo tratando de parecer suficiente para los demás.
Apretó el bolso contra su cuerpo.
—Hoy voy a presentarme como soy.
Cuando llegaron a Piedra Blanca, varias personas conversaban en el patio.
Lavinia estaba junto a Edgar.
Las voces disminuyeron cuando Lidia cruzó la entrada.
Escuchó susurros.
Su nombre.
Una risa apagada.
Vicente caminó junto a ella.
Lidia levantó discretamente una mano.
Él entendió.
Se detuvo un paso atrás.
Aquella vez no necesitaba un prometido.
La reunión ya había comenzado.
Lavinia fue la primera en acercarse.
—¿Qué haces aquí?
—Resolviendo algo.
Edgar intervino.
—Lidia, no necesitas convertir esto en un espectáculo.
—Lo sé.
Ella miró alrededor.
—Por eso vine.
No gritó.
No insultó.
No intentó humillar a nadie.
Solo contó la verdad.
—Mentí.
El silencio se extendió.
—Dije que estaba comprometida porque me sentí menospreciada.
Lavinia bajó los ojos.
—Fue una decisión tonta. Infantil. Y fue mía.
Lidia respiró.
—No conocía a Vicente. Entró a mi tienda dos días después. Se llamaba exactamente como el hombre que yo había inventado.
Algunas personas intercambiaron miradas.
—Le ofrecí cuatro mil pesos para acompañarme a la fiesta fingiendo ser mi prometido.
Un murmullo recorrió el patio.
Lidia continuó.
—No sabía quién era. No sabía cuánto dinero tenía. No sabía que estaba comprando Piedra Blanca.
Miró a Vicente.
—Él tampoco me lo dijo.
Vicente dio un paso.
—Eso es verdad.
Todos lo miraron.
—Lidia no sabía absolutamente nada sobre mis empresas ni sobre esta adquisición.
Edgar cruzó los brazos.
Vicente continuó.
—Yo acepté el trato sin explicar mi situación económica.
Lavinia preguntó:
—¿Por qué?
Vicente soltó una respiración.
—Porque durante unas horas fue agradable que alguien creyera que yo necesitaba cuatro mil pesos.
Varias personas rieron.
Incluso Lidia.
Vicente no.
—Pero cometí un error. Me gustó tanto no ser reconocido que permití que Lidia formara una idea equivocada sobre mí.
La miró.
—Y no la corregí.
Lidia no esperaba aquello.
Vicente podría haber pronunciado un gran discurso.
Podría haber utilizado su posición para callar a todos.
No lo hizo.
Solo admitió su parte.
Lavinia se acercó despacio.
—Lidia.
Ella esperó.
—Yo también me equivoqué.
Lidia guardó silencio.
—Pensé que quizá lo habías planeado.
—Lo sé.
—Perdón.
Lidia la observó.
Durante muchos años había imaginado cómo sería escuchar una disculpa de su prima.
Pensó que se sentiría como una victoria.
No fue así.
Se sintió como descanso.
—Acepto tus disculpas.
Lavinia levantó la cabeza.
—Pero necesito algo.
—¿Qué?
—Deja de mirar mi vida como si estuviera esperando que alguien venga a arreglarla.
Los ojos de Lavinia se humedecieron.
Asintió.
—Voy a intentarlo.
No se abrazaron.
No se convirtieron mágicamente en mejores amigas.
La vida real no funcionaba así.
Pero algo cambió.
Y por el momento, fue suficiente.
La reunión continuó.
Vicente anunció que no despediría al personal ni destruiría las áreas antiguas sin estudiarlas.
Edgar permanecería algunos meses durante la transición.
No hubo venganza.
No hubo expulsiones humillantes.
No hubo un millonario usando su dinero para castigar a todos los que lo habían tratado mal.
Porque Vicente sabía que hacer eso significaría convertirse exactamente en el tipo de hombre que Lidia detestaba.
Al terminar, ella caminó hacia el estacionamiento.
Escuchó pasos detrás.
—Lidia.
Se volvió.
Vicente estaba a unos metros.
—Se terminó.
Él frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Nuestro compromiso.
Vicente sonrió.
—Técnicamente duró cuatro días.
—Una relación intensa.
—Voy a extrañarla.
Lidia abrió la puerta de su coche.
Vicente no se movió.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende.
—Si mañana entro a tu tienda…
Ella esperó.
—Sin contrato.
Lidia alzó una ceja.
—Bien.
—Sin mentiras.
—Mejor.
—Sin fingir ningún compromiso.
El corazón de Lidia cambió de ritmo.
—Sigue.
Vicente metió las manos en los bolsillos.
Por primera vez parecía nervioso.
—¿Aceptarías tomar un café conmigo?
Lidia cruzó los brazos.
—¿Me estás invitando a salir?
—Eso intento.
—Te está saliendo bastante mal.
—Hace tiempo que no necesito hacer esto.
—El dinero te volvió flojo.
Vicente rio.
—¿Puedo intentarlo de nuevo?
Lidia lo estudió.
El hombre millonario.
El hacendado.
El desconocido que había conocido en una tarde calurosa.
Y también el hombre que había admitido públicamente su error cuando podría haber usado su poder para evitarlo.
—Mañana.
—¿A qué hora?
—Seis.
—Ahí estaré.
Lidia señaló su pecho.
—Y tú pagas el café.
—Con gusto.
—Pero café de mi tienda.
Vicente sonrió.
—Trato hecho.
Los meses siguientes no convirtieron la vida de Lidia en un cuento de riqueza instantánea.
Su tienda siguió siendo pequeña.
El refrigerador siguió haciendo ruido.
Las estanterías siguieron apretadas.
Lidia siguió levantándose temprano.
Siguió comparando precios.
Siguió anotando gastos.
Aplicó algunos consejos de Vicente.
Otros los ignoró.
Descubrió soluciones propias.
Su negocio empezó lentamente a respirar mejor.
Vicente tampoco apareció con una chequera para resolver todos sus problemas.
Aprendió muy pronto que Lidia jamás lo habría permitido.
Administraba Piedra Blanca y varias propiedades más.
Ella administraba su tienda.
A veces discutían.
Especialmente cuando Vicente olvidaba que una sugerencia podía sonar como una orden.
—No soy una de tus empleadas.
—No dije eso.
—Tu ceja lo dijo.
—¿Mi ceja?
—Esa ceja de hacendado que cree que acaba de descubrir la agricultura.
—Ni siquiera sabía que tenía una ceja así.
—Ahora ya lo sabes.
Después se reconciliaban tomando café.
No hubo un segundo compromiso.
Todavía no.
Primero hubo conversaciones.
Después comidas.
Una feria.
Un viaje corto.
Una tarde lluviosa en la que Vicente ayudó a Lidia a mover mercancía cuando se filtró agua por el techo.
Una mañana en la que ella acompañó a Vicente a visitar a uno de los empleados más antiguos de Piedra Blanca.
Lentamente aprendieron algo que ninguno había conseguido fingiendo.
Conocerse.
Sin títulos.
Sin cuentas bancarias.
Sin expectativas.
Meses después asistieron juntos a una exposición ganadera.
Lavinia estaba allí.
Al verlos caminando uno junto al otro, sonrió.
—Entonces… ¿ahora sí es de verdad?
Lidia miró a Vicente.
Él extendió el brazo.
Ella lo tomó.
—Ahora no necesito fingir nada.
Y continuaron caminando.
No porque un hombre rico hubiera escogido a una mujer pobre.
No porque Lidia hubiera encontrado finalmente a alguien que pudiera presentar orgullosamente frente a su familia.
Sino porque ambos habían empezado de la manera más absurda posible y habían terminado aprendiendo a verse sin colocar antes del nombre palabras como “rico”, “pobre”, “soltera”, “dueño” o “fracasada”.
Sin embargo, la verdadera sorpresa llegó tres semanas después.
Era martes.
Lidia estaba cerrando la tienda cuando un automóvil negro se estacionó frente al local.
No era de Vicente.
Bajó un hombre de traje gris.
Llevaba un portafolio.
Miró el número de la calle.
Luego el letrero de la tienda.
—¿Señora Lidia Ferrer?
Ella sostuvo la cortina metálica con una mano.
—Sí.
—Mi nombre es Arturo Villarreal.
Le mostró una identificación.
—Soy abogado.
Lidia frunció el ceño.
—¿De quién?
El hombre observó alrededor antes de contestar.
—De la familia Mendoza.
El pecho de Lidia se tensó.
—Si esto tiene que ver con Vicente, puede hablar con él.
—Precisamente por eso estoy aquí.
Arturo abrió el portafolio.
Sacó un sobre amarillento.
El papel parecía muy antiguo.
—Encontramos esto durante la revisión de los archivos originales de Hacienda Piedra Blanca.
Lidia no entendía.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
El abogado miró el apellido escrito en el documento.
Después la miró a ella.
—Su padre se llamaba Manuel Ferrer Ramírez, ¿correcto?
Lidia sintió un vacío en el estómago.
—Sí.
Su padre había muerto cuando ella tenía diecinueve años.
Nunca había tenido dinero.
Nunca había hablado de haciendas.
Había sido mecánico.
Un hombre sencillo.
—¿Qué pasa con mi papá?
Arturo sacó otro documento.
—Antes de que la familia Mendoza perdiera Piedra Blanca, existía una participación minoritaria registrada a nombre de otro socio.
—¿Quién?
El abogado colocó el documento sobre el mostrador.
Lidia vio una firma.
Antigua.
Temblorosa.
Un apellido.
Ferrer.
—Su abuelo.
Lidia dejó de respirar.
—Eso no puede ser.
—Nosotros pensábamos lo mismo.
Arturo abrió otra carpeta.
—Hasta que encontramos una cesión que nunca fue ejecutada legalmente.
—No entiendo.
—Hay una parte de Piedra Blanca que posiblemente nunca perteneció al grupo que se la vendió a Vicente.
Lidia sintió las piernas débiles.
—¿Qué está diciendo?
El abogado la miró directamente.
—Que Vicente puede haber comprado una hacienda de la que usted ya era parcialmente propietaria.
La tienda quedó completamente silenciosa.
Incluso el refrigerador pareció dejar de sonar.
Lidia miró los papeles.
Después al abogado.
—¿Vicente sabe esto?
Arturo no respondió inmediatamente.
Y ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
Lidia sintió frío en las manos.
—Le pregunté si Vicente sabe.
El abogado cerró lentamente el portafolio.
—Don Vicente recibió una copia esta mañana.
El corazón de Lidia se hundió.
—¿Esta mañana?
—Sí.
—Estuve con él al mediodía.
Arturo bajó la mirada.
Lidia recordó cada segundo.
Vicente había llegado a la tienda.
Habían tomado café.
Habían hablado durante casi una hora.
Él parecía distraído.
Ella incluso le preguntó si pasaba algo.
Vicente había respondido:
“No. Solo estoy cansado”.
La respiración de Lidia se volvió pesada.
Otra verdad escondida.
Otro silencio.
Otra vez.
Entonces su teléfono vibró.
Un mensaje.
Vicente.
“Necesito hablar contigo esta noche. Es importante”.
Lidia miró aquellas palabras.
El abogado guardó sus documentos.
—Señora Ferrer…
Ella levantó la mano.
—Necesito estar sola.
Arturo asintió y salió.
Lidia permaneció detrás del mostrador.
Observó el sobre antiguo.
La firma de su abuelo.
El nombre de Piedra Blanca.
Durante meses había temido que todos pensaran que estaba cerca de Vicente por su dinero.
Ahora acababa de descubrir que quizá ella misma poseía una parte de aquello por lo que él había luchado toda su vida.
Pero otra pregunta empezó a atormentarla.
¿Cuándo lo había descubierto Vicente realmente?
¿Esa mañana?
¿O mucho antes?
Lidia abrió el primer documento.
Había fechas.
Firmas.
Sellos.
Y en la última hoja encontró una anotación escrita a mano.
“Entregar únicamente al heredero Ferrer si Vicente Mendoza completa la recompra”.
Debajo había una fecha.
No era de esa mañana.
Era de seis meses antes de que Lidia conociera a Vicente.
Sus dedos comenzaron a temblar.
Entonces escuchó un motor detenerse afuera.
La camioneta de Vicente.
Las luces atravesaron la cortina a medio cerrar.
Lidia no se movió.
Pasos.
La puerta se abrió.
Vicente entró.
Al verla frente a aquellos documentos, perdió el color del rostro.
—Lidia…
Ella levantó la última hoja.
—Dime que no sabías esto cuando entraste por primera vez a mi tienda.
Vicente quedó inmóvil.
La respiración de Lidia se quebró.
—Dímelo.
Él abrió la boca.
Pero no salió ninguna palabra.
Y en ese instante Lidia comprendió que quizá la mayor mentira de su historia no había sido aquel compromiso falso.
Tal vez había comenzado mucho antes de que ella preguntara a un desconocido cuánto cobraría por fingir ser su prometido.
Tal vez Vicente Mendoza jamás había entrado por casualidad a su tienda.
¡FIN!
Aviso: Nuestras historias están inspiradas en hechos reales, pero han sido cuidadosamente adaptadas con fines de entretenimiento. Cualquier parecido con personas o situaciones reales es pura coincidencia.